martes, 5 de enero de 2010

LA VERDADERA HISTORIA DE CAPERUCITA Y EL LOBO

           Cuentan los viejos que existió una vez un solitario lobo que habitaba dentro de un bosque espeso y misterioso al que, como castigo a sus numerosas transgresiones, fue desterrado por la manada de la que una vez formó parte, y entre cuyos nemorosos contornos ejercía una férula casi absoluta sobre todo ser viviente. Este lobo se llamaba Lobo y su apellido era Feroz, el último de una dinastía que casi siempre se caracterizara por engendrar sujetos de lo más rijosos, crueles y perdularios, así como fieros guerreros que destacaron de continuo en las sempiternas contiendas entre lobos y hombres. Digno descendiente de tal prosapia, era un ser perverso, sin amigos, proclive a cometer todo tipo de excesos e iniquidades, abusos arbitrarios, crueldades gratuitas, sin importarle para nada el dolor o los sentimientos ajenos. Fueron muchos los hombres a los que degolló alentado por el mero hecho del odio que en sí misma le generaba la raza humana, afición ésta que continuó desarrollando durante su exilio en el bosque, presto siempre a liberar su protervia a la menor oportunidad que se le brindara. Su pasatiempo favorito consistía, no obstante, en devorar el corazón de las incautas efebas que osaban atravesar sus dominios, a las que solía hipnotizar con sus penetrantes ojos, seducir con engañifas y falsas palabras y, finalmente, una vez corrompidas, engullir sus corazones sin conmiseración alguna. Para cometer estas y otras muchas fechorías disfrutaba hasta cierto punto de carta blanca, toda vez que con el Agente Forestal, que era el representante de la ley humana en la comarca a la que pertenecía el escabroso bosque, mantenía una especie de contubernio por el que sus actos quedarían embozados bajo el velo de la impunidad siempre que fueran cometidos dentro de los límites agrestes, donde podía actuar a sus anchas, estándole en contrapartida vedado el acceso a todas y cada una de las poblaciones colindantes, bajo apercibimiento de ser, en caso de incumplimiento, perseguido y cazado sin miramiento alguno, como a una alimaña. Por su parte, el Agente, a cambio de hacer esta vista gorda, recibía en calidad de soborno generosas dádivas que puntualmente le hacía llegar su sanguinario cofrade.

           En los mentideros de la región se decía, por otro lado, que la extrema malignidad de Lobo obedecía a una malformación congénita que hizo que naciera sin corazón, lo que justificaría por un lado su despiadada barbarie y, por otro, que necesitara estar continuamente alimentándose con el de sus víctimas para suplir la carencia del suyo propio. Es más que probable que esto no fuera más que una conseja concebida por la imaginación de viejas asustadizas, muy dadas a buscar dentro de la fantasía badilas que removieran la lumbre de sus miedos, pero lo cierto es que corrió como la pólvora de un extremo a otro de la comarca, hasta el punto que todos los aldeanos parecían creer en ella a pies juntillas.

           Cierta mañana otoñal fría y desapacible, de esas que se presentan bajo un cielo plomizo y ceniciento capaz de al más osado de los solares destellos mantener cautivo por encima del mar de nubes, creyó percibir Lobo, cuyas ansias eran aquel día mayores que de costumbre, una lejana resonancia. Aguzó entonces sus puntiagudas orejas y se dispuso a escuchar con atención. ¿Sería el céfiro que desde poniente silbaba para anunciar su presencia? No, el eco que a sus oídos llegaba tenía un son más melódico, lejos en cualquier caso del lúgubre silbido con que Eolo acostumbra a poner en danza las copas de los árboles. ¿Sería tal vez el lamento del agua al precipitarse al vacío desde alguna cascada? No, tampoco, los registros que captaban sus tímpanos no eran tan sordos. Y así siguió Lobo, sopesando varias posibilidades, hasta que al fin logró discernir de modo más o menos diáfano una voz humana que, todavía distante, entonaba lo que parecía ser una cantilena. Poco después distinguió, a tenor de la atiplada cadencia, que la voz era femenina, así como que la canción se arremolinaba de continuo sobre un retornelo tipo tra-la-rá-la-rá bastante infantil. Cuando al cabo de un rato la cercanía de la voz era tal que anunciaba la inminente presencia de quien la emitía, Lobo se plantó de un salto frente al camino, deteniendo al hacerlo el paso de la muchacha que, en efecto, aparecía en ese preciso instante correteando por él. Ella se detuvo en seco y por un momento sus facciones se contrajeron por el sobresalto que le supuso ver de repente y tan próximo al peludo ser, el último tra-la-rá-la-rá que en esos instantes componían sus cuerdas vocales pegó un instintivo frenazo hasta terminar languideciendo en el limbo de lo ilusorio; pero no tardó, sin embargo, en reponerse del susto y segundos después, lejos de miedo, sus ojos eran más bien transmisores de curiosidad. Por su parte, los lobunos no parecían difundir emoción alguna, limitándose a contemplar impasibles a la recién llegada, una joven grácil, de pequeña estatura, tocada con una gorra escarlata que de forma sesgada envolvía su cabeza, lo que le confería un cierto aire bohemio, permitiendo no obstante distinguir unos cabellos lacios de matiz bruno, aunque orlados por el fulgor de ciertos reflejos cobrizos, que le caían hasta poco más de la nuca y que en su parte superior cubrían la mitad de la frente con un gracioso flequillo. Tenía la piel nívea, circunstancia que, más que responder a su tonalidad común, debía ser efecto puntual del frío imperante, y los labios de un color rosa pálido, gruesos y algo agrietados, quizá también esto último por la inclemencia del día; manos y pies pequeños, y ojos del color de las almendras, sobre los que unas largas pestañas curvadas ejercían de dosel. Lobo estiró el hocico y, sin pudor alguno, comenzó a olfatearla. Siempre hacía lo mismo, y no había razón para que ahora obrase de un modo diferente, su olfato constituía no en vano el más fiable de sus sentidos, un codificador que interpretaba cualquier tipo de señal quimiosensorial, lo que le servía para captar la esencia y descubrir las emociones reales de sus víctimas, más allá de lo que éstas pudieran aparentar. Le sorprendió no hallar apenas rastros de temor en esta muchacha de la gorra escarlata ¿Valentía o inconsciencia?

          ¿Cómo te llamas? –inquirió con su desagradable voz rauca.
          Caperucita –respondió ella.
          Caperucita, ¿qué más?

          Roja, Caperucita Roja. Hija de Casio Roja, el artesano. ¿Le conoces?
          No, no conozco a ningún Roja, ni a ningún artesano.

           Lobo inició su acostumbrado asedio, relamiéndose de antemano al pensar en el nuevo corazón que pronto devoraría. Sus ojos, negros como el alma de los réprobos, se clavaron en los de la chica, al tiempo que ensayando una voz de esponjoso timbre que, más que de la garganta, parecía surgida de las profundidades de esos mismos ojos magnetizadores, le hablaba de los arcanos que escondía el bosque en sus rincones más recónditos y oscuros, maravillas indescriptibles que él conocía y hacia las que podía transportarla, si se dejaba conducir sin objeciones ni escrúpulos de ninguna clase. Podía mostrarle cuevas llenas de tesoros custodiados por gnomos centenarios; lagos de aguas transparentes donde vivían delicadas ondinas; cubiles donde habitaban duendes, hadas y unicornios, criaturas bucólicas de cuya existencia no podía sospechar ni remotamente y que él, supremo custodio de los secretos del bosque, podría enseñarle si se avenía a seguirle, y que más tarde, una vez iniciada en los misterios selváticos, si estaba dispuesta a dejarse arrastrar por la voluptuosa corriente que sin duda el conocimiento de lo ignoto induciría en torno suyo, él, aventajado discípulo del gran Dionisos, la confirmaría en el supremo sacramento del placer, sumergiendo su cuerpo y su espíritu en sibaríticos baños que los anegarían de un goce que ninguna mente humana sería capaz siquiera de concebir, hasta hacer de ella protagonista de candentes saturnales donde silenos y sátiros la elevarían hasta las más altas cumbres de la concupiscencia carnal. Lo cierto era que sólo esta última aseveración ponía algo de verdad en las palabras del gran falsario, cuyas presas solían en efecto ser conducidas hasta insondables grutas, ya excavadas en cuetos solitarios, ya ocultas entre la espesura de la maleza, si bien en ellas, lejos de encontrar tesoros, gnomos o unicornios, tan sólo se topaban con la lujuria animal de su embaidor, bajo cuyo salaz manto las envolvía hasta hacer de ellas esclavas de la pasión más libidinosa; él mismo era quien en ese sentido aglutinaba en su interior a todos los silenos y sátiros, quienes componían dentro del suyo un único cuerpo, velludo y lascivo, cuyas feromonas se remontaban en vaharadas espesas que, cual mágica pócima olfativa, destapaban a su vez la lujuria en la infeliz de turno, tras lo que, ya emponzoñada la prístina virtud de ésta, podía la bestia devorar con sevicia su degradado corazón; nunca en todo caso antes, ya que al no tratarse de alimento para nutrir la carne, sino símbolo con el que satisfacer las ansias del maléfico espíritu que voraz lo demandaba, únicamente resultaban provechosos los corazones de antemano corrompidos.

           A pesar de esta poderosa sugestión que la voz y ojos de Lobo ejercían de común sobre sus incautas presas, aquella vez no pareció, sin embargo, funcionar del mismo modo que en anteriores ocasiones. La tal Caperucita escuchaba con atención las invitaciones de su persuasivo asaltante, incluso se diría que mostraba verdadero interés en sus palabras, pero lejos de dejarse atrapar por el hechizo de éstas, no pareciera sino que respondiese a las insinuaciones con atrevimiento, con la insolencia propia de una personalidad ingenua y huera de todo egoísmo, lejos en todo caso de la interesada fascinación que en otras ejercían de inmediato aquellos fantásticos ofrecimientos. Los profundos ojos del maquiavélico ser también daban la impresión de haber perdido toda su fuerza hipnótica, a tenor de la nula mella que hacían en la muchacha, quien a tan intensa mirada respondía con una sonrisa cálida y afectuosa, fresca como el rocío que acompaña a la aurora en su matinal salida, y al sonreír oponía a aquellos sus propios ojos, hermosos, almendrados, unos ojos que con la sonrisa se achinaban y esculpían cerca de los bordes unas sutiles estrías que, lejos de afear su semblante, lo volvían si cabe más primoroso; la faz, se dijo Lobo, de una náyade. En realidad, Lobo nunca había visto una náyade en toda su vida, como tampoco había visto jamás a ninguno de esos otros seres fabulosos que barajaba para engatusar a sus víctimas, pero conjeturó que, de existir tales ninfas, serían algo así, dotadas de esos ojos y esa sonrisa, una sonrisa que debía tener además algo de mágico, en cuanto parecía desplazarse invisible a través de la atmósfera que separaba ambos cuerpos para incrustarse en su torso como si de una afilada cuchilla se tratase. En cierto modo aquello era una agresión, incluso notaba un anómalo hormigueo al ser atravesado por el etéreo gesto, si bien tenía que reconocer que se trataba en todo caso de un dolor agradable, una placentera herida la que recibía dentro de su pecho. Nunca había Lobo percibido sensación semejante.

           Tu hocico es muy grande –le dijo ella sin amortiguar un ápice el fulgor de la sonrisa, soldada que parecía haber quedado a sus labios–. Me gusta.


           Sin saber bien por qué, Lobo se sintió halagado. Era la primera vez que alguien hablaba de su hocico en términos laudatorios, y sin que apenas pudiera darse cuenta de su aparición, notó que un relámpago de coquetería, desconocido hasta entonces para él, le recorría la arqueada espina dorsal.

           Sí, yo todo lo tengo grande, un hocico grande para oler mejor, unos ojos grandes para ver mejor… y una boca grande para comer mejor.
           Me encantan las cosas grandes –repuso ella con cierto aire de picardía.

           Lobo volvió a sentirse complacido. Tuvo que reconocer que en compañía de aquella jovencita estaba experimentando unas impresiones hasta entonces ignoradas, todas ellas atrayentes, siéndole en especial grato que ella no sólo no demostrara inquietud alguna en su presencia, sino que se atreviera incluso a hacerle guiños de complicidad con las palabras. Pensó que podía estar ante el mejor trofeo de todos los cosechados en su larga carrera como depredador, pensamiento que le llevó a apremiar a la muchacha para que aceptase su convite:

           Entonces ¿qué? ¿Vienes conmigo?


           Caperucita le aseguró que estaría encantada de poder contemplar en vivo todas esas maravillas cuya existencia él le había referido con tanto detalle, pero que por desgracia el tiempo apremiaba, ya que en menos de una hora tenía que llegar al pueblo en que desembocaba el camino por el que ahora transitaba, donde debía atender un trabajo de manera inexcusable, por lo que, muy a su pesar, se veía obligada a declinar la amable invitación que se le hacía.

           Ya tendremos tiempo cualquier otro día para divertirnos con tus sátiros y silenos.

           Lobo se mostró sorprendido por el rechazo. Raras eran las veces que sus proposiciones resultaban de plano rehusadas, y cuando así sucedía, los motivos había que buscarlos casi siempre en el miedo o la aprensión de sus víctimas, jamás en el seno de razones de índole laboral. Esta era la primera vez que le presentaban una excusa tan en principio peregrina. Su presa no mordía el anzuelo que con tanto esmero él le echara, pero no porque la suspicacia o el temor fortalecieran su resistencia, no, simplemente porque decía aguardarle un supuesto trabajo cuya realización no podía esperar. ¿Era posible creer en la franqueza de tal aseveración? Resultaba difícil, ciertamente, pero su olfato le decía que no estaba siendo engañado, la espontaneidad de la chica era tal que, o bien sabía fingir de una forma sorprendente, o era cierto que no disimulaba ninguna otra razón oculta. Si de algo podía vanagloriarse Lobo era de poseer un sexto sentido que a las primeras de cambio ya le permitía conocer la naturaleza más íntima de los individuos con los que tenía que tratar, un ojo clínico que en este caso concreto le manifestaba estar frente a alguien de una llaneza y sencillez extraordinarias, lo que en sí mismo resultaba garantía avaladora de la sinceridad innata que debía distinguir a quien tales cualidades aglutinaba. Por todo ello juzgó finalmente, sin demasiado temor a equivocarse, que el pretexto alegado no era ninguna filfa con la que su contacto pretendiera una rápida evasiva, sino que, por el contrario, aun siendo pueril, respondía a la verdad.

           ¿Pretendes decirme que te es preferible atender un vulgar trabajo antes que dejar que tus ojos se embriaguen con portentos jamás antes vistos y que probablemente nunca más puedas tener la oportunidad de contemplar?
           No se trata de lo que yo prefiera hacer, sino de lo que debo hacer.

           Un gruñido de desaprobación escapó de la garganta del cánido. Por lo que él conocía de los seres humanos, que era un conocimiento bastante amplio, estos siempre conjugaban el verbo deber a expensas del de gozar, haciendo que el primero rindiese de continuo pleitesía al segundo; no en vano tenía a los hombres por individuos entecos y egoístas, perezosos, ávidos, seres abyectos y depravados, mezquinos, envilecidos por la maldad y el desenfreno, proclives en todo momento a entregarse a la molicie o, siempre que les era dado hacerlo, a la satisfacción voraz de sus ubérrimos apetitos, aun cuando ello pudiera causar añadidos padecimientos a sus propios semejantes. Esta muchacha, en cambio, supeditaba el placer al deber, y lo hacía con pundonor, aceptando su suerte casi se diría que con agrado, circunstancia ésta nada común en los de su especie, de tal forma que, de no haber sido por la evidencia que generaba su aspecto físico, podría haberse dicho que se trataba de una loba más que de una hembra humana.

            Pero estoy seguro que ese trabajo lo podrás realizar más tarde –objetó con acritud.
           Imposible, ya me he comprometido. Tengo que estar a una determinada hora y considero que no sería correcto hacerme esperar.
           ¡Será posible! –exclamó el animal con manifiesto enojo– ¿Y qué clase de trabajo es ese que te lleva a posponer una experiencia tan irrepetible como la que te estoy proponiendo?


           Antes de responderle, Caperucita posó una tierna mirada sobre sus ojos, tan cordial que Lobo sintió que se le aflojaban las patas y desaparecía de súbito todo su malhumor, como si tocado hubiera sido por un poderoso sortilegio que eliminase de raíz cualquier vestigio interno de emoción perniciosa. Le habló luego con una voz que, desde un timbre melodioso, penetraba en el hechizo de concertar candidez y firmeza:

           Me dedico a cuidar a enfermos, ancianos y discapacitados en un hospital residencia.

           Lobo esbozó un visaje que indicaba tanto decepción como asombro. De la renuencia de la muchacha había colegido que el trabajo que tanto parecía apremiarla debía estar relacionado con una actividad tremendamente interesante, algo que en cierto modo compensara el sacrificio que debía suponer para ella desoír la llamada de los sentidos. Él, que pese a su fiera idiosincrasia, tenía una sensibilidad exquisita para apreciar el arte en sus diferentes manifestaciones, había por un momento supuesto que ese presumible quehacer tal vez atañía a una trascendente ejecución de carácter plástico, de modo que, ¡quién sabía!, quizá estuviera en presencia de todo un genio creador, trazas de artista poseía desde luego, con esa gorrita carmesí flotando indómita sobre su cabeza, y de esta forma llegó a fantasear con la idea de que a lo mejor el deber que a aquel pueblo la llevaba no era sino la acometida de una obra pictórica de cierta envergadura, o la realización de una excelsa escultura en alabastro, o tal vez, cambiando de faceta artística, la composición de una compleja pieza musical o, a lo sumo, la práctica repetida de virtuosos ejercicios de violín, arpa o piano, u otra cualquiera labor referida a algún arte en concreto, o al menos, ya bajando el diapasón, alguna tarea de tipo artesanal, siguiendo en tal caso los pasos de ese tal Casio Roja al que llamaba padre. A este respecto, como gran amante de la estética, la única envidia que desde siempre Lobo había sentido por la raza humana incidía en su indiscutible talento para la creación artística, en esa natural desenvoltura que algunos de sus miembros, los tocados por la empírea gracia, poseían para atraer la inspiración y plasmar bajo su égida la belleza del mundo en una palpitante expresión de sentimientos y emociones enaltecidas; era ésa una capacidad para la que los de su raza estaban, por desgracia, negados, un inmerecido privilegio que los dioses, veleidosos y antojadizos por antonomasia, habían decidido conceder en exclusiva a los hijos de los hombres. Para Lobo, el deleite artístico y el sensorial, aun pudiendo experimentarse en planos divergentes, armonizaban en general como contrapunto, y en un eventual conflicto entre ambos podía admitir la prevalencia tanto del uno como del otro, de ahí que como hipótesis plausible hubiera inferido que la remisa jovenzuela se encontrase precisamente ante dicho dilema y se hubiera decantado finalmente por lo que habría de ser el ejercicio de una elevada actividad artística. Sin embargo, para su sorpresa, la revelación que ella acababa de hacerle como motivo justificador de su negativa no abrigaba componente artístico de ningún tipo, antojándosele por el contrario algo insustancial y vacío de todo interés, una verdadera pérdida de tiempo.

           Pues vaya un trabajo más poco atractivo –declaró sin poder ni querer reprimir el chasco.
           Todo lo contrario –repuso ella– Es apasionante. Deberías frecuentar a algunas de estas personas a las que cuido, seguro que te sorprendería el desmedido entusiasmo con el que afrontan la existencia diaria. Es curioso, pero a lo largo de tu vida conoces a mucha gente que parece tenerlo todo y que, sin embargo, vive sumida en la tristeza y la desilusión, y en cambio, estos otros, a priori tan indefensos y desamparados, cuya situación les otorga motivos reales para sentirse tristes, desbordan a menudo optimismo por doquier. Me encanta trabajar con ellos. Es fabuloso. A su lado siempre aprendes algo. Yo, por ejemplo, he aprendido a ser más humilde y generosa.

           Ante la candorosa exaltación que se había apoderado de la chica a medida que explicaba estos pormenores, Lobo decidió no porfiar en sus aviesos propósitos. A fin de cuentas tampoco merecía la pena, demasiada ardua iba a ser la labor de corromper un corazón tan lleno de ingenuidad. ¡Ya le llegarían bocados más fáciles! ¿Qué era eso de que había aprendido a ser más humilde y generosa? ¡Bah, cómo se podían decir semejantes garambainas! Quizá hasta estuviera loca. No le extrañaría, teniendo en cuenta ese pueril entusiasmo por algo que, a su juicio, carecía del menor acicate. En fin, la dejaría ir. Que disfrutase cuidando de sus ancianitos y lisiados, él tenía cosas más importantes que hacer.

           No acierto a entender nada –señaló frunciendo el ceño–. Yo no veo ventaja alguna en ser humilde y generoso, salvo que quieras que los demás te pisen y abusen de ti; ni, por supuesto, veo razones para el optimismo cuando uno es viejo, enfermo o tullido… Pero si tú lo dices.


           Para nueva sorpresa de Lobo, que se aprestaba ya a separarse del camino y penetrar en las frondosidades de su territorio, Caperucita le pidió que hiciese con ella al menos parte del recorrido. Aseguró que generalmente daba un rodeo para llegar a su destino, toda vez que le habían aconsejado no adentrarse demasiado en el corazón del bosque, pero que como se le hiciera tarde, optó esta vez por atravesarlo, desoyendo las recomendaciones en sentido adverso recibidas. No es que tuviera miedo, le dijo, si bien, dado que el día había trocado en una tarde gris y desapacible, poblada de sombras inquietantes, tampoco le vendría mal que alguien tan fuerte y amable como se apreciaba a simple vista que era él la acompañase en el viaje. Curiosamente, a Lobo le satisfizo comprobar que, al contrario de lo que solía suceder en sus ocasionales roces con humanos, no sólo no despertaba ningún tipo de aversión en aquella jovencita pizpireta, sino que, contra toda lógica, ella instaba su protección y amparo ante lo desconocido, como si frente a un caballeroso paladín se encontrase. De hecho, sin aguardar una respuesta a la demanda formulada, tomó su afelpada zarpa y le arrastró con ella.

           Muchacha y bestia fueron recorriendo en su tránsito senderos sobre los que las serojas componían una parda alfombra, enfrascados en una conversación durante la que ella intentó, aun sin conseguirlo, que su escolta de hirsuto pelaje entendiera las satisfacciones que le procuraba su trabajo en el lazareto. De todas formas, si bien es cierto que Lobo no alcanzaba a comprender las razones que a tal efecto le eran dadas, sí que se sentía no obstante muy a gusto y complacido con aquella charla, multiplicándose así las favorables impresiones que ya percibiera en sus primeros tratos con la desconcertante humana.

           Por cierto, yo te dije mi nombre y tú, en cambio, no me has dicho cómo te llamas.

           Lobo no pudo evitar sobresaltarse ante este brusco interés por su patronímico. Calculó que si, como ella pretendía, le revelaba su verdadero nombre, sería de inmediato reconocido, habida cuenta esa negra nombradía de que gozaba en toda la región, y una vez ella hubiera identificado al sanguinario predador cuya leyenda corría de boca en boca, ni que decir tiene que huiría asustada de su lado. Y él no quería que eso sucediera, ya que hacía mucho tiempo que no se sentía tan cómodo en compañía de alguien, por más que ese alguien fuese de la aborrecida raza de los humanos, de modo que su mayor interés en esos momentos era prorrogar aquel paseo durante el máximo tiempo posible. No tenía pensado hacer ningún daño a su escoltada, ni mucho menos, eso lo tenía ya más que claro, pero a buen seguro que ella no pensaría lo mismo de saber quién era él en realidad.

           ¿Y qué importa mi nombre? –inquirió con desgana, anhelando que ella se desentendiera del tema.
           Tienes razón, el nombre de uno no es algo por sí mismo demasiado importante, pero aun así me gustaría saber el tuyo –insistió, sin embargo, la joven Roja.

           Lobo emitió un hondo suspiro. Al parecer, no iba a resultar tarea fácil salvar aquel escollo. Nada le impedía, de todas formas, dejar sin respuesta la petición y silenciar su nombre, lo que a buen seguro extrañaría a su acompañante, sí, pero ¿y qué?, tendría que aceptarlo sin más, no en vano cada cual era libre de darse a conocer o no; podría asimismo darle un nombre falso, con lo que la mantendría engañada, evitando así posibles suspicacias no apetecidas. Sin embargo, ninguna de esas dos posibilidades le satisfacía, a fin de cuentas omitir o falsear el nombre propio venía a ser en cierto modo renegar de su propia estirpe, y él se sentía muy orgulloso de quién era y de dónde procedía como para sentir pudor de proclamarlo ante una jovencita curiosa. No obstante, optó por procurar disuadir todavía a ésta mediante una última advertencia:

            Mucho me temo que si te lo digo, te asustarás y saldrás corriendo –señaló.
           ¿Tan feo es? –bromeó Caperucita, y ella misma soltó una risotada– No, no temas, que no saldré corriendo –y volvió a reír, una risa fresca como brisa de alborada, una risa que a Lobo se le antojaba ráfaga de armonía–. Me gustas. Eres un tipo divertido.
           ¿Divertido yo? –inquirió él, sin poder simular la extrañeza que aplicado a su persona le provocaba tal adjetivo– En la vida me habían llamado de todo menos divertido.
           Pues a mí sí me lo pareces. Anda, dime ya tu nombre.

           A regañadientes, Lobo se identificó ante su obstinada interlocutora. A fin de cuentas, se dijo, si ella era en verdad, como así apuntaban todos los indicios, alguien fuera de lo común, no se amilanaría fácilmente por el simple hecho de escuchar un nombre, por más que éste asociado estuviera a un cuadrúpedo temido y odiado en muchas millas a la redonda, leyenda viva con la que los suyos asustaban a sus retoños en las tétricas noches de invierno; su instinto lobuno, ése cuyos auspicios casi siempre se cumplían, le dictaba ahora que la curiosidad y valentía de aquella hembra humana se elevaban muy por encima de cualquier aprensión que de su ánimo pudiera tirar en sentido opuesto, más pujante en todo caso que las señales de alarma que en su interior se dispararan tras descubrir la verdadera identidad de su circunstancial protector, de manera que, si tal instinto seguía siendo fiable, ella no huiría, no al menos de inmediato, no hasta que por sí misma comprobara, aun a riesgo de su vida, cuánto podía haber de cierto en la leyenda. Empujado, pues, a revelar la incógnita de su nombre, quiso en ese sentido Lobo proporcionar a dicha confidencia el carácter de una nueva prueba con la que examinar el temple de su personal hallazgo, de manera que si, como de antemano ella misma señalara, no salía corriendo tras destaparse el velo que la verdad embozaba, sino que, por el contrario, permanecía pese a todo a su lado, él lo consideraría señal palmaria de que la muchacha en efecto merecía la pena.

           Me llamo Lobo… Lobo Feroz… Seguro que ya escuchaste anteriormente hablar de mí –y sin aguardar respuesta o reacción alguna por parte de su oyente, añadió con aspereza–: Anda, lárgate si quieres. Si lo haces, no te lo reprocharé.

           Durante un breve intervalo Caperucita permaneció en actitud pensativa. En el femenino semblante se dibujaron algunas sombras que denotaban hesitación, también un cierto recelo, emociones ambas que evidenciaban, como era de esperar, que no le resultaba ajeno el nombre que acababa de serle confesado, y dada la pésima fama de su titular, ese previo conocimiento había de poseer sin duda una índole negativa. Lobo la olfateó con su poderoso hocico. Seguía sin detectar miedo en las químicas señales que percibía, lo que le complació, pero sí una súbita disminución en el nivel de confianza, algo que por otro lado resultaba natural tras la acerba revelación que acabara de hacerle.

           Transcurrido este pequeño lapso de duda, ofreció ella al fin la esperada réplica:

           Sí, he oído algunas cosas –concedió, procurando no obstante exhibir un aire despreocupado–. Pero, aun así, entiendo que no hay motivo real para largarme. ¿O sí lo hay?

            Eso depende. ¿Acaso no te doy miedo ahora que sabes quién soy?
           Eso depende –redundó ella en la misma respuesta– ¿Acaso vas a hacerme algún daño?
           Si te sirve y crees en mí, te doy mi palabra de honor que ningún daño voy a hacerte –aseguró Lobo con vehemencia.
           Me sirve y te creo –dijo ella, tras meditar un par de segundos la respuesta, aderezándola luego con una sonrisa.
           ¿No me tienes miedo entonces, pese a lo que dicen sobre mí?

           El mundo es una fragua de habladurías, no hay que creer todo lo que en él se dice. Por lo que a mí respecta, sólo veo a un tipo encantador que se ha dignado acompañarme por el bosque y que, además, ha prometido no hacerme ningún daño, de modo que no encuentro razón alguna para tenerle miedo.

           Dicho esto, la muchacha se frotó repetidamente los brazos. Tenía frío. La climatología había empeorado aún más con el transcurso del tiempo, descendiendo la temperatura y transformándose lo que comenzara siendo una tenue calima en una boira espesa que casi tocaba el suelo y envolvía con su gélida humedad todo cuanto su nebuloso manto abarcaba. Lobo se sorprendió a sí mismo desprendiéndose de su gruesa capa, confeccionada con vedijas de carnero, para colocarla sobre los trémulos hombros de su acompañante. Ella agradeció el gesto con una nueva sonrisa, que Lobo recibió como preciada prebenda.

           Hay una cosa que me tiene intrigada –señaló Caperucita una vez reanudaron la marcha a través de la niebla.
           ¿Qué?

           No quiero que pienses que soy indiscreta, pero me gustaría saber qué hay de cierto en el rumor que apunta a que careces de corazón. ¿Es eso posible?
           Eso dicen.
           Pero ¿es verdad? –porfió ella en la pregunta.
           Quién sabe, nunca me he abierto el pecho para ver lo que había o dejaba de haber dentro –bromeó el aludido.
           Pues yo no lo creo. Todo el mundo ha de tener un corazón. No creo que se pueda vivir sin corazón. Es el órgano más importante que existe.
           ¿Más que la cabeza? –inquirió Lobo con astucia.

           Ella dudó un instante. Luego:

           Sí, más, mucho más.

           La caminata fue así transcurriendo de manera fluida, animados ambos en una charla que hacía de su curso un grato paseo. No obstante, cuando los últimos sotos atestiguaron el término del fragoso bosque y ya se avistaban cercanas las luces que esclarecían el municipio destino de la audaz doncella, Lobo se disculpó diciendo que no podía continuar más allá.

           ¿Por qué? –inquirió ésta, sin reprimir en el tono de su pregunta una palmaria decepción.
           Tengo terminantemente prohibido entrar en el pueblo.
           ¿Y quién te lo prohíbe? –quiso saber Caperucita.
           Ni más ni menos que el Agente Forestal.
           Ah, vaya. Soy amiga suya. Bueno, en realidad le conocí hace un par de semanas. Parece un buen muchacho. Un día me invitó a almorzar.

           Lobo frunció el entrecejo. Aquella chiquilla poseía un buen puñado de virtudes, eso estaba claro, pero entre ellas no parecía encontrarse la de la perspicacia, no al menos entendida ésta como la habilidad para obtener a las primeras de cambio un idóneo conocimiento de la gente con quien trataba; sin ir más lejos, de él mismo había dicho que era encantador y divertido, ¡habríase visto semejante badomía!, y del deshonesto Agente Forestal afirmaba ahora que parecía un buen muchacho. Esta última apreciación le pareció vomitiva. Desde luego, era una joven demasiado confiada e incauta, defectos estos que, auguró Lobo, iban a acarrearle no pocos desencantos a lo largo de su vida, si es que no lograba corregirlos a tiempo.

           Caperucita adujo que al Agente seguro no le importaría que deambulase por las rúas del pueblo si iba junto a ella, ya que ningún mal hacía con eso, todo lo contrario, se trataba a fin de cuentas de un gesto amistoso, y le rogó en colación que continuara a su lado hasta llegar a la residencia, puesto que se sentía muy cómoda en su compañía; pero Lobo declinó la invitación. Ella no insistió más y depositó un beso sobre su mejilla en señal de agradecimiento, al tiempo que le dedicaba una amplia sonrisa, otra más de las que componían su profuso repertorio. Lobo notó de súbito un escalofrío recorriendo su cimbrado tronco y se preguntó el por qué de tan anómala sacudida, heteróclita de todo punto dentro del catálogo que componían sus habituales impresiones, y tuvo ganas de responder a esa sonrisa con la suya propia, pero su hocico no estaba acostumbrado a tal tipo de visajes, por lo que apenas si consiguió ladearlo en una mueca poco sugestiva. Miró a la chica que se despedía y de pronto le pareció la cosa más bella que jamás vieran sus ojos, más bella incluso que los ríos al precipitarse con estrépito sobre sus lechos de rocas, más bella que las vaguadas que de cauce servían al agua que los manantiales portaban en su devenir a través de los verdes valles, más bella aún que las serpenteantes cañadas que, circunvaladas por pinos y encinares, hacían de engarce entre las altas lomas, más bella asimismo que la propia luna llena cabrilleando sobre los marjales rebosantes de nenúfares….; la cosa más bella. De consuno acordaron que al día siguiente él la esperaría en el mismo lugar y a idéntica hora para de nuevo servirle de guía en su ruta hacia la cotidiana encomienda, postergando para más adelante la prometida visita a la gruta de las maravillas.

           En los días posteriores Lobo continuó acudiendo puntualmente a la cita. Aguardaba siempre en el punto de encuentro que como pacto tácito ambos convinieran, ansioso e impaciente, al acecho los oídos hasta que a ellos llegaba la conocida canción, y desde allí cortejaba a su nueva amiga en su puntual recorrido. Caperucita residía en una pequeña villa ubicada al otro lado del bosque, por lo que, evitando bordear éste como hiciera en un principio, lo cruzaba ahora con su fiel edecán para llegar al pueblo donde trabajaba. Tomados de la mano, Lobo la guiaba entre frondas y arboledas, en un itinerario silvestre donde iban sucediéndose, como en un carrusel de esplendorosa armonía, valles, quebradas y depresiones; al principio sólo la acompañaba en el viaje de ida, pero al poco lo hizo también a la vuelta, cuando ya la noche había ocupado en el firmamento el lugar del día, aduciendo que de este modo llegaría ella antes a casa, al no tener que eludir adentrarse en el bosque, ya que con su protectora presencia al lado no había temor de que ningún desagradable percance pudiera sucederle, además de que, como buen lobo, se le hacía muy agradable pasear con el influjo de la luna aguijoneando su pensamiento mientras la ruta se intuía, sólo se intuía, a la pálida luz que emanaba de su foco.

           A veces, cuando el tiempo no apremiaba demasiado, se tendían bajo una encina, o a la sombra de un viejo olmo, y descansaban un rato mientras con fruición se solazaban en animado coloquio. Caperucita no dudó en confesar a su valedor lo mucho que, pese al poco tiempo transcurrido desde su primer encuentro, lo admiraba, que, contrariamente a las habladurías de la maledicencia, veía en él a un tipo encantador, de manifiesta integridad, y que se sentía muy halagada por su generosa dedicación, que su sabiduría la tenía atónita, maravillada su afabilidad, jocunda su irónico sentido del humor, sorprendida su fino ingenio, admirada su fortaleza, y que, en fin, lo consideraba el ser más interesante que jamás había conocido, y Lobo notaba cómo lo invadía el gozo ante esas manifestaciones de cariño y su orgullo se hinchaba, ufano, como un pavo real. Por su parte, él también comenzó a sentir un verdadero afecto por Caperucita, lo que en su caso resultaba de lo más insólito, en cuanto que era el primer ser humano que le promovía sentimientos de esa índole, no en vano siempre había tenido un odio atávico hacia los humanos, propagado en su familia de generación en generación. Había narradores que hablaban de una época en que lobos y humanos vivieron en armonía y paz, colaborando mutuamente los unos con los otros, incluso cohabitando en tribus mixtas, y que en ocasiones llegaron al extremo de aparearse entre sí y que de su unión nacieron hombres-lobo y lobo-hombres, pese a que ese tipo de híbridos nunca gozara de excesiva aceptación entre las respectivas comunidades, ya que solían por lo común resultar individuos viles e inmorales, propensos al crimen y la depravación. Sin embargo, eso debió suceder si acaso eones atrás, siendo que Lobo sólo tenía constancia de lo realmente vivido y de lo que le transmitieran sus mayores, y esto no era otra cosa que la lucha perpetua entre hombres y lobos, lucha de la que los primeros salieron casi siempre airosos, habiendo prácticamente exterminado a los de su raza, masacrado, echado de sus territorios de caza, de la estepa, de los altiplanos, de las nevadas cumbres que constituyeran su natural enclave, arrinconados hacia estériles páramos donde apenas podían sobrevivir. Él se resistió desde joven a esta condición de miembro de una especie derrotada y en peligro de extinción, rebelándose contra sus perseguidores, a quienes consideró siempre adversarios a batir. Luchó, pues, contra los hombres, mató a muchos, se convirtió en su azote, y dado que él era escurridizo y difícil de capturar, fue su manada la que terminó recibiendo las represalias por sus actos. Ay, si su manada en pleno le hubiera apoyado, cuánto no habrían conseguido juntos. Pero los suyos no eran en su mayoría valientes, de modo que en lugar de plantar cara al enemigo común, le recomendaron sosegar su ánimo, aceptar la servidumbre y obedecer las consignas humanas. ¿Cómo podían ser tan pusilánimes? Le estaban pidiendo que fuese sumiso y complaciente, que hiciese como el árbol, que hasta al leñador presta su sombra; pero él no era así, él no era un vegetal, era un lobo de la linajuda familia de los Feroz y, como tal, prefería morir a vivir arrastrado, levantar al cielo la faz como alguien libre antes que agachar hacia el suelo la cerviz como un esclavo, y siguió por tanto acosando al hombre, destrozando sus campos, devorando su ganado, aniquilando a sus miembros. Pero los hombres eran más fuertes y contraatacaban con saña, la manada sufrió serios reveses, ejemplares castigos que terminaron por amilanar al Consejo de Ancianos que la gobernaba, quienes, en vez de decidir la prosecución hasta el final de la lucha, devolver ojo por ojo y diente por diente, morir combatiendo como dignos herederos de sus valerosos antepasados, optaron por la solución más fácil, que no fue otra sino expulsarle a él del grupo, desterrarle para siempre de la manada y obligarle a vivir en este bosque lúgubre donde había pasado los últimos años. ¡Cobardes! Tuvo que sufrir la ignominia del ostracismo, cosa que hizo sin que de su garganta brotase una sola protesta, con dignidad, aferrado a un sentido del honor que le impedía desacatar el mandato impuesto por sus jueces, pese a saber que no habían éstos actuado en su caso con la debida sindéresis; no obstante, no fueron al menos tan desleales como para entregarle, cargado de cadenas, a sus enemigos, que era lo que éstos habían exigido. Algunos jóvenes de la manada quisieron acompañarle en el exilio, pero él no lo permitió, prefirió ser el único proscrito y que nadie más hubiera de sufrir por su causa, dejando en este sentido de mostrar interés por la suerte que pudiera correr su propio colectivo, con cuyos componentes ya no se sentía de hecho conectado por vínculo alguno, no en vano se habían vuelto casi todos mansos, y a su entender nada había más despreciable que un lobo manso. No echó de menos a nadie, siendo la soledad la única compañía que a partir de entonces apeteció. Ahora bien, el confinamiento, lejos de volverle dúctil como lo eran sus otros congéneres, incrementó aún más si cabe su fiereza, porque él mantuvo pese a todo su condición de lobo indomable, un verdadero Feroz, el último de su estirpe, y en el bosque no iba a dejar de seguir haciendo honor a ese nombre. Prosiguió por tanto alimentando su odio contra la raza humana, cuyas filas continuó mermando mediante nuevas bajas, tanto machos como hembras (únicamente, por cuestión de principios, respetaba a las crías), aunque para ello tuviese que entrar en tratos con el más corrupto de todos los hombres que jamás conociera, ese Agente Forestal que por unas míseras monedas, que él mismo sustraía a sus víctimas al despojarlas de sus bolsas, le permitía cometer cualquier tipo de tropelía, con tal de que fuese dentro de las lindes del bosque donde estaba expatriado.

           Este había sido siempre el sentir de Lobo respecto de los hombres, un sentir resumido en dos emociones que dentro de su espíritu sobresalían sobre todas las demás, cuales eran el odio y la ira, emociones ambas que sólo logró atemperar tras conocer a esta Caperucita Roja que con tanta pujanza entrara en su vida. Ella era diferente. Era dulce, afectuosa, alegre, le hacía reír. Era un ángel. Tan poderoso resultaba su influjo, que de la noche a la mañana había obrado una radical metamorfosis en su devenir cotidiano, hasta el punto que sólo junto a ella se sentía vivo, el resto del tiempo, salvo mientras dormía, se le antojaba tedioso y horro de interés alguno, en tanto que durante los momentos previos al inicio de su diario consorcio padecía una incontrolable ansiedad que sólo cesaba al oír de nuevo el melodioso trino y tenerla a continuación otra vez a su lado. Sus conversaciones eran siempre afables, desplegadas en un entorno de cordialidad y mutuo afecto, sin que jamás diese ella muestras de aprensión o desconfianza; tan sólo si acaso una vez le hizo un comentario algo embarazoso, más que nada porque atañía en el fondo a esa leyenda negra que en torno a él no cesaba de circular de boca en boca:

           Algunas de las cosas que he oído sobre ti me parecen pavorosas. Yo no las creo, pues te conozco y me consta cómo eres en realidad; pero no dejo de preguntarme por qué dicen todas esas barbaridades.

           En aquella ocasión Lobo no pudo impedir sentirse incómodo y turbado, sopesando mucho la respuesta que habría de dar. ¡Cómo decirle que esas barbaridades, aun exageradas a veces, resultaban en gran parte ciertas! ¡Como derramar sobre ella una verdad que le convertiría a sus ojos en un ser abominable! ¡Cómo justificarse diciendo que fueron los suyos, los humanos, los que desde siempre habían perseguido a los de su especie, diezmándolos, y que él sólo había actuado movido por la venganza! ¡Y cómo, por encima de todo, arriesgarse a perder un afecto que en esos momentos se había convertido para él en lo más importante de su vida!

           Tú misma comentaste el primer día que nos conocimos que el mundo era una fragua de habladurías –trató de salir del paso.
           Ya, pero tengo que oír a veces cada cosa.

           Pues no hagas caso de lo que oigas –fue el consejo que él la dio– Juzga sólo por lo que vean tus ojos, no por lo que se empecinen en transmitirte los de los demás.

           Y en ese sentido Caperucita siempre le juzgó con benevolencia, sin recriminarle jamás nada relacionado con su comportamiento, ya fuera el del momento presente, ya el referido a su turbio pasado, ni volver por tanto a sacar nunca más a la palestra el tema de sus presuntas perversidades. Con el tiempo Lobo sintió que al lado de Caperucita algo se agitaba dentro de su pecho. ¿Qué podía ser, se preguntaba, dado que él carecía de corazón? Percibía de repente sensaciones de frío, o de extremo calor, o se le desataba una taquicardia, o se ponía a temblar como un lebrato extraviado. Los capilares de las mejillas se le dilataban, tornando su faz de un color amaranto intenso, y parecía que todas sus glándulas sudoríparas entraran en acción al mismo tiempo, invadiendo su cuerpo de glutinosa humedad. La voluntad lobuna ya apenas si tenía control alguno sobre un pensamiento cada vez más proclive a independizarse de aquélla, obsesivo pensamiento de continuo arrastrado a la imagen de la encantadora compañera de viaje. Deseaba estar el máximo tiempo posible con ella, incorporarla a su mundo, a su vida, del mismo modo que odiaba cuando tenían que despedirse y vetada le era su presencia hasta el día siguiente, no en vano el tiempo se le hacía muy corto a su lado y, por el contrario, extremamente largo con su ausencia. Pero no sólo la dimensión temporal sufría este tipo de alteraciones, sino que también el espacio mudaba de aspecto según estuviera o no ella, pues a su lado aparentaban los días ser más claros, más frescos los aromas, y hasta los colores se volvían más brillantes. Lobo siempre andaba pendiente de una palabra suya de afecto, de una sonrisa, de una mirada cómplice, y buscaba su proximidad a través del contacto, piel contra piel, para recibir a través de esa inmediación la deliciosa energía que ella le transmitía. Pese a todo, él nunca hizo partícipe de estas sensaciones a quien con su mera presencia las suscitara; nada acostumbrado a exteriorizar sus sentimientos afectivos, constituía aquel un secreto que no era capaz de compartir con nadie, menos aún con ella. ¿Timidez? ¿Vergüenza? ¿Indecisión? De todo un poco.

           Y sucedió que cierta tarde no hizo Caperucita su aparición en el lugar acostumbrado. Lobo la estuvo esperando en vano, preguntándose lleno de extrañeza qué es lo que podía haber sucedido, dado que hasta entonces no había faltado ni un solo día a la cita; en aquella ocasión, sin embargo, no se presentó ni a la ida ni a la vuelta. Lobo supuso que alguna indisposición o contratiempo momentáneo la había retenido en casa, de modo que, resignado, se consoló pensando que ya mañana volvería a verla. Sin embargo, tampoco asomó al día siguiente, ni al otro, ni durante dos semanas. El último de los Feroz sentía que cada vez le dominaba más la angustia. ¿Estaría enferma? ¿Le habría sucedido algún percance terrible? No quería ni podía imaginarlo, no quería ni podía imaginar un retorno a aquella soledad que con su negro manto le envolviera antes de conocerla; tal hipótesis se le hacía del todo intolerable. Pero transcurrieron dos semanas más, y luego un mes y después otro, y la bella Caperucita continuaba sin dar señales de vida, como si la mismísima tierra se la hubiera tragado. Aquella ausencia, así como la incertidumbre que la envolvía, resultaba lacerante, más dolorosa que la peor de las torturas. Lobo ya no sabía qué pensar ni qué hacer. Se sentía un cautivo dentro de su bosque, más exiliado que nunca, como si en lugar de al aire libre estuviese encerrado dentro de una angosta jaula. No podía estar quieto, ya que en reposo se asfixiaba, sólo con el movimiento parecía que el oxígeno insuflara sus pulmones, de modo que se pasaba las horas corriendo como un poseso, saltando riscos, vadeando ríos, persiguiendo roedores, escalando oteros, y todas las noches aullaba su tristeza a la salida de la luna y se desesperaba en silencio. Se aventuró incluso, pese a las amenazas del Agente Forestal, a irrumpir en el pueblo donde sabía que ella habitaba, mas, una vez allí, descubrió con impotencia que ignoraba dónde y cómo buscarla, desconocía el lugar concreto donde vivía y todo aquel a quien se acercaba con ánimo de preguntarle al respecto huía espantado requiriendo a gritos el auxilio de las competentes autoridades. Era inútil. Lo único que podía hacer era seguir esperando y confiar en que se produjera el milagro, pues ya de milagro lo catalogaba, de su reaparición.

           Así transcurrió más de medio año, hasta que un buen día, mientras en uno de sus continuos merodeos de acá para allá, sin seguir un rumbo de antemano establecido, recorría Lobo la zona más occidental de sus dominios, escuchó unas voces que, aun distantes, le parecieron pertenecientes a humanos. Desde aquella memorable tarde en que el albur cruzara a Caperucita en su camino, no había vuelto a sentir la aversión irreprimible que desde crío anidara en su pecho contra la raza humana, ni en consecuencia se había cobrado nuevas víctimas entre sus miembros. No obstante, intrigado por aquellas voces, se aproximó para comprobar su origen, y cuál no sería su sorpresa cuando junto a unos arrayanes divisó la adorable fisonomía de su idolatrada ninfa. La agitación hizo que se le cortase la respiración en seco. Sí, allí estaba ella, sonriente, vivaz, ataviada con su clásica gorra escarlata sobre la cabeza, más hermosa y radiante que nunca. Pero no se hallaba sola, sino acompañada de un individuo enjuto y de rostro cetrino, odiosos rasgos para Lobo, en cuanto asociados iban a quien consideraba el ser más despreciable de aquellos lares: el Agente Forestal. ¿Qué hacía ella en compañía de semejante crápula? Parecían hablar animadamente y, lo peor de todo, se miraban con arrobo y las manos las llevaban entrelazadas. Lobo no sabía, o quizá más bien no quería, encontrar una interpretación plausible para aquella tan manifiesta como insólita, a su juicio, confraternización. Siguió observando y los vio caminar algunos pasos, para al poco detenerse ambos de nuevo junto a un recodo de la vía, donde de improviso tuvo lugar una escena que le hirió como si un arsenal de saetas venenosas se hubiese ensartado de golpe a lo largo de toda su anatomía: vueltos el uno frente al otro, Caperucita y Agente, Agente y Caperucita, estrecharon sus cuerpos en un largo abrazo que como culminación tuvo el apasionado beso mediante el que sus labios, imbricados como sierpes en celo, se fundieron tal si quisieran aunarse en una fusión candente. Y allí estaba él, estupefacto, agitadas sus cuatro extremidades por incontrolables convulsiones, espasmos de dolor sacudiendo la plenitud de su cuerpo; allí estaba, viendo cómo los otros dos se besaban, cómo se acariciaban, cómo las manos de cada uno recorrían con entusiasmo la piel del otro, y sus cánidos oídos, mucho más aguzados que los de cualquier humano, captaron que ella le decía “te quiero, churrito”. Y Lobo se creyó morir de dolor y pena. ¿Churrito? ¿Qué diablos de apelativo era ése? El dolor se hizo entonces odio y le incitó, reflejo de un instinto primario, a lanzarse sobre el guardabosques con el propósito de despedazarle allí mismo, sin conmiseración alguna, y luego matarla también a ella, sobre la que de pronto sintió una aversión irreprimible. Por suerte para los dos amantes, quienes más que probablemente habrían visto aquel día truncada su existencia, quiso la casualidad que en ese preciso instante se viera Lobo reflejado en las aguas de una charca formada a sus pies, una de las muchas que las últimas lluvias habían generado, límpidas aguas que refulgían como auténticos cristales, y la imagen que de sí mismo le fuera devuelta hizo que se viniera abajo todo su precedente ímpetu. Aquel semblante hocicudo, los afilados colmillos que sobresalían en su boca, las zarpas en que desembocaban sus extremidades, eso era él, un ser repelente a la vista, hórrido, de aspecto sumamente desagradable. ¿Cómo alguien así podía pretender ganar el apego de una beldad tan excelsa? ¡La bella y la bestia! De crío le contaron ese cuento, trataba sobre una primorosa hembra humana que terminaba enamorándose de un lobo grotesco. Como cuento podía pasar, al fin y al cabo los cuentos se nutren de lo quimérico, pero la realidad era otra cosa; la realidad, estricta en sus reglas, no admitía ese tipo de alianzas afectivas. Así, mientras seguía contemplado el tosco reflejo que, infames, le enviaban las aguas, asumió como natural que ella se decantase por cualquier otro, alguien de su propia especie, alguien de apariencia menos repulsiva. No podía reprochárselo. ¡Cómo iba a hacerlo! Lo único que continuaba sin parecerle bien era que el seleccionado hubiese sido el Agente Forestal. Así como entendía utópico que él, un lobo proscrito y bárbaro, pudiera aspirar al afecto de alguien tan mirífico como era su Caperucita, tampoco juzgaba admisible que lo mereciese el sujeto que ahora la sostenía entre sus brazos, paradigma de la corrupción y la vileza más execrables. Cualquier otro ser humano hubiese resultado válido, aun con sus taras y defectos, pero sin embargo ella había ido a elegir al peor de los de su casta, de eso no le cabía duda alguna. Se dijo que debería al menos prevenirla, decirle que se estaba equivocando de persona. Pero ¿qué pensaría ella de su advertencia? Que el pobre lobo estaba celoso y quería alejarla de su amado, seguro. No, la dejaría en paz, ya se daría cuenta por sí misma de su error. ¿No solían subrayar los suyos, casi siempre con falsa modestia, que errar era de humanos? Pues que así fuera, que se comportara como humana y, como tal, errase, que se diera de bruces contra una realidad que tarde o temprano le haría abrir los ojos; sólo esperaba en ese sentido que cuando al fin se percatase de su desliz, no fuera ya demasiado tarde. ¿Errar de humanos? No, los yerros eran algo universal, propios de los humanos, de los lobos, de todo ser viviente, hasta de los inmortales dioses; todos erraban, inevitables al fin y al cabo los errores, no en vano constituían el peaje necesario que había que pagar para seguir transitando por ese vericueto al que dieron en llamar experiencia. Exclusivo de los humanos era en todo caso la costumbre de echar la culpa de sus errores a los otros. Nada más.

           Impotente, Lobo elevó al cielo su hocico y emitió un aullido prolongado, pleno de dolor, para luego alejarse de allí a toda carrera.

           Caperucita y el Agente Forestal se volvieron automáticamente al escuchar el estremecedor aullido.

           ¿Qué ha sido eso? –preguntó ella, presa de un repentino pánico.

           El Agente no contestó de inmediato. Arrugó el entrecejo y, alerta los cinco sentidos, echó una ojeada torva en derredor suyo.

           Ha sido el aullido de un lobo… Teniendo en cuenta donde estamos, ha de tratarse sin duda de Feroz –explicó finalmente.
           ¿Feroz? Yo le conozco –repuso Caperucita con repentino regocijo.

           Su acompañante la contempló con renovada suspicacia, tanta que ella no pudo evitar terminar estremeciéndose ante la rigidez de tal examen.

           ¡Qué tonterías dices, boba! –señaló luego, idéntica aspereza en el tono de sus palabras que en la torcida mirada– ¿Conocer tú a Feroz? Si de verdad lo conocieras, ya estarías muerta –sentenció.

           Caperucita se abstuvo de objetar nada. La maliciosa mirada de su amigo retuvo cualquier réplica en su boca. Observó sus ojos y en ellos halló un destello que se le antojó maligno, los ojos de alguien que escondiera un alma perversa, los ojos de un perturbado, y por un instante sintió miedo, miedo de él, del hombre al que había decidido ligar su suerte, un miedo que, por el contrario, jamás sintiera en presencia de Lobo. ¿Por qué la había mirado con tanta acritud? ¿Por qué no la creyó al decirle que conocía a Feroz? ¿Por qué aseguraba que en tal caso estaría muerta? Era él quien, si pensaba así, no lo conocía, influenciado como casi todo el mundo por la equivocada opinión popular que corría al respecto. Porque Lobo jamás le causaría mal alguno, de eso estaba segura. ¡Lobo! ¿Qué sería de él? Hacía muchas lunas que dejara de verlo, sin que desde entonces hubiese vuelto a tener noticias suyas. ¿Habría sido de verdad él quien lanzara tal aullido? Pobre. ¡Había sonado tan lastimero! Sintió remordimientos por haber zanjado tan de súbito sus regulares salidas con él, sobre todo por no haberle ofrecido ninguna explicación al respecto, silencio motivado por la vergüenza que le daba confesarle su anuencia a los requerimientos amorosos que le hiciera el Agente Forestal, habida cuenta que Lobo siempre le hablara de éste con despectivo ánimo. Le turbaba, pues, la posibilidad de que, al descubrirle su iniciado romance, él censurara su resolución, reprochándole haber dado un paso con el que de ningún modo podía estar de acuerdo, razón esta por la que había preferido cortar de cuajo y no volver a verle, sin tener así que revelarle el compromiso aceptado, un compromiso que, por otra parte, tampoco le satisfacía en exceso, pero al que, teniendo en cuenta que ya estaba en edad núbil y lo mal conceptuada de la soltería femenina en la comunidad de la que era miembro, había terminado por acceder. Se trataba además de un buen partido, se decía a sí misma en defensa de su decisión. Se prometió, no obstante, que al día siguiente, sin más tardar, iría a buscar a su peludo amigo al lugar donde antes tenían lugar sus encuentros, a fin cuando menos de exponerle cara a cara estas razones que, mezcla de timidez y embarazo, habían motivado su brusca desaparición; era lo menos que podía hacer, después que él se hubiese portado tan caballerosamente con ella. Confiaba en que supiera comprenderla y la perdonara. Por lo demás, estaba descubriendo que le gustaba en cierto modo más estar con Lobo que con el Agente, por más que este último fuera de su propia raza. Era una lástima que Lobo y ella pertenecieran a dos especies distintas y, además, generalmente enfrentadas, dos especies impelidas a seguir los dictados de unas reglas que proscribían el mantenimiento continuado de cualquier género de relación estable entre sus respectivos integrantes, y decía bien lástima porque en el fondo con quien más le apetecía estar era en realidad con él, con su lobito, como ella cariñosamente lo llamaba, ese ser amable, ingenioso y perspicaz que había sabido como nadie extraer una sonrisa de sus labios. El Agente le gustaba, podía afirmarlo, y, suponía, también le quería, pero resultaba tan circunspecto, tan poco divertido, tan seco a veces, que no se sentía del todo cómoda a su lado. Añoraba, pues, su trato con Lobo, de manera que estaba dispuesta a reanudarlo cuanto antes, aunque fuera a espaldas de su actual pareja, quien a buen seguro no toleraría dicha familiaridad. Había sido una estúpida al cercenar en seco el vínculo que la ligaba con su amigo del bosque, además de una ingrata por ni siquiera haberle avisado. Pero tenía aún tiempo para solucionar tamaño desatino.

           Entretanto estas meditaciones tenían lugar dentro del caletre de Caperucita, su uniformado novio, quien en su fuero interno había desde siempre odiado a Lobo y que últimamente estaba muy molesto porque llevaba meses sin recibir de parte suya el acostumbrado cohecho, murmuraba entre dientes, sin que ella le oyera:

           Algún día nos enfrentaremos tú y yo, maldito Feroz, y ten por seguro que acabaré contigo.

           Caperucita cumplió su promesa y al día siguiente se personó en el sitio donde habitualmente coincidiera con Lobo. Pero él no estaba allí. Ella no sabía, no podía saber que quien fuera su camarada de viaje, dolorido por el golpe recibido la víspera al hallarla en amorosa intimidad con el aborrecido Agente Forestal, había decidido adentrarse en lo más profundo del bosque y esconderse allí para repeler cualquier tipo de contacto con otros seres vivos, pues lo único que le apetecía era estar solo y rumiar en silencio su padecimiento.

           Así las cosas, los días ulteriores al fatal hallazgo, Lobo experimentó las sensaciones más amargas de toda su existencia. El mundo se hundía a sus pies. Nada le interesaba, nada le reconfortaba, nada conseguía calmar su ansiedad. Obsesivos pensamientos amenazaban con fundir su cabeza de un momento a otro, provocando que espasmos descontrolados hiciesen latir sus sienes, a punto de reventar éstas bajo la insoportable presión. Sentía asimismo una quemazón interna que le dificultaba incluso el propio acto de respirar, ocasionada por una especie de bola opresiva, una bola incandescente que obstruía el paso tanto del oxígeno hacia sus pulmones como de la sangre por sus venas. Y dolía. ¡Cómo dolía! Y a tenor de las bestiales sacudidas a que era sometido, no pareciera sino que también el pecho iba a reventarle, rompiéndose su ósea coraza en mil pedazos una vez lugar tuviera el inevitable estallido, no en vano aquello que allí dentro se agitaba, fuera lo que fuese, se hacía cada vez mayor, palpitaba desaforado, movido por unas pulsiones que a veces creía le iban a matar, tan violentas que eran. Sólo notaba algo de reposo cuando el sueño le vencía y conseguía dormir durante algunas horas. Pero en realidad casi nunca lograba conciliar el sueño, solía por el contrario pasar las noches en vela entregado a sus particulares ensoñaciones, hablando solo y soñando despierto, sin dejar durante un solo segundo de la larga vigilia de pensar en ella, en esa Caperucita que le había robado la razón y estrangulado la voluntad, idealizando escenarios bucólicos donde ambos ejercían como protagonistas, evocando recuerdos, reminiscencias de un pasado tan próximo como distante a un mismo tiempo, reproduciendo dentro de los engranajes de su alborotada mente el hechizo de su sonrisa y el dulce sonido de su voz.

           Junto a la esperanza, se le desvaneció también el apetito. Apenas si ya probaba bocado, lo que se tradujo en una astenia que le mantenía prácticamente estático todo el tiempo, sin fuerzas apenas para moverse. Era la dejadez del desencanto, la apatía de quien perdió ya toda ilusión por la vida. Su flojedad llegó a tales extremos, que se hicieron cada vez más frecuentes las veces que sus músculos rehusaban sostenerlo, débiles como jarretes de colibrí, y caía derrengado al suelo, lo que hizo que terminara por recluirse en una gruta donde, huacho e indolente, permanecía horas y horas tumbado en una esquina, sumido en sus lamentos y penas. La desidia más absoluta había hecho presa en él. El pensamiento lo tenía monopolizado por la imagen venerada, del que únicamente se iba, y no siempre, cuando el sueño acudía en su auxilio, lo que tampoco, como se dijo, era algo común. Precisamente una noche, ya muy debilitado y reducida su constitución física a piel sobre huesos, se quedó dormido dentro de su caverna y comenzó a soñar, como de costumbre, con Caperucita; en el sueño se veía a sí mismo como un lobo elegante y señorial, apuesto, galano, todo un príncipe de los lobos, y estaba junto a ella, abrazándola, besándola como en su momento viera hacerlo al Agente Forestal, aunque mucho más apasionadamente, y ella se estremecía entre sus brazos, y le llamaba churrito, sí, como al Agente, pero en esta ocasión a él, porque él era su verdadero churrito, no el otro, y el tiempo avanzaba en el sueño ajeno a las reglas que lo constriñen en el mundo real, esto es, siguiendo el curso de esa volátil curvatura que sólo permite el universo onírico, donde los años no se cuentan por días, ni los días por horas, ni nada, en general, sigue los ritmos que marcan las leyes físicas, de manera que tras los besos Caperucita y Lobo formaban ya una familia, y de su camada nacía un niño-lobo que pronto se convertía en un virtuoso del violín, y una niña-lobo que llegaba a ser una reputada pintora, y un tercer niño-lobo que componía los poemas más hermosos jamás escritos, y ambos envejecían juntos, felices, y dedicaban su tiempo libre a cuidar ancianos y enfermos, tanto humanos como lobos, así como a otras muchas labores solidarias, y Lobo se sentía tan boyante dentro del papel representado en el delicioso sueño, que quiso permanecer en él ya para siempre, no volver a despertar nunca más, y su deseo le fue concedido.

           Cuentan que por aquel entonces desapareció una anciana que era familiar lejana del Guardia Forestal. Se llamaba Abuelita, y era una de las que atendía Caperucita en su trabajo diario en el nosocomio, siendo muy estimada en el pueblo por la dulzura y generosidad que exhibía en su trato. Todas las sospechas recayeron de inmediato sobre Lobo, quien sin fórmula alguna de juicio previo fue desde ya señalado por los vecinos de la desaparecida como reo de su secuestro y ulterior engullimiento. Los aldeanos, enervados por lo que entendían era la gota que colmaba el vaso de su paciencia, se aunaron en multitud de manifestaciones que exigían la inminente captura y muerte de la fiera carente de corazón, lo que hizo que el Agente, presionado por este vindicativo reclamo popular, se decidiera a organizar una partida de caza. Varios motivos más fueron, no obstante, los que llevaron al ínclito representante de la ley a ceder ante la demanda de sus conciudadanos: primero porque hacía mucho que no recibía de Lobo dádiva alguna, circunstancia que lo tenía muy enrabietado; segundo por el hecho de que se hubiera atrevido con alguien de su propia sangre, lo que interpretaba como un descaro imperdonable, y tercero porque pronto iba a casarse con Caperucita y temía que ésta se pudiera topar en alguna de sus usuales adentradas por el bosque con el hocicudo carnicero, habida cuenta lo incauta y poco juiciosa que podía llegar a ser su novia, quien en repetidas ocasiones diera muestras de carecer del más mínimo sentido de la prudencia. Pero ¡si hasta llegó a decirle que había conocido en persona a Lobo! ¡Cándida y fantasiosa muchacha! Tendría que meterla en vereda cuanto antes y quitarle, por las buenas o por las malas, todos esos pájaros que anidaban en su cabeza, si es que quería hacer de ella una esposa sensata y cabal. Sobre la base, pues, de todas estas consideraciones, el pérfido Agente se juró a sí mismo no cejar hasta de una vez por todas prender a esa sabandija que a pulso se ganara el apodo de terror del bosque.

           Tras varias horas de batida, el piquete constituido vio recompensada su indagatoria labor, hallando al fin al montaraz objeto de su búsqueda, cuya captura no precisó sin embargo el uso de ninguna de las numerosas armas que sus componentes portaban, puesto que ya era aquél cadáver y en calidad de tal yacía dentro de la cueva donde pasara sus últimos días. La materia orgánica aún no presentaba signos visibles de descomposición, ausencia que evidenciaba lo reciente del fallecimiento; aun así, todos se sorprendieron al comprobar el lamentable estado de desnutrición que exhibían los mortales restos.

           Trasladaron el cuerpo exánime al Hospital Anatómico del condado, donde el forense de guardia recibió orden de abrirlo para averiguar si dentro estaban o no los restos de Abuelita, por más que a simple vista el famélico estado de los lobunos despojos ya de por sí certificara los escasos nutrientes que podían hallarse en sus entrañas. La autopsia reveló, en efecto, que, como ya todos intuían, el estómago del difunto se encontraba enteramente vacío de sustancia alimenticia alguna. De hecho, dicho estómago tenía la semejanza de una nuez, tanto por su forma rugosa y deteriorada, como por su reducido tamaño. En contraste con este minúsculo aparato digestivo, el interior de la caja torácica descubrió, sin embargo, un corazón enorme, dotado de un grosor y volumen que el forense jamás viera en las miles de disecciones que llevaba practicadas. Asimismo, observó sorprendido que del gigantesco corazón manaba a raudales un líquido más denso que la sangre, ácido en su química naturaleza, transparente como el alabastro.

           Tras estudiar a fondo el caso, el forense emitió su dictamen:

           Murió porque el corazón le reventó. Esa sustancia liquida incolora lo desbordó por completo hasta hacerlo estallar.
           ¿Esa sustancia? –preguntó sorprendido el Agente Forestal, lanzando una mirada oblicua, henchida de desconfianza, a su interlocutor–. ¿
Y qué sustancia es esa que hace reventar de ese modo un corazón tan extraordinario?
            Los expertos la llaman Amor –fue la lacónica respuesta del galeno.