viernes, 17 de febrero de 2012

MELANCOLÍA

           No recuerda el momento exacto en que la melancolía se convirtió en asidua compañera suya; sólo sabe que se instaló en su corazón de una forma furtiva, sin avisar, a la manera de esos okupas que invaden las casas vacías al menor descuido de sus propietarios, corazón vacío en este caso, corazón asolado por las tinieblas, huero de emociones capaces de acelerar sus latidos en un momento dado; corazón baldío, corazón en el que desde entonces ha permanecido, adherida a sus paredes, como una parte más de su morfología, tan suya como pudieran serlo sus cabellos castaños, o sus ojos de avellana, o las pecas de su espalda, tan suya como sus propios achaques y sus nocturnas pesadillas.

           La melancolía cubre desde entonces ese corazón invadido, si bien no lo hace en calidad de prenda arropadora, sino más bien como armadura... Aunque, bien pensado, tampoco sería esa su verdadera función, más que nada porque ya hace mucho tiempo, tanto quizá como el que precisamente incrustada lleva a la melancolía, que dicho corazón no lidia en las batallas del amor, lo que de algún modo convierte en innecesaria toda salvaguarda al respecto. Simplemente está ahí y no hay que buscarle más explicación a su presencia, como esos pétalos que se introducen entre las páginas de los libros y quedan ya para siempre allí apostados, cada vez más deslucidos y marchitos.

           Está ahí y punto, sentada sobre el trono que en su día ocupara la esperanza, a la que sin apenas contienda privó de su dorado cetro, hizo pedazos su manto de verde terciopelo y exilió lejos, muy lejos de allí, a un páramo remoto del que difícilmente podrá ya retornar. La nueva reina viste de gris, como gris es también su propia piel, de un gris opaco y deslucido, como grises son sus ojos y gris es la mirada que estos despiden, una mirada que se complace en otear el pasado, con sombría nostalgia, en lugar de proyectarse hacia el futuro como gustaba hacer a su antecesora. Nunca sonríe la nueva reina. Mastica congojas la soberana. Y bebe hiel.

           Se asoma a la ventana y la gobernanta de su pecho se asoma con ella. Cae la lluvia allá afuera, insistente, metódica, como un ejército disciplinado que desfilase en vertical. Cae la lluvia y la melancolía se torna húmeda. El cristal de la ventana devuelve el reflejo de su rostro, de su rostro ceniciento, sin brillo, un rostro sobre el cual los marrones ojos semejan dos distantes focos apagados, ojos que no desprenden luz alguna, que proyectan una mirada perdida en el vacío que se extiende más allá de la ventana; ojos que en realidad no ven, que sólo miran y se dejan ir.

           Como tampoco escuchan sus oídos, inconexo sonido el que en todo caso absorben, olas lejanas de un mar perdido, rumores tornadizos que van y vienen, como un viento extraviado, marchitos ecos que no dicen nada, encerrados que quedaron en el limbo de la total ausencia.

           No ve; no oye. A veces sonríe; pero la sonrisa que dibujan sus labios es de ordinario acerba, una sonrisa triste que en el fondo no es sino un fogonazo expresivo de esa melancolía que manda en su pecho. Las sombras envuelven su alma cansada, adosadas a ella como un capa oscura, un manto que de tanto uso ha terminado por no ser más que un andrajo lleno de agujeros y roturas, infames aberturas por donde en lugar de penetrar la luz, salen inclementes desvaríos, fracturas por donde la razón se volatiliza, como el humo, y como el humo dibuja espirales en el aire antes de morir definitivamente en él.

           Los días transitan sobre el calendario y ella se deja arrastrar por el paso de esos días clónicos, levita sobre ellos, aunque sin avanzar; lo suyo es tan solo un abandonarse perezoso y lento. Nada espera para el mañana, pues está convencida de que ya ningún mañana va a llegarle. Simplemente se deja ir, de la mano de esa melancolía que un lejano día se instalara en su pecho para no abandonarla ya nunca más.

jueves, 9 de febrero de 2012

SIN TENERTE


Sin tenerte, fantaseo
e imagino que te tengo.
Sin tocarte, la ilusión
me hace creer que te toco.
Y entre mis brazos deseo,
absorto,
tenerte y tocar tu rostro

Sin tenerte, yo te tengo,
pues poderosa es mi mente
y tu imagen poderosa
configura en mi cerebro.
Y así te quiero, aun sin verte,
rendido,
vasallo fiel de tu feudo.

Cómo no adorar, preciosa,
tus ojos, tu ser, tu pelo,
ojos que son dos diamantes,
tu pelo, fúlgido y sérico,
tu ser, que esencia es de diosa.
Cómo no adorar soñarte,
iluso,
e imaginar que te tengo.

Si ríes, deseo reír.
Ríes y despunta el alba.
Y si vierten tus diamantes
las perlas que son tus lágrimas,
que en el plañir te acompañe,
sumiso,
orden recibo del alma.

Sin besarte, yo percibo
el embrujo de tus besos,
dulces como el aguamiel,
profundos como el abismo
que se nutre del deseo.
Embebido,
en tus labios me sumerjo.

Es tu imagen la que busco
en la escarcha que de espejo
le sirve a mi afán de verte.
La hallo en su estado puro,
toda luz, virgen de fuego,
ardiente,
con él me prendo.

Absorto, rendido, iluso
Sumiso, embebido, ardiente.

Así me tienes, chiquilla,
así me tienes de enfermo,
mientras, loco por tenerte,
te voy plasmando en mi verso.