sábado 3 de marzo de 2012

DEMASIADA PRISA

Dado que tenía bastante prisa, tomé la decisión de entrar en un restaurante que me pillaba cerca de la oficina. Nunca antes había comido allí, pero no importaba, puesto que mi idea no era la de concederme ningún homenaje culinario, sino simplemente dar cuenta de una comida más bien frugal que no me demorase demasiado, a fin de luego pasarme por el despacho para firmar unos documentos a los que urgía dar inmediata salida. No lo pensé, pues, dos veces y entré en el local, cuyo interior no me produjo demasiada buena impresión, tanto por lo deslucido del conjunto, con un mobiliario ajado y dispuesto de manera más bien caótica, como por otros detalles que llamaron de manera negativa mi atención, en especial el hecho de observar a varios comensales fumando, hábito que, además de desagradarme personalmente, contravenía la reciente ordenación legal al respecto. Decidí, pese a todo, pasar por alto tales pormenores y mantener la decisión tomada, al fin y al cabo mi propósito no era otro que apaciguar el hambre mediante una comida rápida, para lo cual aquel mesón me seguía viniendo de perlas.

Por desgracia, desde un principio todo empezó a torcerse en contra de mis designios. Para empezar, luego de acomodarme en una mesa que, aun simuladas por el color oscuro de la madera, exhibía sobre su superficie ciertas manchas glutinosas, restos sin duda de quienes en la tarea de yantar me habían precedido, tardaron más de cinco minutos en traerme la carta. No es que fuera tampoco una demora excesiva, pero ya digo que yo tenía mucha prisa. A decir verdad, esa tardanza, unido a la suciedad detectada en la mesa, a punto estuvieron de hacer que me levantara y largase de allí, tentación en la que no caí precisamente por la prisa que tenía, pues era consciente de que cambiar a esas alturas de restaurante iba a suponer en todo caso una mayor dilación. Así que continúe esperando. Eso sí, cuando llegó el maitre con la carta, no dudé en recriminarle por la inexcusable falta de pulcritud que revelaban los pringosos lamparones. Mi amonestación produjo como efecto inmediato un enrojecimiento en el rostro del maitre, quien me ofreció unas balbucientes disculpas, tras las cuales se ofreció a ir en busca de un camarero que adecentase la mesa mientras yo decidía qué iba a tomar. Temiendo otra larga espera, le atajé diciéndole que daba igual, que no se marchara, y aproveché para pedir de un tirón unos entrantes, una ración de paella y una caña.

La caña me la trajeron rápido, junto a un bol que contenía frutos secos de diverso género. En cambio, los entrantes demoraron su llegada otros quince minutos. Para entonces, apremiado por el hambre que tenía, ya había yo devorado todo el contenido del bol y apurado hasta la última gota de la cerveza, y a fe que si llegan a tardar un poco más me hubiese comido las uñas de las manos y quien sabe si también las de los pies, soliviantado que estaba por la impaciencia. Pude combatir parte de mi exasperación echando una ojeada a un periódico deportivo que descansaba sobre una repisa cercana, si bien, luego de leer varias declaraciones de técnicos irritados porque a sus equipos les habían al parecer robado el partido del domingo, perdí el interés y volví a dejar el periódico en su sitio, para de nuevo rumiar en silencio mi enfado por el pésimo servicio que estaba recibiendo. Hambre y prisa, eso era lo que yo tenía, no ganas de leer insulsas reseñas futboleras. Así, ya digo, pasó cerca de un cuarto de hora, hasta que poco antes de que la intersección entre desfallecimiento e irritación me transfiguraran en una especie de basilisco, apareció una camarera portando los entrantes pedidos. Tuve ganas de soltarle una fresca con la que recriminar tanta tardanza, pero mi sentido de la urbanidad consiguió frenar la parte más instintiva del basilisco en ciernes, por lo que me limité a fulminarla con una mirada que ya de por sí emisaria era de todo el reconcomio que sentía. Le pedí, eso sí, que me trajese otra caña y, en un tono ciertamente áspero, la conminé a una mayor celeridad en el servicio. Admito que fui un poco hosco con la muchacha, quien a buen seguro no tendría culpa de nada, pero en mi descargo he de insistir en que estaba famélico y que, como vengo repitiendo, la prisa me angustiaba.

De todas formas, si yo fui, como acabo de reconocerlo, algo grosero con la fámula, ella no lo fue menos conmigo cuando retornó portando entre sus manos la ración de paella que había pedido. No es que me dijera nada, pues nada me dijo, pero en ese silencio, afilado como el canto de una azuela, y en la mirada altiva que traía, era fácilmente detectable su resentimiento. Antes de irse abrió, no obstante, la boca, para con cierto retintín preguntarme si deseaba algo más. Pasando por alto el tono irónico de su voz, aproveché para, en efecto, pedirle por adelantado el postre: una tarta de queso y un café.

Mi admonición por la anterior tardanza no sirvió pese a todo de mucho, de tal forma que luego de zamparme la paella se inició para mí un nuevo turno de espera. Pasaron cinco minutos y nadie acudía a mi mesa para retirar el plato vacío y traerme la tarta y café encargados. Otros cinco y más de lo mismo, o sea, nada. Reconozco que el restaurante estaba atestado de gente y que no debía resultar sencillo atender tantas solicitudes; pero aun así la cachaza del personal se me antojaba desesperante. Los platos salían con lentitud de la cocina y los camareros serpenteaban de una mesa a otra con displicencia generalizada, como si con ellos no fuese la historia, robots mecanizados que, por más señas que les hicieras, no te veían, o fingían no verte. Así, pese a mis significativas miradas y lo apremiante de mis gestos, nadie me hacía ni puñetero caso, siguiendo el reloj su curso y, en sintonía con el inexorable avance de sus manecillas, agigantándose cada vez más mi enfado. Sólo mi natural comedimiento impedía que me levantara y armase un verdadero escándalo.

Ahora bien, todo tiene un límite, incluido dicho natural comedimiento, límite que finalmente rebasado me llevó a levantarme y acudir al mostrador para preguntar qué coño pasaba con la puta tarta y el puto café que siglos atrás pidiera. Esas fueron literalmente las palabras que empleé en mi interpelación; tan grande era mi enojo. El empleado que me atendió desde detrás de la barra, un tipo vestido de pingüino, debía de estar acostumbrado a esa clase de vocabulario soez, ya que apenas pareció inmutarse; de hecho, se limitó a encogerse de hombros y recomendarme que tuviera paciencia. Ahí ya sí que estallé. ¡Paciencia! Después de lo que estaba aguantando, ¿todavía me exhortaba ese mequetrefe a tener paciencia? ¿Más aún? Estaba hasta los huevos, encalabrinado como pocas veces antes lo estuviera, tanto que perdí definitivamente los estribos y mediante despepitadas voces anuncié que ya no quería tarta ni café, que se las metieran allá por donde amargan los pepinos y me trajeran la cuenta de inmediato, que me largaba.

Tras mi encendida pataleta, el pingüino acudió raudo a hablar con el maitre, con quien intercambió un breve diálogo en el que advertí la proliferación de un heteróclito elenco de mohines y aspavientos. Poco después el camarero regresaba para transmitirme las disculpas de su jefe por el mal servicio brindado, al tiempo que encarecidamente me rogaba que volviese a mi mesa, donde en breve él mismo me traería la tarta y el café solicitados, que en este caso corrían por cuenta de la casa en compensación por todas las molestias que me había visto obligado a padecer. Respecto al resto del servicio, se comprometía a hacerme la cuenta de inmediato, a fin de que no tuviera que aguardar mucho más.

Dubitativo pese a todo, retorné a mi mesa, a la que, en efecto, acudió segundos después el pingüino portando el postre y café objetos de la polémica. Pese al detalle de ofrecerme gratis estas postreras viandas, yo seguía enfadado y mi intención era pagar el importe exacto de la cuenta, sin dejar ni un solo céntimo de propina. Faltaría más. Incluso, agraviado como me sentía, no dejaba de fantasear con la idea de tomarme de algún modo cumplida venganza, si acaso pegando un moco verde debajo de la mesa o, si era posible, clavándole al maitre un tenedor en el ojo. Evidentemente, esto último sólo era una entelequia. Lo del moco, sin embargo, sí que entraba dentro de lo factible. ¿Por qué no? Venía a ser una cochinada, de acuerdo, pero lo tenían más que merecido, por torpes e informales. También era una cochinada, por cierto, permitir que se fumara en el local, aun sabiendo que estaba prohibido por ley. No estaría mal denunciarles para que les cayera una multa del copón. Yo sabía que no iba a hacerlo, pues no soy ningún chivato, pero la mera especulación al respecto sirvió para relajarme, incluso consiguió que la mueca de fastidio que ensombrecía mi rostro se fuera suavizando hasta desaparecer.

En estas meditaciones estaba cuando llegó la camarera trayendo la nota. Con voz trémula, me pidió también ella disculpas, al tiempo que me ofrecía una tímida sonrisa y desplegaba sus enormes ojos negros en un parpadeo aéreo. En ese momento se esfumaron los últimos restos de mi indignación y, como si con una varita mágica me hubiesen tocado para provocarme un repentino encantamiento, dejé de ser un cliente insatisfecho para convertirme en un suspendido devoto de aquella sonrisa y aquellos ojos.

Lo más curioso era que se trataba de la misma camarera de antes, la que de manera desabrida me había servido la paella, sólo que ahora en lugar de ponerme cara de ajo, me envolvía con una mirada plena de dulzura, la mirada de un ángel. Sí, la misma persona, pero ¡qué diferente al propio tiempo! Sus rasgos parecían desde luego metamorfoseados, mucho más suaves, mucho más bellos. Desde luego, en nuestro primer encuentro yo no había percibido ni por asomo aquella armonía y delicadeza facial... Pero ahora... Ahora quedé tan extasiado que lo único que fui capaz de hacer fue devolverle la sonrisa, embobada sonrisa en mi caso, y balbucear que no había sido nada, que era a mí a quien tenían que disculpar por haber sacado las cosas de quicio.

Pagué la cuenta, dejando por supuesto una suculenta propina para la camarera, y salí del restaurante. Me sentía muy contento y liviano, tan liviano que no pareciera sino que, en lugar de calzado, llevase alas en los pies que me permitieran volar, y exultante, muy exultante, como si me hubiesen administrado una poderosa inyección de adrenalina. Por lo demás, mi cabeza era un torbellino de ideas desordenadas que chocaban las unas contra las otras como electrones enloquecidos, si bien, por encima de ese pandemonium mental, sobresalía una certeza, cual era la de que al día siguiente regresaría a aquel mesón.

viernes 17 de febrero de 2012

MELANCOLÍA

No recuerda el momento exacto en que la melancolía se convirtió en asidua compañera suya; sólo sabe que se instaló en su corazón de una forma furtiva, sin avisar, a la manera de esos okupas que invaden las casas vacías al menor descuido de sus propietarios, corazón vacío en este caso, corazón asolado por las tinieblas, huero de emociones capaces de acelerar sus latidos en un momento dado; corazón baldío, corazón en el que desde entonces ha permanecido, adherida a sus paredes, como una parte más de su morfología, tan suya como pudieran serlo sus cabellos castaños, o sus ojos de avellana, o las pecas de su espalda, tan suya como sus propios achaques y sus nocturnas pesadillas.

La melancolía cubre desde entonces ese corazón invadido, si bien no lo hace en calidad de prenda arropadora, sino más bien como armadura... Aunque, bien pensado, tampoco sería esa su verdadera función, más que nada porque ya hace mucho tiempo, tanto quizá como el que precisamente incrustada lleva a la melancolía, que dicho corazón no lidia en las batallas del amor, lo que de algún modo convierte en innecesaria toda salvaguarda al respecto. Simplemente está ahí y no hay que buscarle más explicación a su presencia, como esos pétalos que se introducen entre las páginas de los libros y quedan ya para siempre allí apostados, cada vez más deslucidos y marchitos.

Está ahí y punto, sentada sobre el trono que en su día ocupara la esperanza, a la que sin apenas contienda privó de su dorado cetro, hizo pedazos su manto de verde terciopelo y exilió lejos, muy lejos de allí, a un páramo remoto del que difícilmente podrá ya retornar. La nueva reina viste de gris, como gris es también su propia piel, de un gris opaco y deslucido, como grises son sus ojos y gris es la mirada que estos despiden, una mirada que se complace en otear el pasado, con sombría nostalgia, en lugar de proyectarse hacia el futuro como gustaba hacer a su antecesora. Nunca sonríe la nueva reina. Mastica congojas la soberana. Y bebe hiel.

Se asoma a la ventana y la gobernanta de su pecho se asoma con ella. Cae la lluvia allá afuera, insistente, metódica, como un ejército disciplinado que desfilase en vertical. Cae la lluvia y la melancolía se torna húmeda. El cristal de la ventana devuelve el reflejo de su rostro, de su rostro ceniciento, sin brillo, un rostro sobre el cual los marrones ojos semejan dos distantes focos apagados, ojos que no desprenden luz alguna, que proyectan una mirada perdida en el vacío que se extiende más allá de la ventana; ojos que en realidad no ven, que sólo miran y se dejan ir.

Como tampoco escuchan sus oídos, inconexo sonido el que en todo caso absorben, olas lejanas de un mar perdido, rumores tornadizos que van y vienen, como un viento extraviado, marchitos ecos que no dicen nada, encerrados que quedaron en el limbo de la total ausencia.

No ve; no oye. A veces sonríe; pero la sonrisa que dibujan sus labios es de ordinario acerba, una sonrisa triste que en el fondo no es sino un fogonazo expresivo de esa melancolía que manda en su pecho. Las sombras envuelven su alma cansada, adosadas a ella como un capa oscura, un manto que de tanto uso ha terminado por no ser más que un andrajo lleno de agujeros y roturas, infames aberturas por donde en lugar de penetrar la luz, salen inclementes desvaríos, fracturas por donde la razón se volatiliza, como el humo, y como el humo dibuja espirales en el aire antes de morir definitivamente en él.

Los días transitan sobre el calendario y ella se deja arrastrar por el paso de esos días clónicos, levita sobre ellos, aunque sin avanzar; lo suyo es tan solo un abandonarse perezoso y lento. Nada espera para el mañana, pues está convencida de que ya ningún mañana va a llegarle. Simplemente se deja ir, de la mano de esa melancolía que un lejano día se instalara en su pecho para no abandonarla ya nunca más.

miércoles 8 de febrero de 2012

SIN TENERTE



Sin tenerte, fantaseo
e imagino que te tengo.
Sin tocarte, la ilusión
me hace creer que te toco.
Y entre mis brazos deseo,
absorto,
tenerte y tocar tu rostro

Sin tenerte, yo te tengo,
pues poderosa es mi mente
y tu imagen poderosa
configura en mi cerebro.
Y así te quiero, aun sin verte,
rendido,
vasallo fiel de tu feudo.

Cómo no adorar, preciosa,
tus ojos, tu ser, tu pelo,
ojos que son dos diamantes,
tu pelo, fúlgido y sérico,
tu ser, que esencia es de diosa.
Cómo no adorar soñarte,
iluso,
e imaginar que te tengo.

Si ríes, deseo reír.
Ríes y despunta el alba.
Y si vierten tus diamantes
las perlas que son tus lágrimas,
que en el plañir te acompañe,
sumiso,
orden recibo del alma.

Sin besarte, yo percibo
el embrujo de tus besos,
dulces como el aguamiel,
profundos como el abismo
que se nutre del deseo.
Embebido,
en tus labios me sumerjo.

Es tu imagen la que busco
en la escarcha que de espejo
le sirve a mi afán de verte.
La hallo en su estado puro,
toda luz, virgen de fuego,
ardiente,
con él me prendo.

Absorto, rendido, iluso
Sumiso, embebido, ardiente.

Así me tienes, chiquilla,
así me tienes de enfermo,
mientras, loco por tenerte,
te voy plasmando en mi verso.

lunes 16 de enero de 2012

TE QUIERO

Fue una noche más de sexo febril, de cuerpos entregados al delirio de la carne, de esa carne que, avivada por el fuego del deseo, se convertía en brasa incandescente. Una noche más de bocas que se buscaban, de manos inflamadas, de nudos imposibles y ensamble de caderas. Una noche más, como siempre, repetido ritual al que desde hacía semanas ella y yo nos consagrábamos casi todas las noches, sometidos a la tiranía de unos sentidos de cuyo imperio nos complacía ser abnegados vasallos. Una noche más… hasta que acaeció lo imprevisible, la discordante nota que por un momento amenazó destrozar la modulada sinfonía.

Sucedió justo después de flotar mis labios sobre los suyos en un último y dulce beso de buenas noches, prestos ambos a entregarnos a la férula del reparador sueño nocturno. Me lo soltó de improviso, casi como quien no quiere la cosa. Te quiero, me dijo. Así de escueto y rotundo al propio tiempo. Así de perturbador. Yo me quedé helado. Habíamos dejado claro desde un principio que en nuestra relación no podían tener cabida cierto tipo de sentimientos, que lo nuestro era una comunión de apetitos delirantes que precisaban del fuego de la pasión para ser saciados, nada más, ¡y nada menos!, pero que más allá de esas ígneas fronteras todo quedaba al margen, territorio prohibido hacia el que de consuno convenimos vedar el paso. ¿A cuento de qué entonces aquella sorpresiva declaración de afecto?

No dije nada. Nada en realidad se me ocurría que decir. Refugiado en el silencio, me limité a dar media vuelta sobre el lecho y fingir que dormía. Ella hizo lo mismo, turbada quizá por mi mutismo. Quise no pensar en ello y ponerme a dormir sin más, confiando en que el sueño despejase de inquietudes mi mente; pero lo cierto es que fui incapaz de pegar ojo durante el resto de la noche, que pasé en su mayor parte haciéndome multitud de preguntas y formulando infinidad de conjeturas, a cual más perturbadora. El sentido común me decía que mi recelo resultaba de todo punto exagerado, carente de cualquier fundamento lógico, y que estaba dando excesiva importancia a dos palabras que lo más probable era que no encerrasen nada sólido en su interior, pronunciadas a buen seguro sólo como cumplido, un espontáneo testimonio que, más que verdadero sentimiento afectivo, encerraba complicidad, y tal vez también algo de pleitesía por el fantástico polvo que acabábamos de echar, pero nada más. Sin embargo, a pesar de este racional discurso interno, el corazón se me sublevaba e impedía a mi cerebro proseguir por tales derroteros lógicos, un corazón, el mío, al que había puesto candado desde hacía mucho tiempo, más de un lustro ya, y tirado la llave lejos, hundida en las profundas simas del desencanto, de cuyas entrañas resulta muy difícil rescatar nada.

Mi corazón no quería además ser rescatado. Estaba bien así, cerrado a cal y canto, sin interés alguno en percibir sobre sus ventrículos y aurículas el fresco rocío portador de nuevas ilusiones. ¿Para qué? ¿Para sufrir más tarde o más temprano otro chasco? No, no merecía la pena, mejor que siguiera bajo llave y evitar de ese modo padecer más adelante, otra vez, los golpes del desencanto, esos contundentes golpes que ya en su día lo dejaran destazado. Tenía miedo mi corazón, lo que le llevaba a estar de continuo alerta y saltar al menor atisbo de invasión, como así de hecho había saltado tras escuchar ese inquietante te quiero. Infinidad de amantes habían pasado por mi cama desde que decidiera cerrarme en banda a cualquier llamada que pudiera tener como heraldo al amor; amantes que me habían proporcionado ingentes dosis de placer, momentos gloriosos, indescriptibles sensaciones. La mujer que dormía ahora a mi lado era la última de tales amantes, la mejor que había tenido; con ella me sentía muy a gusto, plenamente satisfecho en todos los sentidos, no en vano me ofrecía todo cuanto yo precisaba para ser feliz: complicidad, diversión y sexo, mucho sexo. La mujer ideal para mí sin ningún género de dudas. Al menos lo había sido hasta justo esa noche, hasta ese imprevisto “te quiero” surgido de sus labios.

La aurora me sorprendió en estas cavilaciones. A la tenue luz que se filtraba a través de la ventana pude contemplarla mientras dormía, deliciosa sirena atrapada en su privativo mar de los sueños. Parecía de hecho flotar, su cuerpo desnudo componía una escultura de delicadas formas ondulantes que, como un espejismo vaporoso, daba la impresión de elevarse sobre las sábanas. Resultaba una estampa fascinante, toda una provocación para los sentidos, así como una dulce caricia para el espíritu. Como hipnotizado, seguí observándola mientras con sigilo me levantaba de la cama y me disponía a vestirme. Había tomado la decisión de huir, apartarme de su lado y evitar así cualquier peligro que su presencia cercana pudiera acarrear; por más que me entristeciera la posibilidad de no volver a verla, no quería que entre nosotros se estrechasen unos vínculos que pudieran terminar conduciendo a un territorio que en sí mismo me aterraba. Comprendía que era un cobarde huyendo de ese modo, un cobarde y un mezquino; pero los miedos que me asaltaran por la noche, lejos de eclipsarse, se habían acentuado todavía más con la llegada del día, hasta el punto de no poder dominarlos. Además, nunca me habían gustado las despedidas. Prefería irme de ese modo, sin ningún adiós de por medio, por la puerta de atrás, pese a que ello supusiera engrosar mi ya abundante cosecha de remordimientos. Ella era maravillosa, tenía que admitirlo, un ser realmente exquisito y dulce, apasionada y tierna a un mismo tiempo, en cierto modo la mujer ideal; pero yo no quería implicaciones emocionales, no me sentía preparado para dar ningún paso adelante en ese sentido. El corazón se ponía a embestir sólo de pensarlo. La echaría de menos, qué duda cabe, pero no tardaría en aparecer otra que ocupase su lugar como encendida amante. Eso era lo único que yo quería. Sí, eso, lo único, una amante que satisficiera las necesidades de mi carne, nada más.

Justo cuando acababa de vestirme despertó ella. Me miró con ojos aún velados por el sueño. Temí que inquiriese dónde iba, ya que en tal caso me habría sentido azorado y sin saber bien qué decirle, no en vano, pese a mi nada ortodoxa manera de conducirme por la vida, nunca se me había dado bien eso de mentir. Pero no, lo único que hizo fue sonreír, esa sonrisa suya que parece desprender luz en sí misma, y a continuación, con voz asimismo brumosa, repetir aquello de “te quiero”.

De nuevo aquellas dos palabras se precipitaban sobre mí como dos afilados venablos, haciendo impacto, como la vez anterior, en el centro mismo del pecho. Día y noche quedaban de este modo conectados a través del ignoto sortilegio que tales palabras obraran. La sacudida, sin embargo, fue mayor en esta ocasión, hasta el punto que noté cómo allí dentro algo se tambaleaba, como si una especie de poderosa reacción química se hubiese iniciado y dado lugar a un fluido ácido que corroyera todo cuanto a su paso hallara, incluidos muros, bastiones y defensas. Mi universo interno parecía estar desmoronándose por completo y yo dentro de él.

Una profunda conmoción me embargó de arriba abajo, activado por la cual me aproximé hasta ella para contemplarla de cerca, en silencio. Ella, sin inmutarse por mi descarado escrutinio, estiró los brazos para sacudir la flojera que los mantenía entumecidos. Sus ojos no terminaban de desplegarse, sometidos todavía a la férula del sueño; aun así, brillaban más que el propio día. La agarré por los hombros. Su piel estaba tibia, puro contraste con el relente que dominaba la habitación en aquella mañana de otoño. Uno de mis dedos se aproximó a sus labios y recorrió con parsimonia el perímetro que comprendían. Ella los prolongó con una sonrisa perezosa. ¡Qué bella es!, pensé mientras notaba cómo por dentro me iba desgarrando y se abrían todas las compuertas de mi pecho, a través de las que no tardó en asomar un corazón redimido.

Fue entonces, luego de esta catarsis, cuando emití un suspiro pronunciado y rompí el silencio para dejar que de mi garganta brotara aquello que ya no podía, ni quería, por más tiempo contener: ”yo también te quiero”.

Era así, en efecto. Me daba cuenta que, por encima de mis miedos y aprensiones, la quería. La quería más que a nada, más de lo que hasta entonces había creído llegar a querer, más incluso que a mí mismo. Y, en colación con este sentimiento, me daba cuenta también que sólo deseaba estar con ella y envolverme con su piel, que nada importaba más allá de su sonrisa, de su nariz pecosa, de su aroma de canela, de su presencia a mi lado. Y entonces la besé, la besé con una vehemencia inusitada, y con aquel beso profundo y húmedo se fue llenando mi boca de escurridizos peces de colores.

lunes 2 de enero de 2012

DESDE LA ATALAYA DEL RECUERDO

Incapaz de conciliar el sueño, salió al jardín y se sirvió una copa de vino. Sobre un cielo estrellado y negro destacaba la luna en su fase llena, cuyo reflejo argénteo se hundía en un mar asimismo negro y profundo. El silencio era absoluto. Nada, si siquiera el viento, osaba violarlo, tan encastillado estaba sobre el trono de la noche. A lo lejos destacaba la torre del faro, alta y majestuosa, pintada con franjas rojas y blancas.

El insomne aproximó a sus labios la copa para apurar de un solo trago su contenido, que pasó por su garganta con la misma velocidad con que las escenas de un pasado remoto lo empezaban a hacer por su mente. La noche invitaba a la nostalgia y él, extraviado en su propio laberinto de recuerdos, se dejó atrapar por ella. En auxilio de la memoria se sirvió de un viejo álbum de fotos que fue a desenterrar del arcón donde desde hacía lustros yacía. Con él bajo el brazo regresó al jardín, a la noche, al vaso de vino, ahora vacío sobre la mesa. La propia luna le hizo de foco para ayudarle a ver las fotografías.

De las páginas del álbum fueron surgiendo rostros, lugares y escenas que, como repentinos fogonazos, iluminaban su mente y le transportaban hacia los pretéritos momentos donde cada instantánea tenía su génesis. Tras pasar una de las hojas, llamó poderosamente su atención la mujer que apareció recostada sobre la arena en una playa solitaria. Delgada, esbelta y con un pecho firme y desafiante, sonreía a la cámara de manera sugestiva y hasta cierto punto procaz. Estaba completamente desnuda. No fue dicha desnudez, sin embargo, la que atrapó su atención de ese modo, ni obedecía tampoco su asombro a una mala pasada de la memoria que le impidiera reconocer a aquella espléndida joven de pícara mirada; sabía de sobra quién era. Su interés obedecía más bien al hecho de que apenas si ya recordase que en su momento hubiera sido así, tan lozana, tan esplendorosa, tal salvaje, tan bella. ¡Habían pasado ya tantos años! Recordaba perfectamente el momento en que tomó aquella fotografía, no en vano fue la única vez que acudieron juntos a una playa nudista; pero había olvidado esa exuberancia de diosa que ella lucía entonces. En otra foto de esa misma página aparecía él, también desnudo, cabello largo, piel morena, nervudo, arrogante, apuesto. Un súbito ataque de nostalgia humedeció sus ojos. Aquel mar. Aquellas aguas. Un mar distinto al de ahora, pero siempre el mar, húmedo núcleo sobre el que había girado su vida desde que tuviera uso de razón. ¡Aquel mar! ¡Aquellas aguas! Ambos desnudos, ambos insultantemente jóvenes, ambos liberados de cualesquiera cadenas que no fuesen las propias del deseo. Sin apenas esfuerzo, su mente podía reproducir los momentos en que juntos se zambullían en el transparente cristal para alejarse nadando mar adentro, tan lejos que la costa llegaba a perderse casi de vista, hasta que todo el universo quedaba reducido a ellos dos y un inmenso azul rodeando sus flotantes cuerpos, y cómo después regresaban para secarse al sol, directamente tumbados sobre la arena, sin toalla, dos salvajes rebosantes de energía, de belleza, de esplendor.

Mientras se dirigía al dormitorio, se preguntó qué edad tendrían cuando se hicieron aquellas fotos. No acertó a definirlo a ciencia cierta, si bien daba igual, eran jóvenes como la aurora, eso era lo único indiscutible. Qué dispar en cualquier caso se le antojaba el joven atlético de la fotografía con el hombre cansado que, ya dentro de sus aposentos y sirviéndose de la luz de luna filtrada a través del ajimez, se observaba en una cornucopia de dorado marco. Qué distinta la lozanía de aquella piel bruñida por el sol con su actual rostro arrugado y cetrino. Qué metamorfosis la sufrida por su salvaje y larga cabellera hasta quedar convertida en los blancos hilachos que cubrían ahora su cráneo. Qué poco que ver la viveza de aquellos ojos que en cada mirada desprendían fuego con la de estos otros, vacíos y apagados, que reflejaba el espejo. Qué diferente su vientre, antaño duro y recio, hoy flácido y seboso. Pero por encima de todo, qué antagonismo entre el indómito espíritu de entonces y la lasitud actual de su ánimo, devastado que parecía haber sido por un temporal demoledor.

Se apartó del espejo con una sensación de náusea y se asomó a la cama. Ella dormía con placidez. Obviamente, también el tiempo había hecho estragos en su cuerpo, muy alejado del de aquella sirena cuya desnudez retadora inmortalizara la cámara. Esbozó un visaje de contrariedad. Los otrora espléndidos senos habían dejado hace años de ser firmes y se mostraban ahora blandos y caídos, del mismo modo que sus angulosas formas, que parecían repujadas con cincel, se habían ido macerando con el paso de los años hasta configurar perímetros más bien flácidos y deprimidos. También su cabello, como el de él, se había vuelto albo y lacio.

Hacia la piel de la durmiente acercó sus manos el insomne, apenas un roce para no despertarla, lo suficiente en todo caso para constatar que ya no era la suya aquella piel suave que al tacto semejara terciopelo. Estrías y pliegues habían transfigurado en anfractuosa geografía lo que muchos años antes fuera un valle terso y homogéneo.

Encaramado sobre la atalaya del recuerdo, reflexionó sobre el tiempo y su relatividad. Dolía saber que todas las cosas acaban marchitándose, que nada es imperecedero, menos aún la juventud, sometida a un desgaste que termina haciendo de ella pura rocalla, rehén de un tiempo que le niega cualquier posibilidad de rescate. "Juventud, divino tesoro,/ ¡ya te vas para no volver!/ cuando quiero llorar, no lloro.../ y a veces lloro sin querer". Los versos de Darío resonaron en su cabeza como un eco taciturno venido de lejos, de muy lejos, de las fronteras últimas del universo. No, ya nada volvería a ser como antes, ni ella ni él retornarían a aquel esplendor inmortalizado en las fotografías del viejo álbum... Cansado, salió de nuevo del dormitorio para buscar una pastilla de las que habitualmente tomaba para dormir.

Con la pastilla en una mano y un vaso de agua en la otra regresó poco después a la alcoba. Miró de nuevo a la mujer dormida, pero en esta ocasión ningún rictus extraño se descolgó de su rostro; todo lo contrario, una sonrisa de satisfacción vino a iluminarlo. Por segunda vez se posaron sus manos sobre la piel femenina, en esta ocasión para recorrerla con una breve y suave caricia mientras sentenciaba que el poder de desgaste del tiempo era, pese a todo, limitado, que afortunadamente existían cosas que se escapaban a su férula, como la ternura, como la amistad, como el amor. El tiempo no había de hecho podido con el amor que sentía por ella, tan intenso como cuando años atrás brotara dentro de su pecho con la fuerza de mil tsunamis.

Ingirió la pastilla y se metió en el tálamo, acurrucándose junto al cuerpo envejecido que tanto adoraba. Y esa noche consiguió dormir de un tirón, feliz tras constatar que el amor había vencido al tiempo.

viernes 16 de diciembre de 2011

MIENTRAS DUERME

Ella duerme siempre cerca de la ventana, de manera que cuando germina el nuevo día, la temprana luz de la aurora tiende a filtrarse por la oquedad que forma su brazo curvado por encima del pecho, dando lugar a una estampa empírea, como si quien allí reposara fuese un ángel al que el sol rindiese pleitesía orlándolo con su luz. Confieso que nunca su cuerpo me resulta tan bello como en esos momentos, dibujado por el alba y enmarcado en oro. Se la ve tan liviana, tan sinuosa y volátil, que no pareciera sino que se va a evaporar de un instante a otro y desaparecer para siempre, como un silfo engullido por el propio aire que constituye su hábitat.

¡Desaparecer! Confieso que esa posibilidad, aunque sea de este poético modo planteada, me produce auténtico pavor. Pero lo cierto es que cuando la inquietud y la inseguridad se ponen al timón de mi alma, lo que sucede con no poca frecuencia, no puedo evitar preguntarme por cuánto tiempo más su pecho descansará junto al mío durante la noche. Quizá mañana sean otros ojos los que contemplen su cuerpo desnudo bañado por los primeros rayos del alba. Quizá sean otras las manos que rocen su piel para afinar sobre ella las cuerdas del deseo. Quizá un olfato distinto al mío sea el que se embriague con su exquisito aroma. Quizá, en fin, sea otro el lecho que acoja su desnudez hechicera.…

Mejor no pensarlo, no vaya a ser que el pensamiento actúe de catalizador. Me pregunto de todas formas si también a ella le asaltarán similares inquietudes, si despertará cualquier mañana y, mientras me contempla atrapado en las redes del sueño, le dé por examinar con suspicacia el amanecer y preguntarse si algún día yo cubriré con otras sábanas mi piel estremecida, si su luz se apagará para mí mientras la mía es robada para iluminar otro tálamo y otro corazón. ¿Se lo habrá llegado a plantear alguna vez? Supongo que no. Ella es una bruja y las brujas viven y gozan del presente, rara vez especulan con el futuro.

Mi niña, criatura pródiga en placeres, ser cimbreante y etéreo, sirena escurridiza que esparce sus ondulantes curvas sobre las aguas de mi deseo, ¿quién de los dos dejará antes de iluminar al otro?... Nadie puede en realidad saberlo. ¡Resulta tan precario el equilibrio sobre el alambre de la vida y, más aún, tan caprichoso el destino cuando marca el sendero que guía al amor y a los amantes!

Mi niña, tan distante y tan próxima a un mismo tiempo. Quisiera ser también yo brujo y limitarme a saborear las mieles del presente, sin preguntas, sin miedos, sin vacilaciones; pero de momento sólo soy un aprendiz y aún no he penetrado del todo en los misterios que permiten volar a lomos de una escoba sin sentir vértigo.

¡Ah, pero cuánto me gusta observarla mientras duerme!












viernes 2 de diciembre de 2011

ULTIMOS BESOS JUNTO AL LAGO










Azul te sentía
Azul como aquel lago frente al que mis labios
tus labios buscaron
por última vez.

Pájaros volando sobre oscuros espejismos.

Verde tu mirada
Verde como aquella hierba que de alfombra hiciera
a nuestros cuerpos abrazados.
Caricias y besos, promesas de amor.

Espejismos tras los que acechaba el voraz desierto.

Verde hierba, azul cielo,
lo único real, sospecho,
de aquella postrera cita,
cuando nos besamos junto al lago azul.

Desierto sobre el que vomitan las quimeras.

Último escenario de nuestro romance,
falsos besos, fingidas caricias,
amor espurio,
labios retorcidos en una gran mentira.

Quimeras que de cimiento sirvieron a un verano.

Fin de fiesta sin ningún artificio,
sólo el disimulo de una apariencia
incolora,
ni verde... ni tampoco azul.

Verano cuyo ardor se sofocó una tarde junto al lago.