sábado, 7 de mayo de 2016

SILENCIO INTERNO


 
          Las arremetidas de la tristeza le llevaban a aislarse del mundo y buscar refugio en el silencio, un silencio no necesariamente referido al exterior, sino más bien un silencio interno, un silencio que por encima de todo vaciase de murmullos su propia mente, un silencio a través del cual depurar todo pensamiento nocivo, toda nostalgia perniciosa, para finalmente, como último eslabón del proceso, crear desde su propia esencia muda una melodía, la melodía del silencio, que sirviese de escudo frente a esa tristeza que con tanta saña le acometiera.

           Un baño caliente venía a ser el marco más apropiado para alcanzar esta liberación. Las palpitaciones del corazón se sosegaban y los cálidos vapores que subían desde el agua inflamaban sus pulmones con renovado oxígeno. La música interna se extendía a través del sistema nervioso, mansamente, con sérica delicadeza, y entre las ruinas del alma iba conformándose una tierra de nadie flanqueada por muros ante los que retrocedían las implacables huestes de la tristeza, una especie de limbo donde el espíritu podía durante un breve intervalo de tiempo flotar en paz, del mismo modo que el cuerpo flotaba indolente sobre el agua tibia.

           El silencio, el calor, el nebuloso vaho, la quietud del agua, venían a configurar un veneno dulce que se introducía por la piel para rescatar sensaciones ya olvidadas, caricias que traían aromas de amores pasados, de días donde vivir no requería de coartadas, sino que merecía la pena en sí mismo, donde unos ojos podían ser cárcel y paraíso al propio tiempo, donde el ánimo se mostraba exultante ante un mundo que abría a cada instante puertas desde las que acceder a escenarios en los que bullía un infinito de posibilidades promisorias. Eran días de gloria, de energía exuberante, de ilusiones, de sentimientos que se desbordaban como cataratas… Eran días de felicidad y sueños.

           No quería, sin embargo, recordar, sólo recuperar las sensaciones perdidas, aunque tuviera que valerse para ello de impostados sustitutos. Recordar hería. Los recuerdos eran minas que el tiempo dejaba prendidas en la memoria para que con la evocación estallasen y amplificar de este modo el daño que de por sí había hecho con su paso. El tiempo ya le había lastimado bastante cuando, fiel a su costumbre de deslucir la belleza en su unidireccional avance, se encargó de malograr todos sus sueños, desparramados uno tras otro en los taludes que se alzaban a lo largo del camino; los amores se marchitaron como rosas en invierno, los escenarios tornáronse sombríos, estériles páramos donde nada podía ya crecer, el mundo se hizo pequeño y vil, la felicidad se fue alejando para dejar paso a su gran rival, la tristeza, la cual, sin nada que frenase su implacable ascenso, fue colonizando su alma hasta encastillarse definitivamente en ella.

           No, no quería recordar, sólo deseaba sentir, recuperar sensaciones a través de sucedáneos: un baño caliente, un momento de relax, el silencio… Sabía de sobra que entre el ayer y el hoy había surgido una brecha ya de todo punto insalvable: en el lado del ayer quedaron las risas, las alegrías, el amor…, perdidos para siempre; en el del hoy sólo había tristeza y soledad.

             Su realidad tiende a ser agónica, tanto que no son pocos los momentos en que, aterrorizado por una angustia insoportable, quisiera gritar hasta desgarrarse la garganta, un último grito que destruyese el abismo como paso previo a la llegada de la muerte, el ángel que lo liberaría para siempre de esa pesadumbre. Sabe que algún día así será y que posiblemente sea su propia mano la que traiga de la suya al ángel liberador. Pero hasta tanto el valor para hacerlo le llegue, termina una y otra vez refugiándose en el silencio aletargante. El cuerpo laso se libera del pensamiento y sólo así puede por un momento descargar el peso del fracaso de una vida que, como lo hará en breve el agua de la bañera, se perdió por el desagüe de los desengaños.


 

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