martes, 21 de abril de 2009

CARTA A UNA BRUJA (3)

           Hay días en que me gustaría mandarlo todo a la mierda, días en que la melancolía llena mis venas del amargor de la hiel, días en que no encuentro ningún sentido a nada de cuanto me rodea y me siento enteramente vacío. Esa es una constante en mi vida. Es en realidad una constante en todos aquellos que somos de naturaleza inconformista y nos resistimos a ver pasar el mundo ante nuestros ojos sin participar realmente en él. El problema es que somos cobardes y acabamos de forma ineludible cayendo en la trampa de la resignación, de manera que la mansedumbre termina imponiéndose a nuestra fiereza y aceptamos lo que tenemos como mal menor. Pero ¿por qué, me pregunto, o mejor aún, te pregunto a ti, mi adorada musa, tanta cobardía? ¿Por qué nos cuesta a veces tanto dar aquellos pasos que nos harían libres, que podrían romper en mil pedazos nuestras cadenas, esas cadenas que nos atan a una monotonía insufrible que aborrecemos con toda nuestra alma?

           Supongo que en cierto modo tiene bastante que ver con la diferencia entre desear y cumplir deseos. Desear es al fin y al cabo sencillo, basta con sentir la sed y añorar el agua. Cumplir deseos, en cambio, ya es tarea más ardua, no en vano del supuesto logro nos separan múltiples condicionales: si fuera capaz…, si me atreviera…, si estuviese preparado…, si no existieran tantas dificultades…, si el miedo al fracaso no me amilanase… Tantos condicionales terminan por tejer una tupida red en la cual quedamos a menudo atrapados. Tal vez por eso sentimos una admiración incondicional por aquellos que alcanzan cuanto desean, hasta el punto que solemos revestirles de cualidades excepcionales: fortaleza, perseverancia, valentía… En el fondo, sin embargo, pienso que sólo quien crea las condiciones supera los condicionales, y todos somos creadores en un sentido u otro, si bien, no obstante, podemos crear oportunidades o crear miedos, lo que se traduce en creer en nuestra capacidad o creer en nuestra dependencia.

           Todos los días sale el sol, pero la mayoría de ellos nos empeñamos en caminar entre la niebla, sin saber lo que queremos, sin saber bien dónde ir. Por mi parte, busco renovadas ilusiones que den sentido a una existencia que, aunque procuro revestir de acontecimientos excitantes, en el fondo no me satisface en absoluto, y busco por ello una mano que agarre la mía y me saque de entre esa niebla, tan densa que se puede palpar, tan venenosa y pútrida que al respirarla siento que pierdo el conocimiento y me sumerjo en un vórtice de pesadilla. ¿Dónde está esa mano? Deseo abrazar la vida, saborearla al máximo, empaparme de su esencia para que su esencia se empape de mí, toda vez que la bandeja portadora de las viandas de la felicidad se aproxima en contadas ocasiones a nuestra boca; pero a veces soy tan ávido, que el bocado no me alimenta, no consigo paladearlo lo suficiente, de manera que siento que lo perdí, que en realidad no traspasó jamás los angostos límites de mi garganta glotona. Se me escapó ese bocado de vida, y la vida no parece sino que se riera de mí, de mi ansia, de mi vehemente anhelo. Muerde el polvo, parece decirme, que yo no soy dentellada propicia a tus hambrientas fauces de lobo.

           Pero ¡qué diablos!, a fin de cuentas, la vida no es más que una sucesión de búsquedas y encuentros… y, claro, también de despedidas. Pasamos no en vano gran parte de nuestro tiempo buscando, a veces sin saber siquiera qué (al menos yo, pues tú sí pareces tenerlo más claro); en ocasiones encontramos, a veces no precisamente aquello que buscábamos, y finalmente, ya sea por unas circunstancias o por otras, terminamos por distanciarnos de aquello que en su día encontramos, a veces contra nuestra propia voluntad. Búsqueda, encuentro, despedida. Esas son las tres palabras claves de nuestra existencia… A veces.

           Quizá lo importante sea en todo caso hallarse durante ese proceso satisfechos con nosotros mismos, ya elijamos un camino u otro en su desarrollo, al menos durante la mayor parte posible de su duración. Como sabes, bruji, yo soy de las personas que prefieren siempre la locura y huyen de la sensatez y de las serenas reflexiones. Pero eso no significa que ése sea el camino a seguir, simplemente es mi camino, ni más ni menos.

           Y como te decía al principio de esta carta, a veces me siento triste, pero por fortuna no es una sensación que tenga perenne cobijo dentro de mi pecho, sino que más bien sólo se manifiesta de vez en cuando, como si fuese una afección vírica de esas que nos azotan generalmente en invierno, sólo que en este caso es un virus del alma y ajeno en principio a los ciclos estacionales. No te apures por ello, niña mía, pues al fin y al cabo la melancolía es una vieja camarada que de vez en cuando viene a hacerme compañía y a la que, como a toda compañera de fatigas, la terminas hasta por coger cierto apego. Además, tú misma sueles contribuir a que se aleje de mí; cada vez que me hablas lo haces, cada vez me sonríes, cada vez que dejas patente el cariño que me tienes. ¿Puede existir acaso mejor lenitivo para la tristeza que el afecto de la mujer a la que uno adora? Porque, en fin, mi cautivador espíritu libre, mi ángel inspirador, quiero que sepas que hace ya mucho tiempo que es a ti, toda tú, a quien siento como esa mano liberadora, esa mano a la que busco ansiosamente agarrarme, esa mano que en sí misma represente la candela que haga refulgir mis noches, el impetuoso pero al propio tiempo suave viento que definitivamente despeje la calígine que a veces me circunda. Porque, sinceramente, eres maravillosa.

           Tal vez seas tú, en efecto, lo que le falta a mi vida para que resulte plena. No digo ya tú como persona física, circunstancia que, por otro lado, vivamente deseo y que al tiempo y a los hados confío si acaso su consumación, sino que me refiero ahora más bien al ideal que representas, ese ideal que de tu persona se ha conformado dentro de mi cerebro hasta representarte como prototipo de mujer romántica, soñadora, idealista, entregada, divertida, bondadosa…, y así podría seguir llenando líneas y líneas con las cualidades que mi mente te atribuye, sin que el cansancio me asaltara. El caso es que esa imagen ideal tuya, que mi imaginación recrea una y otra vez, es la que me hace reparar en lo mucho que mereces la pena, y cuando por una razón u otra se desvanece entre hélices de niebla, entonces exploto en estallidos de ira y me siento incapaz de contener mi vocabulario y reprimir mi comportamiento. ¡Pero qué te voy a decir al respecto si tú misma has sido testigo en alguna que otra ocasión de semejante metamorfosis! Tampoco trato por lo demás de justificarme, esto no es más que una constatación escrita de lo visceral que en ocasiones puede llegar a ser mi carácter, no una coartada para el mismo, ya que a fin de cuentas yo soy quien soy, con mis defectos, con mis virtudes y, cómo no, también con mis circunstanciales perturbaciones. Admito que llego a ser un tanto capullo a veces. ¿O no? Jajajajaja. No te cortes, puedes decírmelo sin recato, que yo soy el primero en ser consciente de ello y reconocerlo. Venga, bruji, repitámoslo ambos remarcando cada sílaba: ca-pu-llo. Así está mejor.

           No sé, a veces me cuesta saber si avanzo o retrocedo. Busco estímulos que aviven mi sangre, pero cada vez me cuesta más hallarlos, incluso cuando me da por aparcar la razón a un lado y dejarme remolcar por el instinto. Es como si disfrutara del agua, pero siguiese teniendo siempre sed. De poco sirve en tales casos olvidarse de todo y dejar que los sentidos te gobiernen y arrastren sin más: risas, alcohol, inconsciencia, aceleración, locura… Créeme, son momentos perecederos, se limitan al instante, al cortísimo plazo, y a la larga redundan incluso más en el vacío precedente, pues no en vano el yo cotidiano acaba siempre por retornar a su puesto, necesitado de algo más que simulacros para desprenderse al fin de la capa de tristeza que lo recubre. No, mi querida cómplice, no constituyen los días de vino y rosa, la fiesta continua, el desenfreno volátil, el mejor antídoto para la melancolía; puede parecerlo en un momento puntual, pero no pasa de ser un mero espejismo. Se requiere algo más, ese algo más que todos buscamos y que, como las volutas de humo que desprende un cigarrillo, parece escurrírsenos entre las manos cada vez que pretendemos aprehenderlo…. Sospecho que ese algo más del que hablamos sea el amor... Amar y ser amado. Suena bien. Sí, quizá ahí resida la clave que permita alcanzar el anhelado equilibrio que constituye el objeto de tan incesante búsqueda. ¿Por qué no? Tal vez ese amor de ida y vuelta suponga de por sí el remedio que atenúe las heridas del alma, las más dolorosas de todas; aunque tampoco estoy seguro, ya que los sobresaltos del amor a menudo resultan igualmente perturbadores y pueden a la larga ahondar todavía más en tales heridas...

           En el fondo quizá se trate que me visto demasiado de impaciencia, sin darme cuenta que al hacerlo me estoy desnudando de la necesaria calma, lo que me hace fallar en los intentos.

           Te estoy escribiendo esto mientras observo cómo la lluvia anda protestando junto a mi ventana. ¿Qué querrá? Mis ojos miran, pero nada ven. El paisaje que buscan no está fuera, sino en recuerdos que regresan, en aromas de piel y música de estrellas. La lluvia no rompe el silencio, pues mis oídos no la escuchan. Y el silencio es una alfombra voladora que me lleva lejos, muy lejos, justo allá donde los sentidos gritan y las razones callan…

           Besos tus labios de bruja para en ellos humedecer los míos.
C

jueves, 2 de abril de 2009

GIMNASIO Y SAUNA

           Más de una hora llevaba en el gimnasio; la camiseta la tenía completamente empapada de sudor y el corazón me latía acelerado, recuperándose aún del esfuerzo previo realizado sobre la cinta de correr. Ahora, no obstante, me debatía en un ejercicio mucho más suave, mis piernas se movían rítmicamente sobre los apoyos de la bicicleta estática, siguiendo una cadencia de pedaleo sostenida, aunque dentro siempre de unos parámetros no demasiado exigentes, lo necesario para quemar unas ochenta calorías en los diez minutos que pensaba permanecer sobre su grupa.

           Fue ya casi al final de este ejercicio, al levantar por un momento la vista del manillar, donde hacía rato la tenía anclada, cuando vi a la chica. Galopaba justamente sobre la misma cinta deslizante que poco antes yo utilizara. Era rubia, muy alta, de rasgos que denotaban su posible procedencia de algún país del Este de Europa, rusa quizá, o tal vez ucraniana, y en su cara destacaban dos enormes ojos verdes que, aun desde la distancia a que me hallaba, se me antojaron sendas esmeraldas. Pero más allá de esta agraciada fisonomía, lo que en aquellos momentos más poderosamente me llamó la atención fue el bamboleo de las dos exquisitas turgencias que se adivinaban bajo la camiseta blanca que ceñía su tronco, y más aún que éstas, los dos puntiagudos pezones que se marcaban a través de la tela. No llevaba sujetador, eso era evidente, y a medida que la camiseta se le iba humedeciendo, la huella de los enhiestos pezones se hacía cada vez más visible, generando dos compactos círculos brunos justo en la superficie textil que de frontera hacía con la carne. Yo seguía pedaleando, incluso con más fuerza que antes, supongo que trataba de acompasar el ritmo de mis piernas al acelerón que la hembra había impuesto al propiamente cardiaco, pero lo hacía más que nada por inercia, pues ni la concentración la tenía puesta ya en el movimiento de mis extremidades ni, mucho menos, mis ojos volvieron al manillar, clavados que habían quedado en esas dos sombras redondas que parecían querer perforar el algodón que los contenía. Tras las tetas, los ojos me llevaron también a recrearme en sus espléndidos muslos, ceñidos por unos escuetos shorts que morían al poco de perfilarse éstos y bajo cuya textura permanecía velada la espelunca custodia del placer carnal, insinuando no obstante, cual vulpino señuelo, la vertical hendidura que servía de acceso a sus preseas.

           Terminó la efeba su carrera y se alejó de esa zona del gimnasio. Poco después consumábase asimismo el tiempo que yo marcara en el cronómetro del velocípedo, tras lo que me dispuse a proseguir mi particular entrenamiento con unas cuantas series de abdominales, al compás de las cuales fue poco a poco esfumándose de mi cabeza la imagen de la rusa, o ucraniana, o de donde diablos fuera.

           Un rato más tarde daba por concluida la labor y, tras desvestirme en los vestuarios, me dispuse a entrar en la sauna, la cual, junto con la ducha final, constituía el colofón ordinario a mis cotidianas sesiones calisténicas.

           Esbocé un gesto de fastidio cuando comprobé que la sauna se encontraba más concurrida de lo que era habitual, sobre todo porque, en lugar de tenderme con indolencia a mis anchas sobre la madera, que era lo que a mí más me complacía, tuve que acoplarme en el estrecho espacio que dejaban libre dos hercúleos mancebos, junto a los que completé un trío que como tal igualaba en número al que cohabitaba en la banqueta de enfrente. En todo caso, los noventa grados de la sauna siempre me conducían, como primer efecto, a una sensación de absoluto relax; sentarme (tumbarme aún mejor, claro) sobre el banco con listones de madera y que mi mente comenzara a divagar, totalmente abstraída, era una sola cosa. Y así sucedió también en esta ocasión, que me abstraje por entero de cuanto me rodeaba, cobrando los recovecos más furtivos de mi mente plena independencia de cualquier posible voluntad controladora. El problema fue que, lejos de abrigar una apariencia abstrusa, esta vez las divagaciones tuvieron como meta algo muy concreto, dirigiéndose de inmediato a evocar la imagen de la joven muchacha que poco antes observara en la cinta de correr, de la que, todo sea dicho, mi cerebro no tardó en bajarla para ubicar sus sugerentes formas sobre un redondo lecho al que cubrían sábanas de color amaranto, marco más acorde con mis encendidos antojos, y allí, al abrigo de las llamas que brincaban dentro de una marmórea chimenea (supongo que este detalle concreto no era sino obligado corolario del intensísimo calor que sofocaba mi cuerpo dentro de la sauna), hice que fuera adoptando todas las posturas sicalípticas que me venían en mente, que eran muchas y variadas; luego, una vez bien definida su sensual imagen dentro de mi caletre, hizo éste que entrara también a escena mi propia persona, convertido a la sazón en un experto amante que lamía sus bermejos pezones, libres en la imagen onírica de la camiseta que los retuviera oprimidos en la real, al tiempo que mis manos subían por sus muslos hasta hallar acomodo en la gruta, limpia de cualquier rastro de vello púbico, donde aquéllos convergían.

           Salí del trance erótico por exigencia de mis pulmones, que constataban ya a esas alturas cierta dificultad en la respiración como consecuencia del exceso continuado de calor. Por todos los poros de mi piel fluía el sudor, especialmente por los de la frente, cuello y torso, desde donde goteaba hasta el suelo como agua de estalactitas. No podía ser de otro modo, dada la infernal temperatura ambiente que hacía de tan angosto habitáculo una especie de sublimatorio. Lo que, sin embargo, ya no resultaba tan acorde con el lugar y que, pese a ello, se había en esos momentos convertido, junto al chorreante sudor, en nota destacada de mi anatomía, era la formidable erección que, a modo de visión faunesca, exhibía mi viril miembro, enarbolado cual trinquete de carabela, el cual, duro como el turrón (del duro), no pareciera sino tener vida propia, habida cuenta el enérgico brío que, insolente él, exteriorizaba sin recato alguno, como si fuera un orgulloso estandarte en medio del campo de batalla, ejemplo en todo caso de poderío frente al resto de mis carnes, apocadas éstas bajo la untuosa sudoración. Ni que decir tiene que yo noté la anomalía en el momento mismo en que, tras el férvido buceo en las aguas de la fantasía erótica, reaparecí sobre la superficie de la realidad, descendiendo mis ojos, repentinamente abiertos como platos, hacia ese indiscreto pene que, al socaire de dicha fantasía, blasonaba ahora de plenitud, grande y grueso como un blandón, con el glande dando cabezadas a la altura del ombligo. Nunca en mi vida pasé tanto bochorno como en esos momentos.

           En los rostros de mis circunstanciales acompañantes pude leer todo tipo de mensajes, en un espectro semiótico que iba desde la burla hasta el enojo. La enorme turbación no me permitía, empero, sostener sus miradas, y sí, en cambio, que mis mejillas se arrebolaran hasta casi parecer que iban a estallar en sangre, tan rojo era el color que habían de repente adquirido. Atenazado por el sofoco, lo único que acerté a hacer fue salir a toda leche de la sauna, sin ni siquiera decir adiós, tapándome con la toalla el miembro cuya inaudita preponderancia ya comenzaba, efecto de la vergüenza, por fortuna a languidecer.

           Mientras cerraba la puerta tras de mí, todavía llegó a mis oídos el comentario jocoso de uno de los que quedaban dentro:

           - Joder con estos gays, la verdad es que últimamente no se cortan un pelo.

           Al que replicó otra voz, creo que perteneciente a uno de los que me habían mirado con el rostro ceñudo:

           - Ya ves ¡Pues no se ha puesto cachondo ni na el capullo al vernos a los demás en pelotas! Ya no va a poder darse uno ni una sauna a gusto. ¡Será posible!

           Me dieron ganas de regresar para aclarar el malentendido, pero comprendí que, dadas las circunstancias, lo más conveniente era dejar las cosas tal y como estaban.