miércoles, 5 de enero de 2011

EN MEMORIA DEL DIFUNTO

           La viuda de mi amigo Fran me invitó a su casa para asistir a una reunión que tendría lugar en memoria suya. Algo informal, sólo los familiares más cercanos y sus amigos más íntimos. Hablaríamos de él, recordaríamos vivencias y anécdotas compartidas, miraríamos fotos, recitaríamos versos de sus poetas preferidos y, en fin, dejaríamos que la nostalgia extendiera sus suaves alas mientras echábamos un par de tragos a la salud del difunto. No era la primera vez que Beatriz organizaba una velada con tal fin. Ella estuvo siempre muy unida a Fran y no conseguía superar el hecho de su muerte, pese a haber transcurrido ya más de año y medio desde el accidente de automóvil que la ocasionara. Seguía echándole muchísimo de menos y esas reuniones parecían hacerle bien: lejos de incrementar su dolor, la evocación conjunta servía de bálsamo terapéutico con el que atemperar la falta del hombre con el que durante tanto tiempo estuvo emocionalmente ligada. Consciente de ello, acepté la invitación y acudí a la cita. Además, personalmente hablando, ese tipo de simultáneas remembranzas sobre el amigo ausente resultaban también de mi agrado, no en vano coadyuvaban en cierto modo a evitar que los recuerdos envejeciesen y terminaran muriendo entre los dobleces de la memoria.

           Cuando llegué pude comprobar que, tal y como me anunciara la anfitriona, no éramos muchos; tan sólo ella, yo y otras seis personas más, todas estas mujeres, componíamos el elenco de asistentes. La circunstancia de ser yo el único varón convocado no dejó de resultarme sorprendente, puesto que en otras ocasiones no había sido ni mucho menos así, siempre hubo de hecho hombres en estas reuniones; al menos Miguel, hermano de Fran, no había dejado nunca, que yo recordase, de acudir, así como igualmente otros amigos del difunto. Le pregunté a Bea precisamente por Miguel, pero ella se limitó a encogerse de hombros y responder de manera ambigua que hacía tiempo que no sabía de él, que su empresa lo había mandado al parecer a cerrar ciertos negocios en China. No insistí ni pregunté por la ausencia de otros cofrades del género masculino, porque justo en ese momento una sorpresa todavía mayor se me vino encima, cual fue la de ver aparecer en la casa a una nueva invitada muy particular: Gloria, la primera mujer de Fran, con quien estuvo casado varios años y a la que abandonó precisamente por Beatriz. Nunca hubiera imaginado que ambas mujeres mantuvieran contacto entre ellas, menos aún hasta el extremo de ser invitada la una en casa de la otra, por más que las vinculase en este caso el hecho de haber estado las dos sentimentalmente ligadas a la persona en cuyo honor tenía lugar precisamente esa tertulia. En todo caso, me abstuve de hacer comentario alguno al respecto.

            Lo normal en este tipo de reuniones suele ser que al principio los invitados hagan un decoroso seguimiento del guión que las motiva y que, por tanto, el diálogo se circunscriba, como estaba escrito, a la vida y milagros del difunto; pero es asimismo habitual que poco a poco, sobre todo a medida que los tragos van humedeciendo los gaznates y liberando el espíritu, el protocolo tienda a atemperarse y, en consonancia, los tertulianos a distanciarse y a hablar unos con otros en conversaciones más privadas y frívolas, conversaciones en las que ya apenas si se toca al muerto salvo si acaso muy de pasada. Participando yo también de ese proceso, me encontré en un momento dado hablando con Gloria, quien apenas había cambiado desde la última vez que la vi, hacía ya más de dos lustros. Seguía de hecho luciendo unas formas exuberantes, pechos desafiantes, caderas redondeadas y un culo respingón que enardecía el deseo, por no hablar de sus enormes ojos color turquesa, que parecían dos hipnotizantes esmeraldas. Estaba realmente apetitosa. Hicimos un repaso a lo que nos había sucedido en los últimos años, lo que me permitió conocer que ella trabajaba ahora la mitad del tiempo en Nueva York, en calidad de representante de una famosa firma de maquilladores con sede en la Gran Manzana. Me pregunté si estaría saliendo con alguien y, en correspondencia casi automática con esta especulación, mi mente se dio de súbito a contemplar la posibilidad de terminar acostado con ella aquella misma noche, pensamiento que provocó un agradable cosquilleo en mis partes más íntimas.

           Con este lúbrico propósito en mientes, trataba yo de derivar la plática a un terreno que resultara lo más propicio posible a su culminación, pero justo cuando me debatía en el intento, se aproximó Beatriz a nuestro lado para incorporarse al diálogo. Pasándome una mano por la cintura, me preguntó que qué me parecía Gloria, que si no era verdad que estaba estupenda. Yo no pude sino admitirlo, ya no por obligada cortesía, que también lo hubiera hecho, sino porque era la pura verdad: Gloria estaba realmente estupenda. Beatriz comentó entonces que había sido una suerte que se encontrara ocasionalmente en España y sin ningún compromiso impeditivo de su presencia allí. Pues sí, una suerte, pensé yo. Las dos mujeres se sonrieron mutuamente y sellaron el cumplido con un afectuoso abrazo. Me pareció ver que rozaban también sus labios en un fugaz beso, si bien tildé de inmediato tal visión como apócrifa, un espejismo atribuible a mis encendidos deseos carnales. Lo que sí hice fue aprovechar la coyuntura para hacer patente la grata sorpresa que me producía saber que eran tan amigas, a lo que Beatriz convino diciendo que lo habían sido siempre, incluso cuando aún vivía Fran, y sin darme tiempo para asimilar la noticia, añadió que en realidad era amiga de casi todas las mujeres que fueron amantes de su malogrado esposo, algunas de las cuales se encontraban precisamente ahora en su casa. Eché un vistazo en derredor y creí en efecto reconocer algún que otro rostro que mis recuerdos pudieron, efectivamente, asociar con la profusa vida amorosa de mi amigo. Fran siempre fue un mujeriego empedernido, eso era un dato incuestionable, pero ignoraba que también Beatriz lo supiera y, sobre todo, que lo asumiera con tanta naturalidad, al menos como lo estaba haciendo en esos precisos momentos. Yo siempre pensé que era una esposa engañada que desconocía en el fondo la doble vida llevada por su marido. Por lo visto, me equivocaba. Y tan asombroso como estas revelaciones, me resultaba el tono distendido con que Beatriz las estaba haciendo, como de pasada, como si en realidad ninguna trascendencia poseyeran para ella. Esa no era desde luego la Beatriz circunspecta y tímida que hasta entonces yo creyera conocer. La verdad es que no entendía absolutamente nada.

           Poco después se unían a nuestro particular corrillo otras dos invitadas más, siéndome presentadas por Beatriz, ya sin pelo alguno en la lengua, como antiguas amantes de su marido. Ni que decir tiene que los derroteros que tomó la conversación no fueron los del luto ni la elegíaca evocación del finado, sino más bien los derivados de temas que con picardía iban combinando frivolidad y concupiscencia a partes iguales. Yo empezaba a sentirme mareado. Casi todas aquellas mujeres fumaban en exceso y el humo de sus cigarrillos se mezclaba con los intensos perfumes florales que desprendían sus pieles excitadas: magnolias, jazmines, violetas..., vaharadas cuya miscelánea iba componiendo una atmósfera cada vez más sofocante.

           Sonó el timbre. Eran tres invitadas más que se habían rezagado un tanto. ¡Otras tres mujeres! Llegaban muy alborotadas y joviales, como si de antemano supieran que lo que entre esas paredes se oficiaba tenía más de fiesta que de funeral. Beatriz me las presentó diciéndome, ¡cómo no!, que también habían sido amantes de Fran. Yo no comprendía nada. Demasiado confuso todo aquello como para asimilarlo desde las fronteras de la lógica. Desde luego, las otras veladas organizadas en memoria del difunto no se habían desarrollado de esa guisa. Tampoco es que hubiesen sido un vertedero de lágrimas, nada de eso, sino que, como ya dije, pese a rendirse homenaje al añorado ausente, no solían faltar las bromas y parlamentos de carácter mundano; pero nunca se habían alcanzado los extremos de esta última. ¡Sólo faltaba que empezara a sonar música festiva y que aquellos cuerpos volátiles se lanzaran a una frenética danza en honor a Dionisos! Del muerto, por supuesto, no hablaba ya nadie. ¿Quién era ese Fran que de pretexto había servido para la fiesta? ¡Como si nunca hubiese existido!

           El diapasón iba subiendo cada vez más, hasta conformar una estridente batahola de voces y risas a las que el continuo tintineo de las copas confería un aire eminentemente festivo. El grupo terminó compactándose en torno mío, con lo que en un momento dado me vi envuelto por diez alegres féminas que no cesaban de hablarme y sonreírme, algunas de forma ciertamente atrevida. En medio de toda esa algarabía, yo me mostraba condescendiente y risueño, como esos políticos que se fotografían junto a amas de casa u obreros de la construcción; pero eso era sólo la fachada, pues en el fondo me sentía cada vez más confuso, sin saber bien qué postura adoptar ni cómo responder a tanta inusitada atención. Mi sensación de mareo aumentaba con la proximidad y con todos esos guiños e insinuaciones que martilleaban en mi cabeza con la disonancia de lo absurdo. El sexo se había convertido en el tema estrella de conversación. La anfitriona incitaba además a que así fuera con comentarios subidos de tono que alababan las bondades de su práctica. Alimento de los dioses, recuerdo que expresó en referencia al mismo. Para mi asombro, justo precisamente tras servirse de este culinario simbolismo, señaló a Gloria y, exhibiendo una pícara sonrisa previa a un pequeño sorbo de su copa, afirmó que ellas dos se habían acostado juntas en varias ocasiones, algunas de ellas incluso en compañía del extinto Fran. Yo no me podía creer lo que estaba oyendo. En esos momentos mis ojos debían parecer dos bombillas encendidas. La aludida, lejos de desmentir la confidencia, se desató en una risa nerviosa que por sí misma testimoniaba su veracidad. El resto de mujeres, por su parte, no cesaba igualmente de proferir alusiones procaces y saturadas de lujuria. Notaba además que sus miradas estaban cada vez más fijas en mí. Miradas de gata en celo que taladraban mis ropas hasta desnudarme. ¿Qué pretenden estas?, me preguntaba yo cada vez más aturdido. ¿Qué narices pinto yo aquí? Me fijaba en sus bocas y podía percibir cómo éstas se relamían con obscenidad. Miraba sus ojos y estos me devolvían guiños licenciosos. Sentía los roces de sus manos tras aproximarse con disimulo. Aquello empezaba a adquirir tintes de orgía, no en vano las voluntades de aquellas hembras parecían haber quedado de repente subyugadas a la férula de la sangre y los instintos más primarios. ¿Podía ser que todas aquellas brujas se hubieran confabulado para organizar allí, en aquella casa, una especie de saturnal en memoria del difunto? ¿Cuál sería entonces mi papel? ¿El de macho cabrío destinado a colmarlas sexualmente?

           Analizado fríamente, como lo haría un espectador imparcial, la idea no podía ser más atractiva, la fantasía erótica por excelencia de muchos hombres; pero en vivo y en directo y en mi calidad de protagonista principal de dicha fantasía, lo que me estaba provocando era un vértigo acojonante. Molesto no me sentía, o no debería sentirme para ser más precisos, consciente de lo halagador que resultaba ser el centro de atención de tanta fémina apetecible, si bien, por alguna razón ignota, no acababa de encontrarme cómodo en esa tesitura; más aún, estaba cada vez más nervioso y aturdido, desorientado al máximo, abrumado por una anómala sensación de extravío, como si allí se hubiese destapado una especie caja de Pandora y de ella salido una pléyade de desconcertantes y burlones demonios cuyas verdaderas intenciones ocultaban bajo una máscara de insidiosa complacencia.

           El caso era que no podía más. Notaba que el suelo ondulaba bajo mis pies como si fuese un mar agitado por olas sediciosas. Todo parecía girar en derredor. Me asfixiaba. Sacando fuerzas de flaqueza, conseguí esbozar mi sonrisa más cautivadora para, tras pedir disculpas, anunciar que debía ir al servicio. Allí dentro me lavé la cara con agua fría, abluciones con las que conseguí apaciguar en parte el sofoco que me estaba abrasando por fuera y por dentro. Al salir del baño, en lugar de retornar al aquelarre donde me esperaban las enardecidas meigas, me escabullí discreta y sigilosamente por la puerta de atrás, sin despedirme. Sí, un cobarde, eso es lo que fui. Lo admito. Pero en mi descargo tengo que decir que no pude evitarlo: aquella situación escapaba de mis manos y me superaba por todos lados, yo no era yo, sino un ente despersonalizado a merced de fuerzas contra las que no podía luchar. ¡Y pensar que apenas una hora antes me relamía de gusto ante la posibilidad de follarme a Gloria!

           El aire fresco de la calle sirvió para despejar en parte mi turbación, por más que las ideas siguieran zapateando dentro de mi cabeza como enloquecidas danzarinas y las piernas me temblasen como si, en lugar de huesos y articulaciones, fuese gelatina la materia de la que estuvieran hechas. Las sombras envolvían ya la ciudad a esas horas. Encendí un cigarrillo y caminé hacia mi casa. Pensé en Fran. Sonreí. A él le habría gustado una velada como esa. Seguro. Se habría sentido como pez en el agua. Lástima que yo nunca estuve ni, ahora lo comprendía, iba a poder estar nunca a su altura.

           No he vuelto a saber nada de Beatriz. Cualquier día de estos la telefonearé a ver qué me cuenta. Reconozco que me pica la curiosidad por conocer qué pretendió en realidad con aquella pantomima que montó en su casa.