miércoles, 28 de enero de 2009

EL NOVENO JUICIO

           En el interior de la sala de vistas no funcionaba el aire acondicionado, y el calor, cada vez más insoportable, la convertía en una especie de sublimatorio capaz de fundir la piel y huesos de quienes entre sus cuatro paredes se veían obligados a permanecer. Fuera, en la calle, el termómetro marcaba los 40º a la sombra, temperatura que dentro de la sala se superaba con creces. Para colmo, el cachemir de que estaba hecha la toga no hacía sino incrementar todavía más la sensación de ardentía, lo que unido a las vaharadas de mal olor que el excesivo tránsito de gente sudorosa había generado en la estancia, hacía que el juez se sintiera a punto de sufrir un desvanecimiento por el efecto combinado del sofoco y la náusea. Descorazonado al pensar que todavía le quedaba al menos media hora dentro de aquella sauna, emitió un hondo suspiro mientras con la bocamanga se limpiaba los regueros de sudor que le corrían por la frente; al hacerlo, se percató de que las puñetas de la toga estaban bastante sucias, por lo que se propuso mandar limpiarlas esa misma semana sin falta. Estaba agotado, y ya no sólo por el calor, que de por sí bastaba para tumbar a cualquiera, sino porque llevaba ya celebrados ochos juicios aquella mañana, tres ordinarios, dos verbales de tráfico, dos divorcios y un juicio de desahucio. Hacía cinco minutos que el reloj diera las tres de la tarde y por fin tocaba oficiar el noveno y último de los juicios previstos: un nuevo divorcio, el cual, no obstante, se encontraba en realidad señalado para las dos menos cuarto, por más que el retraso acumulado durante toda la sesión hubiera demorado su inicio ya más de una hora. El juez se moría de ganas por terminar de una puñetera vez, pues aparte de calor y cansancio, tenía bastante hambre, como así testimoniaban los involuntarios borborigmos que de vez en cuando dejaban escapar sus intestinos. Miró al secretario judicial, quien en ese preciso instante emitía un resoplido de cansancio. El rostro de la fiscal también era la viva imagen de la extenuación. De hecho, durante el pequeño receso que siguió a la séptima vista llegaron los tres togados a plantearse celebrar tan sólo la siguiente y suspender la última, justo la que venía ahora, alegando como pretexto cualquier anomalía jurídica, si bien, por respeto a los justiciables que, tras ser citados, habían acudido al llamamiento y aguantado con estoicismo la dilación, decidieron finalmente proseguir, alentados por el hecho de que a fin de cuentas sólo sería uno más.

           Un oficial del juzgado puso a disposición del trío de juristas el expediente relativo a ese último pleito del día. El juez ni siquiera lo echó un vistazo. ¿Para qué? Sería como cualquier otro divorcio, un trasunto por lo demás de los dos que ya había dejado vistos para sentencia esa misma mañana, esto es, acuerdo entre las partes en lo referente a la guardia y custodia y al régimen de visitas de los menores, desacuerdo en cuanto al importe de las pensiones alimenticias. Lo de siempre, el vil metal en el centro de la liza. Con gesto de resignación, dio orden al agente judicial para que hiciera entrar a ambos cónyuges y sus respectivos abogados.

           Obedeciendo dicho mandato, el funcionario llamó desde la puerta de entrada:

           - ¡Sylvie Saba… Sabathié!

           El agente, nada acostumbrado a pronunciar apellidos foráneos, había balbuceado un poco al vocear éste, y, aunque terminara articulándolo de forma más o menos correcta, sus apuros hicieron que en los labios de la fiscal y el secretario judicial se esbozara una burlona sonrisa. El juez, por el contrario, lejos de sonreír, lo que estuvo a punto fue de caerse de la silla ante la sorpresa. ¡Sylvie Sabathié!. ¡Dios Santo, ese nombre! ¿Habría oído bien? No, seguro que no, era imposible que pudiese ser ella, ¡cómo iba a ser ella! Lo más probable era que el maldito calor se hubiese aliado con sus más íntimos deseos para entre ambos jugarle una mala pasada, de manera que el nombre y apellido que creyera escuchar no eran tales, sino tan sólo una circunstancial alucinación acústica propiciada por la fatiga. Con la angustia apresándole hasta el aliento, arrancó el legajo de manos del secretario judicial, quien en esos momentos lo utilizaba para trasladar al Acta que debía extender la identidad de las partes y sus letrados y procuradores, y, tras ajustarse bien las gafas, tardó poco en comprobar que no había sido víctima de espejismo alguno, sino que, en efecto, la persona que allí figuraba como demandante respondía al conocido, para él, nombre de Sylvie Sabathié. ¡Lo ponía bien claro, en mayúsculas y negrita! De un modo atropellado, examinó acto seguido la partida de matrimonio incorporada a la demanda, donde podía leerse la filiación de ambos contrayentes, figurando en la que concernía a la esposa, entre otros datos, su nacimiento en París el catorce de mayo de mil novecientos sesenta y nueve. El juez ejecutó un rápido cálculo mental: si nació en el 69, en el 81 tenía…. ¡Justo, doce años! Ya no había duda alguna. ¡Era ella, tenía que serlo, la muchacha de la que veinte años atrás se enamorase perdidamente y a la que jamás hizo partícipe de ese amor! El descubrimiento hizo que el corazón comenzara a palpitarle como si de una alfana desbocada se tratase, tanto que se vio obligado a aspirar dos fuertes bocanadas del aire viciado del recinto para atajar la taquicardia.

           Justo cuando el magistrado levantaba la vista del expediente, entraban las partes en la sala, siendo entonces sus propios ojos, al posarse sobre la mujer que se disponía a ocupar el banquillo destinado a la parte actora, los que vinieron a despejarle las últimas dudas. Sí, se trataba de Sylvie, podía estar seguro. Evidentemente, ya no era la misma niña que él conociera, veinte son muchos años y, en lo que a aspecto físico se refiere, radicales las transformaciones que pueden generar en una persona, máxime si en su cómputo se incluyen los que comprenden el tránsito de infante a adulto, como sucedía en este caso; pero era ella, la reconocía perfectamente, por más que ante él ya no se encontrase una chiquilla preadolescente, sino toda una mujer hecha y derecha. ¡Veinte años! Toda una eternidad. Aún conservaba, por supuesto, esas pupilas de color azul que en su momento comparase en su fuero interno con dos fulgentes ágatas, los ojos más bonitos que jamás tuviera la dicha de contemplar, aunque su brillo resultaba ahora mucho más apagado, ensombrecidos por la pena y el sufrimiento que en ellos se reflejaban como las formas ante un espejo. También su cabello, dorado como el color del trigo en primavera, se antojaba ahora menos lucido. El resto de cambios con respecto a la imagen que hasta entonces retuviera en su cerebro, como el mayor redondeo de las caderas, la piel más curtida o el visible aumento de los pechos, no eran sino consecuencias lógicas de la conversión en mujer, una mujer que, pese a todo, continuaba siendo, a su juicio, bellísima.

           Presa de un repentino nerviosismo, se preguntó si también ella podría reconocerlo fácilmente, decantándose tras una breve reflexión por la respuesta negativa. No, no era probable, al menos no de inmediato. A fin de cuentas, si él la reconocía ahora era tan sólo por la identificación previa que había podido realizar a través del expediente, pues en otro caso hubiera a buen seguro pasado desapercibida ante sus ojos; además, él también había cambiado mucho, quedando muy atrás en el tiempo la imagen de aquel adolescente de dieciséis años que se acercara a ella mientras nadaba en la piscina municipal, sustituida ahora por la de de un adulto calvo, miope y con un abdomen en el que, pese a las horas de gimnasio, comenzaba a sobresalir la barriguita cervecera.

           Lo importante en cualquier caso era que ella estaba ahí, de nuevo frente a él, alegrándole la vista mediante su sola presencia física, con veinte años más, sí, pero en el fondo la misma muchacha que durante aquel verano, apoyada la cabeza en su regazo, le confesara, con ese español henchido de nasal acento tan propio de los franchutes, lo muy a gusto que se sentía a su lado.

           Al juez no le costaba esfuerzo alguno evocar el grácil cuerpo de la impúber deslizándose a través del agua, grabada había quedado para siempre la escena dentro de su cerebro, como grabadas le quedaron también las voces de su hermana cuando le gritaba requiriendo su presencia: «Oye, Loren, ven aquí», para luego, acortadas las distancias tras unas cuantas brazadas: «Mira, esta es Sylvie, mi nueva amiga, y es francesa», con una cierta jactancia en la presentación, resultado del valor añadido que entendía proporcionaba a esa nueva amistad su condición de extranjera. Los labios de la nominada, algo cárdenos por efecto del prolongado baño, modelaron una sonrisa que le iluminó todo el rostro, y sus ojos, cuyo brillo azul intensificaban las perlas de agua que hacia ellos resbalaban a través de las curvadas pestañas, se clavaron en los suyos como dos rejones. «Te pareces a John Travolta», fueron las primeras palabras que escuchó salir de aquella boca que a él desde ese mismo instante se le antojó venero de miel. Al rememorarlas ahora, un cierto rubor invadió al magistrado, cuya mano diestra se movió por instinto hacia la coronilla desprovista de todo rastro de cabello. Definitivamente, él había cambiado bastante más que ella.

           Fue mucho lo que quiso a aquella chiquilla, tanto que aún hoy la sigue considerando el gran amor de su vida, elevado al pináculo máximo dentro del rol de sus afectos; pero jamás, sin embargo, lo hizo público, oculto dentro de ese rincón del alma donde sólo tienen cabida los amores platónicos. Sylvie nunca supo, pues, cuánto la amaba, ya que él se propuso, y así lo hizo, acallar en todo momento las voces de un sentimiento que entendía aberrante, a pesar incluso de las evidentes muestras que daba ella de corresponderlo. A sus dieciséis años, Loren era un jácaro incapaz de rebajarse a declarar su apego por una chica de doce, su orgullo se lo impedía, convencido de que él era ya un hombre y ella sólo una mocosa, circunstancias éstas que convertían el posible romance en un atentado contra su dignidad masculina que, de conocerse, sería a buen seguro abono para la befa y el escarnio entre sus colegas. La verdad era, no obstante, que ella aparentaba algunos años más de los que tenía, hasta el extremo que él intuyó en un principio que sería más o menos de su edad, barrunto que le llevó a colocarla rápidamente en su punto de mira como objetivo propicio para engordar el catálogo de sus conquistas; por eso, cuando supo que era cuatro más joven, no pudo evitar llevarse una gran decepción. No, imposible, liarse con una cría no estaría bien visto por ninguno de sus amigos, y los amigos constituían en ese momento lo más importante de su vida, más incluso que su propia familia. Nunca, por tanto, confesó a la francesita lo que sentía por ella, por mucho que con el transcurso de los días fueran esos sentimientos haciéndose cada vez más férvidos. ¡Maldito estúpido! Todas las mañanas, sin faltar ninguna, acudía a la piscina para verla y cuando, entre el mar de toallas, divisaba la suya, inconfundible con sus franjas negras y amarillas, sentía que el corazón le estallaba en ráfagas de arco iris. Ahora bien, una vez a su lado se comportaba de un modo artificial y torpe, procurando hacerse el interesante mediante todo tipo de baladronadas y jactancias, absurda conducta que en realidad no era sino un subterfugio con el que camuflar la timidez que le sobrevenía, pues lo cierto era que no sabía cómo actuar en presencia suya. Con tal de camuflar sus sentimientos para que pasasen desapercibidos, se mostraba a menudo displicente con ella, sin hacerle apenas caso, como pretendiendo que advirtiera en él una manifiesta superioridad, y en otras ocasiones llegaba incluso a obrar de manera harto grosera, colmándola de humillaciones y menosprecios de la más diversa jaez. Llegó incluso a recriminarle estar siempre pegada a él. «Eres un poco pesadita, Sylvie, ¿por qué no te vas a hacer compañía a tus amigas?» ¡Todo un cretino y un verdadero capullo!

           Pocos días antes de marchar de regreso a Francia, ella le propuso que intercambiaran sus señas para desde la distancia seguir manteniendo una correspondencia escrita. Sin embargo, pese a lo sugerente que a él se le hacía esa idea, le fue dando largas, hasta que, sobrevenido el momento de la partida, quedó yermo el ofrecimiento, perdido en el limbo de las buenas intenciones. Eso sí, cuando llegó el aciago día, primero de septiembre, en que él acudió a la piscina y comprobó que allí ya no estaba, esperándolo, su adorado objeto de deseo, constatada la definitiva ausencia, ¡ay!, todos los dolores del mundo vinieron a concentrársele debajo de la boca del estómago, como si aviesos engendros se hubiesen confabulado para en sus entrañas desplegar todo el daño de que capaces eran en su nefario empuje. Se pasó todo el año pensando en ella, añorándola, imaginándosela, recordando todos y cada uno de los días de aquel verano, maldiciendo aquellos lapsos en que su estulticia la mantuvo apartada, ¡momentos desperdiciados!, y evocando con fruición aquellos otros, los buenos, que pasaron juntos en la piscina mientras nadaban, jugaban a los naipes o, simplemente, reposaban tendidos el uno junto al otro bajo el ardiente sol estival, ya en silencio, ya susurrándose cálidas palabras…. ¡Pensar que nunca llegó a besarla! ¡Dios Santo, ni siquiera un beso, un solo beso con el que haber saboreado la ambrosía que brotaba de aquella alfaguara que eran sus labios! Pero nada, tan sólo algunas caricias sobre sus dorados cabellos, tímidas caricias que lugar tenían mientras ella, tendida, descansaba la cabeza sobre los muslos de él, constituyeron todo el acervo de tan candente amor.

           Al verano siguiente la buscó en la misma piscina municipal, así como también por los alrededores, por los parques colindantes, por la feria, por las calles; pero no la encontró, ni tampoco al siguiente, ni ya ningún otro. La imagen de ella permaneció, sin embargo, dentro de su cabeza, allí afianzada, imposible de borrar, indeleble como el tatuaje de un marino.

           Continuó, no obstante, la vida, y el infeliz enamorado hizo la suya como cualquier otro. Estudió la carrera de Derecho, aprobó las oposiciones de judicatura, se casó con una compañera de promoción, tuvieron dos hijos, se separaron… Una vida a fin de cuentas como la de tantos, con sus penas y alegrías, sus subidas y bajadas, sus éxitos y sus frustraciones. Pero nunca se olvidó de Sylvie, allí permanecía su recuerdo, ocupando un lugar privilegiado dentro de su mente, cada vez más nebulosa, eso sí, más vaga su estampa, pero siempre ahí. Su primer amor, un amor platónico, jamás consumado en el abrazo de los cuerpos, pero ¡tan intenso!… Nunca amó a nadie tanto como a aquella muchachita de dorada guedeja sobre la que reverberaba el sol y ojos más azules que el más azul de los cielos.

           Al cabo del tiempo, cuando las nuevas tecnologías irrumpieron dentro de los hogares españoles, se aventuró todavía a buscarla a través de Internet, mas no tardó mucho en desistir de su empeño: había excesivo número de gente con ese nombre, aparte de que él no sabía francés (de hecho, ni siquiera conocía la grafía correcta del apellido) ni, por qué no decirlo, se las apañaba demasiado bien con los jodidos ordenadores. Una vez divorciado de su esposa, llegó incluso a pasársele por la cabeza contratar un detective privado para buscarla, pero en el fondo se le antojaba una idea disparatada, habida cuenta los muchos años transcurridos desde que la viera por última vez, de modo que tampoco se decidió a llevarla a cabo, resignado al fin a no volver a saber nunca más de ella.

           Pero hete ahí que, ironías del destino, ahora estaba justo debajo del estrado que él presidía, dando el último paso para romper el vínculo que la uniera con quien todavía era su marido. Miró de nuevo el expediente. Jorge González Pérez. Con esos apellidos, estaba claro que no era de la patria de Bonaparte. De modo que Sylvie se casó con un ciudadano español y desde entonces había estado viviendo en Madrid. ¡Y él que siempre la había ubicado en la ciudad de la luz! ¡Qué cosas! Desde luego, en ningún momento se le pasó por la cabeza tamaña cercanía. ¡Si por poco no eran incluso vecinos! Estaba claro que uno no podía fiarse del sentido común, fallaba demasiadas veces.

           Así, pues, tras tan prolongada ausencia, el juez tenía ante sí de nuevo la posibilidad de sumergirse en el índigo de aquellos ojos, y con delectación lo hizo, sin reparar en la tacha de que podía ser objeto su descarado proceder. Mas ¡qué significaban las ajenas censuras ante la oleada de placenteras emociones que de pronto estaba abrigando! ¡Qué podía importar cualquier reproche ante esos viejos sentimientos que, tanto tiempo latentes, renacían en su interior! Era ella, Sylvie. Eso era lo único a tener en cuenta. Su idolatrada Sylvie. ¿Podrían ambos aún….? ¿Por qué no? A fin de cuentas, ¿qué eran veinte años? Ya lo dijo Gardel: nada.

           Y con este pensamiento en mientes, los labios del juez se desplegaron en una sonrisa triunfal. Apenas si ya sentía calor, ni, por supuesto, pensaba en sus descoloridas puñetas. Mereció la pena no haber suspendido el noveno juicio.


                            - HASTA AQUÍ -



 

miércoles, 14 de enero de 2009

DOS EXTRAÑOS

            La sorpresa anegó sus caras cuando, entre la multitud bulliciosa, se descubrieron el uno al otro en el bar donde previamente se dieran cita. Él llevaba la camisa azul marino prometida, así como el pantalón color burdeos que comprase en rebajas; ella su vestido de lino blanco estampado con flores, tal y como también le previniese. El bar estaba atestado de estrepitosos parroquianos prestos a llenar de algarabía un nuevo fin de semana, ocupando todos ellos su privativo puesto dentro de la ilusoria burbuja que, a modo de válvula de escape, durante escasas horas les mantendría alejados de los sinsabores y denuedos cotidianos que se empeñaban en absorber su sangre y devorar su espíritu; era un bar de los que, como casi todos, aún permitía fumar, hábito que enrarecía su atmósfera con una densa calígine, producto del humo de las decenas de cigarrillos que iban uno tras otro prendiéndose al ritmo que marcaba la necesidad de nicotina, un humo que ascendía en volutas y se hacía especialmente visible, componiendo caprichosos arabescos, en el interior de los haces de luz filtrados en agudo ángulo a través de dos enormes ventanales con pesados parteluces que daban al exterior. Pugnando por descollar entre el vocerío, comenzaba Frank Sinatra, desde los altavoces del local, a acometer los primeros acordes de su eximio “Strangers in the night”.

           Se habían conocido un par de meses atrás al coincidir en el chat donde con ánimo meramente lúdico ambos entraran, y a partir de entonces todos los días de lunes a viernes, sin fallar uno solo, y de diez a diez y media de la mañana, habían acudido a ese mismo punto de encuentro para pasar su media hora de asueto laboral diario conversando con incoercible avidez. Paradójicamente, un medio tan frío y ambiguo como era ése, templo del anonimato donde la gente solía expresarse a sus anchas embozando su verdadera identidad bajo variopintas máscaras, los había ido poco a poco uniendo hasta conseguir que entre ellos se generara una invisible pero sólida corriente de afecto, tejiéndose así de ordenador a ordenador estrechos lazos que ellos mismos terminaron por percibir en su fuero interno tan fuertes como el acero. Mediante esta cibernética correspondencia, ambos habían ido poco a poco descubriendo una miríada de nexos comunes, los dos se habían casado muy jóvenes, todavía inexpertos y nada preparados para tan trascendente paso, ambos tenían dos hijos de sus respectivos cónyuges, chico y chica para más identidad, y tanto él como ella sobrellevaban un matrimonio anodino al que desde hacía mucho tiempo devoraba la rutina, un matrimonio abastecido únicamente por insubstanciales nutrientes, reducido en última instancia al polvo semanal, el acostumbrado beso de buenas noches y fútiles conversaciones circunscritas a la educación de los hijos y los requerimientos del hogar que compartían, lábiles cimientos para mantener viva no ya sólo la llama del amor, sino también la del deseo, aun siendo no obstante sólidos para sostener la de la material conveniencia. Aburridos de esta prosaica vida, habíanse encontrado en los invisibles páramos que los cables componían tras su kilométrico discurrir por el subsuelo, tembladerales electrónicos en los que uno podía hundirse ante cualquier paso en falso, pero que ellos dos metamorfosearon en paradisíaco vergel por el solo hecho de su virtual presencia matinal al socaire de sus millones de bits. Puntuales, el contacto lo iniciaban desde sus respectivos centros de trabajo nada más que el reloj daba las diez, dando principio a un diálogo que sustituía en el tiempo al frugal almuerzo que hasta entonces lo colmara, alimento para el alma en lugar de pitanza para el cuerpo, ése había sido el sutil cambio que había convertido para ellos aquella media hora en lo más mirífico de su tiempo de ocio. Desde un principio habían convenido en no conectarse desde casa, tanto por falta de tiempo material, como por temor a la contingencia de ser sorprendidos por sus respectivas parejas, técnicos, como ellos mismos, en informática (otro más de sus numerosos puntos comunes), pero esa escasa media hora resultaba suficiente para inundar de dicha sus entrañas.

 
           Durante esos treinta minutos diarios, el mundo se reducía para ellos a una pantalla de ordenador, sabedores de que más allá de ese frío telón de plasma se encontraba el interlocutor soñado, el quimérico portavoz de sus ilusiones, el dilecto confidente. Sólo hablaban de ellos mismos, de sus sueños y anhelos, de sus fobias e inquietudes, de sus problemas y aspiraciones, y, cómo no, de esa mutua atracción que día a día iba aproximándolos con incontenible pujanza; los temas como el trabajo o las respectivas familias constituían insulsas materias que rehusaban tocar cual prohibidos tabúes. Cada vez se sorprendían más de los abundantes vínculos de ligazón que entre ellos hallaban, dos seres parecían hechos el uno para el otro, similares deseos, compartidas dudas, común angustia ante lo que entendían una existencia huera de sentido, idéntica esperanza de escapar de ella hacia un más promisorio futuro.
 
           Fueron así intimando más y más, de manera que lo que empezara siendo un mero entretenimiento se transformó al fin en el germen de un romance que, aun todavía límpido, amenazaba con derribar los muros de la prudencia para convertirse, cuando el contacto real lo desbloqueara, en una tumultuosa y férvida pasión. Porque, en efecto, y ambos lo intuían, sólo faltaba ese físico contacto, mirada frente a mirada, piel junto a piel, para que Amor terminase de abrir su caja y sus omnipotentes dardos, cuya buida punta ya enfilada estaba hacia sus corazones, prorrumpiesen impetuosos con ánimo de en éstos hincarse.
 
           Mucho más encandilador el susurrante reclamo de lo prohibido que los circunspectos dictámenes de la prudencia, decidieron al cabo no dar la espalda a esa caja y concertaron una cita para poder conocerse en persona, franqueando así la última barrera que aún los separaba. Convinieron no enviarse foto alguna que los identificara de antemano, dando por sentado que mantener durante unas horas más el anonimato, lejos de perjudicarles, revestiría de mayor emoción si cabe su encuentro, quizá también había algo de miedo en esa decisión tomada de consuno, el miedo que cada uno sentía a que su imagen no se correspondiera en absoluto con la idealizada por el otro, arruinando su visión previa la magia que envolvía su relación virtual; en todo caso, ambos eran conscientes de que la realidad posiblemente estropearía parte del hechizo que sus respectivas imaginaciones habían creado, no en vano la fantasía acostumbra a poetizar y elevar lo deseado a cimas de todo punto irreales; pero tampoco les arredraba esa certeza, en el fondo no se trataba más que de un canon a pagar por verse, por la posibilidad de tocarse el uno al otro, de sentir su aliento pegado en el rostro, y ése era un precio módico para tan atractiva presea. No existía, en cambio, el temor a no reconocerse. Yaco ya había dicho que iría de azul marino y burdeos, y Blue llevaría su traje estampado, ese mismo que comprara haría dos años y que a los ojos de su displicente marido había pasado completamente desapercibido; ahora tendría ocasión de lucirlo ante alguien que, seguro, sabría apreciarlo mucho mejor, ante su sublime y querido Yaco. Por cierto, no eran estos sus verdaderos nombres, sino los seudónimos que empleaban en su diaria correspondencia; desde un principio se llamaron así, él Yaco, Blue ella, y les gustaba, lo entendían como otro misterio más del cautivador sortilegio que envolvía su relación, ¿para qué designarse de otro modo, si estaba claro que sus auténticos nombres no tendrían la misma eufonía que los apócrifos? No obstante, sí que a veces en su fuero interno se había preguntado cada uno cómo se llamaría en realidad el otro.
 
           - ¿Mario? –inquirió ella con voz entrecortada por el asombro, sin apenas poder dar crédito a lo que le transmitían sus ojos.
 
           - ¡María! –exclamó él, presa de análoga hesitación.
 
           ¿Qué tipo de burla grotesca era aquélla?
 
           Poco a poco la sorpresa fue, empero, dando paso a la luz del entendimiento, una luz que les dio alcance henchida de una potente carga de aflicción. Los dos cómplices se observaron en silencio. Tal y como ambos tenían previsto, ese viernes se encontraron, en efecto, dos desconocidos frente a frente, pero dos desconocidos para los que, sin embargo, dábase la circunstancia de llevar ya casados entre sí más de veinte años. Fortuna había estado antojadiza en esta ocasión; en su afán por servirse de los hombres a modo de marionetas y retozar provocando rocambolescos albures con su destino, acababa de pergeñar una bufa antruejada que en sus dos víctimas dejaría impreso un profundo estigma para el resto de sus vidas.
 
           Continuaba entretanto Sinatra entonando su canción, y de su voz limpia surgían las acompasadas notas como melancólicos susurros. “Strangers in the night, two lonely people, we were strangers in the night”. La canción resultaba apropiada, no en vano también ellos, como los de la canción, eran dos extraños, dos extraños que ahora, el uno junto al otro, las cabezas agachadas, de azul marino y burdeos él, con un primoroso vestido estampado ella, regresaban a casa. Mario y María, Yaco y Blue. Dos extraños en la noche.