<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-6471908411725407952</id><updated>2012-01-29T08:37:49.699-08:00</updated><title type='text'>Buceando en el mar de los sueños</title><subtitle type='html'></subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://mariocavara.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6471908411725407952/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mariocavara.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><author><name>Cavaradossi</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14443118431487622201</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_CBxi0fhKeVI/TCKRKeEJe6I/AAAAAAAAAHY/e5I_0pgqlFg/S220/1.JPG'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>71</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6471908411725407952.post-3399843291035273990</id><published>2012-01-16T07:30:00.000-08:00</published><updated>2012-01-16T07:30:33.556-08:00</updated><title type='text'>TE QUIERO</title><content type='html'>&lt;div class="separator" style="clear: both; text-align: center;"&gt;&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/-goviSvNM5z0/TxRCXXcpYoI/AAAAAAAAAO8/Bq2bPqK5s8I/s1600/wineheart.jpg" imageanchor="1" style="clear: left; cssfloat: left; float: left; margin-bottom: 1em; margin-right: 1em;"&gt;&lt;img border="0" height="149" kba="true" src="http://1.bp.blogspot.com/-goviSvNM5z0/TxRCXXcpYoI/AAAAAAAAAO8/Bq2bPqK5s8I/s200/wineheart.jpg" width="200" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;Fue una noche más de sexo febril, de cuerpos entregados al delirio de la carne, de esa carne que, avivada por el fuego del deseo, se convertía en brasa incandescente. Una noche más de bocas que se buscaban, de manos inflamadas, de nudos imposibles y ensamble de caderas. Una noche más, como siempre, repetido ritual al que desde hacía semanas ella y yo nos consagrábamos casi todas las noches, sometidos a la tiranía de unos sentidos de cuyo imperio nos complacía ser abnegados vasallos. Una noche más… hasta que acaeció lo imprevisible, la discordante nota que por un momento amenazó destrozar la modulada sinfonía. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;Sucedió justo después de flotar mis labios sobre los suyos en un último y dulce beso de buenas noches, prestos ambos a entregarnos a la férula del reparador sueño nocturno. Me lo soltó de improviso, casi como quien no quiere la cosa. Te quiero, me dijo. Así de escueto y rotundo al propio tiempo. Así de perturbador. Yo me quedé helado. Habíamos dejado claro desde un principio que en nuestra relación no podían tener cabida cierto tipo de sentimientos, que lo nuestro era una comunión de apetitos delirantes que precisaban del fuego de la pasión para ser saciados, nada más, ¡y nada menos!, pero que más allá de esas ígneas fronteras todo quedaba al margen, territorio prohibido hacia el que de consuno convenimos vedar el paso. ¿A cuento de qué entonces aquella sorpresiva declaración de afecto? &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;No dije nada. Nada en realidad se me ocurría que decir. Refugiado en el silencio, me limité a dar media vuelta sobre el lecho y fingir que dormía. Ella hizo lo mismo, turbada quizá por mi mutismo. Quise no pensar en ello y ponerme a dormir sin más, confiando en que el sueño despejase de inquietudes mi mente; pero lo cierto es que fui incapaz de pegar ojo durante el resto de la noche, que pasé en su mayor parte haciéndome multitud de preguntas y formulando infinidad de conjeturas, a cual más perturbadora. El sentido común me decía que mi recelo resultaba de todo punto exagerado, carente de cualquier fundamento lógico, y que estaba dando excesiva importancia a dos palabras que lo más probable era que no encerrasen nada sólido en su interior, pronunciadas a buen seguro sólo como cumplido, un espontáneo testimonio que, más que verdadero sentimiento afectivo, encerraba complicidad, y tal vez también algo de pleitesía por el fantástico polvo que acabábamos de echar, pero nada más. Sin embargo, a pesar de este racional discurso interno, el corazón se me sublevaba e impedía a mi cerebro proseguir por tales derroteros lógicos, un corazón, el mío, al que había puesto candado desde hacía mucho tiempo, más de un lustro ya, y tirado la llave lejos, hundida en las profundas simas del desencanto, de cuyas entrañas resulta muy difícil rescatar nada. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;Mi corazón no quería además ser rescatado. Estaba bien así, cerrado a cal y canto, sin interés alguno en percibir sobre sus ventrículos y aurículas el fresco rocío portador de nuevas ilusiones. ¿Para qué? ¿Para sufrir más tarde o más temprano otro chasco? No, no merecía la pena, mejor que siguiera bajo llave y evitar de ese modo padecer más adelante, otra vez, los golpes del desencanto, esos contundentes golpes que ya en su día lo dejaran destazado. Tenía miedo mi corazón, lo que le llevaba a estar de continuo alerta y saltar al menor atisbo de invasión, como así de hecho había saltado tras escuchar ese inquietante te quiero. Infinidad de amantes habían pasado por mi cama desde que decidiera cerrarme en banda a cualquier llamada que pudiera tener como heraldo al amor; amantes que me habían proporcionado ingentes dosis de placer, momentos gloriosos, indescriptibles sensaciones. La mujer que dormía ahora a mi lado era la última de tales amantes, la mejor que había tenido; con ella me sentía muy a gusto, plenamente satisfecho en todos los sentidos, no en vano me ofrecía todo cuanto yo precisaba para ser feliz: complicidad, diversión y sexo, mucho sexo. La mujer ideal para mí sin ningún género de dudas. Al menos lo había sido hasta justo esa noche, hasta ese imprevisto “te quiero” surgido de sus labios.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;La aurora me sorprendió en estas cavilaciones. A la tenue luz que se filtraba a través de la ventana pude contemplarla mientras dormía, deliciosa sirena atrapada en su privativo mar de los sueños. Parecía de hecho flotar, su cuerpo desnudo componía una escultura de delicadas formas ondulantes que, como un espejismo vaporoso, daba la impresión de elevarse sobre las sábanas. Resultaba una estampa fascinante, toda una provocación para los sentidos, así como una dulce caricia para el espíritu. Como hipnotizado, seguí observándola mientras con sigilo me levantaba de la cama y me disponía a vestirme. Había tomado la decisión de huir, apartarme de su lado y evitar así cualquier peligro que su presencia cercana pudiera acarrear; por más que me entristeciera la posibilidad de no volver a verla, no quería que entre nosotros se estrechasen unos vínculos que pudieran terminar conduciendo a un territorio que en sí mismo me aterraba. Comprendía que era un cobarde huyendo de ese modo, un cobarde y un mezquino; pero los miedos que me asaltaran por la noche, lejos de eclipsarse, se habían acentuado todavía más con la llegada del día, hasta el punto de no poder dominarlos. Además, nunca me habían gustado las despedidas. Prefería irme de ese modo, sin ningún adiós de por medio, por la puerta de atrás, pese a que ello supusiera engrosar mi ya abundante cosecha de remordimientos. Ella era maravillosa, tenía que admitirlo, un ser realmente exquisito y dulce, apasionada y tierna a un mismo tiempo, en cierto modo la mujer ideal; pero yo no quería implicaciones emocionales, no me sentía preparado para dar ningún paso adelante en ese sentido. El corazón se ponía a embestir sólo de pensarlo. La echaría de menos, qué duda cabe, pero no tardaría en aparecer otra que ocupase su lugar como encendida amante. Eso era lo único que yo quería. Sí, eso, lo único, una amante que satisficiera las necesidades de mi carne, nada más. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;Justo cuando acababa de vestirme despertó ella. Me miró con ojos aún velados por el sueño. Temí que inquiriese dónde iba, ya que en tal caso me habría sentido azorado y sin saber bien qué decirle, no en vano, pese a mi nada ortodoxa manera de conducirme por la vida, nunca se me había dado bien eso de mentir. Pero no, lo único que hizo fue sonreír, esa sonrisa suya que parece desprender luz en sí misma, y a continuación, con voz asimismo brumosa, repetir aquello de “te quiero”. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;De nuevo aquellas dos palabras se precipitaban sobre mí como dos afilados venablos, haciendo impacto, como la vez anterior, en el centro mismo del pecho. Día y noche quedaban de este modo conectados a través del ignoto sortilegio que tales palabras obraran. La sacudida, sin embargo, fue mayor en esta ocasión, hasta el punto que noté cómo allí dentro algo se tambaleaba, como si una especie de poderosa reacción química se hubiese iniciado y dado lugar a un fluido ácido que corroyera todo cuanto a su paso hallara, incluidos muros, bastiones y defensas. Mi universo interno parecía estar desmoronándose por completo y yo dentro de él. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;Una profunda conmoción me embargó de arriba abajo, activado por la cual me aproximé hasta ella para contemplarla de cerca, en silencio. Ella, sin inmutarse por mi descarado escrutinio, estiró los brazos para sacudir la flojera que los mantenía entumecidos. Sus ojos no terminaban de desplegarse, sometidos todavía a la férula del sueño; aun así, brillaban más que el propio día. La agarré por los hombros. Su piel estaba tibia, puro contraste con el relente que dominaba la habitación en aquella mañana de otoño. Uno de mis dedos se aproximó a sus labios y recorrió con parsimonia el perímetro que comprendían. Ella los prolongó con una sonrisa perezosa. ¡Qué bella es!, pensé mientras notaba cómo por dentro me iba desgarrando y se abrían todas las compuertas de mi pecho, a través de las que no tardó en asomar un corazón redimido.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;Fue entonces, luego de esta catarsis, cuando emití un suspiro pronunciado y rompí el silencio para dejar que de mi garganta brotara aquello que ya no podía, ni quería, por más tiempo contener: ”yo también te quiero”. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;Era así, en efecto. Me daba cuenta que, por encima de mis miedos y aprensiones, la quería. La quería más que a nada, más de lo que hasta entonces había creído llegar a querer, más incluso que a mí mismo. Y, en colación con este sentimiento, me daba cuenta también que sólo deseaba estar con ella y envolverme con su piel, que nada importaba más allá de su sonrisa, de su nariz pecosa, de su aroma de canela, de su presencia a mi lado. Y entonces la besé, la besé con una vehemencia inusitada, y con aquel beso profundo y húmedo se fue llenando mi boca de escurridizos peces de colores.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6471908411725407952-3399843291035273990?l=mariocavara.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mariocavara.blogspot.com/feeds/3399843291035273990/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6471908411725407952&amp;postID=3399843291035273990' title='6 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6471908411725407952/posts/default/3399843291035273990'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6471908411725407952/posts/default/3399843291035273990'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mariocavara.blogspot.com/2012/01/te-quiero.html' title='TE QUIERO'/><author><name>Cavaradossi</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14443118431487622201</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_CBxi0fhKeVI/TCKRKeEJe6I/AAAAAAAAAHY/e5I_0pgqlFg/S220/1.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/-goviSvNM5z0/TxRCXXcpYoI/AAAAAAAAAO8/Bq2bPqK5s8I/s72-c/wineheart.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>6</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6471908411725407952.post-3068834802493841394</id><published>2012-01-02T05:02:00.000-08:00</published><updated>2012-01-02T05:02:26.485-08:00</updated><title type='text'>DESDE LA ATALAYA DEL RECUERDO</title><content type='html'>&lt;div class="separator" style="border-bottom: medium none; border-left: medium none; border-right: medium none; border-top: medium none; clear: both; text-align: center;"&gt;&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/-ccA6kZPWwWc/TwGqymm8vhI/AAAAAAAAAO0/r6iypUI5yN4/s1600/untitled.bmp" imageanchor="1" style="clear: left; cssfloat: left; float: left; margin-bottom: 1em; margin-right: 1em;"&gt;&lt;img border="0" rea="true" src="http://2.bp.blogspot.com/-ccA6kZPWwWc/TwGqymm8vhI/AAAAAAAAAO0/r6iypUI5yN4/s1600/untitled.bmp" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;Incapaz de conciliar el sueño, salió al jardín y se sirvió una copa de vino. Sobre un cielo estrellado y negro destacaba la luna en su fase llena, cuyo reflejo argénteo se hundía en un mar asimismo negro y profundo. El silencio era absoluto. Nada, si siquiera el viento, osaba violarlo, tan encastillado estaba sobre el trono de la noche. A lo lejos destacaba la torre del faro, alta y majestuosa, pintada con franjas rojas y blancas.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;El insomne aproximó a sus labios la copa para apurar de un solo trago su contenido, que pasó por su garganta con la misma velocidad con que las escenas de un pasado remoto lo empezaban a hacer por su mente. La noche invitaba a la nostalgia y él, extraviado en su propio laberinto de recuerdos, se dejó atrapar por ella. En auxilio de la memoria se sirvió de un viejo álbum de fotos que fue a desenterrar del arcón donde desde hacía lustros yacía. Con él bajo el brazo regresó al jardín, a la noche, al vaso de vino, ahora vacío sobre la mesa. La propia luna le hizo de foco para ayudarle a ver las fotografías. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;De las páginas del álbum fueron surgiendo rostros, lugares y escenas que, como repentinos fogonazos, iluminaban su mente y le transportaban hacia los pretéritos momentos donde cada instantánea tenía su génesis. Tras pasar una de las hojas, llamó poderosamente su atención la mujer que apareció recostada sobre la arena en una playa solitaria. Delgada, esbelta y con un pecho firme y desafiante, sonreía a la cámara de manera sugestiva y hasta cierto punto procaz. Estaba completamente desnuda. No fue dicha desnudez, sin embargo, la que atrapó su atención de ese modo, ni obedecía tampoco su asombro a una mala pasada de la memoria que le impidiera reconocer a aquella espléndida joven de pícara mirada; sabía de sobra quién era. Su interés obedecía más bien al hecho de que apenas si ya recordase que en su momento hubiera sido así, tan lozana, tan esplendorosa, tal salvaje, tan bella. ¡Habían pasado ya tantos años! Recordaba perfectamente el momento en que tomó aquella fotografía, no en vano fue la única vez que acudieron juntos a una playa nudista; pero había olvidado esa exuberancia de diosa que ella lucía entonces. En otra foto de esa misma página aparecía él, también desnudo, cabello largo, piel morena, nervudo, arrogante, apuesto. Un súbito ataque de nostalgia humedeció sus ojos. Aquel mar. Aquellas aguas. Un mar distinto al de ahora, pero siempre el mar, húmedo núcleo sobre el que había girado su vida desde que tuviera uso de razón. ¡Aquel mar! ¡Aquellas aguas! Ambos desnudos, ambos insultantemente jóvenes, ambos liberados de cualesquiera cadenas que no fuesen las propias del deseo. Sin apenas esfuerzo, su mente podía reproducir los momentos en que juntos se zambullían en el transparente cristal para alejarse nadando mar adentro, tan lejos que la costa llegaba a perderse casi de vista, hasta que todo el universo quedaba reducido a ellos dos y un inmenso azul rodeando sus flotantes cuerpos, y cómo después regresaban para secarse al sol, directamente tumbados sobre la arena, sin toalla, dos salvajes rebosantes de energía, de belleza, de esplendor. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;Mientras se dirigía al dormitorio, se preguntó qué edad tendrían cuando se hicieron aquellas fotos. No acertó a definirlo a ciencia cierta, si bien daba igual, eran jóvenes como la aurora, eso era lo único indiscutible. Qué dispar en cualquier caso se le antojaba el joven atlético de la fotografía con el hombre cansado que, ya dentro de sus aposentos y sirviéndose de la luz de luna filtrada a través del ajimez, se observaba en una cornucopia de dorado marco. Qué distinta la lozanía de aquella piel bruñida por el sol con su actual rostro arrugado y cetrino. Qué metamorfosis la sufrida por su salvaje y larga cabellera hasta quedar convertida en los blancos hilachos que cubrían ahora su cráneo. Qué poco que ver la viveza de aquellos ojos que en cada mirada desprendían fuego con la de estos otros, vacíos y apagados, que reflejaba el espejo. Qué diferente su vientre, antaño duro y recio, hoy flácido y seboso. Pero por encima de todo, qué antagonismo entre el indómito espíritu de entonces y la lasitud actual de su ánimo, devastado que parecía haber sido por un temporal demoledor. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;Se apartó del espejo con una sensación de náusea y se asomó a la cama. Ella dormía con placidez. Obviamente, también el tiempo había hecho estragos en su cuerpo, muy alejado del de aquella sirena cuya desnudez retadora inmortalizara la cámara. Esbozó un visaje de contrariedad. Los otrora espléndidos senos habían dejado hace años de ser firmes y se mostraban ahora blandos y caídos, del mismo modo que sus angulosas formas, que parecían repujadas con cincel, se habían ido macerando con el paso de los años hasta configurar perímetros más bien flácidos y deprimidos. También su cabello, como el de él, se había vuelto albo y lacio.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;Hacia la piel de la durmiente acercó sus manos el insomne, apenas un roce para no despertarla, lo suficiente en todo caso para constatar que ya no era la suya aquella piel suave que al tacto semejara terciopelo. Estrías y pliegues habían transfigurado en anfractuosa geografía lo que muchos años antes fuera un valle terso y homogéneo.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;Encaramado sobre la atalaya del recuerdo, reflexionó sobre el tiempo y su relatividad. Dolía saber que todas las cosas acaban marchitándose, que nada es imperecedero, menos aún la juventud, sometida a un desgaste que termina haciendo de ella pura rocalla, rehén de un tiempo que le niega cualquier posibilidad de rescate. "&lt;em&gt;Juventud, divino tesoro,/ ¡ya te vas para no volver!/ cuando quiero llorar, no lloro.../ y a veces lloro sin querer&lt;/em&gt;". Los versos de Darío resonaron en su cabeza como un eco taciturno venido de lejos, de muy lejos, de las fronteras últimas del universo. No, ya nada volvería a ser como antes, ni ella ni él retornarían a aquel esplendor inmortalizado en las fotografías del viejo álbum... Cansado, salió de nuevo del dormitorio para buscar una pastilla de las que habitualmente tomaba para dormir.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;Con la pastilla en una mano y un vaso de agua en la otra regresó poco después a la alcoba. Miró de nuevo a la mujer dormida, pero en esta ocasión ningún rictus extraño se descolgó de su rostro; todo lo contrario, una sonrisa de satisfacción vino a iluminarlo. Por segunda vez se posaron sus manos sobre la piel femenina, en esta ocasión para recorrerla con una breve y suave caricia mientras sentenciaba que el poder de desgaste del tiempo era, pese a todo, limitado, que afortunadamente existían cosas que se escapaban a su férula, como la ternura, como la amistad, como el amor. El tiempo no había de hecho podido con el amor que sentía por ella, tan intenso como cuando años atrás brotara dentro de su pecho con la fuerza de mil tsunamis.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;Ingirió la pastilla y se metió en el tálamo, acurrucándose junto al cuerpo envejecido que tanto adoraba. Y esa noche consiguió dormir de un tirón, feliz tras constatar que el amor había vencido al tiempo.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6471908411725407952-3068834802493841394?l=mariocavara.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mariocavara.blogspot.com/feeds/3068834802493841394/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6471908411725407952&amp;postID=3068834802493841394' title='10 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6471908411725407952/posts/default/3068834802493841394'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6471908411725407952/posts/default/3068834802493841394'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mariocavara.blogspot.com/2012/01/desde-la-atalaya-del-recuerdo.html' title='DESDE LA ATALAYA DEL RECUERDO'/><author><name>Cavaradossi</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14443118431487622201</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_CBxi0fhKeVI/TCKRKeEJe6I/AAAAAAAAAHY/e5I_0pgqlFg/S220/1.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/-ccA6kZPWwWc/TwGqymm8vhI/AAAAAAAAAO0/r6iypUI5yN4/s72-c/untitled.bmp' height='72' width='72'/><thr:total>10</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6471908411725407952.post-1886947324070146558</id><published>2011-12-16T07:32:00.000-08:00</published><updated>2011-12-16T07:34:38.535-08:00</updated><title type='text'>MIENTRAS DUERME</title><content type='html'>&lt;div class="separator" style="border-bottom: medium none; border-left: medium none; border-right: medium none; border-top: medium none; clear: both; text-align: center;"&gt;&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/-o9AiXW1xJds/TutkP8xFRvI/AAAAAAAAAOo/oOmv3rQV1So/s1600/colchon-chica-durmiendo.jpg" imageanchor="1" style="clear: left; cssfloat: left; float: left; height: 175px; margin-bottom: 1em; margin-right: 1em; width: 288px;"&gt;&lt;img border="0" height="114" oda="true" src="http://2.bp.blogspot.com/-o9AiXW1xJds/TutkP8xFRvI/AAAAAAAAAOo/oOmv3rQV1So/s200/colchon-chica-durmiendo.jpg" width="200" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: Arial, Helvetica, sans-serif; font-size: large;"&gt;Ella duerme siempre cerca de la ventana, de manera que cuando germina el nuevo día, la temprana luz de la aurora tiende a filtrarse por la oquedad que forma su brazo curvado por encima del pecho, dando lugar a una estampa empírea, como si quien allí reposara fuese un ángel al que el sol rindiese pleitesía orlándolo con su luz. Confieso que nunca su cuerpo me resulta tan bello como en esos momentos, dibujado por el alba y enmarcado en oro. Se la ve tan liviana, tan sinuosa y volátil, que no pareciera sino que se va a evaporar de un instante a otro y desaparecer para siempre, como un silfo engullido por el propio aire que constituye su hábitat. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;span style="font-family: Arial, Helvetica, sans-serif;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: Arial, Helvetica, sans-serif; font-size: large;"&gt;¡Desaparecer! Confieso que esa posibilidad, aunque sea de este poético modo planteada, me produce auténtico pavor. Pero lo cierto es que cuando la inquietud y la inseguridad se ponen al timón de mi alma, lo que sucede con no poca frecuencia, no puedo evitar preguntarme por cuánto tiempo más su pecho descansará junto al mío durante la noche. Quizá mañana sean otros ojos los que contemplen su cuerpo desnudo bañado por los primeros rayos del alba. Quizá sean otras las manos que rocen su piel para afinar sobre ella las cuerdas del deseo. Quizá un olfato distinto al mío sea el que se embriague con su exquisito aroma. Quizá, en fin, sea otro el lecho que acoja su desnudez hechicera.…&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;span style="font-family: Arial, Helvetica, sans-serif;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: Arial, Helvetica, sans-serif; font-size: large;"&gt;Mejor no pensarlo, no vaya a ser que el pensamiento actúe de catalizador. Me pregunto de todas formas si también a ella le asaltarán similares inquietudes, si despertará cualquier mañana y, mientras me contempla atrapado en las redes del sueño, le dé por examinar con suspicacia el amanecer y preguntarse si algún día yo cubriré con otras sábanas mi piel estremecida, si su luz se apagará para mí mientras la mía es robada para iluminar otro tálamo y otro corazón. ¿Se lo habrá llegado a plantear alguna vez? Supongo que no. Ella es una bruja y las brujas viven y gozan del presente, rara vez especulan con el futuro.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;span style="font-family: Arial, Helvetica, sans-serif;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: Arial, Helvetica, sans-serif; font-size: large;"&gt;Mi niña, criatura pródiga en placeres, ser cimbreante y etéreo, sirena escurridiza que esparce sus ondulantes curvas sobre las aguas de mi deseo, ¿quién de los dos dejará antes de iluminar al otro?... Nadie puede en realidad saberlo. ¡Resulta tan precario el equilibrio sobre el alambre de la vida y, más aún, tan caprichoso el destino cuando marca el sendero que guía al amor y a los amantes! &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;span style="font-family: Arial, Helvetica, sans-serif;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: Arial, Helvetica, sans-serif; font-size: large;"&gt;Mi niña, tan distante y tan próxima a un mismo tiempo. Quisiera ser también yo brujo y limitarme a saborear las mieles del presente, sin preguntas, sin miedos, sin vacilaciones; pero de momento sólo soy un aprendiz y aún no he penetrado del todo en los misterios que permiten volar a lomos de una escoba sin sentir vértigo. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;span style="font-family: Arial, Helvetica, sans-serif;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: Arial, Helvetica, sans-serif; font-size: large;"&gt;¡Ah, pero cuánto me gusta observarla mientras duerme!&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;span style="font-family: Arial, Helvetica, sans-serif;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;span style="font-size: large;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6471908411725407952-1886947324070146558?l=mariocavara.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mariocavara.blogspot.com/feeds/1886947324070146558/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6471908411725407952&amp;postID=1886947324070146558' title='3 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6471908411725407952/posts/default/1886947324070146558'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6471908411725407952/posts/default/1886947324070146558'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mariocavara.blogspot.com/2011/12/mientras-duerme.html' title='MIENTRAS DUERME'/><author><name>Cavaradossi</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14443118431487622201</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_CBxi0fhKeVI/TCKRKeEJe6I/AAAAAAAAAHY/e5I_0pgqlFg/S220/1.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/-o9AiXW1xJds/TutkP8xFRvI/AAAAAAAAAOo/oOmv3rQV1So/s72-c/colchon-chica-durmiendo.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>3</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6471908411725407952.post-5241795859273904907</id><published>2011-12-02T16:39:00.000-08:00</published><updated>2011-12-02T16:52:48.516-08:00</updated><title type='text'>ULTIMOS BESOS JUNTO AL LAGO</title><content type='html'>&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/-UcoE68YoTFw/Ttlx-Yz56_I/AAAAAAAAAOg/wd-baxhtKcg/s1600/mask.jpg"&gt;&lt;img style="MARGIN: 0px 10px 10px 0px; WIDTH: 200px; FLOAT: left; HEIGHT: 120px; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5681697721530575858" border="0" alt="" src="http://2.bp.blogspot.com/-UcoE68YoTFw/Ttlx-Yz56_I/AAAAAAAAAOg/wd-baxhtKcg/s200/mask.jpg" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/-8eKTEc-nqgU/TtlxkuNPDUI/AAAAAAAAAOU/mbgN7mZusTM/s1600/mask.jpg"&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Azul te sentía&lt;br /&gt;Azul como aquel lago frente al que mis labios&lt;br /&gt;tus labios buscaron&lt;br /&gt;por última vez.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Pájaros volando sobre oscuros espejismos.&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;Verde tu mirada&lt;br /&gt;Verde como aquella hierba que de alfombra hiciera&lt;br /&gt;a nuestros cuerpos abrazados.&lt;br /&gt;Caricias y besos, promesas de amor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Espejismos tras los que acechaba el voraz desierto.&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;Verde hierba, azul cielo,&lt;br /&gt;lo único real, sospecho,&lt;br /&gt;de aquella postrera cita,&lt;br /&gt;cuando nos besamos junto al lago azul.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Desierto sobre el que vomitan las quimeras.&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;Último escenario de nuestro romance,&lt;br /&gt;falsos besos, fingidas caricias,&lt;br /&gt;amor espurio,&lt;br /&gt;labios retorcidos en una gran mentira.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Quimeras que de cimiento sirvieron a un verano.&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;Fin de fiesta sin ningún artificio,&lt;br /&gt;sólo el disimulo de una apariencia&lt;br /&gt;incolora,&lt;br /&gt;ni verde... ni tampoco azul.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Verano cuyo ardor se sofocó una tarde junto al lago.&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6471908411725407952-5241795859273904907?l=mariocavara.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mariocavara.blogspot.com/feeds/5241795859273904907/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6471908411725407952&amp;postID=5241795859273904907' title='5 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6471908411725407952/posts/default/5241795859273904907'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6471908411725407952/posts/default/5241795859273904907'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mariocavara.blogspot.com/2011/12/ultimos-besos-junto-al-lago.html' title='ULTIMOS BESOS JUNTO AL LAGO'/><author><name>Cavaradossi</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14443118431487622201</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_CBxi0fhKeVI/TCKRKeEJe6I/AAAAAAAAAHY/e5I_0pgqlFg/S220/1.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/-UcoE68YoTFw/Ttlx-Yz56_I/AAAAAAAAAOg/wd-baxhtKcg/s72-c/mask.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>5</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6471908411725407952.post-422357965104917619</id><published>2011-11-16T14:53:00.000-08:00</published><updated>2011-11-16T15:00:01.079-08:00</updated><title type='text'>LORENA</title><content type='html'>&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/-rfXKlXH9TLo/TsRAYtFmjxI/AAAAAAAAAN8/0UsYXZ2lF70/s1600/589911041_img.jpg"&gt;&lt;img style="MARGIN: 0px 10px 10px 0px; WIDTH: 150px; FLOAT: left; HEIGHT: 200px; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5675732223557799698" border="0" alt="" src="http://3.bp.blogspot.com/-rfXKlXH9TLo/TsRAYtFmjxI/AAAAAAAAAN8/0UsYXZ2lF70/s200/589911041_img.jpg" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Lorena es luz. También es dulzura, sensualidad, simpatía, magia, encanto... ¡Lorena es tantas cosas! Pero para mí es sobre todo luz, la luz con la que desearía fuesen mis pasos en todo momento conducidos, la luz con la que envolverme y fijar al propio tiempo mi horizonte, las coordenadas de un viaje infinito, en espiral, letárgico, como si de un principio y fin convergentes se tratase, el principio y fin de mis anhelos, el foco y a la vez refugio de todos mis sueños. Eso es ella para mí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sí, Lorena es luz, qué duda cabe, brisa de luz, luz glauca y transparente, luz que reflejan sus ojos hechiceros, límpidos como luna de estío, profundos como lagos del jurásico. Recónditos lagos son en efecto sus ojos, verdes aguas que te atrapan con el hipnótico reclamo que del misterio y la belleza hace invencible consorcio; aguas en las que, pese a todo, merece la pena sumergirse, su líquida profundidad constituye no en vano el acceso a un orbe de misterio, enclave de fluorescentes remolinos que te conducen a ese núcleo rutilante de donde, seductora como una ninfa, emerge su mirada verde.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los más bellos sueños se dibujan en la mente al bucear en esos ojos de gata, tan dulces y a la vez tan perspicaces, ojos de azúcar, ojos de zahorí, ojos de luz, los ojos de Lorena. Como bellas, ¡bellas y únicas!, son también las sensaciones que al tacto genera el itinerario marcado por su piel alba, levemente rosada, piel que es asimismo luz, luz cálida y suave, terciopelo en forma de piel, piel que envuelve la más deliciosa anatomía y que en algunos puntos salpicada resulta por diminutas pecas, estrellitas retozando en un firmamento claro, piel que te invita a abrazarla y susurrar sobre sus oídos un conmovedor te quiero que preludio sea de la pasión más vehemente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me encanta la piel de Lorena. Me fascina recorrerla con mis manos, desde la frente a los pies, por entero, sin dejar un sólo intersticio de su adorada geografía sin explorar, como si fuesen mis dedos pinceles y toda ella un lienzo presto a ser llenado de color y formas. Y también y sobre todo de calor. Pocos placeres pueden compararse de hecho al de encender esa piel rosada y a través de ella franquear la puerta que conduce al abismo de la carne, carne que palpita y se estremece ante las caricias de unas manos, las mías, que de ese modo afinan las cuerdas que modelan el violín donde suena el deseo, para finalmente ejecutar juntos la más apasionada melodía, la de los cuerpos que se abrazan hasta conformar uno solo. No hay palabras para describir ese momento, de hecho es música, música que trasciende a lo terreno, música de dioses; nunca me he sentido más radiante que sumergido en esa música, dentro del volcán de sus entrañas, ardiendo en el fuego que bulle dentro de su vientre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lorena es luz, toda ella es luz, una luz que, de subrayar un preciso elemento, diría que adquiere su máximo esplendor cuando sonríe. Lorena sonríe y el cielo queda al instante iluminado. Es la suya una sonrisa peculiar, una sonrisa traviesa, sonrisa de niña mala, de esas que tienden a combinar timidez y picardía en su revoloteo, ingredientes cuyo mayor o menor despunte varía en función del hecho motivador concreto en cada caso, pero que siempre están presentes en su sonrisa. Un relámpago de bienestar acompaña a esa sonrisa suya, sonrisa que vuela, como si de repente a sus labios les hubiesen brotado alas y quisieran elevarla por encima de la gravedad. Contemplar ese vuelo de su boca, esa sonrisa de luz, constituye desde luego una experiencia gozosa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lorena es luz. Diría más, diría que es la luz que delimita el puerto hacia el que querría siempre dirigirme y del que jamás debí salir; a fin de cuentas, cada vez que arribé a dicho puerto encontré la piedra filosofal que buscan los alquimistas desde la noche de los tiempos, aquella que convierte el tedio en alegría, la tristeza en júbilo, el hastío en placer. Luz de Lorena. Luz de vida. Luz transmutada en calor al juntarse nuestras pieles e incrementar su temperatura hasta generar candentes llamas, violento fuego surgido de la invasión de su carne por la mía para fundirme en sus entrañas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No sé por qué me alejé de esa luz que tanto brillo y calor me proporcionaba. Lo pienso y no acierto a hallar una racional explicación que lo justifique. Mas ¿puede acaso lo racional explicar aquello cuyo fundamento se halla integrado en el feudo de las emociones? Confieso que la he amado y la he odiado con toda mi alma, que he contado los días, las horas, los minutos previos a cada encuentro, así como que también ha habido veces en que la he querido ausente de mi vida, lo más lejos posible de mí, por más que no pasara demasiado tiempo hasta que otra vez me sintiese morir por el deseo de tenerla entre mis brazos. Eso es un hecho incuestionable. Como lo es también que me apetece más tenerla conmigo que apartada de mí, que prefiero una caricia de sus manos a un reproche de sus labios, perderme en sus ojos fijos antes que extraviarme en la soledad del orgullo, ahogarme en un beso de su boca antes que asfixiarme en el vacío de su ausencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mi imaginación sigue llevándome en volandas a ese pasado que, aun por breves intervalos, viví junto a ella, exquisitos momentos que me sirven como refugio en mis crisis de melancolía, y así, revivo con delectación sus besos, sus caricias, su olor a azahar, su sabor salado, nuestros instantes de ternura, de placer, de infinita dicha; momentos de sonrisas compartidas, de pieles erizadas, de carne convertida en pura brasa, de total entrega, de completo abandono. ¡Añoro tanto volver a sentirla mía, exclusivamente mía! ¡Sentir su piel caliente apretada contra mi piel, la tersura de sus senos al ser acariciados por mis manos, la humedad de su sexo al recorrerlo con mi lengua! Quisiera sentir de nuevo ese aliento suyo cubriendo mi rostro, y recrearme en su risa de niña ingenua, y oírla suspirar y gemir entre palpitaciones y temblores de placer. Quisiera, en fin, tenerla a mi lado y regalarle otra vez mis caricias, mis palabras, mis besos, para al hacerlo alimentarme de su esencia como un vampiro lo hace de la sangre tibia. Uno no logra alcanzar demasiadas certezas a lo largo de su vida, pero si una de ellas tengo clara es que durante los contados momentos que pasé al lado de Lorena me sentí el hombre más feliz y más poderoso del mundo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Soy consciente de que quizá a veces no tuve con ella toda la paciencia necesaria, que no siempre supe comprender como debía el complejo universo conformado por sus miedos, por sus incertidumbres, por sus dudas y recelos, y que me costaba asimilar ese deseo suyo de armonía y paz que por momentos se superponía al mío, más primitivo, de lava y fuego; pero sé que ella conoce mis defectos y los acepta tal cuales son, que conoce de mi soberbia, de mi impaciencia, de esa imperiosa necesidad de vida que a menudo se hace tan buida que me hiere el alma con su oxidado filo. Sí, ella lo sabe. Ella lo sabe todo. A fin de cuentas, Lorena es una bruja.... Era mi bruja.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6471908411725407952-422357965104917619?l=mariocavara.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mariocavara.blogspot.com/feeds/422357965104917619/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6471908411725407952&amp;postID=422357965104917619' title='6 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6471908411725407952/posts/default/422357965104917619'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6471908411725407952/posts/default/422357965104917619'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mariocavara.blogspot.com/2011/11/lorena.html' title='LORENA'/><author><name>Cavaradossi</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14443118431487622201</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_CBxi0fhKeVI/TCKRKeEJe6I/AAAAAAAAAHY/e5I_0pgqlFg/S220/1.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/-rfXKlXH9TLo/TsRAYtFmjxI/AAAAAAAAAN8/0UsYXZ2lF70/s72-c/589911041_img.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>6</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6471908411725407952.post-2435440968244577420</id><published>2011-11-08T05:58:00.001-08:00</published><updated>2011-11-08T06:06:33.530-08:00</updated><title type='text'>ANIVERSARIO</title><content type='html'>&lt;a href="http://4.bp.blogspot.com/-OPioeoApvCY/Trk146xF2KI/AAAAAAAAANg/97i4Fn2J6Jw/s1600/aniv.jpg"&gt;&lt;img style="MARGIN: 0px 10px 10px 0px; WIDTH: 186px; FLOAT: left; HEIGHT: 200px; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5672624457613957282" border="0" alt="" src="http://4.bp.blogspot.com/-OPioeoApvCY/Trk146xF2KI/AAAAAAAAANg/97i4Fn2J6Jw/s200/aniv.jpg" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Sonó el despertador y, como de costumbre, Ángela hubo de realizar un esfuerzo titánico para levantarse de la cama. Tenía tanto sueño que apenas si podía entreabrir los ojos, como si un potente adhesivo los mantuviera pegados. Hacía tiempo que no dormía bien, hasta el punto de poder en cierto modo considerarse una insomne crónica: por las noches le costaba horrores conciliar el sueño y, claro, cada mañana amanecía con éste incrustado en el alma. Fue dando tumbos hasta el cuarto de baño y casi a tientas abrió el grifo de la ducha, sólo tras la cual consiguió que definitivamente se derritiera el plomo que tiraba de sus párpados hacia abajo. Era miércoles. Mitad ya de semana. No sin cierta sensación de desidia, pensó que le aguardaba la acostumbrada rutina de todos los días laborables, una nueva jornada anodina y gris donde las horas transcurrirían con pesada lentitud en el marco de un trabajo asimismo huero de alentadores matices.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La repetida secuencia de cada mañana la alteró en esta ocasión el sonido del teléfono, cuyo cacofónico timbre vino a interrumpirla cuando se disponía a elegir la ropa que luciría esa mañana en la oficina. “Vaya, quién será tan temprano”, se preguntó sorprendida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Era Luis. Teniendo en cuenta que no había vuelto a tener noticias suyas desde hacía meses, no era de extrañar que una oleada de estupor bañase el rostro de Ángela tras oír su voz surgiendo del auricular. Tampoco, por otra parte, le interesaba lo más mínimo cuál pudiera ser su suerte. Bastante había ya sufrido por su causa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—&lt;em&gt;¿Qué quieres?&lt;/em&gt; —le preguntó con tono desabrido&lt;br /&gt;—&lt;em&gt;Hola Ángela, ¿qué tal estás?&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;—&lt;em&gt;Muy bien. Y con mucha prisa, por cierto&lt;/em&gt;.&lt;br /&gt;—&lt;em&gt;¿No sabes qué día es hoy?&lt;/em&gt; —preguntó Luis, con un añadido de melosidad en el timbre de su voz.&lt;br /&gt;—&lt;em&gt;Pues miércoles&lt;/em&gt; —contestó Elena con creciente enojo—…, &lt;em&gt;y, como ya te he dicho, se me hace tarde y tengo muchísima prisa. Así que si querías decirme algo, dímelo ya, que no tengo tiempo que perder.&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;—&lt;em&gt;Chica, no tienes por qué ponerte tan borde… Sólo llamaba para decirte que hoy es nuestro aniversario de boda&lt;/em&gt;.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Durante un instante el rostro de Ángela apareció demudado por una mueca corrosiva que ingratos recuerdos provocaron al despegar de súbito dentro del aeropuerto donde permanecían confinados. Era cierto. ¡Su aniversario de boda! En los últimos meses había procurado borrar de su cerebro esa fecha del calendario, pero ahí estaba, dolorosa y nefasta como una espina clavada en la carne viva. Se preguntó por qué él le habría llamado para recordársela.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—&lt;em&gt;Tú y yo no estamos ya casados, así que no es el aniversario de nada. Y me puedo poner todo lo borde que me salga de las narices&lt;/em&gt;.&lt;br /&gt;—&lt;em&gt;Qué lástima lo del año pasado&lt;/em&gt; —sonó de nuevo la voz masculina tras un breve intervalo de silencio—. &lt;em&gt;Sé que la cagué, pero…&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;—&lt;em&gt;Pero ¿qué? Sí, la cagaste bien cagada&lt;/em&gt;.&lt;br /&gt;—&lt;em&gt;¡Con la ilusión con la que tú habías organizado aquella fiesta! ¡Qué imbécil fui!&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como lluvia de relámpagos, por la mente de Ángela cruzaron los episodios que justo hacía un año vinieron a concatenarse para de una forma brutal terminar marcando su existencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—&lt;em&gt;¿Por qué llamas para recordarme eso? Una de dos, o eres un capullo o un cabrón… Bueno, eres las dos cosas.&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;—&lt;em&gt;La verdad es que sólo quería decirte que te sigo echando de menos... Si te soy sincero, no ha habido un solo día durante todo este año que llevamos separados en que no haya pensado en ti.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;Ángela sintió una repentina punzada en el pecho, como un resabio de lo que en su momento fuese un sentimiento profundo; pero rápidamente se repuso para que de nuevo el desprecio ocupara el lugar preponderante en lo que a las emociones respecto a su telefónico interlocutor concernía. No creía desde luego en sus palabras, falsas como los espejismos y venenosas como crótalos.&lt;br /&gt;De un salto, su cerebro se trasladó trescientos sesenta y cinco días atrás, a la mañana en que con su amiga Esther ultimaba los preparativos de la fiesta de aniversario que tenía pensado dar esa misma noche y a la que serían invitados los amigos más íntimos de la pareja. Diez años de matrimonio merecían una celebración especial. Recordó las palabras de Esther advirtiéndole, no sin cierta sorna, que aún debía dar su beneplácito el otro protagonista de tales fastos.&lt;br /&gt;—…&lt;em&gt;Porque todavía no te ha confirmado si vendrá, ¿verdad monina?&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;—&lt;em&gt;¡Pero cómo no va a venir!... Es posible que llegue un poco tarde, pero claro que vendrá. Ya sabes que estos días anda muy liado con su trabajo&lt;/em&gt;.&lt;br /&gt;—&lt;em&gt;Sí, claro&lt;/em&gt; —asintió con un deje de ironía Esther en aquella ocasión—. &lt;em&gt;Ya me sé yo de sus líos&lt;/em&gt;.&lt;br /&gt;—&lt;em&gt;Anda, no seas tan mal pensada… Vale, que él es un poco dejado para estas cosas, pero estoy segura de que esta fiesta le hace tanta ilusión como a mí. ¡Es nuestro décimo aniversario!&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;—&lt;em&gt;Pues sí, lo es, y yo sigo preguntándome cómo has podido aguantar diez años al lado de un crápula como Luis&lt;/em&gt;.&lt;br /&gt;—&lt;em&gt;Que no es tan malo, mujer. Además, le quiero mucho&lt;/em&gt;.&lt;br /&gt;—&lt;em&gt;Y de eso se aprovecha precisamente él&lt;/em&gt;.&lt;br /&gt;—&lt;em&gt;Para ti es que todos los hombres son malos… Por eso no estás con nadie&lt;/em&gt;.&lt;br /&gt;—&lt;em&gt;Y no sabes cuánto me alegro de ello: mejor sola que mal acompañada.. ¿Por qué no le llamas a ver qué te dice?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;Y Ángela lo llamó, topándose al otro lado de la línea con una voz que no tardó en dejar patente su fastidio:&lt;br /&gt;—&lt;em&gt;Mira que estás pesadita con la dichosa fiesta. Me pasaré por casa lo antes que pueda, pero no te prometo nada.&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;—&lt;em&gt;No hace falta que te pongas tan antipático, chico. Pensé que esto te hacía ilusión&lt;/em&gt;.&lt;br /&gt;—&lt;em&gt;Y claro que me hace, Ángela, pero es que llevas toda la semana dándome la vara con el mismo tema&lt;/em&gt;.&lt;br /&gt;—&lt;em&gt;Bueno, yo sólo quería saber a qué hora te presentarás. No me gustaría que llegasen todos los invitados antes que el anfitrión&lt;/em&gt;.&lt;br /&gt;—&lt;em&gt;Acabo de decirte que llegaré lo antes posible, cuando termine de hacer todo lo que tengo que hacer. No me atosigues más…. Te recuerdo que ya te hablé de lo ocupado que andaría estos días, pero tú te empeñaste pese a todo en dar esta fiesta, así que no me vengas ahora con imperativos. Llegaré cuando pueda. Además, sigo pensando que un aniversario es algo íntimo que sólo incumbe a los dos interesados, esto es, a ti y a mí. No entiendo qué pintan todos los demás en esta historia. Lo suyo hubiera sido que esta noche nos encontrásemos tú y yo a solas, como Dios manda, y hecho la fiesta por nuestra cuenta. Ya me entiendes… Pero en fin… Oye, cielo, que te tengo que dejar, que me están esperando para una reunión importante&lt;/em&gt;.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y Luis colgó, sin permitir opción alguna de réplica a su interlocutora, que se quedó con la palabra en la boca.&lt;br /&gt;—&lt;em&gt;¿Y bien?&lt;/em&gt; —la voz de Esther sonó con bastante retintín.&lt;br /&gt;—&lt;em&gt;¿Y bien?&lt;/em&gt; —la imitó Ángela en un tono burlón que escondía pese a todo una buena dosis de amargura— &lt;em&gt;Pues eso, que vendrá cuando pueda&lt;/em&gt;.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero Luis no se presentó. Llegaron los invitados y todos juntos festejaron un aniversario de boda en el que, paradójicamente, faltó uno de los dos consortes, a quien fue además imposible localizar, toda vez que durante toda la noche mantuvo el móvil desconectado. Ángela le disculpó cuanto pudo, llegando incluso a mentir sobre un imprevisto de última hora que le había surgido y al cual no había sido capaz de sustraerse. Disimuló de este modo la frustración y la rabia que sentía, en un intento por no amargar la fiesta a sus amigos, quienes a fin de cuenta ninguna culpa tenían y habían sido por ella invitados; pero cuando estos finalmente se retiraron, no pudo seguir conteniendo su reconcomio y rompió a llorar. Sólo quedaba allí Esther para consolarla.&lt;br /&gt;—&lt;em&gt;Nada de lágrimas, ese cabrón de tu marido no las merece… Venga, anímate, que vamos a salir tú y yo ahora a tomar algo por ahí&lt;/em&gt;.&lt;br /&gt;—&lt;em&gt;Déjalo Esther, no tengo ganas de nada. Me meteré en la cama y punto&lt;/em&gt;.&lt;br /&gt;—&lt;em&gt;Ni lo sueñes. No te voy a dejar sola en estos momentos. Lo dicho, nos vamos de juerga, que la noche es todavía joven, joven como nosotras&lt;/em&gt;.&lt;br /&gt;—&lt;em&gt;Pero si sólo tengo ganas de morirme. Además, ¿dónde vamos a ir a estas horas, si son ya más de las dos de la madrugada?&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;—&lt;em&gt;¿Y qué? Ahora es cuando empieza el verdadero ambiente. Nos metemos en un after hour de esos y nos emborrachamos como dos locas&lt;/em&gt;.&lt;br /&gt;Casi arrastras, Esther la sacó de casa. Luego de deambular un rato por las calles del centro, confortadas por el aire fresco que presidía la noche, entraron en el primer garito que encontraron abierto. Era un local grande cuyo interior lucía una curiosa decoración con motivos marineros, incluido un inmenso timón de madera que ocupaba una de las paredes. Pese a su amplitud, a esas horas se hallaba poco concurrido, algunos grupos dispersos aquí y allá que debatían entre risas y dos o tres parejas que daban rienda suelta a sus fogosos instintos sobre sillones de felpa. La atmósfera era cálida y sonaba una música tranquila, poco estridente, lo que permitía hablar sin elevar demasiado el tono de voz.&lt;br /&gt;Esther pidió un gin tonic. A Ángela no le apetecía beber nada, pero pidió una cerveza para acompañar a su amiga. Se disponía precisamente a dar el primer trago de su consumición cuando el mundo se detuvo en seco para ella. Al principio miraba sin comprender, incapaz su intelecto de asimilar y aceptar la información que tan ferozmente le era suministrada. Los ojos se le abrieron tanto que daba la impresión de que presionaban desde dentro para, transmutados en proyectiles, proyectarse más allá de sus órbitas. Luego comenzó de nuevo el mundo a moverse, aunque en lo que a ella respectaba sólo para aplastarla con todo el peso de una realidad devastadora. Allí estaba Luis, acomodado sobre un diván junto a una morena de generoso escote sobre cuyo culo frotaba una de sus manos mientras con la boca la devoraba en un beso de vértigo. El vaso que sostenía Ángela se precipitó desde su temblorosa mano para hacerse añicos contra el suelo. Fue entonces cuando todos los ojos se volvieron hacia ella, incluidos los del adúltero, cuyo rostro livideció por la sorpresa.&lt;br /&gt;A partir de ese momento todo resultó ya muy confuso y los recuerdos de Ángela se pierden entre una espesa bruma de la que, más que imágenes, sobresalen insultos, gritos e imprecaciones. Lo cierto fue que al día siguiente Luis se marchó de casa y que un mes más tarde firmaban ambos la demanda de divorcio de mutuo acuerdo. Desde entonces ninguna noticia…, ninguna hasta justo ahora en que de improviso él la telefoneaba para recordarle el aniversario de algo que precisamente un año atrás había muerto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—&lt;em&gt;¿Sigues ahí, Ángela?&lt;/em&gt; —la voz de Luis al otro lado de la línea la trajo de vuelta al presente.&lt;br /&gt;—&lt;em&gt;Sí, aquí sigo&lt;/em&gt;.&lt;br /&gt;—&lt;em&gt;Ya sé que te hice mucho daño, pero… Bueno, quiero decir que ya ha pasado un año entero y que el tiempo suele curar algunas heridas…. No sé, ¿habría alguna posibilidad de vernos?&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;Un silencio embarazoso siguió a esta declaración de intenciones, apenas unos segundos durante los que el dolor viajó a lomos de una invisible saeta para de parte a parte atravesar el pecho de Ángela.&lt;br /&gt;—&lt;em&gt;Mi herida sigue muy abierta, por lo que me temo que no sería buena idea que nos viésemos. No por ahora&lt;/em&gt;.&lt;br /&gt;—&lt;em&gt;Entiendo… En fin, tenía que intentarlo. Como dije, te echo de menos, Ángela&lt;/em&gt;.&lt;br /&gt;Un nuevo silencio, acerbo y punzante como el anterior.&lt;br /&gt;—&lt;em&gt;Yo a ti en cambio no, Luis&lt;/em&gt;.&lt;br /&gt;Y con un enérgico impulso colgó Ángela el teléfono, para acto seguido romper desconsoladamente a llorar. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6471908411725407952-2435440968244577420?l=mariocavara.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mariocavara.blogspot.com/feeds/2435440968244577420/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6471908411725407952&amp;postID=2435440968244577420' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6471908411725407952/posts/default/2435440968244577420'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6471908411725407952/posts/default/2435440968244577420'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mariocavara.blogspot.com/2011/11/aniversario.html' title='ANIVERSARIO'/><author><name>Cavaradossi</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14443118431487622201</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_CBxi0fhKeVI/TCKRKeEJe6I/AAAAAAAAAHY/e5I_0pgqlFg/S220/1.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/-OPioeoApvCY/Trk146xF2KI/AAAAAAAAANg/97i4Fn2J6Jw/s72-c/aniv.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6471908411725407952.post-257820123817467321</id><published>2011-10-03T14:27:00.000-07:00</published><updated>2011-10-03T14:31:19.668-07:00</updated><title type='text'>EL ACCIDENTE</title><content type='html'>&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/-9kU6fTIxOt8/TooplJzAD3I/AAAAAAAAANM/no7gPmL05-M/s1600/12129.jpg"&gt;&lt;img style="MARGIN: 0px 10px 10px 0px; WIDTH: 184px; FLOAT: left; HEIGHT: 200px; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5659381600006180722" border="0" alt="" src="http://1.bp.blogspot.com/-9kU6fTIxOt8/TooplJzAD3I/AAAAAAAAANM/no7gPmL05-M/s200/12129.jpg" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;No había una razón concreta que explicase por qué Jorge, desde hacía más de un mes, acudía todas las mañanas, sin excepción alguna, a aquella distante playa, sobre cuya arena, cálida y húmeda, se afanaba en interminables paseos que carecían de un principio y un fin determinados. A él mismo se le escapaban los argumentos, la justificación que de algún modo revistiese de lógica tan extraña rutina, más allá de la proveniente de ese recóndito universo que son las sensaciones, las únicas al fin y al cabo capaces de dar respuesta a todas las incógnitas habidas y por haber en el alma humana, sensaciones que en el caso de Jorge se traducían en alivio y relajación, en esa especie de balsámico consuelo que percibía durante aquel caminar pausado en paralelo a la costa, única forma que hallaba para, al menos en parte, calmar su profunda aflicción y de algún modo acallar las querellantes voces de su conciencia atormentada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aun con algún que otro matiz específico, el recorrido venía a ser siempre el mismo, como idéntico era asimismo el escenario y, por ignotos caprichos del destino, invariables también los rostros que encontraba cada día en su regular trayecto. Allí estaba siempre la niña con coletas que, cerca de la orilla, se enfrascaba con sus cubos y herramientas de plástico en construir un castillo de arena que, de modo ineluctable, terminaba siendo destrozado por una ola sediciosa justo cuando él pasaba por allí. Se cruzaba igualmente con la pareja de jóvenes que sobre las aguas jugaban a pasarse el uno al otro una pelota hinchable de color morado, y con el anciano cuyos ojos acuosos hundidos en el fondo de sus cuencas miraban con fijeza al horizonte, y con el pescador que repasaba las jarcias de su pequeño barco antes de lanzarse a la faena. Allí estaban todos cada mañana, como personajes fijos de una pintura al óleo, una pintura en cuyo fondo destacaba el mar, inmutable asimismo, calmo y sosegado, azul como las lágrimas de los ángeles, y al pie la arena blanca, suave como el terciopelo, que hollaban sus pies cansados.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No variaban tampoco sus obsesivos pensamientos; el incesante caminar conseguía en parte narcotizarlos, pero aun así continuaban siendo punzantes y dolorosos, extremadamente dolorosos. Por mucho que quisiera, le era imposible dejar de pensar una y otra vez en lo mismo, como si su cerebro estuviese atrapado dentro de una angustiosa espiral infinita, dejar de pensar, en suma, en el fatal accidente de tráfico que había sufrido, aquel en que el vehículo que conducía chocara de forma brutal contra otro que circulaba de frente suyo. El instante concreto en que tuvo lugar la colisión no deja de reproducirse dentro de su cabeza, como un fogonazo feroz que, inagotable, restallara de forma continua para con su lacerante destello herirle las sienes y desde allí extenderse a todas y cada uno de las células de su cuerpo. Era del todo incapaz de extraer de su cerebro esas imágenes, grabadas que allí quedaron a fuego.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como tampoco podía dejar de pensar en la muchacha que conducía el otro coche, quien resultó muerta en el acto. Esa muerte conformaba sin lugar a dudas la principal fuente de su dolor, de la que manaban las aguas que nutrían los espantosos remordimientos que no le dejaban vivir. Era horrible pensar que por su culpa había sido segada de cuajo una vida humana, una vida además tan joven, en la que apenas habrían florecido veinticinco o, a lo sumo, treinta primaveras. El sonido de las olas al sucumbir contra la orilla y besar sus pies reducía su angustia, pero ni mucho menos la eliminaba, no en vano esa angustia formaba ya parte integrante de su sangre, en su escarlata solución flotaba y por ella discurría hasta llegar a los pulmones, anegándolos de su viscosa esencia para impedirle respirar con normalidad, y también al corazón, cuyos latidos quedaban ralentizados por la infinita pena de que era portadora.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No conocía a la chica, nunca antes la había visto, pero bastaron los dos escasos segundos que contempló su rostro al otro lado del parabrisas, esos dos segundos previos al cruel impacto, para que, como si de una instantánea fotográfica se tratase, quedara para siempre estampado en el álbum que contenía las imágenes más trascendentes de su vida. Ahora veía ese rostro en todas partes. Lo veía superpuesto sobre la niña del malogrado castillo de arena; lo veía sobre la faz ajada del anciano contemplativo; lo veía en el pescador afanoso; lo veía en cada una de las personas con las que iba cruzándose en su paseo a lo largo de la playa. Y lo veía también en la mar, columpiado por las olas que festoneaban el agua, y en el cielo, a cuyo azul daba el toque verde de sus ojos y revestía con el perfil ovalado que modelaba sus finos rasgos. Ese rostro femenino lo ocupaba todo, se había convertido en el centro del Universo y sobre él convergía, mágicamente adaptado a su delicada estructura, el circundante entorno.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El paisaje era así en cierto modo ella, y ella, transmutada de esta forma en paisaje, constituía por tanto el paliativo que sedaba sus congojas. Paradójicamente, la inmolada víctima, a través de ese asombroso panteísmo en que venía a desplegarse, era en última instancia la encargada de atenuar la picazón de sus remordimientos, por más que estos siguiesen allí, incrustados en lo más hondo de su espíritu, recordándole a cada instante las premisas de lo que había sido una imperdonable negligencia. ¡Si hubiese estado más descansado! ¡Si no hubiese cogido el coche en una noche tan lluviosa como aquella! ¡Si hubiese conducido más despacio! ¡Si...! Condicionales que suponían cada uno de ellos un dardo cuya punta venenosa se hincaba con sevicia en su desolada conciencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin embargo, aparte de ese reconcomio, otro sentimiento despuntaba dentro de su pecho, un sentimiento de distinta índole, pero tan poderoso como el otro, más aún si cabe. Pero ¿cómo? Ni él mismo acertaba a definirlo, pero permanecía ahí, gritando desde dentro para ser oído, golpeando con fuerza sobre las paredes de la placenta donde estaba siendo gestado. La fecundación había tenido lugar a partir de ese mismo rostro que en el instante previo al accidente le fuera revelado, un rostro cuyos rasgos representaban a su juicio la suma perfección, la belleza hecha carne, una belleza que para él quedó condensada en los increíbles ojos verdes que tras el cristal del automóvil se desplegaron para refulgir como esmeraldas durante aquellos dos fatídicos segundos, luego de los cuales su brillo quedaría ya apagado para siempre. Dos segundos. Dos segundos bastaron para fertilizar esa nueva emoción que, semanas después, habría de bullir con fuerza dentro de sus venas y agitar hasta la última fibra de su sistema nervioso. Hijo de este singular arrobamiento, el recién nacido, aun no bautizado todavía, no era otro que el mismísimo amor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Podía no obstante ser posible? ¿Podía en verdad amar a alguien a quien no llegó nunca a conocer, a alguien con quien su único contacto, fugaz y demoledor, había desembocado en el más dramático de los desenlaces? Estaba loco sin duda. El accidente se había cobrado la vida de ella y condonado la suya, sí, pero lejos de dejarle tan ileso como creyera, había de alguna forma dañado su cerebro; sólo así podía explicarse un brote de amor tan aberrante. Ahora bien, ¿qué importaba que fuese una locura? Él la amaba. Alterada o no por la demencia, esa era la realidad. ¿O acaso pretendía engañarse a sí mismo con inútiles sofismas? No. La amaba. ¡No podía negarlo! Lo jodido era que ese amor, complaciente en su natural esencia, contenía al propio tiempo la fuente de su desdicha, cual era amar a una persona que no podría jamás corresponderle, a una persona a la que jamás volvería de hecho a ver, a una persona, en suma, a la que su propia negligencia había inmolado. ¿Podía existir tragedia mayor que la suya? ¡Ella estaba muerta, muerta por culpa suya, de su irremisible imprudencia!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con la regularidad de un reloj, prosiguió el verano su incesante marcha a través del calendario. Jorge no faltaba ni un solo día a su cita con el mar, a su cita con ella. Cada jornada era un calco de la anterior y un anticipo exacto de la siguiente, sin que ningún acontecimiento inesperado alterase esta asentada rutina, salvo si acaso que cada día notaba cómo su amor se hacía más y más intenso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una mañana, sin embargo, durante el transcurso de su paseo, justo cuando acababa de dejar a sus espaldas a los jóvenes que jugaban con la pelota hinchable, Jorge percibió de repente un picor extraño recorriendo sus piernas, como si desde los tobillos ascendiese por ellas toda una legión de hormigas soliviantadas, seguido a los pocos segundos de un frío intenso, glacial, que le hizo estremecerse de arriba abajo. Se detuvo sobrecogido y comenzó a especular sobre qué anomalía podía estar sucediéndole. No tuvo tiempo, sin embargo, para demasiadas conjeturas, pues rápidamente notó que se mareaba y que apenas podía mantener el equilibrio. A modo de girándula enloquecida, la cabeza comenzó a darle vueltas y más vueltas, como si estuviera en una frenética montaña rusa que la hiciera rotar a velocidad vertiginosa, si bien, para ser precisos, no era aquélla la que en realidad giraba, sino el paisaje externo, que parecía de súbito haberse animado y se movía en círculos concéntricos alrededor de su persona, círculos que a medida que se iban estrechando se desvanecían ante sus ojos, como si el panorama que contenían formase parte de un cuadro que de repente se destiñera. Aquello era totalmente surrealista, formas que se evaporaban en la nada, engullidas por una especie de vacío oscuro e infinito, un cósmico agujero negro que todo lo iba tragando, y a él con todo, pues como no podía ser de otro modo, en este torbellino de inverosímiles revoluciones Jorge terminó por desfallecer y perdió el conocimiento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando despertó todo había cambiado. Ya no estaba en la playa, sino en medio de un paraje completamente ignoto, un lugar indefinido donde no existía estela alguna que de orientación pudiera servirle, toda vez que una espesa niebla lo cubría todo, impidiendo apreciar las formas circundantes, si es que las había. No tenía ni idea de donde se hallaba, si bien, pese a lo misterioso del lugar, se sentía muy sereno y relajado, como si el peso de su cuerpo hubiera desaparecido y se desplazara ingrávido sobre una acogedora superficie volátil. De hecho, el suelo no parecía ser sólido, sino un lecho vaporoso donde más que sostenerse, se flotara. La única referencia era una luz difusa que titilaba en la lejanía, más allá de la capa de niebla. Hacia ella se encaminó, consciente de que no tenía otro sitio donde ir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Conforme se acercaba, la luz se iba ensanchando y ganando en intensidad. También en magnetismo, como atestiguaba el hecho de que Jorge sintiese un deseo cada vez mayor de alcanzarla, un deseo que se convirtió en verdadero anhelo cuando la luz empezó a reflejar el rostro de la mujer que desde hacía semanas ocupara la mayor parte de sus pensamientos, el rostro de la mujer que amaba. Ese rostro animó sus piernas, haciendo que el fluir de sus pasos se transformase en enardecida carrera. Jorge corrió como nunca antes había corrido, ansioso de llegar lo más rápido posible a la luz, si bien, dada la sutil contextura de aquella superficie gaseosa, la sensación, más que de correr, era de volar. ¡Jorge volaba! Aquello era realmente increíble, tan increíble que no admitía otra explicación que no fuese la de un sueño. Sí, tenía que estar forzosamente soñando, no podía ser de otro modo, pero aún así era maravilloso, nunca se había sentido tan bien como en esos momentos en que, etéreo como las propias nubes, planeaba hacia aquella luz donde lo aguardaba la mujer de sus sueños. Poco importaba si estaba o no durmiendo; en esos momentos aquella luz era la única realidad que a sus sentidos se ofrecía, lo único que verdaderamente merecía la pena.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al día siguiente se celebró un sepelio en el cementerio de la ciudad. Enterraban a un pobre muchacho que había estado varias semanas en coma luego de sufrir un terrible accidente de tráfico. Perdida toda esperanza, sus familiares habían finalmente accedido a la desconexión de los tubos que durante dicho lapso lo mantuvieron con vida de una manera artificial. Alargar la agonía por más tiempo habría sido tan cruel como inútil. Al propio tiempo que sobre el ataúd, ya introducido en su morada arcillosa, iban cayendo las paladas de tierra, caían asimismo las lágrimas que sin cesar derramaban padres, hermanos y demás familiares del joven difunto; lágrimas cargadas de infinito dolor, de desgarrada pena. Todo eran sollozos y lamentos, voces rotas que clamaban en porqués cuyas respuestas nunca les serían ofrecidas.... Aunque alejada algunos metros, una joven con muletas asistía también al funeral, una joven por cuyas mejillas resbalaban asimismo lágrimas ácidas. No conocía al joven muerto. En realidad, sus miradas se habían cruzado tan solo durante un brevísimo par de segundos, los que mediaron antes de la frontal colisión que tuvo lugar entre sus respectivos automóviles. Ella se recupera aún de sus heridas. Del occiso poco sabe, tan solo que luego del accidente quedó largo tiempo en coma y que la víspera había al fin fallecido. Sabe también que se llamaba Jorge. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6471908411725407952-257820123817467321?l=mariocavara.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mariocavara.blogspot.com/feeds/257820123817467321/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6471908411725407952&amp;postID=257820123817467321' title='6 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6471908411725407952/posts/default/257820123817467321'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6471908411725407952/posts/default/257820123817467321'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mariocavara.blogspot.com/2011/10/el-accidente.html' title='EL ACCIDENTE'/><author><name>Cavaradossi</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14443118431487622201</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_CBxi0fhKeVI/TCKRKeEJe6I/AAAAAAAAAHY/e5I_0pgqlFg/S220/1.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/-9kU6fTIxOt8/TooplJzAD3I/AAAAAAAAANM/no7gPmL05-M/s72-c/12129.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>6</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6471908411725407952.post-1814658884138395543</id><published>2011-09-22T09:06:00.000-07:00</published><updated>2011-09-22T14:43:21.165-07:00</updated><title type='text'>Y TRISTEZA</title><content type='html'>Voces empolvadas que nada tienen que decir,&lt;br /&gt;promesas que mueren al alba luego de noches embaidoras,&lt;br /&gt;traslúcidos ojos infectados de oscuridad,&lt;br /&gt;mentiras que florecen en sábanas blancas,&lt;br /&gt;plumas desvalidas, hueras de cualquier inspiración,&lt;br /&gt;paredes desnudas,&lt;br /&gt;almas abatidas,&lt;br /&gt;buzones vacíos, ambiciones rotas,&lt;br /&gt;paraísos devastados por implacables huracanes,&lt;br /&gt;desolación,&lt;br /&gt;cristales que devuelven apócrifos reflejos,&lt;br /&gt;humo que se desvanece entre sueños prohibidos,&lt;br /&gt;sombras en la noche,&lt;br /&gt;frío,&lt;br /&gt;mucho frío,&lt;br /&gt;y tristeza.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6471908411725407952-1814658884138395543?l=mariocavara.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mariocavara.blogspot.com/feeds/1814658884138395543/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6471908411725407952&amp;postID=1814658884138395543' title='10 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6471908411725407952/posts/default/1814658884138395543'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6471908411725407952/posts/default/1814658884138395543'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mariocavara.blogspot.com/2011/09/y-tristeza.html' title='Y TRISTEZA'/><author><name>Cavaradossi</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14443118431487622201</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_CBxi0fhKeVI/TCKRKeEJe6I/AAAAAAAAAHY/e5I_0pgqlFg/S220/1.JPG'/></author><thr:total>10</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6471908411725407952.post-2091727069002364538</id><published>2011-09-08T10:56:00.000-07:00</published><updated>2011-09-08T10:58:49.787-07:00</updated><title type='text'>RECUERDOS DE UN VERANO</title><content type='html'>&lt;a href="http://4.bp.blogspot.com/-C_cVEeQyFEc/TmkCMohKLwI/AAAAAAAAAM8/NG24NO0o74g/s1600/20100912181642-amor-adolescente.jpg"&gt;&lt;img style="MARGIN: 0px 10px 10px 0px; WIDTH: 177px; FLOAT: left; HEIGHT: 200px; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5650049623571181314" border="0" alt="" src="http://4.bp.blogspot.com/-C_cVEeQyFEc/TmkCMohKLwI/AAAAAAAAAM8/NG24NO0o74g/s200/20100912181642-amor-adolescente.jpg" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Se decía que aquel verano iban por fin a arreglar el asfalto de la carretera, deformado que estaba por todo género de baches y grietas. El ayuntamiento así lo tenía al menos previsto en la correspondiente partida presupuestaria, aprobada al amparo de una subvención que meses antes les había sido concedida por Fomento. Sin embargo, el recibo de esta última se demoró a la postre, lo que obligó a su vez a postergar las obras, ya que sin aquélla no había forma material de ajustar el presupuesto local. A nosotros, la verdad sea dicha, aquel asunto ni nos iba ni nos venía, monopolizada que estaba la totalidad de nuestro pensamiento por la idea de divertirnos al máximo, luego de haber concluido un nuevo año escolar. Éramos unos adolescentes y, como tales, lo que queríamos era comernos la vida a bocados, sin más responsabilidades ni compromisos que los que marcaban nuestras hormonas alborotadas. Nos encantaba juntarnos toda la pandilla y salir a herborizar por los campos, atiborrarnos de almendras o de moras, bañarnos en el río, hacer largas rutas en bicicleta…, y sobre todo acudir a las fiestas de los diferentes pueblos de la comarca, que una tras otra iban sucediéndose a lo largo de todo el verano, para participar en las yincanas, las merendolas, los correcalles y demás actividades lúdicas propias de tales eventos. En fin, lo propio de unos muchachos cuya adolescencia empezaba a alborear.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Javi era el mayor de la pandilla. Ya había cumplido dieciséis años y era grande y fuerte como un roble. Los demás no le llegábamos la mayoría a la altura de la barbilla, lo cual, no obstante, era lógico, teniendo en cuenta que los había incluso que, como yo mismo, aún no habíamos en realidad abandonado la puericia. Yo de hecho era uno de los más pequeños, con tan solo trece primaveras a mis espaldas y un físico, para qué negarlo, más bien enteco. Lo cierto era que la mayor edad y corpulencia física de Javier lo dotaba de una especial aureola que hacía que todos los demás aceptáramos de un modo tácito su condición de líder, por más que entre nosotros no existiese en realidad ningún tipo de jerarquía. El suyo era por así decirlo un liderazgo natural que, de idéntica forma franca, los demás asumíamos, pero sin compromisos ni obligaciones de ningún género, más allá de los derivados de la amistad que a todos nos ligaba. Él era además muy noblote y de natural bondadoso, de modo que aquella primacía de que gozaba no le ensoberbecía para nada, sino que, por el contrario, siempre se mostraba cercano y cordial con todo el mundo. Venía a ser en ese sentido una especie de hermano mayor al que admirábamos y por el que nos gustaba dejarnos guiar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aunque predominaba el género masculino entre nuestras filas, también había varias chicas integrándolas, algunas de manera permanente y otras cuya presencia en la cuadrilla tenía un carácter más circunstancial. Los coqueteos entre unos y otros eran usuales, no en vano los embates de la química ya hacía tiempo que comenzaran a bombardearnos, a algunos más que a otros, por supuesto, si bien no habían aún aquéllos hecho aflorar de su crisálida a los gusanillos del amor, de manera que en el fondo todos éramos más bien camaradas, sin que las diferencias de sexo tuvieran demasiada importancia... Ese verano, sin embargo, habría un importante punto de inflexión en lo concerniente a ese tema, siendo, cómo no, Javi el encargado de atravesarlo en primer lugar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todo comenzó en una de esas fiestas a las que solíamos acudir, las patronales en este caso de un pueblo cercano, distante unos seis o siete kilómetros del nuestro. Allí Javi reparó en Anabel, una muchacha que contaba un par de años menos que él y que lucía una larga cabellera cobriza y verdes ojos de gata. Puestos a ser precisos, hay que decir que la conocía desde mucho antes; todos en realidad la conocíamos, a fin de cuentas los nuestros eran pueblos muy próximos cuyos habitantes mantenían entre sí un contacto frecuente. Pero ese verano Anabel estaba cambiada, tanto que en cierto modo era como si fuese otra persona, una Anabel distinta a la chiquilla traviesa y churretosa con la que jugáramos en pasadas ocasiones. Supongo que más allá de los cambios físicos, existían otros más sutiles que tenían también de alguna forma reflejo material en su novedosa apariencia, si bien, he de confesar que en lo que yo más me percaté fue en que le habían crecido las tetas y ensanchado las caderas, y que estaba realmente buena… El caso es que Anabel y Javi se miraron, se saludaron y no se separaron ya en toda la tarde. Subieron juntos a los coches de choque, compartieron risas y algodón de azúcar, bailes y miradas, confidencias y guiños de complicidad, y cuando, ya entrada la noche, tocó despedirse, lo hicieron mediante un beso en el que no fue la mejilla lo que buscaron sus labios, sino los propios labios encendidos del otro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A partir de aquella tarde, Javi y Anabel se hicieron inseparables. Pese a ser de otro pueblo, Javi la incorporó a nuestra pandilla, por lo que la pelirroja pasó desde entonces a compartir nuestros juegos y salidas como una más, si bien, la verdad sea dicha, ellos dos tendían a aislarse del resto y crear una especie de burbuja invisible en la que no había cabida para ningún otro. Estaban con nosotros pero al propio tiempo no lo estaban, como si fuese otra la dimensión en que se movían, absorbidos por su propio universo de sonrisas, mimos y arrumacos, desde cuyo núcleo incorpóreo no perdían tampoco oportunidad de alejarse para también en el plano tangible hallar un espacio propio donde cobijar su estrenado deseo de intimidad. Se habían enamorado, eso era evidente, uno de esos amores tan típicos de la adolescencia para los que el verano acostumbra a ser estación propicia. Los demás los observábamos con una mezcla de curiosidad y risa, divertidos en cierto modo con lo novedoso de aquella íntima cercanía, y no dejábamos de hacer bromas y chirigotas a costa de su proceder acaramelado. Ignorantes de los dulces arcanos del amor, todo aquello se ofrecía a nuestros ojos con un tinte cómico que ciertamente tenía su gracia. Aunque, por otro lado, aquel romance nos suscitaba asimismo interés y cierta afinidad morbosa, conscientes de que estábamos asistiendo a la puesta en escena de una obra donde tarde o temprano todos habríamos de ser protagonistas. Digamos que de algún modo hacíamos también nuestra esa primera experiencia en las alborotadas regiones de Cupido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los veíamos pasear cogidos de la mano, acariciarse mutuamente el cabello o los brazos, besarse con dulzura, ir en definitiva descubriendo mediante sutiles gestos y muestras de cariño las mieles del amor correspondido. A mí me sorprendía en especial cómo se miraban, sobre todo cómo Javier se quedaba absorto ante el influjo que sobre los suyos parecían ejercer los ojos de ella, como si una poderosa hipnosis lo mantuviera atrapado en aquel océano verde, extáticamente sumergido en sus cristalinas profundidades. Tengo que admitir que los ojos de Anabel eran realmente bellos y que de sus pupilas emanaba un brillo que ciertamente seducía, como si en verdad portaran un poderoso campo magnético capaz de prender las miradas que caían en su ámbito de influencia; incluso yo, que no era más que un mocoso, notaba cómo al mirar aquellos ojos quedaba en cierto modo preso de su encanto y, nervioso y ruborizado, tenía que hacer un esfuerzo para escapar al hechizo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Componían en realidad una pareja disímil, tanto en el ámbito externo como en el que atañía a sus respectivos caracteres. Físicamente hablando, Javier estaba hecho, como dije, una verdadera roca; alto y musculoso, su constitución era la de un corpulento atleta. Anabel, por el contrario, era menuda y fina, de formas tenues y delicadas que le hacían parecer engañosamente frágil. La piel morena de él contrastaba asimismo con la mucho más alba y poblada de pecas que lucía la chica, como contrastaban igualmente los ojos marrones y más bien mates de Javier con los de ella, cuyo color, aun asentado en el verde, venía a ser cambiante en función de cómo en ellos incidiera la luz, moviéndose en un espectro cromático que podía incluso llegar al celeste. Pero más allá de estos manifiestos antagonismos, la verdadera disparidad entre ambos fincaba en su diferente manera de ser: uno, Javier, extrovertido y locuaz, muy directo en casi todo cuanto decía o hacía, de una sencillez que rayaba a menudo en la ingenuidad, aunque intrépido en lo que podía calificarse como obstinada búsqueda de acontecimientos estimulantes que saciaran su sed de aventuras; la otra, Anabel, bastante tímida e introvertida, tocada por una personalidad mucho más compleja y sutil, insinuante más que directa en sus formas, huidiza en ocasiones, orlada por una especie de halo místico que la confería cierto aire volátil, a semejanza de un ser etéreo, un hada quizá, o mejor aún una bruja, una fascinante bruja hechicera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una mañana Javi llegó montando una vespino que le había dejado su tío, que era mecánico y trabajaba en un taller de la zona. Era una moto de pequeña cilindrada, de esas que no precisan licencia para su manejo. Javier no había conducido nunca una moto, su único vehículo había sido hasta entonces, al igual que el nuestro, la bicicleta; pero no le costó excesivo aprendizaje hacerse con el dominio de la pequeña máquina. Su idea era impresionar a Anabel presentándose ante ella a lomos de la vespino, y con tal propósito en mientes había suplicado de forma encarecida a su tío para que se la prestase, prometiéndole que sería prudente y se la devolvería en perfecto estado. Cansado éste de la porfía del pertinaz sobrino, terminó por acceder, no sin antes advertirle que si encontraba a la vuelta el más mínimo arañazo en la moto, iba a saber lo que valía un peine. Luego de esta admonición, le enseñó las nociones básicas de pilotaje, tras las cuales Javier salió del taller a toda velocidad, temeroso de que todavía el tío se arrepintiera de la condescendencia mostrada. Se sentía radiante, como un niño con zapatos nuevos que suele decirse, y no pensaba sino en acoplar a Anabel en la parte trasera de su montura y cabalgar con ella por todas las carreteras de la comarca. Recuerdo que cuando vio la expresión de asombro que irradiaban nuestras caras, en especial la que iluminó el rostro de Anabel, en la suya se dibujó una sonrisa que por sí sola venía a ser reflejo de la felicidad más absoluta; no me cabe ninguna duda de que en aquel momento debió sentirse la persona más afortunada del planeta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo cierto es que desde ese día fueron cada vez menos las jornadas que los dos enamorados compartieron con el resto del grupo. Javi convenció a su pariente para que le dispensara el usufructo de la vespino durante lo que quedaba de verano, prometiendo a cambio ir a echarle una mano al taller dos tardes por semana, además de sufragar, por descontado, los gastos de consumo y mantenimiento de la moto, así como limpiarla a diario para que reluciese como una patena. El rugido lejano del motor solía así anunciar de antemano a nuestro robusto camarada, quien comparecía con una sonrisa traviesa, nos saludaba uno a uno, recogía a su chica, la montaba a lomos de su flamante caballo de metal y salían ambos escapados de allí. También quedaban a menudo por su cuenta, sin contar con nosotros, de modo que podíamos pasar días enteros sin verlos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El verano proseguía entretanto su habitual devenir, perezoso y tibio, lumínico, poblada su atmósfera de hervores y quimeras, de sueños y fragancias; mañanas soleadas que invitaban al esparcimiento; tardes lánguidas que dejaban las calles vacías, como sumidas en una calma narcótica; crepúsculos anaranjados en los que el sol, fatigado tras tantas horas de vigilia sobre su atalaya, se sumergía en el río para refrigerar su ardentía y permitir que la luna le relevase en su labor de centinela; noches estrelladas que hacían aflorar excelsos ideales e incombustibles pasiones; lúgubres penumbras que terminaban cediendo ante el empuje de lenguas de escarcha entre cuyas humedades se filtraba la aurora.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fue ya casi a finales de agosto cuando tuvo lugar la gran debacle, el traumático colofón de un periodo que hasta entonces se mostrara tan pródigo en bondades y placenteras sensaciones. Ninguno de nosotros, ni siquiera en nuestras más horrendas pesadillas, habríamos sido capaces de prever algo así. Fue como si de repente las apacibles aguas de un lago se hubiesen abierto para componer un vórtice asesino que a las incautas víctimas que se bañaban en ellas arrastrase hasta el más aterrador de los abismos. Javi fue la principal víctima de ese lago traidor; la negrura de la muerte el abismo al que sus aguas lo condujeron. La tarde estaba plomiza y preñada de nubes, preludio de tormenta; no parecía sino que el propio cielo se estuviese cubriendo la cara para no ser testigo de la tragedia que el arbitrario destino había dispuesto que sucediera ese día. Tras la pertinente evaluación de los hechos, los agentes de policía infirieron en su atestado que Javier debió haber perdido el control de la moto en un bache, uno de esos profundos baches que saturaban la carretera y que la falta de liquidez municipal impidiera corregir, como estaba previsto, meses antes; había salido luego despedido por los aires, como un pelele, hasta acabar estrellado y hecho añicos contra el asfalto. Por su parte, el médico forense dictaminó que, a pesar de las múltiples fracturas y traumatismos que presentaba el cadáver, la muerte debió sobrevenirle casi al instante, sin dolor, ya que el brutal impacto le había abierto el cráneo y destrozado por completo el cerebro; en el mismo informe adujo que la corpulencia del muchacho era la que había salvado la vida a Anabel, toda vez que su enorme corpachón vino a hacer de parapeto entre ella y la dureza del pavimento, lo que, amortiguando el golpe, consiguió mitigar el rigor de sus lesiones, que quedaron reducidas a una fractura de cúbito, varias costillas rotas y diversos hematomas. No obstante, más allá de lo expuesto en el dictamen médico, yo siempre he pensado que fue el corazón de mi amigo el que en realidad salvó la vida de Anabel, ese enorme corazón enamorado que de algún modo propulsó al resto de su cuerpo para que en un último escorzo imposible se interpusiera entre el asfalto y la chica a la que amaba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Han pasado ya muchos años desde aquel macabro accidente, pero continúa costándome horrores asumirlo, sellado que quedó para siempre en mi cerebro. Hoy la carretera está ya perfectamente asfaltada, no hay baches ni grietas agujereando su piel de alquitrán. Me pregunto qué habría sucedido de haberse contado a tiempo con la necesaria solvencia presupuestaria, antes en todo caso de que Javier hubiera galopado sobre su defectuoso firme. Es posible que él estuviera entonces aún vivo. O quizá no, quién sabe, a fin de cuentas el destino siempre encuentra albures dispuestos a cumplir sus empeños. En todo caso, es curioso, pero cada vez que paso por el punto exacto donde tuvo lugar la tragedia, noto una especie de presencia cálida y reconfortante a mi lado, quiero creer que es el espíritu de mi amigo, el espíritu de una persona noble que, pese a su corta existencia, fue pródiga en virtudes, un verdadero ejemplo para quienes tuvimos la inmensa fortuna de conocerlo y tratarlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Han pasado, ya digo, muchos años, pero el recuerdo de aquel verano y su sangriento desenlace me sigue perturbando como la sombra de una alimaña. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6471908411725407952-2091727069002364538?l=mariocavara.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mariocavara.blogspot.com/feeds/2091727069002364538/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6471908411725407952&amp;postID=2091727069002364538' title='8 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6471908411725407952/posts/default/2091727069002364538'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6471908411725407952/posts/default/2091727069002364538'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mariocavara.blogspot.com/2011/09/recuerdos-de-un-verano.html' title='RECUERDOS DE UN VERANO'/><author><name>Cavaradossi</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14443118431487622201</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_CBxi0fhKeVI/TCKRKeEJe6I/AAAAAAAAAHY/e5I_0pgqlFg/S220/1.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/-C_cVEeQyFEc/TmkCMohKLwI/AAAAAAAAAM8/NG24NO0o74g/s72-c/20100912181642-amor-adolescente.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>8</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6471908411725407952.post-7869500528552116853</id><published>2011-08-04T14:39:00.000-07:00</published><updated>2011-08-04T14:46:33.088-07:00</updated><title type='text'>QUIERO</title><content type='html'>&lt;div align="center"&gt;&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/-yZpdK30h6oU/TjsSq7lF_vI/AAAAAAAAAM0/3yYejQ67HOs/s1600/amantes.jpg"&gt;&lt;img style="TEXT-ALIGN: center; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 200px; DISPLAY: block; HEIGHT: 148px; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5637119887341387506" border="0" alt="" src="http://2.bp.blogspot.com/-yZpdK30h6oU/TjsSq7lF_vI/AAAAAAAAAM0/3yYejQ67HOs/s200/amantes.jpg" /&gt;&lt;/a&gt; &lt;span style="font-size:100%;"&gt;Quiero de nuevo observar la sonrisa que tus ojos,&lt;br /&gt;cuando pícaros se estiran bajo el dosel de los párpados,&lt;br /&gt;en un instante fugaz dibujan alborozados.&lt;br /&gt;Quiero con su luz colmar ese tapiz que la noche,&lt;br /&gt;discreta y engalanada, a bien nos tiene brindar&lt;br /&gt;como gozoso escenario.&lt;br /&gt;Quiero de placer temblar.&lt;br /&gt;Con embeleso mirarlos.&lt;br /&gt;Y de su luz extraer&lt;br /&gt;la mecha que prenda el fuego, hipnóticamente mágico,&lt;br /&gt;que a ti y a mi nos envuelva con su flamígero manto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Quiero de nuevo gozar del elixir de tu boca&lt;br /&gt;cuando mis labios la besen con indómito arrebato,&lt;br /&gt;y las horas estancar en ese momento exacto.&lt;br /&gt;Quiero morir y vivir en el tiempo detenido,&lt;br /&gt;que se icen mis sentidos al mayestático altar&lt;br /&gt;a esa boca consagrado.&lt;br /&gt;Quiero en ella bucear.&lt;br /&gt;Recorrerme sus meandros.&lt;br /&gt;Con mi lengua humedecer&lt;br /&gt;todo intersticio que encuentre a su sinuoso paso&lt;br /&gt;por ese grato cubil que guardan tus dientes albos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Quiero otra vez disfrutar de tu mirada huidiza,&lt;br /&gt;mirada de niña tímida que cual si fuera un relámpago&lt;br /&gt;arrebola tus mejillas cuando te cubro de halagos.&lt;br /&gt;Quiero de nuevo notar las donosas evasivas&lt;br /&gt;con las que pliegas tus formas al sentirte desnudar&lt;br /&gt;por el afán de mis manos.&lt;br /&gt;Quiero hacer de ti un volcán&lt;br /&gt;de magma y lava colmado.&lt;br /&gt;Quiero verte enrojecer&lt;br /&gt;con el pudor de una ninfa a quien su ardoroso amado&lt;br /&gt;la piel tiñe de escarlata con la ignición de su abrazo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Quiero mojarme otra vez con la humedad de tu cuerpo,&lt;br /&gt;albufera de fluidos que manan desde ese caño&lt;br /&gt;donde se agitan humores por la pasión excitados.&lt;br /&gt;Quiero de nuevo tensar las cuerdas de tu deseo,&lt;br /&gt;afinarlas con lujuria para luego ejecutar&lt;br /&gt;compases encadenados.&lt;br /&gt;Quiero tus pechos tocar.&lt;br /&gt;Morderlos, acariciarlos.&lt;br /&gt;Y llenarte de placer&lt;br /&gt;hasta que el sentido pierdas en un frenesí alocado,&lt;br /&gt;delirante carrusel de amor, pasión y pecado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Quiero ser una vez más ese ávido vampiro&lt;br /&gt;que tus arterias profana en incruento holocausto&lt;br /&gt;para libar la ambrosía que de droga sirve al ánimo.&lt;br /&gt;Quiero de nuevo clavar en tu cuello mis colmillos,&lt;br /&gt;embriagarme de ti, mi sed inmensa aplacar&lt;br /&gt;hasta sentirme saciado.&lt;br /&gt;Quiero tu sangre chupar.&lt;br /&gt;Bañarme en su rojo ácido.&lt;br /&gt;De tu esencia de mujer&lt;br /&gt;quiero calmar mi apetito, ¡y quiero calmarlo raudo!,&lt;br /&gt;como una esponja absorber tus deliciosos extractos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Quiero otra vez penetrar en tu vientre apetecido,&lt;br /&gt;fundir con mi cuerpo el tuyo en inquebrantable lazo,&lt;br /&gt;moverme dentro de ti y gozar y ser gozado.&lt;br /&gt;Quiero tu sexo llenar con mi sexo endurecido,&lt;br /&gt;conducirte hasta el Olimpo que hace del placer carnal&lt;br /&gt;principio, fin y pináculo.&lt;br /&gt;Quiero en tu seno estallar.&lt;br /&gt;Sacudirme en mil espasmos.&lt;br /&gt;Y mi simiente verter,&lt;br /&gt;mientras siento la presión de tus muslos apretados,&lt;br /&gt;en la explosión colorida de un inigualable orgasmo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los ojos quiero cerrar para pedir a los dioses&lt;br /&gt;que eliminen la distancia que separa nuestros hados&lt;br /&gt;y aparecer junto a ti en meteórico tránsito.&lt;br /&gt;Me importa un bledo implorar, deprecar incluso a voces,&lt;br /&gt;con tal de que mis clamores puedan al fin alcanzar&lt;br /&gt;el objetivo anhelado.&lt;br /&gt;Quiero en el viento viajar.&lt;br /&gt;Recostarme en tu regazo.&lt;br /&gt;Porque por volverte a ver&lt;br /&gt;de impaciencia me consumo y los días son muy largos&lt;br /&gt;si tú no estás junto a mí, si tú no estás a mi lado.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6471908411725407952-7869500528552116853?l=mariocavara.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mariocavara.blogspot.com/feeds/7869500528552116853/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6471908411725407952&amp;postID=7869500528552116853' title='4 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6471908411725407952/posts/default/7869500528552116853'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6471908411725407952/posts/default/7869500528552116853'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mariocavara.blogspot.com/2011/08/quiero.html' title='QUIERO'/><author><name>Cavaradossi</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14443118431487622201</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_CBxi0fhKeVI/TCKRKeEJe6I/AAAAAAAAAHY/e5I_0pgqlFg/S220/1.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/-yZpdK30h6oU/TjsSq7lF_vI/AAAAAAAAAM0/3yYejQ67HOs/s72-c/amantes.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>4</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6471908411725407952.post-351740306612168487</id><published>2011-07-19T14:02:00.000-07:00</published><updated>2011-07-19T14:05:01.143-07:00</updated><title type='text'>PENSÉ EN TI</title><content type='html'>&lt;a href="http://4.bp.blogspot.com/-oQV0-tmLhl0/TiXxctrKXeI/AAAAAAAAAMc/4GxyxRvwanI/s1600/imagesCAA4IJF2.jpg"&gt;&lt;img style="MARGIN: 0px 10px 10px 0px; WIDTH: 200px; FLOAT: left; HEIGHT: 150px; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5631172384695934434" border="0" alt="" src="http://4.bp.blogspot.com/-oQV0-tmLhl0/TiXxctrKXeI/AAAAAAAAAMc/4GxyxRvwanI/s200/imagesCAA4IJF2.jpg" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Pensaba hoy en ti y fue que el recuerdo se volvió denso y húmedo, al modo de esas nubes que vanguardia son de la tormenta, nubes en este caso saturadas de palabras que, convertidas en lluvia, desde el pensamiento fluyeron al papel para anegarlo con su líquida substancia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pensé, es cierto, en ti y al evocarte no pude sino admitir que a tu lado pasé momentos exquisitos, únicos, bellos momentos que engrosaron el acervo de mis vivencias más gratas, momentos que fueron el reflejo de sublimes sueños, quizá imposibles, como casi todos los sueños, pero que durante su idílica forja convergieron con una realidad que, seducida ante el embrujo que desprendían, no dudó en acogerlos en su seno.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pensé en ti y hube de aceptar que pocas como tú han sabido descender bajo mi piel hasta conseguir llegar a recónditas simas, justo hasta ese profundo mar de coral donde se afincan las raíces de donde brotan las emociones más excelsas. Tú supiste estimular los filamentos que crecen de esas raíces, activar nervios que permanecían adormecidos como exánimes sargazos bamboleantes entre las aguas; los vigorizaste y a través de ellos descubriste en mi interior misterios que no pensé pudieran ya por nadie volver a ser desentrañados.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Contigo fui feliz. Por momentos, claro, a sorbos, único modo en que la felicidad permite ser deglutida; pero fui feliz.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Qué duda cabe que tu hechizo fue poderoso, lo suficientemente poderoso como para alterar la realidad y con la materia de que se nutre el deseo modelar fascinantes espejismos. Bellos espejismos, oasis en medio del desierto, remansos de vida; pero quiméricos al fin y al cabo, manantiales de la utopía, materia evanescente que como tal termina disipándose en esa misma realidad que durante un fugaz instante sucumbió al embrujo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pensé en ti y recreé de nuevo en mi mente la idílica estampa de tales espejismos, por más que, al ser consciente de su naturaleza ficticia, ya no provocaran en mí el mismo efecto de antaño. Puedo reconstruirte en mi interior como quien encaja las piezas de un rompecabezas, pero ya nada me dice el conjunto, ya no distingo en él a ese ser divino que en su momento me obnubiló y al que quise con locura desatada, ya no veo brillo en su imagen cincelada, aparece por el contrario deslucida y mustia, como el vestigio de un pasado irrecuperable. Todo pasa al fin y al cabo. Todo pasa y todo muere, como pasan y mueren las estaciones a lo largo del año, como pasa el viento que arreció durante la tempestad, como pasa el peregrino tras su agitado periplo, dejando sobre el camino las huellas de su tránsito.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pensé en ti y con tristeza comprobé que ya sólo permaneces en mi mente como una reminiscencia difusa, como uno más entre la enmarañada mixtura de recuerdos que se solapan y lidian los unos con los otros por permanecer en la fragosa selva de la memoria. Te evoco y ya no se aceleran los latidos de mi corazón, ya no acude la melancolía a dibujar por tu ausencia desolados óleos en mi alma; tu recuerdo dejó de ser beligerante para convertirse en un mero pasaje histórico, naturaleza muerta, un plantío de flores marchitas ocupando lo que otrora fuese parterre exuberante.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Continúo siendo el guardián enmascarado de un universo repleto de sueños, un universo del que en su momento te entregué la llave para compartir contigo todos y cada uno de sus fúlgidos rincones. Entraste en ese universo y grabaste cada estrella con tu imagen, imprimiendo en ellas tu estampa a modo de tatuaje. Ahora, en cambio, ese firmamento luce sin ti. Dejaste que la llave se extraviara y con ella perdiste el acceso a mi mundo mágico. Ya no estás en él, ya no eres la dueña de mis sueños, se empañó la impronta que tatuaste en ellos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entre rumores incomprensibles y silencios absorbentes, te vas sumergiendo en la triste negrura del olvido, metáfora en cierto modo de la propia muerte, en cuanto que supone un definitivo fin. Y así, poco a poco, tu imagen se pierde entre las nieblas que la separación y la distancia conforman, mientras yo continúo mi viaje, perdido entre una multitud extraña entre la que no me reconozco, enfilando otras sendas, otros horizontes, otros paisajes en los que ya no estás tú. Otro es ahora mi rumbo. Otra la luz que guía mis pasos. La tuya se apagó, sofocada va quedando por este olvido que mastico día a día; acerbo sabor el suyo, apenas sazonado por la nostalgia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pensé en ti y recordé los versos de Neruda. También yo te quise. También tú me quisiste. También yo te tuve entre mis brazos y te besé infinidad de veces bajo un cielo infinito. Y también mi voz buscó el viento para acariciar tu oído, como asimismo mi corazón y mi mirada te buscaron…. Pero, como en el poema, aquello pasó y tampoco nosotros somos ya los mismos. Me pregunto en todo caso si tan corto es en verdad el amor y tan largo y doloroso puede llegar a ser el olvido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Porque pensé en ti y reconozco que me dolió constatar cómo el holograma que reproducía tu imagen me era ya tan opaco.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Porque pensé en ti y me llené de amargura al notar que mi piel calcinada ya no añoraba los besos de tus labios ni las caricias de tus manos, esos besos y caricias que en su momento constituyeron mi máximo anhelo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Porque pensé en ti y me di cuenta que de ti sólo quedaba en mi alma el abismo de un sueño roto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aunque, pese a todo, no puedo negar que contigo fui feliz. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6471908411725407952-351740306612168487?l=mariocavara.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mariocavara.blogspot.com/feeds/351740306612168487/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6471908411725407952&amp;postID=351740306612168487' title='10 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6471908411725407952/posts/default/351740306612168487'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6471908411725407952/posts/default/351740306612168487'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mariocavara.blogspot.com/2011/07/pense-en-ti.html' title='PENSÉ EN TI'/><author><name>Cavaradossi</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14443118431487622201</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_CBxi0fhKeVI/TCKRKeEJe6I/AAAAAAAAAHY/e5I_0pgqlFg/S220/1.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/-oQV0-tmLhl0/TiXxctrKXeI/AAAAAAAAAMc/4GxyxRvwanI/s72-c/imagesCAA4IJF2.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>10</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6471908411725407952.post-1403774727942809114</id><published>2011-07-09T06:52:00.000-07:00</published><updated>2011-07-09T07:04:02.479-07:00</updated><title type='text'>UNA ENFERMA PECULIAR</title><content type='html'>&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/-tuj7V1lFd3M/ThhfqZOnDaI/AAAAAAAAAMU/D--NqZHrdMI/s1600/viejita.jpg"&gt;&lt;img style="MARGIN: 0px 10px 10px 0px; WIDTH: 200px; FLOAT: left; HEIGHT: 144px; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5627352916330745250" border="0" alt="" src="http://3.bp.blogspot.com/-tuj7V1lFd3M/ThhfqZOnDaI/AAAAAAAAAMU/D--NqZHrdMI/s200/viejita.jpg" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;La luz roja parpadeó un par de veces antes de quedar definitivamente encendida sobre el interfono. El luminoso mensaje iba acompañado de otro acústico, una especie de chiflido mecánico repetido a intervalos regulares. Fue este último el que hizo que Julia se sobresaltara. Estaba de guardia, pero no había habido demasiado movimiento durante toda la noche, por lo que se había quedado medio adormilada sobre el diván. Miró su reloj. En diez minutos serían las seis de la mañana. Se levantó para silenciar el aparato y comprobar de donde provenía el aviso. Habitación 445. ¡La señora Luisa, cómo no! Con desgana se dirigió hacia allí, preguntándose qué mosca le picaría a la buena mujer para llamar a esas horas.&lt;br /&gt;—&lt;em&gt;¿Qué sucede Luisa?&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;Luisa era una anciana ingresada días atrás por una afección que le ocasionaba intensos dolores abdominales, o al menos eso era lo que ella aducía, puesto que los médicos no habían detectado nada anómalo en ninguna de las meticulosas revisiones a que desde entonces la tenían sometida. Esta discordancia entre el resultado de los análisis y la sintomatología alegada tampoco es que sorprendiera demasiado a los galenos, quienes de sobra conocían la verdadera dolencia de su añosa paciente, que no era otra que una hipocondría compulsiva que le llevaba a barruntar las más graves enfermedades ante el más ligero de los indicios. Un estornudo se convertía de este modo en presagio de neumonía, una liviana taquicardia en pródromo de una inminente angina de pecho, en tanto que una casi imperceptible punzada interna venía de por sí a anunciar un cáncer letal. Así las cosas, la venerable anciana ya había sido ingresada con anterioridad en otras ocasiones, sin que en ninguna de ellas le hubiesen encontrado nada grave, más allá de los típicos alifafes y achaques propios de la edad. Los médicos le hubieran dado ya el alta, pero teniendo en cuenta su índole hipocondríaca y, sobre todo, que los hijos, aparte de pagar escrupulosamente la habitación que ocupaba, hacían de vez en cuando generosos donativos al hospital, no tenían inconveniente en que permaneciera ingresada durante algunos días más. A fin de cuentas, rodeada de médicos y enfermeras era donde más a gusto parecía sentirse la buena mujer, quien en cierto modo consideraba el hospital más hogar que su propia casa. Lo único malo es que a veces se ponía un tanto pesada y traía a todos de cabeza con sus quejas y requerimientos.&lt;br /&gt;—&lt;em&gt;Ay, enfermera, me siento fatal...&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;—&lt;em&gt;Pero mujer, ¿qué le pasa?&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;—&lt;em&gt;Pues que creo que no paso de esta noche&lt;/em&gt;.&lt;br /&gt;En otras circunstancias esa frase habría conmocionado y puesto en alerta a Julia, quien como veterana enfermera conocía al dedillo todos los protocolos de actuación en casos de urgencia; pero conociendo como asimismo conocía a tan peculiar paciente, no se alteró esta vez demasiado. Además, la expresión que el rostro de aquella reflejaba, pese a sus intentos de hacerlo parecer desencajado, desmentía tan agoreras palabras.&lt;br /&gt;—&lt;em&gt;A ver, Luisa, ¿por qué piensas que te mueres esta noche?&lt;/em&gt; —se dirigió a ella con condescendencia.&lt;br /&gt;—&lt;em&gt;Porque tengo los mismos síntomas que tuvo en su día mi difunto Joseíto, que en paz descanse. Creo que de un momento a otro me va a dar un infarto como el que lo fulminó a él&lt;/em&gt;.&lt;br /&gt;—&lt;em&gt;No exagere, Luisa, que está usted como una rosa&lt;/em&gt;.&lt;br /&gt;—&lt;em&gt;Sí, como una rosa marchita&lt;/em&gt;.&lt;br /&gt;—&lt;em&gt;Está bien, avisaré al doctor Matute, que está de guardia esta noche, para que eche un vistazo a ese corazón suyo&lt;/em&gt;.&lt;br /&gt;Mientras el doctor acudía a la llamada, Luisa explicó a Julia que el dolor le había empezado en el estómago, pero que había ido poco subiendo hasta llegar al pecho y, una vez instalado en éste, le había provocado unas taquicardias y una sensación de asfixia que por sí mismas auguraban lo peor. Julia se sonrió para sus adentros y pensó si dicho dolor habría subido en ascensor o por escalera, aunque obviamente no permitió que la broma traspasase las fronteras de su pensamiento; ni por asomo hubiese querido herir la susceptibilidad de la quejumbrosa paciente.&lt;br /&gt;—&lt;em&gt;Ya verá cómo no es nada &lt;/em&gt;—fue lo que se limitó a decir mientras colocaba su mano derecha sobre la frente de la supuesta enferma.&lt;br /&gt;Cada vez más animada, Luisa empezó a hablar con todo lujo de detalles de sus múltiples padecimientos, como quien refiere aventuras o hazañas vividas en diferentes campos de batalla a lo largo de los años. De haber tenido más tiempo, a buen seguro que habría expuesto a la sufrida enfermera su historial clínico completo, más extenso y farragoso que la lista de los reyes godos; pero por fortuna para esta, la aparición del doctor bajo el umbral de la puerta detuvo la animada cháchara de la enferma.&lt;br /&gt;—&lt;em&gt;Buenos días &lt;/em&gt;—saludó el recién llegado.&lt;br /&gt;El doctor Matute era un hombre joven, posiblemente con menos de cuarenta años a sus espaldas, de complexión atlética y rostro agradable, aunque con unas cejas muy pronunciadas, como de vampiro. Julia ya había coincidido con él en otras ocasiones.&lt;br /&gt;—&lt;em&gt;A ver, Luisa, cuéntame qué te sucede &lt;/em&gt;—se dirigió el médico a la paciente—... &lt;em&gt;Pero sin enrollarte, eh, que te conozco. Al grano&lt;/em&gt;.&lt;br /&gt;Julia no pudo evitar torcer el gesto en un visaje de enojo. Tenía un sentido de la educación arraigado en valores muy tradicionales, por lo que no terminaba de acostumbrarse a que la gente joven hablase de tú y con tanta altivez a las personas mayores, por muy médicos que fuesen. La forma que el doctor había tenido de apremiar a su paciente, pese al supuesto tono campechano con que pretendiera envolver sus palabras, le pareció de lo más desconsiderada. En realidad, le costaba entender por qué cierta gente se empeñaba en tratar a los ancianos como si de nuevo fuesen niños.&lt;br /&gt;Luisa volvió a explicar lo del dolor en el pecho, las taquicardias y la asfixia. El doctor la escuchaba con aparente atención, si bien determinados gestos de su rostro indicaban que restaba importancia, por no decir credibilidad, a todos esos síntomas. Tras examinar lengua y garganta de la interna, auscultar su pecho y tomarle el pulso y la temperatura, decidió que nada grave le sucedía. No obstante, un elemental sentido de la prudencia le llevó a complementar su examen prescribiéndole otros análisis más precisos, concretamente un electrocardiograma y una radiografía de la región torácica.&lt;br /&gt;Una vez firmado el oportuno volante, Julia condujo en silla de ruedas a la enferma hasta el laboratorio donde debían hacerle las pruebas prescritas. Pese a las tempranas horas que todavía eran, ya se notaba cierto movimiento en las crujías y corredores del hospital, provocado sobre todo por internos y familiares que, madrugadores o insomnes, salían a estirar las piernas por los pasillos. Luisa saludó a un viejo conocido con el que se topó de camino al laboratorio. Explicó a Julia que era un antiguo socio de su difunto esposo al que conocía desde hacía muchos años.&lt;br /&gt;—&lt;em&gt;¡Ay, este Jacinto!&lt;/em&gt; —exclamó con un extraño deje de nostalgia luego de ofrecer dicha información, al tiempo que una sonrisa asimismo misteriosa, traída por los recuerdos desde fronteras que se perdían posiblemente muy atrás en el tiempo, quedaba dibujada en sus labios marchitos. Julia iba a preguntarle precisamente por esa sonrisa, si bien, justo en esos momentos llegaban a la sala de rayos, lo que le hizo olvidarse del tema.&lt;br /&gt;El enfermero encargado de hacer los electros era asimismo joven, más aún que el doctor Matute, aunque también más enjuto y, en general, menos agraciado en el plano físico. Compartía cometido con otros dos colegas, por más que a esas horas se hallase él solo en el laboratorio. Julia le saludó con un guiño de ojos.&lt;br /&gt;—&lt;em&gt;Hola Javier. Aquí te traigo a Luisa, para que le hagas unas pruebas que acaba de mandarle el doctor Matute &lt;/em&gt;—dijo mientras le entregaba el volante.&lt;br /&gt;El aludido hizo acostarse a la enferma sobre una camilla y le pidió que se desabrochara el camisón.&lt;br /&gt;—&lt;em&gt;¿Debo quitarme el sostén?&lt;/em&gt; —preguntó Luisa con cierto rubor.&lt;br /&gt;—&lt;em&gt;No, no es necesario. Vale así&lt;/em&gt;.&lt;br /&gt;No le pasó desapercibido a Julia el diferente modo de proceder que en función de la edad y apariencia externa de cada paciente adoptaba el enfermero, quien a las más jóvenes y guapas sí que les hacía quitarse el sujetador y quedar desnudas de cintura para arriba ante idéntico tipo de pruebas. Clavó en él una mirada vulpina mientras con indignación pensaba en lo caraduras que eran algunos de sus compañeros.&lt;br /&gt;Una vez completado el cuadro ordenado por el doctor, condujo Julia a la enferma hasta la consulta de aquél, donde habían quedado citadas al efecto. De camino volvieron a toparse con el viejo conocido de Luisa, aunque en esta ocasión sólo de lejos, por lo que no intercambiaron saludo alguno, si bien, la enigmática sonrisa volvió a florecer en la boca de la anciana, una sonrisa en la que había un deje de coquetería apenas simulado. No dudó esta vez la enfermera en sondear a su acompañante:&lt;br /&gt;—&lt;em&gt;Me he fijado que sonríe usted de forma muy especial cada vez que ve a ese señor amigo suyo&lt;/em&gt;.&lt;br /&gt;—&lt;em&gt;¡Ay, querida, si usted supiera!&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;—&lt;em&gt;Vaya, ¿y qué se supone que debería saber?&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;La sonrisa de Luisa se agrandó hasta convertirse en una risa nerviosa que hubo de contener tapándose la boca con una mano. Con la otra hizo gestos a la enfermera para que bajase la cabeza a su altura, susurrándole luego algo al oído. No obstante, pese a los esfuerzos de su longeva confidente, Julia apenas si fue capaz de captar un bisbiseo ininteligible.&lt;br /&gt;—&lt;em&gt;Pero ¿qué dice, Luisa? No la entiendo nada. ¿Que ese hombre esconde qué cosa?&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;El interrogante de Julia pareció turbar a Luisa, cuya rugosa faz adquirió un cierto matiz escarlata. Chistó a la enfermera para que moderase el tono de su voz:&lt;br /&gt;—&lt;em&gt;No hable tan alto, que nos pueden oír&lt;/em&gt;.&lt;br /&gt;—&lt;em&gt;Pero ¿quién nos va a oír mujer? A estas horas la mitad del hospital está durmiendo y la otra mitad es sorda &lt;/em&gt;—bromeó Julia.&lt;br /&gt;Alentada por la enfermera, Luisa se animó a hablar, si bien lo hizo susurrando, como si contase un secreto de enorme calado:&lt;br /&gt;—&lt;em&gt;Ahí donde le ve, tan poquita cosa, el Jacinto tiene un... un...&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;—&lt;em&gt;¿Un qué, Luisa? ¡Que me tiene usted en ascuas!&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;—&lt;em&gt;Pues un eso, qué va a ser, mujer... ¡Un aparato enorme!&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;En esta ocasión fue Julia que se puso colorada.&lt;br /&gt;—&lt;em&gt;¿Un aparato? ¿Se refiere usted a...?&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;—&lt;em&gt;Siiiii&lt;/em&gt; —concedió Luisa como si hubiese leído el pensamiento de su interlocutora— &lt;em&gt;a eso, a eso&lt;/em&gt;.&lt;br /&gt;Julia la miró con renovado asombro. Su conocimiento de Luisa no iba mucho más allá del terreno puramente facultativo, siendo escasas las veces en que había tenido ocasión de mantener con ella algún que otro diálogo más o menos prolongado. Pese a tan exiguo trato, había llegado a la conclusión de que la mente de la anciana estaba casi en su totalidad copada por sus imaginarias dolencias, sin que aparentemente ninguna otra cosa captase demasiado su interés. La repentina confidencia que acababa de hacerle parecía no obstante echar por tierra esta deducción. Al menos parecían interesarle también determinados aparatos, y no precisamente los relacionados con el instrumental clínico. Mientras hacía un rápido reajuste de sus convicciones, una sonrisa de complicidad cruzó el anguloso rostro de la enfermera.&lt;br /&gt;—&lt;em&gt;Vaya, vaya. Si tan segura está de eso, es que son entonces ustedes algo más que simples conocidos, ¿eh, pillina?&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;—&lt;em&gt;Qué va, no se confunda. ¡Ay, por Dios, qué cosas tiene usted, Julia!&lt;/em&gt; —y Luisa no pudo evitar un nuevo ataque de risa, señal evidente de que aquel asunto la refocilaba sobremanera— &lt;em&gt;Lo sé por mi difunto, por mi Joseíto. Ya le he dicho que eran socios&lt;/em&gt;.&lt;br /&gt;—&lt;em&gt;Sí, eso me dijo&lt;/em&gt;.&lt;br /&gt;—&lt;em&gt;Pues bien, mi marido me contó que antes de conocerme a mí y formalizar nuestra relación, solían los dos irse de vez en cuando de putas&lt;/em&gt;.&lt;br /&gt;Un barniz de picardía hizo brillar la mirada de Luisa mientras dejaba caer este comentario. Julia, por el contrario, no pudo evitar ruborizarse.&lt;br /&gt;—&lt;em&gt;No se ponga colorada, mujer. En aquellos tiempos era algo muy normal... Bueno, supongo que ahora también lo es. Pero lo que quiero decir es que entonces no estaba mal visto. Los hombres solteros, y también muchos casados, se iban de putas y nadie se escandalizaba por ello. Estaba más que asumido&lt;/em&gt;.&lt;br /&gt;—&lt;em&gt;Entiendo &lt;/em&gt;—concedió Julia, pese a no terminar en realidad de verlo claro. Se preguntó si la indulgencia de aquellos tiempos a los que hacía referencia la abuela venía a ser reflejo de una sociedad más abierta y tolerante o, por el contrario, más hipócrita que la actual. Ambas posturas presentaban a su juicio argumentos válidos para poder ser defendidas.&lt;br /&gt;—&lt;em&gt;Pues eso &lt;/em&gt;—continuó explicando la anciana—, &lt;em&gt;que mi José decía que con el Jacinto ninguna quería acostarse, porque les hacía daño&lt;/em&gt;.&lt;br /&gt;—&lt;em&gt;¿Cómo que les hacía daño? ¿Quiere decir que las pegaba?&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;Un asomo de sorpresa irradió de los seniles ojos.&lt;br /&gt;—&lt;em&gt;Pero ¿qué dice pegarlas? Veo que no se entera usted de nada, querida. ¡Les hacía daño de lo grande que la tenía!&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;—&lt;em&gt;Qué barbaridad &lt;/em&gt;—exclamó la enfermera tras comprender al fin por donde iban los tiros. Una sonrisa maliciosa despuntó en sus labios.&lt;br /&gt;—&lt;em&gt;Imagínese: ¡le llamaban Platero!&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;Luisa volvió a ser invadida por risitas entrecortadas que apenas podía contener, como si fuese una adolescente en plena fase de descubrimientos pícaros.&lt;br /&gt;—&lt;em&gt;¿Platero? ¿y por qué ese apodo?&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;—&lt;em&gt;Pues ¿por qué iba a ser? ¡Por el poema de Juan Ramón Jiménez!&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;Julia negó con la cabeza mientras sus labios componían un visaje de claro desconcierto.&lt;br /&gt;—&lt;em&gt;No entiendo&lt;/em&gt;.&lt;br /&gt;—&lt;em&gt;Claro, mujer, piense: ¿quién era Platero? ¿Un rucio, no?... Pues ya ve, se decía que lo que al Jacinto le colgaba entre las piernas era más propio de un rucio que de una persona&lt;/em&gt;.&lt;br /&gt;La enfermera abrió la boca en señal de estupor.&lt;br /&gt;—&lt;em&gt;¡Qué barbaridad!&lt;/em&gt; —volvió a repetir, incapaz de hallar en su vocabulario otra expresión con la que ponderar la munificencia de tamaño atributo. No pudo sustraerse al impulso de volver la cabeza para observar de nuevo a su poseedor, quien descansaba ahora sobre un banco al otro extremo del pasillo. Le pareció increíble que un ser de apariencia tan enteca, de apenas metro y medio de estatura, pudiera albergar bajo sus pantalones un secreto tan descomunal como el que refería su confidente.&lt;br /&gt;—&lt;em&gt;No lo mire, que se puede dar cuenta de que hablamos de él &lt;/em&gt;—la reprendió Julia.&lt;br /&gt;—&lt;em&gt;Sí, claro &lt;/em&gt;—obedeció la enfermera, pensando que si el viejo tenía la vista y el oído tan desarrollados como lo otro, las vería y oiría seguro, pese a la considerable distancia que les separaba.&lt;br /&gt;Mientras las dos mujeres proseguían su marcha hasta el despacho del doctor, Luisa fue refiriendo algunas de las hazañas amorosas del tal Platero, las cuales despertaron en Julia tanto la admiración como el rubor y la risa.&lt;br /&gt;Riéndose entraron de hecho las dos mujeres en el despacho del doctor Matute, a quien no dejó de sorprender dicha cómplice hilaridad.&lt;br /&gt;—&lt;em&gt;Así me gusta, ver a mis pacientes de buen humor &lt;/em&gt;—apuntó el médico—, esa es la mejor señal de que se encuentran bien.&lt;br /&gt;—&lt;em&gt;Aquí están los resultados de las pruebas que mandó &lt;/em&gt;—dijo Julia mientras entregaba al terapeuta la bolsa que los contenía.&lt;br /&gt;—&lt;em&gt;Casi que ni me hace falta verlos para saber que ya estás mucho mejor, ¿eh, Luisa?... Ese semblante risueño dice más que cualquier prueba... Ya me podíais decir, por cierto, a qué obedecen esas risas; quizá así también yo podría acompañaros&lt;/em&gt;.&lt;br /&gt;—&lt;em&gt;Cosas de mujeres, doctor &lt;/em&gt;—atajó Luisa la curiosidad del galeno, y acto seguido, como si se hubiesen puesto tácitamente de acuerdo, ambas estallaron al unísono en una nueva carcajada.&lt;br /&gt;Sorprendido por el súbito despliegue de júbilo, el médico las observó con inquisitiva curiosidad. Sin embargo, ante el mutismo de ellas, optó por una prudente retirada.&lt;br /&gt;—&lt;em&gt;De acuerdo, de acuerdo. Me mantendré al margen... Ya me hago cargo que en las cosas de mujeres los hombres no debemos entrometernos &lt;/em&gt;—y se puso a examinar las placas que acababa de entregarle la enfermera—. &lt;em&gt;Todo está correcto &lt;/em&gt;—añadió después de un exhaustivo análisis—. &lt;em&gt;No tienes nada malo por lo que debas preocuparte, Luisa&lt;/em&gt;. —&lt;em&gt;Supongo que habrá sido una falsa alarma &lt;/em&gt;—razonó la aludida, en quien los ojos brillaban como dos relámpagos— &lt;em&gt;Tal vez unos simples gases&lt;/em&gt;.&lt;br /&gt;—&lt;em&gt;Tal vez &lt;/em&gt;—convino el facultativo tras un ligero carraspeo.&lt;br /&gt;Julia condujo a Luisa de regreso a su habitación. Antes de despedirse ésta le narró algunas otras historias, en especial divertidas anécdotas de juventud que hicieron las delicias de la enfermera, quien prometió que de ahí en adelante acudiría con frecuencia a visitarla, estuviese o no de guardia, no en vano resultaba una verdadera gozada escuchar los relatos de la venerable anciana, por más que quizá fuesen tan imaginarios como sus males. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6471908411725407952-1403774727942809114?l=mariocavara.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mariocavara.blogspot.com/feeds/1403774727942809114/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6471908411725407952&amp;postID=1403774727942809114' title='3 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6471908411725407952/posts/default/1403774727942809114'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6471908411725407952/posts/default/1403774727942809114'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mariocavara.blogspot.com/2011/07/una-enferma-peculiar.html' title='UNA ENFERMA PECULIAR'/><author><name>Cavaradossi</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14443118431487622201</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_CBxi0fhKeVI/TCKRKeEJe6I/AAAAAAAAAHY/e5I_0pgqlFg/S220/1.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/-tuj7V1lFd3M/ThhfqZOnDaI/AAAAAAAAAMU/D--NqZHrdMI/s72-c/viejita.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>3</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6471908411725407952.post-769021307457723767</id><published>2011-06-20T16:24:00.000-07:00</published><updated>2011-06-20T16:29:23.085-07:00</updated><title type='text'>POR UN TE QUIERO TUYO</title><content type='html'>&lt;a href="http://4.bp.blogspot.com/-Vio5AA6LH6c/Tf_XKv48QWI/AAAAAAAAAMM/UP9f_7bzUo4/s1600/untitled.bmp"&gt;&lt;img style="MARGIN: 0px 10px 10px 0px; 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WIDTH: 200px; FLOAT: left; HEIGHT: 140px; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5615979748788033682" border="0" alt="" src="http://1.bp.blogspot.com/-lv252vY7uaM/Te_306hMWJI/AAAAAAAAAME/GrYnxnNF9zI/s200/Ida%2By%2Bvuelta.jpg" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Una bufanda deslucida por el uso embozaba su rostro, dejando apenas entrever unos ojos profundos y negros, tan negros como el mechón de cabello que le azotaba la frente. Se la quitó nada más abrir la portezuela del automóvil y, junto con el bolso, la arrojó con desgana sobre el asiento de atrás antes de ponerse al volante. Un largo resoplido, inficionado de rabia, escapó de su boca cuando aplicó la llave de contacto para encender el motor. Se sentía realmente hastiada, harta de soportar banalidades y engaños, asqueada de una vida donde los constantes sinsabores habían minado su moral hasta reducirla a una insignificante lámina sin apenas consistencia. Estaba dispuesta a romper con todo e iniciar una nueva etapa lejos de aquel entorno pueril donde desengaños y frustraciones se habían convertido para ella en el pan nuestro de cada día. No podía ni quería seguir aguantando más. Esta era la categórica conclusión a la que, tras eternas reflexiones y luego de sortear infinidad de evasivas y pretextos, había definitivamente llegado, la que en esos momentos le servía de acicate para meter primera y arrancar de golpe el vehículo, con un estrepitoso chirrido de ruedas sobre el asfalto. Quería alejarse cuanto antes de allí, deseosa de poner kilómetros de por medio con aquel vampiro que día a día absorbía su sangre y que a cambio apenas si la recompensaba con exiguas gotas de dicha. Sangre también la que cubría el cielo a esas horas en que ya las sombras iban percudiendo su piel azul, sangre que en fulgentes rayos se filtraba a través del parabrisas y que la obligaron a pestañear repetidamente. Todo tocaba a su fin, el día, su relación sentimental, una intensa etapa de su vida…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aceleró a fondo cuando entró en la autopista. La velocidad parecía templar su ánimo, doblegado tanto por la ira como por la tristeza, dos emociones que se superponían la una encima de la otra en calidad de enconados adversarios, pero sin dejar de mantener cada una de ellas su exclusiva parcela de poder. La enfurecía pensar en él y constatar su descomunal egoísmo, su insensato comportamiento infantil, su manera de ser veleidosa y frívola. La entristecía, empero, dejar atrás tantas cosas a su lado compartidas, dejarlo sobre todo a él, al hombre al que tanto había amado y que, por más que quisiera engañarse, continuaba amando. Pero no, no podía permitir que los sentimientos continuaran imponiéndose a la razón. Había tomado una decisión y tenía que ser firme para mantenerla con todas sus consecuencias, decisión que exigía establecer una frontera infranqueable entre presente y pasado. Pisó con más fuerza el acelerador. Era absurdo seguir dando vueltas de tuerca a una situación que se había vuelto insostenible, llevar una vida loca al lado de un irresponsable que se sentía el centro del mundo, una persona inmadura y voluble, antojadiza, sin ningún sentido del compromiso, un ególatra infantil para el que todo el universo giraba en su torno, sin que nada importase más que su propia satisfacción personal. ¿Bastaba el amor para compensar tanto despropósito? ¡Desde luego que no! Huir de allí era lo mejor que podía hacer, huir y buscar nuevos aires en otro lado, más frescos, más puros. Tenía que pasar página y olvidarle, relegar definitivamente al pasado la etapa vivida junto a él, una etapa donde las frustraciones habían terminado por imponerse a los gozos y alegrías. Sería difícil, muy duro, pero con voluntad y perseverancia podría sin duda conseguirlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sonó el móvil. Lo sacó de su chaqueta sin dejar de conducir. Era él. Con renovada cólera, arrojó el terminal sobre el asiento de al lado. No quería contestar. No iba a contestar. Consumado maestro en las artes de la seducción, no podía darle la oportunidad de que con sus palabras melosas la convenciera para que regresase a su lado. Tenía en ese sentido que evitar todo contacto oral con él, so pena de quedar enredada de nuevo en sus poderosas redes. El móvil seguía sonando, insistente, y su repetido timbre se incrustaba en su oído para lacerarle los tímpanos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dejó de sonar el teléfono y casi en paralelo sobrevino la caída de la noche. Silencio y oscuridad la envolvieron y se sintió de algún modo protegida por ambos. La noche era como un refugio, un aislante hermético que la confinaba entre sus negros brazos para sustraerla del campo de batalla, de la cruenta lucha que bajo la luz del día tenía lugar. Se sentía a gusto conduciendo en la oscuridad, dejando que fuesen otros ojos, los faros del vehículo, los que rasgaran el horizonte para traer a los suyos imágenes oscilantes que por un momento resplandecían como estrellas de un firmamento remoto. Sólo el pensamiento, autónomo y contumaz, seguía perturbándola, abordando su mente con una acometida de recuerdos donde las escenas se sucedían unas a otras como las rotatorias figuras de un tiovivo, algunas de las cuales, pese a su proximidad en el tiempo, ya traían consigo el barniz de la nostalgia. Tenía que mantenerse alerta para no caer en esa trampa, artera y maliciosa como ninguna, una trampa junto a la que descollaba la figura de él como una especie de cíclope presto a encerrarla de nuevo en su guarida. ¡Él! ¿Tanto poder tenía? ¿Tanta era su influencia sobre ella? ¿Era posible que ya sintiese nostalgia de sus caricias, de sus besos, del siseo de su voz flotando en sus oídos? Recordó las palabras de su madre reprobando la dependencia emocional que, a su juicio, mantenía respecto a él; ríspidas palabras que, como un martillo pilón, comenzaron de pronto a golpear una y otra vez dentro de su cerebro. ¿Tendría razón su madre? ¿Estaría tan enganchada como ella sostenía? ¡No! Le demostraría su error, le demostraría que ella no era el satélite de nadie, que podía perfectamente vivir sin él, disfrutar sin él, razonar sin él. Siempre se había considerado una mujer independiente, una persona capaz de valerse por sí misma, libre de sumisiones y acatamientos, y no estaba dispuesta a permitir que nada, ni siquiera el poder de las emociones, le impidiera seguir siéndolo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La carretera culebreaba entre un paisaje agreste al que las tinieblas conferían una apariencia espectral; árboles y arbustos componían un negro conglomerado de formas que se extendía a uno y otro lado cual milicia de impasibles centinelas. El tránsito era escaso, apenas si de vez en cuando surgía en dirección contraria algún camión cuyas luces la deslumbraban durante breve lapso para desaparecer luego engullido por la bruma; el resto del tiempo, silencio y sombras. Empezó a sentirse sola, perdida en un laberinto tenebroso que parecía girar sobre sí mismo como una espiral de dimensiones infinitas. La seguridad que la envolviera al inicio de su marcha empezaba a difuminarse, a agazaparse tras las cortinas, cada vez más espesas, que conformaban la duda y la vacilación, del mismo modo que luego del crepúsculo la luz del día lo había hecho tras las de la noche. Curiosamente, ese mismo velo nocturno que poco antes la hiciera sentir reconfortada, ahora lo percibía opresivo, como una tupida prenda que comprimiera su pecho impidiéndole la respiración. Se vio de hecho impelida a estacionar el coche en el arcén, pues notaba que en verdad se estaba asfixiando y que la visión se le iba, como si sufriera un repentino ataque de vértigo, lo que acarreaba el peligro añadido de sufrir un accidente. Una vez detenida, abrió la ventanilla para que entrase aire del exterior y combatir mediante su hálito fresco el terrible sofoco que la ahogaba. Tuvo que exhalar varias veces para conseguirlo. Poco a poco fue relajándose y recobrando el control de su propio cuerpo. Abrió entonces el espejo y se observó a través de él. Tenía los ojos húmedos, impregnados de una película lacrimosa que empañaba sus retinas. Su rostro se le antojó una máscara patética. ¿A quién pretendía engañar?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nunca antes en su vida se había sentido tan frágil y vulnerable como en esos momentos. Percibía un inmenso vacío dentro de su vientre, como si a cucharadas alguien le hubiese estado sorbiendo las entrañas. Y tuvo miedo, un miedo que se tradujo en repentinos escalofríos que erizaron su piel y la llevaron a abrazarse a sí misma, de súbito aterida. Era el miedo a perder aquello que, aunque hubiese sido a cuenta gotas, le había provocado verdaderos momentos de dicha. Era en definitiva el atávico miedo a la soledad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Salió del coche y respiró profundamente. Como un verdugo invisible, el viento azotó su rostro. Se sentía terriblemente sola y desvalida, necesitada de unos brazos en los que cobijarse que no fuesen los suyos propios. Pero ¿qué otros brazos podían confortarla? Elevó los ojos al cielo, que a esas horas semejaba una gigantesca lámina de obsidiana, buscando una respuesta que de antemano conocía. ¿Quién sino él podía abrazarla y transformar de repente todo su frío en oleadas de calor? ¿Qué brazos sino los suyos podían aplacar su angustia? ¿Quién sino él podía hacerla feliz? Sin poder reprimir por más tiempo sus emociones, rompió en un desconsolado llanto, mientras allá arriba, espectadora de excepción, la luna seccionaba la obsidiana con su sonrisa blanca.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cogió el móvil y con manos temblorosas fue marcando uno a uno los nueve dígitos de su número. Segundos después le llegaba del otro lado, alborotada e inquieta, la conocida voz varonil, penetrante como una daga, profunda como la misma noche, una voz que a borbotones comenzó a esparcirse en multitud de interrogantes henchidos de preocupación e impaciencia, que dónde se había metido, que por qué no contestaba a sus llamadas, que qué pasaba. Ella procuró tranquilizarlo y le dijo que no se preocupara, que estaba bien. Él rió entonces y el silencio de la noche fue inundado por esa risa franca y espontánea, risa de niño, risa que se filtró por el auricular y anegó los oídos de ella.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Colgó. Las lágrimas no le permitían hablar, si bien no brotaban en esta ocasión del venero que alimenta a la tristeza, sino que eran, por el contrario, lágrimas de felicidad. Comprendió que sólo de sus labios, de su mirada pícara, de su risa impetuosa y traviesa, de sus besos y caricias arrebatadas podía obtener la energía necesaria para seguir viviendo. Comprendió asimismo que todo su precedente miedo no había obedecido a otra cosa sino a la posibilidad de perderlo para siempre. Y comprendió finalmente que en la batalla entre razón y sentimientos, por mucho que la primera se empecinara en ofrecer resistencia, eran estos últimos los destinados a alzarse casi siempre con la victoria.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con todas estas certezas subió de nuevo al coche, arrancó y buscó con ansia el primer cambio de sentido. Con un poco de suerte en poco más de una hora volvería a estar a su lado, cobijada entre sus brazos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6471908411725407952-1169417726485314090?l=mariocavara.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mariocavara.blogspot.com/feeds/1169417726485314090/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6471908411725407952&amp;postID=1169417726485314090' title='8 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6471908411725407952/posts/default/1169417726485314090'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6471908411725407952/posts/default/1169417726485314090'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mariocavara.blogspot.com/2011/06/ida-y-vuelta.html' title='IDA Y VUELTA'/><author><name>Cavaradossi</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14443118431487622201</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_CBxi0fhKeVI/TCKRKeEJe6I/AAAAAAAAAHY/e5I_0pgqlFg/S220/1.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/-lv252vY7uaM/Te_306hMWJI/AAAAAAAAAME/GrYnxnNF9zI/s72-c/Ida%2By%2Bvuelta.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>8</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6471908411725407952.post-6705504657256173099</id><published>2011-05-14T07:41:00.000-07:00</published><updated>2011-05-18T01:50:24.892-07:00</updated><title type='text'>EL FUEGO, EL MAR Y RUTH EN LA NOCHE DE SANT JOAN</title><content type='html'>&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/-cywM6zIw_Es/Tc6VPB_CCZI/AAAAAAAAAL4/NqnmyDfP_HE/s1600/sanjuan.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5606582671586232722" style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 10px 10px 0px; WIDTH: 124px; CURSOR: hand; HEIGHT: 200px" alt="" src="http://3.bp.blogspot.com/-cywM6zIw_Es/Tc6VPB_CCZI/AAAAAAAAAL4/NqnmyDfP_HE/s200/sanjuan.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;La noche olía a fuego. No era sólo por las hogueras, que crepitaban a lo largo de toda la orilla y al cielo escupían la pasión que brotaba de sus flamígeras lenguas; era la misma noche la que parecía arder, como si miles de estrellas se hubiesen puesto de acuerdo para deflagrar al unísono sobre el lienzo negro que las acogía. Ruth miró hacia ese cielo y entornó sus ojos de avellana. Reflejada en sus pupilas, la luna aparecía roja, roja como ese mismo fuego que bailaba en la noche, roja como la sangre que brota de una herida abierta, roja como las pesadillas que se cuelan entre las grietas del alma.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esa noche, sin embargo, Ruth quería dejar atrás sus propias pesadillas y comenzar a sustituirlas por sueños, brotes que sirvieran de raíces sobre las que cimentar renovadas ilusiones. Aspiró con profusión el aire salado y cálido. Su perfil anguloso se recortaba en la noche como el de una efigie. En la noche roja. Había sufrido numerosas adversidades a lo largo de su vida, enormes cíclopes que la habían torturado y puesto en evidencia su fragilidad; de hecho, casi toda su existencia la marcaban largos periodos de vacío entre una árida sucesión de fracasos y desilusiones que como huella habían dejado en sus ojos la melancólica mirada de una muñeca de porcelana. Pero sentía que los nuevos sueños eran asimismo fuertes, tan fuertes como esos malcarados cíclopes, y por primera vez en su vida creyó de veras en la posibilidad de derrotarlos para siempre. Anhelaba dar de una vez por todas un giro radical a su existencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En la playa las hogueras se elevaban cada vez más. Ruth meditó sobre si sería el fuego más voraz que los perniciosos demonios que desde siempre la acosaran. Difícil decirlo. El fuego era en todo caso purificador y, por tanto, idóneo para servir de exorcismo frente a aquellos y drenar el veneno que inficionaba su atormentado espíritu. Esa era su noche. Esa noche quería alejar de sí todos los fantasmas y demonios que desde niña la habían atormentado. Esa era la noche de sus sueños, de esos sueños y anhelos que saltaban ahora dentro de su cabeza como elásticos volatineros. Una nueva respiración profunda la anegó de paz.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero camuflados entre los átomos del aire penetraron también los recuerdos, muchos de ellos punzantes y dolorosos, recuerdos que la transportaron hasta su infancia, plagada de ira y golpes, de frustraciones y desaires, de llantos y silencios. Su infancia es una herida abierta que, lejos de cerrarse, no ha dejado nunca de supurar dentro de su pecho, como si una daga permaneciera allí dentro, hasta el fondo incrustada y rotando con sevicia sobre su eje. Amargura y dolor fueron el deletéreo tósigo que alimentó su niñez e hizo de Ruth un juguete roto. Nunca se sintió querida por sus padres, mucho menos valorada, ningún gesto amable, ninguna caricia, ninguna muestra de afecto le vino de ellos, sino que, por el contrario, agresividad, gritos y continuos menosprecios constituyeron el pan nuestro de cada día durante esa trascendental etapa de su vida; unos padres que, lejos de mostrar hacia su persona orgullo alguno, aunque fuese de manera esporádica, no perdían ocasión de hacerle notar lo muy avergonzados que les hacía sentirse, señalándola con el dedo de manera desdeñosa y resaltando, tanto en privado como en público, los que consideraban irremisibles defectos suyos, dentro de lo que se convirtió en un constante bombardeo hostil que de forma paulatina iría minando la moral de la pequeña Ruth hasta conseguir que también ella sintiera vergüenza de sí misma, sensación de vergüenza que se convirtió así en uno de los múltiples complejos que desde entonces asaetearon su alma. Buena parte de sus miedos y actuales perturbaciones se originaron, en efecto, a lo largo de esa infancia marcada por la humillación y repulsa de unos progenitores que tanto de palabra como de obra inculcaron en su cerebro la creencia de que no valía nada, que no era más que un estorbo inútil que no merecía ni el aire que respiraba. Tan arraigada quedó esa creencia en su mente de niña que llegó a sentir que en verdad nada valía, que no era nadie, apenas una sombra perdida en el vacío de una existencia absurda, una sombra que terminó por odiarse a sí misma, hasta el extremo de descargar dicho odio mediante golpes y heridas que infringía sobre su propio cuerpo con la saña de quien cree estar enfrentándose a su peor enemigo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Este vendaval de malos recuerdos provocó en Ruth un penetrante ataque de nostalgia. Como regla general, la nostalgia se nutre de lo vivido, de aquellos momentos que por una razón u otra adquirieron un significado especial en la vida de quien los evoca. Ruth, en cambio, tenía nostalgia de una vida precisamente no vivida, añoranza de esa niñez perdida que transcurrió huera de cariño y comprensión, repudiada por quienes precisamente deberían haberla amado y protegido, sin ninguna defensa externa que pudiera contrarrestar a la legión de demonios que la iba invadiendo y que terminaron por convertirla en un ser asustado y frágil como una hoja en otoño. A resultas de esta nostalgia, el vacío invadió su ánimo, el mismo vacío de siempre, ese que ya le era tan propio como pudieran serlo sus ojos o sus piernas, ese vacío que la sumergía en una espiral oscura donde todo carecía de sentido, que entronaba sobre su mente la idea de que nada merecía en el fondo la pena, que no tenía a nadie, que no significaba nada para nadie, que estaba sola y que, le gustase o no, nunca dejaría de ser una sombra ajena al mundo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los sombríos pensamientos terminaron por minar las fuerzas de Ruth, que con lasitud se dejó caer al suelo, incapaz de seguir sosteniendo en pie el poderoso empuje de los recuerdos. Se encorvó entonces sobre sus piernas y con la cabeza apoyada en las rodillas comenzó a llorar. Lloró desconsoladamente durante varios minutos. Lloró tanto que sus ojos terminaron igual de enrojecidos que las llamas que allá lejos se alzaban desde las hogueras, inflamados como esa misma noche que la envolvía y que testigo era de su nuevo hundimiento... Pero no, no podía permitir que sus demonios la derrotasen de nuevo, menos aún de ese modo, sin siquiera haberles opuesto una mínima resistencia. Otra vez no. Tenía que sobreponerse al ataque recibido y retomar con brío el pulso de la lid.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Más decidida que nunca, se levantó presta a mirar de cara a sus enconados adversarios. Quería acabar con ellos y tomar de una vez por todas las riendas de su propia vida, desafiar con pujanza el oleaje que sus miedos y dudas habían levantado frente a ella y, como una flecha líquida, atravesarlo de parte a parte, salir al otro lado convertida en una persona distinta, airosa, plena, resuelta a afrontar con optimismo nuevos caminos y metas. Lo cierto era que no podía seguir viviendo retenida por un marasmo que le impedía acometer cualquier proyecto, dejando pasar el tiempo como si fuese agua que se escurriese entre los dedos. No podía desperdiciar de ese modo su vida. Tenía que luchar, acometer las escaramuzas que a su paso se presentasen en lugar de inclinar la cabeza y asumir la derrota al primer disparo. Había llegado el momento de dejar de compadecerse y, sobre todo, dejar de sabotearse a sí misma.... Pero para ello tenía que derrotar a esos demonios que desde niña la habían tenido atenazada. Era imprescindible acabar con ellos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con ese propósito en mientes, Ruth encaminó sus pasos hacia la playa. Bulliciosas multitudes se arremolinaban junto a las piras en medio de un batiburrillo de bebidas y comida que yacía por doquier desparramado, ya sobre la misma arena, ya sobre toallas y esterillas. Las hogueras componían un poderoso ejército blandiendo sus armas al aire de la noche. Ruth pensó que eso era lo que ella necesitaba, un ejército que sirviese a sus órdenes en aquella infernal contienda que se aprestaba a acometer. El fuego sería, pues, su ejército, su leal aliado en esa noche de exorcismo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se alejó buscando un lugar tranquilo y despejado, lejos de la bochinche, un lugar solitario donde pudiera encender el fuego purificador. Siguiendo la línea de la costa, lo encontró algunos kilómetros más adelante, fuera ya de las fronteras que delimitaban el perímetro de la ciudad, en una cala perdida de difícil acceso. La conocía porque era allí donde solía ocultarse en aquellos momentos en que el desamparo lo sentía tan grande que no soportaba presencia alguna a su lado. Allí, en ese reducido trozo de playa, prendió una pequeña lumbre con algo de yesca que había traído para la ocasión. Segundos después, al compás que marcaba la brisa marina, unas tímidas llamas comenzaron a menear de un lado a otro sus ígneas cabezas. A la luz de ese fuego, Ruth juró en voz alta que no volvería a someterse a la tiranía de sus particulares demonios, convocándolos para que abandonasen su mente y, acompañados de los miedos y complejos que los sustentaban, ardieran para siempre en el infierno, simbolizado en este caso por las danzantes llamas. Para sellar este juramento hizo con un cortaplumas una ligera incisión en la palma de su mano derecha, lo suficiente para que de ella brotase un minúsculo reguero de sangre, y presionó acto seguido sobre la herida a fin de que algunas gotas cayeran en la pequeña pira. Era su particular alianza de sangre. A partir de aquí, Ruth siguió el clásico ritual y comenzó a saltar sobre aquel fuego aliado. Su cuerpo volaba una y otra vez sobre la hoguera, como una bruja en pleno aquelarre, hasta que el espíritu del fuego tomó posesión del suyo y le hizo perder la consciencia de sí misma, sumiéndola en un éxtasis que transmutó las células de su organismo hasta hacer de ella algo etéreo, una especie de aire que flotaba en derredor de las llamas para con ellas fundirse en mágica miscelánea. En consonancia con este místico trance, ya no fueron los suyos meros saltos sobre la lumbre, sino un verdadero baile, una danza ancestral a través de la que su cuerpo metamorfoseado se contorneaba alrededor de las llamas como una sacerdotisa entregada a un culto proscrito. Dominada por un indómito frenesí, Ruth agitaba la cabeza hacia delante y hacia atrás, mientras sus piernas, sus brazos, su cintura se arqueaban en movimientos cada vez más delirantes, torsiones que abrían invisibles escotillas por las que arrojar a sus torturadores. A través de esos huecos empapados de bilis asomó la madre aviesa que la ridiculizara de niña llamándola gordita delante de sus amigas. Por tales huecos se dejó ver la intemperante familia que nunca quiso aceptar su romance con un hombre al que consideraban de peor extracción social. Entre aquellas biliosas oquedades se derramó el desprecio con que sus jefes y algunos compañeros de trabajo la habían tratado en los últimos años. Demonios todos que fueron surgiendo al compás de su danza, conjurados por el rito, hasta que, limpia, cayó sobre la arena completamente extenuada, sin un gramo más de fuerza, pero libre. Permaneció un buen rato tumbada sobre la arena, con la mente en blanco y jadeando dificultosamente. Luego, recobrada parte de la energía perdida, volvió a levantarse, se desprendió de toda la ropa y se bañó en el mar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El abrazo del agua le supo cálido, acogedor como el de un afectuoso amante, un amante que la acariciaba, que la lamía, que la colmaba de húmedos besos, de besos de sal. De espaldas y con los brazos en cruz, Ruth se dejaba mecer por las olas mientras contemplaba el cielo estrellado. Decenas de luminares fulgían en medio de la oscuridad, lunares blancos sobre un rostro negro, y destacando entre todos ellos la luna de sangre, esa gran luna que, asomada al mar cual centinela del Olimpo, perfilaba las delgadas, vaporosas, exquisitas formas femeninas y vestía de plata sus delicados senos de nácar. A lo lejos chispeaba toda la línea costera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ruth se sentía ebria de libertad, una embriaguez que a flote sobre su mente traía toda una falange de anhelos, del mismo modo que su cuerpo desnudo a flote iba sobre la mar en calma. El fuego la había vaciado de engendros. El mar la llenaba ahora de sueños. Soñaba con nuevos horizontes, con nuevos caminos, con nuevas posibilidades. Soñaba con cambiar para siempre su natural pesimismo y revestirlo de esperanza. Soñaba con una Ruth menos cobarde, una Ruth decidida a afrontar con brío las batallas que se le presentasen en cada reto que decidiera asumir. Soñaba Ruth mientras el mar la acunaba entre sus brazos acuosos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se trataba de sueños, sí, pero algo le decía que esos sueños estaban en el fondo transmitiéndole una imagen real, la imagen de la nueva Ruth que había surgido del fuego y consolidádose en el agua. Y aun consciente de la inevitabilidad de nuevas caídas, desengaños y traiciones, elementos propios al fin y al cabo del escenario de la vida, ya no se sentía tan vulnerable a ellas, pues en su interior percibía el empuje de la fuerza necesaria para combatirlas y seguir adelante.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Soñaba Ruth y en sus sueños se veía a sí misma como otra persona, una Ruth mejorada, una Ruth capaz al fin de expresar sus sentimientos sin miedos, sin tapujos, sin temor al rechazo; una Ruth menos hermética, más proclive a dejarse llevar por el maremágnum de las emociones. Paradójicamente, soñaba en ese aspecto con una Ruth más soñadora. Soñaba con ser la protagonista de un mundo donde las risas despuntaran sobre las lágrimas, las caricias sobre las bofetadas, la ilusión sobre las decepciones. Soñaba Ruth y sus sueños creaban sortilegios. Soñaba con un refugio donde poder volar a sus anchas, sin límites de espacio ni de tiempo. Soñaba con una mano tendida que sujetaba la suya. Soñaba con unos labios que palpitaban al besar su boca. Soñaba que era arcilla y que un alfarero le remodelaba el alma con sus manos mágicas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sí, habría nuevas caídas, pero no esa noche. Esa noche ya no se la podría robar nadie. Era su noche, la noche del fuego, la noche del mar y de la luna, la nit de Sant Joan, la noche de Ruth.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6471908411725407952-6705504657256173099?l=mariocavara.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mariocavara.blogspot.com/feeds/6705504657256173099/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6471908411725407952&amp;postID=6705504657256173099' title='8 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6471908411725407952/posts/default/6705504657256173099'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6471908411725407952/posts/default/6705504657256173099'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mariocavara.blogspot.com/2011/05/el-fuego-el-mar-y-ruth-en-la-noche-de.html' title='EL FUEGO, EL MAR Y RUTH EN LA NOCHE DE SANT JOAN'/><author><name>Cavaradossi</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14443118431487622201</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_CBxi0fhKeVI/TCKRKeEJe6I/AAAAAAAAAHY/e5I_0pgqlFg/S220/1.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/-cywM6zIw_Es/Tc6VPB_CCZI/AAAAAAAAAL4/NqnmyDfP_HE/s72-c/sanjuan.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>8</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6471908411725407952.post-1579019693269434455</id><published>2011-05-05T16:13:00.000-07:00</published><updated>2011-05-05T16:27:01.753-07:00</updated><title type='text'>NOSTALGIA</title><content type='html'>&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/-xRyKc5QAWVc/TcMyN95pvdI/AAAAAAAAALw/HoSmjCvYgIA/s1600/5300713.jpg"&gt;&lt;img style="TEXT-ALIGN: center; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 200px; DISPLAY: block; HEIGHT: 174px; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5603377576915090898" border="0" alt="" src="http://2.bp.blogspot.com/-xRyKc5QAWVc/TcMyN95pvdI/AAAAAAAAALw/HoSmjCvYgIA/s200/5300713.jpg" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Relojes sin curso, tiempo detenido, volutas de sueño&lt;br /&gt;forman capiteles en medio del aire,&lt;br /&gt;la evanescente huella de tiempos pasados&lt;br /&gt;sobre el erial de un presente yermo.&lt;br /&gt;Ansia insatisfecha, nostalgia infinita,&lt;br /&gt;círculos recónditos que encierran deseos&lt;br /&gt;bajo la oxidada llave que guarece a la utopía.&lt;br /&gt;&lt;a href="http://4.bp.blogspot.com/-Ut3YIk7qp6Y/TcMxO7pL4fI/AAAAAAAAALo/jNCdGNC2mh8/s1600/5300713.jpg"&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;Vuelta la mirada hacia los recuerdos,&lt;br /&gt;acotados instantes saltan a la vista,&lt;br /&gt;no más que granos de arena en un gran desierto,&lt;br /&gt;fugaces, eróticos vahos que suben despacio,&lt;br /&gt;tan despacio como el humo sube de un incendio,&lt;br /&gt;el incendio de esos ojos que me miran ausentes&lt;br /&gt;mientras sobre el cristal de la luna escribo un “te quiero”&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6471908411725407952-1579019693269434455?l=mariocavara.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mariocavara.blogspot.com/feeds/1579019693269434455/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6471908411725407952&amp;postID=1579019693269434455' title='10 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6471908411725407952/posts/default/1579019693269434455'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6471908411725407952/posts/default/1579019693269434455'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mariocavara.blogspot.com/2011/05/nostalgia.html' title='NOSTALGIA'/><author><name>Cavaradossi</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14443118431487622201</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_CBxi0fhKeVI/TCKRKeEJe6I/AAAAAAAAAHY/e5I_0pgqlFg/S220/1.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/-xRyKc5QAWVc/TcMyN95pvdI/AAAAAAAAALw/HoSmjCvYgIA/s72-c/5300713.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>10</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6471908411725407952.post-3180349005236258324</id><published>2011-04-21T10:12:00.000-07:00</published><updated>2011-04-21T10:16:29.172-07:00</updated><title type='text'>CENA FRENTE AL MAR</title><content type='html'>&lt;a href="http://4.bp.blogspot.com/-Ppnex3bSgso/TbBmTHhdGxI/AAAAAAAAALQ/DSGLwM4Z4HU/s1600/mar%2Bnocturno.png"&gt;&lt;img style="MARGIN: 0px 10px 10px 0px; WIDTH: 200px; FLOAT: left; HEIGHT: 152px; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5598086815444441874" border="0" alt="" src="http://4.bp.blogspot.com/-Ppnex3bSgso/TbBmTHhdGxI/AAAAAAAAALQ/DSGLwM4Z4HU/s200/mar%2Bnocturno.png" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;La idea de ir a cenar aquella misma noche con Julia y su marido no me seducía para nada. Por un lado, me encontraba muy a gusto en casa, a solas conmigo mismo, sin otro compañía que los poemas sinfónicos de Liszt como música de fondo y los versos de Whitman como lectura. Por otro lado, detestaba al imbécil con el que se había casado, un insoportable egocéntrico que esparcía arrogancia y virotismo desde las elevadas cumbres a las que su necedad lo había encaramado; le detestaba aún más por el hecho de estar precisamente casado con Julia, teniendo en cuenta que yo fui novio suyo mucho antes de que ellos dos se conocieran. Siempre me pregunté qué pudo obnubilar a Julia, más allá si acaso del brillo del dinero, para emparejarse con semejante mentecato. Un enigma que dudo pueda alguna vez alcanzar a despejar. El caso es que finalmente, tras pensármelo mucho, decidí aceptar el ofrecimiento, no en vano llevábamos muchos años sin vernos, reducido nuestro contacto a una escasa y trivial correspondencia epistolar y a protocolarias llamadas telefónicas con motivo de nuestros respectivos cumpleaños y en Navidades, por lo que la curiosidad se impuso a mi pereza y la telefoneé para decirle que sí, que cenaría con ellos esa noche.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El lugar convenido era un conocido restaurante ubicado en un enclave idílico, justo enfrente del mar. Una de las razones, quizá incluso la principal, que motivaron mi aquiescencia a aquella cita había sido precisamente la elección de ese establecimiento en concreto, a cuya reputada cocina se añadían unas excelentes vistas del Mediterráneo, más hechiceras si cabe a esas horas en que ya el crepúsculo había teñido de oscuro el horizonte y mar y cielo bailaban entre las sombras. Me demoré un cuarto de hora más o menos -siempre acudo con retraso a mis citas, defecto que no tengo intención alguna de corregir-, de manera que cuando llegué ya aguardaba allí la feliz pareja, dando buena cuenta de sendos martinis. Julia me causó una grata impresión. Lucía un aspecto muy juvenil, embutida dentro de una chaqueta de algodón y pantalones vaqueros. No la veía desde hacía dos lustros, pero tuve que reconocer que ni el paso de los años ni los tres partos que llevaba ya a sus espaldas parecían haber dejado secuela alguna en ella, al menos en lo que al aspecto físico concernía: delgada, redimido de arrugas el rostro, piel bronceada por el sol, labios finos bien torneados, pechos que aún ganaban el pulso a la ley de la gravedad... Idéntico aspecto al que lucía diez años atrás cuando, harta de seguir soportando mis constantes infidelidades, anunció que me dejaba; idéntico al de la última vez que la vi, cuando me dijo que se iba a casar con Javier, un arrogante ejecutivo al que curiosamente yo mismo presenté con ocasión de ciertos negocios que por aquel entonces ultimaba con su empresa. En fin, que mi ex seguía conservándose estupendamente, toda una mujer de bandera. La esplendorosa sonrisa y los dos efusivos besos con que me recibió me hicieron retroceder al pasado, proyectándose en mi cerebro, como súbitos relámpagos, algunos de los mejores momentos que viví junto a ella. El flácido apretón de manos de su marido bastó, sin embargo, para devolverme al presente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nuestra mesa estaba ubicada junto a una veranda desde la que se ofrecía a los ojos un espectacular panorama nocturno. El mar estaba calmo, como sedado, sin que apenas delatase su respiración las ligeras ondulaciones de su bruñida superficie líquida; yo me sentía afín y en cierto modo cómplice de ese mar adormecido, no en vano también mi ímpetu se hallaba sofocado tras la ingesta de mi habitual ración de orfidales. La verdad es que el Mediterráneo suele ser un mar tranquilo y sosegado, a la manera de esos ingleses flemáticos que, por más contratiempos que les asalten, nunca parecen cabrearse. Es raro ver al Mediterráneo enfurecido y bravío. Quizá por ello me resulta tan hipnótico, su serenidad me turba y desconcierta, como si presintiera que tras ella se esconde un enigma terrible, un secreto con celo custodiado en lo más profundo de sus entrañas húmedas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No tardé en reparar en la pareja que ocupaba la mesa contigua a la nuestra. Eran ambos muy jóvenes, casi unos adolescentes. Ella llevaba una camiseta ceñida en la que se marcaban sus pezones como dos desafiantes puyas, lo que la convertía en todo un reclamo para los ojos. Lucía además un generoso escote que permitía apreciar el sugerente canal divisorio de los pechos, ni muy pequeños ni excesivamente grandes, oprimidos ambos bajo la estrecha prenda que los inmovilizaba. Desde luego, la muchacha desprendía sensualidad por todos los poros de la piel, hasta el punto de impregnar la atmósfera en derredor de una espesa legión de feromonas que en alguien como yo, tan proclive a sus sacudidas, no podían pasar desapercibidos, por muchos narcóticos que hubiese previamente tomado. Sus azules ojos, translúcidos como el alabastro, participaban asimismo del poder hipnótico que toda ella desprendía; tanto era así que resultaba difícil no mirarla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De mi ensimismamiento me sacó Julia al preguntarme por mi mujer. Le expliqué que, como de costumbre, estaba pasando el verano fuera del país, participando en unas excavaciones en no sé qué ciudad asiática de nombre impronunciable, de modo que, bromeé, me encontraba solo y desamparado en aquella urbe poblada de turistas. Julia se rió y, dándome una palmada en el muslo, bromeó a su vez sobre el peligro que suponía dejar solo durante tanto tiempo a alguien como yo. Su marido, ansioso de arrebatarnos el protagonismo de la conversación, señaló que, por lo que había podido observar, más que turistas, era una cáfila de astrosos inmigrantes la que colonizaba la ciudad, añadiendo que no entendía cómo podíamos consentir lo que, se mirase por donde se mirase, constituía una invasión en toda regla. Sus palabras venían a confirmar mis sospechas de que no había cambiado un ápice y seguía siendo el mismo reaccionario xenófobo que tan aborrecible se me hiciera desde el momento mismo en que lo conocí, un verdadero imbécil de tomo y lomo. No pudiendo soportar tanta sandez, mi mente se escapaba para acompañar a mis ojos en una disimulada visita a las insinuantes formas de la chica de al lado, quien en esos momentos extendía con dirección al mar una melancólica mirada azul a través de las cristaleras. La voz de Julia volvió a traerme de vuelta, acompañada en esta ocasión de una cálida sonrisa. No acerté a discernir qué me había dicho, pero le sonreí igualmente, al tiempo que me fijaba en el festoneado dibujo de sus labios, percatándome de lo mucho que me gustaría volver a besarlos. Levanté mi copa y propuse un brindis por los viejos tiempos. Mientras el oporto anegaba mi garganta, miré otra vez de reojo a la joven de la mesa adyacente, que había abandonado su absorta contemplación del mar para atender a los requerimientos de su acompañante. Un displicente movimiento de cabeza desplazó de lado a lado su larga cabellera bruna. Aquel gesto, aun dentro de su inocente sencillez, me pareció todo un despliegue de erotismo. Observé también sus manos, que jugaban nerviosas con los cubiertos. No parecían manos demasiado diestras, quizá incluso fueran torpes a la hora de acariciar. Daba igual, su belleza y sensualidad naturales suplirían a buen seguro esa supuesta falta de pericia táctil.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El marido de Julia no paraba de hablar y su cháchara se me hacía cada vez más insoportable. Su encendida defensa del despido libre resultaba de lo más tediosa y vomitiva. De no haber sido por la presencia de Julia, así como por la enigmática chica de la otra mesa, a esas alturas ya me habría arrepentido de no haber declinado la invitación. Así las cosas, mi única defensa contra el incesante martilleo de aquel charlatán cansino era desconectar y dejar que mis pensamientos vagasen a su libre albedrío. Siempre he sido un experto en el arte de mantener un diálogo mientras tengo la mente puesta en otro sitio, posiblemente una de mis mayores habilidades, de modo que aquel desdoblamiento no me resultaba demasiado arduo. Para ello, miraba de soslayo al mar y me complacía en trasladarme mentalmente hasta la playa, imaginando que bajo la placidez de la noche daba un largo paseo por la orilla, tal y como de hecho solía hacer a menudo. Recordé a la sazón las palabras de Chesterton cuando afirmaba que la realidad es siempre más extraordinaria que la imaginación, habida cuenta que esta última es patrimonio del hombre, en tanto que la primera lo es de Dios, cuya clarividencia es infinitamente mayor que la humana. En todo caso, yo era ateo, por lo que esa tesis no me comprendía, aparte de que mi imaginación, de tanto entrenarla, se había vuelto por completo omnipotente. Seguí, por tanto, dando rienda suelta a mis pensamientos, que en su peregrinar fueron trasladándome de un lugar a otro, aunque sin demorarse demasiado en cada parada. Me detuve, por supuesto, en Julia y en nuestro antiguo amor frustrado, preguntándome qué habría sido de nosotros de haber seguido juntos. En un momento dado me puse a reflexionar también sobre Dante y su Divina Comedia, no sé muy bien por qué, supongo que porque me habría gustado mandar de una patada al Infierno a aquel payaso que tenía enfrente y que hablaba y hablaba sin cesar. Ni que decir tiene que hubo asimismo una parada en mi mente para la joven de la mesa contigua, a la que no conocía, pero con la que no me hubiera importado compartir lecho en esa apacible noche. El novio tenía, por cierto, cara de lelo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La desconexión hacía que el parloteo de Javier me llegase como un eco lejano, a ráfagas cuyo volumen divergía en proporción inversa a mi espiritual alejamiento. Yo respondía de un modo mecánico, haciendo uso de mi maestría para hilvanar frases cortas de manera automática a partir de las voces inconexas que iban captando mis tímpanos. A lo lejos, el rumor de las olas, aunque distante, sonaba sin embargo con más ímpetu que tales voces dentro de mi cerebro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pese a todo, el esfuerzo por mantener el diálogo al mismo tiempo que daba rienda suelta a la imaginación estaba empezando a producirme dolor de cabeza, por lo que agradecí el respiro que me concedió mi impertinente contertulio cuando anunció que debía ir al lavabo. Al parecer tenía problemas de próstata. No pude evitar una sonrisa maliciosa cuando Julia me lo comentó. Aproveché en todo caso para hablar más íntimamente con ella. Me dijo que le iba todo muy bien, aunque detecté en sus manos un movimiento nervioso que parecía desmentir tal afirmación; yo al menos no la creí. Cuando me preguntó que qué tal me iba a mí, sólo pude contestarle que seguía como siempre, admirando la belleza del Mediterráneo, la prosa de Sábato, las óperas de Puccini y, por supuesto, la dulzura de sus ojos. Ella se ruborizó durante un segundo y me dijo que lo que seguía era siendo un zalamero embaucador y, por supuesto, un sinvergüenza redomado. Yo le dije que ya no, que mis bríos estaban desde hacía tiempo mucho más apaciguados, pese a que la próstata todavía no me daba la guerra que al bobo de su marido. Todavía reíamos a mandíbula batiente cuando regresó éste del servicio. Pasando por alto nuestras risas, se puso rápidamente a departir sobre no sé qué maricones que, según él, habían invadido la televisión en los últimos meses. A semejante dislate yo respondí con otra carcajada, más estruendosa aún que las anteriores, lo que debió terminar de mosquearlo, pues a partir de ese momento dejó prácticamente de hablar y su expresión adoptó un matiz agrio y severo. Lejos de llamarme a la prudencia, la irritación de Javier excitaba todavía más mi hilaridad, por lo que no tuve más que remedio que apartar la cara y ponerme con descaro a mirar por el ventanal. Curiosamente, la chica de la mesa contigua hacía en ese instante justo lo mismo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El mar estaba plácido, como si se sintiera en paz con el mundo o, más bien, indiferente a sus vicisitudes y polémicas. Las olas se deslizaban sobre su superficie como en un ballet, desprendiendo sus crestas reflejos argénteos, destellos que venían a ser guiños de luna, hasta que sin apenas un quejido morían de manera apacible sobre la orilla, como ancianos en sus lechos. Yo también me sentía plácido, en paz conmigo mismo, indiferente a mi entorno..., en especial ahora que el petimetre de Javier comía en silencio. No estaría mal, pese a todo, que de vez en cuando tanto el mar como yo nos volviésemos más bravíos y arrolladores. Como antaño. Como en los buenos tiempos. Así reflexionaba mientras proseguía mi cena y con algo de vértigo me perdía en el escote de Julia. ¿O era en el de la joven de la otra mesa?&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6471908411725407952-3180349005236258324?l=mariocavara.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mariocavara.blogspot.com/feeds/3180349005236258324/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6471908411725407952&amp;postID=3180349005236258324' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6471908411725407952/posts/default/3180349005236258324'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6471908411725407952/posts/default/3180349005236258324'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mariocavara.blogspot.com/2011/04/cena-frente-al-mar.html' title='CENA FRENTE AL MAR'/><author><name>Cavaradossi</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14443118431487622201</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_CBxi0fhKeVI/TCKRKeEJe6I/AAAAAAAAAHY/e5I_0pgqlFg/S220/1.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/-Ppnex3bSgso/TbBmTHhdGxI/AAAAAAAAALQ/DSGLwM4Z4HU/s72-c/mar%2Bnocturno.png' height='72' width='72'/><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6471908411725407952.post-7079471123163719515</id><published>2011-04-02T07:19:00.000-07:00</published><updated>2011-04-02T07:33:53.487-07:00</updated><title type='text'>FUGA Y RETORNO BAJO UN CREPÚSCULO GRIS</title><content type='html'>&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/-_OOPBcZppJw/TZcxxf2CLFI/AAAAAAAAALI/isScsUGQ2cM/s1600/crepusculo%2Ben%2Bla%2Bciudad.jpg"&gt;&lt;img style="MARGIN: 0px 10px 10px 0px; WIDTH: 200px; FLOAT: left; HEIGHT: 150px; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5590992188835245138" border="0" alt="" src="http://1.bp.blogspot.com/-_OOPBcZppJw/TZcxxf2CLFI/AAAAAAAAALI/isScsUGQ2cM/s200/crepusculo%2Ben%2Bla%2Bciudad.jpg" /&gt;&lt;/a&gt; &lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;La tarde expiraba en un marco de nubes rojas que, iluminadas por el sol poniente, hería las retinas con penetrantes aguijonazos. Pronto las sombras engullirían los últimos restos de luz y la ciudad comenzaría a latir con un pulso distinto, más bullicioso y festivo, acorde con esos duendes traviesos que se materializan en el aire al oscurecerse el mundo; pero en ese preciso momento, punto de inflexión que precede al relevo del día por la noche, todo parecía transcurrir a cámara lenta, como si el tiempo se hubiera detenido en un equilibrio calmoso.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Esta era al menos la percepción que había tenido el hombre del traje oscuro al asomarse por la ventana. El aire olía a humedad. Había estado lloviendo casi toda la tarde, pero ahora apenas si caían algunas gotas rezagadas, muy pocas ya, que provocaban un tenue tic tac al chocar contra los cristales de la oficina. Había sido para él un día raro, uno de esos días que dejan un resabio lánguido en el ánimo, como niebla adosada, espesa niebla cargada de melancolía. Un día, por lo demás, como tantos otros. Las luces comenzaban a florecer. Enfrente, como gigantescos parches, descollaba sin embargo una fila de rectangulares edificios, oscuros y tristes, grises moles que no parecían absorber luz alguna, clónicos espectros sin alma, mates, taciturnos, opresivos. Metáfora de hormigón que, pensó con irónica amargura, definía hasta cierto punto su propia vida: triste y mate, opaca y plana.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Estos pensamientos servían de filtro para la melancolía y, en efecto, mientras continuaba absorto en la contemplación del panorama que más allá del cristal se ofrecía a sus ojos, un chorro de melancolía traspasó la piel del hombre del traje oscuro hasta anegarle el alma. Pero apenas un segundo después de recibir la pugnaz arremetida, una sensación de diferente índole vino a sobreponerse a la primera, como una fuerte descarga eléctrica, una punzada interna más bien, como si algo por dentro, algo intangible, esa misma alma tal vez que acababa de ser empapada de melancolía, se rebelara con un gruñido sordo y, apretando con fuerza los puños, golpeara las paredes de esas oscuras cavernas internas donde deploraba estar constreñida, pugnando por escapar de ellas, por traspasar la envoltura física de carne, hueso y vísceras que la enjaulaba y volar a otro lugar, salir fuera, escapar de la ciudad y perderse en algún lugar lejano, cerca del mar a ser posible, las rocas de algún abrupto acantilado vendrían a ser para tal fin un escenario propicio, tumbarse sobre ellas y respirar, sólo eso, respirar larga y profundamente, escuchar el sibilante sonido del viento filtrarse entre las rocas y deleitarse luego con la contemplación de las aguas, allá abajo tan enrabietadas y espumosas, formando olas que se elevaban varios metros, como despóticos jayanes, para acto seguido, presas de una furia desmedida, lanzarse una y otra vez, sañudas y contumaces, con un estruendo sordo de bramido animal, contra el malecón que sufría impasible su ira, rompiéndose sobre la piedra en mil líquidos pedazos, pero más allá, en cambio, como insólito contraste, perderse esas mismas aguas en el horizonte azul con la dócil placidez de entregadas amantes, en perfecta ósmosis confundidas con el propio cielo.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;El hombre del traje oscuro podía notar cómo los sentidos se le agudizaban al compás de esta sacudida interna, hasta el punto que podía ver, oler, oír y casi hasta palpar la belleza del paisaje que conformado había sido en su imaginación narcotizada. Por un momento tuvo la tentación de extender los brazos y dejarse caer por la ventana, sentir la ingravidez voluptuosa del vacío y mimetizarse con esa fastuosa estética que sus sentidos captaban. Atravesaría el aire salobre como un proyectil vivo, notando en su caída el progresivo ensanchamiento de los márgenes del paraíso, su paraíso, hasta alcanzar la traslúcida superficie donde se disolvería para transformarse en uno más de sus efervescentes guerreros líquidos. La mar lo llamaba.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Se apartó de la ventana con ansiedad, respirando afanosamente, sin apenas poder dar crédito a la locura que a punto había estado de cometer. ¡Cómo pudo su razón extraviarse hasta ese extremo! Extrajo de su bolsillo un pañuelo y se limpió el sudor que salpicaba su frente. Disipado el espejismo, poco a poco fue recuperando la lucidez y adquiriendo de nuevo consciencia de la realidad que lo envolvía. Retornó entonces a su escritorio con ánimo de concluir el memorándum en cuya elaboración llevaba ya varios días enfrascado. Tras la última palabra escrita pestañeaba el cursor del ordenador con una antipática cadencia uniforme. Sintió de pronto una enorme desgana, como si todo su cuerpo fuese de piedra y le costara infinito esfuerzo cualquier movimiento, hasta el más sencillo. A ese estado de laxitud coadyuvaba asimismo la insoportable frialdad que percibía en cuanto lo rodeaba dentro de aquel deprimente despacho. La pantalla del ordenador era un hierático cristal cuya transparencia de plasma nada en el fondo reflejaba. Los libros y documentos contables confinaban bajo la negra cubierta su desabrida alma de datos y números. Los archivadores proclamaban en silencio su metódico e insípido orden. Los armarios se antojaban montaraces vigías, erguidos con una displicencia acorde a su piel de metal. Insertada en la pared, una caja fuerte velaba celosa la numérica combinación que permitía el acceso a sus entrañas. Todo estaba minuciosamente ordenado y operativamente dispuesto para su específico fin, pero al propio tiempo todo, absolutamente todo, ofrecía un conjunto gris, mortecino, exangüe, un retrato apagado de naturalezas muertas, de espectros anclados en un espacio atemporal, sin ningún luminoso vestigio que de algún modo hiciera refulgir, aunque sólo fuese mediante una chispa diminuta, tan sombría estampa. Ni siquiera él mismo, el hombre del traje oscuro, percibía en su interior chispa vital alguna. Era como si el desaliento y la apatía hubiesen convertido toda su sustancia en una especie de paisaje calcinado, huero de vida, un objeto inerte, otro miembro más de aquel conjunto de exánime materia, un ser por cuyo interior corría ceniza en lugar de sangre, tan inanimado al fin como el abrigo o el paraguas que del perchero colgaban. Su traje oscuro se le figuraba en ese sentido la mortaja de un cadáver.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Y lo curioso era que tan sólo minutos antes se había sentido más vivo que nunca, intensamente vivo, por más que para ello hubiese tenido que escapar de la prisión que conformaba su carne y volar lejos, muy lejos de allí. Ahora, en cambio, frente a la frialdad de aquel ordenador parpadeante se sentía yermo. Cerró los ojos y con las yemas de los dedos fue recorriendo su rostro, dibujándolo, buscando el calor de la sangre que, pese a todo, debía estar navegando allá dentro, por debajo la piel. No lo halló.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Tras emitir un prolongado suspiro de resignación, el hombre del traje oscuro acarició el teclado y comenzó a escribir. &lt;em&gt;La valoración de los recursos empleados en la reducción de costes debería atenerse a criterios de…&lt;/em&gt; Fuera volvía a llover. Se oía perfectamente el amartillar de las gotas sobre la ventana, con disciplina, como en un desfile, la misma disciplina, indolente y metódica, con que sus dedos sacudían las teclas del ordenador. La noche entretanto proseguía su implacable descenso sobre la ciudad, la cual oponía a la oscura invasión un batiburrillo de luces que reverberaban sobre el bruñido foco del asfalto. No había estrellas en el cielo. Árboles negros evacuaban chorros de agua sobre los desprevenidos caminantes que pasaban bajo sus frondas. El punto de inflexión había pasado. Un día más fenecía para con molicie renacer acto seguido sobre su mórbido lecho de invariables rutinas. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;/div&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6471908411725407952-7079471123163719515?l=mariocavara.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mariocavara.blogspot.com/feeds/7079471123163719515/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6471908411725407952&amp;postID=7079471123163719515' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6471908411725407952/posts/default/7079471123163719515'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6471908411725407952/posts/default/7079471123163719515'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mariocavara.blogspot.com/2011/04/fuga-y-retorno-bajo-un-crepusculo-gris.html' title='FUGA Y RETORNO BAJO UN CREPÚSCULO GRIS'/><author><name>Cavaradossi</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14443118431487622201</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_CBxi0fhKeVI/TCKRKeEJe6I/AAAAAAAAAHY/e5I_0pgqlFg/S220/1.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/-_OOPBcZppJw/TZcxxf2CLFI/AAAAAAAAALI/isScsUGQ2cM/s72-c/crepusculo%2Ben%2Bla%2Bciudad.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6471908411725407952.post-6322391049410749950</id><published>2011-03-21T16:22:00.000-07:00</published><updated>2011-03-21T16:32:26.754-07:00</updated><title type='text'>CARTA A UNA BRUJA (11)</title><content type='html'>&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/-PyLZaqmwd9k/TYffyWdHCCI/AAAAAAAAAK4/a2Gy0rkLAZU/s1600/bruja%2Bluna.bmp"&gt;&lt;img style="MARGIN: 0px 10px 10px 0px; WIDTH: 200px; FLOAT: left; HEIGHT: 149px; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5586679918890518562" border="0" alt="" src="http://2.bp.blogspot.com/-PyLZaqmwd9k/TYffyWdHCCI/AAAAAAAAAK4/a2Gy0rkLAZU/s200/bruja%2Bluna.bmp" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;La otra tarde estuve paseando por el centro y, de manera distraída, mis ojos iban fijándose en la multitud de escaparates que se sucedían a lo largo de las calles y avenidas por las que transitaba. Eso me llevó a pensar en el escaparate que sobre nuestra propia estampa mostramos en ocasiones a la vista de los demás, cuya única intención es la de dar una imagen más vistosa de la que creemos poseer. ¿No te parece, mi adorada bruja, que ante nuestros ojos desfilan continuamente multitud de engañosos escaparates, falaces como el oropel, hechos de carne y hueso? Son las huestes del disimulo, presentes por doquier, integradas por seres cuyo objetivo se centra en alterar la propia identidad para ofrecer en su lugar otra distinta, otra que, pese a no ser la auténtica o tal vez por eso mismo, consideran más atractiva. Muchos son, por desgracia, quienes componen estas milicias duchas en las artes del embozo. En realidad, salvo contadas excepciones, todos en alguna que otra ocasión hemos formado parte de ellas. ¿Quién no se ha expuesto alguna que otra vez bajo el cristal de un escaparate distorsionado? Unos más que otros, sí, pero no nos engañemos, pocos son en definitiva los que pueden afirmar no haber jamás hecho uso del fraude a la hora de exteriorizar su propia imagen.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es habitual, por tanto, encontrar más de un yo dentro de una misma personalidad: un yo privado, que se mantiene a buen recaudo en la esfera de la intimidad, y otro u otros públicos, prestos a ser sacados a escena en determinadas circunstancias. Sin embargo, la foto interior no engaña, podemos retocarla de cara a la galería, enmascararla si se quiere con diversos subterfugios, pero nuestros ojos no podrán dejar de tenerla presente, por muy camaleónicos que pretendamos volvernos. En ese sentido, resulta obligado conjugar esa imagen interna, la real al fin y al cabo, con el paisaje externo que nos envuelve, por más que lo hallemos a menudo insatisfactorio y nos sintamos perdidos entre sus meandros y recovecos, sin consuelo alguno a nuestras cuitas. Pero si, pese a todo, entre imagen y contexto resulta una incompatibilidad tal, que su ensamblaje se haga del todo imposible, no creo que la solución esté en camuflar la primera, sino en todo caso en tratar de encontrar un nuevo paisaje externo, o cambiar si es posible aquel en el que con tanta angustia nos desenvolvemos. Qué duda cabe que tales cambios, trasladados ya sea al plano material, ya al afectivo, no resultan siempre fáciles de llevar a la práctica, puesto que su materialización requiere de un valor y perseverancia extraordinarios, siendo además que los resultados son a menudo nefastos, corriéndose el riesgo (muy grande, por cierto) de que el nuevo paisaje sea igual de desalentador o más que el precedente. Pero incluso en ese caso habrá merecido la pena el intento, ya que nada hay más penoso que quedarse de brazos cruzados sin intentar jamás nada o, peor aún, ofreciendo una imagen falsa, exhibiéndonos siempre tras el escaparate del engaño, nuestro yo privado siempre a la sombra, oculto bajo ilusorias máscaras que a la postre resultan opresivas, actitud con la que en definitiva seremos nosotros mismos los principalmente engañados.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mi problema, bruji, es el tedio, ya lo sabes, esa vulgaridad que tiendo a encontrar en la propia existencia cuando ésta se me antoja anodina e insulsa, una existencia en la que los días se parecen unos a otros como gotas de agua. Por eso en ocasiones me desespero y pienso que los cambios carecen de sentido, y me vuelvo pesimista, llegando a creer que, aun colocándome en otras coordenadas diferentes, no tardaré en hallarme otra vez devorado por una monotonía asfixiante, de nuevo ahíto de hastío, deambulando dentro de un contexto incoloro que se niega a ofrecerme aliciente alguno… Pese a todo, mi espíritu no deja en tales casos de sentir la necesidad de escapar, de salir corriendo para huir de esa opresión intolerable que se instala en el alma cual inquilina aviesa, la necesidad de alcanzar al fin ese oasis cuyas formas aparecen difuminadas en el horizonte, lejanas como estrellas. Y mis piernas sienten entonces el hormigueo que precede a la carrera, ansiosas de lanzarse a ella, aun sabiendo que para llegar a ese oasis será preciso avanzar antes entre las ardientes dunas del desierto y sortear miles de falaces espejismos. Es al fin y al cabo una necesidad muy humana, demasiado humana. ¿No lo crees tú así? ¿Quién no la ha tenido alguna vez? ¿La has tenido tú, brujita? Estoy seguro de que sí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Menos mal que, por fortuna, como bien sabes, el desaliento raramente cuaja dentro de mi espíritu, de forma que con rapidez recobro el optimismo y me decido a disfrutar al máximo de todo aquello que con buen cariz se presenta ante mis ojos anhelantes y esperanzados, convencido de que la esencia de la felicidad no es otra que apurar al máximo el cáliz de los buenos momentos y obviar en lo posible el de los malos. Suena pueril, lo sé, pero es precisamente en lo más sencillo donde se encuentran las claves de los grandes misterios, no en absurdas complejidades que pueden llegar incluso a desquiciarnos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Te propongo, no obstante, que retomemos juntos esa sensación opresiva a que antes me refería y salgamos corriendo, que partamos en busca de nuestro particular El Dorado, de un nuevo mundo en el que, libres de cualquier atadura, podamos tú y yo buscarnos el uno al otro y, quizá, quién sabe, terminar de encontrarnos. ¿Te parece? ¡Correr, bruji, correr! No tengas miedo. Siempre que se haga hacia adelante y por el camino correcto, correr no entraña peligro alguno, máxime si lo haces a mi lado, pues bien sabes que me hallaré en todo momento presto a socorrerte ante el más mínimo percance. No, el peligro no está en correr, sino si acaso en hacerlo por una senda o dirección equivocada, en cuyo caso la carrera se tornaría absurda y sin sentido, y terminaríamos extraviándonos y yendo a parar a cualquier páramo sin retorno. Pero esta carrera, bruji, la nuestra, marcharía sin duda bien encaminada, con un objetivo claro que se iría perfilando a medida que nos desnudásemos de prejuicios y, mientras corremos, atrás fuésemos dejando frustraciones y desengaños: nuestro propio paraíso, aquel en el que poder reencontrarnos y disfrutar plenamente de cada momento, eternamente, sin nada ni nadie que nos perturbe.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Qué me dices, brujilla? Espero tu respuesta&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hasta entonces, un beso tibio sobre esos labios, forjados precisamente para eso, para ser besados por los míos. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;C&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6471908411725407952-6322391049410749950?l=mariocavara.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mariocavara.blogspot.com/feeds/6322391049410749950/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6471908411725407952&amp;postID=6322391049410749950' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6471908411725407952/posts/default/6322391049410749950'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6471908411725407952/posts/default/6322391049410749950'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mariocavara.blogspot.com/2011/03/carta-una-bruja-11.html' title='CARTA A UNA BRUJA (11)'/><author><name>Cavaradossi</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14443118431487622201</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_CBxi0fhKeVI/TCKRKeEJe6I/AAAAAAAAAHY/e5I_0pgqlFg/S220/1.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/-PyLZaqmwd9k/TYffyWdHCCI/AAAAAAAAAK4/a2Gy0rkLAZU/s72-c/bruja%2Bluna.bmp' height='72' width='72'/><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6471908411725407952.post-933388655085522928</id><published>2011-03-04T09:54:00.000-08:00</published><updated>2011-03-04T09:56:52.401-08:00</updated><title type='text'>UN DÍA CUALQUIERA</title><content type='html'>&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/-iEuMtCDAMmc/TXEn2Pghg2I/AAAAAAAAAKw/Tfe6VCljO-E/s1600/cerdo.jpg"&gt;&lt;img style="MARGIN: 0px 10px 10px 0px; WIDTH: 200px; FLOAT: left; HEIGHT: 173px; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5580285226118120290" border="0" alt="" src="http://1.bp.blogspot.com/-iEuMtCDAMmc/TXEn2Pghg2I/AAAAAAAAAKw/Tfe6VCljO-E/s200/cerdo.jpg" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;La resaca con la que amanecí fue de las que hacían época, cientos de alfileres hincados en mi cráneo que, cual legión de voraces insectos, agitaban por dentro su metálica y buida osamenta. Me llevé las manos a las sienes y apreté con fuerza, pero ni por esas conseguía que los pinchazos disminuyesen en su virulenta acometida. La noche anterior me había asaltado otro dolor también muy fuerte, aunque de muelas, y tan puñetero que no me quedó otro remedio que anestesiarlo mediante cuatro bien cargados copazos de aguardiente. Aquel póquer etílico había conseguido, en efecto, derrotar al dolor de muelas, pero al despertar me tenían preparada su factura en forma de una jaqueca mil veces más punzante. Creí que la cabeza me estallaría de un momento a otro. En consonancia con mi indómita naturaleza haragana, decidí al instante que no acudiría a la oficina, no estaba en condiciones de hacerlo, y dedicaría la mayor parte de la jornada a holgazanear de acá para allá, firme propósito con el que, todavía medio adormilado salí de la cama y, dispuesto a calmar la resaca con cuanta agua fresca hallase en la nevera, me dirigí a la cocina. Mi objetivo quedó truncado por el fuerte porrazo que me di contra mi mujer, quien en esos momentos venía andando por el pasillo, fregona en mano, en dirección contraria a la que seguían mis tambaleantes pasos. Inés siempre me dice que se siente invisible en mi presencia, aludiendo al nulo caso que, según ella, le hago, pero, qué demonios, esta vez sí que lo había sido literalmente, al menos para mis legañosos ojos. Lo cierto es que el imprevisto encontronazo conyugal terminó de despertarme, al tiempo que se intensificaba el terrible dolor de mi azotea, tanto por el golpe en sí como por el añadido sofión con que Inés vino a recriminar mi torpeza. Que si no ves por donde andas, que si parece que estás en la luna, que si eres tonto del culo, que si casi me descalabras, que si cualquier día de estos vamos a tener una desgracia gorda. Sólo le faltó arrearme con la fregona. Y eso que la culpable fue ella sin lugar a dudas, pues yo a fin de cuentas andaba todavía con la soñarrera a cuestas, eximente más que admisible, mientras que ella en cambio hacía ya bastante rato que estaba despierta, ¡y bien despierta!, con lo que ninguna excusa válida tenía para no haberme visto a tiempo de esquivar la funesta colisión. Aquel incidente reforzó en cualquier caso mi ya de por sí firme propósito de no ir a trabajar ese día, por lo que, sin más dilación, telefoneé a mi jefe para comunicárselo. Éste refunfuñó y dijo que eran ya muchas las veces que había faltado al trabajo durante el último mes, que ya estaba bien de tanto cachondeo y que como siguiera por ese camino no tendría otro remedio que tomar drásticas medidas respecto a mí. Como es de suponer, mi dolorida cabeza no estaba para ese tipo de monsergas, por lo que colgué sin más, dejándole así con el gruñido en la boca. Mi jefe, que es también mi cuñado, es un calavera disoluto que, entre otras, se folla a su secretaria, que es por otro lado la hermana pequeña de su mujer y de la mía, todo un putón verbenero de mucho cuidado. Él sabe que yo lo sé, por lo que le tengo cogido por las pelotas: la más mínima infidencia mía y en la familia estalla la tercera guerra mundial. Por eso sus amonestaciones me la traen floja.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como no tenía ganas de seguir aguantando los reproches de Inés, con esa voz de pito suya que parece diseñada para destrozar tímpanos, salí de casa sin desayunar. Ya tomaría algo en cualquier tasca. Mi intención era dejarme caer por el centro, así que me metí en el metro, dispuesto a salvar las seis estaciones que me separaban de mi destino. A esa hora los vagones iban todos atestados de gente, componiendo un verdadero amasijo de carnes sudorosas apretujadas unas contra otras que desprendían un nauseabundo hedor ácido. Aquel olor casi hace que me desmaye. No obstante, siempre he dicho que de toda situación penosa puede sacarse algún provecho, de modo que a trompicones y a base de codazos me hice con un hueco al lado de una rubia despampanante, a la que empecé a sobar el culo aprovechando la confusión. Ya que las circunstancias forzaban a un viaje incómodo, había que procurar suavizar al máximo las molestias, o dicho de otro modo, obtener alguna que otra delicia de tanta apretura, y con ese empeño se afanaron mis manos en palpar aquellas dos deliciosas medias lunas que tan sugerentes se ofrecían. La rubia dio un respingo al primer contacto, pero luego ajustó sus glúteos a la evolución de mis movimientos táctiles y, salvo algún que otro rezongo y un par de miradas reprobatorias que me lanzó de soslayo, ni se apartó ni dijo nada, por lo que, deduciendo que le estaba gustando el sobeo, me apliqué con mayor diligencia en su práctica. Ambos nos apeamos en la misma estación, yo con la polla más tiesa que el asta de una bandera, y tras separarnos en el andén por el empuje de la multitud, le guiñé desde la distancia un ojo en señal de complicidad, gesto al que ella respondió con una mirada donde creí percibir que se mezclaban a partes iguales el asco y la ira. Ni que decir tiene que aquella mirada me produjo bastante extrañeza, habida cuenta la maña que me había dado yo en la fricción previa, lo que, a mi entender, debería tenerla obnubilada, no enojada. Lanzó entonces la rubia un suspiro abrupto y, aprovechando que el apeadero estaba ya más despejado de gente, encaminó con decisión sus pasos hacia mi persona. Yo permanecí quieto aguardando su llegada, sonriente, ufano, confiado en que, pese a la cara de pocos amigos que aún exhibía, venía dispuesta a caer rendida entre mis rollizos brazos; pero en lugar de eso, lo que cayó fue todo su peso sobre mi pie derecho, en el que clavó con saña uno de los afilados tacones de sus zapatos, al tiempo que murmuraba entre dientes “hijo de puta pervertido”, o algo similar, que tan grande fue el dolor que de súbito me sobrevino que no pude prestar demasiada atención a sus palabras exactas. Emití un aullido y tras a duras penas reponerme del daño pude ver cómo la agresiva rubia se alejaba bombeando el culo. ¡Impúdica zorra! Hubiera debido ir tras ella para pedirle explicaciones, pero la prudencia me aconsejó que no lo hiciera, no fuese a llevarme un nuevo pisotón de propina, de modo que opté por dar media vuelta y escabullirme por otra salida diferente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ya en la calle, mis tímpanos recibieron la brutal agresión de los martillos percutores que desde hacía varios años porfían, a base de abrir zanjas y más zanjas, por dejar bien a la vista las tripas de la ciudad. Introduje en cada oído un dedo meñique y me alejé a pasos apresurados de aquel ruido infernal. En un bar tomé café con porras, que me sentaron de fábula, y luego una copita de aguardiente con la que eliminar los últimos rastros de la resaca. Con el cuerpo ya bien templado, me fijé en un negro que, provisto de una ajada mochila de considerables dimensiones, serpenteaba entre la escasa clientela del bar proponiendo cambalache. Cuando llegó a mi altura, le hice un gesto significativo con la mano para que se alejara, pero el moreno hizo caso omiso y plantó su mochilón sobre la silla contigua a la que ocupaban mis orondas posaderas, abriéndolo acto seguido para mostrarme orgulloso el arsenal de discos y películas pirateadas que guardaba dentro. Muy fastidiado por la impertinente intromisión, le expliqué que no me interesaba su mercancía de confección casera, que se largase y me dejara digerir tranquilamente las porras que acababa de zamparme; pero el africano, que apenas si chapurreaba dos o tres palabras de español y que me temo tampoco lo entendía demasiado bien, seguía importunando, ansioso al parecer por cerrar tratos conmigo, lo que terminó de hincharme las narices, tanto que decidí darle un buen susto que le sirviera de escarmiento, de manera que, torciendo el ceño y clavando una mirada aviesa sobre sus dos níveas escleróticas, le dije que era policía y que me veía obligado a confiscarle todo el género y conducirlo a él a comisaría en calidad de detenido. El negro, que hasta entonces ya digo que no daba muestras de comprender nada, sí que en esta ocasión debió captar el significado de mi proclama, pues se quedó completamente paralizado, suspendido su semblante en una expresión despavorida. Balbuceó luego algunas palabras que no entendí demasiado bien, pero que en cualquier caso iban unidas a lastimeras reverencias, venias y gestos que deprecaban en conjunto misericordia. Esa actitud amilanada y en extremo sumisa del zagal vino a provocarme risa y pena al propio tiempo, de manera que tras soltar unas sonoras carcajadas, hice valer mi natural condescendencia y le dije que no se preocupara, que me pillaba de buenas y que por esa vez haría la vista gorda. Viendo que, pese al generoso indulto, no cesaba de temblar y fijar en mis facciones una mirada de pánico, lo invité por añadidura a un trago para ver si así recuperaba el aplomo, no fuera a ser que del susto llegase a palidecer tanto que se volviera blanco. A tenor de la evidente fruición con que se echó el aguardiente a la gola, deduje que al moreno debía gustarle bastante eso de empinar el codo. Nos tomamos juntos otros dos lingotazos más, de modo cuando me fui del bar estaba mi nuevo amigo más contento que unas pascuas, hasta el punto que me regaló un lote de pelis piratas que sin rigor alguno extrajo de su aparatosa mochila. La verdad es que a mí no me interesaban para nada, pues salvo en lo que se refiere al cine porno, que consumo casi a diario, no soy nada aficionado al séptimo arte, por lo que en una calle aledaña a la Gran Vía regalé a su vez todo el lote a un tullido que pedía limosna junto a una iglesia. Me miró con cara de no entender y yo le dije que aquellos soportes magnéticos incorporaban en realidad grabaciones de altísimo secreto obtenidas por los servicios de inteligencia de Uzbekistán y que me era obligado desprenderme de ellas porque tenía a la CIA, a la KGB y al superagente 86 pisándome los talones, pero que confiaba en que él pudiese hacerlas llegar a la policía, gestión que a buen seguro le reportaría a cambio una sabrosa recompensa con la que comprar luego en el súper de la esquina unos cuantos cartones de vino que le permitieran emborrachase a mi salud. Lejos de alterar la alelada expresión que el semblante del mendigo exhibía, mi detallada explicación la acentuó todavía más si cabe, en especial como consecuencia de la sonrisa estúpida que dibujaron sus labios, supongo que por el placer que debió provocarle escuchar salir de los míos las palabras vino y emborracharse, y así, mientras meneaba repetidamente la cabeza de arriba abajo, vino a darme las gracias con una voz gangosa que me causó tanto o más repelús que su propia estampa astrosa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dejé al indigente disfrutar de sus ensueños de beodo y me dediqué a pasear durante un buen rato. La mañana era soleada y tibia y yo me sentía radiante. Ya no quedaba ni rastro de la jaqueca con la que despertara esa mañana. Poco después vi una sala de billar y decidí entrar a echar unas carambolas. Dispuse las bolas en posición de máxima dificultad, apliqué su buena dosis de tiza sobre el taco y, convencido de rizar el rizo de la sofisticación billarística, apunté al objetivo, ansioso por ver convertido en realidad el éxito que auguraba; pero, oh fortuna funesta, el maldito palo se me escurrió entre los dedos y, en lugar de la pretendida carambola, lo que sucedió fue ni más ni menos que abrió el tapete de lado a lado, en lo que venía a ser un desgarrón de magnitudes considerables. Mi natural virtuosismo no encajaba con tamaña badomía, por lo que he de suponer que el error obedeciera bien a la mala calidad del taco, bien a insondables albures que de vez en cuando se presentan y frente a los cuales ni los más eximios jugadores, entre los que por supuesto ha de incluírseme, pueden sustraerse. El caso es que me cargué el tapete y, ante la posibilidad de que el encargado lo achacase a mi torpeza y me exigiera reparar el desagravio, opté por un discreto disimulo que me permitiese burlar la vigilancia de aquél, cuya cara de buldog no me inspiraba por cierto confianza alguna, y que no se percatara del desaguisado. Hubiese sido injusto recriminarme por algo que no dejaba de ser un lamentable accidente, pero me daba en la nariz que aquel gañán no aceptaría de buen grado mis cabales explicaciones y me trataría de malos modos, insistiendo como poco en que le pagara por los desperfectos causados o, lo que era peor, violentando mi integridad física con alguna que otra agresión furibunda, lo que, a la vista de su ruda apariencia, me provocaba cierto acojone, todo sea dicho. En cualquier caso, no pensaba quedarme allí para constatar su reacción, de modo que, aprovechando un momento en que el buldog se metió en los lavabos para, supongo, echar una meada, plantar un pino o hacerse una bartola, salí pitando del local.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Culebreé a medio trote por varias calles hasta que, accediendo a la invitación que me hizo un tipo con gafas oscuras de cuyos labios colgaba un humeante pucho, me introduje en un recinto con trazas de ser buen refugio en el que ocultarme durante algún tiempo, por si acaso el buldog decidía buscarme por los alrededores. Ya dentro del local, bajé por unas escaleras sinuosas que me condujeron a una especie de bar cuya superficie se hallaba casi en su totalidad tomada por la penumbra. Al principio mis pupilas, todavía bajo la influencia de la luz solar, sólo acertaron a ubicar la barra, que aparecía iluminada por una tonalidad violácea, y hacia allí me aproximé para pedir un sol y sombra con el que calmar los nervios sobrevenidos tras mi reciente peripecia. Segundos después, no obstante, ya estaban hechos mis ojos a las sombras de aquella gruta y pude comprobar que aquí y allá se disponían sillones de confortable apariencia donde acomodaban sus traseros una serie de féminas de buen ver, así como algunos otros que cobijaban a parejas dándose arrebatados magreos. El sitio se me antojó tocado por cierta elegancia frívola muy de mi agrado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Apenas si había pedido el sol y sombra cuando una de las chicas solitarias se levantó de su asiento y, meneando sus caderas con impúdica cadencia, se acercó a mí para con voz melosa proponerme que le invitase a una copa. Sus gestos e insinuaciones me hicieron comprender que se trataba de una puta y que el lugar donde me encontraba no era sino un burdel. Me sorprendió que estuviese abierto al mediodía, dado que, por regla general, ese tipo de recintos constituyen más bien templos de la noche. E igualmente me sorprendió la sofisticada apariencia del local, nada comparable a los lupanares de carretera a los que yo suelo acudir para refrigerar mis varoniles sofocos. A pesar de lo pintarrajeada que iba, la chica era bonita y, aunque resultaba difícil calcular su edad con tanto maquillaje aparatoso, supuse que bastante joven. Tenía pómulos altos y unos labios carnosos que evidenciaban raíces sudamericanas. Colombiana, vino ella misma a confirmar mi conjetura. Y tenía también y sobre todo un culito respingón que no dejaba de reclamar a gritos ser tocado, así como un par de tetas espléndidas que asomaban a través de un escote vertiginoso, tan apetitosas que mi vista quedó casi de inmediato atrapada por su indudable magnetismo. El caso es que me entró el gusanillo de la follanza, de modo que cuando, tras acceder a pagar esa copa, ella me preguntó, guiñándome un ojo, si me apetecía, yo le pregunté a su vez que cuánto. Sonó en ese momento mi móvil, que lo llevaba guardado en uno de los bolsillos del pantalón, y dado que lo tenía dispuesto en el modo vibración, resultó que las sacudidas oscilantes del aparato, habida cuenta su proximidad precisamente con ese otro aparato que simbolizaba mi carnal deseo, vinieron a espolear éste todavía más, con lo que las ganas de follar se me hicieron incoercibles. Fue por tanto esta vibrátil agitación la que terminó de convencerme. Quien llamaba era por cierto Inés, supongo que para darme cuenta de cualquier bobada de las suyas, de manera que desconecté el teléfono sin llegar a responder y me puse a ajustar con la puta el importe de sus servicios. Apenas si regateé, pues andar escatimando euros a tan abnegadas sacerdotisas del placer se me antoja una bellaquería impropia de caballeros, por lo que convine con ella un precio razonable y nos metimos acto seguido dentro de un reservado al que se accedía por una puerta lateral del propio recinto. La pieza la ocupaban casi por entero una cama y un lavabo, y sobre la primera nos acomodamos la colombiana y yo, una vez, eso sí, despojados de todo ropaje y tras haberle pagado antes lo estipulado, para proceder al siempre gozoso juego de la coyunda. El polvo fue genial, pese a que apenas si duró dos o tres minutos, ya que aquella jodida daifa meneaba las caderas y gemía de un modo tan espectacular que todos los esfuerzos que puse en contener durante algo más de tiempo mi postrer estallido devinieron inútiles.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En cualquier caso, el mete saca me sentó de miedo y salí de aquel agradable lugar con los ánimos muy renovados. Y con bastante hambre, pues el reloj estaba próximo a dar las tres y en mi estómago ya no quedaba ni rastro de las porras ingeridas como desayuno. Valga decir al respecto que yo soy un comilón empedernido, como así evidencia con notoria claridad mi distinguida anatomía de hipopótamo. Así que, sin más preámbulos, me introduje en un bar donde servían comidas caseras y me agencié un buen plato de fabes con chorizo, al que siguió como segundo un suculento par de huevos fritos, todo ello regado con vino tinto de la casa. Café, cigarrillo y copita de coñac pusieron sobremesa a tan generosa comida, y justo cuando empezaba notar los efectos del clásico sopor que se apodera de uno tras la pitanza, me acometieron unas incontenibles ganas de soltarme un pedo. Miré en derredor con disimulo y comprobé que la mesa más próxima a la mía por el lado derecho la ocupaba una pareja joven que, si se atendía a los arrumacos con los que no dejaban de agasajarse entre bocado y bocado, debía andar en plena fase de amartelamiento, en tanto que justo a mi siniestra comía un solitario señor de avanzada edad ataviado con traje y corbata oscuros. Supongo que lo correcto hubiera sido ir al lavabo para allí aliviar con discreción la inoportuna necesidad que me asaltaba, pero lo cierto era que me sentía muy pesado y flojo, como no podía ser menos en plena fase de digestión, y no tenía en consecuencia la menor gana de levantarme de la silla; dudo mucho por otro lado que me hubiese dado tiempo de llegar al reservado, pues el pedo se impacientaba por salir y golpeaba con obstinada insistencia la puerta del angosto orificio que lo taponaba, incapaz éste de seguir reteniendo su fuga mucho más. En esta disyuntiva lo único que podía hacer era aplicarme todo cuanto me fuera posible en la tarea de controlar el esfínter, a fin de que la ventosidad prorrumpiera sin demasiado estruendo. Sonó un poquito, aunque no demasiado, una especie de silbido cuya atiplada cadencia se fue difuminando hasta terminar convertida en poco más que un siseo de serpiente, algo que en todo caso habría podido mal que bien disimular mediante algún oportuno gesto que responsabilizara del ruidillo a un imprevisto arrastre de la silla donde me hallaba sentado. Sin embargo, el peaje sensorial que se cobró el dichoso pedo fue, más que auditivo, de carácter olfatorio, toda vez que, aunque no tonante, sí que salió portando un profuso armamento químico, semejante al que suelen contener aquellos de los que acostumbro a servirme cuando quiero que Inés me deje solo, auténticas armas letales que con sumo sigilo invaden las glándulas pituitarias de la desprevenida víctima hasta por entero impregnarlas con su deletérea fetidez, y en ese sentido mi reciente cuesco resultaba a todas luces imposible de disimular. Los jóvenes de mi derecha, nada más detectar el hedor, comenzaron a hacer gesticulaciones con las manos y a fruncir repetidamente la nariz, como queriendo con tales visajes contener la invasión tóxica que se les venía encima. Segundos después, conscientes ya de la imposibilidad de su propósito, intercambiaron entre ellos algunas frases que, si bien no escuché, supongo debían guardar relación con la conmoción sufrida, mientras de soslayo me miraban con cara de asco. Por su parte, el viejo, menos comedido que mis otras dos víctimas, empezó a hacer aspavientos con la cara y, dirigiéndose a mí, me espetó unas cuantas palabras gruesas, entre otras que era un guarro sin educación ni compostura alguna. Le respondí diciendo que me dejara en paz, que no estaba yo para escuchar sermones de esa jaez, pero como el muy cansino insistía en sus reproches y en sus lecciones de urbanidad, terminé amenazándole con tirarme otro pedo de todavía mayor enjundia si no se callaba. La amenaza surtió efecto, pues el viejo, luego de menear la cabeza de un lado a otro en un gesto despectivo, no volvió a decir ya esta boca es mía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Salí del restaurante y anduve deambulando un rato por la zona, moviéndome sobre todo por instinto, es decir, siguiendo la dirección por la que me guiaban los culos y tetas de aquellas transeúntes que, cruzándose en mi camino, merecedoras eran de un detenido escrutinio por mi parte. Esta ocupación me mantuvo entretenido un par de horas, hasta que, cansado de tanto vagar, decidí que llegado era el momento de volver a echar un trago al gaznate. La verdad es que tenía todavía un agridulce sabor de boca por el episodio del restaurante, resabio que, bien lo sabía yo, sólo conseguiría definitivamente atemperar mediante la ingesta de al menos un par de pelotazos. Así que, sin más preámbulos, me introduje en el primer bareto que encontré por el camino, que resultó ser un local pequeño y bastante cutre cuya deslucida barra atendía un tipo que, en consonancia con el mal pelaje del recinto, exhibía una delgadez extrema y un macilento semblante. Mi parco nivel de exigencia en lo que a estética y pulcritud de bares, tabernas y tascas en general se refiere hizo que no me importase demasiado el penoso aspecto de ésta en concreto, ni mucho menos la cadavérica fisonomía de su dueño, ya que soy de la opinión que lo que realmente importa en este tipo de establecimientos es el contenido de las botellas que pueblan sus repisas y no el ornamento externo ni la mejor o peor presencia de quienes las atienden, de modo que me acodé sin remilgo alguno sobre la barra, que en esos momentos ocupaban otros dos parroquianos más, y pedí un cubata de ron con coca-cola que saboreé con verdadera fruición. Luego pedí un segundo y, como no hay dos sin tres, un tercero. Tanteé entonces mi billetera y pude comprobar que ésta andaba más vacía que el estómago de Gandhi, sin la liquidez necesaria en cualquier caso para abonar las tres consumiciones pedidas. A la sazón quiero dejar patente mi indignada repulsa por el hecho de que algo tan indispensable como el alcohol, producto que mantiene vivas nuestras más sagradas tradiciones, no sólo no sea considerado de primera necesidad, como sin duda debiera serlo, sino que haya llegado a alcanzar en los últimos tiempos una cotización tan elevada. ¡Qué asco! En fin, dejémoslo. El caso era que o buscaba un eficaz remedio que me evitase pasar por caja, o tendría que vérmelas con el gaznápiro de la barra, al que no le haría ninguna gracia mi insolvencia y me armaría a buen seguro un follón de cuidado. Planeé escabullirme al descuido en la primera ocasión propicia que al efecto se me presentara, pero pronto me di cuenta que la empresa no sería fácil, por un lado porque el churretoso camarero parecía andar en todo momento ojo avizor, sin perder detalle de cuanto pasaba al lado opuesto de la barra que atendía, y por otro porque mi incipiente estado de embriaguez no era desde luego el más idóneo para una evasión precipitada, máxime si ésta exigía a la postre echar a correr, tarea para la que, a mayor abundamiento, mis elefanciacas extremidades inferiores tampoco resultaban las más apropiadas. Así las cosas, estaba claro que si el escuálido tipejo me sorprendía mientras yo tomaba las de Villadiego, no iba a tardar demasiado en darme alcance, y tampoco era cuestión de enfrascarme con él en una pelea en plena calle, por más que sus trazas no fueran en ese aspecto demasiado atemorizantes. Por fortuna, el alcohol acostumbra a aguzar el ingenio, sobre todo cuando con la necesidad hace alianza, y en mi caso la inspiración llegó en alas de una mosca que acababa de posarse junto a mi vaso, insecto cuya repulsiva naturaleza me hizo discurrir una idea que puse en práctica sin la mayor dilación. Con agilidad felina y sin que nadie me viese, atrapé la mosca con una mano y la introduje, ya muerta, dentro del vaso que contenía mi tercer lingotazo, del que ya había apurado más de la mitad de su estimulante miscelánea, para acto seguido, con el cuerpo inerte del insecto flotando sobre el líquido elemento, comenzar a hacer aspavientos con los brazos mientras profería despepitadas voces quejándome de la presencia de aquel repelente bicho en mi bebida, de que aquello era lo más asqueroso que me había sucedido nunca, de que me daban ganas de vomitar, de que no me extrañaría haber incubado cualquier enfermedad tras la ingesta de ese brebaje intoxicado por tan repugnante inquilino y de que eso no era sino una consecuencia más de la absoluta falta de higiene que mostraba aquel bar de mala muerte y de la intolerable desidia de su encargado. Al reclamo de mis clamores, este último se acercó frotándose las manos en su lardoso mandil, y al ver la mosca en el interior del vaso casi se le salen los ojos de las cuencas, presa tanto del asombro como del horror. Entre balbuceos vino a decir que no entendía cómo podía haber sucedido semejante catástrofe, que era inaudito, que en su casa nunca pasaban esas cosas y que lo lamentaba muchísimo, que en todo caso aquello debía ser seguro culpa de la embotelladora. Hice entonces varias fotos con el móvil y lo amenacé con denunciarle a Consumo, a Sanidad y a quien hiciera falta, al tiempo que de nuevo hacía hincapié en lo sucio y descuidado en general que estaba aquel local, cuyo cierre iba a proponer de inmediato, algo que no dudaba conseguir dados mis numerosos e importantes contactos en el sector. Esto último lo dije en un tono tan convincente que las facciones del atribulado barman adquirieron de súbito una lividez espectral, hueras de todo rastro de sangre, reflejado en ellas un espanto tal que no parecía sino la antesala de la misma muerte. Casi con lágrimas en los ojos, me pidió perdón y me rogó que no lo hiciera, que aquello había sido un desagradable accidente y que de aquí en adelante pondría todo el esmero posible en que no volviera a suceder nada parecido. Continuó profiriendo una larga retahíla de deprecaciones y expresiones de arrepentimiento, entre las que sólo faltó ponerse de rodillas, hasta que finalmente sobrevino el desenlace que yo había pretendido al idear toda esa martingala, cual fue su ofrenda de un nuevo cubata, que me sirvió con manos temblorosas, y la proclamación de que, por supuesto, todas las consumiciones ingeridas corrían, a modo de resarcimiento por las molestias causadas, de cuenta de la casa. Hice un mohín de fastidio y luego de emitir un largo suspiro, dije que vale, que por esa vez lo dejaba correr, más que nada porque me daba pena y no quería tampoco arruinarle el negocio, pero que tuviese más cuidado en lo sucesivo. Así que apuré el cuarto pelotazo y salí de aquella cantina más contento que unas pascuas, y nunca mejor dicho.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Poco después, sin embargo, los caprichos de Fortuna harían que me viese envuelto en un lance que vino a agriar buena parte de esa alegría que llevaba encima. Resulta que iba yo caminando tranquilamente, absorto en mis propios pensamientos, acariciada mi piel por la ligera brisa que, a esas horas de la tarde, ya próximo el crepúsculo, se había levantado, cuando divisé a un par de chiquillos que a corta distancia me señalaban descaradamente con el dedo y, sin recato alguno, proferían sonoras carcajadas. No había que ser ningún lince para adivinar que estaban mofándose de mi augusta persona, lo que se hizo aún más paladino cuando, horros de cualquier género de compostura, pasaron a sazonar sus risotadas con expresiones burlescas referidas a mi apariencia física, que si vaya un gordo, que si menudo elefante está hecho y otras insolencias de similar calibre, sin al parecer importarles un bledo que mis oídos captasen tamañas impertinencias. Muy molesto, me acerqué a los dos lenguaraces, que no tendrían más de nueve o diez años, y les reproché su pésima educación, afeándoles esa descarada befa que hacían de un adulto. En vista de que la cara de ambos arrapiezos, lejos de vergüenza alguna, seguía reflejando descaro y guasa, intensifiqué el rapapolvo y les dije que sus padres, si tenían algo de decencia, deberían darles de latigazos hasta arrancar a tiras la piel de sus simiescas carnes, y añadí que si no fuera por la sobreprotección que esta sociedad decadente otorga a los mocosos como ellos, yo mismo les arrearía allí un buen sopapo que les sirviera de lección. Fue decir eso y salir del portal contiguo una especie de basilisco con un pañuelo anudado a la cabeza que empezó a gritar que quién era yo para sermonear así a sus hijos y amenazar con agredirles, que a ver si iba a ser ella la que me diera a mí ese sopapo. Seboso, agregó como colofón a su desplante. Tras depositar en la arpía una mirada de absoluto deprecio, la conminé a que se callase y, señalando a sus dos supuestos vástagos, le dije que esos niños lo que necesitaban era tener más educación y mejores modales, pero que dado el ejemplo que su propia madre les daba, no creía posible paliar tales carencias. Ella se soliviantó todavía más y me llamó sinvergüenza y culo gordo. Espoleado por sus insultos y también, por qué no decirlo, por el pedete que llevaba encima, contraataqué redarguyendo que ella sí que tenía un culo gordo. Gordo y espantoso, fueron los dos concretos epítetos que apliqué a su trasero, ambos desde luego certeramente ajustados a la realidad que exhibía la desembocadura de su espalda: un culo y unas caderas tan espectaculares que los dos insolentes muchachuelos se refugiaron a su socaire y desaparecieron por completo de mi vista. Fuera de sí, la señorona me espetó que yo era un grosero y que encima me olía el aliento a alcohol, al tiempo que, arrugando el morro despectivamente y moviendo a la altura de éste la mano de arriba abajo como si fuese un paipai, componía un visaje de asco. Sin inmutarme lo más mínimo, repuse que mejor que me oliese a alcohol que no a ajo como a ella. La bruja se irritó entonces todavía más y vino a decirme que si su marido, que en paz descansara, estuviese allí presente, me daría de lo lindo, a lo que yo repliqué que no me extrañaba que su marido se hubiera muerto, puesto que sin duda alguna era preferible reposar definitivamente en la huesa que compartir cada noche tálamo junto a semejante adefesio. Grosero, repitió ella. Esperpento, le solté yo. Y así proseguimos insultándonos mutuamente a base de diatribas e increpaciones de toda índole. A cierta distancia, atraídos sin duda por el enaltecido tono de voz de mi émula, se iba formando entretanto un nutrido coro de curiosos, todos ellos muy atentos, espectadores que en silencio asistían a la función que durante algunos minutos les mantendría entretenidos y de los opresivos brazos del hastío sustraería momentáneamente sus anodinas existencias. En un momento dado, no obstante, observé que del círculo de curiosos surgía una persona que, decidida, avanzó en dirección a donde los litigantes nos encontrábamos. Pero si yo conozco a este hombre, proclamó el espontáneo. En ese instante reconocí al señor de avanzada edad con el que horas antes coincidiera en el restaurante donde ambos habíamos comido, aquel al que tanto pareció molestar la aromatizada ventosidad que mi organismo se vio apremiado entonces a expeler. Era evidente que desde aquello me había cogido ojeriza, puesto que sin saber nada de la historia y, lo que era más importante, sin que nada le fuese a él en ella, se alió de inmediato con mi rival, asegurando con firmeza que yo era un guarro de tomo y lomo y un maleducado, tras lo cual, como si fuese un redivivo Homero, se puso a narrar en público lo sucedido en el restaurante, magnificándolo todavía más a base de falaces exageraciones. Yo le hice ver que nadie le había dado vela en ese entierro y le aconsejé que se fuese al asilo a comer sopitas y buen vino. Él amenazó entonces con arrearme con el bastón que portaba, lo que me llevó a retroceder prudentemente un par de pasos, no fuera a ser que aquel cerril vejestorio cumpliese su amenaza y menoscabara con su báculo mi integridad física. El caso fue que la entrada del viejo en el conflicto animó a otros transeúntes, que se aproximaron también y, fieles a esa cobarde idiosincrasia que suele caracterizar a la especie humana cuando se blinda dentro de la manada, tomaron partido por el bando que abrigaba mayor número de efectivos, sin importarles un bledo de qué lado estuviera la razón, que lo estaba del mío, por supuesto, de manera que de repente me encontré lidiando yo solito contra toda una cáfila de energúmenos. Conjurados todos contra mí, aquello se convirtió de pronto en una especie de torre de Babel donde voces y gestos se mezclaban en una abigarrada cacofonía ininteligible, lo que me llevó finalmente, dada mi evidente desventaja numérica y ante la manifiesta imposibilidad de hacer valer mi superioridad moral y dialéctica, a tomar la decisión de largarme de allí. Ni que decir tiene que no hay que buscar cobardía en esta actitud, sino tan sólo la sensatez de quien comprende que no merece la pena perder el tiempo en litigios con toda una pléyade de palurdos. Así que, sin más, di media vuelta a mi oronda figura y me alejé del lugar con elegancia y aplomo, dejando allí plantados a la arpía del pañuelo en la cabeza, a sus dos endemoniados hijos, al viejo gruñón de la vara y al resto de mis escandalosos adversarios. ¡Ahí se jodiesen todos ellos!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Anduve otro rato caminando, más que nada para ver si me despejaba un poco y se me pasaba el cabreo con que este último episodio envenenara mi sangre. Sin embargo, ya la noche se me echaba encima y, como no tenía ganas de continuar vagando sin rumbo, no fueran además mis pasos a conducirme a algún arrabal poco recomendable, decidí que llegada era la hora de volver a casa. Como es de suponer, seguía bastante achispado, no en vano el efecto de tantos lingotazos no se pasa por una pueril discusión, lo que me hizo sopesar el riesgo de subirme al metro, en especial la posibilidad de que en mis condiciones fuera a dar un inoportuno traspiés que me llevase a caer de bruces sobre la vía. Esa nefasta contingencia, unida a lo poco apetecible que me resultaba volver a soportar los codazos y hedores habituales del suburbano, así como el enojoso recuerdo de aquella puta rubia que por la mañana hincó su tacón sobre mi pie, me hicieron a la sazón decidirme por tomar un taxi. Al fin y al cabo con lo que había ahorrado en el bar de la mosca, podía permitirme algún caprichillo extra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mis orondas posaderas se acomodaron finalmente en el interior de un vehículo cuyo chofer lucía unas gruesas gafas de culo de botella, lo que me hizo recelar sobre si sus facultades visuales serían las más aptas para la conducción. Esa supuesta falta de vista parecía compensarla en todo caso con un exceso de lengua, como así evidenciaban sus continuos intentos de trabar conversación conmigo. Yo, sin embargo, no tenía gana alguna de cháchara, entre otras cosas porque, dado mi estado de embriaguez, apenas si podía articular las palabras, por lo que sin más ambages le insté a que se callara y estuviese a lo suyo, que era conducir. Noté que hacía un mohín de fastidio con la cara, pero lo cierto es que a partir de ese momento dejó de importunarme con su insulsa plática de taxista.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A punto ya de llegar a casa observé cómo un individuo iba trotando en chándal a través del parque que lindaba con la carretera por donde transitábamos en esos momentos. Venía en dirección perpendicular y, a tenor de los aparatosos cascos que cubrían sus orejas y de cómo llevaba la vista fija en un horizonte impreciso, deduje que no debía ir muy atento, lo que me hizo especular sobre el riesgo que corría de ser atropellado si le daba por cruzar la calle, como así parecía ser su intención. Siempre he blasonado de tener dotes para la adivinación o la nigromancia, y en esta concreta ocasión vinieron a evidenciarse de manera trágica, toda vez que segundos después de concebir mi barrunto, el distraído muchacho del chándal cruzaba en efecto a la carrera la calle y, ¡zas!, su deportiva marcha era bruscamente interrumpida por el coche que circulaba justo delante de nosotros, que por más que frenó no pudo evitar el atropello. Para no empotrarnos contra él, mi chofer también se vio obligado a efectuar un brusco frenazo, tanto que a punto estuve yo, que no llevaba puesto el cinturón de seguridad, de salir despedido hacia el asiento delantero, percance del que me libró mi peso, tan formidable que resulta difícil de mover hasta para la propia inercia. El caso es que logramos esquivar el accidente, dejando constancia el taxista, pese a las muchas dioptrías de sus ojos, de los excelentes reflejos que poseía. Pasado el susto, me fijé en la víctima del atropello, que se encontraba retorcida sobre el asfalto, despatarrada y en medio de varios charcos de sangre que se iban formando a partir de los regueros que manaban desde diferentes puntos de su anatomía; una de las deportivas aparecía desprendida de sus pies y el chándal lo tenía roto por varios sitios; supuse que también el cuerpo debía de tenerlo roto por varios sitios. El conductor del vehículo causante del desaguisado salió de éste echándose las manos a la cabeza y gritando qué desgracia, qué desgracia, lamento que poco después transformaba en otro menos gimiente y más autodisculpatorio: se me echó encima, se me echó encima, que asimismo vino a repetir unas pocas de veces, como si fuese un loro al que su amo hubiera enseñado un par de frases hechas. Rápidamente se formó un corro de curiosos alrededor del accidentado, palmaria muestra del morbo que caracteriza a la especie humana, tan propensa a hacer de la tragedia ajena uno de sus espectáculos favoritos. Rompetechos también detuvo el taxi junto a la acera, al tiempo que me indicaba que debíamos bajar para tratar de ayudar al herido. Yo le dije que no tenía inconveniente, pero que poco era lo que podíamos hacer ya por ese pobre hombre, quien habida cuenta su exánime apariencia era más que probable que anduviese ya en prédicas con San Pedro, observación tras la que le advertí sobre la elevada probabilidad de que la policía nos retuviese varias horas con declaraciones y demás parafernalia burocrática, molestias que desde luego evitaríamos si nos largábamos de allí antes de que llegaran. Mi velada sugerencia hizo que sus ojos de ratón se dilatasen tras los gruesos cristales que los escudaban, gesto de estupor que acrecentó todavía más su ya considerable fealdad, viniendo luego con sus palabras a reprender mi supuesta displicencia y a decirme no sé qué bobadas acerca del deber cívico y demás pamplinas. Armándome de paciencia, le hice entonces ver que allí había ya testigos de sobra del accidente, lo que convertía nuestra presencia y ulterior testimonio en algo innecesario y hasta cierto punto superfluo, pero que si, pese a todo, quería pasar en comisaría buena parte de la noche y dejar entre tanto el taxi aparcado y sin procurarle rendimiento alguno, pues que adelante, que a mí me daba lo mismo. Ante mi irrefutable argumentación, el cívico Rompetechos carraspeó un par de veces y, sin decir esta boca es mía, puso de nuevo en marcha su vehículo, dejando atrás a la víctima, al acongojado conductor y al corrillo de curiosos. Justo a tiempo, porque ya se oía a lo lejos el aullar de las sirenas policiales.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pude finalmente llegar a mi casa sin sufrir ya más percances. No serían siquiera las diez, pero Inés ya estaba acostada, fiel a la costumbre que sigue desde hace poco más de un año por la influencia de una amiga suya medio loca que le persuadió de las supuestas bondades que tienen los hábitos estilados, en cuanto a horarios, más allá de los Pirineos, lo que ha hecho que desde entonces, adoptando a rajatabla las recomendaciones de dicha chiflada, mi mujer coma a las doce del mediodía, cene a las cinco de la tarde y se vaya a la cama poco después de las nueve. El principal inconveniente de esta absurda rutina suya es que, como no podía ser de otro modo, también la lleva a levantarse tempranísimo, de manera que desde primera hora de la mañana está haciendo ruido por todas las habitaciones. En fin, que cuando arribé a casa ya andaba en sueños Inés, quien me había dejado una nota sobre el microondas en la que me informaba que dentro había un táper con algo de comida que podía calentar para la cena. No me gustaron las pintas que tenían esas supuestas viandas, una especie de amasijo verde revuelto con huevos, de modo que vacié el contenido del envase en la basura y bajé a comerme un par de hamburguesas en el Burguer King de la esquina de mi calle. A la vuelta, con la panza bien repleta de deliciosa comida basura, me metí sin más en el sobre. Inés dormía a pierna suelta. Por un momento sopesé la idea de despertarla para echar un polvo, habida cuenta el mucho tiempo que hace que no follo con mi mujer, pero estaba demasiado cansado para enfrascarme en tareas amatorias, así que preferí desfogar mis necesidades fisiológicas haciéndome una buena paja, que es algo que fatiga menos. El chorretón glutinoso que al correrme cayó sobre mi bajo vientre lo limpié con un kleenex que deposité a continuación sobre la mesita de noche, justo al lado de una horrible figurita de cerámica comprada en un bazar de esos de todo a cien. Ya se encargaría al día siguiente Inés de tirarlo a la basura. Luego solté un par de pedos y me dispuse a dormir plácidamente. No me dolían las muelas ni la cabeza. Mañana sería otro día.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6471908411725407952-933388655085522928?l=mariocavara.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mariocavara.blogspot.com/feeds/933388655085522928/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6471908411725407952&amp;postID=933388655085522928' title='6 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6471908411725407952/posts/default/933388655085522928'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6471908411725407952/posts/default/933388655085522928'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mariocavara.blogspot.com/2011/03/un-dia-cualquiera.html' title='UN DÍA CUALQUIERA'/><author><name>Cavaradossi</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14443118431487622201</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_CBxi0fhKeVI/TCKRKeEJe6I/AAAAAAAAAHY/e5I_0pgqlFg/S220/1.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/-iEuMtCDAMmc/TXEn2Pghg2I/AAAAAAAAAKw/Tfe6VCljO-E/s72-c/cerdo.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>6</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6471908411725407952.post-822885174453168728</id><published>2011-02-18T08:32:00.000-08:00</published><updated>2011-02-18T08:53:40.283-08:00</updated><title type='text'>BLANDAMENTE</title><content type='html'>&lt;a href="http://4.bp.blogspot.com/-Ha12dSVxZPg/TV6jw_rItUI/AAAAAAAAAKo/PnwilXVN-Xs/s1600/soledad%2Ben%2Boto%25C3%25B1o.jpg"&gt;&lt;img style="TEXT-ALIGN: center; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 200px; DISPLAY: block; HEIGHT: 140px; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5575073450852660546" border="0" alt="" src="http://4.bp.blogspot.com/-Ha12dSVxZPg/TV6jw_rItUI/AAAAAAAAAKo/PnwilXVN-Xs/s200/soledad%2Ben%2Boto%25C3%25B1o.jpg" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;p align="center"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Blandamente, como notas en el aire sostenidas,&lt;br /&gt;caen las hojas sobre el sendero ocre,&lt;br /&gt;el rumor de una fuente se oye a lo lejos,&lt;br /&gt;eco distante que el viento borra con su soplido,&lt;br /&gt;muy a lo lejos,&lt;br /&gt;como tu voz, sofocada en mi oído&lt;br /&gt;por este soplo de otoño&lt;br /&gt;que abate el tiempo de nuestro estío.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Blandamente, molicie melancólica de atardeceres rojos,&lt;br /&gt;vuelan los arreboles en el crepúsculo;&lt;br /&gt;doradas, sobre el sendero&lt;br /&gt;mueren las hojas,&lt;br /&gt;vestigios apagados de un verde próvido,&lt;br /&gt;como seco asimismo quedó mi pecho.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y blandamente, muy blandamente, la noche viene.&lt;br /&gt;Yo vuelvo a casa.&lt;br /&gt;Sobre el sendero, sendero ocre que el viento barre,&lt;br /&gt;pasos de un hombre&lt;br /&gt;rasgan la alfombra de inertes hojas,&lt;br /&gt;un hombre solo,&lt;br /&gt;muertas las hojas, muerto el verano,&lt;br /&gt;muerto este pecho que abandonaste.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Blandamente, muy blandamente, sopla el otoño,&lt;br /&gt;y blandamente, muy blandamente, suenan los pasos&lt;br /&gt;de un hombre solo. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6471908411725407952-822885174453168728?l=mariocavara.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mariocavara.blogspot.com/feeds/822885174453168728/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6471908411725407952&amp;postID=822885174453168728' title='6 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6471908411725407952/posts/default/822885174453168728'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6471908411725407952/posts/default/822885174453168728'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mariocavara.blogspot.com/2011/02/blandamente.html' title='BLANDAMENTE'/><author><name>Cavaradossi</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14443118431487622201</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_CBxi0fhKeVI/TCKRKeEJe6I/AAAAAAAAAHY/e5I_0pgqlFg/S220/1.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/-Ha12dSVxZPg/TV6jw_rItUI/AAAAAAAAAKo/PnwilXVN-Xs/s72-c/soledad%2Ben%2Boto%25C3%25B1o.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>6</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6471908411725407952.post-6656532290626893995</id><published>2011-02-12T08:55:00.000-08:00</published><updated>2011-02-12T09:01:11.533-08:00</updated><title type='text'>LA TRISTEZA DE SU ROSTRO</title><content type='html'>&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/-Bx4-N9EJz5E/TVa77bdp7sI/AAAAAAAAAKY/tkl3cAXCcas/s1600/La%2Btristeza%2Bde%2Bsu%2Brostro.jpg"&gt;&lt;img style="MARGIN: 0px 10px 10px 0px; WIDTH: 143px; FLOAT: left; HEIGHT: 200px; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5572848218576383682" border="0" alt="" src="http://3.bp.blogspot.com/-Bx4-N9EJz5E/TVa77bdp7sI/AAAAAAAAAKY/tkl3cAXCcas/s200/La%2Btristeza%2Bde%2Bsu%2Brostro.jpg" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;La conocía desde hacía ya muchos años, diez para ser exactos, justo desde aquella tarde en que quien por aquel entonces fuera mi mejor amigo me la presentase como su novia. Recuerdo que había quedado con él en el bar donde habitualmente jugábamos al mus. Recuerdo también que llovía mucho y llegué a la cita hecho una verdadera sopa. Pero poco más es lo que mi memoria guarda de aquel encuentro. Respecto a ella sólo decir que me produjo una primera impresión más bien desfavorable o, siendo más preciso, que no me causó impresión alguna; indiferencia sería la palabra más adecuada. No era desde luego el tipo de persona en la que uno reparase a primera vista: rasgos anodinos, parca en palabras, muy tímida, seria, alguien en definitiva que pasaba fácilmente desapercibida. Con el tiempo, a medida que fui frecuentándola más, llegué a descubrir parte de esas virtudes y encantos que componían su lado positivo, aunque, la verdad sea dicha, nunca me encandiló demasiado. No era desde luego mi tipo ideal de mujer. Terminó casándose con mi amigo al año más o menos de empezar a salir juntos. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;Sólo fue mi amante una única vez, y ocurrió más bien por casualidad, sin premeditación de ningún género, al menos por mi parte, imagino que tampoco por la de ella. El día anterior a que sucediera me había topado con ella en la notaría que hay próxima a la oficina donde trabajo. Yo había ido allí a llevar unos documentos contables que debía legalizar; ella porque al parecer necesitaba una copia de no sé qué Escritura. El caso era que hacía varios meses que no nos veíamos, de modo que aquella fortuita coincidencia resultó una grata sorpresa para ambos. Tiempo atrás habían sido habituales los encuentros entre nuestras respectivas parejas, solíamos quedar los cuatro, ella y su marido y mi mujer y yo, con relativa asiduidad, bien en su casa o en la nuestra, bien en cualquier otro lugar previamente concertado; pero de un tiempo a esta parte tales encuentros se habían ido haciendo cada vez menos frecuentes. Así las cosas, como ambos teníamos algo de prisa esa mañana y dado que nuestros recíprocos lugares de trabajo estaban bastante próximos el uno del otro, decidimos concertar una cita para comer juntos al día siguiente. Algo natural por otra parte entre amigos que hacía tiempo que no se veían. Y, en efecto, al día siguiente compartimos mesa y mantel en un conocido restaurante italiano de la zona.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;La comida resultó amena, si bien los platos se sucedieron sin que acaeciese entre nosotros nada especialmente digno de mención. Nos limitamos durante su transcurso a hacer un repaso superficial del devenir de nuestras mutuas vidas a lo largo de los últimos meses, lo típico en estos casos. Luego fuimos a tomar café a una cafetería próxima, entre cuyas paredes habría de dar inicio, ahora sí, nuestra peculiar aventura sentimental. No sé bien cómo empezó todo, sólo recuerdo que en un momento dado de la conversación ella se puso a llorar amargamente. Sorprendido, le pregunté qué le pasaba, y ella me explicó entonces que su marido la engañaba desde hacía muchísimo tiempo, que la había engañado en realidad desde casi el mismo día de su boda, y que lo había hecho no con una, sino con muchas amantes. Yo ya sabía que mi amigo era un crápula de mucho cuidado, de modo que no me causó excesivo asombro esta confesión de infidelidad que me hacía su mujer. Lo que sí me dejó, en cambio, bastante sorprendido fue que ella se hubiese derrumbado, así tan de repente, precisamente ante mí y me hubiera hecho partícipe de semejante revelación, y digo que me sorprendió porque jamás entre ella y yo hubo un vínculo lo suficientemente estrecho como para que fluyeran entre ambos las confidencias, menos aún las de ese tipo. He de presumir que no aguantaba más y se vino abajo, vencida por la necesidad de buscar consuelo y desahogo ante cualquier oído presto a escuchar sus cuitas; supongo que yo estuve ahí en el momento justo y que mi papel lo habría podido desempeñar cualquier otro que, al igual que yo, se hubiera cruzado en su camino en ese preciso instante. El caso fue que me dio pena y, movido por la conmiseración, la abracé con ternura y traté de infundirle calor y ánimos. Ella respondió con fuerza a aquel abrazo y siguió llorando sobre mi pecho. La notaba muy frágil, tremendamente frágil, lo que hizo aflorar en mí un instinto protector que rara vez se me manifestaba, al menos no con tanta pujanza. Recuerdo que en aquellos momentos odié a mi amigo. Recuerdo también que comencé a experimentar una vigorosa erección. Y en un momento dado el amistoso abrazo se había convertido en un aluvión de besos apasionados donde mi boca y la suya se buscaban frenéticamente. &lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;Ninguno de los dos cometimos la torpeza de intentar dar verbal enunciado a aquel súbito despertar de los sentidos. Seguimos besándonos como si fuésemos amantes de toda la vida y poco después, en lo que venía a ser un acuerdo tácito, nos dirigimos a un hotel cercano. Me sorprendió verla desnuda. Lo cierto era que nunca hasta esa tarde la había mirado con ojos libidinosos, pero en cambio, mientras la contemplaba en aquella habitación, desnuda frente a mí, me fijé que tenía un culo bonito, una cintura vaporosa y unas tetas pequeñas pero hermosas también, con los pezones firmes y desafiantes apuntando hacia el horizonte. Ella temblaba como un flan. Más tarde habría de confesarme que era la primera vez que engañaba sexualmente a su marido y que eso la hacía sentirse muy nerviosa y cohibida. Yo la abracé con ternura, besé su frente, sus párpados entrecerrados, su nariz, sus mejillas, su cuello, para luego tomarla entre mis brazos y depositarla suavemente sobre el lecho, entre cuyas sábanas dimos rienda suelta a nuestra pasión desatada. Ella tuvo un orgasmo rápido que exteriorizó con convulsiones espasmódicas y un grito ahogado. Sus ojos desprendían fuego. Yo me corrí poco después. Más tarde, satisfechos tras este ascenso al edén de los goces, nos dimos un delicioso baño de agua y espuma; dentro de la bañera chapoteamos como dos niños traviesos y, entre risas y caricias, nos enjabonamos y lavamos el uno al otro. Mientras abrazaba por detrás su cuerpo mojado, susurré sobre su oído lo bella que me parecía. Ella me respondió que no mintiese. Yo volví hacia el mío su rostro y la sonreí con dulzura. Ella me besó. Su boca húmeda sabía deliciosa y los calambres del deseo volvieron a provocarme una erección. &lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;Hicimos el amor de nuevo, aunque en este segundo acto ya no fue tan intensa la fogosidad desprendida, no percibí de hecho llamaradas surgiendo de los ojos de mi amante mientras la penetraba, más bien noté en ellos tristeza, una tristeza que en cierto modo venía a denotar ausencia, como si ya sólo permaneciese allí su cuerpo, ese que yo poseía a través de las acometidas de la carne, mas no su mente ni sus emociones. Esta impresión me hizo sentir incómodo y, concluida la nueva contienda amatoria, quise preguntarle al respecto, pero no me atreví. De todas formas, no me pareció que esa tristeza suya respondiera a un repentino sentimiento de culpabilidad derivado del hecho de estar engañando a su marido; no, no daba la impresión de ir por ahí los tiros; parecía obedecer por el contrario a otras causas más profundas, quizá a la decepción, al desencanto que invariablemente sufre quien busca ansiosamente algo que no termina de encontrar, en su caso deduzco que afecto, gotas de cariño que, provenientes de otro ser humano, introdujeran armonía dentro de su pecho, un cariño que se le negaba y que, más allá de la pasión que juntos desplegamos sobre el lecho de aquel cuarto de hotel, no debía de hallar tampoco en mí. &lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;Poco después, ya agotados del juego del amor, nos despedimos y cada uno marchó para su casa. De nuevo percibí en esa despedida un profundo halo de tristeza envolviendo su rostro, análogo al que ya había advertido durante esa segunda vez en que nuestros cuerpos se acoplaran en los afanes amatorios. Supongo que en realidad no le había abandonado desde entonces, si bien, parecía aún más acentuado, como una segunda piel sobrepuesta a su epidermis. Toda ella, su mirada, la expresión de sus ojos, el tono de su voz al hablar, venía a ser heraldo de una profunda insatisfacción. En cualquier caso, nada dijo al respecto, ni yo tampoco dije nada. Nos separamos sin más, sin concertar una nueva cita, como si nada especial hubiese sucedido entre nosotros, como si las horas transcurridas desde que terminó la comida en el restaurante no hubiesen existido en realidad, el simbólico grabado de una mera entelequia, y nos despidiéramos como lo que hasta entonces habíamos sido: tan sólo dos amigos que se veían de vez en cuando. &lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;A veces pienso que aquel suceso no vino a ser en el fondo para ella más que una venganza, perpetrada sin alevosía ni premeditación, pero venganza al fin y al cabo, aunque no en el sentido de desagravio contra su marido infiel, sino más bien dirigida contra ese destino atroz que le había gravado con una existencia plana y huera de verdaderos alicientes. Fue un modo de súbita rebelión, de decir aquí estoy yo y me enfrento a vosotros, infaustos hados, para que sepáis que no siempre voy a agachar la cerviz y obedecer ciegamente vuestros tediosos designios. Luego se dio cuenta del acerbo sabor que tenía esa venganza, con la que ningún daño, ni siquiera burla, había causado a su invisible enemigo, quien a buen seguro iba a seguir ofreciéndole cada día y cada noche el mismo plato insípido que le brindara desde hacía años, y esa certidumbre fue la que posiblemente untó su alma con la hiel de la tristeza. &lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;Para mí no significó tampoco gran cosa en lo que a despliegue emocional se refiere. Tan sólo la amé, si es que de amor puede hablarse, durante esas concretas horas que vivimos juntos en el hotel; luego, pasados tales momentos de efervescencia, aquel presunto amor, a semejanza de las pantallas de humo que se forman tras un breve incendio, terminó desvaneciéndose por entero. Y a fe que me duele no haberla en verdad amado, porque ella, ahora lo sé con bastante certeza, buscaba precisamente eso: amor, un amor que yo no supe darle. &lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;Después de aquello volvimos a vernos algunas veces más, si bien, casi siempre encuentros casuales favorecidos por la proximidad de nuestros respectivos centros de trabajo, nunca de hecho concertamos ninguna nueva cita, ni tampoco volvimos en estos esporádicos encuentros a ser inflamados por las llamas del deseo. Fuimos, por así decirlo, amantes de una única ocasión. Es más, entre nosotros se arbitró un tácito pacto de silencio que nos compelía a omitir en nuestras conversaciones cualquier mención sobre lo sucedido aquella tarde, por más que como una presencia invisible tal realidad pretérita nos envolviera en su alargada sombra y sus distantes ecos no dejaran de retumbar en nuestros oídos. &lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;De todas formas, hace ya mucho tiempo que no he vuelto a verla. Su marido, el que fuera gran amigo mío, también hace mucho tiempo que no me habla, aunque sí que habla, y mal por cierto, de mí a mis espaldas, de lo que he tenido noticia por terceros de plena confianza. No creo, sin embargo, que esa maledicencia suya hacia mi persona tenga que ver con lo acaecido entre su esposa y yo; de hecho, apostaría a que no sabe nada al respecto. Actualmente es consejero delegado de una importante compañía relacionada con la conferencia episcopal, pero al parecer, por lo que tengo entendido, su promiscuidad no ha disminuido un ápice; a fin de cuentas, quien es serpiente no deja nunca de serlo y, por mucho que pueda mudar de piel, jamás cambiará de naturaleza. &lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;Últimamente me sorprendo a menudo pensando en ella, aunque en tales ocasiones la imagen que suele aletear dentro de mi cerebro es la que la representa tocada en su rostro por esa expresión triste que tanta conmoción me causara en su momento, tristeza que a buen seguro continuará aún percudiendo los rincones de su alma como el moho en una bodega vieja, testimonio palmario de una vida vacía y plana, una vida en la que sólo mentiras y subterfugios sirven y servirán de paliativo con los que ir someramente restañando una herida de difícil curación. &lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6471908411725407952-6656532290626893995?l=mariocavara.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mariocavara.blogspot.com/feeds/6656532290626893995/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6471908411725407952&amp;postID=6656532290626893995' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6471908411725407952/posts/default/6656532290626893995'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6471908411725407952/posts/default/6656532290626893995'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mariocavara.blogspot.com/2011/02/la-tristeza-de-su-rostro.html' title='LA TRISTEZA DE SU ROSTRO'/><author><name>Cavaradossi</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14443118431487622201</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_CBxi0fhKeVI/TCKRKeEJe6I/AAAAAAAAAHY/e5I_0pgqlFg/S220/1.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/-Bx4-N9EJz5E/TVa77bdp7sI/AAAAAAAAAKY/tkl3cAXCcas/s72-c/La%2Btristeza%2Bde%2Bsu%2Brostro.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6471908411725407952.post-4963958838488315225</id><published>2011-02-03T14:53:00.000-08:00</published><updated>2011-02-03T14:58:06.877-08:00</updated><title type='text'>SI ME DEJASE LLEVAR</title><content type='html'>&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Si me dejase llevar por mis manos,&lt;br /&gt;sería tu piel su refugio&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Si me dejase llevar por mis ojos,&lt;br /&gt;en tus ojos viviría&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Si me dejase llevar por mi boca,&lt;br /&gt;lamería ese vientre tuyo&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Si me dejase llevar por mi cuerpo,&lt;br /&gt;dentro de ti moraría&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Si a mi instinto obedeciera,&lt;br /&gt;rompería cualquier muro&lt;br /&gt;que separación hiciera&lt;br /&gt;de razón, deseo y delirio&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y es el aire el que me lleva,&lt;br /&gt;y es la pasión, y es el fuego,&lt;br /&gt;evanescentes monturas,&lt;br /&gt;veloces como felinos,&lt;br /&gt;en cuyas grupas me muevo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Porque pasión son mis manos&lt;br /&gt;Porque pasión es mi cuerpo&lt;br /&gt;Fuego desprenden mis ojos&lt;br /&gt;Mi boca despide aliento&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y el aliento crea el aire&lt;br /&gt;en el que llevar me dejo&lt;br /&gt;hasta llegar a tu vientre,&lt;br /&gt;tus ojos, tu piel… tu cuello&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ningún muro corta el paso&lt;br /&gt;a tan vehemente anhelo,&lt;br /&gt;porque obedezco a mi instinto,&lt;br /&gt;mazo implacable y certero&lt;br /&gt;que cualquier muro hace añicos&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Si me dejase llevar….&lt;br /&gt;Está claro que me dejo&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6471908411725407952-4963958838488315225?l=mariocavara.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mariocavara.blogspot.com/feeds/4963958838488315225/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6471908411725407952&amp;postID=4963958838488315225' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6471908411725407952/posts/default/4963958838488315225'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6471908411725407952/posts/default/4963958838488315225'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mariocavara.blogspot.com/2011/02/si-me-dejase-llevar.html' title='SI ME DEJASE LLEVAR'/><author><name>Cavaradossi</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14443118431487622201</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_CBxi0fhKeVI/TCKRKeEJe6I/AAAAAAAAAHY/e5I_0pgqlFg/S220/1.JPG'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6471908411725407952.post-6774302707329452013</id><published>2011-01-15T15:59:00.000-08:00</published><updated>2011-01-15T16:23:47.021-08:00</updated><title type='text'>CARTA A UNA BRUJA (10): SOLEDAD Y RUTINA</title><content type='html'>&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_CBxi0fhKeVI/TTI13ZWhLFI/AAAAAAAAAKE/zF6ktZdPU_Q/s1600/soledad.jpg"&gt;&lt;img style="MARGIN: 0px 10px 10px 0px; WIDTH: 200px; FLOAT: left; HEIGHT: 196px; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5562567715570396242" border="0" alt="" src="http://3.bp.blogspot.com/_CBxi0fhKeVI/TTI13ZWhLFI/AAAAAAAAAKE/zF6ktZdPU_Q/s200/soledad.jpg" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;p style="TEXT-ALIGN: justify; LINE-HEIGHT: 150%; MARGIN: 0cm 0cm 0pt" class="MsoNormal" align="justify"&gt;&lt;span style="color:black;"&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman;font-size:130%;"&gt;Hola bruji. Hoy es una de esas noches en las que me encuentro asaltado por una pegajosa sensación de soledad. ¿Te sucede a ti a veces algo parecido? Supongo que sí, no en vano la soledad viene a ser algo así como un catarro, una afección que tarde o temprano todos padecemos, de manera que difícilmente ibas a ser tú una excepción, por más que, habida cuenta tu mágica naturaleza, sea difícil imaginarte sintiéndote&lt;span style="mso-spacerun: yes"&gt; &lt;/span&gt;realmente sola. Lo digo en serio, no es fácil saber si los poderes de las brujas pueden claudicar o no ante los embates de la soledad. Ya me lo dirás tú cuando vengas a verme, tú que eres la bruja más bonita y poderosa del mundo. Eso sí, cuando lo hagas, quiero que sea susurrándomelo al oído.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p style="TEXT-ALIGN: justify; LINE-HEIGHT: 150%; MARGIN: 0cm 0cm 0pt" class="MsoNormal" align="justify"&gt;&lt;span style="color:black;"&gt;&lt;?xml:namespace prefix = o ns = "urn:schemas-microsoft-com:office:office" /&gt;&lt;o:p&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman;font-size:130%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;&lt;p style="TEXT-ALIGN: justify; LINE-HEIGHT: 150%; MARGIN: 0cm 0cm 0pt" class="MsoNormal" align="justify"&gt;&lt;span style="color:black;"&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman;"&gt;&lt;span style="mso-spacerun: yes"&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;En todo caso, dejando aparte el símil del catarro, lo cierto es que la soledad, examinada desde una perspectiva objetiva, no es de por sí algo bueno ni malo o, mejor dicho, será algo bueno o algo malo según cuáles sean los efectos que se perciban al recibir su abrazo, de las circunstancias concretas de dicha recepción y del uso que se haga de ella. Habrá quienes vean en ese abrazo una caricia relajante y quienes, en cambio, se sientan oprimidos por él hasta la asfixia, porque estamos, en definitiva, ante un ente que posee dos caras bien diferenciadas: una amable, benévola, complaciente, cuyo atisbo a menudo se reclama a modo de bálsamo antiestrés, que se ansía incluso, necesitados de su amparo para poder respirar en plenitud, y otra, por el contrario, horrenda, cruel, monstruosa faz de tarasca que nos asusta y asfixia, envolviéndonos con su manto vacío, tétrico como las sombras del infierno. Las dos caras de una misma moneda, luz y oscuridad, calor y frío, ying y yang. La buena y la mala soledad. Disfrutamos del cortejo de la primera y nos abandonamos con fruición a sus caricias; pero, ay, la otra, la mala, la que viene impuesta por las circunstancias, ésa es infame, provoca que los días no sean sino una insulsa sucesión de horas, huecos, sin sentido, vacíos de contenido, es una soledad que conduce al tedio, al infinito aburrimiento que infecta nuestro ánimo de grotescos leviatanes cuyo exorcismo nos empuja a emitir gritos desesperados que no encuentran receptor alguno.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p style="TEXT-ALIGN: justify; LINE-HEIGHT: 150%; MARGIN: 0cm 0cm 0pt" class="MsoNormal" align="justify"&gt;&lt;span style="color:black;"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman;font-size:130%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;&lt;p style="TEXT-ALIGN: justify; LINE-HEIGHT: 150%; MARGIN: 0cm 0cm 0pt" class="MsoNormal" align="justify"&gt;&lt;span style="color:black;"&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman;"&gt;&lt;span style="mso-spacerun: yes"&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Buscamos muchas veces la soledad para poder sentirnos a gusto en su cobijo, pero cuando es ella la que nos busca a nosotros, ah, entonces nos aterra. Yo no soy una excepción en ese sentido. Reconozco que también me asusta mucho ese lado oscuro y gélido de la soledad, y de ahí que procure evitarlo siempre que me sea posible. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p style="TEXT-ALIGN: justify; LINE-HEIGHT: 150%; MARGIN: 0cm 0cm 0pt" class="MsoNormal" align="justify"&gt;&lt;span style="color:black;"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman;font-size:130%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;&lt;p style="TEXT-ALIGN: justify; LINE-HEIGHT: 150%; MARGIN: 0cm 0cm 0pt" class="MsoNormal" align="justify"&gt;&lt;span style="color:black;"&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman;"&gt;&lt;span style="mso-spacerun: yes"&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Tocaría, por tanto, hablar ahora de los remedios para combatir esa soledad no deseada, y lo cierto es que suelen enumerarse varios, aunque imagino que con ellos debe pasar algo similar a lo que sucede con los medicamentos, que los que van bien para algunos no sirven tanto para otros. Lo mejor es, siempre que se pueda, recurrir a los amigos; hablar con otros seres de carne y hueso resulta casi siempre el modo más eficaz para quitarse de encima esas molestas telarañas que percuden el alma. A ese respecto, no puedo sino confesar que tú te has convertido en mi principal refugio para estos casos, pues, además de mi fuente de inspiración, te considero una entrañable amiga. El problema se acentúa, no obstante, cuando se carecen de tales amigos, carencia que, por lo demás, suele ser lo más común en estos casos, como el propio nombre soledad parece sugerir, ya que, al contrario que yo, tocado por la inmensa fortuna de contar contigo, no todos tienen a su disposición una brujita amable y divertida, y esa penuria en lo que a amistades se refiere obliga a recurrir a otros sucedáneos. Existen para tales casos los métodos tradicionales, como la lectura o la música, entre otros, acicates del espíritu por excelencia, si bien hay que decir que tales actividades no resultan siempre del agrado unánime. Internet se ha convertido últimamente en una útil herramienta a estos efectos, por más que entrañe el peligro de pretender convertirlo en sustituto del mundo real, papel que, en mi opinión, excede a su auténtica naturaleza, que no es otra que la de ser un instrumento interino, un mero juguete con el que de vez en cuando pasar el rato y mitigar esa puñetera soledad. Yo abogo en cualquier caso por la actividad real, por el movimiento, por la participación en el rotar del mundo a través de los medios que a nuestro alcance se dispongan, por hacer en definitiva que las cosas pasen, en lugar de mirar cómo éstas pasan. Comprendo, sin embargo, que no todo el mundo es capaz de afrontar así sus problemas de soledad; mucha gente tiene un carácter apocado que se superpone al empuje de cualquier fuerza capaz de incentivar su perdido dinamismo, de modo que para ellos la soledad se transforma en un sanguinario depredador, un vampiro que consume sus energías hasta dejarlas huecas y lasas, sumidas en un profundo marasmo que, cual cruel círculo vicioso, les imposibilita todavía más la realización de cualquier tarea, siendo así que cada vez se introducen más y más en sí mismas, hasta llegar a una total y absoluta misantropía. Para ese tipo de personas no tengo válidas respuestas. Lo siento. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;span style="color:black;"&gt;&lt;p style="TEXT-ALIGN: justify; LINE-HEIGHT: 150%; MARGIN: 0cm 0cm 0pt" class="MsoNormal" align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman;"&gt;&lt;span style="mso-spacerun: yes"&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Pero como te dije al principio, la soledad es algo que de una u otra manera nos afecta prácticamente a todos, incluso (más aún si cabe) aunque nos hallemos rodeados de gente, no en vano no es lo mismo estar solo que sentirse solo, y uno puede sentirse solo en medio de una multitud. Quizá sea una consecuencia más de la necesidad de afecto que tenemos todos los seres humanos, algo que en el fondo nos hace sumamente vulnerables, por más que a veces nos queramos revestir de paveses mediante los que contener los golpes.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;&lt;p style="TEXT-ALIGN: justify; LINE-HEIGHT: 150%; MARGIN: 0cm 0cm 0pt" class="MsoNormal" align="justify"&gt;&lt;span style="color:black;"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman;font-size:130%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p style="TEXT-ALIGN: justify; LINE-HEIGHT: 150%; MARGIN: 0cm 0cm 0pt" class="MsoNormal" align="justify"&gt;&lt;span style="color:black;"&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman;"&gt;&lt;span style="mso-spacerun: yes"&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Con la rutina paso algo semejante. Se le otorga generalmente un significado peyorativo, pero lo cierto es que a veces puede resultar agradable, sobre todo cuando las novedades que la oscurecen constituyen de por sí una continua sucesión de adversidades cuyo fin se ansía. No obstante, lo normal es que resulte triste y tediosa, un sombrío devenir diario donde las variaciones entre ayer, hoy y mañana apenas resulten perceptibles. Este tipo de rutina desabrida acaba generando una enorme sensación de vacío en quien la padece y hace aflorar el deseo de cosas excitantes que ayuden a romper su insufrible tiranía.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;&lt;p style="TEXT-ALIGN: justify; LINE-HEIGHT: 150%; MARGIN: 0cm 0cm 0pt" class="MsoNormal" align="justify"&gt;&lt;span style="color:black;"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman;font-size:130%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p style="TEXT-ALIGN: justify; LINE-HEIGHT: 150%; MARGIN: 0cm 0cm 0pt" class="MsoNormal" align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman;"&gt;&lt;span style="color:black;"&gt;&lt;span style="mso-spacerun: yes"&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;De todas formas, hay que reconocer que en cierto modo todo es rutina. Quizá por ello lo mejor sea, haciendo un esfuerzo de contención, no pedirle a la vida más que lo que de por sí nos brinda&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;, actitud que, a buen seguro, garantizará un espíritu sosegado y libre de molestos reconcomios; al fin y al cabo, como en su día dejara escrito Publio Siro, “&lt;i style="mso-bidi-font-style: normal"&gt;el que está contento con lo que tiene, posee la mayor y más segura de las riquezas&lt;/i&gt;”. El problema es que esta filosofía, que generalmente aconsejo a los demás, me cuesta aplicarla a mí mismo. Será porque soy un inconformista y esto de la resignación no termina de ir conmigo…. Bah, mejor no hacer demasiadas cábalas al respecto, no en vano cada uno es como es y punto. &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;&lt;p style="TEXT-ALIGN: justify; LINE-HEIGHT: 150%; MARGIN: 0cm 0cm 0pt" class="MsoNormal" align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman;font-size:130%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p style="TEXT-ALIGN: justify; LINE-HEIGHT: 150%; MARGIN: 0cm 0cm 0pt" class="MsoNormal" align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman;font-size:130%;"&gt;Bueno bruji, espero verte pronto: juntos tú y yo está claro que no hay soledad ni rutina capaz siquiera de rozarnos. &lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p style="TEXT-ALIGN: justify; LINE-HEIGHT: 150%; MARGIN: 0cm 0cm 0pt" class="MsoNormal" align="justify"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman;font-size:130%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;&lt;p style="TEXT-ALIGN: justify; LINE-HEIGHT: 150%; MARGIN: 0cm 0cm 0pt" class="MsoNormal" align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman;"&gt;&lt;span style="mso-spacerun: yes"&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Dos besos y una rosa para ti.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;&lt;p style="TEXT-ALIGN: justify; LINE-HEIGHT: 150%; MARGIN: 0cm 0cm 0pt" class="MsoNormal" align="justify"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman;font-size:130%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/p&gt;&lt;p style="TEXT-ALIGN: justify; LINE-HEIGHT: 150%; MARGIN: 0cm 0cm 0pt" class="MsoNormal" align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman;"&gt;&lt;span style="mso-spacerun: yes;font-size:130%;" &gt;C&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6471908411725407952-6774302707329452013?l=mariocavara.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mariocavara.blogspot.com/feeds/6774302707329452013/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6471908411725407952&amp;postID=6774302707329452013' title='4 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6471908411725407952/posts/default/6774302707329452013'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6471908411725407952/posts/default/6774302707329452013'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mariocavara.blogspot.com/2011/01/carta-una-bruja-10-soledad-y-rutina.html' title='CARTA A UNA BRUJA (10): SOLEDAD Y RUTINA'/><author><name>Cavaradossi</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14443118431487622201</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_CBxi0fhKeVI/TCKRKeEJe6I/AAAAAAAAAHY/e5I_0pgqlFg/S220/1.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_CBxi0fhKeVI/TTI13ZWhLFI/AAAAAAAAAKE/zF6ktZdPU_Q/s72-c/soledad.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>4</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6471908411725407952.post-7947999536258382700</id><published>2011-01-05T04:19:00.000-08:00</published><updated>2011-01-05T04:27:52.758-08:00</updated><title type='text'>EN MEMORIA DEL DIFUNTO</title><content type='html'>&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/_CBxi0fhKeVI/TSRiZ56UnfI/AAAAAAAAAJ8/JLTVtJ3ZDk8/s1600/IE6FuneralIllustration.png"&gt;&lt;img style="MARGIN: 0px 10px 10px 0px; WIDTH: 138px; FLOAT: left; HEIGHT: 200px; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5558676037263728114" border="0" alt="" src="http://2.bp.blogspot.com/_CBxi0fhKeVI/TSRiZ56UnfI/AAAAAAAAAJ8/JLTVtJ3ZDk8/s200/IE6FuneralIllustration.png" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;La viuda de mi amigo Fran me invitó a su casa para asistir a una reunión que tendría lugar en memoria suya. Algo informal, sólo los familiares más cercanos y sus amigos más íntimos. Hablaríamos de él, recordaríamos vivencias y anécdotas compartidas, miraríamos fotos, recitaríamos versos de sus poetas preferidos y, en fin, dejaríamos que la nostalgia extendiera sus suaves alas mientras echábamos un par de tragos a la salud del difunto. No era la primera vez que Beatriz organizaba una velada con tal fin. Ella estuvo siempre muy unida a Fran y no conseguía superar el hecho de su muerte, pese a haber transcurrido ya más de año y medio desde el accidente de automóvil que la ocasionara. Seguía echándole muchísimo de menos y esas reuniones parecían hacerle bien: lejos de incrementar su dolor, la evocación conjunta servía de bálsamo terapéutico con el que atemperar la falta del hombre con el que durante tanto tiempo estuvo emocionalmente ligada. Consciente de ello, acepté la invitación y acudí a la cita. Además, personalmente hablando, ese tipo de simultáneas remembranzas sobre el amigo ausente resultaban también de mi agrado, no en vano coadyuvaban en cierto modo a evitar que los recuerdos envejeciesen y terminaran muriendo entre los dobleces de la memoria.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando llegué pude comprobar que, tal y como me anunciara la anfitriona, no éramos muchos; tan sólo ella, yo y otras seis personas más, todas estas mujeres, componíamos el elenco de asistentes. La circunstancia de ser yo el único varón convocado no dejó de resultarme sorprendente, puesto que en otras ocasiones no había sido ni mucho menos así, siempre hubo de hecho hombres en estas reuniones; al menos Miguel, hermano de Fran, no había dejado nunca, que yo recordase, de acudir, así como igualmente otros amigos del difunto. Le pregunté a Bea precisamente por Miguel, pero ella se limitó a encogerse de hombros y responder de manera ambigua que hacía tiempo que no sabía de él, que su empresa lo había mandado al parecer a cerrar ciertos negocios en China. No insistí ni pregunté por la ausencia de otros cofrades del género masculino, porque justo en ese momento una sorpresa todavía mayor se me vino encima, cual fue la de ver aparecer en la casa a una nueva invitada muy particular: Gloria, la primera mujer de Fran, con quien estuvo casado varios años y a la que abandonó precisamente por Beatriz. Nunca hubiera imaginado que ambas mujeres mantuvieran contacto entre ellas, menos aún hasta el extremo de ser invitada la una en casa de la otra, por más que las vinculase en este caso el hecho de haber estado las dos sentimentalmente ligadas a la persona en cuyo honor tenía lugar precisamente esa tertulia. En todo caso, me abstuve de hacer comentario alguno al respecto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo normal en este tipo de reuniones suele ser que al principio los invitados hagan un decoroso seguimiento del guión que las motiva y que, por tanto, el diálogo se circunscriba, como estaba escrito, a la vida y milagros del difunto; pero es asimismo habitual que poco a poco, sobre todo a medida que los tragos van humedeciendo los gaznates y liberando el espíritu, el protocolo tienda a atemperarse y, en consonancia, los tertulianos a distanciarse y a hablar unos con otros en conversaciones más privadas y frívolas, conversaciones en las que ya apenas si se toca al muerto salvo si acaso muy de pasada. Participando yo también de ese proceso, me encontré en un momento dado hablando con Gloria, quien apenas había cambiado desde la última vez que la vi, hacía ya más de dos lustros. Seguía de hecho luciendo unas formas exuberantes, pechos desafiantes, caderas redondeadas y un culo respingón que enardecía el deseo, por no hablar de sus enormes ojos color turquesa, que parecían dos hipnotizantes esmeraldas. Estaba realmente apetitosa. Hicimos un repaso a lo que nos había sucedido en los últimos años, lo que me permitió conocer que ella trabajaba ahora la mitad del tiempo en Nueva York, en calidad de representante de una famosa firma de maquilladores con sede en la Gran Manzana. Me pregunté si estaría saliendo con alguien y, en correspondencia casi automática con esta especulación, mi mente se dio de súbito a contemplar la posibilidad de terminar acostado con ella aquella misma noche, pensamiento que provocó un agradable cosquilleo en mis partes más íntimas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con este lúbrico propósito en mientes, trataba yo de derivar la plática a un terreno que resultara lo más propicio posible a su culminación, pero justo cuando me debatía en el intento, se aproximó Beatriz a nuestro lado para incorporarse al diálogo. Pasándome una mano por la cintura, me preguntó que qué me parecía Gloria, que si no era verdad que estaba estupenda. Yo no pude sino admitirlo, ya no por obligada cortesía, que también lo hubiera hecho, sino porque era la pura verdad: Gloria estaba realmente estupenda. Beatriz comentó entonces que había sido una suerte que se encontrara ocasionalmente en España y sin ningún compromiso impeditivo de su presencia allí. Pues sí, una suerte, pensé yo. Las dos mujeres se sonrieron mutuamente y sellaron el cumplido con un afectuoso abrazo. Me pareció ver que rozaban también sus labios en un fugaz beso, si bien tildé de inmediato tal visión como apócrifa, un espejismo atribuible a mis encendidos deseos carnales. Lo que sí hice fue aprovechar la coyuntura para hacer patente la grata sorpresa que me producía saber que eran tan amigas, a lo que Beatriz convino diciendo que lo habían sido siempre, incluso cuando aún vivía Fran, y sin darme tiempo para asimilar la noticia, añadió que en realidad era amiga de casi todas las mujeres que fueron amantes de su malogrado esposo, algunas de las cuales se encontraban precisamente ahora en su casa. Eché un vistazo en derredor y creí en efecto reconocer algún que otro rostro que mis recuerdos pudieron, efectivamente, asociar con la profusa vida amorosa de mi amigo. Fran siempre fue un mujeriego empedernido, eso era un dato incuestionable, pero ignoraba que también Beatriz lo supiera y, sobre todo, que lo asumiera con tanta naturalidad, al menos como lo estaba haciendo en esos precisos momentos. Yo siempre pensé que era una esposa engañada que desconocía en el fondo la doble vida llevada por su marido. Por lo visto, me equivocaba. Y tan asombroso como estas revelaciones, me resultaba el tono distendido con que Beatriz las estaba haciendo, como de pasada, como si en realidad ninguna trascendencia poseyeran para ella. Esa no era desde luego la Beatriz circunspecta y tímida que hasta entonces yo creyera conocer. La verdad es que no entendía absolutamente nada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Poco después se unían a nuestro particular corrillo otras dos invitadas más, siéndome presentadas por Beatriz, ya sin pelo alguno en la lengua, como antiguas amantes de su marido. Ni que decir tiene que los derroteros que tomó la conversación no fueron los del luto ni la elegíaca evocación del finado, sino más bien los derivados de temas que con picardía iban combinando frivolidad y concupiscencia a partes iguales. Yo empezaba a sentirme mareado. Casi todas aquellas mujeres fumaban en exceso y el humo de sus cigarrillos se mezclaba con los intensos perfumes florales que desprendían sus pieles excitadas: magnolias, jazmines, violetas..., vaharadas cuya miscelánea iba componiendo una atmósfera cada vez más sofocante.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sonó el timbre. Eran tres invitadas más que se habían rezagado un tanto. ¡Otras tres mujeres! Llegaban muy alborotadas y joviales, como si de antemano supieran que lo que entre esas paredes se oficiaba tenía más de fiesta que de funeral. Beatriz me las presentó diciéndome, ¡cómo no!, que también habían sido amantes de Fran. Yo no comprendía nada. Demasiado confuso todo aquello como para asimilarlo desde las fronteras de la lógica. Desde luego, las otras veladas organizadas en memoria del difunto no se habían desarrollado de esa guisa. Tampoco es que hubiesen sido un vertedero de lágrimas, nada de eso, sino que, como ya dije, pese a rendirse homenaje al añorado ausente, no solían faltar las bromas y parlamentos de carácter mundano; pero nunca se habían alcanzado los extremos de esta última. ¡Sólo faltaba que empezara a sonar música festiva y que aquellos cuerpos volátiles se lanzaran a una frenética danza en honor a Dionisos! Del muerto, por supuesto, no hablaba ya nadie. ¿Quién era ese Fran que de pretexto había servido para la fiesta? ¡Como si nunca hubiese existido!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El diapasón iba subiendo cada vez más, hasta conformar una estridente batahola de voces y risas a las que el continuo tintineo de las copas confería un aire eminentemente festivo. El grupo terminó compactándose en torno mío, con lo que en un momento dado me vi envuelto por diez alegres féminas que no cesaban de hablarme y sonreírme, algunas de forma ciertamente atrevida. En medio de toda esa algarabía, yo me mostraba condescendiente y risueño, como esos políticos que se fotografían junto a amas de casa u obreros de la construcción; pero eso era sólo la fachada, pues en el fondo me sentía cada vez más confuso, sin saber bien qué postura adoptar ni cómo responder a tanta inusitada atención. Mi sensación de mareo aumentaba con la proximidad y con todos esos guiños e insinuaciones que martilleaban en mi cabeza con la disonancia de lo absurdo. El sexo se había convertido en el tema estrella de conversación. La anfitriona incitaba además a que así fuera con comentarios subidos de tono que alababan las bondades de su práctica. Alimento de los dioses, recuerdo que expresó en referencia al mismo. Para mi asombro, justo precisamente tras servirse de este culinario simbolismo, señaló a Gloria y, exhibiendo una pícara sonrisa previa a un pequeño sorbo de su copa, afirmó que ellas dos se habían acostado juntas en varias ocasiones, algunas de ellas incluso en compañía del extinto Fran. Yo no me podía creer lo que estaba oyendo. En esos momentos mis ojos debían parecer dos bombillas encendidas. La aludida, lejos de desmentir la confidencia, se desató en una risa nerviosa que por sí misma testimoniaba su veracidad. El resto de mujeres, por su parte, no cesaba igualmente de proferir alusiones procaces y saturadas de lujuria. Notaba además que sus miradas estaban cada vez más fijas en mí. Miradas de gata en celo que taladraban mis ropas hasta desnudarme. ¿Qué pretenden estas?, me preguntaba yo cada vez más aturdido. ¿Qué narices pinto yo aquí? Me fijaba en sus bocas y podía percibir cómo éstas se relamían con obscenidad. Miraba sus ojos y estos me devolvían guiños licenciosos. Sentía los roces de sus manos tras aproximarse con disimulo. Aquello empezaba a adquirir tintes de orgía, no en vano las voluntades de aquellas hembras parecían haber quedado de repente subyugadas a la férula de la sangre y los instintos más primarios. ¿Podía ser que todas aquellas brujas se hubieran confabulado para organizar allí, en aquella casa, una especie de saturnal en memoria del difunto? ¿Cuál sería entonces mi papel? ¿El de macho cabrío destinado a colmarlas sexualmente?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Analizado fríamente, como lo haría un espectador imparcial, la idea no podía ser más atractiva, la fantasía erótica por excelencia de muchos hombres; pero en vivo y en directo y en mi calidad de protagonista principal de dicha fantasía, lo que me estaba provocando era un vértigo acojonante. Molesto no me sentía, o no debería sentirme para ser más precisos, consciente de lo halagador que resultaba ser el centro de atención de tanta fémina apetecible, si bien, por alguna razón ignota, no acababa de encontrarme cómodo en esa tesitura; más aún, estaba cada vez más nervioso y aturdido, desorientado al máximo, abrumado por una anómala sensación de extravío, como si allí se hubiese destapado una especie caja de Pandora y de ella salido una pléyade de desconcertantes y burlones demonios cuyas verdaderas intenciones ocultaban bajo una máscara de insidiosa complacencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El caso era que no podía más. Notaba que el suelo ondulaba bajo mis pies como si fuese un mar agitado por olas sediciosas. Todo parecía girar en derredor. Me asfixiaba. Sacando fuerzas de flaqueza, conseguí esbozar mi sonrisa más cautivadora para, tras pedir disculpas, anunciar que debía ir al servicio. Allí dentro me lavé la cara con agua fría, abluciones con las que conseguí apaciguar en parte el sofoco que me estaba abrasando por fuera y por dentro. Al salir del baño, en lugar de retornar al aquelarre donde me esperaban las enardecidas meigas, me escabullí discreta y sigilosamente por la puerta de atrás, sin despedirme. Sí, un cobarde, eso es lo que fui. Lo admito. Pero en mi descargo tengo que decir que no pude evitarlo: aquella situación escapaba de mis manos y me superaba por todos lados, yo no era yo, sino un ente despersonalizado a merced de fuerzas contra las que no podía luchar. ¡Y pensar que apenas una hora antes me relamía de gusto ante la posibilidad de follarme a Gloria!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El aire fresco de la calle sirvió para despejar en parte mi turbación, por más que las ideas siguieran zapateando dentro de mi cabeza como enloquecidas danzarinas y las piernas me temblasen como si, en lugar de huesos y articulaciones, fuese gelatina la materia de la que estuvieran hechas. Las sombras envolvían ya la ciudad a esas horas. Encendí un cigarrillo y caminé hacia mi casa. Pensé en Fran. Sonreí. A él le habría gustado una velada como esa. Seguro. Se habría sentido como pez en el agua. Lástima que yo nunca estuve ni, ahora lo comprendía, iba a poder estar nunca a su altura.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No he vuelto a saber nada de Beatriz. Cualquier día de estos la telefonearé a ver qué me cuenta. Reconozco que me pica la curiosidad por conocer qué pretendió en realidad con aquella pantomima que montó en su casa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6471908411725407952-7947999536258382700?l=mariocavara.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mariocavara.blogspot.com/feeds/7947999536258382700/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6471908411725407952&amp;postID=7947999536258382700' title='4 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6471908411725407952/posts/default/7947999536258382700'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6471908411725407952/posts/default/7947999536258382700'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mariocavara.blogspot.com/2011/01/en-memoria-del-difunto.html' title='EN MEMORIA DEL DIFUNTO'/><author><name>Cavaradossi</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14443118431487622201</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_CBxi0fhKeVI/TCKRKeEJe6I/AAAAAAAAAHY/e5I_0pgqlFg/S220/1.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_CBxi0fhKeVI/TSRiZ56UnfI/AAAAAAAAAJ8/JLTVtJ3ZDk8/s72-c/IE6FuneralIllustration.png' height='72' width='72'/><thr:total>4</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6471908411725407952.post-215998836734660374</id><published>2010-12-26T10:54:00.000-08:00</published><updated>2010-12-26T11:02:25.673-08:00</updated><title type='text'>ME DISUELVO EN TI</title><content type='html'>&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Como hace en la lava el fuego,&lt;br /&gt;volanta de su ardentía&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como lluvia en el océano,&lt;br /&gt;absorbida en su descenso.&lt;br /&gt;&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/_CBxi0fhKeVI/TReQzzyNydI/AAAAAAAAAJo/bSIPNQ0YKLU/s1600/love.jpg"&gt;&lt;img style="MARGIN: 0px 0px 10px 10px; WIDTH: 200px; FLOAT: right; HEIGHT: 150px; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5555067885133351378" border="0" alt="" src="http://2.bp.blogspot.com/_CBxi0fhKeVI/TReQzzyNydI/AAAAAAAAAJo/bSIPNQ0YKLU/s200/love.jpg" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;Como la voz en el verso&lt;br /&gt;que la plasma e ilumina&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Así en ti, gemela esencia&lt;br /&gt;Así en ti yo me disuelvo&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me ensarto en ti y soy tú&lt;br /&gt;Tu la diosa; yo, el devoto&lt;br /&gt;Yo, pequeño; tú tan grande&lt;br /&gt;que represento bien poco&lt;br /&gt;al licuarme en tu luz.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mas qué feliz soy disuelto&lt;br /&gt;en tu núcleo dominante,&lt;br /&gt;no somos dos, somos uno,&lt;br /&gt;y tu sangre es ya mi sangre,&lt;br /&gt;lava, lluvia, esencia… Cielo. &lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6471908411725407952-215998836734660374?l=mariocavara.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mariocavara.blogspot.com/feeds/215998836734660374/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6471908411725407952&amp;postID=215998836734660374' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6471908411725407952/posts/default/215998836734660374'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6471908411725407952/posts/default/215998836734660374'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mariocavara.blogspot.com/2010/12/me-disuelvo-en-ti.html' title='ME DISUELVO EN TI'/><author><name>Cavaradossi</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14443118431487622201</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_CBxi0fhKeVI/TCKRKeEJe6I/AAAAAAAAAHY/e5I_0pgqlFg/S220/1.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_CBxi0fhKeVI/TReQzzyNydI/AAAAAAAAAJo/bSIPNQ0YKLU/s72-c/love.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6471908411725407952.post-7401733581104516771</id><published>2010-12-09T03:03:00.000-08:00</published><updated>2010-12-09T03:08:57.613-08:00</updated><title type='text'>EL PROFESOR Y ELLA</title><content type='html'>&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/_CBxi0fhKeVI/TQC4eNOGcZI/AAAAAAAAAJQ/_Ug97SbqP0M/s1600/EROTISMO1.jpg"&gt;&lt;img style="MARGIN: 0px 10px 10px 0px; WIDTH: 200px; FLOAT: left; HEIGHT: 148px; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5548637570004840850" border="0" alt="" src="http://1.bp.blogspot.com/_CBxi0fhKeVI/TQC4eNOGcZI/AAAAAAAAAJQ/_Ug97SbqP0M/s200/EROTISMO1.jpg" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;strong&gt;Ella&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La única clase que nunca se perdía ella era la de Derecho Procesal Civil, no ya tanto porque le apasionara la materia, que no era así especialmente, sino por escuchar al profesor, cuyas palabras, al fluir de su boca, se le antojaban melodía interpretada por un virtuoso músico.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se colocaba siempre en la primera fila, allí donde la distancia al estrado apenas si superaba el par de metros, y desde tan ventajosa ubicación elevaba la cabeza para mirarle y escucharle arrobada, sin una táctica definida, salvo si acaso la de cruzar con voluptuosidad sus piernas, esas que asomaban bajo el tejido de minifaldas exiguas, justo cuando creía que él había posado sus ojos en ella. No quería, pese a todo, engañarse, concebir unas esperanzas de antemano condenadas a perderse en el limbo de lo quimérico, de modo que la razón, acallando con su voz estentórea la de los sentidos, no cesaba de avisarle que poco o nada era lo que podía ella significar a ojos del experimentado erudito, un bulto más entre todos los que componían el auditorio de alumnos; de hecho, su memoria no guardaba siquiera una mirada suya que, aun perdida, hubiera recalado de lleno en ella; ni una sola vez, que supiera, fue su cuerpo reclamo sensual para los ojos de él. Estaba convencida que de toparse ambos frente a frente por la calle, él pasaría de largo sin haberla siquiera reconocido. A fin de cuentas, ella no era gran cosa, estatura mediana, pelo castaño, ojos marrones…, corrientes rasgos en definitiva, nada en su anatomía que al primer vistazo pudiera de por sí enervar la sugestión masculina, menos aún tratándose de un hombre como el profesor, quien en su madurez conservaba todavía un nítido atractivo: alto, apuesto, mirada penetrante, pómulos salientes, y, sobre todo, con un timbre de voz, grave y varonil, que a ella volvía loca.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En clase simulaba prestar atención al temario impartido, pero ni siquiera era capaz de tomar un solo apunte medianamente coherente. En realidad, su mente volaba más allá del ámbito donde su orgánica materia permanecía, ubicándoles a ambos, el profesor y ella, muy lejos de allí, desnudos, enredados sus cuerpos como dos hiedras tortuosas, las manos de él engarzadas alrededor de su cuello, desde donde lentamente se iban deslizando a lo largo del tobogán de su espalda hasta llegar a las torneados colinas que ponían fin a aquélla, manos fuertes como tenazas, manos al propio tiempo suaves como el satén, manos que subían luego de nuevo para con delicadeza rozar sus pechos y endurecer sus pezones al primer contacto, provocándole un gemido que quedaba, no obstante, ahogado cuando la lengua de él, potente y briosa, perforaba las defensas de su boca y entraba en ella cual conquistadora irreprimible. Y en el imaginativo vuelo de la mente era luego ella quien, tras abandonar su inicial papel pasivo, pasaba a la acción para responder de un modo frenético a los besos y caricias recibidos, ubicándose a su espalda tras un airoso giro y ser entonces sus propias manos las que se dedicaran a medir el cuerpo masculino, primero sumiendo los livianos dedos en la rizosa selva del vello pectoral, cuyos mechones estiraban hasta casi arrancarlos, tanteando luego el abdomen, donde esos mismos dedos se abrían al máximo y entre sí se enlazaban por el delirio que la cercanía del objeto anhelado provocaba, y por fin, tras descender algún palmo más, palpando lujuriosos el izado mástil donde la masculinidad adquiría inequívoco reflejo. Y él equilibraba tales estímulos volviéndose de nuevo para llevar su boca hasta el cuello de ella y morderlo con incoercible deseo, delicado y grácil cuello que moría anticipando el escote, carnal heraldo éste de las divinas majestades que eran los pechos, curvilíneos y mórbidos, donde la misma boca sedienta se complacía en succionar ambas cumbres violáceas que de corona allí ejercían. La espalda de ella se arqueaba entonces de puro goce, mientras él proseguía con su lengua el itinerario que marcándole iba el deseo, y le lamía el ombligo, carnoso timbre del vientre, alrededor del cual culebreaba con salacidad el apéndice turbulento, para seguir luego bajando cual explorador ávido de paisajes inverosímiles, remontando así en su chupadora tarea el venusino monte, para llegar finalmente al clítoris, dúctil y acuoso, donde sus movimientos se acentuaban de manera delirante hasta conseguir que ella, entre convulsiones, perdiera toda noción del tiempo y del espacio. Dentro de la cada vez más caldeada fantasía que el cerebro de la estudiante recreaba, proseguía su ciclo el juego amatorio, encauzándose el soberbio falo del profesor hacia la cavernosa gruta que anhelante lo aguardaba, cuyo interior, de esponjosos y húmedos pliegues forrado, franqueaba cual avezado colono, dando así inicio a la candente danza que, acelerando progresivamente sus movimientos, habría de conducir ambos cuerpos hasta las verdes frondas del éxtasis.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De estas lúbricas ensoñaciones despertaba invariablemente cuando él daba por concluida la clase y se despedía hasta la siguiente. Entonces volvía a la realidad y se percataba de que tenía las bragas completamente empapadas por la infiltración que de su sexo, abierto y mojado al máximo, provenía, circunstancia ésta que le originaba una sensación de pudor intenso, puesto que le hacía sentirse el blanco de las miradas de toda el aula.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por estos imaginativos derroteros iba desarrollándose su platónica gravitación en torno al profesor, cuando cierta tarde, cansada de seguir supeditando el empuje de los sentidos a la férrea defensa de la razón y de ese modo limitando sus rijosas ansias al terreno de la fantasía, se armó de valor y decidió concertar con él una cita bajo el pretexto de despejar ciertas dudas sobre la tramitación especial de los procedimientos relativos a división de patrimonios. Era cierto, por otro lado, que esa concreta especialidad procesal se escapaba en demasía a su entendimiento, como en general se le escapaba el resto de la asignatura, habida cuenta lo raras que resultaban las veces que, evadida de su habitual trance hipnótico, atendía realmente a las explicaciones ofrecidas en la clase; pero en todo caso no radicaban desde luego en esa puntual nesciencia los verdaderos motivos de la consulta instada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Accediendo a la solicitud, el profesor la recibió en su despacho, una cuadriforme estancia de paredes de estuco en la que descollaban decenas de estanterías atestadas de textos legales y manuales jurídicos. Se puso para la ocasión una camiseta celeste, bastante ceñida y con escote de pico, cuyo algodón sucumbía poco antes de llegar al ombligo, permitiendo de ese modo apreciar el sensual piercing que prendía en éste; una falda corta tableada que se comprimía alrededor de su talle mediante un cinturón ancho de color rojo, algo hippie, y en los pies unas sandalias abiertas con finas tiras laterales que iban desde los dedos hasta el tobillo. Informal indumentaria que le hacía sentirse juvenil y provocativa a un mismo tiempo, miscelánea que, pensaba ella, podría significar un primer ariete con el que acometer las defensas del reflexivo caballero.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿Y bien, señorita?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se quedó muda, presa de un marasmo tal, que el profesor se vio obligado a carraspear y, mientras con los dedos tamborileaba sobre la madera de su escritorio, repetir de nuevo el interrogante que sobre las razones de la femenil presencia en aquel despacho inquiría. Reaccionó ella ante este segundo reclamo y, haciendo un supremo esfuerzo para parecer natural y desenvuelta, procuró enfocar la conversación hacia el apócrifo señuelo que, en calidad de alumna, lanzara para conseguir aquella cita.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Debe ser que soy un poco dura de mollera, pero por más que usted lo ha explicado repetidamente en clase, sigo teniendo muchas dudas y lagunas sobre las especialidades que definen a este procedimiento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- No se zahiera a sí misma, señorita –la aplacó su mentor, regalándole una sonrisa ante cuya luminosidad estuvo a punto de claudicar derretida–. No es usted la única a la que asaltan tales dudas y lagunas. Convengo en que la materia es algo árida, si bien sólo hasta que se consigue captar el núcleo esencial sobre el que toda ella orbita... Pero, en fin, lo mejor será que vayamos punto por punto para intentar poner algo de luz entre tanta tiniebla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sobre aquel improvisado escenario, fue ella interpretando el papel que durante la víspera había estado ensayando en casa, una martingala que, enfocada en última instancia a la conquista del humano baluarte que espoleaba su deseo, partía de esas supuestas carencias cognitivas que sobre la especialidad académica de aquél afirmaba abrigar, y, así, los interrogantes iban emergiendo de su boca ornamentados con las sonrisas, visajes y demás gestos y giros anfibológicos que escogiera como municiones para contender en los fragosos arcabucos de la seducción. Desde que concertara la entrevista, se había dedicado, por lo demás, a estudiar a fondo la “árida materia” que se suponía venía a tratar, ello con el único objeto de poder disimular así su ignorancia con mayor pericia. Sin embargo, el ardid no parecía funcionar en el sentido deseado, pues ni su papel de aplicada alumna ávida de conocimientos, ni su encarecida simpatía, parecían despertar interés alguno, más allá del meramente académico, en el maduro catedrático, quien se limitaba a aclarar las cuestiones planteadas con adustez y rigor profesional, sin ni siquiera responder a las constantes muestras afectuosas que de ella iba recibiendo con un mínimo gesto que denotara afabilidad o dulzura. La verdad era que más allá de aquella primera y única sonrisa con la que a punto estuvo de desarmarla, el semblante del profesor no había vuelto a dibujar ninguna expresión amable durante todo el transcurso de la reunión. Serio, siempre serio y, aun en todo momento educado, ceñudo y hermético en el plano personal.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Espero haber conseguido despejar al menos parte de sus dudas –comentó una vez dada por finalizada la audiencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ella asintió con la cabeza, aderezando al propio tiempo ese gesto con una sonrisa tímida, casi de circunstancias, que servía asimismo como despedida. Y ya se levantaba de la silla, dispuesta a abandonar aquellas cuatro paredes con un acerbo sabor de boca, resignada al fracaso de esa primera tentativa de acercamiento al hombre de sus sueños, cuando justo en ese instante se sintió espoleada por una audacia que, cual repentino turbión, se precipitara de lleno sobre su voluntad, hasta el punto que, casi de manera mecánica, brotaron de su garganta las palabras que proponían al veterano dómine salir juntos a tomar un café. Él se desprendió de las gafas para observarla de arriba abajo. Era aquella una mirada donde la curiosidad y la sorpresa se mezclaban a partes casi iguales. En cualquier caso, descarada o no, esa mirada venía a suponer, a juicio de ella, el primer contacto verdadero que los ojos del hombre mantenían con su cuerpo. Seguro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿Un café dice? ¿Con usted?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ante la palmaria perplejidad con que fuera formulado aquel doble interrogante, notó ella que se ponía colorada, y retomando la razón el dominio que por un momento cediera al empuje del instinto, se dijo que posiblemente aquella propuesta no había sido una buena idea. ¡Dios Santo, qué vergüenza! ¿Qué opinión tendría ahora el profesor de ella, salvo que era una descarada? Pese a todo, y ya que había sido la osadía la impulsora de aquel paso, pensó que lo mejor era ya persistir en dejarse arrastrar por ésta hasta culminarlo del todo, en lo que venía a ser una clara huida hacia delante. A fin de cuentas, ¿qué podía ya perder?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Claro, ¿por qué no? No veo nada malo en ello. ¿O sí lo hay? –añadió, dando a la pregunta un deje de picardía.&lt;br /&gt;- No considero demasiado apropiado que profesores y alumnos intimen en exceso. Eso es todo.&lt;br /&gt;- Vamos, profesor, ¿no me dirá que compartir un café es intimar?&lt;br /&gt;- Eso depende siempre del café –bromeó el profesor, por más que, a tenor de su tono circunspecto, no lo pareciera–. En todo caso, la cafetería de la facultad suele estar siempre demasiado concurrida y no me gustaría ser blanco de miradas indiscretas, sobre todo si éstas pertenecen a colegas.&lt;br /&gt;- ¿Sus colegas le reprobarían algo tan inocente? No lo creo.&lt;br /&gt;- A tanto como reprobarme dudo que se atrevieran, pero seguro que murmurarían a espaldas mías, y, créame, no me gusta ser tema de mentideros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una mirada vulpina despegó de los ojos de ella, mirada que penetró en los del profesor como centelleante destello de luz, aturdiendo su visión durante un breve pero intensísimo lapso temporal.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Tampoco nuestro café tiene por qué ser degustado en la cafetería de la facultad. Podríamos acercarnos a Moncloa –fue la invitación que de los labios de ella brotó tras que de sus ojos lo hiciera aquella luminosa mirada–. Por allí conozco algunos sitios interesantes…. Ni tampoco tiene por qué ser un café, o sólo un café, lo que compartamos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un incitante guiño de ojo sirvió de semiótico colofón a aquella sugerencia. Se sentía sorprendida de su propia audacia, ya que en general no acostumbraba a ser tan atrevida en sus flirteos. Sin embargo, ya puestos, resultaba apasionante jugárselo todo a una carta. Si él rehuía el cebo, se daría por vencida y no insistiría más; pero si, por el contrario, lo mordía, habría dado un paso definitivo hacia su final objetivo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;El profesor&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Venía reparando desde hacía algunas semanas en la chica de pelo trigueño que se sentaba siempre en la primera fila. No podía negar que le llamaba poderosamente la atención, pese a que, por supuesto, se abstenía de fijar en ella miradas directas que, como tales, resultasen indiscretas, lo que no era óbice para que posara de vez en cuando los ojos con disimulo sobre su morfología. Por lo que advertía, ella era de las alumnas que con más interés seguía sus clases, siempre muy atenta a las explicaciones, sin perder al parecer detalle de cuanto él iba diciendo. Al principio la había observado de forma distante y desapegada, insensible a su propio examen, tan displicente como el científico que indaga sobre los aspectos más superficiales del conejillo de indias que sirve de base a un experimento. Sin embargo, con el paso del tiempo se había ido acentuando su interés, desplazándose éste desde un plano impersonal a otro más subjetivo, hasta el punto que comenzaba a experimentar ante aquella joven una atracción que excedía en mucho el ámbito académico. Le gustaba, sin duda. Su libido, curtida ya en mil lúbricas contiendas, proclive se antojaba a dejarse excitar por aquellas formas sinuosas. Hechizado le tenía sin duda el indolente y, al propio tiempo, provocativo cruce y descruce que de cuando en cuando le ofrecían las generosas piernas de la efeba, así como cautivado aquellos ojos vivos, profundos como abismos, ojos que clavarse en él parecían con embeleso. ¿Sería eso cierto? ¿Le lanzaba ella miradas insinuantes o no se trataba más que de imaginaciones suyas propiciadas por la fascinación que le producía la muchacha? El undoso movimiento de su cabello al girar la cabeza de lado a lado le provocaba una sensación de frescura, como si un céfiro acariciante circulara de súbito alrededor de la tarima desde donde impartía la clase. Los senos, esos dos turgentes relieves que se aventuraban tras la variedad de camisetas, suéteres o blusas encargadas de velar su jugosa materia, le tenían encandilado; anzuelos se le antojaban para sus manos, con frecuencia resguardadas en los bolsillos de la chaqueta para que sus indiscretas sacudidas nerviosas no delataran la atracción que les provocaba aquel par de seductores imanes. Desde luego, la veía bonita, la más bonita de todas sus alumnas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La curiosidad, pues, había traído en pos suya al deseo, y éste, tentador como la edénica sierpe, incitaba su lujuria mediante sugestivos ensueños donde aquella joven alumna se le aparecía desnuda y entregada a él por entero, siendo así que de la mano de tan incontinente deseo percibía el profesor cómo comenzaba ya a traspasar los umbrales que a la obsesión conducían. Y en ese tránsito andaba, incapaz de quitársela de la cabeza, cuando se vio sorprendido por la inesperada solicitud de audiencia que ella le hizo, alegando para ello que necesitaba aclarar ciertas dudas relacionadas con la asignatura que él impartía. Tuvo que esforzarse para disimular la turbación que tal instancia le produjo. Por supuesto, aceptó de inmediato, sin poner impedimento alguno a la entrevista pretendida. En realidad, hubiese recibido a cualquier otro alumno que con justa causa lo hubiese demandado, no en vano su responsabilidad como profesor así lo exigía. En este caso, no obstante, se daba la circunstancia que también el placer jugaba en el mismo equipo que la obligación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La idea de estar a solas con ella, aunque fuese dentro del angosto y nada coqueto habitáculo que circunscribían las cuatro paredes de su despacho, se convirtió durante los días previos a su específica culminación en monopolio obsesivo para la mente del profesor, elucubradora al respecto de las más sugestivas posibilidades. La víspera al día prefijado, mientras se encontraba tendido en la cama, fantaseó una vez más con ese esperado momento, imaginándosela aplicada a una sensorial danza en la que, mientras caderas y vientre se debatían en ondulantes movimientos, iba desembarazándose una por una de todas sus prendas, hasta quedar frente a él completamente desnuda, para luego, sin más abrigo ya que su propia piel, ir a sentarse sobre su regazo. La joven le mordía entonces con impudicia el lóbulo de la oreja, al tiempo que sus manos iban aflojando la corbata y le desabrochaban los botones de la camisa y el pantalón. Desatada por entero su lujuria, la izaba él con sus brazos para depositarla luego sobre la mesa del despacho, no sin antes barrer de un manotazo cuantos papeles atiborraban ésta. La mesa se convertía así en un improvisado altar erigido a las deidades del placer, tendida sobre el cual, sicalíptica y tentadora, se encontraba una singular Afrodita que con su cuerpo ardiente le invitaba a convertirse en su entregado sacerdote, y él, obediente, separaba sus piernas para adentrarse gozoso en la hendidura que entre ellas se abría, palpitante acceso de la arcana espelunca que era su sexo franco. Ella gemía, gemidos que se iban acentuando al ritmo de su propio empuje, hasta convertirse en gritos de gozo que desembocaban en un último estallido, justo cuando ambos, sacerdote y diosa, se derramaban el uno en el otro. La ilusoria escena convergía en este preciso instante con la que en el plano real también se desarrollaba, donde una profusa eyaculación ponía punto y final al masturbatorio acto con que el dómine había acompañado a su calenturienta imaginación. Un charco de semen dejaba tangible testimonio sobre las sábanas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A la mañana siguiente tuvo lugar la anhelada cita. Como no podía ser de otra forma, la realidad de los hechos desbarató todas estas lúbricas entelequias que los días previos modelara la imaginación del insigne catedrático, de manera que el encuentro se circunscribió desde un principio al concreto propósito que lo motivaba, esto es, arrojar luz sobre las tinieblas que en la fragosa selva del derecho procesal parecían envolver a su alumna. Se sintió, no obstante, embebecido por la sonrisa que ella le dedicó en un momento dado, por más que de inmediato descartase la posibilidad de que correspondiera a un intento de flirteo por su parte, tildándola al contrario como mero gesto de cortesía, la típica sonrisa condescendiente. Lo cierto era que por más que las fuerzas aliadas de su instinto y su deseo lo espoleasen a la aventura, las circunstancias no resultaban propicias para ésta, resultando en este sentido vano pretender burlar con falsos espejismos una evidencia que se presentaba como muro infranqueable, cual era la diferencia tremenda tanto de edad como de circunstancias que entrambos mediaba. Ante esa evidencia de nada servía engañarse. Él era demasiado mayor para ella, además de pertenecer a otro mundo muy distinto al suyo. Divorciado por dos veces, acababa de cumplir cincuenta años, en tanto que su joven pupila apenas si acarrearía en el serón la mitad de ellos; ni tampoco, por descontado, compartirían aficiones, gustos o inclinaciones de cualquier género. No, ninguna ilusión podía hacerse respecto a que entre ellos pudiera prender cualquier chispa más allá de la estricta relación profesor alumna.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y sin embargo, cuando ya había dado por terminadas todas sus explicaciones y el punto final era lo único que restaba para poner colofón a aquella audiencia, ella le propuso inopinadamente ir a tomar juntos un café, y más adelante, después de un sugestivo tira y afloja, que ese café, o lo que fuera, lo tomasen más allá de los muros del paraninfo. El profesor no podía creerlo. De repente, aquel encuentro parecía dar un giro de ciento ochenta grados y abría nuevos horizontes en un camino que momentos antes se le antojara por entero vedado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;El profesor y ella&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;El Mercedes del profesor les condujo a la Castellana, concretamente a la zona de Cuzco, en uno de cuyos pubs tomaron acomodo para pedir un par de copas, whisky de malta él, rebajado con un chorrito de soda, ella un baileys con mucho hielo. Recostados sobre los confortables sillones del local, iban sus cuerpos ganando en distensión al mismo ritmo que en vivacidad lo hacían sus lenguas, lo que condujo la plática a abandonar el encorsetado ámbito limitado por sus respectivos roles de profesor y alumna, para aventurarse hacia campos mucho más heterodoxos. Pasó así ella de expresar su admiración por los amplios conocimientos procesales de su mentor a hacer extensiva la laudatoria a su propia persona, en tanto que él, más recatado por naturaleza en lo que a despliegues efusivos se refería, sonreía sin disimular su complacencia, al tiempo que prodigaba a su interlocutora un cada vez mayor número de insinuaciones sutiles. Consumidas las dos bebidas iniciales, otras dos nuevas vinieron a ocupar rápidamente el lugar de las primeras. La ingesta de alcohol desataba aún más las lenguas de ambos, de por sí proclives esa tarde a la libre expansión. Las continuas bromas y muestras de ingenio de que hacía gala el maduro caballero eran aplaudidas por risas cada vez más desinhibidas de la joven muchacha. No había duda que profesor y alumna estaban disfrutando de su mutua compañía, descubriendo facetas el uno en el otro que hasta entonces permanecieran embozadas a sus respectivos ojos bajo el siempre tupido velo de las apariencias. Proclive de este modo el espíritu a dejarse arrastrar por la laxitud, ningún reparo tuvo ella en descargar sus ansias confesando a su acompañante lo mucho que le gustaba, confidencia que su boca dejó escapar entre risas, como algo natural que ningún misterio encerrara, por más que la revelación diese a tales risas un sutil toque nervioso que en el fondo delataba su verdadera trascendencia. Confesión por confesión, el profesor no dudó tampoco en admitir que asimismo se sentía muy atraído por ella. Minutos más tarde, ya con las terceras copas sobre la mesa, llegarían los besos, tumultuosos y apasionados como estallidos de volcanes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Poco después recalaba la pareja en el hogar del profesor, una amplia casa de tres alturas ubicada a las afueras de la metrópoli. La feroz ardentía que en ambos rezumaba a través de todos y cada uno de los poros de su piel no podía aguardar más tiempo para ser sofocada, de manera que apenas cerrada a sus espaldas la puerta de acceso a la vivienda, ya estaban sus cuerpos entrelazados sobre la pared del hall, debatiéndose el uno contra el otro como dos posesos; cada boca buscaba la contraria y en el encuentro se enredaban sus lenguas como dos serpientes en celo, un solo beso, eterno, violento, febril, cavernas enlazadas que componían un alambique donde los líquidos salivares eran mezclados entre remolinos de pasión. En paralelo a este beso infinito, se afanaban también sus manos en una exploración frenética, presurosas por recorrer los ocultos paraísos de la carne, empeño en el que no tardaron las de él en desabrochar el cinturón que ceñía la escueta minifalda, que se precipitó hacia el suelo formando un burujo. Liberada de este modo de su prenda inferior, estiró ella los brazos con voluptuosidad y molicie, reclamando con tal gesto ser despojada asimismo de la que recubría su tronco; él no se hizo de rogar y extrajo por arriba la celeste camiseta, que se atascó un poco a la altura de la cabeza, si bien, un enérgico movimiento de ésta de lado a lado terminó por liberarla. Despejado el camino de molestos obstáculos, las manos de él se apresuraron a deslizarse bajo la batista de las bragas, apretando y acariciando las dos esferas que componían el empinado culo, y desde allí reptaron luego sus dedos hasta alcanzar los ardientes pliegues vaginales, rebosantes ya de fluidos, cuyos labios desplegaron con cuidado para un par de ellos, los más audaces, introducirse en las profundidades cavernosas, provocando como respuesta en su destinataria un tembloroso respingo, al que siguieron entrecortados jadeos que, evacuados con el aliento, humedecieron el cuello masculino como si de tibio rocío se tratara. Recuperando entonces ella la iniciativa, se agachó y desabotonó con furia los pantalones del profesor, liberando de sus telas el fuste cuya dureza, junto a las perlas transparentes que asomaban por su hendido extremo, testimonio venían a dar de la lasciva excitación que embargaba a su maduro propietario. Los gráciles dedos se retorcieron sobre el falo, enhiesto éste, palpitante de lujuria, en tanto los labios se relamían rijosos, como saboreando de antemano el fruto apetecido, prestos a colmarse de su néctar. Sin dejar de abandonarse a las delicias de esta masturbación, aprovechaba él para evacuar de su cuerpo chaqueta, corbata y camisa, fastidiosos atavíos cuyo sofoco le resultaba a esas alturas incompatible con el proveniente de su líbido sulfurada, y justo cuando la blanca camisa volaba por los aires, un espasmo de placer hizo que de su garganta escapara un prolongado aullido: su pene acababa de ser aprisionado dentro de la boca tibia y húmeda de la muchacha, quien comenzaba a lamerlo con irrefrenable concupiscencia. Poderosas corrientes iban galvanizando al profesor mientras su miembro erecto profanaba una y otra vez la boca de su compañera, en ocasiones hasta la mismísima garganta. Sacudido por la electricidad de sus propios sentidos, a cuyo empuje apenas si su voluntad podía oponer resistencia alguna, se sentía impelido a descargar su simiente dentro de aquel salivoso cubil; no obstante, en un sumo esfuerzo de continencia, compelió a su carcelera a una liberación que previniese la eyaculación precipitada, y ya emancipado de la boca insaciable, levantó a la joven para con un rápido giro volverla de cara a la pared. De pie y con las manos apoyadas contra el muro, ella arqueó la espalda y separó sus piernas, haciendo que el culo sobresaliese lo más posible y quedase enteramente a merced del amante, quien en esos mismos momentos terminaba de quitarle la ropa interior. El recio miembro viril se aproximó entonces a la rosada embocadura y penetró en ella con facilidad, hasta el fondo, no en vano los chorreantes jugos femeninos habían lubricado plenamente las vaginales paredes. Ella emitió un tenue chillido. A veces sosegado y calmo, otras presuroso y salvaje, iba variando el profesor el ritmo de sus acometidas, entrando y saliendo de la humedecida cueva sin más gobierno que el que sobre su voluntad ejercía la lascivia desatada, al tiempo que una de sus manos se desplazaba en movimientos circulares alrededor de la doble luna que componía el pecho de ella, friccionando los pezones endurecidos, en tanto la otra masajeaba el clítoris con pericia. Ella notaba el movimiento del pene en su interior como el de una alocada serpiente que no cesase de reptar; gritaba de placer, entregada a los escalofríos y espasmos que recorrían su cuerpo de arriba abajo. Tuvo dos orgasmos casi consecutivos, el último de ellos coincidente con el momento preciso en que él se derramaba en su interior tras un ronco bramido. Se volvió entonces con una sonrisa de satisfacción y le besó en los labios, para acto seguido agacharse y cerrar de nuevo la boca alrededor de su pene, que empezaba a perder su dureza, a fin de succionar las gotas de semen que aún rezumaban en la punta. Había concluido el primer asalto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Alimentado el fuego de la pasión, decidieron colmar también el que en sus tripas tenía cobijo, que no por más prosaico merecía menos miramientos, de manera que el anfitrión se dispuso a preparar algo de cena, para lo cual envolvió su desnudez únicamente con un mandil y un gorro de cocinero, indumentaria que levantó sonoras carcajadas en su acompañante.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Estás para hacerte una foto y distribuirla luego por toda la facultad.&lt;br /&gt;La disparatada idea hizo que también la risa brotase espontánea de la garganta de él.&lt;br /&gt;- Mira por donde, quizá fuese un buen medio para que mi reputación ganase algunos enteros.&lt;br /&gt;- Claro, sobre todo entre las féminas.&lt;br /&gt;- Seguro. Me convertiría ante sus ojos en todo un sex symbol.&lt;br /&gt;- Sí, el sex symbol del mandil… Anda, bobo, ve a preparar esa cena, que tengo hambre.&lt;br /&gt;- De acuerdo, pero te confieso que no tengo mucho apaño en casa, ya que generalmente ceno fuera…. Hmmmm –el profesor frunció el ceño e hizo gesto de ponerse a pensar– Ya está –exclamó tras un par de segundos, haciendo chasquear los dedos–, te prepararé unos deliciosos spaghetti al ajillo. Te aseguro que me salen de miedo. Ya verás como te chupas los dedos.&lt;br /&gt;- Quizá prefiera chupar otra cosa –replicó ella con picardía.&lt;br /&gt;Él aplaudió el provocativo retruécano mediante una nueva risotada y marchó después a la cocina.&lt;br /&gt;- Ponte cómoda y sírvete una copa mientras cocino la pasta. Ahí en el mueble bar tienes bebidas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin cubrir con nada su desnudez, y mientras su anfitrión se debatía entre los fogones, permaneció ella en el salón principal de la vivienda. Tras echar un ligero vistazo, se dijo que estaba decorado con gusto, una mezcla de estilos, algunos clásicos, otros más modernos, que en conjunto armonizaban elegancia y comodidad en una simbiosis compacta. Le llamaron especialmente la atención las ventanas, dotadas de unos pesados parteluces, a través de los cuales se filtraba una luz tenue, luz de luna, que fucilaba con un tinte espectral. La chimenea, hecha de mármol veteado, albergaba un fuego tenue, cuyas lenguas formaban al brincar extraños arabescos. Permaneció un buen rato a su calor, embebecida frente al retozar de las llamas, dejando que su imaginación volase sobre la grupa del fuego hacia ignotos territorios plagados de misterio y aventura. Tales ensoñaciones fueron interrumpidas por la llegada de su anfitrión, quien tras aplicar la badila para remover la lumbre e intensificar su ígneo poder flamígero, se volvió hacia ella para engarzar su cuerpo en un voluptuoso abrazo y propinarle un liviano mordisco sobre los pezones, que se vigorizaron al instante.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Vaya, parece que mi guapo cocinero tiene hambre, aunque no precisamente de spaghetti. Quizá sea que no le salieron tan deliciosos como él aseguraba.&lt;br /&gt;- Digamos mejor que lo que se ofrece ahora a su vista le resulta mucho más apetecible.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin mediar más palabra, cubrió el profesor la boca de su invitada con un beso húmedo y prolongado, al ritmo del cual la fue arrastrando hacia el suelo, hasta quedar ambos tendidos con molicie sobre la espesa alfombra que copaba buena parte del pavimento. Mientras lo acariciaba, el profesor iba deleitándose en la contemplación del cuerpo desnudo de su amante, que se le antojaba una excelencia de fisuras y pliegues, todo un jardín de las delicias. Con los dedos corazón e índice de su mano derecha circunvaló el escualo que llevaba ella tatuado en la parte posterior del hombro, pese a que sus preferencias estéticas se inclinaban más bien hacia el que lucía en los bajos de su espalda, una miscelánea de runas orientales entretejidas en forma de “V” cuyo vértice, cual celoso guardián de un fastuoso tesoro, se correspondía con el inicio del raíl que dividía ambos glúteos. Esos mismos dedos, retozones e inquietos, se complacían poco después en hurgar alrededor del sensual ombligo, jugando con el piercing que engalanaba éste, desde donde descendieron para acariciar el pubis, que ella lucía enteramente rasurado, lo que permitía apreciar en todo su esplendor la tentadora vulva, con sus rosados labios menores plegándose sobre la vertical hendidura que encerraba el paraíso de los gozos. Los pezones, aureolados por una corona de tonalidad cárdena, como sendos pétalos de trinitaria, sobresalían erectos al ser estimulados por la experta lengua masculina, dos puntas de lanza desafiantes, dos polos eléctricos prestos a recibir continuas descargas de placer, un placer que invadía todo el sistema nervioso de la joven estudiante, testimoniado en los gemidos que brotaban de sus labios entreabiertos al sentir aquella lengua glotona afanarse en sus pechos y aquellos dedos, largos y osados, palpando el interior de sus muslos, táctil reclamo que ella atendía instintivamente separando sus piernas algunos centímetros, los justos para que alcanzaran la encrucijada donde la carne se abría para permitir el acceso a las oscuras profundidades intestinas. Tras cumplir los dedos con su cometido, fueron reemplazados por la boca, presta a enaltecer mediante ligeros mordiscos y vehementes lametones el santuario vaginal que a ella se ofrecía, por cuya puerta expedita introdujo su punta el salivoso apéndice para, resbalando entre sinuosidades impregnadas de jugos, moverse de lado a lado, hacia adentro y hacia fuera, en movimientos circulares…, hasta arrastrar a su sacerdotisa en un remolino de éxtasis incontenible. En medio del delirio, urgida por las voces del deseo, levantó ella las rodillas hasta que éstas vinieron a rozar casi su barbilla, tácita convocatoria para que la grieta abierta en la intersección de sus muslos fuese enfoscada por la carne enhiesta del amante. Él aceptó el envite e hizo deslizar su falo entre las carnosas paredes vaginales, penetración que obtuvo como respuesta un grito agudo que atravesó la garganta de ella cual relámpago sonoro. Para sofocar sus fragores, taponó el profesor la boca de su alumna con la suya, enzarzándose ambas lenguas en una frenética pugna donde no había vencedores ni vencidos. Alcanzaron de este modo el clímax al unísono, como dos relojes sincronizados, y sus respectivos cuerpos se convulsionaron en repetidos espasmos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los spaghetti estaban ya casi fríos cuando, allí mismo, sobre esa misma alfombra donde acababan de hacer el amor, dieron cuenta de ellos. Era ése, en cualquier caso, un detalle que apenas si merecía un solo comentario, tras haber transitado por las viñas del placer para saciar con sus frutos otro tipo de apetito.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tras la frugal ingesta, se dirigieron al dormitorio principal, donde entre sábanas de seda volvieron a sumergirse en las procelosas aguas del sexo. Ella estaba más que sorprendida por la inaudita virilidad que evidenciaba su amante, teniendo en cuenta que, lejos de ser un adolescente, se movía ya en los confines de la cincuentena; y en análoga concomitancia, le asombraba también su cuerpo, toda vez que había esperado toparse con un organismo invadido por carnes flojas y estriadas, acorde con la avanzada edad, y en cambio a sus ojos se ofrecía un torso musculoso, colmado de un vello ya cano, sí, pero nada flácido, con abdominales todavía marcadas y, en general, carnes prietas. No pudo evitar preguntarle, con morbosa curiosidad, si tomaba algún tipo de anabolizante o de productos estimulantes para la líbido, tan en boga últimamente. Esta pregunta se la hizo al propio tiempo que masajeaba su falo, de nuevo duro como una roca, aunque sedoso al tacto, por el que los delicados dedos subían y bajaban a ritmo suave.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ante la pregunta sobre el posible consumo de artículos vivificantes, él esbozó una sonrisa enigmática, pero se abstuvo de satisfacer su curiosidad, limitándose a izarla por el culo con un movimiento enérgico y compelerla a que se sentase sobre su erecta verga. Las manos de ella asieron entonces el pene y enfocaron su punta hacia la enrojecida y palpitante vulva que lo aguardaba, y tras ajustarlo en la entrada, fue bajando poco a poco hasta hundirse por completo en él, dejando escapar al hacerlo un grito gutural, para luego, una vez convenientemente acoplada, comenzar a mover sus caderas en círculos lascivos, rotaciones que de vez en cuando interrumpía al objeto de alzar las nalgas sobre el carnoso y resbaladizo mástil que la penetraba, dejando asomar en estas subidas la base del glande, y acto seguido, antes de que su presa pudiese escapar por entero, dejarlas caer otra vez para empalarse nuevamente. Prolongaron durante algunos minutos este juego de contorneos, subidas y bajadas; luego él la abrazó y obligó a que girara, de manera que quedase debajo suyo. Ella gozaba al verse aplastada bajo el musculoso cuerpo, enredándose con él hasta formar un ovillo de piernas, brazos y sexos, dos cuerpos imbricados que componían uno solo, de manera que ambas pelvis se unían y desunían en un baile cuya cadencia variaba paulatinamente de ritmo, unas veces lenta, otras desenfrenada, melodía de formas que hallaba sonoro aditamento en el festival de gemidos cuyo volumen no dejaba de subir. Los ojos de la muchacha aparecían empañados por la lujuria, nunca antes había alcanzado cotas tan elevadas de placer carnal, y en sus entrañas el deseo se fraguaba en una sucesión de oleadas apremiantes e irresistibles, todo un tsunami de sensaciones, tan poderosas que su corazón se disparaba en un frenético ciclo de sístoles y diástoles. En medio de este huracán de gritos ahogados, sofocos y palpitaciones, pudo percibir cómo el temblor de sus caderas y piernas iba ganando en intensidad, signo inequívoco de que se aproximaba un nuevo momento álgido, aquel en el que se produciría la apoteósica erupción de los jugos que en su interior pugnaban por estallar, un estallido que ella se esforzaba todavía en contener, para lo que arañaba con violencia la espalda de quien con sus embestidas estaba a punto de provocarlo, hasta que las fibras nerviosas, desbordadas por tantas y tan continuas sacudidas mayestáticas, sucumbieron al fin a esa irreprimible estampida de los sentidos que se ha dado en llamar orgasmo, furiosa explosión que de energía descontrolada colma el aparato genital para desde allí proyectarse, cual relámpago vertiginoso, en todas direcciones, hasta cubrir el último milímetro del cuerpo sometido. Justo también en ese instante, como relojes sincronizados, él se derramaba por entero en la profundidad de su vientre, emitiendo al hacerlo un alarido animal que se propagó por todo el dormitorio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tras la sensorial deflagración, permanecieron ensamblados durante algunos minutos, exhaustos, sudorosos, contemplándose el uno al otro con miradas de agradecimiento y ternura. Luego él se incorporó de la cama y extrajo de la cómoda un pequeño envoltorio, parte de cuyo contenido mezcló con tabaco y enrolló con papel de fumar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Esto es lo más estimulante que tomo –comentó con una sonrisa, al tiempo que encendía el porro que acababa de liarse, respondiendo así a la pregunta que ella le hiciera en los prolegómenos de su último polvo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aquel hombre se estaba revelando toda una caja de sorpresas, a cual más fascinante. No podía ella creer que la persona seria y morigerada que impartía clases en la universidad, modelo de formalidad y corrección, siempre impoluto tras su traje y corbata oscuras, fuese la misma con la que acababa de follar tres veces prácticamente seguidas de forma salvaje, la misma que fumaba hachís con delectación y pasaba ahora el porro a sus labios tras depositar sobre ellos un tierno beso, la misma que aplaudía como de buen gusto los tatuajes y piercings que ornamentaban su cuerpo. La verdad era que, pese a lo mucho que había fantaseado con él, nunca se le pasó realmente por la imaginación que su idolatrado profesor pudiera tener una mentalidad tan abierta y libre de prejuicios. Aquella noche estaba siendo memorable, y ya no sólo por el componente sexual que la presidía, sino también por todo aquel carrusel de descubrimientos que se iban sucediendo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Es asombroso, los jóvenes creéis que habéis inventado el mundo –retomó de nuevo él la palabra–, pero éste no hace otra cosa que girar y girar hasta volver siempre sobre sí mismo en un continuo eterno retorno. Lo único que nos distingue a los de mi generación de los de la tuya es en todo caso que somos si acaso más discretos, fruto imagino que de la mayor experiencia, pero en el fondo tenemos idénticos vicios y similares tentaciones, no en vano estamos hechos de la misma carne y por nuestras venas corre la misma sangre, una sangre que también hierve y entra en ebullición ante determinados estímulos…. A fin de cuentas, el instinto obedece a esos dos componentes básicos: carne y sangre. No hay edad que valga.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hablaba con la mirada puesta en el techo, como si lo hiciera para sí mismo. El cabello enmarañado y la luminosidad de sus ojos, fruto sin duda esto último de la ingestión de hachís, le conferían una expresión alucinada. Calló luego y el silencio se apoderó del dormitorio, tan sólo interrumpido por la cadencia rítmica que producían ambas respiraciones. Pasados unos segundos, ella se alzó sobre el colchón y dio una última calada al porro, que inhaló profundamente, antes de apagar el pucho sobre el cenicero que había en la cómoda. Desde arriba miró a su amante, que reposaba con las manos detrás de la nuca, los ojos aún en el techo, y tuvo la impresión de estar viéndolo como a través de una calima. Lo miraba con renacida lujuria. Pensó que su organismo estaría aún recuperándose de la última batalla amatoria, buscando amortizar con el reposo parte de las energías sacrificadas; pero no quiso darle tregua y, agachándose sobre él, comenzó a besar su miembro flácido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El profesor suspiró. Pronto notó cómo su pene dormido vibraba ante aquellos besos y suaves lametones, presto a recibir otro turbión de sangre que lo hiciera de nuevo despertar para atender a los edictos del sexo. Entrecerró los ojos y colocó sobre la castaña melena ambas manos, presionando con ellas la cabeza para indicar que deseaba que su boca engullera el falo. Ella no opuso resistencia; guiada por el empuje de sus manos, empezó a subir y bajar la testa ingiriendo su presa en cada acometida, notando cómo dentro de su boca despertaba ésta de su momentáneo sopor para volver a endurecerse. Chupaba con veneración, como una sacerdotisa que rindiera pleitesía a su deidad mediante sacras genuflexiones; tan profundos resultaban a veces los descensos de su cabeza, que su nariz chocaba contra los testículos, donde permanecía algunos segundos, aspirando su acerbo aroma, llena su boca de él, saboreando la polla entera, cuyo grueso extremo se le pegaba a las paredes de la garganta, para volver luego a dejarla emerger entre espasmos de asfixia. Aparcando luego la felación por un momento, se dedicó a morder con delicadeza el largo tallo, primero en la base, donde al propio tiempo aprovechaba para lamerle con voluptuosidad los huevos, repartiendo después los mordiscos por todo el conducto vigoroso, y finalmente en la bellota roja que lo culminaba, volviendo luego desde allí a recorrerlo todo con la lengua, de arriba abajo, de abajo arriba, a veces con movimientos circulares sobre el glande, otras succionando como una bomba hidráulica. El profesor se dejaba hacer, cerrados los ojos hacia un paraíso interno donde quería permanecer para siempre, la boca entreabierta, resquicio por el que no cesaban de escapar tenues suspiros, y todo su sistema nervioso a punto de estallar de puro placer, estallido que se produjo al cabo mediante una nueva eyaculación apoteósica, descarga salvaje que regó la boca de su sacerdotisa con el glutinoso líquido de la vida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aquello era un desenfreno de lujuria. La casa del profesor se había convertido en improvisado escenario donde una tras otra iban sucediéndose representaciones de un renovado kamasutra. Todo tipo de posturas y todo género de experimentaciones fueron llevados a escena durante esa larga noche de sexo sin límite. En uno de esos lances amatorios cubrió ella su cuerpo de nata para que él lo lamiese hasta dejarlo limpio; otra vez, en cambio, fue él quien se untó la punta del pene con miel y se lo dio a probar a ella, quien lo relamió con suprema delectación; a veces él se recreaba azotando los redondos glúteos de su compañera hasta arrancarle aullidos donde dolor y placer componían una danza lúbrica; otras veces la penetraba por el ano, práctica que ella jamás antes hiciera y que abrió sus sentidos a un nuevo universo de goces ignotos; en otra ocasión ató sus manos a la cabecera de la cama y cubrió sus ojos con el cinturón de un albornoz para, privándole de tacto y visión, incrementar sus sensaciones mientras le chupaba el clítoris y se hundía luego de nuevo en el interior de su abierta anatomía. Como no podía ser de otro modo, todos y cada uno de estos juegos tenían siempre como desenlace la fulgurante estampida multicolor en la que ambos, a veces simultáneamente, otras de manera sucesiva, tocaban con sus dedos el cielo a través de un nuevo orgasmo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tras varias horas de protagonizar una sexualidad exenta de tabúes y prejuicios, cayeron finalmente exhaustos, derrengados tras haber llevado a cabo las más ardorosas batallas carnales que sus encendidas imaginaciones pudieran concebir. Durante largo rato permanecieron abrazados y medio adormecidos, ufanos de haber alcanzado juntos tan reavivantes clímax, de haber viajado hasta el Nirvana y gozado en él de sus afrodisíacos manjares hasta quedar enteramente ahítos. Finalmente, un dulce sueño los venció a ambos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fue él quien a la mañana siguiente despertó primero, poco después que los rosados dedos del alba descorrieran la cortina escarchada con que la noche oculta al día. Miró su reloj para comprobar, no sin cierta sensación de destemplanza, que ni siquiera habían sido cuatro las horas que estuvo en brazos de Morfeo. Con cuidado de no despertar a su circunstancial amante, destapó las sábanas para poder contemplar al detalle el cuerpo desnudo de ésta. Una sonrisa iluminó sus labios, y se dijo que había merecido la pena robarle tiempo al sueño con tal de gozar de tan deliciosa anatomía. Con ese pensamiento en mientes, se puso a trazar con sus dedos círculos alrededor de los cárdenos pezones, que se endurecieron casi al instante, para luego, muy despacio, ir llenando toda su geografía de dulces besos, comenzando precisamente por esos mismos pezones que acababa de delinear, desde cuyas cimas fue descendiendo hasta concluir en el rasurado sexo, cuyo aroma le resultó embriagador, néctar para su boca anhelante, que se entreabrió para saborearlo con la lengua, húmeda y elástica, que desde ese mismo momento se afanó, cual furtiva áspid, en zigzaguear a través del clítoris. Ella despertó estimulada por aquella lamida. Las cenizas del sueño sofocado conferían a sus facciones un aire perezoso. De sus labios escapó un susurro tenue, como el ronroneo de un pequeño felino, y se dijo que era imposible amanecer de un modo más placentero. El profesor continuó trabajando a lo largo y ancho de todo el consulado genital, sin que su lengua ávida dejara un solo resquicio por explorar y lamer, hasta que incapaz de seguir conteniendo sus ansias, optó porque el falo reemplazara en su tarea a aquélla, introduciéndolo por la hendidura completamente empapada de jugos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tras este despertar henchido de sexo, él anunció que tenía que irse, ya que su primera clase estaba señalada para las diez en punto, si bien, ella podía quedarse en su casa todo el tiempo que quisiera. Se duchó en apenas cinco minutos y regresó a la habitación para vestirse. Mientras se ajustaba la corbata, su joven amante le pidió que se quedase con ella.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿Estás loca? ¡Jamás he faltado a una sola clase! –objetó el con displicencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ella arrugó el entrecejo y, simulando compunción, plegó los labios para forjar con ellos toda una sucesión de lánguidos pucheros. Tan cómica resultaba su estampa en tales visajes de niña chica, que el profesor no pudo reprimir una sonora carcajada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Mira que eres boba.&lt;br /&gt;- Hazlo por mí, anda –insistió ella, componiendo con su voz idéntico tono mimoso al de sus gestos–. Me apetece estar un ratito más contigo. No hace falta que hagamos de nuevo el amor. Lo único que quiero es sentir el calor de tu cuerpo pegado al mío.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El se acercó a la cama y, poseído por una súbita ternura, depositó un dulce beso sobre sus labios.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿No ves, pequeña, que no puede ser? Se me ocurre una idea: tú me esperas aquí, toda mi casa queda a tu entera disposición, puedes escuchar música, ver la tele, leer, curiosear por ahí…, lo que más te apetezca en cada momento, y luego, a mi regreso, vamos juntos a comer a un restaurante estupendo que conozco.&lt;br /&gt;- La idea me atrae… Pero justo en este momento lo que más me apetece es precisamente continuar gozando de tu compañía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El profesor la miró fijamente. El relieve de sus formas femeninas se perfilaba en las sábanas que cubrían su desnudez, como un mapa recorrido por sugerentes anfractuosidades. En aquellos momentos se le antojó una nereida surgida del profundo mar de sus deseos más íntimos, el ser más hermoso que la génesis creadora de cualquier demiurgo hubiera llegado a componer. Dudó durante un par de segundos, hipnotizado por esa imagen mitológica, pero no obstante terminó de nuevo por rehusar:&lt;br /&gt;- Lo siento, no puedo. Sería sentar un precedente negativo. Te repito que jamás he dejado de dar una clase.&lt;br /&gt;- Siempre hay una primera vez para todo –rearguyó ella–. Tampoco yo me había acostado nunca antes con un profesor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aquella original refutación de sus argumentos provocó nuevas risas en el profesor, quien movió varias veces la cabeza de lado a lado, como intuyendo lo inútil de cualquier disputa, antes de terminar rendido ante la hechicera tozudez de su acompañante.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Eres un caso –dijo, mientras volvía a desnudarse para meterse otra vez en la cama–. Un verdadero caso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por primera vez en su larga carrera como docente iba el profesor a faltar a una clase. Tenía cosas más importantes que hacer.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6471908411725407952-7401733581104516771?l=mariocavara.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mariocavara.blogspot.com/feeds/7401733581104516771/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6471908411725407952&amp;postID=7401733581104516771' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6471908411725407952/posts/default/7401733581104516771'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6471908411725407952/posts/default/7401733581104516771'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mariocavara.blogspot.com/2010/12/el-profesor-y-ella.html' title='EL PROFESOR Y ELLA'/><author><name>Cavaradossi</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14443118431487622201</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_CBxi0fhKeVI/TCKRKeEJe6I/AAAAAAAAAHY/e5I_0pgqlFg/S220/1.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_CBxi0fhKeVI/TQC4eNOGcZI/AAAAAAAAAJQ/_Ug97SbqP0M/s72-c/EROTISMO1.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6471908411725407952.post-4842595399172326156</id><published>2010-11-20T04:24:00.000-08:00</published><updated>2010-11-20T04:25:52.347-08:00</updated><title type='text'>COBARDÍA PARA DECIR ADIÓS</title><content type='html'>&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/_CBxi0fhKeVI/TOe-PqxhdfI/AAAAAAAAAJI/F3wtoEcD6HU/s1600/2119109212_a69826677e%255B1%255D.jpg"&gt;&lt;img style="MARGIN: 0px 10px 10px 0px; WIDTH: 200px; FLOAT: left; HEIGHT: 150px; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5541607042892002802" border="0" alt="" src="http://1.bp.blogspot.com/_CBxi0fhKeVI/TOe-PqxhdfI/AAAAAAAAAJI/F3wtoEcD6HU/s200/2119109212_a69826677e%255B1%255D.jpg" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;A Emma no dejaba de sorprenderle que su mejor amiga, su alma gemela, como a ella gustaba llamarle, fuese precisamente una alumna suya de la facultad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los inicios de su labor como docente en la Escuela Superior de Gestión Comercial y Marketing se remontaban a varios años atrás, justo tras aprobar unas oposiciones a las que había dedicado una ingente cantidad de tiempo y esfuerzo, periplo opositor durante el cual estuvo no pocas veces tentada de arrojar la toalla, resignada a proseguir toda su vida laboral como interina, saltando de instituto en instituto, con cortas recaladas en alguna que otra universidad privada. Al final, empero, ese tiempo y esfuerzo obtuvieron la recompensa anhelada y pudo conseguir una plaza fija en la facultad donde desde entonces impartía su magisterio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fue a los tres años de iniciada esta nueva andadura profesional cuando conoció a Sonia, quien asistía a sus clases de mañana tras haberse matriculado en primer curso de carrera. Lo cierto es que supo congeniar con ella desde un principio; la espontaneidad manifiesta de la muchacha, su talante franco y comunicativo, libre de cualquier género de convencionalismos, la perenne sonrisa que adornaba su boca, constituían en sí mismos poderosos hechizos con los que atraer afectos, y Emma fue desde luego víctima de ese fascinante sortilegio que emanaba de su joven alumna. Era ésta trece años menor que ella, pero ni tal diferencia de edad, ni la circunstancia de estar situadas cada una a diferente nivel en el estrado académico, impidieron que se compenetrasen a la perfección, como si se conocieran de toda la vida, y que este natural entendimiento mutuo fuera dando sus frutos en forma de relación cada vez más profunda, aupada ésta desde unos primeros escalones afianzados en la recíproca simpatía hasta elevados barandales cuyos soportes fueron los de un genuino cariño.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El origen exacto de esta sólida amistad se remontaba a cierta mañana en que, tras finalizar su clase, Emma fue abordada por Sonia, quien le solicitó una audiencia personal para aclarar determinadas dudas que tenía sobre la materia que estaba impartiendo. Emma accedió gustosa a la postulación, reuniéndose ambas con tal fin al día siguiente en su despacho. Esa misma tarde, una vez dilucidadas las dudas expuestas, profesora y alumna prolongaron el encuentro merendando unos perritos calientes en una hamburguesería próxima a la facultad. Pocos días después, tras un nuevo cruce docente, concertaban una cita para comer juntas, cita que fue el preludio de otras muchas, cada vez menos espaciadas en el tiempo, y que fueron abarcando la práctica totalidad de la oferta lúdica que una gran ciudad puede llegar a ofrecer: cines, teatros, restaurantes, espectáculos, discotecas…, convertidas de este modo en asiduas compañeras de esparcimiento y diversión. Como era de esperar, dada la natural afinidad de caracteres que a ambas vinculaba, esta concomitancia externa no tardó en abrirse paso hasta alcanzar asimismo sus respectivos universos interiores, donde perfilaron igualmente una estrecha conexión que hizo de ellas cómplices y confidentes la una de la otra, verdaderas uña y carne, intimidad que a su vez las volvió aún más asiduas, hasta el punto de llegar a compartir incluso sus periodos de asueto y vacación, que aprovechaban para juntas enfrascarse en todo tipo de viajes y actividades diversas. Casi sin darse cuenta, ambas mujeres habían establecido entre ellas una franca alianza apuntalada sobre el mutuo afecto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como todo aquello que implica a la materia emocional, también la amistad entre Emma y Sonia tuvo en su órbita una serie de elementos que, de un modo u otro, venían a significar perturbaciones nacidas en el seno de esa misma materia. Javier fue quizá la mayor de esas perturbaciones. Sonia coincidió con él en el curso siguiente. Venía trasladado de otra universidad y desde el comienzo de las clases se sentó a su lado en el aula; el primer día por pura casualidad, porque allí había un sitio libre y punto; los siguientes por la inercia de la costumbre, ¿para qué buscar otro emplazamiento si ese estaba bien?; finalmente, por verdadera afinidad entre ambos. Era alto y bien parecido, su mirada lánguida y distante configuraban una apariencia introvertida que compaginaba con su naturaleza tímida, pese a no constituir ésta en sí misma más que un primer muro de contención, como una defensa ante lo desconocido, ya que una vez ganaba la necesaria confianza, esa timidez se transformaba fácilmente en desenvoltura.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Así las cosas, pocas semanas después de iniciado el curso, Sonia y Javier habían alcanzado tal grado de conjunción, que podía decirse que entre ambos se había ya instituido una leal camaradería, traducida esta en permanentes intercambios de apuntes, prestación recíproca de libros, trabajos en común, desayunos y almuerzos en la cafetería de la facultad, bromas de todo género…, en fin, cimientos de un apego que, dentro de lo que era el estricto ámbito universitario, les convirtió poco menos que en inseparables. Era evidente que habían sabido conectar a la perfección, como dos teselas de un mismo mosaico.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Este acercamiento, ubicado en un principio dentro sobre todo de lo que era el orbe estudiantil, fue ganando paulatinamente en intensidad y bifurcándose hacia otros derroteros, de tal manera que sus encuentros allende el perímetro universitario se hicieron cada vez más repetidos, amparándose su frecuencia en todo tipo de excusas, por peregrinas que fuesen, al tiempo que las bromas entre ellos comenzaban a condimentarse con la especia de la insinuación, los roces a perder su carácter fortuito y las miradas a configurar un nimbo ciertamente hechicero. No es de extrañar, por tanto, que cierta tarde de invierno, una de esas donde la lluvia gélida y el cielo gris y pesado componen la estampa de un paisaje gótico, Sonia hiciese saber a Emma, tras sutiles circunloquios, que creía despertar en Javier un interés que iba más allá de la mera relación de compañerismo que podía darse entre dos alumnos bien avenidos, más allá incluso de la amistad, así como, también rodeada su confidencia de variopintos ambages, que ese interés era recíproco, que también ella sentía un extraño cosquilleo en la boca del estómago cuando estaba a su lado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se diría que nada anómalo, al menos a primera vista, encerraban los lindes de esta mutua atracción, nada en cualquier caso que justificara tanto subterfugio a la hora incluso de confesarla, no en vano resultaba muy acorde con la edad y con la sangre, con esa natural tendencia que tiene ésta a hervir cuando estimulada resulta por la secreción de determinadas hormonas, de tal forma que, más que inquietud, se supondría que debía ser ilusión lo que ante todo suscitase en sus protagonistas. Y así en efecto habría sido, al menos en lo que respectaba a Sonia, de no haberse dado la circunstancia de tener ésta un novio allá en su pueblo, en Sanlúcar de Barrameda, con el que llevaba saliendo ya más de tres años. Esta ligadura emocional, que ya en su momento refiriese al propio Javier, la tenía sumida en un mar de dudas, magnetizada dentro de una especie de perspectiva en claroscuro frente a la que no acertaba a distinguir bien dónde se encontraban las sombras y dónde la luz, la clásica pugna entre deber y deseo, y pese a ser la infidelidad algo que por naturaleza aborrecía, sospechaba que sólo era cuestión de tiempo su caída en brazos de quien tanta atracción ejercía sobre ella, puesto que no se veía con fuerzas para colocar barrera alguna en caso de que él abordara sus defensas, contingencia esta que, al tiempo que la tenía completamente embebecida dentro de un ensueño cromático, la asustaba como si de un negro abismo se tratase.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El consejo que la confidencia de su amiga halló en Emma fue el que le incitaba a confrontar los ecos de aquellas dos voces discordantes que gritaban dentro de sus entrañas, la de los sentimientos y la de la razón, la primera anhelante de aventura, la segunda abogada de la prudencia, promiscua la primera, pacata la segunda. Emma, no obstante, se posicionó al cabo para asegurar que, de ser ella la afectada, no dudaría en decantarse por las voces que emitían sus sentimientos, desatendiendo las de la razón en caso de oposición entre ambas, pues no obstante resultar más sensatas y juiciosas estas últimas, solían las primeras traer consigo presentes más placenteros; si bien, se trataba en todo caso de una decisión que, dada su delicada índole, tenía que tomar ella misma atendiendo a sus propias convicciones, así como afrontar luego con rigor las consecuencias derivadas. También le dijo, entre bromas y guiños de complicidad, que Javier le parecía un chico estupendo y que conformaban una bonita pareja.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como quien avanza por un camino que de pronto se bifurca en dos, obligando al viajero a decidirse por uno u otro, así sentía Sonia el rumbo de sus pasos en lo que a su relación con Javier se refería, y en la tesitura de elegir se hallaba, bien optando por continuar en la misma dirección despejada y pacífica por la que hasta entonces se moviera, bien decantándose por tomar el sugestivo desvío, aun a sabiendas que éste la adentraría en parajes mucho más fragosos, cuando el propio afectado vino a desbaratar la disyuntiva al anunciar que se veía obligado a interrumpir el curso y regresar a su ciudad de origen, pues a su madre le habían detectado un cáncer y, como hijo único que era, debía acudir a su lado para ocuparse de ella, de tal forma que, muy a su pesar, no le sería ya posible seguir asistiendo a clase, ignorando cuándo podría reanudarlas, si bien, el curso actual ya lo daba en cualquier caso por perdido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Así desapareció Javier, de la noche a la mañana, casi sin tiempo para despedidas. Sonia le echó mucho de menos, tanto que durante bastantes semanas anduvo cubierta por un halo lóbrego que percudía en su espíritu para, carcomiendo la ilusión, llenarla de lastimoso vacío, hasta el punto que por momentos se vio sumida en una preocupante situación de apatía y desidia. Durante aquel periodo de añoranza, Emma constituyó su principal punto de apoyo, fortaleciéndose aún más la amistad entre ambas mujeres; su sincero afecto, sus incesantes atenciones, su cariñoso aliento, supusieron para Sonia una inestimable ayuda, gracias a la cual pudo superar la crisis sin más secuela que un resabio acerbo que le quedó en el alma como lejano eco de lo que pudo haber sido y no fue.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Truncada quedaba con la marcha de Javier una relación incipiente que quién sabe por qué derroteros habría podido culminar de haber seguido adelante; si bien, por otra parte, superadas esas primeras semanas de melancólica nostalgia, Sonia casi podía decir que se alegraba de su partida, al considerar que, lejos la tentación, al menos había evitado la caída, que hubiese sido más que segura, de manera que en cierto modo quedaban con su marcha aplacados los ardores que por dentro la abrasaban y, desde luego, sorteada la difícil decisión que, en consecuencia, tarde o temprano se habría visto obligada a tomar. Su vida continuó, por tanto, ajustada a los mismos pacíficos patrones que la gobernaran antes de conocer a Javier: sus estudios universitarios, su novio gaditano y su cada vez más entrañable amiga y maestra Emma.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Javier no volvió a dar señales de vida hasta más de dos años después. Lo hizo en Septiembre de 1998, cuando de análoga forma intempestiva a como en su día se marchara, apareció de nuevo para matricularse en el mismo curso que dos años atrás tan bruscamente interrumpiera. Anunció que su madre había logrado recuperarse de su enfermedad y estaba ya a salvo, lo que, unido al hecho de carecer de halagüeñas perspectivas laborales en su ciudad de residencia, le había animado a reiniciar su andadura universitaria. Este inesperado retorno vino a suscitar en Sonia emociones discordantes, por un lado una efusividad contenida, propiciada por la satisfacción de tener nuevamente cerca a quien fuera antiguo compañero de fatigas, pero al propio tiempo una cierta turbación en presencia suya, un azoramiento que se traducía en pudorosa timidez, a veces casi tirante, como si tensaran su piel con una cuerda, y cuya causa había que buscar en el renacer de un fuego que quizá nunca había llegado a apagarse del todo. Resultaba además que la reaparición de Javier venía a coincidir en el tiempo con una etapa de su vida en la que su relación de pareja atravesaba una profunda crisis. Hacía ya algunos meses que su novio se había trasladado desde su Sanlúcar natal para cohabitar con ella en un pequeño apartamento próximo a la facultad, y esa convivencia, lejos de estrechar los lazos que les ligaban, había inficionado su relación con diversos virus, en especial el de la rutina, poderosa enemiga que, a falta de un verdadero amor que la mantenga a raya o cuando menos en equilibrio llevadero, suele terminar por hacer estragos en toda pareja, como de hecho sucedió en la que conformaban Sonia y su novio, que tan sólo sobre la base de una respetuosa tolerancia y condescendencia mutua se mantenía aún en pie, cimientos en exceso lábiles para que pudiera permanecer incólume durante demasiado tiempo más, de hecho bastaba un pequeño soplo para que el edificio terminara sucumbiendo, y en lugar de un soplo fue todo un huracán el que se precipitó sobre él, un huracán que respondía al nombre propio de Javier.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En efecto, a pesar de sufrir los helados rigores del tiempo y la distancia, aquel novicio fuego que en su día comenzara a ceñir los corazones de Sonia y Javier no llegó a consumirse plenamente, permaneciendo rescoldos activos que, aun sin ellos advertirlo, lo alimentaron durante la ausencia e impidieron de este modo su extinción, siendo así que, tras la ablación del espacio físico que los mantenía separados, apenas si una ligera brisa fue suficiente para que tales rescoldos se avivaran y forjasen nuevas llamas con las que no ya sólo revivir el fuego inicial en su prístino esplendor, sino extenderlo en calor, color, amplitud e intensidad. Aquella brisa comenzaría a soplar desde el instante mismo del reencuentro, suave y delicada en un principio, como caracteriza a toda brisa, para ir poco a poco ganando en ímpetu hasta terminar convertida en tifón&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sucedió en tal sentido que, pese a estar matriculados en diferentes cursos académicos y, por tanto, no compartir ya clases y horarios, restablecieron los restantes hábitos que dos años atrás les hicieran asiduos, de nuevo los largos paseos a la salida de la facultad, de nuevo las quedadas para ir al cine o a tomar algo, otra vez los roces furtivos, las confidencias entre susurros, las miradas cargadas de significado…. Durante los primeros días de aquel retorno Sonia había notado cierta tristeza ensombreciendo el semblante de su amigo, algo que achacó a los duros momentos que sin duda había atravesado durante la enfermedad de su madre; pero pronto eso cambió y de nuevo la alegría se convirtió en el principal reflejo que del rostro de Javier emanara. En su mutua compañía, los que pudieran ser enojosos apremios del día a día parecían transformarse de súbito en atractivos requerimientos, como si en un vertiginoso giro de ciento ochenta grados quedasen trastocadas las sombras en luces y el frío en calor, como si en definitiva una aureola mágica los circundase cuando estaban juntos. Y en esta progresión extendida, donde cada día, cada noche, cada instante, venía a significar con relación al precedente una escalada de sensaciones y un anticipo de otras nuevas y más sutiles respecto al que en el tiempo le seguía, acaeció que una tarde de finales de octubre, mientras paseaban por un parque, guiados sus pies con indolencia sobre una alfombra de serojas ocres, ese fuego latente que no dejara un momento de conducir sus pasos culminó al fin en una apoteósica ignición, justo cuando la frase que de los labios de ella había empezado a brotar quedó truncada en su avance por el intrépido beso que esos mismos labios recibieron de pronto, como el ataque repentino a un baluarte que ante el descuido de sus valedores hubiera quedado por un momento desamparado, un beso vehemente, arrollador, impulsivo, todo un asalto ante el que las defensas se rindieron al instante, sin oponer resistencia alguna, no sólo eso, sino que facilitaron además la acometida, gozando de la excitación del asaltante y haciéndola suya, con fruición, entreabriendo la boca para que la de él, la invasora, entrase y sus lenguas se enredaran en una succión delirante.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En lo que resultaba un desenlace a todas luces previsible, la deflagración había tenido lugar, dando paso a un impetuoso carrusel de llamas ondulantes, las llamas de la pasión, que habrían de abrasar sus almas y cuerpos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A partir de ese momento pasaron ambos a protagonizar una historia donde, como en toda aquella que tiene al amor como principal componente de la trama, el mundo alteró su naturaleza real para frente a ellos redefinirse dentro de unas dimensiones empíreas, ciñéndoles en el seno de coordenadas quiméricas donde tiempo y espacio perdieron sus acostumbradas magnitudes y todo adquirió un asombroso tinte mágico. En ese nuevo mundo forjado al capricho de dos imaginaciones alborotadas vivieron asimismo una metamorfosis funcional, de tal modo que sus labios pasaron a tener como ocupación primordial la de besar, sus manos la de resbalar en caricias por la piel amada, susurrantes se hicieron sus voces, e instrumento de placer fue para cada uno de ellos la carne férvida del otro. Besos, caricias, mimos, palabras entrecortadas, sexo sin límite ni barreras… Estos vinieron a ser los ingredientes de la receta en cuya degustación se afanaban día a día, cada instante que pasaban juntos, en un festival extático donde los sentidos se vestían con alas para elevarlos más allá de cualquier frontera física, hasta hacerles tocar el cielo con las yemas de los dedos. Anhelantes de esos momentos sobrenaturales, procuraban reducir al mínimo aquellos otros que no pasaban juntos, durante los que la distancia se hacía ilimitada y el tiempo una eternidad, pese a que buena parte de ellos los paliaban mediante interminables llamadas telefónicas en las que sus ansias y su anhelo les llevaban a conseguir, no obstante, tocarse y acariciarse mediante la voz, que giraba entre los cables para, undosa, llegar a sus oídos liviana y dulce.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A los ojos de Sonia, y por más que calibrase que su visión debía andar distorsionada en gran medida por las chiribitas del amor, Javier era un ciclón incontenible, una especie de arrollador torbellino que entre remolinos de vértigo envolvía tanto su cuerpo como su espíritu. A su juicio no existía apartado alguno, al menos dentro de los que entendía realmente importantes, en el que no descollara. Él era el amante fogoso que satisfacía plenamente las exigencias de su carne, la persona afable que con exquisita dulzura prodigaba sobre ella toda clase de mimos y atenciones, el romántico empedernido que a todas horas vertía en sus oídos frases cargadas de sentimiento, el detallista caballero que sin cesar la colmaba de regalos… En relación con esta última faceta, la emoción llegó a desbordar su pecho cuando él, en un arranque de tierna generosidad, le regaló el medallón de plata que con sumo celo escondía entre sus más preciadas pertenencias, al que otorgaba un valor sentimental inconmensurable, en cuanto que había pertenecido a la persona que más quería en este mundo y que estuvo a punto de perder, cual era su propia madre, de tal modo que, más que un objeto, le estaba obsequiando con una parte de sí mismo, como pudiera serlo su carne o su sangre. Sí, tal vez el amor deformaba su enfoque al cubrir la realidad con un manto vaporoso, una calígine que alteraba formas y fondos a capricho, pero no le importaba en absoluto, ella era feliz, se sentía plena de entusiasmo, henchida de vitalidad, como si flotase sobre una nube, y esa era a fin de cuentas, trastocada o no, la única realidad que en esos momentos le interesaba, aquella que le transmitían unos sentidos deliciosamente enervados.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como no podía ser de otro modo, Sonia dio por terminada su anterior relación sentimental para entregarse en pleno a la que ahora colmaba por entero su existencia. Javier y ella pasaban juntos prácticamente las veinticuatro horas del día, haciendo de su romance el epicentro alrededor del cual basculaban todos los demás engranajes motrices de sus vidas. Dentro de este rumbo común emprendido, hicieron planes para irse a vivir juntos, si bien tal posibilidad la iban siempre relegando para un indefinido momento ulterior, y ello pese a ser conscientes que compartir apartamento les supondría además como valor añadido un significativo ahorro en lo económico; ambos lo deseaban, o así lo decían al menos, pero no terminaban de llevar a la práctica dicho deseo, alegando como pretexto que no convenía precipitar las cosas y sí, en cambio, esperar un poco más, mantener todavía durante algún tiempo un cierto grado de independencia que no hiciera opresiva su relación, temerosos quizá también de los peligros que acarrea la convivencia, como en sus propias carnes la misma Sonia había tenido ocasión de experimentar durante su malograda relación anterior. Transcurrieron así un invierno y una primavera cargados de hechizo, sucediéndose los meses en el calendario con la rapidez del rayo y la intensidad del fuego, como si en vez de meses fueran en realidad días y los días a horas quedasen reducidos, plena evidencia de la paradoja del tiempo, que aun siendo en sí mismo algo objetivo, su paso se percibe siempre de manera enteramente subjetiva, muy lento para aquéllos que sufren e intolerablemente veloz para los que, como ellos, saboreaban a cada instante el preciado néctar de la felicidad, hasta que cierta tarde de finales de abril, justo cuando de nuevo hacían planes de inmediata vida en común, Javier le comunicó que debía ausentarse durante algunos días para ir a su ciudad natal a solucionar ciertos asuntos familiares, farragosos papeleos que no podía seguir demorando por más tiempo, pero que regresaría el fin de semana, a lo más tardar el domingo, y que entonces ultimarían todos los detalles relativos a esa futura convivencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sonia era feliz. Sentía la felicidad navegar por sus venas, desparramarse sobre todos sus órganos, rebosar como un fluido a través de los poros de su piel. Durante aquellos días en que Javier estuvo ausente, habló a menudo con Emma, cuya amistad seguía tan sólida como siempre, y le hizo participe de esta felicidad plena que la embargaba, explicándole cómo su nuevo chico le había devuelto el entusiasmo y las ganas de vivir. Emma la escuchaba complacida, con condescendencia, dibujada en sus labios una sonrisa de connivencia, alegre por la alegría que del rostro de la amiga escapaba y que no había más que mirar a sus ojos, brillantes como dos luminares, para que se contagiase de inmediato.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sucedió sin embargo que transcurrido el fin de semana convenido Javier no regresó como había anticipado que haría. El domingo expiró en la medianoche y engendró un lunes en el que tampoco habría de dar señales de vida. La preocupación empezó a enseñorearse de Sonia. Sabía que él no era en general una persona negligente, sino más bien todo lo contrario, circunstancia esta que hacía aún más insólita la situación, y no ya tanto debido al retraso en sí, que podría obedecer a multitud de factores, como por la falta absoluta de noticias que lo envolvía, por el hecho de que ni siquiera hubiese telefoneado para anunciar que demoraba su vuelta. Esta carencia de noticias la llenaba de impotencia y frustración, teniéndola desquiciada, sin saber bien qué hacer, casi todo el día pegada al teléfono, alrededor del cual se movía a menudo en círculos, como una leona enjaulada que buscara una salida imposible. Lamentaba no haber sido lo suficientemente perspicaz como para prever una contingencia de este tipo, previsión que a buen seguro la habría llevado a apuntar el número de teléfono y las señas de la madre de Javier, con lo que hubiera podido fácilmente localizarle, pero lo cierto es que en ningún momento pasó por su cabeza que pudiera suceder algo así, de modo que ni se planteó dicho apunte, y ahora, sin posibilidad de tomar la iniciativa, no podía hacer otra cosa salvo esperar. Pero por encima incluso de esa falta de previsión, lamentaba no haber sabido ser en su momento más persuasiva a la hora de socavar el rechazo de su novio hacia la posesión de un teléfono móvil. Varias fueron las conversaciones que al respecto mantuvieron, rayanas algunas incluso en la discusión, pero todas infructuosas. Ella había tratado en tales ocasiones de convencerle sobre las evidentes bondades del móvil, tanto en lo referente a las útiles ventajas que ofrecía como a lo cómodo que en sí mismo resultaba, pero a sus razonamientos replicaba siempre él arguyendo que no se trataba más que de un invento sibarita cuyo único mérito era el de haber creado una necesidad donde antes no la había y, sobre esa premisa, se negaba con tozudez a adquirir uno, ni siquiera aunque se lo regalasen, toda vez que, según decía, no iba con él eso de engrosar las huestes de un rebaño del que, lamentablemente, iban uno tras otro formando todos parte. “Seré el último de Filipinas”, solía decir para rematar con socarronería su oposición. ¡Cabezota! Esa rebeldía mal enfocada era la causa de que ahora no pudiese comunicar con él, y aun no siendo cuestión de lamentarse por lo que ya no tenía remedio, Sonia no podía evitar que en los angustiosos momentos que estaba viviendo un coraje incontenible la asaltase al rememorar aquella controversia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los días siguieron pasando sin que ni se produjera el anhelado regreso de Javier ni éste ofreciese, vía telefónica o telegráfica, aviso explicativo de su demora. Era como si se lo hubiese tragado la tierra. Sonia comenzó a asustarse de veras, pues no acertaba a encontrar justificación alguna que motivara tan anómalo silencio. Para aplacar sus miedos buscó refugio en su gran amiga, en Emma, quien trató de tranquilizarla sosteniendo que Javier no tardaría en aparecer y que, seguro, ofrecería entonces una explicación razonable sobre su comportamiento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tuvo razón Emma en la primera de sus hipótesis, toda vez que Javier telefoneó al domingo siguiente, justo una semana después de la fecha de retorno en principio fijada, para comunicar su inminente regreso, anunciando que estaba en la estación de tren y que viajaba en el que partía en apenas quince minutos, con lo que en poco más de tres horas estaría ya de vuelta. Pero el otro pronóstico de Emma, el relativo a la explicación razonable que Javier habría de dar, no resultó en cambio tan certero, no al menos en la amplitud que esperaba Sonia, quien tan sólo advirtió en el pliego de descargo que por aquél le fuera ofrecido un batiburrillo inconexo de peregrinas excusas. Primeramente, amparado en las prisas propiciadas por la inmediata salida del tren, se dispensó de ofrecer aclaración alguna por teléfono, demorando las justificaciones oportunas para exponerlas con más calma cuando ya estuvieran juntos, momento que una vez llegado, luego de los abrazos, besos y demás muestras cariñosas de rigor que mutuamente se prodigaron, tampoco arrojó demasiada luz sobre las precedentes sombras, pues no en vano tales justificaciones resultaron, a juicio de Sonia, de lo más pueriles e inconsistentes, que si tuvo que componer un sinfín de trámites administrativos relacionados con una herencia de su padre, que si no paró de visitar despachos de abogados, notarías, oficinas registrales y demás templetes del culto burocrático, que si hubo de firmar escrituras, apoderamientos y protocolos de toda índole, que si aquellos papeleos se le hicieron interminables, que si tal y que si cual. Sonia asentía, pero continuaba sin entender por qué, pese a todo, no la había llamado para avisar de que tales gestiones demorarían su retorno. Javier se limitaba entonces a encogerse de hombros y disculparse diciendo que estuvo tan ocupado y sometido a un estrés tan terrible que ni cayó en la cuenta, que lo sentía muchísimo y que, por favor, perdonase su descuido. Sonia arrugaba la nariz, recelosa, resistiéndose a admitir como válida una eximente que su intelecto tachaba de inverosímil e inaceptable, algo que en buena parte escapaba a la lógica de la razón, si bien, ese mismo intelecto era incapaz, sin embargo, de resistir a su vez las acometidas de su propio corazón enamorado, de manera que, pese a todo, concluyó por rechazar tales recelos como si de ilusorios fantasmas se tratase, prevaleciendo a la postre sobre ellos la desbordante alegría que con su retorno le había devuelto la persona amada, a la que no sólo perdonaba por tanto, sino que agradecía que con su sola presencia la hiciera de nuevo sentirse dichosa, plenamente feliz, como así testimoniaba la pletórica sonrisa que volvía a ocupar su rostro de oreja a oreja.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin embargo, a partir de aquel domingo las cosas ya no volvieron a ser como antes. El arrebatado romance que hasta entonces mantuvieran fue poco a poco languideciendo, no tanto en su plástica externa, que mantuvo el original diseño a base de, en apariencia, equivalentes besos, caricias similares o semejantes noches de sudor y lava, como más bien en su aspecto intrínseco, que denotaba unos besos menos entusiastas, caricias más convencionales, sexo menos eléctrico. Algo pasaba. Javier estaba cambiado, más apático, menos cariñoso, más frío y distante, y no se trataba de algo puntual, sino de una metamorfosis que parecía avanzar día a día y que se evidenciaba tanto en carácter como en gestos. Seguía respondiendo a los estímulos con que Sonia lo espoleaba, pero ya no lo hacía con el mismo entusiasmo febril de antes, sino más bien con desgana, casi por compromiso. Incluso la pasión en la cama parecía decrecer a alarmante ritmo, hasta el punto que Sonia comenzó a sospechar que fingía en buena medida, o al menos que la actividad sexual común ya no le resultaba tan satisfactoria como al principio. Trataba no obstante ella de alejar de su mente estas dudas, tildándolas de paranoias suyas, pero la realidad se le echaba encima y multitud de gestos y detalles dibujaban un panorama que, día tras día, venía a confirmar que Javier ya no era la misma persona romántica y apasionada de la que en su momento se enamoró.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En este enrarecido estado de cosas llegaron los exámenes de fin de curso, a cuyo término sobrevino una segunda gran espantada de Javier, en esta ocasión sin ningún tipo de preaviso. El origen de este nuevo episodio tuvo lugar cierta mañana en que, contrariamente a como convinieran la noche previa, él no se presentó en casa de Sonia, sin que tampoco telefoneara para dar cuenta de que no lo haría. Aquel plantón se le antojó a ésta una muestra más del anómalo comportamiento que su novio exhibiera desde bastantes semanas atrás, del mismo modo que anómala le había parecido su renuencia a quedarse a pasar con ella la noche anterior alegando que le dolía la cabeza y que prefería dormir solo en su buhardilla. Ella había insistido a base de carantoñas y reclamos de variopinta índole, pero no logró persuadirle, tan sólo obtener de él la promesa de que por la mañana temprano, a eso de las nueve, iría a buscarla para desayunar juntos en su apartamento. Evidentemente, tal promesa había resultado incumplida. Disgustada por este nuevo percance, decidió acercarse ella a casa de Javier, donde esperaba sorprenderlo dormido o remoloneando aún entre las sábanas y de ahí sacarlo con un merecido sofión. Sin embargo, no pudo pasar más allá de la puerta, habida cuenta que del otro lado nadie acudió a abrirle ni respondió a sus llamadas. Aquel inopinado contratiempo tiñó de extrañeza el semblante de Sonia, que no acertaba en principio a entrever los motivos que lo explicaran, si bien, no sospechando nada que de lo ordinario pudiera salirse, su desconcierto no iba por el momento acompañado de inquietud. Lo más probable, pensó, era que su ausencia obedeciese a algún asunto concerniente a la facultad, quizá una notificación de última hora para que acudiese a alguna de las revisiones de exámenes que tenía solicitadas. Sí, eso debía ser, y como él últimamente parecía estar siempre en la luna, ni siquiera se había acordado de prevenirla. Concibió en colación con esa hipótesis la idea de acercarse también ella al campus para ver si lo encontraba por allí, pero la desechó finalmente, optando por regresar a casa, enojada ante lo que entendía era una desconsideración en toda regla, a la espera de unas noticias que, sin embargo, no se produjeron. Javier no apareció en todo el día. Tampoco telefoneó ni descolgó el teléfono en las numerosas ocasiones que ella lo llamó a su domicilio. Poco a poco el enfado fue reemplazado en el ánimo de Sonia por la alarma, sentimiento que la llevó a pasar una interminable noche en vela, abrumada por la agitación y el desasosiego, y al día siguiente, con el insomnio reflejado en unas nítidas ojeras, lo primero que hizo fue acudir de nuevo al apartamento de Javier, sin que tampoco en esta ocasión lo encontrara allí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al cabo de varios días de repetirse esta historia de visitas, esperas, silencios y ansiedades, Sonia terminó por convencerse de que Javier había abandonado la que hasta entonces fuera su residencia habitual, así como que al propio tiempo la había también abandonado a ella. Siguió no obstante esperando una llamada explicativa, aferrada a la esperanza de alguna razón ignota que al final lo aclarase todo y echara por tierra, en consecuencia, ese terrible segundo silogismo. Pero tal llamada no se producía, y la espera iba acompañada de zozobra, de angustiosos ataques, de dudas, de desconfianza, de preocupaciones y congojas. Momentos también hubo en que llegó a preguntarse, terriblemente asustada, si no le habría sucedido algo malo, incluso barajó la posibilidad de que hubiese sido asesinado y su cuerpo hecho desaparecer. Era un disparate, sí, pero no hallando en la lógica razones válidas que justificasen tan repentina ausencia, echaba mano de las más extravagantes conjeturas para buscarlas. Sin embargo, todas estas suposiciones vinieron al traste cuando, tras indagar a través de la guía telefónica, logró ponerse en contacto con el dueño del apartamento que su novio tenía alquilado y éste le dijo que Javier resolvió el contrato de arrendamiento días atrás y había dejado el piso. Ya no había dudas, todo estaba claro como el agua, por más que Sonia fuese aún incapaz de asumirlo, incapaz de creer que Javier la hubiese abandonado de ese modo tan drástico, sin un motivo aparente, sin explicación alguna, sin siquiera una mera palabra de despedida. Sintió que el dolor la desgarraba por dentro, un dolor demoníaco que a duras penas lograba exorcizar mediante los ríos de lágrimas que no cesaban de precipitarse desde los dos veneros en que se habían convertido sus ojos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fueron pasando los días, las semanas de un verano que para Sonia se convirtió en el más amargo de su vida, y el tiempo, lejos de obrar con su paso el eficaz remedio que habitúa, iba haciendo la herida cada vez más profunda, como un comején insaciable que hurgara y ahondase con sevicia en las entrañas de su víctima para devorarlo todo, haciendo que ésta percibiese el vacío cada vez con mayor pujanza, ese vacío que con su súbita partida dejara Javier en su pecho. La ausencia dolía, en el aire flotaban los ecos de su voz y el aroma de su piel, cada recuerdo era una punzada, cada sueño una pesadilla, cada suspiro un quebranto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Emma no encontraba el modo de consolarla. Pasaba todo el tiempo que le era posible a su lado, confortándola, mimándola, colmándola de toda clase de atenciones, sin escatimar abrazos ni besos a la hora de enjugar con ellos las lágrimas rebeldes de su amiga, a quien reiteraba una y otra vez que no merecía la pena sufrir de ese modo por alguien que había demostrado ser todo un cretino y un miserable. A menudo la arrastraba consigo a lugares de esparcimiento y diversión que sirvieran para alejar de su mente, aunque sólo fuese durante unas horas, los pensamientos negativos. Pero Sonia no hallaba consuelo alguno, ni en las palabras, ni en los abrazos, ni en las salidas lúdicas, en nada, porque nada conseguía que reprimiese la pena y el dolor causados por esos malditos demonios que se le habían instalado en el alma. Y Emma se desesperaba de impotencia, y a menudo también de rabia, porque le encorajinaba la actitud pasiva que mostraba Sonia, quien no parecía sino que se complaciese en su aflicción y no quisiera ponerle remedio, como si ya nada importante hubiese en su vida. Ese dejarse ir, ese abandonarse al sufrimiento, esa languidez extrema, esa astenia de su amiga, llenaban de reconcomio y frustración a Emma, que no podía soportar que una persona dotada de tan excelsas cualidades y virtudes se viniera de ese modo abajo ante el revés causado por otra que, en su opinión, no le llegaba ni a la altura del tobillo. El colmo de su irritación tuvo lugar cuando Sonia, con un tono de voz mustio acorde con el abatimiento que la embargaba, vino a decirle que no se consideraba digna de conservar en su poder el medallón de plata que Javier le regalara y que había pertenecido a su madre, que le gustaría devolvérselo, habida cuenta la gran relevancia y significado que para él tenía, y que, dado que ya no estaban juntos, consideraba absurdo seguir siendo ella su poseedora. De buena gana Emma la hubiese abofeteado en aquellos momentos, simplemente por boba, para espabilarla, para que abriese los ojos y de una puñetera vez los volviera hacia sí misma, para insuflarle ese amor propio que tan preciso le era recuperar cuanto antes. Pero en lugar de dicha bofetada, volvió sin embargo a estrecharla con fuerza entre sus brazos y mezclar con las suyas sus propias lágrimas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De este modo la desdicha se convirtió en un parásito acomodado en el interior de Sonia, aferrado a sus vísceras, alimentándose de su ánimo del mismo modo que una voraz sanguijuela lo haría de su sangre. Tan infeliz llegó a sentirse, que buscaba en el recuerdo cualquier cosa que la redimiese de su actual existencia, plana y gris, pero éste, lejos de devolverle algo de bienestar, le acarreaba todavía más amargura, la crueldad del presente era más enérgica que el posible lenitivo que reportase la evocación de momentos pretéritos más felices, de tal modo que sólo encontraba retales deslavazados, inconexos, trozos de vida que no encajaban entre sí y que en ningún modo podían compensar su dolor por la ausencia del hombre al que amaba. Los días y las noches se sucedían al mismo ritmo que ella se apagaba, sin encontrar alivio alguno, como una luz de gas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tuvieron que pasar varios meses más de esta guisa hasta que por parte de Sonia se produjera una reacción. Para entonces la depresión la tenía prácticamente todo el día postrada, bien en el lecho, bien en cualquier sillón de su casa, sin fuerzas para nada que no fuese lamentarse y sollozar. Un día se miró en el espejo y éste le devolvió la imagen de un ser ojeroso, demacrado, con la piel mortecina y sin brillo alguno en los ojos; aquella imagen le asustó, no se reconocía a sí misma en ella, era un rostro extraño el que allí se dibujaba, pálido, sin apenas vida, el rostro de una enferma. Esa visión fue el estímulo que necesitaba para rebelarse contra la fatalidad. Tan grande fue la conmoción que le produjo, que ese mismo día se hizo la promesa de salir de aquel pozo donde se hundía sin remedio, consciente de que se estaba de algún modo suicidando. No podía continuar escondiéndose, viviendo y muriendo a base de recuerdos que caían sobre su alma como hojas secas, por lo que, extrayendo de los últimos reductos de su voluntad el ánimo preciso, puso todo su brío en localizar a Javier, buscarle para, una vez frente a él, cara a cara, exigirle la explicación que merecía y, en atención a lo que de ésta resultase, decirle todo cuanto pensaba, sin rodeos, sin callarse nada, para a través de las palabras expulsar de su cuerpo todos aquellos demonios que la poseían. Esta búsqueda no debía entrañarle en principio excesiva dificultad, puesto que, escarmentada por lo sucedido la vez anterior y previendo que pudiera repetirse un episodio parecido, tuvo el buen criterio de pedirle el teléfono de su madre. Así que a la mañana siguiente, tras reafirmar su decisión durante una noche de insomnio, llamó al número que como perteneciente a aquélla tenía anotado. La sorpresa sobrevino cuando del otro lado le llegó una voz rauca que aseguraba no conocer a ningún Javier. Insistió ella recalcando nombre y apellidos, para de nuevo escuchar la desagradable voz que, ya con palmaria aspereza, persistía en su desconocimiento. Las manos le temblaban cuando colgó el teléfono; en su cara, el asombro dibujó trazos oblicuos que, a modo de cuerdas de titiritero, parecían tenerla suspendida de la nada. Una nueva mentira. Un nuevo golpe. Pese a todo, no se dio por vencida y, dejando en cada paso la huella de una férrea determinación, siguió buscando el modo de localizarle, lo que al fin consiguió gracias a la ayuda que de nuevo le brindara Emma, quien valiéndose de su posición como docente se puso a indagar en los archivos de la Escuela, descubriendo en ellos las señas que Javier facilitase el primer año de su matriculación, que se correspondían con una dirección en su ciudad de origen. Conocido de este modo el domicilio, no fue ya difícil, a través de las correspondientes guías, conseguir asimismo el número de teléfono a aquél asociado. Curiosamente, se trataba del mismo número que ella tenía apuntado en su agenda, con la salvedad del tercer dígito, que era un 3 en lugar del 6 que él le facilitara. Sonia pensó con amargura que muy posiblemente se tratara de una argucia suya para, en caso de haber sido descubierto el engaño mientras aún seguían juntos, salir del paso con el pretexto de que fue ella quien se equivocó al escribir el número. Ahora se daba cuenta de lo mentiroso que era Javier. Pero ¿por qué?, se preguntaba todavía. ¿Por qué tanto engaño y tanta falsedad?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Llena de desencanto, marcó uno tras otro los nueve dígitos correctos. Uno, dos, tres avisos sonaron antes de que una voz femenina se dejara oír del otro lado de la línea, una voz que, esta vez sí, respuesta afirmativa vino a dar a su demanda. De hecho, la voz dijo pertenecer a la madre de aquel por quien se preguntaba. Sonia siempre fue una persona comunicativa y abierta, dotada de una naturaleza extrovertida en la que como cualidad más señera despuntaba la sinceridad, y en esta ocasión, al advertir que la persona con la que hablaba, aun sorprendida de recibir la llamada de una desconocida que afirmaba haber sido la novia de su hijo, se mostraba receptiva y afable, le contó todo lo concerniente a su relación con Javier, desde el principio hasta el abrupto final, sin omitir apenas nada, con absoluta franqueza, incluido el apuro que le causaba poseer todavía la reliquia que con tanta galanura él le ofreciera en su día, ese medallón que había pertenecido precisamente a ella, a su madre, a la mujer que tenía justo en ese instante al teléfono, y a la que por tal motivo querría cuanto antes devolvérselo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La madre, conmovida ante aquella historia de embustes y dobleces interpretada por su hijo, respondió con idéntica sinceridad. Por lo visto, los viajes de Javier, en especial aquel que a la postre se alargara mucho más de lo previsto, no obedecían a las razones de antemano aducidas por su protagonista, siendo falsa la existencia de cuestiones administrativas que reclamasen su presencia, como falsos eran aquellos apremios de abogados, notarios o registradores de que hablaba, como asimismo falsas las supuestas complicaciones sobrevenidas, todo falso de cabo a rabo, meras excusas y martingalas con las que ocultar la verdadera razón que motivaba su ausencia, que no era otra que la de estar con su verdadera novia, una vecina de la comarca que respondía al nombre de Belén.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sonia no terminaba de dar crédito a lo que oía. Aquella conversación telefónica le estaba desvelando la doble vida que de un tiempo a esta parte había llevado Javier, sin que ella, implicada directamente en el juego, se hubiese percatado de nada. Al parecer, el hombre al que había amado, al que todavía a su pesar amaba, la estuvo engañando durante prácticamente todo el tiempo que duró su relación sentimental. De las palabras de la madre fue obteniendo Sonia la información precisa para atar gran parte de los cabos. Supo así que la razón que propiciara el regreso de Javier diez meses atrás no fue básicamente la de proseguir sus interrumpidos estudios universitarios, sino la de alejarse de Belén, con la que había roto un noviazgo que iniciara precisamente durante aquel periodo anterior en que hubo de atender a su madre enferma. Trató, pues, de olvidarla poniendo kilómetros de por medio, o cuando menos de buscar en la distancia refugio a sus congojas, y en esa huida se topó con Sonia, su antigua compañera de clase y entrañable amiga, cuya compañía vino a servirle de bálsamo con el que apaciguar su desazón. Junto a ella volvió a sonreír, se sintió de nuevo animado, renacido en su espíritu el optimismo perdido. Pero a pesar de esta confianza y camaradería, jamás le habló de su relación truncada con Belén, cuestión sobre la que habría de guardar siempre una reserva absoluta, propiciada probablemente por el hecho de amarla todavía y concebir aún la esperanza de una reconciliación, esperanza que no fue óbice, sin embargo, para que pese a todo terminara liándose con Sonia, tal vez inducido, más que por un verdadero sentimiento, por ese afán de olvidar a la otra. No obstante, dicho olvido nunca terminó de producirse; es más, por las revelaciones que estaba obteniendo de su madre, Sonia supo que Javier no renunció en ningún momento a la comunicación con su ex novia, a la que siguió escribiendo y telefoneando a menudo, todo en secreto, por supuesto, al menos en lo que respectaba a Sonia, quien ahora veía en esa correspondencia a escondidas la razón principal de que él siempre pusiera pegas cuando trataban el tema de irse a vivir juntos: estaba claro que quería mantener a toda costa su parcela de intimidad incólume, para de ese modo proseguir el contacto con Belén sin correr el riesgo de ser en algún momento descubierto o importunado. Los sentimientos de Javier compusieron así una especie de péndulo cuya masa oscilante iba desplazándose de una a otra de las dos mujeres que lo polarizaban, Sonia y Belén, Belén y Sonia. Pero el tiempo terminaría al fin por decantar la oscilación del lado de Belén, a cuya búsqueda no dudó en acudir una vez constatada la posibilidad de un arreglo real entre ellos. No fueron, por consiguiente, cuestiones burocráticas las que determinaron aquel viaje de Javier a su ciudad, sino el deseo de reiniciar un romance que en su momento creyera frustrado para siempre; marchó por tanto con el ánimo puesto en reconquistar un corazón para cuyos latidos quería de nuevo ser él la principal espoleta, reconquista que cuajó a la postre, logrando su propósito de formar por segunda vez pareja con Belén. Rendida y asegurada la plaza, retornó el conquistador a la capital para terminar el curso académico, del que apenas restaban unos meses y al que por lo tanto merecía la pena dedicar un último esfuerzo, si bien, no se atrevió, o no quiso, revelar a Sonia ni sus planes de futuro ni nada de cuanto en las semanas previas realmente le aconteciera, limitándose ante ella a suscribir una mentira con la que seguir sosteniendo una relación que en su fuero interno sabía que ya no era sino una farsa. Ahora entendía Sonia por qué cada vez lo notaba más distante, cada vez más retraído, cada vez más seco: él estaba a su lado sólo en cuerpo, pero su espíritu se movía lejos de ella. Y en ese doble cauce prosiguió Javier desenvolviéndose, aun con desgana e impericia, hasta que, acabado el curso, hizo equipaje y retornó a su ciudad, al lado de Belén, dando definitivo carpetazo a su aventura con Sonia, a la que ni siquiera se dignó en conceder la más mínima explicación, ni una sola palabra de despedida, evidenciando de este modo que hasta para decir adiós era cobarde.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una vez más hizo la madre hincapié en lo mucho que lamentaba tener que ser ella la transmisora de tan amargas noticias, añadiendo que no entendía cómo su unigénito, al que por otro lado adoraba, había sido capaz de jugar de una manera tan cruel y abyecta con los sentimientos de otro ser humano, y pese a no pretender disculpar en modo alguno su indigno comportamiento, deprecaba el perdón de Sonia, aduciendo que en el fondo Javier era un buen muchacho, sólo que las circunstancias en esta ocasión le habían podido y no tuvo la determinación ni el coraje precisos para afrontarlas con la honestidad requerida. No estaba, por supuesto, excusando su conducta, vergonzosa e injustificable a todas luces, sino que se limitaba a señalar la única razón que a su juicio podía explicarla. Por lo demás, aconsejaba a Sonia pasar página y olvidarse definitivamente de él, puesto que, por lo que había podido advertir durante estas últimas semanas, Javier tenía muy claro que amaba a Belén y no parecía dispuesto a volver a perderla; de hecho, se pasaba todo el día con ella, sin dejarla ni a sol ni a sombra. Por último, le dijo que no se preocupara por el medallón, pues nada le agradaría más que Sonia siguiera conservándolo en su poder, aunque sólo fuera como resarcimiento a lo mucho que su hijo le había hecho sufrir, a ese enorme daño que le había causado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con aquella conversación telefónica terminó también un importante ciclo en la vida de Sonia, el punto y final de un encuentro, de un bello sueño que se transformó en pesadilla, de un caudaloso río cuyas aguas, nutridas de miríficas sensaciones, vinieron a desembocar en un umbrío delta de dolor; el final en definitiva de una etapa que había sido opima en emociones de toda índole. Una historia acabada, aunque huera en este caso de ese feliz colofón que por lo visto tan sólo está reservado a los cuentos de hadas y princesas. Se imponía ahora exiliarla cuanto antes de su mente, enterrarla en los abismos del olvido para así poder ella emerger de esos otros donde la depresión la tenía sumergida, tarea en la que, pese a ser consciente de su dificultad, Sonia hizo propósito de no escatimar ningún esfuerzo, y si ese olvido devenía imposible por el exceso de sentimiento supurado, que al menos llegara el día en que la evocación ya no le causase padecimiento alguno, salvo a lo sumo un etéreo hilo de melancolía. Con esa aspiración en mientes, reprimió como primer paso el deseo de contactar de nuevo con Javier, quien de este modo se convertía a todos los efectos en pasado, un tránsito fenecido que, dado que a ningún puerto válido había arribado, ninguna vista atrás merecía. Nunca más de hecho volvió a tener noticia alguna de él, desaparecido así para siempre de su existencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con la ayuda de su alma gemela, Emma, cuya generosidad y entrega resultaron ser el mejor de los antidepresivos, y del tiempo, que es sin duda el cauterizador de heridas más eficaz que existe, Sonia fue poco a poco recobrando el ánimo y recuperándose de aquella traumática experiencia, y si bien la cicatriz que le quedó como secuela la tendría siempre palpable por debajo de la piel, consiguió su propósito de convertir aquella historia en el vago recuerdo de algo lejano, un eco aislado, una sombra. Luego vendrían otros hombres, nuevas alegrías, nuevas penas, más risas y más lágrimas…, otras historias en suma, porque a fin de cuentas la vida sigue siempre su curso sin detenerse. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6471908411725407952-4842595399172326156?l=mariocavara.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mariocavara.blogspot.com/feeds/4842595399172326156/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6471908411725407952&amp;postID=4842595399172326156' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6471908411725407952/posts/default/4842595399172326156'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6471908411725407952/posts/default/4842595399172326156'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mariocavara.blogspot.com/2010/11/cobardia-para-decir-adios.html' title='COBARDÍA PARA DECIR ADIÓS'/><author><name>Cavaradossi</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14443118431487622201</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_CBxi0fhKeVI/TCKRKeEJe6I/AAAAAAAAAHY/e5I_0pgqlFg/S220/1.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_CBxi0fhKeVI/TOe-PqxhdfI/AAAAAAAAAJI/F3wtoEcD6HU/s72-c/2119109212_a69826677e%255B1%255D.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6471908411725407952.post-5034291212791835717</id><published>2010-10-29T16:20:00.000-07:00</published><updated>2010-10-29T16:28:50.031-07:00</updated><title type='text'>COMO DOS NÁUFRAGOS</title><content type='html'>&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/_CBxi0fhKeVI/TMtYNIjIWeI/AAAAAAAAAJA/xdlbbbLckCI/s1600/thumbnailCA59F8DG.jpg"&gt;&lt;img style="MARGIN: 0px 10px 10px 0px; WIDTH: 118px; FLOAT: left; HEIGHT: 160px; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5533613549811161570" border="0" alt="" src="http://2.bp.blogspot.com/_CBxi0fhKeVI/TMtYNIjIWeI/AAAAAAAAAJA/xdlbbbLckCI/s200/thumbnailCA59F8DG.jpg" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Nos abrazamos como dos náufragos extraviados en medio de un piélago infinito, con furor, con codicia, con ansia de supervivencia, también con miedo, miedo al vacío inmenso, negro, voraz, que se extendía más allá de esa piel y de esa carne a las que nos aferrábamos con exasperación. Pugnábamos por devorarnos mutuamente, tratando de satisfacer con el voluptuoso encuentro el hambre de nuestro espíritu, hambre de libertad que hacía rugir nuestras almas con borborigmos siniestros y cuya exigencia nos carcomía las entrañas como un comején ávido de devastación. Espoleados por ese apetito, las caricias se convertían en desgarros, en dentelladas los besos, en bramidos los jadeos, cada acoplamiento en una feroz embestida, sumidos ambos en un rito salvaje donde la búsqueda de placer había sido relegada a un segundo plano, postergada en su primacía por otra búsqueda, la de esa libertad que tanto anhelábamos, en un intento desesperado de manumisión, de romper las cadenas que por debajo de nuestras vísceras tiraban y tiraban con el nefario propósito de hundirnos cada vez más en esa infinita nada donde no hay luz, calor ni sueños.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La ardentía del delirio soliviantaba los cuerpos desnudos y éstos, a su vez, de volanta servían a las almas, anhelantes la una de acoplarse con la otra del mismo modo y al propio tiempo que tenía lugar el encuentro entre los sexos, todo al ritmo de un único y alocado compás bajo el que aspirábamos en definitiva a la comunión plena, al perfecto ajuste del que naciera la energía necesaria para escapar del sombrío erial al que ambos habíamos sido desterrados y dejar de respirar su atmósfera opresiva, helada, oscura, tan pesada que parecía hecha de plomo líquido, evadirnos en suma de ese páramo cruel al que llaman soledad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Uñas que acuchillaban las espaldas y componían en su incisivo viaje enrojecidos surcos sobre la piel desnuda, gritos ahogados por el frenesí de la desesperación, respiraciones donde la impaciencia se nutría del aliento arrebatado, caricias delirantes, bocas besando con violencia, dientes que mordían con furia, sofocos, sudor, anhelo.... Voces todas que, deprecantes y ávidas cual hambrientas crías, gritaban para que acudiese en su amparo la esperanza, mientras la carne proseguía su impetuoso despliegue de lujuria.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una y otra vez se ensamblaban nuestros cuerpos en furiosas acometidas, carne dentro de la carne en pos del camino que condujese a la ambicionada liberación. Pero ésta no terminaba de llegar, ora parecía acercarse, ora se volvía a disolver en la negrura inmensa, como la luz inquieta de un faro que saltara una y otra vez sobre un mar tenebroso, como esos espejismos que aparecen y desaparecen a cada parpadeo y que finalmente, justo cuando parecen estar al alcance de la mano, se desintegran para siempre en medio del atroz desierto. Actuábamos de un modo febril. Mi sexo penetraba en el suyo con toda la profundidad que le era posible, buscando llegar a lo más hondo, como queriendo con esas arremetidas atravesar las barreras que nos mantenían presos y salir a una superficie diáfana. Y ella se entregaba del mismo modo, apretaba con fuerza sus caderas contra las mías, como si pretendiera exprimirme, y con enloquecida pasión, con una delirante fiebre que se percibía en su piel, ardiente como la lava, vivía y moría en ese encuentro, con idéntico afán liberatorio que el que a mí me movía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Místico encuentro en cuyas profundidades indagábamos en busca de cualquier fanal que arrojase luz sobre el tenebroso entorno que nos sofocaba, atentos a las claves que desvelaran el maldito enigma, el trabado misterio que envolvía nuestra propia existencia atormentada, convencidos de que la verdad, esa verdad, de llegar a descubrirla, nos haría libres, proporcionándonos la llave con la que poner fin a nuestro encierro, tan próximo éste en el deseo y tan lejano en cambio cuando con la realidad se confrontaba. Y gritábamos de nuevo. Gritos que, aun catapultados por los envites del placer, encerraban tras su concupiscente envoltura una petición de auxilio, el clamor de dos cautivos que ansían su rescate. Eso éramos ella y yo, dos cautivos que necesitaban ser de inmediato liberados. Y en demanda de esa liberación, seguían las uñas desgarrando la piel, frenética, enloquecidamente, sumergidos en una especie de lascivo holocausto donde las bocas indagaban como caníbales ávidos de humano alimento, mordiéndonos, abrasándonos, consumiéndonos, guerreando los sexos en pos de la simbiosis última que desencadenara ese redentor estallido de luz.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Alcanzamos el orgasmo al unísono, cuerpos elevados entre convulsiones y espasmos más allá del material soporte que los sostenía, dos flores eclosionando en medio de un pedregal inhóspito, color surgiendo del calor, rojo y azul, fuego y cielo, apoteosis de la sangre que tuvo su sonoro contrapunto en el aullido final que anunciaba la derrota de la oscuridad frente a las flamígeras huestes de la luz. A la sacudida de los cuerpos en la plenitud del goce siguió luego la placidez del silencio, la calma que sucede al fragor de la batalla, la paz, la embriagadora y deliciosa paz, una paz que por momentos parecía inundarlo todo en derredor, elevadas las almas por encima de cualquier sensación de resentimiento, opresión o clausura, abrazados en una unión extática al socaire de la cual se sentían a salvo de la suciedad del mundo, aislados de las ofuscaciones cotidianas, de la acomodaticia rutina, del peso de una existencia que nunca había dejado de asfixiarlos. Y la paz traía de la mano a la luz, una luz rutilante, pero no cegadora, suave como la seda, limpia como las cristalinas aguas de un venero, una luz que acariciaba sus almas al tiempo que demolía los oscuros barrotes de la celda donde estaban confinadas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ah, pero qué fugaz resultó a la postre ese fulgor, poco más que un guiño, una mera ilusión delicuescente; victoria sólo momentánea, efímera, irreal, una trampa de la carne que no consiguió retener al espíritu más que durante breves instantes. A vertiginoso ritmo, apenas un abrir y cerrar de ojos, la luz se desplazó primero del prístino blanco a un ocre deslucido, desde donde siguió avanzando a lo largo del espectro hacia tonos cada vez más mates, más pesados, más brunos, y así hasta apagarse por completo, hasta terminar de nuevo devorada por la oscuridad más absoluta, que volvió otra vez a coparlo todo y que de su mano trajo de vuelta al vacío, la nada, el infinito oscuro, las cadenas, el odio hacia todo y hacia todos. Sin casi habernos dado cuenta del tránsito, volvíamos a estar a la deriva en medio de una inmensidad estéril. ¡Náufragos de nuevo!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Desabrazados los amantes, de espaldas sobre el tálamo quedaron tendidos dos cadáveres silenciosos, dos ilusos que por un momento creyeron haber escapado de la oscuridad pero que en realidad nunca habían dejado de estar engullidos dentro de sus crueles fauces. Pero ¿y esa luz? ¿Qué fue entonces esa luz? ¿No fue, como había supuesto, la que anunciaba nuestra definitiva liberación?... No, nada de eso; tan sólo una mera entelequia. Quizá a lo sumo el fugaz reflejo de la esperanza, mas una esperanza lejana, muy lejana, esperanza cuya claridad asomó por un momento a través de un agujero abierto en la celda, como cuando se extrae el corcho que ciega una botella, pero que no tardó sin embargo en ser de nuevo taponado. Nuestra aventura concluía así en el fracaso. No había pasado de ser en el fondo más que el dubitativo intento de dos prisioneros desesperados, dos rehenes que apenas comenzada su fuga se detuvieran en seco y, arrepentidos de su audacia, retrocediesen otra vez al punto de partida, a su oscura mazmorra, aterrorizados tras comprender que de su prisión no había escapatoria posible.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Destrozado ante esta certeza, rompí a llorar. Primero en silencio, tenues lágrimas que resbalaban por las mejillas con la quietud de un plácido reguero; luego el llanto se fue haciendo cada vez más tumultuoso y desgarrado, como esas aguas que se aproximan a la cascada donde con estrépito han de desbordarse, y así mis ojos se convirtieron también en cascada y mis lágrimas en aguas quebradas, irreprimibles, vehementes, frenéticas, heraldos de una pena inconsolable.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En un momento dado, confundido entre los clamores que componía mi llanto, creí escuchar otro rumor, emitido en una frecuencia mucho más tenue y apagada que la que conformaban estos amargos lamentos míos, una especie de silbido intermitente que, aun vaporoso y amortiguado, se colaba dentro de mis tímpanos como una culebra zigzagueante. Volví entonces el rostro hacia mi compañera, única fuente de la que podía provenir aquel sonido, y escruté sus facciones, apenas visibles en la penumbra de la pieza. Pude pese a todo contemplar un semblante opaco, huero de vida, un rostro de cuyos ojos, abiertos e inexpresivos, brotaban asimismo lágrimas, lágrimas oscuras, lágrimas sin alma, lágrimas muertas aun antes de nacer de aquellas dos cavidades vacías. Sí, ella también lloraba. Como yo. Dos seres éramos sobrecogidos por el dolor y abatidos por la desesperanza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Secos nuestros ojos, las lágrimas dejaron de brotar de ellos y otra vez más el silencio ocupó el trono del que por breve tiempo fuera relegado, un silencio pesado y opresivo, nada que ver con aquel otro que portador fuera de armonía y paz; este era un silencio angustioso, propio del desolado paisaje que se cernía en torno nuestro, tan extenso como yermo, como si todo signo de vida hubiese sido barrido por un huracán de magnitud cósmica que, luego de su exterminador paso, sólo ofreciera hojas muertas volando en remolino a los albures de un viento henchido de miasmas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y en medio de esta nada infinita y baldía, perdidos tanto en el espacio como en el tiempo, sin ningún rumbo determinado que seguir, continuábamos nosotros, los dos náufragos de siempre, dos náufragos que acababan de perder su por el momento última tabla de salvación. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6471908411725407952-5034291212791835717?l=mariocavara.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mariocavara.blogspot.com/feeds/5034291212791835717/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6471908411725407952&amp;postID=5034291212791835717' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6471908411725407952/posts/default/5034291212791835717'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6471908411725407952/posts/default/5034291212791835717'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mariocavara.blogspot.com/2010/10/como-dos-naufragos.html' title='COMO DOS NÁUFRAGOS'/><author><name>Cavaradossi</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14443118431487622201</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_CBxi0fhKeVI/TCKRKeEJe6I/AAAAAAAAAHY/e5I_0pgqlFg/S220/1.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_CBxi0fhKeVI/TMtYNIjIWeI/AAAAAAAAAJA/xdlbbbLckCI/s72-c/thumbnailCA59F8DG.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6471908411725407952.post-7936627973429289919</id><published>2010-10-06T11:44:00.000-07:00</published><updated>2010-10-06T11:46:20.486-07:00</updated><title type='text'>REENCUENTRO</title><content type='html'>&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/_CBxi0fhKeVI/TKzD7Iqe4NI/AAAAAAAAAI4/sO6h9NovMNQ/s1600/reencuentro.jpg"&gt;&lt;img style="MARGIN: 0px 10px 10px 0px; WIDTH: 200px; FLOAT: left; HEIGHT: 150px; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5525006263582122194" border="0" alt="" src="http://1.bp.blogspot.com/_CBxi0fhKeVI/TKzD7Iqe4NI/AAAAAAAAAI4/sO6h9NovMNQ/s200/reencuentro.jpg" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Llueve. Llueve como no lo ha hecho en todo el año, un turbión de agua enfurecida que en su oblicuo desplome aporrea con vehemencia las cristaleras del bar. Y yo estoy aquí, sentado a una de las mesas, preguntándome si acudirás a la cita y pensando que, de hacerlo, vas a llegar empapada. La verdad es que estoy confuso. En el fondo no sé bien si quiero o no verte aparecer por aquí. Confuso y nervioso, así me siento en estos momentos de espera mientras observo el diluvio caer desde un cielo teñido de gris oscuro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Han pasado ya muchos años desde la última vez que nos vimos, diez para ser exactos, diez años donde cada uno hemos hecho la guerra por nuestro lado, diez años sin tener ninguna noticia tuya, diez años sin más contacto que el que envuelto en nostalgia se empeñaban en traerme los recuerdos. Diez largos años sin saber de ti, ausente de mis días, desaparecida, muda, hasta que de repente recibo ese curioso mail en el que me comunicas que estás en Madrid y me propones una cita para vernos. Me hizo gracia que empezaras tu misiva exponiendo el temor a que te hubiera podido olvidar, ¡como si de sobra no supieras tú la manifiesta imposibilidad de que dicha contingencia sucediese! Aunque, por otro lado, quizá en el fondo no lo sepas, quizá no lo hayas sabido nunca y no seas por tanto consciente de la imborrable huella que dejaste en mí. ¡Olvidarte! ¡Qué desvarío! Más verosímil resultaría que los peces comenzaran a poblar la tierra firme. Tal vez, no obstante, habría sido lo mejor, al menos me habría ahorrado los sufrimientos de la añoranza, tan profundos, tan hirientes, tan irremisibles; pero uno, por desgracia, no decide lo que recordar ni lo que, por el contrario, arrojar al abismo del olvido, y los vestigios que tus labios, tus manos, tus ojos, tu sonrisa, toda tú, dejaron sobre mi alma eran, y son, de todo punto indelebles. Imposible olvidarte.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Te contesté que sí, ¡cómo habría podido negarme!, y aquí me tienes, aguardando tu llegada en este mismo bar que años atrás fuese tantas veces testigo de nuestros encuentros. ¿Me reconocerás? ¿Te reconoceré yo a ti? Diez años es mucho tiempo y tanto tú como yo habremos cambiado, no ostentaremos seguro la misma imagen de entonces. Yo desde luego luzco un aspecto muy diferente, ya no soy aquel estudiante que recorría altivo los pasillos de la facultad con su pelo largo desaliñado y gafas redondas a lo John Lennon. ¡Madre mía, qué pintas! Ahora llevo el pelo corto, deslucido su color negro azabache por algunas canas prematuras, y uso lentillas, entre otros muchos cambios, no sólo físicos, que ya irás apreciando. Tampoco tú, supongo, serás la misma sirena que me cautivó en su día, aunque estoy convencido de que te reconoceré nada más verte, tus ojos serán lo primero que te delate, no hay en el mundo otros ojos como los tuyos, tan azules, tan mágicos, tan hechiceros, esos hipnóticos ojos que a cada instante me atrapaban para en su interior quedar embebecido. Sí, yo sí te reconoceré. Te reconocería aun en medio de una multitud de seres uniformes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sigue lloviendo a mares. El pasado me reclama como un juez severo y mis ojos se vuelven hacia dentro para hurgar entre los agrietados recuerdos que conservo en la memoria, allí donde mi cerebro ejerce de vehículo con el que trasladarme hasta aquellos días en que el destino ubicó el venturoso cruce de caminos donde por primera vez confluyeron nuestros pasos. Eran tiempos revueltos en el ámbito universitario, jornadas de plena efervescencia en las que el pulso entre estudiantes y autoridades estaba alcanzando su punto más álgido. No recuerdo ya qué revindicábamos concretamente, pero sí que no había día en que nuestras demandas no se tradujeran en bulliciosas algaradas y fogosos enfrentamientos con la policía. Lucha, persecuciones, sentadas, manifestaciones, huidas, pancartas, risas…, recuerdos de días felices y extraños, como perlas negras halladas en una playa de guijarros. Tú y yo chocando en plena carrera y cayendo ambos al suelo. La policía cerca, pisándonos los talones. Me disculpo por mi torpeza y te ofrezco mi mano para levantarte. Tú la coges, con la otra te refriegas la frente dolorida por el topetazo, pero aun así me sonríes y no sueltas mi mano. Te levantas y fijas en los míos esos ojos tuyos a cuyo magnetismo ningún mortal puede ser capaz de oponer resistencia. Hipnotizado, me evado por un momento de la batahola de gritos, palos y lamentos que impera alrededor y permanezco clavado en esos ojos. Es tu propia voz la que finalmente me sustrae del trance, lo hace para apremiarme a salir pitando de allí si queremos evitar ser zamarreados y detenidos por ese enemigo que viste de uniforme. Corremos sin soltarnos de la mano y nos refugiamos en el primer bar que encontramos abierto. ¿Te acuerdas? Recuperado el aliento tras la carrera, nos miramos y comenzamos a reír como dos locos, la típica risa nerviosa y floja que en ocasiones sobreviene a una fuerte descarga de adrenalina. Tras las risas me presento. Te presentas también tú. Estás de paso, estudiando el último año de carrera, concluido el cual regresarás a tu cuidad para trabajar en la empresa que dirige tu padre. Pasamos el resto de la tarde juntos, vagamos por el centro hasta recalar en este mismo bar donde ahora aguardo tu llegada; pedimos cerveza, una ronda tras otra, y mientras bebemos nos enfrascamos en una conversación en la que los temas comienzan a desfilar como en un pase de modelos, algunos profundos, otros más livianos, según entre trago y trago va disponiendo nuestro volátil ánimo: hablamos de los estudios, de cine, de literatura, de juegos de ordenador, de las fiestas de facultad, de la lucha de clases, de la vida. En un momento dado bromeo contigo y, aludiendo a tu condición de futura empresaria, te tildo de reaccionaria. Tú me sacas la lengua y me llamas bobo. Nos reímos. Estamos distendidos, muy a gusto juntos, se nota que hay química, que hay magia entre nosotros. Tu mirada se hace cada vez más cálida, llena de promesas insinuadas. Hacemos también recuento de nuestras respectivas vidas y hablamos de nuestros planes de futuro, los míos son más difusos que los tuyos, mis padres no tienen ninguna empresa que administrar, de modo que me tocará buscar empleo y agarrarme a lo que vaya saliendo; da igual, lo que tenga que venir, vendrá. Acabamos bastante ebrios.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Quedamos al día siguiente, y al otro, y al otro. Sin apenas solución de continuidad, pasamos de ser dos desconocidos a inseparables camaradas y, finalmente, apasionados amantes. Así nos gustaba precisamente llamarnos: amantes. Lo convencional no iba con nosotros, huíamos de sus hábitos y terminología como de la peste, ni yo era tu chico ni tú mi chica, decadente se nos antojaba ese léxico estúpido, y lo de mi novio o mi novia venía a ser ya el colmo de la estulticia, risa y grima nos provocaba al propio tiempo. No, nosotros no éramos nada de eso, éramos sencillamente amigos y amantes, lo primero nos vinculaba con lazos de complicidad y camaradería, lo segundo hacía que nuestra sangre bullese con el fuego de la pasión al contacto de la piel candente del otro y que oleadas de placer hicieran de nuestra carne malecón cada vez que mi cuerpo se ensamblaba al tuyo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El curso acabó finalmente, pero al cierre de las aulas sobrevino un verano que nunca podré olvidar, ese maravilloso verano que tú y yo vivimos juntos. Las primeras semanas las pasamos en la ciudad, conviviendo en tu apartamento, cuyo alquiler tenías aún pagado hasta final de julio. ¡Cómo nos gustaba salir a pasear al atardecer y vagar con molicie entre las calles desiertas! Las turbias calimas estivales teñían la atmósfera con trazas de espejismo y nosotros, como dos duendes esquivos, nos movíamos felices por ese yermo ardoroso en que las altas temperaturas transforman al paisaje urbano. En agosto fuimos a la playa. Días luminosos y noches mágicas. Azul y verde. Agua y arena. Cierro los ojos y puedo verte ahora con los brazos extendidos hacia el cielo, como extasiada, bajo el talud donde una catarata se desploma y forma al estrellarse contra el suelo, con un estruendo ronco, una gaseosa bruma; allí estás tú, salpicando el agua sobre tu piel, una náyade dorada bajo una lluvia de perlas. Y te veo asimismo, nos veo mejor dicho, de noche, recorriendo aquellas extensas avenidas bordeadas de frondosos castaños, o el dédalo de callejuelas pobladas de tenderetes y casetas, o simplemente la playa, su orilla húmeda, flanqueados nuestros pasos por ese mar negro cuyas olas besaban al morir nuestros pies desnudos mientras una brisa suave nos erizaba la piel. ¡Hasta las camisetas que solías ponerte las recuerdo! Recuerdo sus vivos colores, su erótica parvedad que dejaba al descubierto un vientre moreno que insinuaba los goces más excelsos. ¡Qué sexy estabas! Y puedo verte, por supuesto, desnuda, entregada a mí en el desenfreno de una pasión arrebatada, sin límite, vigilias eternas de sábanas empapadas en sudor. Y luego, sofocada la ardentía de la carne, sigo viéndote, veo tus ojos, ¡tus ojos!, mirándome con ternura desde el hueco de la almohada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Por qué ha de ser siempre la felicidad tan efímera? ¡Cuesta tanto renunciar a sus exquisiteces luego que se han saboreado! Aunque imagino que en esa fugacidad reside precisamente gran parte de su embrujo, sin la cual menguados se verían sus efectos, habida cuenta que todo cuanto se prolonga demasiado en el tiempo tiende a convertirse en insulso, en monótono, en aburrido. Sin embargo, ¡qué no habría yo dado porque ese verano hubiese sido eterno!... Pero no, pasó, como pasa todo, que ya lo dijo al fin y al cabo el poeta, como pasa en definitiva la vida, sin que apenas nos demos cuenta de su paso. Pasó, sí, y con él finalizaron los fascinantes momentos de gloria vividos a tu lado. Tu destino estaba lejos de mí, en otra ciudad distinta, marcado por un rumbo ajeno al mío, y hacia él marchaste decidida, sin vacilación de ningún género, sabedora de que la mirada ha de estar siempre fija en el horizonte y que lo que atrás queda patrimonio pasa a ser del pasado, de un pasado que, como tal, queda relegado únicamente al museo de los recuerdos, un pasado muerto en suma. Como muerto quedaba yo con tu marcha. Pero, eso sí, no te lo dije, y tampoco sé si tú lo notaste. Ahora que lo pienso, posiblemente no. Convenimos en que nada de escenas ñoñas, nada de lamentaciones ni despedidas lacrimosas. Lo nuestro había sido un encuentro único, un efervescente cruce de coordenadas que los albures del destino habían tenido a bien concertar, pero a partir de ahí nuestros caminos divergían y era necesario que cada uno siguiese el suyo propio, sin interferencias ni lamentos. Dejarse llevar por los sentimientos estaba bien, sus séricas atenciones permitían gozar y disfrutar de momentos memorables, pero era un error someterse a su férula hasta el punto de hacer de ellos nuestros tiranos. No, nosotros éramos libres, no soportábamos las cadenas, ni siquiera las adosadas a los sentimientos, por muy dulces que éstas fueran, y teníamos además planes importantes que no admitían ningún tipo de ataduras ni limitaciones. ¿Amor? ¿Quién dijo amor? El amor era una patología propia de burgueses caducos, dolencia contra la que nosotros estábamos afortunadamente vacunados. Habíamos sido amantes; amigos y amantes. Eso era todo. Adiós… Adiós.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Así sucedió, de ese modo tan flemático nos despedimos, casi como quienes dan por concluida con un apretón de manos una reunión de negocios, pero bajo esa fachada de aparente displicencia lo cierto es que tu marcha me dejó, ya digo, desolado, perdido en un yermo de sombras anónimas que venían a ser otros tantos interrogantes, enloquecido por un océano de dudas en el que mi espíritu era zarandeado tanto por las olas del amor como por las del resentimiento más amargo, mientras sobre las paredes del tiempo iban los días alargándose como siniestros espectros que se nutrían de los recuerdos y huellas que dejaste en mí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La desazón por tu ausencia no fue cosa de un día, ni de una semana, ni de un mes, de hecho no me ha abandonado desde que partiste, sólo que con el tiempo aprendí a vivir con su carga instalada en mi pecho y mitigar así sus efectos corrosivos. Lo que sí cambió, sin embargo, de un modo lento y progresivo, fue mi propia percepción de ti. Tu imagen no ha dejado nunca de ocupar una parte importante de mis pensamientos, grabada que quedó para siempre en mi memoria, pero curiosamente, a medida que pasaban los días, fuiste en ella efectuando un gradual viraje que te trasladó desde el plano real a ese otro donde moran las utopías más recónditas, allá donde la fantasía impera y hace de la ilusión el material con que concebir entelequias; te convertiste así en una especie de mito, una quimera que trascendía a toda frontera espacio-temporal para, fuera de ellas, alcanzar dimensiones de leyenda, la simbolización de la mujer ideal, la mujer de mis sueños imposibles.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y, sin embargo, diez años después de tu marcha me sorprendes con un inesperado correo en el que sugieres la posibilidad de volver a vernos, retornando de ese modo al hemisferio real del que en su momento te sustraje. Te contesto que sí, mas… ¿lo deseo en realidad?, ¿quiero de verdad que cruces la puerta de este concurrido café y te acerques a mí? Miro a un lado y veo el pasado, miro a otro y veo el futuro, y el presente es como estar flotando entre agua y aceite. Pero pese a mis dudas y temores, la única certeza incuestionable es que sí, que quiero volver a verte, que me consume el deseo de tu presencia inmediata, que quiero recuperar el tiempo perdido, que por encima de todas las cosas quiero de nuevo amarte.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6471908411725407952-7936627973429289919?l=mariocavara.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mariocavara.blogspot.com/feeds/7936627973429289919/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6471908411725407952&amp;postID=7936627973429289919' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6471908411725407952/posts/default/7936627973429289919'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6471908411725407952/posts/default/7936627973429289919'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mariocavara.blogspot.com/2010/10/reencuentro.html' title='REENCUENTRO'/><author><name>Cavaradossi</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14443118431487622201</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_CBxi0fhKeVI/TCKRKeEJe6I/AAAAAAAAAHY/e5I_0pgqlFg/S220/1.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_CBxi0fhKeVI/TKzD7Iqe4NI/AAAAAAAAAI4/sO6h9NovMNQ/s72-c/reencuentro.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6471908411725407952.post-3979493517497279976</id><published>2010-09-17T14:44:00.000-07:00</published><updated>2010-09-17T16:18:37.939-07:00</updated><title type='text'>UN NUEVO OTOÑO</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/_CBxi0fhKeVI/TJP240Kh15I/AAAAAAAAAIw/_ijP7rhfIUk/s1600/otooz.jpg"&gt;&lt;img style="MARGIN: 0px 10px 10px 0px; WIDTH: 200px; FLOAT: left; HEIGHT: 146px; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5518025424394901394" border="0" alt="" src="http://2.bp.blogspot.com/_CBxi0fhKeVI/TJP240Kh15I/AAAAAAAAAIw/_ijP7rhfIUk/s200/otooz.jpg" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Un nuevo otoño nos aguarda a la vuelta de la esquina, otro más hacia el que ya se encaminan nuestros pasos sin saber a ciencia cierta qué nos ofrecerá en su escenario de paisajes ocres y hojas desparramadas, qué nuevos sucesos nos brindará como presente o como castigo, qué nuevas experiencias, qué nuevos azares y retos deberemos enfrentar en su devenir. Quizá nos aguarde una etapa plena de sonrisas. Quizá, por el contrario, las lágrimas aneguen nuestros ojos. O quizá en el fondo nos importe ya todo un rábano. Un nuevo otoño. Otro paso intermedio hacia un horizonte incierto. Me pregunto si serán suaves los vientos que nos reciban o si tendremos que vérnoslas con vehementes huracanes, si en nuestros oídos sonarán cálidos susurros o más bien desaforados gritos, si será un otoño de crisis o de esperanzas, si predominará en él la razón o el corazón. ¿Será un otoño pródigo en lances o un otoño de naturalezas muertas y tiempos suspendidos? ¿Un otoño irisado o un otoño donde los grises compongan una banda monocromática e insulsa?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El verano agoniza y percibimos que apenas fue un guiño, un efímero festival adornado con guirnaldas y farolillos. Caricias suaves, pieles humedecidas, besos apasionados, sonrisas luminosas… van quedando atrás, engordando el cada vez más colmado cofre de nuestros recuerdos. Y delante ya está el otoño, misterioso y reservado, heraldo de un ineluctable crepúsculo, propicio como pocos para que soledad y melancolía se animen a encaramarse a nuestras espaldas.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6471908411725407952-3979493517497279976?l=mariocavara.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mariocavara.blogspot.com/feeds/3979493517497279976/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6471908411725407952&amp;postID=3979493517497279976' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6471908411725407952/posts/default/3979493517497279976'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6471908411725407952/posts/default/3979493517497279976'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mariocavara.blogspot.com/2010/09/un-nuevo-otono.html' title='UN NUEVO OTOÑO'/><author><name>Cavaradossi</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14443118431487622201</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_CBxi0fhKeVI/TCKRKeEJe6I/AAAAAAAAAHY/e5I_0pgqlFg/S220/1.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_CBxi0fhKeVI/TJP240Kh15I/AAAAAAAAAIw/_ijP7rhfIUk/s72-c/otooz.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6471908411725407952.post-7535339884328006044</id><published>2010-09-06T14:59:00.000-07:00</published><updated>2010-09-06T15:07:13.505-07:00</updated><title type='text'>MONSTRUOS</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;a href="http://4.bp.blogspot.com/_CBxi0fhKeVI/TIVk__El_HI/AAAAAAAAAIg/7ZboKTCSRKU/s1600/pesadilla.jpg"&gt;&lt;img style="MARGIN: 0px 10px 10px 0px; WIDTH: 200px; FLOAT: left; HEIGHT: 160px; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5513924369210276978" border="0" alt="" src="http://4.bp.blogspot.com/_CBxi0fhKeVI/TIVk__El_HI/AAAAAAAAAIg/7ZboKTCSRKU/s200/pesadilla.jpg" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;De pequeña había tenido un pánico atroz a la oscuridad y al elenco de monstruos que, a su juicio, poblaban ésta. Las razones de este miedo no eran demasiado claras desde un punto de vista psicológico. No obedecía desde luego a experiencias negativas que pudiera haber vivido en esa temprana niñez, ni al padecimiento de ninguna otra clase de trauma pernicioso, ni tampoco a que hubiera crecido con falta de cariño o de autoestima; todo eso era ajeno a ella, que para su bien gozó siempre de una infancia feliz, protegida por un entorno familiar que prodigaba hacia su persona todo tipo de atenciones y afectos; fue en ese sentido una niña muy querida, aunque no por ello mimada ni en exceso consentida, lo que hizo que extroversión y alegría fuesen las divisas que más descollaran en su carácter, como flameantes banderas desplegadas en un cielo diáfano, al tiempo que iba desarrollando una personalidad bastante sólida, sin apenas fisuras ni sombras, salvo en lo referente a esa fobia que le atacaba al caer la noche y meterse entre las sábanas. No, no existía una causa definida que motivara ese terror. Era algo visceral y, por tanto, ajeno a las leyes de la razón y la lógica, un terror que escapaba a toda férula y que a duras penas si lograba apaciguar la voz serena de su madre: &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;—&lt;em&gt;Los monstruos no existen, mi vida, ni se esconden en los armarios, ni acechan detrás de las puertas, ni vigilan a través de los cristales de las ventanas. No existen, están sólo aquí&lt;/em&gt; -y tocaba su cabeza orlada de dorados tirabuzones-, &lt;em&gt;en tu imaginación&lt;/em&gt;. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;—&lt;em&gt;No mamá, sí que existen. Tienen dientes afilados y ojos brillantes&lt;/em&gt; -insistía ella. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;br /&gt; &lt;/div&gt;&lt;/span&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;—&lt;em&gt;Tranquila, pequeña, mamá no permitirá que nada ni nadie te haga daño, siempre estará cerca para protegerte. Si es preciso, les arranco los dientes y les saco los ojos a esos feos monstruos&lt;/em&gt;. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Ese ofrecimiento de perenne protección lograba de ordinario el objetivo de tranquilizarla, por más que la visión mental de dientes y ojos mutilados, habida cuenta lo macabro que de por sí tenía la escena, le diese cierto repelús, algo que ni siquiera el malévolo talante de los damnificados conseguía atemperar. Pero fuera de eso, se sentía reconfortada con la presencia allí de su madre, el mejor paladín con que podía contar contra los acezantes monstruos; con ella al lado, ningún engendro sería capaz de tocar una sola hebra de su cabello, eso lo tenía claro. El problema era que su madre, luego de serenarla con sus palabras, se iba a su propio dormitorio, dejándola de nuevo a solas, lo que aprovechaban las depravadas huestes de la noche para reaparecer y acosarla. Porque, eso sí, en lo que su madre se equivocaba de cabo a rabo era en lo referente a su no existencia, negación que no la convencía en absoluto, por más que proviniera de la persona a quien más quería en este mundo, no en vano la evidencia se encargaba cada noche de desmentirla, una evidencia manifestada en la maligna presencia de esos seres, que ella podía percibir, en sus respiraciones agitadas, que ella podía sentir, en los crujidos apagados de sus pisadas, que ella podía escuchar. ¡Cómo entonces podía su madre negar que existieran! Claro que existían, sólo que los muy ladinos limitaban sus apariciones a aquellos momentos en que se encontraba sola y desamparada, sabedores de que a ella, una indefensa cría, le sería imposible oponerles la menor resistencia sin la valedora figura materna al lado. Así las cosas, lo único que podía hacer en tales casos era ovillarse bajo las mantas para pasar todo lo desapercibida posible. Y así lo hacía, al tiempo que cerraba los ojos, se tapaba con ambas manos los oídos y tensaba todos los músculos de su pequeño cuerpo, a veces hasta el extremo de dejar de respirar, tal era el terror que la invadía, y sólo a medida que el sueño iba cubriéndola con su relajante envoltura dejaban las sombrías presencias de hostigarla. Curiosamente, solía luego tener plácidos sueños, sin rastro en ellos de estas espectrales criaturas, lo que su mente infantil interpretaba como una prueba más de su existencia en el plano real. Pese a todo, había ocasiones en que el miedo era tan intenso que no dejaba resquicio alguno por el que pudieran penetrar los ángeles del sueño, casos en los que su madre, aun a su pesar, permitía que mantuviese la luz encendida hasta dormirse.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dentro de unos parámetros cuya intensidad iba fluctuando en función de determinadas variables, estas fobias nocturnas se prolongaron durante varios años, si bien, con tendencia siempre a ir disminuyendo a medida que ella se hacía más mayor. Así, con el tiempo la noche se fue haciendo cada vez menos oscura y amenazante, menos proclive en definitiva a albergar siniestras criaturas en su seno, en un lenta evolución a lo largo de la cual fueron disipándose los terrores hasta que, casi sin darse cuenta, los monstruos desaparecieron de sus noches, quizá nunca del todo, pero sí lo suficiente para que dejasen de ser una seria perturbación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y sin embargo ahora, con más de una treintena de años a sus espaldas, cual tormentas olvidadas que retomasen un antiguo emplazamiento para descargar toda su furia devastadora, los miedos de la infancia reaparecían, volvían las vigilias nocturnas, ofreciéndole de nuevo la oscuridad su rostro más ceñudo, caverna de demonios impíos que acechaban tras la puerta, más nefarios que nunca. Otra vez la noche tornaba a ser enemiga, un paisaje poblado de trampas su dormitorio, y la cama, pese a su física holgura, una celda angosta entre cuyas sábanas encogía su cuerpo, en posición fetal acurrucada, tensa, componiendo el sudor, frío como el hielo, regueros sobre su espalda. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Lo peor de todo era que ya no podía contar con su madre para que la consolara y protegiese. Las cosas habían cambiado, su madre estaba lejos y, además, ahora ella era quien, por el contrario, debía ejercer el papel de madre respecto a sus dos mellizas, que dormían en la habitación de al lado, muy pequeñas aún, seguramente con sus particulares miedos, miedos en todo caso naturales, propios de niños, asustadizos por naturaleza, aunque afortunadamente no tan exacerbados como los padecidos por ella a esa misma edad. Sí, ahora era ella la madre, una madre, sin embargo, amilanada, una madre que en su marasmo ninguna protección podría ofrecer a sus hijas en caso de precisarla para paliar sus propias fobias, una madre incapaz de luchar contra ningún enemigo maléfico.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La noche viene poblada de pesadillas y ella, sin consuelo, sin nadie a quien acudir para aplacar su terror, se halla en el centro de todas ellas, incapaz de conciliar el sueño, sabedora de que el monstruo acecha y en cualquier momento entrará en el dormitorio para atormentarla. Se siente más vulnerable que nunca. Tiene la boca seca y escalofríos de espanto arremolinan su piel. Apura entonces el vaso de agua que descansa sobre la mesita de noche. Eso refresca su garganta, pero no ataja el miedo, cada vez más punzante en su acometida, cada vez más cruel. &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Un golpe en la ventana, un bramido inquietante. Los oídos son como radares, atentos a cualquier sonido, a cualquier rumor, a cualquier paso que pueda preceder a la pérfida presencia. Pero no, no debe alarmarse, en esta ocasión era sólo el viento, el viento que aullaba y golpeaba; pero el viento no le hará daño. &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;De repente un nuevo sobresalto, una luz esta vez, un destello poderoso que abre en dos la noche, como la estocada de un alfanje rasgando satén. El corazón se le dispara, cobran sus latidos un ritmo que, de no sosegarse, amenaza con reventarlo en un fulminante infarto. Por suerte, la angustia apenas dura unos segundos, justo los que transcurren hasta caer en la cuenta de que tampoco ahora se trata del temido adversario, sino de algo mucho más natural, un relámpago, un vigoroso chorro de luz que seccionó el cielo durante un fugaz instante, pero que ya pasó. Otra falsa alarma. Habrá seguramente más relámpagos a lo largo de la noche, surcarán el cielo como refulgentes jinetes, pero en sus grupas no viajará ningún monstruo, sólo luz y calor.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Luz y calor es precisamente lo que ella más necesita, luz que clarifique las corrosivas sombras por donde deambula casi a ciegas, calor que entibiezca su alma; pero de ambas cosas carece, desde hace tiempo vive inmersa en la oscuridad y siente sobre todo frío, mucho frío, un frío que nace y se desarrolla por dentro y al que, por tanto, ninguna manta ni edredón puede combatir.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;La noche y el frío, un combinación letal frente a la que ninguna resistencia puede oponer, salvo encogerse bajo las sábanas y esperar. ¿A qué? ¿Esperar a qué? Si acaso a que el terror se materialice al fin en el demonio que lo engendra y la devore. Sólo de pensarlo un escalofrío atraviesa su espina dorsal como una daga. Sabe que debería enfrentarse a él, que si quiere superar sus miedos debe empezar por afrontarlos, pero no puede, le faltan fuerzas y le falta también coraje, tales miedos la tienen del todo bloqueada, por lo que se encoge todavía más y espera, sólo eso, espera, sumida en una actitud pasiva que no solucionará el problema, bien lo sabe ella, que lo incrementará más bien, pero que por el momento es la única capaz de adoptar. Quizá debiera ahora pensar en otra cosa, en algo divertido que alejase su mente de los tremedales del pánico, pero ni siquiera eso puede hacer, su cerebro se muestra reacio a acatar las órdenes que en tal sentido pudiera emitir su voluntad; el monstruo monopoliza su pensamiento, sólo puede pensar en él, en ese monstruo que la tortura, que la mina, que la desgasta.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Un nuevo ruido alerta a los radares, que de inmediato entran en pleno funcionamiento. Es una puerta. Sí, se trata sin duda del chirrido de una puerta al abrirse. Contiene por un momento la respiración y aguza todavía más el oído. ¿Será...? Oh, sí, claro que sí, es él, el monstruo que está entrando por la puerta principal de la vivienda. ¿Seguro? Tiene que tranquilizarse, tal vez no sea más que su imaginación jugándole de nuevo una mala pasada. Sí, debe tranquilizarse, respirar acompasadamente y no dejar que el pánico la invada, si es que no quiere que los nervios le estallen como si fuesen las ajadas cuerdas de un violín desafinado. Así lo hace. Cuenta hasta cinco y de nuevo, algo más sosegada, presta atención. Ya no parece oírse nada.... Aunque... sí, un momento, unos pasos, ¡se oyen unos pasos que avanzan a lo largo del pasillo que conduce al dormitorio! El sonido es inconfundible. ¡Tiene que ser él, el monstruo que se acerca! El terror la ensarta y hace que se le erice el pelo alrededor de la nuca. Quiere gritar, pero el sonido queda congelado dentro de su garganta; mejor así, se dice, no quisiera despertar a las mellizas, que a buen seguro duermen apaciblemente en sus respectivas camas, ajenas a su pesadilla. Tal vez, no obstante, debiera precisamente despertarlas y, junto a ellas, salir corriendo y huir de allí; pero por un lado duda que las piernas puedan siquiera sostenerla y, por otro, teme que sus hijas la tomen por loca. Además, ¿a dónde irían? No hay escondite posible: allá donde fuesen, el monstruo habría de hallarlas. Es por ello por lo que, tal y como solía hacer de niña ante semejante coyuntura, se limita a achicarse aún más bajo el edredón y aguardar en posición fetal la temida llegada, confiando en que con un poco de suerte pase de largo y no la haga daño.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Sigue oyendo los pasos, cada vez más próximos y perturbadores, y a cada paso se va escurriendo más y más entre las sábanas, hasta llegar a introducirse enteramente bajo ellas, cabeza incluida. La cama es de grandes dimensiones, pero su eficacia como refugio, en caso de ser embestida por el monstruo, es nula. Ella lo sabe. Lo de esconderse es meramente instintivo. Lo que en realidad le gustaría en ese momento es desvanecerse en el aire y convertirse en un ente etéreo, un hada estaría bien, o un simple espíritu, qué más da, cualquier cosa con tal de evaporarse y desaparecer.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Es ese utópico anhelo de invisibilidad el que acapara su mente cuando de golpe se abre la puerta del dormitorio. Un grito ahogado, imperceptible más allá de las sábanas que la cubren, brota de entre sus labios resecos. Si tuviera un espejo a mano, vería que su piel se ha vuelto lívida, como un cadáver o una fantasmagórica figura de cera, pero no dispone de espejos y tiene además cerrados los ojos. No quiere en realidad mirar. Tampoco quiere pensar en nada, tener la mente en blanco sería lo ideal en esos momentos, evadir cualquier pensamiento para que con su fuga pudiese quedar asimismo diseccionado el terror que la invade. "&lt;em&gt;Los monstruos no existen, los monstruos no existen&lt;/em&gt;", repite para sus adentros la habitual frase de su madre, recordando al propio tiempo el amparo de su voz cálida. Pero la realidad desmiente a esa voz. "&lt;em&gt;Esta vez no, mamá, esta vez no es mi imaginación, el monstruo está aquí, justo ahí delante&lt;/em&gt;". &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Y justo en ese instante, como irrefutable prueba de tan terrible certeza, descorre el monstruo las ropas de cama y la destapa de un modo violento. Ella trata de hacerse la dormida, confiando en que así el intruso la deje en paz; pero tirita de miedo y eso la delata. El monstruo la observa, primero de lejos, luego aproximando hacia ella su repelente cabeza. Ella no puede soportarlo y, pese a que quiere seguir con los ojos cerrados, los abre y vuelve hacia él una mirada estremecida. El monstruo la mira a su vez y sonríe; sí, sonríe de manera perversa, mostrando sus afilados colmillos al hacerlo, y la mira con ojos extraviados, brillantes en la oscuridad, al tiempo que se agacha para acercarse un poco más. Una mano se posa sobre el hombro desnudo de ella, una mano fría, áspera, rugosa, una mano que la petrifica todavía más, el tacto de un reptil, y junto a ese tacto, aún más repelente, converge su olor, un hedor fétido que la ahoga hasta provocarle náuseas: el reptil apesta a sudor y de su boca escapa un aliento ácido, el típico hálito de borracho. &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Ella reza. Reza para que esta vez el monstruo no vuelva a pegarla y para que sus hijas, las hijas de ambos, del monstruo y ella, no se levanten y contemplen la escena. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6471908411725407952-7535339884328006044?l=mariocavara.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mariocavara.blogspot.com/feeds/7535339884328006044/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6471908411725407952&amp;postID=7535339884328006044' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6471908411725407952/posts/default/7535339884328006044'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6471908411725407952/posts/default/7535339884328006044'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mariocavara.blogspot.com/2010/09/monstruos.html' title='MONSTRUOS'/><author><name>Cavaradossi</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14443118431487622201</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_CBxi0fhKeVI/TCKRKeEJe6I/AAAAAAAAAHY/e5I_0pgqlFg/S220/1.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_CBxi0fhKeVI/TIVk__El_HI/AAAAAAAAAIg/7ZboKTCSRKU/s72-c/pesadilla.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6471908411725407952.post-2150115736506302611</id><published>2010-08-24T14:15:00.000-07:00</published><updated>2010-08-24T14:24:02.142-07:00</updated><title type='text'>A UNOS OJOS MARRONES</title><content type='html'>&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/_CBxi0fhKeVI/THQ2uDVfBII/AAAAAAAAAIQ/ZTPOqFsXL6U/s1600/ojos.jpg"&gt;&lt;img style="MARGIN: 0px 0px 10px 10px; WIDTH: 200px; FLOAT: right; HEIGHT: 85px; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5509088408978261122" border="0" alt="" src="http://2.bp.blogspot.com/_CBxi0fhKeVI/THQ2uDVfBII/AAAAAAAAAIQ/ZTPOqFsXL6U/s200/ojos.jpg" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Punzadores y frescos como una rosa&lt;br /&gt;son los ojos audaces que me contemplan;&lt;br /&gt;pestañas infinitas actúan de orla,&lt;br /&gt;como un dosel curvado de brunas hebras.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Retozan remolones mientras se agitan&lt;br /&gt;en la órbita nívea que los encierra.&lt;br /&gt;Dos fanales que lucen echando chispas&lt;br /&gt;son los ojos marrones que me embelesan.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Marrones las pupilas arrebatadas,&lt;br /&gt;del color de la tierra en prístina esencia,&lt;br /&gt;dos veneros copiosos, dos alfaguaras&lt;br /&gt;donde beben mis sueños con vehemencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En sus globos radiantes como la luna&lt;br /&gt;reverberan las luces de mil estrellas,&lt;br /&gt;y se abren y cierran, ostras astutas,&lt;br /&gt;revelando el tesoro de sus dos perlas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y se abren y cierran con pestañeos&lt;br /&gt;cuando, desafiantes, miran de cerca,&lt;br /&gt;dos fanales con chispas, coqueto gesto&lt;br /&gt;que a la efusión provoca con sutileza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Para la boca un beso me están pidiendo&lt;br /&gt;esos ojos marrones que me sublevan,&lt;br /&gt;y a sus labios vibrantes los míos acerco&lt;br /&gt;para en un beso eterno fundirme en ella.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Si de soslayo miran, algo de burla&lt;br /&gt;pareciese que brota de ambas esferas,&lt;br /&gt;burla que hechiza, celada oscura&lt;br /&gt;cuyo poder destaza cualquier defensa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dos bahías son de profundas aguas,&lt;br /&gt;crisol de ensueños, luz de quimeras,&lt;br /&gt;aguas tranquilas en las que atraca&lt;br /&gt;el navío albo que a mí me lleva.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Prodigioso el arcano de esas retinas,&lt;br /&gt;en cuya luz riela la blanca luna.&lt;br /&gt;Me asomo a ellas y me hipnotizan,&lt;br /&gt;cautivo quedo bajo su férula.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fulgentes e incitantes como una joya&lt;br /&gt;son las ígneas antorchas que mi alma incendian;&lt;br /&gt;las miro atónito; un guiño forjan,&lt;br /&gt;y en lozana sonrisa mis labios vuelan.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6471908411725407952-2150115736506302611?l=mariocavara.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mariocavara.blogspot.com/feeds/2150115736506302611/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6471908411725407952&amp;postID=2150115736506302611' title='4 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6471908411725407952/posts/default/2150115736506302611'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6471908411725407952/posts/default/2150115736506302611'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mariocavara.blogspot.com/2010/08/unos-ojos-marrones.html' title='A UNOS OJOS MARRONES'/><author><name>Cavaradossi</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14443118431487622201</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_CBxi0fhKeVI/TCKRKeEJe6I/AAAAAAAAAHY/e5I_0pgqlFg/S220/1.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_CBxi0fhKeVI/THQ2uDVfBII/AAAAAAAAAIQ/ZTPOqFsXL6U/s72-c/ojos.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>4</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6471908411725407952.post-7424774091872999770</id><published>2010-08-16T12:33:00.000-07:00</published><updated>2010-08-16T12:34:55.348-07:00</updated><title type='text'>CARTA A UNA BRUJA (9)</title><content type='html'>&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/_CBxi0fhKeVI/TGmSwvpPG2I/AAAAAAAAAII/kHeCL7NvDyQ/s1600/SER_AZUL.jpg"&gt;&lt;img style="MARGIN: 0px 10px 10px 0px; WIDTH: 200px; FLOAT: left; HEIGHT: 150px; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5506093385557941090" border="0" alt="" src="http://1.bp.blogspot.com/_CBxi0fhKeVI/TGmSwvpPG2I/AAAAAAAAAII/kHeCL7NvDyQ/s200/SER_AZUL.jpg" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Hoy estuve en nuestro refugio, bruji, en ese paraje agreste al que tanto nos complace ir, nuestro retiro secreto, ese que sólo nosotros dos conocemos y en el con tanta fruición nos perdemos siempre que nuestras ocupaciones lo permiten. ¡Nuestro refugio, brujita, nuestro maravilloso y extraordinario refugio! ¡El físico albacea de nuestros sueños más sublimes! ¡Cuántas ya las veces en que nos hemos evadido juntos entre sus fragosos rincones! Alta sin duda la cifra que conforma dicha cuenta, no en vano se convirtió en nuestro punto de encuentro especial desde el momento mismo en que lo descubrimos. Y desde entonces allá que nos fugamos siempre que deseamos escapar de aquello que nos agobia, de los problemas cotidianos, de esos sinsabores que se empeñan en teñir de gris lo que debería ser azul, del peso de un mundo que a veces no pareciera sino forjado en plomo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Allí he pasado toda la tarde, dormitando, observando, soñando. Todo es perfecto en ese lugar, casi tan perfecto como tú misma. Y es curioso, porque pese a que tu cuerpo no reposara hoy junto al mío sobre la hierba, te sentía tan presente como si de verdad estuvieras a mi lado, como si el enclave entero hubiese quedado tan empapado de tu esencia, que ésta lo inundase todo, absolutamente todo. Porque tu presencia estaba en cada árbol, en los elegantes olmos, en los fornidos robles, en los cedros robustos y orgullosos, en los infatigables pinos, en los sólidos enebros, así como en el viento, también se percibía en el viento tu presencia, en cada soplo de ese viento que erizaba mi piel a su contacto, séricas caricias que me traían a la memoria la suavidad de tus manos cuando asimismo la recorren, y en cada trozo de grama, la misma grama, verde como los versos de Lorca, que tantas veces albergara nuestros cuerpos retozones, y en cada meandro del río, y en cada esquina, y en cada arista, y en cada una de las nubes que adoptando las más caprichosas formas atravesaban el cielo azul. En todos lados estabas tú, brujita. ¿Magia? Es evidente que sí, que hay mucho de magia en esa divina omnipresencia. Pero ¿acaso no es la magia la materia prima con la que se manejan las brujas? Tú eres magia en ti misma, mágica es tu esencia y mágico el ideal en que para mí te has convertido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Prodigioso también se me hizo el paso del tiempo, ralentizado de tal modo que no parecía sino que fuerzas ignotas frenaban su avance para que marcara un presente eterno. Así lo percibía yo al menos. Tumbado sobre el césped y con el pensamiento siempre en pleno vuelo, notaba que discurría con plácida lentitud, como suspendido en una especie de bucle estático, quizá contagiado del parsimonioso ritmo que marcaban las aguas del río contiguo, de un fluir tan sereno que se antojaban asimismo detenidas dentro del cauce que acogía su corriente, si bien, a diferencia del tiempo, las aguas se avivaban al fin y adoptaban un ritmo que llegaba a ser frenético en los instantes previos a precipitarse en cascada, como si percibieran que la caída estaba cerca y un vértigo repentino acelerara su marcha hacia el precipicio, instadas a volar como lo hacía el pensamiento mío.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;También yo, brujita, en sintonía con el entorno, advertía en mí mismo esa doble impresión de estar detenido y volando a la vez, detenido en lo que era el espacio físico, relajado, sereno, feliz, y al propio tiempo volando con la imaginación, repasando con la ayuda de ésta los momentos vividos allí a tu lado, únicos e inolvidables, sencillos como esferas, pero intensos como el mismo fuego. Evocaba tu cabeza reposando sobre mi regazo mientras yo acariciaba tu cabello y tú me hablabas de corrido refiriéndome tus sueños y anhelos, tus fobias y dudas, tus frustraciones y esperanzas, como si yo fuese tu psicoanalista. ¿Te acuerdas? Me encanta escucharte en esas confesiones, ser el confidente de los más profundos reductos de tu intimidad. Lo sabes, ¿verdad? Yo te contemplo absorto en tales ocasiones y al final, invariablemente, una sonrisa termina por dibujarse en mis labios, una sonrisa de ternura, de complicidad, de afecto. También rememoré nuestros baños en el río, el agua fría, la destemplanza de tu cuerpo desnudo al entrar en ella, esa carne de gallina que exhibía tu piel erizada, y el modo en que luego, poco a poco, ibas entrando en calor, hasta que todo tu organismo se sindicaba de tal forma con el agua que a mis ojos te convertías en sirena, una sirena plena de belleza y sensualidad. El agua y tú, bruji, qué estampa más seductora. ¡El agua de nuestro río! Nunca he visto un agua tan transparente. Parece cristal líquido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Contemplando esas aguas pasé también un agradable rato, en especial la cascada, que sé que es tu lugar preferido de todo el refugio, detalle éste que me hacía percibir aún más cercana tu presencia. Evoqué tu mirada embebecida cuando, alzada sobre cualquier promontorio, como una esfinge esculpida en la roca, observabas los cordones de agua precipitándose por la catarata y explotando luego, con un sonido bronco, como el bufido de un toro, en un turbión de diminutas gotas que allá abajo conformaban una espesa boira. Daba gusto contemplar tu rostro embelesado. Y más gusto todavía recrear la imagen de tu cuerpo desnudo cuando te daba por colocarte bajo ese mismo salto acuoso y, desplegados los brazos en cruz e izada al cielo la mirada, las gotas te salpicaban y se clavaban sobre tu epidermis como pequeños alfileres líquidos. ¿Puede acaso concebirse un grabado más próximo a la perfección que ese?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Antes de irme, cuando ya comenzaba a ocultarse el manto rojo del poniente, estuve unos minutos recostado sobre el tronco de nuestro árbol preferido, la milenaria encina sobre cuya corteza hemos cincelado a navaja nuestros nombres. La verdad es que impresiona la majestuosidad que exhibe, la imponente amplitud de sus ramas, recias como venablos, que se disponen en forma de círculo, un perímetro verde a través del cual tamizados quedan los rayos del sol; el espectacular diámetro de su tronco, que sólo un gigante homérico o cervantino podría si acaso abarcar con sus brazos; sus raíces portentosas, hundidas hasta lo más profundo en el corazón de la tierra. Bajo su acogedor cobijo, volví a dejarme llevar por mis pensamientos. Pensé en... ¿En qué va a ser? ¿En qué puedo pensar cuando me hallo en este lugar único concebido como un sueño sólo para nosotros? Pensé en ti, claro, en todo lo que me transmites, en esas sensaciones increíbles que, brotando de tu alma, se introducen en la mía para agitarme dentro de un torbellino de emociones. Pensé en lo afortunado que soy porque los hados te trajeron a mi vida y llenaron así la mía de luz y de color. Pensé en ti, brujita, en qué si no. Y, al ritmo de estos pensamientos, las imágenes se sucedían en mi cabeza como en un caleidoscopio de nítidos cristales: mi bruja sonriéndome con timidez; mi bruja con las mejillas arreboladas ante un requiebro que le dedico; mi bruja soltándose las cintas de sus sandalias y aflorando sus pies livianos, como de niña, para chapotear en la orilla del agua; mi bruja salpicándome traviesa; mi bruja expuesta al sol, voluptuosa, divina, sensual, reverberando destellos de luz sobre el pearcing que luce en el ombligo; mi bruja con los brazos extendidos y el rostro elevado hacia las nubes; mi bruja devorándome a besos. Mi bruja. Tú.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tentado estuve de llamarte para que vinieras, pero no me pareció oportuno. Sé que, aunque te pille lejos en la distancia, tú no habrías dudado en coger tu escoba y plantarte a mi lado en un abrir y cerrar de ojos. A un golpe de chas, como sueles decir entre risas. ¡Menuda eres tú! Pero, ya ves, a veces hasta soy sensato y en un arranque de realismo me dije que era en exceso precipitado, máxime teniendo en cuenta lo atareada que andas últimamente. Espero que sepas perdonarme el atrevimiento de haber venido sin ti.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De todas formas, todo hay que decirlo, el refugio resulta menos deslumbrante si tú no estás en él. Digamos que es más estándar, más próximo a lo real y, por tanto, más alejado de la esfera de los sueños. Tú le aportas ese toque sobrenatural que, entonces sí, lo vuelve único e inigualable.... Aunque, como te referí antes, tu presencia, pese a que no te encontrarás allí físicamente, lo impregnaba todo.... Pero, claro, es sabido que tu presencia siempre viaja conmigo a donde quiera que yo vaya.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ah, que no se me olvide decírtelo, me tomé una tortilla de papas y un jarro de gazpacho. Te lo cuento porque sé lo mucho que te gusta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;C &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6471908411725407952-7424774091872999770?l=mariocavara.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mariocavara.blogspot.com/feeds/7424774091872999770/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6471908411725407952&amp;postID=7424774091872999770' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6471908411725407952/posts/default/7424774091872999770'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6471908411725407952/posts/default/7424774091872999770'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mariocavara.blogspot.com/2010/08/carta-una-bruja-9.html' title='CARTA A UNA BRUJA (9)'/><author><name>Cavaradossi</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14443118431487622201</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_CBxi0fhKeVI/TCKRKeEJe6I/AAAAAAAAAHY/e5I_0pgqlFg/S220/1.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_CBxi0fhKeVI/TGmSwvpPG2I/AAAAAAAAAII/kHeCL7NvDyQ/s72-c/SER_AZUL.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6471908411725407952.post-9036788246140624999</id><published>2010-08-02T14:13:00.000-07:00</published><updated>2010-08-02T14:19:13.412-07:00</updated><title type='text'>CARTA A UNA BRUJA (8)</title><content type='html'>&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/_CBxi0fhKeVI/TFc1R5kBADI/AAAAAAAAAIA/8uB6F9Hq7EQ/s1600/bruja.bmp"&gt;&lt;img style="MARGIN: 0px 10px 10px 0px; WIDTH: 86px; FLOAT: left; HEIGHT: 136px; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5500924051482279986" border="0" alt="" src="http://2.bp.blogspot.com/_CBxi0fhKeVI/TFc1R5kBADI/AAAAAAAAAIA/8uB6F9Hq7EQ/s200/bruja.bmp" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;¿Qué tal, bruji? Pensaba yo esta mañana en lo doloroso que resulta enfrentarse a un espejo cuando entendemos que éste va a devolvernos una imagen ridícula de nosotros mismos. Doloroso y frustrante, qué duda cabe. Sin embargo, si lo pensamos de manera fría, para el espejo tú eres enteramente indiferente, un bulto más que se sitúa frente al cristal que constituye su esencia, y por ello retornará a tus ojos ni más ni menos que la imagen que tú hayas reflejado en él, sin mentiras ni subterfugios. Nadie hay más equitativo e insobornable que un espejo: sonríele y te sonreirá; ríe y te ofrecerá tu propia risa a cambio; pero, ay, muéstrale tu tristeza y te enseñará una imagen aciaga de ti mismo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Te cuento esto, bruji, porque ayer mismo estuve hablando con un amigo que afirmaba sentirse un fracasado. Yo trataba de convencerle de que no lo era, alabando para ello sus virtudes y restando importancia a sus carencias, y fue entonces cuando me soltó eso de que cada vez que se miraba al espejo, éste le devolvía una imagen ridícula de sí mismo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se lamentaba mi amigo de las numerosas equivocaciones que había cometido en las decisiones tomadas a lo largo de su vida, y lo decía con un convencimiento tan absoluto, que sus palabras me provocaron una sacudida brutal. Quise quitarle hierro al asunto alegando que todos en ocasiones nos veíamos inevitablemente abocados a tomar decisiones muy difíciles, tan difíciles que lo que en realidad sucedía era que sus consecuencias, se resolviera al final lo que se resolviese, no podían de ningún modo dejarnos incólumes, siendo ineludible sufrir determinadas secuelas, si bien, continué diciéndole, lo importante era que una vez tomadas, se hubiese optado por un camino u otro, nuestra mirada permaneciera ya siempre adelante, incrustada en el horizonte al que la determinación adoptada nos condujese, puesto que volver la vista atrás, lejos de mitigar el posible dolor, no haría más que incrementarlo, como le estaba sucediendo justamente a él, y era por tanto contraproducente. Podrán si acaso elegirse diferentes caminos en el futuro, dado que éste, aún nonato, se presentará desnudo y habrá que ir vistiéndolo mediante nuevas decisiones, algunas de nuevo muy difíciles, pero lo que no será posible es retornar al ya transitado, pues, nos guste o no, el pasado resulta algo inamovible, y siendo así, ¿para qué atormentarnos volviendo los ojos hacia él?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Quisiera creer que lo de este buen amigo sea sólo algo circunstancial, el paso por uno de esos días (o períodos) de borrasca durante los que todo se ve negro y a nuestro alrededor cerradas todas las puertas. Para esos periodos no alcanzo más solución que una buena dosis de estoicismo que nos permita atravesarlos con decoro y sobriedad, y aguardar con entereza a que concluya su tránsito, con la esperanza puesta en que pronto sean sustituidos por otros donde lo veamos todo bastante más despejado. Por mucho empeño que pongamos y por muchas que sean las bombillas que queramos encender, la noche no dejará de ser noche hasta que despunte el alba. Y poco más, disfrutar en cada momento de las pequeñas alegrías y saber que, como dice un proverbio ruso, caer está permitido, pero levantarse resulta del todo obligatorio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me pregunto, no obstante, qué extraños mecanismos especulativos pueden en un momento concreto de nuestra vida hacer que en el pensamiento se instale, como una maldita evidencia, la imagen del propio fracaso. Supongo que no debe tratarse de una idea que venga de repente, sino que, por el contrario, se irá cociendo poco a poco dentro de la cabeza, no en vano implica en cierto modo una liquidación de la autoestima, y ese tipo de liquidaciones llevan su tiempo, de forma que actuará a semejanza de un corrosivo cáncer que paulatinamente fuera devastando los baluartes donde aquélla se guarecía, hasta completar así su labor destructiva. Por otro lado, no entiendo tampoco ese pánico que algunos tienen al fracaso. ¿Por qué? El fracaso no es de por sí algo indecoroso ni una fuente de vergüenza; sí que lo es, por el contrario, el hecho de no arriesgar jamás nada por miedo precisamente a ese fracaso. Vergonzoso es no intentar nunca satisfacer nuestros más entusiastas anhelos. Ahí radica el verdadero fracaso, en esa pusilanimidad que nos agarrota, que nos mantiene presos de un marasmo que convierte nuestra vida en un devenir insulso. Nos anestesiamos para evitar el dolor, sin darnos cuenta que de ese modo también evitamos vivir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Resulta también curioso que algunos de quienes, como mi amigo, se tildan a sí mismos de fracasados busquen al propio tiempo justificar sus adversidades achacándolas a la mala suerte. No niego que en determinados casos así sea, pues qué duda cabe que cuando Fortuna decide hacer girar su rueda tiende a ser caprichosa, a veces incluso cruel, jugando con nuestros destinos como un titiritero pudiera hacerlo con sus marionetas. Los griegos sabían mucho de eso. Te recomiendo, bruji, que leas a Sófocles para ilustrarte de cómo los albures pueden llegar a moldear nuestras frágiles vidas. Sin embargo, me temo que la mayoría de las veces culpabilizar al azar no sea sino un sofisma con el que pretender disculpar errores propios.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por lo que a mí respecta, aun lejos de menospreciar esa posible influencia que en ocasiones puedan tener los hados sobre el destino de cada uno, creo que es a nosotros mismos a quienes en general incumbe escribir nuestra propia historia. Eso no significa, sin embargo, que seamos los únicos personajes que la pueblan, de tal manera que decisiones ajenas pueden conducir nuestros pasos tanto o más que las propias, por más que la historia sea la nuestra. De un modo u otro, con mayor o menor intensidad, nuestra vida está interconectada con todas las demás vidas, y todas y cada una de ellas pueden dejar en un momento dado un rastro, más o menos grande, de influencia en la nuestra. Lo interesante es procurar que nuestra huella, la marcada por nuestros propios pies, sea la más profunda de todas, que no pasemos de puntillas por el escenario donde se desarrolla nuestra propia existencia, cual pasivo auditorio de un mundo que gira ante nuestros ojos, sino que terciemos activamente en su propio movimiento. En definitiva, no basta con existir. ¡Hay que vivir! Esa es la meta. Vivir. Y para vivir es necesario tanto establecer hábitos como, al propio tiempo, ampliar horizontes, tantear a la búsqueda de cosas nuevas que puedan satisfacernos, ensayar continuamente, por más que los ensayos puedan a veces desembocar en errores, en caídas de las que deriven luego dolorosas fracturas emocionales. Pero la vida está precisamente llena de caídas y, créeme, casi siempre es posible levantarse. ¡Vivir! Vivir, por lo tanto, aun cometiendo errores, pues al fin y al cabo éstos conforman los capítulos de nuestra vida tanto como puedan hacerlo los aciertos, de tal suerte que tampoco hay que lamentarse en exceso por su comisión. Sólo lo justo. No olvidemos que los errores acostumbran a ser mucho mejores maestros que los aciertos. Además, las lamentaciones suelen servir de poco, a lo sumo como desahogo, gritos con los que momentáneamente expulsar los demonios empecinados en poseernos, pero poco más, un mero alivio circunstancial. En todo caso, cuidado con convertir ese lamento, ese grito, en un perenne llanto que paralice nuestro fluir por este río al que hemos dado en llamar vida. Eso sí que sería un craso error. Yo prefiero ser de aquellos que luchan por construir algo nuevo, por hacer cosas, no limitarme al papel de mero espectador contemplativo, y ello pese a ser consciente de que cualquier propósito, incluso los más loables, puede no llegar a materializarse jamás. No sé, quizá ese sea el secreto para poder mirarnos al espejo sin miedo a que éste nos devuelva una imagen malcarada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Oye, me pregunto por qué coño te estoy contando ahora todo esto. La verdad es que nunca hasta hoy te había escrito una carta tan llena de pensamientos pseudo filosóficos. Menudo tostonazo, pensarás, y con toda la razón del mundo. Anda, perdóname, por fa…&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;C&lt;/div&gt;&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/6471908411725407952-9036788246140624999?l=mariocavara.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://mariocavara.blogspot.com/feeds/9036788246140624999/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=6471908411725407952&amp;postID=9036788246140624999' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6471908411725407952/posts/default/9036788246140624999'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/6471908411725407952/posts/default/9036788246140624999'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://mariocavara.blogspot.com/2010/08/carta-una-bruja-8.html' title='CARTA A UNA BRUJA (8)'/><author><name>Cavaradossi</name><uri>http://www.blogger.com/profile/14443118431487622201</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='32' src='http://3.bp.blogspot.com/_CBxi0fhKeVI/TCKRKeEJe6I/AAAAAAAAAHY/e5I_0pgqlFg/S220/1.JPG'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_CBxi0fhKeVI/TFc1R5kBADI/AAAAAAAAAIA/8uB6F9Hq7EQ/s72-c/bruja.bmp' height='72' width='72'/><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-6471908411725407952.post-5230115799547121992</id><published>2010-07-13T15:10:00.000-07:00</published><updated>2010-07-13T15:18:27.223-07:00</updated><title type='text'>EL ROSTRO DEL PIRATA</title><content type='html'>&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/_CBxi0fhKeVI/TDzmHggRcpI/AAAAAAAAAH4/DPo8uzoZ3nQ/s1600/pirata.jpg"&gt;&lt;img style="MARGIN: 0px 10px 10px 0px; WIDTH: 200px; FLOAT: left; HEIGHT: 169px; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5493518662143931026" border="0" alt="" src="http://2.bp.blogspot.com/_CBxi0fhKeVI/TDzmHggRcpI/AAAAAAAAAH4/DPo8uzoZ3nQ/s200/pirata.jpg" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Desde poniente, el sol del trópico descargaba sus rayos como dorados sablazos, sofocando los cuerpos y minando con crueldad el ánimo de hombres y bestias; algunas gaviotas se dejaban caer en picado sobre la mar en busca de un fresco consuelo para tan flagelante ardentía, su revoleteo era por otro lado anuncio de la proximidad de tierra firme; y también los fondos coralinos, que teñían el agua de una tonalidad esmeralda, daban aviso de un propincuo fin del caribeño ponto, sobre cuyas olas no obstante, navegando a sotavento, iba deslizándose graciosamente, como si en realidad danzara sobre la líquida superficie, la fragata Santa Isabel, tendidas al viento todas sus velas. En cubierta una continua y agitada actividad testimoniaba el cercano devenir de importantes acontecimientos, la tripulación se afanaba duramente en sus diversos cometidos, espoleada por estentóreas voces que hendían el aire con órdenes, blasfemias y juramentos de la más variopinta índole, entrecruzados todos ellos en lo que venía a ser un desquiciado pandemonium; una singular inquietud parecía flotar en el ambiente, coloreando de ciertos tintes de ansiedad el semblante de aquellos hombres bizarros y curtidos, sobre cuyos torsos, desnudos en su mayoría, el sudor trazaba untuosos surcos, y de entre todos ellos parecían ser los artilleros quienes acaparaban la mayor parte de ese alocado tráfago, dejando reflejar su alteración aun mientras con mimo aplicaban los escobillones en la limpieza de las sesenta y seis carronadas de la nave, soberbias piezas de bruñido acero donde reverberaba la luz del sol. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Es en medio de toda esa batahola marinera cuando una escotilla se abre bajo el puente y de ella asoma un rostro atezado y de rasgos severos, abrupto rostro dotado de una expresión torva que no consiguen suavizar los ojos color endrino y sí recrudecer la brutal cicatriz, producto de una antigua cuchillada, que le cruza el mentón derecho, y siguiendo a esa cara angulosa y llena de fiereza, unida a ella por un cuello poblado de venas, aparece en cubierta la figura alta y enjuta, en parte estevada por el hábito ecuestre, del inglés Jack Turn, eximio capitán de la Santa Isabel. Son muy pocos, sin embargo, los que le conocen por ese nombre, pues para todo el mundo, incluida su propia tripulación, sigue siendo el temible Seisdedos, su nombre de guerra de antaño, cuando aún era un filibustero con patente de corso inglesa y sembraba el terror por todo el Caribe al mando de su carabela. Aquel apodo por el que era conocido obedecía a una deformidad de nacimiento que hizo que su mano izquierda contase con seis apéndices en lugar de los cinco habituales. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;El inglés lleva al cinto dos grandes pistolones y el sable sujeto por un tahalí de verde damasco, va tocado con un sombrero empenachado y embutido en una casaca roja de botones dorados que le confiere un cierto aire de bogavante; en su mano deforme conduce un látigo de ebúrneo mango y correa de cuero trenzado, la fusta con que suele azotar a la tripulación cuando ésta se muestra revoltosa o indolente. Sin embargo, en esta ocasión el truculento artefacto no va a restallar, al menos de momento, sobre las espaldas desnudas de los marineros, ya que el capitán, tras acercarse a la batayola, lo deja reposar sobre el hombro derecho y toma de manos de su contramaestre un catalejo para otear el horizonte, allá donde la tierra firme aparece ya como una franja purpúrea y los azules de mar y cielo se confunden en la pupila. La sonrisa que dibujan entonces los labios del capitán no obedece empero a este panorama aterciopelado, cuya belleza le pasa desapercibida, sino al hecho de columbrar, ¡por fin!, nítidamente perfilado en la distancia, el pabellón de la calavera blanca sobre fondo negro ondeando en el palo de mesana de la Hurricane, que navega en dirección a la costa. Un vigía apostado en la gavia había poco antes divisado la presa y hecho sonar la voz de alerta. Ahora sus propios ojos confirman la esperada nueva, y mientras ofrece su triunfal sonrisa a un auditorio de invisibles espectros, se relame pensando que pronto hundirá aquel bergantín en el océano y con él a su aborrecido capitán, aquel a quien todos llaman Fantasma. Su sed de venganza se verá de ese modo saciada y él podrá poner así fin a una pesadilla que ya se prolonga dos años, dos largos años en los que no ha hecho otra cosa que destilar odio y atravesar los mares en una persecución embrutecida. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;- &lt;em&gt;Ya te tengo, mal nacido&lt;/em&gt; –murmuró en lo que apenas era un susurro, para acto seguido, extrayendo de su garganta una potente voz de trueno con la que arengar a sus hombres &lt;em&gt;–¡Todos a sus puestos y preparados para el combate! ¡Quiero que antes de que el sol se ponga, ese cascarón y los malditos carroñeros que lo tripulan estén en el fondo del mar haciendo compañía a los peces!&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Años atrás, Seisdedos era uno de los piratas más temidos en todo el Caribe, había saqueado y hundido un sinfín de galeones españoles y su perversidad no parecía conocer límite alguno. Decía en este sentido su leyenda que cuando lograba capturar un barco enemigo, quienes de sus adversarios perecían en el choque eran en realidad los más afortunados, toda vez que el resto, aquellos infelices que sobrevivían al pugnaz encuentro, estaban ineluctablemente condenados a padecer toda su sevicia. De él se contaban auténticas atrocidades, como que se complacía manteniendo a sus prisioneros días y noches enteras suspendidos de los mástiles por los pulgares, hasta que, tras una larga agonía, morían de sed o de asfixia; o que gustaba de abrir sus entrañas a cuchilladas para luego elaborar macabras correas con las tripas, o también que asaba a fuego lento a sus víctimas y después se las comía en pantagruélicos festines de caníbal. Pese a todo, la mayor parte de estos espeluznantes registros no se correspondían con la realidad, y aunque era cierto que la misericordia no se hallaba entre sus cualidades más señeras y que rara vez aplicaba razones humanitarias al tratar con sus enemigos, también lo era que apreciaba sinceramente el valor y la audacia ajenas, en base sobre todo a su propia idiosincrasia valerosa y audaz, y que, por eso mismo, no gustaba de ensañarse con los vencidos que habían demostrado arrojo en la batalla, ni aun siquiera con los cobardes y medrosos, y a todos ellos solía aplicarles un mismo e invariable castigo: arrojarlos por la borda atados de pies y manos, al más puro estilo corsario, para que bajo la undosa superficie azul su último hálito dieran; pero sin recrearse casi nunca en crueldades gratuitas. Eso sí, tampoco hacía esfuerzo alguno para desmentir ese apócrifo mito de hombre nefario y desalmado construido en torno a su persona, no en vano servíale de gran ayuda a la hora de afrontar a sus contrincantes, quienes, sin duda influenciados por tanta fábula hiperbolizada, quedaban ante su sola presencia poco menos que paralizados, poseídos de un terror visceral que impedía dotar de la necesaria coherencia a sus órdenes y movimientos en la refriega, de tal suerte que aquel marasmo bastaba por sí solo y casi siempre para que antes de empezar la lucha ya saliesen derrotados. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Sin embargo, y para general asombro, cuando mayor era la nombradía alcanzada por Seisdedos, éste abandonó la protección de la corona británica, que hasta entonces había patentado todas sus correrías, y se alió con la española, a la que ofrendó su barco, tripulación incluida (que fue sin fórmula de juicio ahorcada en la arboladura de aquél), a cambio de dos únicas concesiones: el indulto personal para él y el mando de una fragata con la que guerrear contra los miembros de su antiguo sindicato del saqueo y la rapiña. Nadie supo jamás la causa real de esta defección, pese a que la opinión generalizada la atribuía erróneamente a la codicia que despertara en Seisdedos el dinero ofrecido por los españoles; en toco caso, su traición y el hecho de transformarse en un azote para ellos, acabaron convirtiéndolo en el ente más odiado entre corsarios, bucaneros, piratas y filibusteros de todos los mares del Sur. A él, no obstante, esta ojeriza de sus antiguos correligionarios le traía totalmente sin cuidado, lo importante era que capitaneaba una de las fragatas mejor dotadas de la flota española, treinta y tres cañones a babor y otros treinta y tres a estribor, suficientes para llevar a cabo el objetivo que en su magín se marcara, que no era otro que hacer que la Hurricane y su odiado capitán se reuniesen en lo más profundo del piélago con las huestes de Neptuno.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De pretender indagar la verdadera génesis de tan insólita metamorfosis, hay que empezar por retroceder en el tiempo, más de dos años, y ubicarse luego en un concreto espacio, la isla Tortuga, uno de esos inexpugnables parajes que servían de refugio a la piratería tras las luengas jornadas de mar y brega que componían su ordinario devenir, templo de asueto y desenfreno, madriguera de piratas donde éstos sostenían desaforadas saturnales en las que el ron, el sexo y las apuestas revestidas de baladronadas y juramentos, alegraban la existencia de aquellos hombres duros y curtidos por el sol de mil océanos. En esa solitaria isla, como también en muchas otras de las que salpicaban el trópico, estos reyes del pillaje y sempiternos súbditos de la mar se abandonaban día y noche a la anárquica férula de sus propios instintos, a cuya soberana jurisdicción sometíanse con ardoroso deleite; allí podían beber sin recato alguno, apostar como botarates, blasfemar hasta perder la voz en sus imprecaciones, danzar hasta quedar exhaustos, aullar como lobos, reír como dementes..., y hasta fornicar con las antillanas sobre el propio suelo terroso de la taberna de turno, sin ningún pudor, en el seno de una bullaranga estrepitosa y envueltos por una atmósfera anegada de vapores de ron y vino, la más apropiada sin duda para el desenvolvimiento y solaz de aquella cáfila de rufianes. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Por aquel tiempo era bastante usual toparse con Seisdedos y sus hombres en Isla Tortuga, participando de esas parrandas inacabables con las que los piratas se solían obsequiar en su incombustible ansia por hacer rápido despilfarro del botín ganado, sabedores de que para ello el día de mañana era algo muy incierto y que en la otra vida, de haberla, nadie podría ya redimirles de su condición de réprobos. Ese era su estilo de vida, el que Seisdedos había aceptado de buena gana y al que habría sido fiel hasta la muerte de no haber conocido, precisamente en uno de esos días de jarana, a Jazmín. Seisdedos estaba sentado a una mesa de viejo roble con dos de sus compinches, jugando naipes y bebiendo guarapo fermentado, cuando la vio por primera vez. Era una mujer joven, posiblemente de no más de veintidós primaveras, de piel mórbida y formas ondulantes, una mujer cuya belleza de adolescente florecía como los narcisos en los parterres versallescos. El fiero pirata la miró y quedó al instante hipnotizado por aquellos ojos que coruscaban como dos aljófares y que le envolvieron en su mirada azul. Nunca antes la había visto por allí, su cabello bermejo, corto como el de un hombre, y el tono albo de su piel, contrastaban con las brunas guedejas y la atezada epidermis de las féminas que por esos lares menudeaban; pero a nadie quiso preguntar por su procedencia, simplemente se levantó de su asiento y con paso vacilante se aproximó a ella, cautivo en sus ojos, fascinado ante la mirífica visión que a los suyos se ofrecía, aturdido como nunca recordaba haberlo estado, y al momento preso del embrujo que en su alma suscitó la sonrisa que los labios de la efeba, finos y rosados, le ofrecieron de improviso, una sonrisa dulce y sensual al mismo tiempo, inocente y provocativa, sutil y enigmática, la seducción hecha sonrisa, y mientras sus acolchadas piernas le iban conduciendo hacia ella, el hasta entonces terror de los mares fue consciente de que cada uno de esos pasos estaba siendo heraldo del inminente fin de sus días como lobo solitario, pues, de sobra lo sabía, ya nunca podría sustraerse al influjo de aquella hembra de rostro angelical y dientes blancos como el marfil. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Seisdedos siempre fue, dicho sea dentro de un estricto plano emocional, un hombre ríspido y en extremo frío, alguien insensible al amor y, en general, a toda clase de sentimiento afectivo, dotado de una displicente naturaleza que de antemano le predisponía a reprimir cualquier muestra de ternura o de cariño, vocablos estos que, por otra parte, no eran a su juicio sino meros eufemismos con los que designar una encubierta y más que peligrosa debilidad. Pocas eran en verdad las personas a las que, siquiera en restringidas ocasiones, manifestó alguna clase de apego, con la excepción si acaso de su hermano menor, quien durante tres largos años compartió a su lado la aventura pirata, ocupando en su carabela el rango de primer lugarteniente, tan sólo por debajo en el organigrama jerárquico del propio Seisdedos; fue este hermano el único que logró extraer de su seca coraza alguna que otra gota de afecto, frente a él por lo menos se hacían más anómalas las ocasiones en que sacaba a relucir su en otro caso habitual rudeza, e incluso de vez en cuando se dejaba sorprender en originales plantes de amabilidad o simpatía. Sin embargo, este vínculo consanguíneo vino a romperse el día en que el menor de los Turn desapareció en Maracaibo sin dejar huella, salvo una escueta nota dirigida a su hermano y capitán donde le explicaba que se sentía hastiado de morar a su sombra y decidido a abrir por su cuenta nuevos horizontes, para terminar suplicándole que se abstuviera de acudir en su búsqueda. Nada más volvió a saberse de él, hubo quien dijo que, cansado de su existencia ambulante, intentó echar raíces tierra adentro, lo más alejado posible de todo cuanto oliese a mar; otros, en cambio, que acabó enrolándose en un barco mercante que traficaba con esclavos africanos, y hasta quien afirmaba que murió en la India consumido por el cólera. Seisdedos se negó en redondo a hablar más de aquel hermano que de forma tan intempestiva le abandonara, incluso prohibió que se mencionase su nombre en presencia suya; para él no era más que un repugnante desertor que a todos los efectos había muerto ese aciago día en Maracaibo, por lo que se propuso borrarle para siempre de su memoria, y a fe que lo consiguió, si bien no pudo evitar que como resabio de aquel desengaño le quedase una agria secuela en el carácter, volviéndose todavía mucho más desabrido y hosco de lo que de por sí era.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;En cuanto a sus tratos con el sexo opuesto, éstos se habían limitado, hasta aquel glorioso día en que conoció a Jazmín, a circunstanciales aproximaciones a prostitutas u otras mujeres de muslo fácil, amores de paso que, una vez remunerados, a nada más obligaban, pues nacían y morían libres de cualquier tipo de compromiso o atadura ética, tan sólo en definitiva furtivos encuentros con los que burlar a los demonios de la soledad y apaciguar la picazón que en las carnes de los de su oficio provocaban esos dilatados períodos de obligada continencia oceánica. Prefería además que sus ocasionales compañeras de lecho poseyesen un físico anodino y, por así decirlo, mediocre, o al menos que no fuesen de una belleza arrebatadora, inclinación ésta que obedecía no a una peripatética atrofia de sus apetencias carnales o a irregulares trastornos de anafrodisia, sino más bien a sopesadas razones de prudencia, ya que sentía una desconfianza sistemática hacia las hembras demasiado atractivas, de las que acostumbraba a huir como si de crótalos se tratara, fiel a la vieja advertencia de que las palabras de una doncella hermosa pueden, al tiempo que acarician el oído, embaucar el entendimiento. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;No obstante, esa mujer en concreto, la más bella que jamás viese y de la que no llegó a conocer siquiera su verdadero nombre (ella se limitó a rogarle que la llamase Jazmín, por asegurar ser ésta su flor predilecta), consiguió desbastar su hierática naturaleza y avivó en él el fuego de una pasión incombustible, un fuego que desde el primer beso que sus labios intercambiaron supo que ya nunca habría de apagarse. Este férvido sentimiento produjo en el organismo del bucanero perturbaciones químicas de lo más alienantes, a veces su espíritu se sentía sosegado y sereno como un mar en calma, libre de toda inquietud, engullido por la felicidad sin restricciones que la presencia a su lado de Jazmín le concedía, lejos quedaban entonces las ansiedades propias de su situación de proscrito, en precario equilibrio sobre el buido borde de una doble condición de depredador insaciable y posible presa de quienes a su cabeza precio habían puesto, lejos también su temperamento atrabiliario y huraño, sustituido por la dócil bisoñez de una renacida y nunca antes gozada primera juventud, lejos su habitual impaciencia, su perenne desazón, sus recelos hacia todo aquello que le rodeaba; pero otras veces le sobrevenía una angustia que deparaba en su pecho una opresión brutal, como si cien alfanas salvajes se hubiesen puesto repentinamente a galopar dentro de él, enloquecidas, piafando nerviosas sobre sus órganos internos hasta hacerle perder la respiración, machucándole el alma con sus acerados cascos, y entonces se sentía sobrecogido y pusilánime, como el corito infante que, trémulo, emite su primer vagido, asolado el ánimo por una debilidad extrema; constituían estos últimos los momentos en que su cerebro era atacado por la idea de que esa dicha que estaba gozando había ya nacido con el indeleble estigma de la transitoriedad, de lo imposible, de lo efímero e imperdurable, condenada a perecer bajo el peso de sus propias circunstancias de hombre nómada y sin futuro previsible, hombre en suma horro de raíces donde fincar estabilidad alguna. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Deslizándose entre estos dos ciclos contradictorios, aunque con general prevalencia del primero sobre el segundo, su romance en Isla Tortuga se prolongó durante siete semanas, siete semanas durante las que Seisdedos dejó de emborracharse con guarapo y ron para hacerlo de la ambrosía que su inmarcesible flor destilaba; siete semanas durante las que dejó de ahogarse con el aire tórrido de la isla para insuflar sus pulmones del tibio aroma que ella desprendía, vaharadas de estimulantes fragancias difícilmente reproducibles con la mera ayuda de palabras, envolventes y cálidas, eso sí, como el regazo de una madre, dulces y exquisitas como la propia miel; siete semanas, en suma, durante las que abandonó los juegos de azar para dedicarse en exclusiva al voluptuoso juego de una pasión encarnizada. Sus hombres, hartos de la, para ellos, ilógica prolongación de su estancia en la isla, ansiosos por volver a entrar cuanto antes en acción y, sobre todo, preocupados por los extraños cambios que día a día iban observando en su jefe, le conminaban una y otra vez a echarse a la mar, aduciendo que allí perdían el tiempo sin hacer nada de provecho, que sus músculos se estaban entumeciendo por la inactividad mientras otros corsarios estarían a buen seguro cobrando unos botines que por derecho propio les debería haber correspondido a ellos; pero él les daba largas, se hacía el remolón y aplazaba invariablemente la partida, a veces sirviéndose de pueriles excusas que a nadie convencían, otras, las más, sin dar explicación alguna a su empecinamiento, salvo la dictatorial de «aquí mando yo y se hace lo que yo digo». Lo cierto era que Seisdedos no podía asumir la idea de abandonar aquel edén, tenía el oscuro presentimiento de que si se iba ahora, no encontraría a Jazmín a su regreso, y por esa razón quería seguir el mayor tiempo posible junto a ella, disfrutar al máximo de aquel empíreo sueño antes de verse forzado a despertar, y también quería saber todo lo concerniente a ella, todo, hasta el último detalle de su vida, si bien en ese concreto punto nunca fueron sus deseos enteramente satisfechos, ya que Jazmín, pese a tan porfiada insistencia por su parte, se mostró siempre esquiva a la hora de desvelar pormenores referidos a su propia biografía. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;- &lt;em&gt;Pero, dime, ¿quién eres en realidad? ¿Cuál es tu verdadero nombre?&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;- &lt;em&gt;Ya te he dicho que me llames Jazmín, ¿acaso no te basta?&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;- &lt;em&gt;¿Y de dónde vienes?&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;- &lt;em&gt;¡Qué importa de dónde vengo! Lo que importa es dónde estoy ahora, en este preciso instante, y estoy aquí, contigo.&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;- &lt;em&gt;Sí, sí, sí&lt;/em&gt; –convenía él, sin poder reprimir un cierto enojo–, &lt;em&gt;pero yo quiero saber.&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;- &lt;em&gt;Saber suele a menudo empeorar las cosas&lt;/em&gt; –replicaba ella, dibujando sus labios una sensual sonrisa con la que siempre lograba desarmarle–. &lt;em&gt;¿No lo crees tú así?&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;- &lt;em&gt;Es posible que sea como dices; pero yo no puedo evitarlo, necesito saberlo todo de ti.&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;- &lt;em&gt;Confundes necesidad con mera curiosidad, como todos los hombres, pero lo cierto es que ya sabes de mí todo cuanto debes saber, lo más importante.... Anda, vive el momento, disfrútalo, y no te atormentes con cosas que a fin y al cabo no merecen la pena. &lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;em&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;Y así una, otra y otra vez se iba repitiendo la misma escena, a las anhelantes preguntas de él seguían, de modo invariable, idénticas reticencias y similares argumentos por parte de ella, en un desigual pulso donde el subrepticio celo de la joven terminaba siempre por imponerse, para desaliento y disgusto del sufrido pirata.&lt;br /&gt;Finalmente, Seisdedos no tuvo otro remedio que ceder a los obstinados apremios de sus hombres, cuyo descontento amenazaba con desembocar en motín de un momento a otro, y se hizo de nuevo a la mar en busca de fortuna, si bien, antes de dejar la isla hizo a su amada la promesa de que pronto regresaría cargado del oro necesario para iniciar juntos una nueva andadura libre de privaciones e infortunios, sin que entonces nada ni nadie pudiera ya separarlos. Se despidieron sobre la misma arena de la playa, fundidos en un candente abrazo que hubiesen deseado fuera eterno, ajenos a todo cuanto en ese instante les rodeaba, al griterío de la tripulación que, jubilosa de retornar a sus errantes derroteros, se ocupaba entretanto del alistamiento de los botes, al atiplado canto de las gaviotas sobre sus cabezas, a los bufidos de la ventisca azotando inmisericorde sus rostros, al empuje de las olas que en la orilla sucumbían furiosas a sus pies, a todo salvo al lacerante dolor de aquel adiós obligado... Ni un solo día de los más de dos años transcurridos desde entonces pudo Seisdedos dejar de maldecirse por su insensata actitud al haber consentido que ella quedase en tierra aquella infausta mañana, abandonada a su suerte en esa maldita isla poblada de carroñeros de la peor jaez; la conciencia le iba a quedar para siempre marcada por los afilados cantos de un remordimiento atroz, y ya nunca, por muy dilatada que pudiera llegar a ser su existencia, podría perdonarse el error cometido al no haberla embarcado consigo, desatendiendo así, con una incuria rayana en la demencia, aquel terrible mensaje que en forma de presagio llevaba incrustado en el alma. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Sí, porque cuando, tras una singladura de varios meses, Seisdedos retornó a Isla Tortuga llevando a bordo de su nave el fruto de seis galeones españoles hundidos, su idolatrada ninfa ya no estaba allí para recibirlo. Entonces todo el peso del mundo se le vino encima, el regocijo que sintiera tras divisar por fin la escarpada costa se transformó al instante en un abatimiento pesado como el plomo y amargo como la hiel, y poco después ese mismo abatimiento en atropellada locura y luctuosa impotencia. El dolor padecido cuando perdió a su hermano no fue más que una molesta escocedura comparado con el que sintió al no encontrarla a ella. La buscó con la diligencia de un insecto y la desesperación de un condenado, sin que quedase en toda la isla intersticio, por muy recóndito que fuera, donde no alcanzase el frenesí de su búsqueda, rincón que sus pies no hollaran, puerta que no golpeasen sus manos ni dirección hacia la que no se abrieran sus ojos..., en un descomunal quehacer que a la postre no obtuvo retribución alguna. Preguntó por ella a todo el mundo, ofreció recompensas, imploró y deprecó por cualquier información que le pusiera sobre la pista de su paradero, mas sólo pudo cosechar ambiguas conjeturas, suposiciones vagas cuyo apoyo no era otro que el de rumores carentes de cualquier fundamento sólido, nadie parecía saber a ciencia cierta dónde estaba Jazmín ni qué podía haberle sucedido, como si en realidad la tierra se la hubiese tragado. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;No obstante, de entre todos esos imprecisos rumores había uno que gozaba de mayor crédito entre la parroquia isleña y que poco a poco fue imponiéndose sobre las demás habladurías, y este rumor apuntaba a que fue Fantasma, bucanero de reciente cuño, quien había secuestrado a la muchacha y, una vez ahíto sexualmente de ella, la había degollado y arrojado al mar su exangüe cadáver para que fuese pasto de los tiburones. Esta presunción se sustentaba en el hecho de que, previamente a que se evaporase Jazmín de la isla, había atracado en esta la Hurricane, siendo poco después algunos de sus tripulantes sorprendidos en sospechosos conciliábulos con aquélla, y que cuando, días más tarde, levó de nuevo anclas la nave, de la bella joven ya no quedaba ni el menor rastro. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Mas ¿quién era realidad ese hombre al que todos parecían distinguir como autor de semejante crimen? No resultaba fácil, desde luego, responder a esta pregunta, habida cuenta qu
