sábado, 11 de junio de 2016

RENACIMIENTO


     
      Desperté con una sensación de náusea que se tradujo en vértigo cuando me decidí a salir de la cama. La cabeza me daba vueltas y, una vez puestos los pies sobre el suelo, los primeros pasos resultaron titubeantes y fatigosos, como si en lugar de por un pavimento liso, estuviese escalando el Everest. No me alarmé en cualquier caso, ya que después de todo llevaba muchos días enfermo, batallando contra un extraño virus que, según decían los médicos, había socavado gran parte de mi sistema inmunológico, por lo que era de todo punto normal que me hallase muy debilitado. Desde luego, no podía pretender sentirme rebosante de energía sólo por haberme atrevido a abandonar el lecho. 
 
           Sí que me pareció curioso, en cambio, que apenas unos segundos después, luego de detenerme un momento para aspirar una serie de profundas bocanadas de aire, hubieran desaparecido por entero aquellos síntomas y por ende toda sensación de malestar, como si nunca hubiese existido, y me notara en plenitud de forma, ágil y etéreo como una nube. Aquello sí que resultaba de todo punto anómalo, pues no en vano ayer mismo me había acostado con cuarenta de fiebre. Estaba claro que la noche había evaporado la calentura, pero, aun sin fiebre, debería encontrarme muy débil, tal y como anunciaban además esas náuseas y esos primeros pasos inseguros que prosiguieron a mi despertar y que de súbito habían, sin embargo, desaparecido. El caso era que me sentía estupendamente, sin rastro de todo el arsenal de molestias que desde semanas atrás me vinieran aquejando. Fuera como fuese, tampoco iba a perder más tiempo en plantearme el porqué de esta repentina recuperación de la salud, más bien se imponía disfrutarlo y agradecer que, luego de tanto sufrimiento, por fin pudiera estar restablecido.
 
           Me sentía tan bien que sopesé la posibilidad de llamar a mis amigos para esa misma mañana quedar con ellos a disputar un partido de fútbol, nuestra afición favorita. ¿No sería, sin embargo, demasiado temerario por mi parte? ¿Podría hacerlo? Flexioné mis extremidades y me di cuenta que estas respondían a la perfección, sin ninguna clase de dolor o calambre. ¡Si me lo proponía, sería capaz, claro que sí! ¡Ay, cómo añoraba volver a compartir momentos lúdicos con mis amigos, correr por la playa, perseguir a las muchachas, patear el balón en la cancha…, tal y como veníamos  haciendo desde hacía años! Llevaba tantas semanas arrastrando esta maldita enfermedad que todo aquello me parecía ya algo lejano, perteneciente a un pasado prehistórico. No podía creer que por fin la pesadilla hubiese remitido. Parecía increíble. Pero era cierto: me tocaba y nada me dolía, ni rastro de fiebre en mi organismo, mi visión era nítida, las piernas se movían ágiles, no sentía fatiga alguna y los músculos los percibía fuertes y dispuestos a trabajar. ¡Era como experimentar un renacimiento!
 
           Me vestí deprisa, dispuesto antes que nada a dar la buena nueva a mis padres, para así aliviar la tristeza y preocupación en que estaban sumidos desde que cayera enfermo. Se llevarían una alegría inmensa cuando me viesen tan recuperado; pensé de hecho en la cara que pondría mi madre al verme de pie y sin una décima de fiebre; sonreí al imaginarlo.
 
           Los llamé a voces desde mi habitación, pero nadie respondió a tales llamadas, por lo que decidí ser yo quien fuera a buscarlos. Probablemente estarían en la cocina, lo más seguro que con la radio o el reproductor de cd puesto a excesivo volumen, de ahí que no me oyesen. Pasé, no obstante, previamente por su dormitorio, que me pillaba de paso, por si estaban todavía acostados, lo que, aun no muy habitual en ellos, madrugadores por excelencia, podría ser posible teniendo en cuenta que era sábado. Pero no, no estaban allí, así que volví a llamarlos una vez más, de nuevo sin respuesta. Me asomé entonces a la ventana y comprobé que había gente llamando al portal de casa. No los reconocí en un principio, ya que mi ángulo de visión estaba obstruido por una cornisa que me impedía apreciar bien sus rostros, pero al poco vi que alguien abría la puerta y salía a recibirlos: era mi madre, que al abrazarse con los recién llegados los extrajo de las sombras para de este modo permitirme reconocer en ellos a mis tíos, cuyas caras podía al fin distinguir. Me sorprendió en cualquier caso tanta efusividad.
 
           Me dispuse entonces a bajar para anunciarles que me encontraba bien e iría en busca de mis amigos para organizar un partido de fútbol. Se sorprenderían de lo primero y lo más probable era que no me permitiesen lo segundo, alegando que, por muy bien que creyera encontrarme, todavía tenía que guardar reposo, tal y como habían prescrito los médicos. Pero yo insistiría y con palabras y hechos les demostraría que nada había que temer, que me sentía mejor que nunca en mi vida y que quería disfrutar del soleado día haciendo aquello que más me gustaba.
 
           A medida que descendía por las escaleras de caracol que conectan las dos plantas de mi vivienda, me iba percatando de que en el salón principal había mucha gente congregada, familiares, amigos y vecinos en su mayoría, lo cual no dejó de extrañarme muchísimo. Me preguntaba a cuento de qué tantas visitas una mañana de sábado como aquélla. Saludé al llegar, pero nadie me devolvió el saludo, todo el mundo parecía ir a lo suyo, agrupados en pequeños corrillos donde se tejían conversaciones cuyo contenido no acababa yo de captar. Algunos tenían los ojos enrojecidos y húmedos, como de haber llorado. ¿Qué estaba sucediendo? Desconcertado ante esta anómala invasión del hogar, me dirigí a donde estaba mi padre y, desplegando una tímida sonrisa, le di los buenos días…. Pero, incomprensiblemente, tampoco éste, sumido en un silencio de mármol, me contestó. De hecho, actuaba como si no me viera. ¡Nadie en realidad parecía verme! Cada vez más nervioso, comencé a moverme entre la gente para llamar la atención, pero nadie reparaba en mí, como si de verdad fuese invisible. Era de lo más inquietante. Corrí entonces hacia mi madre, que en esos momentos entraba en el salón del brazo de mi tía, anhelante de percibir el consuelo de sus brazos ciñéndome contra ella, pero no había avanzado siquiera un par de metros cuando tropecé con algo sólido que me hizo caer de bruces contra el suelo.
 
           A trompicones y sin ayuda alguna, pues nadie se dignó echarme una mano, conseguí incorporarme de nuevo. Mi extrañeza rivalizaba a partes iguales con mi indignación, incapaz de creer que gente tan próxima a mí me estuviera tratando de una forma tan desconsiderada. ¡Tenía quince años, ya no era ningún mocoso para ser ninguneado de ese modo! Entretanto, mientras me palpaba las rodillas para comprobar que, más allá del golpe, no había sufrido ningún daño serio, mis ojos toparon con el objeto contra el que acababa de tropezar, visión que multiplicó por mil el ya de por sí notable asombro que me embargaba, pues no en vano se trataba ni más ni menos que de un féretro de madera. Tanta fue la impresión que me llevé que, alzando de nuevo los ojos, di un respingo y emití un chillido. ¿Cómo era posible que en el salón de mi casa hubiese un ataúd? ¿Qué significaba aquello? ¿Sería algún ritual extraño? Que yo supiera, nadie había muerto.
 
           Con el miedo anudado en la garganta, me atreví a mirar de nuevo hacia la fúnebre caja de madera. Estaba abierta... Un grito de espanto brotó de mi boca cuando pude al fin distinguir su espeluznante contenido: ¡era yo mismo quien estaba dentro del féretro!...
 
            Como un rumor de pájaros, me llegó de lejos el llanto de mi madre.
 
 

sábado, 7 de mayo de 2016

SILENCIO INTERNO


 
          Las arremetidas de la tristeza le llevaban a aislarse del mundo y buscar refugio en el silencio, un silencio no necesariamente referido al exterior, sino más bien un silencio interno, un silencio que por encima de todo vaciase de murmullos su propia mente, un silencio a través del cual depurar todo pensamiento nocivo, toda nostalgia perniciosa, para finalmente, como último eslabón del proceso, crear desde su propia esencia muda una melodía, la melodía del silencio, que sirviese de escudo frente a esa tristeza que con tanta saña le acometiera.

           Un baño caliente venía a ser el marco más apropiado para alcanzar esta liberación. Las palpitaciones del corazón se sosegaban y los cálidos vapores que subían desde el agua inflamaban sus pulmones con renovado oxígeno. La música interna se extendía a través del sistema nervioso, mansamente, con sérica delicadeza, y entre las ruinas del alma iba conformándose una tierra de nadie flanqueada por muros ante los que retrocedían las implacables huestes de la tristeza, una especie de limbo donde el espíritu podía durante un breve intervalo de tiempo flotar en paz, del mismo modo que el cuerpo flotaba indolente sobre el agua tibia.

           El silencio, el calor, el nebuloso vaho, la quietud del agua, venían a configurar un veneno dulce que se introducía por la piel para rescatar sensaciones ya olvidadas, caricias que traían aromas de amores pasados, de días donde vivir no requería de coartadas, sino que merecía la pena en sí mismo, donde unos ojos podían ser cárcel y paraíso al propio tiempo, donde el ánimo se mostraba exultante ante un mundo que abría a cada instante puertas desde las que acceder a escenarios en los que bullía un infinito de posibilidades promisorias. Eran días de gloria, de energía exuberante, de ilusiones, de sentimientos que se desbordaban como cataratas… Eran días de felicidad y sueños.

           No quería, sin embargo, recordar, sólo recuperar las sensaciones perdidas, aunque tuviera que valerse para ello de impostados sustitutos. Recordar hería. Los recuerdos eran minas que el tiempo dejaba prendidas en la memoria para que con la evocación estallasen y amplificar de este modo el daño que de por sí había hecho con su paso. El tiempo ya le había lastimado bastante cuando, fiel a su costumbre de deslucir la belleza en su unidireccional avance, se encargó de malograr todos sus sueños, desparramados uno tras otro en los taludes que se alzaban a lo largo del camino; los amores se marchitaron como rosas en invierno, los escenarios tornáronse sombríos, estériles páramos donde nada podía ya crecer, el mundo se hizo pequeño y vil, la felicidad se fue alejando para dejar paso a su gran rival, la tristeza, la cual, sin nada que frenase su implacable ascenso, fue colonizando su alma hasta encastillarse definitivamente en ella.

           No, no quería recordar, sólo deseaba sentir, recuperar sensaciones a través de sucedáneos: un baño caliente, un momento de relax, el silencio… Sabía de sobra que entre el ayer y el hoy había surgido una brecha ya de todo punto insalvable: en el lado del ayer quedaron las risas, las alegrías, el amor…, perdidos para siempre; en el del hoy sólo había tristeza y soledad.

             Su realidad tiende a ser agónica, tanto que no son pocos los momentos en que, aterrorizado por una angustia insoportable, quisiera gritar hasta desgarrarse la garganta, un último grito que destruyese el abismo como paso previo a la llegada de la muerte, el ángel que lo liberaría para siempre de esa pesadumbre. Sabe que algún día así será y que posiblemente sea su propia mano la que traiga de la suya al ángel liberador. Pero hasta tanto el valor para hacerlo le llegue, termina una y otra vez refugiándose en el silencio aletargante. El cuerpo laso se libera del pensamiento y sólo así puede por un momento descargar el peso del fracaso de una vida que, como lo hará en breve el agua de la bañera, se perdió por el desagüe de los desengaños.


 

sábado, 23 de abril de 2016

TU PRESENCIA

 
 
 
 
 
 
 
 
 
Para sosegar las ansiedades de mis manos.
Para amortiguar los latidos de este corazón salvaje.
Para iluminar mis ojos con un chispeante brillo.
Me basta con tu presencia, sólo a ti te necesito.
 
Para incrementar los ardores de la sangre.
Para transmitir los anhelos de mi rutilante alma.
Para desplegar toneladas de optimismo.
Con tu presencia me basta, sólo de ti yo preciso.
 
Para de la voluntad hacer una irresistible arma.
Para columpios urdir en la punta de una estrella.
Para el ánimo extender y llevarlo al infinito.
Tu presencia vital es, junto a mí te necesito.
 
Porque tu presencia es vida.
Porque tú eres la más bella.
Porque sin ti me marchito.
Porque es en ti donde he puesto
Mi ilusión, sueños y metas.
 

sábado, 2 de abril de 2016

DOS HERMANAS


 
          Las dos hermanas avanzaban despacio a lo largo del polvoriento pasaje que las conducía de vuelta a casa, sumida cada una de ellas en unos pensamientos que, pese a tener idéntico denominador común, diferían bastante en sus matices. Huellas de carros acanalaban profundamente el camino, semejantes en cierto modo a los surcos que cruzaban la frente de las caminantes, signos de un marchitamiento que más tenía que ver con los flagelos del alma que con la edad del cuerpo. Ellas regresaban del cementerio, visita que juntas llevaban a cabo todos los domingos, sin faltar ninguno, desde que la muerte les arrebatase a quien fuera su compartida fuente de amor. El calor era sofocante esa mañana, un calor que abrasaba los cuerpos y que hacía que a través de la piel los chorros de sudor fluyesen como ríos; tan solo algunos almendros aislados ofrecían algo de sombra en aquellos campos estériles sobre los que ardía el sol.

           Al entrar en el pueblo percibieron la habitual lluvia invisible de miradas cayendo sobre ellas, ojos que, ocultos tras el parapeto que ofrecían puertas y ventanas, las traspasaban con su venenosa carga de desprecio y odio. Ambas eran conscientes de ello, conocían de sobra la animosidad de sus vecinos, almas intolerantes que nunca les perdonarían la contravención de lo que ellos consideraban normas regidoras de toda decencia; pero tampoco les importaba demasiado, nulo era en realidad el efecto que este multitudinario desdén les causaba, su propio dolor interno venía a ser tan agudo que de alguna forma las había inmunizado contra cualquier otro daño que pudiese provenir de fuera, más aún del pretendido por aquella cáfila de intransigentes. Ellas viven desde hace tiempo en otro universo distinto, un universo donde los recuerdos y la nostalgia se retroalimentan entre sí para hacerlo invulnerable, a salvo de cualquier menoscabo que pudiera resultar de la incomprensión de seres ajenos a él, seres cuyo escarnio termina de este modo chocando contra la formidable coraza que recubre dicho universo hasta caer sin fuerza al abismo de lo insignificante. Continúan así las dos mujeres su avance despacioso, ajenas a esas miradas que, como cuchillos, se clavan sobre ellas; miradas emponzoñadas, henchidas de desprecio, de rabia, de reproches nunca disimulados.

           La menor de las hermanas marcha cabizbaja, perdida en el suelo la mirada y el ánimo hundido mucho más abajo aún, en los abismos de la desolación, allá donde nunca germina la esperanza. Va llorando. Las lágrimas se mezclan con el sudor para formar un compuesto salobre que empapa sus mejillas. Siempre fue la más sensible y vulnerable de las dos, también la más vital, la más ingenua, la más alegre y extrovertida, en ella los extremos siempre hallaron buen acomodo, si bien, cerrado de golpe el doble eje, sólo es ahora el del dolor el extremo que sobresale, punzante y férvido como una flecha de fuego que, sin darle tregua, le atraviesa el corazón una y otra vez. La muerte del hombre al que tanto había amado, el que la despertara a los vergeles del amor y del deseo, se  le sigue haciendo inasumible. Esa pérdida marcó un antes y un después en su vida, volteándola de tal modo que llegó incluso a pensar en el suicidio como vehículo que propiciara un reencuentro en el más allá; sólo sus convicciones religiosas hicieron de freno a esa determinación, esas mismas convicciones que, sin embargo, no lograron detenerla cuando el amor llamó a su puerta bajo trazas proscritas por el dogma, un amor que desde sus propios orígenes traía impreso el estigma del pecado.

           Las lágrimas se acentúan al recordar la génesis de ese amor prohibido, un amor contra el que opuso en principio toda la resistencia que le fue posible, renegando de él, renegando de ella misma, renegando de ese deseo inconfesable que hacía hervir su sangre y aceleraba los latidos de su corazón. Luchó con todas sus fuerzas contra las arremetidas de aquel amor ilegítimo, consciente de que no podía ser, de que se trataba del hombre de otra, de su propia hermana, de la persona que desde que murieran sus padres se había ocupado de ella con total entrega, la que la había criado, alimentado, enseñado. Nada podía haber más aborrecible que traicionar de ese modo a alguien a quien tanto debía y a quien tanto además amaba.

           Y, sin embargo, lo hizo, se abandonó a aquel poder que devoraba sus entrañas y cuya pujanza volvía inútil toda resistencia. El amor venció a la postre, como casi siempre lo hace, derrotó a la alianza que religión, prejuicios y conciencia establecieron en contra suya, se volvió huracán y derribó cuanto obstáculo halló en su camino, hasta que ella, indefensa, claudicó ante su imparable empuje… Lo amó. Lo amó con cada una de las células de su organismo. Lo amó con una devoción rayana en la idolatría. Lo amó tanto que a día de hoy está convencida de haber gastado en él todo el cupo de amor que en el reparto de emociones le fuera concedido, con lo que, así lo teme, nunca más podrá volver a amar a nadie.

           La hermana mayor no llora. Camina erguida y desafiante, altiva frente al hosco escrutinio del que sabe está siendo objeto. Siempre tuvo fama de dura, una mujer sin complejos que no se amilanaba ante nada ni nadie; “la loba” fue de hecho el apodo con el que desde adolescente la designaron en el pueblo, aludiendo con él a esa arrogancia retadora que tendía a exhibir. Pocos saben, sin embargo, que tal dureza no era muchas veces sino mera fachada, un escudo bajo el que guarecerse para no mostrar debilidad ante las adversidades que pudieran venírsele encima, consciente de que en caso contrario estas la fagocitarían sin piedad. Justo este escudo, que vendría a ser como una segunda piel en ella, es el que impide en esos momentos, mientras camina de regreso del cementerio, observar sus lágrimas, pues las vierte en silencio y por dentro, no brotan de sus ojos, sino que nacen y mueren en su interior, aunque sin ser por ello menos amargo su llanto, causado a fin de cuentas por los mismos demonios que motivan el de su hermana, ese amor malogrado que le destazó el alma y le oprime el corazón como una camisa de fuerza. Su dolor no tiene, sin embargo, reflejo externo alguno, camuflado bajo la densa carga de odio que despunta en su mirada como un fulgor deletéreo, odio hacia el destino que le arrebató lo que más amaba, odio hacia ese pueblo que se solaza en su muladar de cuchicheos, odio contra la propia vida, odio hacia sí misma. Todos sus pensamientos rezuman odio y rencor. Siente que lo ha perdido todo; los únicos restos de amor que le quedan van dirigidos hacia esa otra mujer que camina cabizbaja a su lado, su hermana pequeña.

           No hay nadie por las calles. Todo el mundo se refugia del calor, un calor que distorsiona la forma de los objetos, haciéndolos temblar como espejismos. De algunos balcones llega en vaharadas un tórrido aliento de jazmines. El pueblo espía parapetado tras las puertas de sus casas, desde las ventanas, bajo cualquier resquicio, todos a cubierto en sus madrigueras, como leprosos estragados por abscesos humeantes, atentos a los movimientos, a los gestos, a todo cuanto hacen o dejan de hacer las dos mujeres que regresan. Todos juntos componen un ente vivo distinto de la suma individual de sus componentes, un ente sañudo que respira odio y exhala desprecio. Cada uno de los elementos integrantes de esta entidad holística participa de su antipatía, del odio y desprecio colectivos, así al menos resulta deducible de las invectivas y dicterios que como ponzoñosos reptiles emergen de sus bocas, si bien, escarbando en muchos de ellos se comprueba que en el fondo lo que sienten es envidia, envidia de no haber podido nunca experimentar la dulce quemazón de aquel manto de fuego que cubrió a las dos hermanas, y enmascaran tal envidia formando parte de ese monstruo cuya inquina alimentan día tras día.

           Cautiva en su celda de nostalgias, la menor de las caminantes continúa evocando ese otro itinerario que la llevó a precipitarse en brazos de su cuñado para junto a él protagonizar una pasión febril. Piensa que quizá los acontecimientos hubiesen tomado un rumbo diferente si ella hubiese marchado a vivir fuera tras casarse su hermana, tal vez entonces la amorosa deflagración no habría llegado a estallar como lo hizo, pero las circunstancias no permitieron esa separación y, obligados los tres a habitar bajo el mismo techo, el continuo trato favoreció el despertar de unos sentimientos que terminaron por hacerse incoercibles, hasta el punto de resultar titánicos los esfuerzos que se vio obligada a hacer para controlarlos y disimularlos. No lo consiguió de hecho, puesto que él no tardó en percibir la sedición que las mesnadas del deseo estaban forjando dentro de ella, idénticas además a las que desde hacía tiempo sacudían sus propias vísceras, lo que llevó a que, aunados por un sentimiento recíproco, cedieran ambos ante su empuje sísmico.

           Se amaron con la pasión y locura propias de quienes saben que no existe un mañana definido para ellos, limitado su tiempo a un aquí y ahora donde hasta el último segundo equivalía a una eternidad bajo la que morían y resucitaban juntos, una y otra vez, muerte y resurrección confundidas en su propia esencia cuando en las lides del amor se entregaban el uno al otro, tormento y dicha aunados en aquellas batallas férvidas de la carne, unidos sus cuerpos más allá de la propia piel, como indivisos siameses, sabedores de que estaban al borde de un precipicio desde el que en cualquier momento podían caer al fondo del abismo. Era esta incertidumbre la que avivaba todavía más el fuego de su pasión, llevándoles a aprovechar cada instante que se les presentara propicio para aplacarlo, siempre a escondidas, en la clandestinidad, procurando en la medida de lo posible que la hermana y esposa no conociera esta relación adúltera.

           Sólo era cuestión de tiempo, sin embargo, que se enterase, como así sucedió en efecto. La Loba no había dado en principio excesiva importancia al nerviosismo que comenzara a detectar en los otros dos cuando estaban en presencia suya, tal vez algo de estrés, exceso de trabajo a lo mejor, quizá cierta incomodidad por la obligada convivencia, podía haber varias justificaciones para esa actitud; pero poco a poco las anomalías fueron haciéndose más numerosas y chocantes, lo que hacía difícil encontrar para ellas una explicación sensata: miradas furtivas que parecían esconder algo más que simple afecto fraternal, balbuceos y frases intermitentes que costaba amparar sólo en la mera timidez, roces mal disimulados a los que comenzaba a ser difícil achacar de continuo a la casualidad, una suma en fin de comportamientos y detalles que la llevaron a sospechar la existencia de una complicidad anómala a sus espaldas, sospechas que finalmente fueron confirmadas por sus propios ojos cuando cierta tarde que regresaba a casa antes de lo previsto los sorprendió juntos en el lecho. Su primera reacción fue de sorpresa, aunque reemplazada casi al instante por otra de ira, una furia brutal que se apoderó de todo su ser hasta cegarla por completo. Quiso de hecho matarlos a ambos, bañar en sangre su desconsuelo, y es posible que lo hubiera hecho de haber tenido en esos precisos momentos algún tipo de arma a su alcance. Por fortuna, sólo contaba con unas manos que, aunque fortalecidas por la dura faena a que de ordinario debía someterlas, carecían del vigor necesario para causar un daño profundo, de tal manera que sus caóticos golpes apenas si se tradujeron en unas pocas contusiones y arañazos sin mayor importancia. Era ella en realidad la más lastimada, una mujer herida, desengañada, rota por dentro, traicionada por las dos personas a las que más quería en el mundo.

           Él sólo pudo admitir la evidencia y expresar sin ambages la única verdad que el corazón le dictaba, cual era que amaba a las dos mujeres, a ambas por igual, sin prevalencia de una sobre la otra, lo que de por sí le conducía a un dilema que sobrepasaba por completo su capacidad de maniobra, hasta el punto de no poder elegir entre ellas. Así las cosas, lo único que podía hacer era irse de casa, evitando de ese modo los apremios de una decisión que le era imposible tomar. Pidió perdón a ambas y un par de días de plazo para ordenar sus asuntos y buscar una nueva vivienda.  

            La tensión fue brutal durante esos dos días, tres sombras que se cruzaban por los pasillos pero que no se dirigían la palabra, taciturnas, oscuras, consternadas, tres sombras separadas por un tabique hecho de silencios.

           Fueron las hermanas quienes rompieron ese silencio lacerante. Decidieron hablar entre ellas y poner todas las cartas sobre la mesa, sin embozos ni reservas que pudieran propiciar equívocos; el alma al desnudo. Ambas le amaban, eso fue lo primero que quisieron dejar patente, así como el hecho de que ninguna de ellas estaba dispuesta a renunciar a ese amor si existía la más mínima posibilidad de conservarlo. Eran conscientes, sin embargo, de que una guerra abierta entre ellas podría cobrarse al propio amor como víctima, en cuanto que el hombre que lo encarnaba se alejase para siempre de sus vidas, perdiéndolo así de un modo definitivo. Aquella posibilidad las aterraba, como asimismo dejaron claro en su mutua confesión…. Pero si la lucha fraternal podía resultar contraproducente y al propio tiempo él se mostraba incapaz de decantarse por una u otra, ¿qué alternativa les quedaba? Durante horas anduvieron moviéndose en círculo por los tremedales de la incertidumbre, sin llegar a ninguna conclusión válida, hasta que al fin comprendieron que no podían hacer otra cosa sino aceptar la pujanza de los hechos, unos hechos cuyo calado no admitía falsas escapatorias, de tal forma que sólo plegándose a ellos era posible alcanzar un acuerdo sin vencedores ni vencidos.

           Fue así como las dos hermanas convinieron en ceder juntas a los reclamos de ese sentimiento tan profundo que había crecido dentro de ellas, aceptando sobre tal base compartir al hombre que con inmarcesible semilla lo sembrara en sus respectivos corazones. Se lo propusieron así a él, haciéndole ver que lo suyo sería en el fondo una relación afectiva como cualquier otra, fundada sobre los sólidos cimientos del amor, la pasión, la tolerancia y la amistad, sólo que compuesta en este caso por tres miembros en lugar de los dos habituales; una unión donde podrían amarse sin engaños ni tapujos, entregados los tres al objetivo común de ser felices.

           Aun sorprendido al principio por la inesperada propuesta, no se demoró él sin embargo en aceptarla, dichoso de saber que no tendría que renunciar a ninguna de las dos mujeres a las que tanto amaba, quienes, desechando orgullos y prejuicios, habían sabido alcanzar una solución con la que muy pocas transigirían. Se sintió enormemente orgulloso de ellas. 

           Aquel proyecto de vida en común a tres, puesto en marcha ese mismo día, terminó por superar todas sus expectativas. Las lógicas reticencias y dudas que en un principio hubieran podido albergar no tardaron en disiparse, desvanecidas ante la evidencia de una felicidad que día a día iba ganando enteros, favorecida por la ausencia de celos entre ellos, de disputas baldías, de monopolísticos intentos de posesión. El suyo fue un amor compartido que, más allá de convencionalismos, hizo de ellos tres seres verdaderamente felices.

           De puertas para fuera el panorama adquirió, en cambio, un tinte distinto. En un principio, conscientes de que aquel triunvirato chocaría a buen seguro de plano contra las costumbres de una sociedad mojigata y pueblerina, nada habituada desde luego a ese género de idilios, decidieron ocultar el suyo y, en consecuencia, continuar obrando como si aún permaneciera vigente el anterior status quo; pero con el tiempo comenzaron a sentirse hastiados de tanto disimulo, sobre todo porque ellos entendían que nada tenían de lo que avergonzarse, al fin y al cabo ningún daño hacían a nadie y, por tanto, ninguna cuenta debían rendir de su comportamiento; eran personas libres y, como tales, con pleno derecho a desenvolverse dentro de su ámbito personal en el modo que mejor lo creyesen. Sobre la base de estos razonamientos, decidieron dejar de fingir y, sin ningún tipo de pudor ni de complejo, permitieron que su relación sentimental, que a fin de cuentas no incumbía a nadie que no fuese a ellos mismos, se mostrase tal como era, aireada incluso mediante cariñosos gestos que, cuando así los demandaban corazón y sangre, cesaron de reprimir en público.

           Incapaces en su mayoría de aceptar una posibilidad de familia que no fuera la convencional, los habitantes del pueblo se mostraron ofendidos al conocer la índole de aquel vínculo anómalo que de forma abierta sus vecinos exhibían ante ellos, un desvergonzado contubernio que a su juicio atentaba contra las normas básicas de toda moral para erigirse sobre los abominables zócalos de la indecencia y el pecado, y en ese sentido no sólo lo repudiaron con absoluta firmeza, sino que cerraron filas para de forma radical dar la espalda a los tres pecadores, quienes pasaron de este modo a tener la consideración local de apestados. Al trío le fue negado por sus vecinos todo saludo y, salvo lo imprescindible para puntuales transacciones del devenir diario, nadie más volvió a dirigirles la palabra. En torno suyo se hizo el vacío total, alimentado por una maledicencia que a sus espaldas generaba una continua lluvia de murmullos e imprecaciones que, como dardos envenenados, caían sobre ellos. El escándalo sirvió, por otro lado, para avivar viejas malquerencias que llevaban latentes desde muchos años atrás, transmitidas incluso de generación a generación a modo de aberrantes legados, muchas de ellas sin otro sustento que el de la envidia, una envidia que ahora se renovaba al constatar que, pese a todo, los tres estigmatizados parecían ser felices en su singular alianza.

           Lo eran desde luego: aquel desprecio de sus convecinos no había bastado para truncar la felicidad que reinaba en la casa donde los tres convivían con total avenencia, ajenos a todo lo que no fuese disfrutar del delicioso vínculo que los mantenía unidos; cualquier tipo de oposición externa quedaba desintegrada por la fuerza de esa felicidad que la vida les regalaba, una felicidad que no necesitaba de coartadas, se justificaba por sí sola, y los posibles remordimientos de conciencia que pudieran asaltarles eran al instante inmolados sobre el altar que conformaban amor y deseo.

           Las envidias chocaban de este modo contra un muro infranqueable en el que rebotaban para salir despedidas y golpear de nuevo a los propios envidiosos que las alumbraran, sufriendo estos últimos una quemazón cada vez mayor en sus entrañas, furiosos al no poder ver cumplido su objetivo de lastimar a los destinatarios de su animadversión, a quienes por encima de todo no podían perdonar que hubiesen optado por disfrutar en lugar de por sufrir.    

          Sin embargo, lo que no consiguieron los vecinos con su malquerencia, se hizo posible a la postre por intermediación de un azar adverso que de golpe y porrazo se precipitó sobre los tres amantes para truncar de cuajo su felicidad. Solamente al destino, tan caprichoso a menudo en sus determinaciones, se puede responsabilizar de una tragedia como la que sobrevino, tan imprevista como fulgurante, violenta en la acción y al propio tiempo de una simplicidad tan pasmosa que la hacía aún más brutal. Resultaba desde luego sorprendente, por no decir inexplicable, que alguien tan ducho en el manejo de las armas pudiera haber cometido semejante desliz, propio en todo caso de gente inexperta y descuidada, no de un consumado cazador como lo era él; pero así fue, la tarde en que decidió salir a cazar al monte, como tantas otras veces lo había hecho, ignoraba que la fatalidad le estaba aguardando para cernirse sobre él en el momento menos esperado, justo cuando acodado sobre unas peñas limpiaba la escopeta, tranquilo y seguro de sí mismo, sin poder prever que un involuntario vaivén le haría accionar el percutor y detonar el cartucho asesino que, rompiendo el silencio, habría de volarle la cabeza.

           En un principio se barajó la posibilidad de que se hubiera tratado de un suicidio y sobre dicha hipótesis se abrieron las oportunas diligencias en el juzgado de guardia, si bien, tras realizarse la autopsia al cadáver, el forense dictaminó que fue un accidente, con lo que tales diligencias se archivaron sin más. Las dos hermanas no habían albergado, sin embargo, duda alguna al respecto, conscientes de que él jamás se habría quitado de manera voluntaria la vida; nadie en el vórtice de una felicidad tan intensa como la que él disfrutaba hubiera podido cometer semejante desatino. En todo caso, aquel disparo accidental no sólo puso fin a la vida del hombre al que habían amado por encima de todo, sino que con su muerte expiró también el bienestar de ellas, sustituido por una amargura que se aferró a su alma como un parásito. Las risas se tornaron lágrimas; la luz, oscuridad; los sueños, pesadillas, y toda su existencia en general se transformó en una yerma planicie azotada por los vientos de la desolación y el hastío, a lomos de los cuales avanzaban ya únicamente por inercia.   

           Esa inercia, que no las ganas, es la que les permite continuar dando un paso detrás de otro, sin alicientes ni estímulos de ninguna clase, sólo porque hay que darlos, porque hay en definitiva que seguir respirando. La propia visita de los domingos al cementerio se ha convertido también en un acto mecánico. De hecho, aunque nunca lo hayan hablado entre ellas, ninguna cree que esos restos enterrados representen ya nada, sólo son materia putrefacta, alimento de gusanos; el hombre al que amaron no está allí, ni siquiera su espíritu, de modo que para comunicarse con él no necesitan en el fondo arrodillarse frente a ninguna lápida, les basta cerrar los ojos y abrir el alma para que la conversación fluya de una dimensión a otra, conducidas las palabras por el dolor, los reproches y la añoranza. Pese a ello, la inercia que conduce ahora sus vidas hace que continúen yendo cada domingo, sin faltar ninguno. Van juntas y regresan juntas, aunque en silencio, sin decirse nada la una a la otra, soportando por separado el martirio de sus propios pensamientos. El pueblo las observa de cerca, escondido tras puertas y ventanas, desde donde sigue proyectando un aluvión de murmuraciones desdeñosas, sin que ni siquiera el zarpazo de la muerte haya servido para que al menos unas gotas de conmiseración suavizasen su ojeriza. A ellas les resulta indiferente en cualquier caso este resentimiento masivo: no necesitan para nada la adhesión de sus paisanos, prefieren incluso seguir siendo aborrecidas para de este modo continuar sufriendo en soledad, confinadas dentro de su universo de nostalgias. 

           Caminando bajo un sol abrasador, un sol cuyos rayos alancean sin tregua cuanto hallan a su paso, cavila la pequeña de las hermanas sobre si lo sucedido no obedecerá en el fondo a un castigo de Dios, una forma de expiación con la que purgar el pecado cometido al haberse los tres amancebado de la forma en que lo habían hecho; pero, por otro lado, no le cuadra que si Dios es, como dicen, puro amor, haya sancionado de forma tan dura una entrega que en última instancia tenía por base al amor, un amor puro y sincero, por más que no fuese el amor convencional comúnmente aceptado. Concluye que un castigo divino no tendría en este caso razón de ser, pero que si Dios lo hizo, si castigó de manera tan encarnizada algo tan bello como era el fruto de aquella entrega generosa, no puede entonces ser en modo alguno un Dios de amor, sino un Dios cruel y bárbaro.

           La hermana mayor es ajena a ese tipo de reflexiones. Ella no busca respuestas en ámbitos místicos, teológicos o metafísicos, ninguna de las que pudiera hallar dentro de tales perímetros le satisfaría además; ni siquiera necesita respuestas, ella es la Loba y, como tal, se mueve en el terreno de los instintos, de lo animal, de lo atávico, sin preguntarse por tanto el porqué de sus sensaciones, sólo las goza o las sufre en función de lo que le transmitan. Ahora toca sufrir y es lo que hace: masticar el reconcomio que padece, el odio infinito que siente, el dolor del alma, nada más; alma congelada por un frío glacial que contrasta con las bocanadas de aire inflamado que azotan su rostro mientras camina.

           La pequeña llora y las lágrimas resaltan su palidez de lirio. De los ojos de la mayor no brota ninguna lágrima, por más que éstas aneguen su corazón, un corazón, como el de la hermana, desmigajado por la pena. Ambas necesitarían una esponja con la que borrar todos los recuerdos para comenzar de cero.

 

viernes, 11 de marzo de 2016

EL AMANTE PERFECTO



           Carla nunca había tenido demasiada suerte con los hombres, los pocos con los que había intimado a lo largo de sus más de cuarenta años de existencia terminaron tarde o temprano por abandonarla, muchas veces tras hacerle concebir vanas ilusiones que, una vez desmigajadas, dejaron indelebles cicatrices en su corazón, más marchito éste tras cada nuevo desengaño. Su nivel de confianza en el género masculino había por esa razón descendido a niveles de abismo, hasta el punto que ya no se fiaba de ningún hombre, por muy obsequiosas que resultaran sus actitudes hacia ella y por muy fascinantes y hechiceras que pudiesen llegar a ser las palabras que a sus oídos pudieran ofrecerle. Esa coraza que voluntariamente adoptara como revestimiento había servido para protegerla frente a encandiladores gavilanes, y aunque al propio tiempo pudiera haber impedido la aproximación de algún que otro mirlo descarriado, estaba satisfecha de su servicio, consciente de que a estas alturas de su vida pocos de estos últimos, por no decir ninguno, iba ya a presentársele. Vencida de este modo por la resignación, y pese a lo duro que en el fondo resultaba, Carla había aprendido a conciliar el anhelo de vivir emociones intensas con la casi certeza de no volver a sentirlas.

           Sin embargo, cuando asomada al cristal de aquella curiosa tienda, lo vio allí, con su planta varonil y desafiante, erguido como un mástil de navío, no pudo evitar sentir en sus entrañas el aguijón de los instintos más primarios. Aquella resultó sin duda una visión impactante, un flechazo en toda regla. Puede decirse que Carla se enamoró de él al instante, por entero obnubilada ante su hechicera presencia, comenzando de inmediato a rondar en su cabeza la idea de hacerlo suyo a toda costa.

           La puesta en práctica de tal idea no resultaba, sin embargo, tarea fácil para ella, frenados sus ímpetus por el pudor extremo que le causaba el mero hecho de aproximarse para observarlo más de cerca, cuanto más entrar en la tienda decidida a hacer valer frente a él sus veladas intenciones. Sólo imaginarlo hacía que sus mejillas se tiñesen del color de las violetas en primavera, presa de un rubor que la sofocaba y de una indecisión que hacía temblar sus extremidades como si estuviesen hechas de gelatina.

           Se sucedieron de este modo una serie de días en los que Carla no dejaba de pensar en él, enardecida ante la posibilidad de gozar de aquella viril presencia en sus noches solitarias y llenar con ella su hasta entonces vacía intimidad, sin que ni uno solo de tales días, cada vez que pasaba por la calle donde lo descubriera, dejara de detenerse para contemplar a aquel monopolizador de sus anhelos, por más que siempre lo hiciera a hurtadillas, con el disimulo preciso para no delatar su interés.

           Y así fue hasta que por fin una tarde, venciendo todas sus vergüenzas, se decidió a entrar y, sin pensarlo dos veces, marchó directamente a saco a por él.

           Funcionó. Desde aquel día pasó a formar parte de su vida, convirtiéndose en su amante entregado, presto a satisfacer cualquier exigencia que Carla demandase, a complacer sus avideces más íntimas, a aplacar los ardores de su sangre siempre que ella así lo deseara. Intuyó desde un principio que él jamás la abandonaría, que estaría siempre a su disposición para llenarla de gozosas sensaciones, y todo ello sin exigencias ni contrapartidas de ninguna clase, una devota entrega que no reivindicaba nada a cambio, sólo el premio implícito de hacerla feliz, de conducirla a una cascada de luces y colores donde poder precipitarse sin más timón que el otorgado por los sentidos. Era además un amante que nunca se cansaba, que siempre estaba dispuesto a vibrar de entusiasmo para ella, un amante cuyo sólo roce ya provocaba que todos los músculos de Carla se tensasen y temblara de puro placer. Era en definitiva el amante perfecto.

           Cierta noche, no obstante, Clara percibió claros síntomas de debilidad en su amante, como si se le apagasen los bríos y ya no latiera con la misma fuerza dentro de ella. Carecía desde luego de la energía y el empuje de otras ocasiones. Aquello la alarmó. ¿Qué pasaba? ¿Por qué su amante perdía intensidad de ese modo? ¿Podía haber sido una ingenua al suponer que el suyo sería un amor eterno? ¿También él la abandonaría?.... Pero no, por fortuna para ella tales miedos resultaron ser de todo punto infundados. Se trataba tan solo de un percance técnico: las pilas, que se estaban agotando. Al día siguiente compraría en la tienda otras nuevas, las mejores pilas alcalinas del mercado, y de nuevo podría gozar en plenitud de él, de su pequeño gran amante de silicona.

                              

sábado, 20 de febrero de 2016

SOLEDAD EN LAS TRINCHERAS

          No eran muchos los metros que separaban las trincheras de uno y otro lado de la línea de combate, tan pocos en realidad que las huestes de ambos ejércitos, con poco que aguzaran la vista, podían distinguir fácilmente los rasgos faciales de los apostados al otro flanco. La espera, tensa como sólo pueden serlo los anticipos de la muerte, se prolongaba ya durante varias horas. Todos sabían, sin embargo, que tarde o temprano las órdenes de ataque volverían a inflamar el aire con el fuego que por enésima vez teñiría de rojo las subterráneas aguas del Aqueronte.
           Dos jóvenes, alerta cada uno dentro de sus respectivas posiciones más allá de la invisible frontera que separaba a los dos bandos enfrentados, cruzaron una mirada fugaz. Ambos percibieron el miedo en los ojos del otro, espejos que devolvían una imagen que, por lo demás, se extendía en todas direcciones, reflejada en el propio aire que la llevaba de un sitio a otro, erigido el miedo en amo y señor de las sensaciones que embargaban a aquella multitud de desahuciados.
           Aparte del miedo, eran abundantes las similitudes compartidas por aquellos dos soldados cuyas miradas acababan de encontrarse, así como en general por la mayoría de los allí congregados, aun cuando ese mismo miedo, que lo abarcaba todo, les impidiese detectarlas: idénticas pieles atezadas por la escoria, bastos uniformes de similares hechuras, cabezas forradas con idénticos cascos de metal, manos trémulas que sostenían deletéreas armas, incluso el mismo pucho de cigarrillo, rugoso y humeante, parecía repetirse una y otra vez en las comisuras de todos aquellos labios…. Pero por encima de todo compartían soledad, esa soledad glutinosa que se hace más densa cuando precisamente la viene a sazonar el miedo.
           Centenares de hombres solos en medio de la barahúnda bélica, todos ellos encerrados dentro de su particular carapacho donde en silencio iban rumiando la incertidumbre y angustia que emponzoñaba su alma, sin más horizonte que el que a escasos metros ofrecía la trinchera más cercana. En el fondo no dejaba de resultar paradójico que seres tan similares se tuviesen los unos a los otros por enemigos acérrimos, percudidos sus corazones por la semilla de un odio que crecía al tiempo que vertida era la sangre precisa para regarla. La guerra los había separado en bandos y, aunque en el fondo ninguno tuviese en particular deuda alguna cuyo saldo exigir al vecino de la trinchera de enfrente, se odiaban por el mero hecho de haber recibido órdenes que así lo exigían, órdenes que prescribían matar al enemigo y ocupar el puesto que se extendía varios metros al otro lado. Un trozo de tierra. Ese era simplemente el objetivo, un trozo de tierra entintada del rojo de la sangre, defensores de unos objetivos que ellos mismos no alcanzaban a penetrar, simples peones en una partida de ajedrez inextricable a sus mentes.
        El día era caluroso. El sol extendía sus rayos para dibujar en el cielo una mañana de topacio. También silbaba un viento inquieto, un viento que jugaba a pelearse con las hojas de los árboles, soplaba sobre ellas, las zarandeaba, las agitaba como si fuesen gallardetes y, finalmente, las hacía caer sobre el suelo para que sirvieran de ocre alfombra a la vida, a esa vida disfrazada de cuerpos animados y también de cuerpos exánimes, de cadáveres, de corazones rotos por una bala asesina.
         No tardaría mucho en iniciarse otra sucesión de ataques y contraataques que de nuevo ensordeciera la atmósfera con bramidos de fuego. Sonriente, la Parca afilaba su guadaña para recoger la excelente cosecha que ya otra vez anticipaba. Los dos jóvenes de antes volvieron a cruzar unas miradas henchidas de miedo. Quizá uno matase al otro, quizá ambos muriesen en el fuego cruzado. Tal vez habrían deseado pedirse de antemano perdón el uno al otro, pero no había forma ni oportunidad de hacerlo. El único sonido sería el sordo de los fusiles al ser disparados, el crepitante de las metralletas y el brutal de las granadas al estallar. Luego tal vez el silencio definitivo velando a los muertos.

 

jueves, 28 de enero de 2016

INSOLACIÓN


           Después de varios años sin poder disfrutar de unas vacaciones junto al mar, Cristóbal estaba decidido a aprovechar al máximo esa semana en la costa que le había proporcionado su empresa, de manera que apenas dado por la aurora el pistoletazo de salida al nuevo día, primero de su semana de asueto, ya estaba él camino de la playa, sin más aditamento que el bañador, la toalla y unas chanclas de goma.

           La playa estaba casi vacía a esas horas tan tempranas, por lo que Cristóbal no tuvo problema alguno para elegir una ubicación cercana a la orilla, sin nadie a su alrededor en muchos metros a la redonda que pudiera alterar su sosiego. El sol tampoco exhibía aún la agresividad propia de esas fechas estivales, no en vano acababa de ocupar su trono en la atalaya de occidente y se mostraba todavía tímido a la hora de arrojar sus rayos, muy tenues y suaves aún estos. El momento no podía ser más ideal. La calidez de la mañana, atemperada por la brisa que se esparcía a través del aire tibio, invitaba a relajar el cuerpo y dejar que la mente fuese transportada más allá de los umbrales del espacio y del tiempo. Con tal intención acomodó Cristóbal la toalla sobre la arena, una arena limpia, dorada, fina, sólo mancillada por las roderas que poco antes dejaran los vehículos encargados de acondicionarla; se tumbó sobre ella, respiró profundamente y se dedicó a extasiarse en la contemplación de ese mar del que tantos años llevaba alejado. Había un silencio casi absoluto, tan solo roto por el chillido de las gaviotas y el bramido de las olas al morir sobre la orilla.

           Relajado el espíritu, se imponía darse el primer chapuzón, de modo que Cristóbal recorrió los escasos metros que le separaban del líquido elemento y se introdujo en él sin mayores preámbulos. El agua estaba algo fría, pero bastaron unas cuantas zambullidas para que su cuerpo se aclimatase y entrara en calor. Comenzó a nadar despacio, deslizándose con suavidad sobre la ondulante superficie, tan serena y transparente que semejaba un enorme espejo de calcedonia, en un progreso estable que conduciéndole iba hacia la volátil línea que marcaba el horizonte. Finalmente, cuando ya estaba a bastante distancia de la costa, cesó de nadar y, extendiendo los brazos en horizontal, hizo de la mar un líquido colchón sobre el que permanecer suspendido, dejando que sus pensamientos remoloneasen al compás que marcaba el propio balanceo de las aguas.

           Se mantuvo flotando durante un buen rato antes de decidirse a volver, regreso que llevó a cabo nadando mucho más rápido que a la ida, mediante enérgicas brazadas que le hacían avanzar deprisa sobre las aguas, lo que hizo que saliera de estas fatigado y acezante, ansioso por tumbarse sobre la toalla y descansar con delectación tras el ejercicio físico. Se apercibió, no obstante, que el panorama había experimentado un sutil cambio desde su marítima incursión, pues ya no estaba la playa tan solitaria como cuando él llegara, sino que un batiburrillo compuesto por niños, parejas, abuelos, mascotas, aparatos de música, neveras portátiles, cubos de plástico y demás parafernalia playera, había colonizado buena parte de la arenosa superficie, conformando en su conjunto una multitud bulliciosa y agitada, más densa cuanto menor era la distancia desde la orilla, cuya barahúnda venía a romper la hasta entonces imperante armonía. Aquel revoltoso gentío se apilaba en torno a una cosecha de parasoles que asimismo había brotado, aquí y allá, sobre la arena, sombrillas cuyo abigarrado colorido constituía en sí mismo un chafarrinón que deslucía el natural azul de mar y cielo.

           Cristóbal observó con enojo cómo cerca suyo se ubicaban varios de estos grupos, lo que dibujó en su cara un mohín de fastidio. Extrañó la sensación de paz que encontrara al llegar apenas una hora antes, cuando prácticamente nada se interponía entre su vista, la arena y el mar, si bien, por otro lado, no cabía en realidad esperar otra cosa, habida cuenta las fechas que eran, por lo que tampoco podía decirse que le pillara de sorpresa; lo raro habría sido lo contrario, que la playa permaneciese poco concurrida a lo largo de toda la mañana. Resignado, pues, a compartir espacio con aquel tropel alborotador, se tumbó de espaldas sobre la toalla presto a tomar el sol durante un rato antes del segundo chapuzón.

           No le supuso esfuerzo alguno vaciar su cerebro de todo pensamiento perturbador, incluido el derivado del incremento de aforo playero, lo que le permitió relajarse para gozar al máximo de la sensación de bienestar que iba invadiendo su espíritu. Este relax, unido a la delicadeza con que los rayos de sol acariciaban su piel, hizo que paulatinamente se sintiera poseído por un gozoso sopor, tan placentero que, a pesar de la circundante algarabía, no tardó en quedarse dormido

           Sin embargo, ese mismo sol que tan primorosamente le agasajara, fue poco a poco dejando notar la ígnea materia de la que estaba forjado, de manera que la carga de fuego de sus rayos se hizo cada vez más poderosa e intensa, sin que Cristóbal, circunstancialmente sumido en el universo onírico, se percatase de este furioso incremento, y dado que no había tenido la precaución de proteger su piel con ninguna crema antisolar, nada pudo evitar que ésta fuese adquiriendo un tono primero bermejo y más adelante carmesí como la misma sangre, sin que él, plácidamente dormido y acunado por sueños que lo transportaban a una playa similar a la que se encontraba en esos momentos, pero sin ningún otro ser humano alrededor, se diese cuenta de tan singular metamorfosis epidérmica.  

           Despertó con un tremendo dolor de cabeza y completamente desorientado, hasta el punto de necesitar varios segundos antes de que su memoria precisase el lugar dónde se hallaba; cuando al fin lo hizo, pestañeó de forma repetida para reconciliarse con el entorno. Le costaba en todo caso enfocar bien, las imágenes fluctuaban imprecisas frente a sus ojos, flotando en el aire con un movimiento undoso, como si formasen parte de una alucinación. A duras penas consiguió mirar el reloj, cuyas agujas también parecían vacilar en un absurdo movimiento oscilante, presas por lo visto del mismo mal que afectaba al resto de las cosas. Con gran esfuerzo su vista nublada precisó, no obstante, que ya había pasado el mediodía, con lo que dedujo que había permanecido durmiendo más de tres horas. Sobre su cabeza el sol ardía implacable. Se dio entonces cuenta de que tenía el cuerpo abrasado, del color de los tomates maduros, aunque no percibía dolor, ya que el mareo que lo abrumaba era tan fuerte que en cierto modo anestesiaba su sistema nervioso, aboliendo por el momento cualquier percepción sensitiva. No obstante, al tocarse los hombros, que los tenía ardiendo, sí que notó al fin un dolor agudo, como si le hubiesen de repente picado una docena de avispas. Cristóbal comprendió que había sido un insensato al quedarse de ese modo dormido al sol, así lo testimoniaba la índole de las quemaduras sufridas en su epidermis, donde no tardarían en brotar ampollas. ¡Buena manera de dar comienzo a las ansiadas vacaciones! Por lo pronto, en los días sucesivos debería abstenerse de cualquier exposición solar.

           De momento, sin embargo, lo que más necesitaba era apaciguar como fuera la insufrible ardentía que estaba mortificándolo, por lo que se incorporó decidido a que el agua del mar le sirviera como paliativo con el que refrescarse y calmar el abrasamiento que padecía. La sensación de mareo se multiplicó al ponerse en pie. Todo lo veía borroso, como si la realidad hubiese pasado a estar conformada por una serie de espejismos superpuestos que aparecían y desaparecían sin sujeción a regla alguna. Ebrio de sol, avanzó tambaleándose hacia el agua, cuyo frescor, al mojarle pies y tobillos, le produjo un momentáneo alivio, si bien rehusó adentrarse más, no fuera a ser que las penosas condiciones en que se hallaba le hicieran sufrir un percance serio. Se limitó por tanto a tomar agua con las manos y salpicarse con ella sobre el torso, hombros, espalda y rostro. Este contacto del agua salada le produjo un fuerte escozor en los ojos, secos y enrojecidos tras la larga dormitada, así como en los labios, que los tenía agrietados por el calor y la sed. Tomó entonces la decisión de regresar al hotel, donde se hidrataría convenientemente y pasaría el resto de la tarde sin hacer nada, luego de comprar en la farmacia alguna pomada que fuera eficaz contra las quemaduras solares.

           Recogía ya con tal intención la toalla, a duras penas sobrellevando la náusea que revolvía sus tripas, cuando una sorprendente visión hizo que se sobrecogiera de espanto. Fijar la mirada le resultaba aún difícil, toda vez que el mundo no había cesado de flotar a su alrededor desde que despertase, pero aun así pudo apreciar cómo a escasos metros de donde se encontraba tenía lugar algo dantesco, una escena que de inmediato hizo que la piel de Cristóbal se erizase de puro terror: dentro del agua, aunque muy próximo a la orilla, un niño estaba siendo atacado por un enorme pez de lomo plateado que, si su nublosa vista no le engañaba, tenía toda la apariencia de ser un tiburón. Cristóbal abrió los ojos todo cuanto le fue posible para enfocar bien la escena. Sí, no había duda, se trataba de un tiburón empecinado en devorar a un pobre chiquillo. Este último hacía aspavientos con las manos, como queriendo liberarse del escualo que de él pretendía hacer su pitanza, pero no lo conseguía, y ambos, bestia y niño, ejecutaban sobre el agua la terrible danza de la supervivencia. Lo más curioso era que nadie a su alrededor movía un dedo por ayudarle, pese a ser varios los bañistas que nadaban o chapaleaban en las inmediaciones. ¿Cómo era posible que aquella gente permaneciese impertérrita ante semejante horror? Cristóbal no entendía nada, era como si todos menos él hubiesen sido de repente atacados por una extraña ceguera que les impidiera percatarse de la tragedia que estaba a punto de suceder.

           El tiempo, sin embargo, apremiaba, y Cristóbal decidió que no podía continuar perdiéndolo en busca de explicaciones imposibles; la inminencia de un desenlace fatal imponía actuar con suma rapidez, de modo que, pese a la enorme debilidad que sentía, se precipitó desesperado hacia el lugar donde el niño y el voraz depredador debatían a vida o muerte. Notó que la decisión tomada vigorizaba de algún modo sus músculos, pues de repente pareció haber desaparecido la sensación de fatiga que hasta entonces los atenazara, y confió en que ese mismo vigor recuperado le sirviese para liberar al muchacho del hostigamiento de la fiera e impedir así que acabara entre sus fauces.

           Con ese propósito en mientes y espoleado por un arrojo inexorable consiguió vencer los metros que lo separaban de su destino, llegado al cual notó, sin embargo, una poderosa náusea que, producto del esfuerzo realizado, pugnaba por hacerle vomitar. De nuevo la sensación de mareo se hizo insoportable y las pupilas se le llenaron de espesas brumas que impedían un ajuste nítido de la visión. Sentía que no podía más, el cuerpo le gritaba basta y la mente no era capaz de extraer de la voluntad la energía necesaria para volver a reactivarlo. La voz del alma le gritaba, empero, lo contrario, gritos que le compelían a no rendirse aún, no ahora que ya estaba el objetivo tan al alcance de su mano, y seguir hasta el final para con su último aliento socorrer a aquella pobre criatura indefensa. De estos gritos vehementes que provenían de lo más recóndito de su ser extrajo Cristóbal los últimos átomos de fuerza para arremeter contra el pez asesino, lo que hizo con todo el ímpetu de que fue capaz, sin detenerse siquiera un segundo a sopesar los riesgos que aquella actitud temeraria podía acarrear para su propia integridad física. El tiburón tenía una piel suave, deslizante, como de plástico. Este contacto produjo una sensación muy desagradable en Cristóbal, mezcla de aprensión y asco, que le hizo caer hacia atrás. Cada vez más aturdido y debilitado, tuvo que hacer un supremo esfuerzo para incorporarse de nuevo. Mientras lo hacía contempló al niño, quien a su vez tenía fijos en él unos ojos atónitos. Debía estar muerto de miedo, pensó Cristóbal. El pez, sin embargo, parecía curiosamente sonreír….

           Pero Cristóbal ya no tuvo tiempo para más análisis. Los últimos restos de energía acababa de gastarlos en el acto de golpear al escualo y en el subsiguiente esfuerzo para levantarse luego de la caída, tras lo cual ya no le quedaba en la reserva ni una mísera gota de combustible. Un vértigo atroz se apoderó entonces de él, las piernas se negaron a continuar sosteniéndole y acabó desplomándose de bruces sobre el agua. Todavía consciente, sintió unas poderosas manos que lo aferraban por las axilas y lo arrastraban fuera. Quería gritar que se desatendieran de él y ayudasen al niño, que era quien de verdad requería su auxilio; pero su debilidad resultaba tan extrema que no conseguía proferir palabra alguna. A su alrededor todas las imágenes desaparecían dentro de una boira espesa que devoraba sin piedad las formas y los colores, lo que hacía que no pudiese ver nada. Notó en cualquier caso cómo su cuerpo era depositado sobre una superficie húmeda, aunque sólida, que no podía ser otra que la propia orilla de la playa.

           Cristóbal no podía mover un solo músculo de su cuerpo. Tendido sobre la arena mojada, el único sentido que parecía mantenérsele aún operativo era el del oído, por más que tampoco pareciese funcionar en plenitud. Sólo le llegaban voces inconexas dentro de un ronroneo continuado que chocaba inmisericorde contra sus tímpanos, voces que venían a decir que si “pobre hombre”, que si “debe de estar chiflado”, que si “estaría borracho”, que si “debió sufrir una fuerte insolación”… Cristóbal no entendía nada, como tampoco entendía que ninguna de esas voces hiciese mención alguna al ataque del tiburón. Se preguntó qué habría sido del muchacho y temió que a esas alturas anduviesen ya sus pedazos transitando por el aparato digestivo del depredador.

           Las voces fueron de forma gradual perdiendo empuje, hasta que Cristóbal ya apenas pudo captar nada de su contenido; sólo escuchaba murmullos que se perdían en la nada, esa misma nada que a él lo iba atrapando cada vez más como una espiral magnética. El llanto de un niño parecía emerger de tanto en tanto entre los desordenados ecos. Cristóbal habría querido abrir los ojos para ver a toda esa gente que sentía zumbar en torno suyo, pero le era imposible, tenía los párpados pegados y la oscuridad le calaba hasta las entrañas. No pudo por ello ver a ese niño cuyos sollozos le llegaban como una reverberación distante, ese niño que lloraba aferrado a su flotador con forma de tiburón sonriente.

           Lo último que Cristóbal oyó, antes de definitivamente sucumbir y desvanecerse en la nada voraz, fueron las sirenas de una ambulancia.