sábado, 11 de junio de 2016

RENACIMIENTO


     
      Desperté con una sensación de náusea que se tradujo en vértigo cuando me decidí a salir de la cama. La cabeza me daba vueltas y, una vez puestos los pies sobre el suelo, los primeros pasos resultaron titubeantes y fatigosos, como si en lugar de por un pavimento liso, estuviese escalando el Everest. No me alarmé en cualquier caso, ya que después de todo llevaba muchos días enfermo, batallando contra un extraño virus que, según decían los médicos, había socavado gran parte de mi sistema inmunológico, por lo que era de todo punto normal que me hallase muy debilitado. Desde luego, no podía pretender sentirme rebosante de energía sólo por haberme atrevido a abandonar el lecho. 
 
           Sí que me pareció curioso, en cambio, que apenas unos segundos después, luego de detenerme un momento para aspirar una serie de profundas bocanadas de aire, hubieran desaparecido por entero aquellos síntomas y por ende toda sensación de malestar, como si nunca hubiese existido, y me notara en plenitud de forma, ágil y etéreo como una nube. Aquello sí que resultaba de todo punto anómalo, pues no en vano ayer mismo me había acostado con cuarenta de fiebre. Estaba claro que la noche había evaporado la calentura, pero, aun sin fiebre, debería encontrarme muy débil, tal y como anunciaban además esas náuseas y esos primeros pasos inseguros que prosiguieron a mi despertar y que de súbito habían, sin embargo, desaparecido. El caso era que me sentía estupendamente, sin rastro de todo el arsenal de molestias que desde semanas atrás me vinieran aquejando. Fuera como fuese, tampoco iba a perder más tiempo en plantearme el porqué de esta repentina recuperación de la salud, más bien se imponía disfrutarlo y agradecer que, luego de tanto sufrimiento, por fin pudiera estar restablecido.
 
           Me sentía tan bien que sopesé la posibilidad de llamar a mis amigos para esa misma mañana quedar con ellos a disputar un partido de fútbol, nuestra afición favorita. ¿No sería, sin embargo, demasiado temerario por mi parte? ¿Podría hacerlo? Flexioné mis extremidades y me di cuenta que estas respondían a la perfección, sin ninguna clase de dolor o calambre. ¡Si me lo proponía, sería capaz, claro que sí! ¡Ay, cómo añoraba volver a compartir momentos lúdicos con mis amigos, correr por la playa, perseguir a las muchachas, patear el balón en la cancha…, tal y como veníamos  haciendo desde hacía años! Llevaba tantas semanas arrastrando esta maldita enfermedad que todo aquello me parecía ya algo lejano, perteneciente a un pasado prehistórico. No podía creer que por fin la pesadilla hubiese remitido. Parecía increíble. Pero era cierto: me tocaba y nada me dolía, ni rastro de fiebre en mi organismo, mi visión era nítida, las piernas se movían ágiles, no sentía fatiga alguna y los músculos los percibía fuertes y dispuestos a trabajar. ¡Era como experimentar un renacimiento!
 
           Me vestí deprisa, dispuesto antes que nada a dar la buena nueva a mis padres, para así aliviar la tristeza y preocupación en que estaban sumidos desde que cayera enfermo. Se llevarían una alegría inmensa cuando me viesen tan recuperado; pensé de hecho en la cara que pondría mi madre al verme de pie y sin una décima de fiebre; sonreí al imaginarlo.
 
           Los llamé a voces desde mi habitación, pero nadie respondió a tales llamadas, por lo que decidí ser yo quien fuera a buscarlos. Probablemente estarían en la cocina, lo más seguro que con la radio o el reproductor de cd puesto a excesivo volumen, de ahí que no me oyesen. Pasé, no obstante, previamente por su dormitorio, que me pillaba de paso, por si estaban todavía acostados, lo que, aun no muy habitual en ellos, madrugadores por excelencia, podría ser posible teniendo en cuenta que era sábado. Pero no, no estaban allí, así que volví a llamarlos una vez más, de nuevo sin respuesta. Me asomé entonces a la ventana y comprobé que había gente llamando al portal de casa. No los reconocí en un principio, ya que mi ángulo de visión estaba obstruido por una cornisa que me impedía apreciar bien sus rostros, pero al poco vi que alguien abría la puerta y salía a recibirlos: era mi madre, que al abrazarse con los recién llegados los extrajo de las sombras para de este modo permitirme reconocer en ellos a mis tíos, cuyas caras podía al fin distinguir. Me sorprendió en cualquier caso tanta efusividad.
 
           Me dispuse entonces a bajar para anunciarles que me encontraba bien e iría en busca de mis amigos para organizar un partido de fútbol. Se sorprenderían de lo primero y lo más probable era que no me permitiesen lo segundo, alegando que, por muy bien que creyera encontrarme, todavía tenía que guardar reposo, tal y como habían prescrito los médicos. Pero yo insistiría y con palabras y hechos les demostraría que nada había que temer, que me sentía mejor que nunca en mi vida y que quería disfrutar del soleado día haciendo aquello que más me gustaba.
 
           A medida que descendía por las escaleras de caracol que conectan las dos plantas de mi vivienda, me iba percatando de que en el salón principal había mucha gente congregada, familiares, amigos y vecinos en su mayoría, lo cual no dejó de extrañarme muchísimo. Me preguntaba a cuento de qué tantas visitas una mañana de sábado como aquélla. Saludé al llegar, pero nadie me devolvió el saludo, todo el mundo parecía ir a lo suyo, agrupados en pequeños corrillos donde se tejían conversaciones cuyo contenido no acababa yo de captar. Algunos tenían los ojos enrojecidos y húmedos, como de haber llorado. ¿Qué estaba sucediendo? Desconcertado ante esta anómala invasión del hogar, me dirigí a donde estaba mi padre y, desplegando una tímida sonrisa, le di los buenos días…. Pero, incomprensiblemente, tampoco éste, sumido en un silencio de mármol, me contestó. De hecho, actuaba como si no me viera. ¡Nadie en realidad parecía verme! Cada vez más nervioso, comencé a moverme entre la gente para llamar la atención, pero nadie reparaba en mí, como si de verdad fuese invisible. Era de lo más inquietante. Corrí entonces hacia mi madre, que en esos momentos entraba en el salón del brazo de mi tía, anhelante de percibir el consuelo de sus brazos ciñéndome contra ella, pero no había avanzado siquiera un par de metros cuando tropecé con algo sólido que me hizo caer de bruces contra el suelo.
 
           A trompicones y sin ayuda alguna, pues nadie se dignó echarme una mano, conseguí incorporarme de nuevo. Mi extrañeza rivalizaba a partes iguales con mi indignación, incapaz de creer que gente tan próxima a mí me estuviera tratando de una forma tan desconsiderada. ¡Tenía quince años, ya no era ningún mocoso para ser ninguneado de ese modo! Entretanto, mientras me palpaba las rodillas para comprobar que, más allá del golpe, no había sufrido ningún daño serio, mis ojos toparon con el objeto contra el que acababa de tropezar, visión que multiplicó por mil el ya de por sí notable asombro que me embargaba, pues no en vano se trataba ni más ni menos que de un féretro de madera. Tanta fue la impresión que me llevé que, alzando de nuevo los ojos, di un respingo y emití un chillido. ¿Cómo era posible que en el salón de mi casa hubiese un ataúd? ¿Qué significaba aquello? ¿Sería algún ritual extraño? Que yo supiera, nadie había muerto.
 
           Con el miedo anudado en la garganta, me atreví a mirar de nuevo hacia la fúnebre caja de madera. Estaba abierta... Un grito de espanto brotó de mi boca cuando pude al fin distinguir su espeluznante contenido: ¡era yo mismo quien estaba dentro del féretro!...
 
            Como un rumor de pájaros, me llegó de lejos el llanto de mi madre.
 
 

3 comentarios:

Bruja Piruja dijo...

Inquietante... Turbadora pesadilla, aunque si se siente un@ tan bien después de muerto, quizás no sea tan malo morirse, jajaja

Besos Cavaradossi

Cavaradossi dijo...

Pues sí, todo dependerá de lo que nos aguarde más allá de esa última frontera :-)

Besos

María (Tay) dijo...

¿Un año llevas, amigo Cav, sin entrar en esta maravilla de blog?
Un abrazo te envío.