sábado, 23 de abril de 2016

TU PRESENCIA

 
 
 
 
 
 
 
 
 
Para sosegar las ansiedades de mis manos.
Para amortiguar los latidos de este corazón salvaje.
Para iluminar mis ojos con un chispeante brillo.
Me basta con tu presencia, sólo a ti te necesito.
 
Para incrementar los ardores de la sangre.
Para transmitir los anhelos de mi rutilante alma.
Para desplegar toneladas de optimismo.
Con tu presencia me basta, sólo de ti yo preciso.
 
Para de la voluntad hacer una irresistible arma.
Para columpios urdir en la punta de una estrella.
Para el ánimo extender y llevarlo al infinito.
Tu presencia vital es, junto a mí te necesito.
 
Porque tu presencia es vida.
Porque tú eres la más bella.
Porque sin ti me marchito.
Porque es en ti donde he puesto
Mi ilusión, sueños y metas.
 

sábado, 2 de abril de 2016

DOS HERMANAS


 
          Las dos hermanas avanzaban despacio a lo largo del polvoriento pasaje que las conducía de vuelta a casa, sumida cada una de ellas en unos pensamientos que, pese a tener idéntico denominador común, diferían bastante en sus matices. Huellas de carros acanalaban profundamente el camino, semejantes en cierto modo a los surcos que cruzaban la frente de las caminantes, signos de un marchitamiento que más tenía que ver con los flagelos del alma que con la edad del cuerpo. Ellas regresaban del cementerio, visita que juntas llevaban a cabo todos los domingos, sin faltar ninguno, desde que la muerte les arrebatase a quien fuera su compartida fuente de amor. El calor era sofocante esa mañana, un calor que abrasaba los cuerpos y que hacía que a través de la piel los chorros de sudor fluyesen como ríos; tan solo algunos almendros aislados ofrecían algo de sombra en aquellos campos estériles sobre los que ardía el sol.

           Al entrar en el pueblo percibieron la habitual lluvia invisible de miradas cayendo sobre ellas, ojos que, ocultos tras el parapeto que ofrecían puertas y ventanas, las traspasaban con su venenosa carga de desprecio y odio. Ambas eran conscientes de ello, conocían de sobra la animosidad de sus vecinos, almas intolerantes que nunca les perdonarían la contravención de lo que ellos consideraban normas regidoras de toda decencia; pero tampoco les importaba demasiado, nulo era en realidad el efecto que este multitudinario desdén les causaba, su propio dolor interno venía a ser tan agudo que de alguna forma las había inmunizado contra cualquier otro daño que pudiese provenir de fuera, más aún del pretendido por aquella cáfila de intransigentes. Ellas viven desde hace tiempo en otro universo distinto, un universo donde los recuerdos y la nostalgia se retroalimentan entre sí para hacerlo invulnerable, a salvo de cualquier menoscabo que pudiera resultar de la incomprensión de seres ajenos a él, seres cuyo escarnio termina de este modo chocando contra la formidable coraza que recubre dicho universo hasta caer sin fuerza al abismo de lo insignificante. Continúan así las dos mujeres su avance despacioso, ajenas a esas miradas que, como cuchillos, se clavan sobre ellas; miradas emponzoñadas, henchidas de desprecio, de rabia, de reproches nunca disimulados.

           La menor de las hermanas marcha cabizbaja, perdida en el suelo la mirada y el ánimo hundido mucho más abajo aún, en los abismos de la desolación, allá donde nunca germina la esperanza. Va llorando. Las lágrimas se mezclan con el sudor para formar un compuesto salobre que empapa sus mejillas. Siempre fue la más sensible y vulnerable de las dos, también la más vital, la más ingenua, la más alegre y extrovertida, en ella los extremos siempre hallaron buen acomodo, si bien, cerrado de golpe el doble eje, sólo es ahora el del dolor el extremo que sobresale, punzante y férvido como una flecha de fuego que, sin darle tregua, le atraviesa el corazón una y otra vez. La muerte del hombre al que tanto había amado, el que la despertara a los vergeles del amor y del deseo, se  le sigue haciendo inasumible. Esa pérdida marcó un antes y un después en su vida, volteándola de tal modo que llegó incluso a pensar en el suicidio como vehículo que propiciara un reencuentro en el más allá; sólo sus convicciones religiosas hicieron de freno a esa determinación, esas mismas convicciones que, sin embargo, no lograron detenerla cuando el amor llamó a su puerta bajo trazas proscritas por el dogma, un amor que desde sus propios orígenes traía impreso el estigma del pecado.

           Las lágrimas se acentúan al recordar la génesis de ese amor prohibido, un amor contra el que opuso en principio toda la resistencia que le fue posible, renegando de él, renegando de ella misma, renegando de ese deseo inconfesable que hacía hervir su sangre y aceleraba los latidos de su corazón. Luchó con todas sus fuerzas contra las arremetidas de aquel amor ilegítimo, consciente de que no podía ser, de que se trataba del hombre de otra, de su propia hermana, de la persona que desde que murieran sus padres se había ocupado de ella con total entrega, la que la había criado, alimentado, enseñado. Nada podía haber más aborrecible que traicionar de ese modo a alguien a quien tanto debía y a quien tanto además amaba.

           Y, sin embargo, lo hizo, se abandonó a aquel poder que devoraba sus entrañas y cuya pujanza volvía inútil toda resistencia. El amor venció a la postre, como casi siempre lo hace, derrotó a la alianza que religión, prejuicios y conciencia establecieron en contra suya, se volvió huracán y derribó cuanto obstáculo halló en su camino, hasta que ella, indefensa, claudicó ante su imparable empuje… Lo amó. Lo amó con cada una de las células de su organismo. Lo amó con una devoción rayana en la idolatría. Lo amó tanto que a día de hoy está convencida de haber gastado en él todo el cupo de amor que en el reparto de emociones le fuera concedido, con lo que, así lo teme, nunca más podrá volver a amar a nadie.

           La hermana mayor no llora. Camina erguida y desafiante, altiva frente al hosco escrutinio del que sabe está siendo objeto. Siempre tuvo fama de dura, una mujer sin complejos que no se amilanaba ante nada ni nadie; “la loba” fue de hecho el apodo con el que desde adolescente la designaron en el pueblo, aludiendo con él a esa arrogancia retadora que tendía a exhibir. Pocos saben, sin embargo, que tal dureza no era muchas veces sino mera fachada, un escudo bajo el que guarecerse para no mostrar debilidad ante las adversidades que pudieran venírsele encima, consciente de que en caso contrario estas la fagocitarían sin piedad. Justo este escudo, que vendría a ser como una segunda piel en ella, es el que impide en esos momentos, mientras camina de regreso del cementerio, observar sus lágrimas, pues las vierte en silencio y por dentro, no brotan de sus ojos, sino que nacen y mueren en su interior, aunque sin ser por ello menos amargo su llanto, causado a fin de cuentas por los mismos demonios que motivan el de su hermana, ese amor malogrado que le destazó el alma y le oprime el corazón como una camisa de fuerza. Su dolor no tiene, sin embargo, reflejo externo alguno, camuflado bajo la densa carga de odio que despunta en su mirada como un fulgor deletéreo, odio hacia el destino que le arrebató lo que más amaba, odio hacia ese pueblo que se solaza en su muladar de cuchicheos, odio contra la propia vida, odio hacia sí misma. Todos sus pensamientos rezuman odio y rencor. Siente que lo ha perdido todo; los únicos restos de amor que le quedan van dirigidos hacia esa otra mujer que camina cabizbaja a su lado, su hermana pequeña.

           No hay nadie por las calles. Todo el mundo se refugia del calor, un calor que distorsiona la forma de los objetos, haciéndolos temblar como espejismos. De algunos balcones llega en vaharadas un tórrido aliento de jazmines. El pueblo espía parapetado tras las puertas de sus casas, desde las ventanas, bajo cualquier resquicio, todos a cubierto en sus madrigueras, como leprosos estragados por abscesos humeantes, atentos a los movimientos, a los gestos, a todo cuanto hacen o dejan de hacer las dos mujeres que regresan. Todos juntos componen un ente vivo distinto de la suma individual de sus componentes, un ente sañudo que respira odio y exhala desprecio. Cada uno de los elementos integrantes de esta entidad holística participa de su antipatía, del odio y desprecio colectivos, así al menos resulta deducible de las invectivas y dicterios que como ponzoñosos reptiles emergen de sus bocas, si bien, escarbando en muchos de ellos se comprueba que en el fondo lo que sienten es envidia, envidia de no haber podido nunca experimentar la dulce quemazón de aquel manto de fuego que cubrió a las dos hermanas, y enmascaran tal envidia formando parte de ese monstruo cuya inquina alimentan día tras día.

           Cautiva en su celda de nostalgias, la menor de las caminantes continúa evocando ese otro itinerario que la llevó a precipitarse en brazos de su cuñado para junto a él protagonizar una pasión febril. Piensa que quizá los acontecimientos hubiesen tomado un rumbo diferente si ella hubiese marchado a vivir fuera tras casarse su hermana, tal vez entonces la amorosa deflagración no habría llegado a estallar como lo hizo, pero las circunstancias no permitieron esa separación y, obligados los tres a habitar bajo el mismo techo, el continuo trato favoreció el despertar de unos sentimientos que terminaron por hacerse incoercibles, hasta el punto de resultar titánicos los esfuerzos que se vio obligada a hacer para controlarlos y disimularlos. No lo consiguió de hecho, puesto que él no tardó en percibir la sedición que las mesnadas del deseo estaban forjando dentro de ella, idénticas además a las que desde hacía tiempo sacudían sus propias vísceras, lo que llevó a que, aunados por un sentimiento recíproco, cedieran ambos ante su empuje sísmico.

           Se amaron con la pasión y locura propias de quienes saben que no existe un mañana definido para ellos, limitado su tiempo a un aquí y ahora donde hasta el último segundo equivalía a una eternidad bajo la que morían y resucitaban juntos, una y otra vez, muerte y resurrección confundidas en su propia esencia cuando en las lides del amor se entregaban el uno al otro, tormento y dicha aunados en aquellas batallas férvidas de la carne, unidos sus cuerpos más allá de la propia piel, como indivisos siameses, sabedores de que estaban al borde de un precipicio desde el que en cualquier momento podían caer al fondo del abismo. Era esta incertidumbre la que avivaba todavía más el fuego de su pasión, llevándoles a aprovechar cada instante que se les presentara propicio para aplacarlo, siempre a escondidas, en la clandestinidad, procurando en la medida de lo posible que la hermana y esposa no conociera esta relación adúltera.

           Sólo era cuestión de tiempo, sin embargo, que se enterase, como así sucedió en efecto. La Loba no había dado en principio excesiva importancia al nerviosismo que comenzara a detectar en los otros dos cuando estaban en presencia suya, tal vez algo de estrés, exceso de trabajo a lo mejor, quizá cierta incomodidad por la obligada convivencia, podía haber varias justificaciones para esa actitud; pero poco a poco las anomalías fueron haciéndose más numerosas y chocantes, lo que hacía difícil encontrar para ellas una explicación sensata: miradas furtivas que parecían esconder algo más que simple afecto fraternal, balbuceos y frases intermitentes que costaba amparar sólo en la mera timidez, roces mal disimulados a los que comenzaba a ser difícil achacar de continuo a la casualidad, una suma en fin de comportamientos y detalles que la llevaron a sospechar la existencia de una complicidad anómala a sus espaldas, sospechas que finalmente fueron confirmadas por sus propios ojos cuando cierta tarde que regresaba a casa antes de lo previsto los sorprendió juntos en el lecho. Su primera reacción fue de sorpresa, aunque reemplazada casi al instante por otra de ira, una furia brutal que se apoderó de todo su ser hasta cegarla por completo. Quiso de hecho matarlos a ambos, bañar en sangre su desconsuelo, y es posible que lo hubiera hecho de haber tenido en esos precisos momentos algún tipo de arma a su alcance. Por fortuna, sólo contaba con unas manos que, aunque fortalecidas por la dura faena a que de ordinario debía someterlas, carecían del vigor necesario para causar un daño profundo, de tal manera que sus caóticos golpes apenas si se tradujeron en unas pocas contusiones y arañazos sin mayor importancia. Era ella en realidad la más lastimada, una mujer herida, desengañada, rota por dentro, traicionada por las dos personas a las que más quería en el mundo.

           Él sólo pudo admitir la evidencia y expresar sin ambages la única verdad que el corazón le dictaba, cual era que amaba a las dos mujeres, a ambas por igual, sin prevalencia de una sobre la otra, lo que de por sí le conducía a un dilema que sobrepasaba por completo su capacidad de maniobra, hasta el punto de no poder elegir entre ellas. Así las cosas, lo único que podía hacer era irse de casa, evitando de ese modo los apremios de una decisión que le era imposible tomar. Pidió perdón a ambas y un par de días de plazo para ordenar sus asuntos y buscar una nueva vivienda.  

            La tensión fue brutal durante esos dos días, tres sombras que se cruzaban por los pasillos pero que no se dirigían la palabra, taciturnas, oscuras, consternadas, tres sombras separadas por un tabique hecho de silencios.

           Fueron las hermanas quienes rompieron ese silencio lacerante. Decidieron hablar entre ellas y poner todas las cartas sobre la mesa, sin embozos ni reservas que pudieran propiciar equívocos; el alma al desnudo. Ambas le amaban, eso fue lo primero que quisieron dejar patente, así como el hecho de que ninguna de ellas estaba dispuesta a renunciar a ese amor si existía la más mínima posibilidad de conservarlo. Eran conscientes, sin embargo, de que una guerra abierta entre ellas podría cobrarse al propio amor como víctima, en cuanto que el hombre que lo encarnaba se alejase para siempre de sus vidas, perdiéndolo así de un modo definitivo. Aquella posibilidad las aterraba, como asimismo dejaron claro en su mutua confesión…. Pero si la lucha fraternal podía resultar contraproducente y al propio tiempo él se mostraba incapaz de decantarse por una u otra, ¿qué alternativa les quedaba? Durante horas anduvieron moviéndose en círculo por los tremedales de la incertidumbre, sin llegar a ninguna conclusión válida, hasta que al fin comprendieron que no podían hacer otra cosa sino aceptar la pujanza de los hechos, unos hechos cuyo calado no admitía falsas escapatorias, de tal forma que sólo plegándose a ellos era posible alcanzar un acuerdo sin vencedores ni vencidos.

           Fue así como las dos hermanas convinieron en ceder juntas a los reclamos de ese sentimiento tan profundo que había crecido dentro de ellas, aceptando sobre tal base compartir al hombre que con inmarcesible semilla lo sembrara en sus respectivos corazones. Se lo propusieron así a él, haciéndole ver que lo suyo sería en el fondo una relación afectiva como cualquier otra, fundada sobre los sólidos cimientos del amor, la pasión, la tolerancia y la amistad, sólo que compuesta en este caso por tres miembros en lugar de los dos habituales; una unión donde podrían amarse sin engaños ni tapujos, entregados los tres al objetivo común de ser felices.

           Aun sorprendido al principio por la inesperada propuesta, no se demoró él sin embargo en aceptarla, dichoso de saber que no tendría que renunciar a ninguna de las dos mujeres a las que tanto amaba, quienes, desechando orgullos y prejuicios, habían sabido alcanzar una solución con la que muy pocas transigirían. Se sintió enormemente orgulloso de ellas. 

           Aquel proyecto de vida en común a tres, puesto en marcha ese mismo día, terminó por superar todas sus expectativas. Las lógicas reticencias y dudas que en un principio hubieran podido albergar no tardaron en disiparse, desvanecidas ante la evidencia de una felicidad que día a día iba ganando enteros, favorecida por la ausencia de celos entre ellos, de disputas baldías, de monopolísticos intentos de posesión. El suyo fue un amor compartido que, más allá de convencionalismos, hizo de ellos tres seres verdaderamente felices.

           De puertas para fuera el panorama adquirió, en cambio, un tinte distinto. En un principio, conscientes de que aquel triunvirato chocaría a buen seguro de plano contra las costumbres de una sociedad mojigata y pueblerina, nada habituada desde luego a ese género de idilios, decidieron ocultar el suyo y, en consecuencia, continuar obrando como si aún permaneciera vigente el anterior status quo; pero con el tiempo comenzaron a sentirse hastiados de tanto disimulo, sobre todo porque ellos entendían que nada tenían de lo que avergonzarse, al fin y al cabo ningún daño hacían a nadie y, por tanto, ninguna cuenta debían rendir de su comportamiento; eran personas libres y, como tales, con pleno derecho a desenvolverse dentro de su ámbito personal en el modo que mejor lo creyesen. Sobre la base de estos razonamientos, decidieron dejar de fingir y, sin ningún tipo de pudor ni de complejo, permitieron que su relación sentimental, que a fin de cuentas no incumbía a nadie que no fuese a ellos mismos, se mostrase tal como era, aireada incluso mediante cariñosos gestos que, cuando así los demandaban corazón y sangre, cesaron de reprimir en público.

           Incapaces en su mayoría de aceptar una posibilidad de familia que no fuera la convencional, los habitantes del pueblo se mostraron ofendidos al conocer la índole de aquel vínculo anómalo que de forma abierta sus vecinos exhibían ante ellos, un desvergonzado contubernio que a su juicio atentaba contra las normas básicas de toda moral para erigirse sobre los abominables zócalos de la indecencia y el pecado, y en ese sentido no sólo lo repudiaron con absoluta firmeza, sino que cerraron filas para de forma radical dar la espalda a los tres pecadores, quienes pasaron de este modo a tener la consideración local de apestados. Al trío le fue negado por sus vecinos todo saludo y, salvo lo imprescindible para puntuales transacciones del devenir diario, nadie más volvió a dirigirles la palabra. En torno suyo se hizo el vacío total, alimentado por una maledicencia que a sus espaldas generaba una continua lluvia de murmullos e imprecaciones que, como dardos envenenados, caían sobre ellos. El escándalo sirvió, por otro lado, para avivar viejas malquerencias que llevaban latentes desde muchos años atrás, transmitidas incluso de generación a generación a modo de aberrantes legados, muchas de ellas sin otro sustento que el de la envidia, una envidia que ahora se renovaba al constatar que, pese a todo, los tres estigmatizados parecían ser felices en su singular alianza.

           Lo eran desde luego: aquel desprecio de sus convecinos no había bastado para truncar la felicidad que reinaba en la casa donde los tres convivían con total avenencia, ajenos a todo lo que no fuese disfrutar del delicioso vínculo que los mantenía unidos; cualquier tipo de oposición externa quedaba desintegrada por la fuerza de esa felicidad que la vida les regalaba, una felicidad que no necesitaba de coartadas, se justificaba por sí sola, y los posibles remordimientos de conciencia que pudieran asaltarles eran al instante inmolados sobre el altar que conformaban amor y deseo.

           Las envidias chocaban de este modo contra un muro infranqueable en el que rebotaban para salir despedidas y golpear de nuevo a los propios envidiosos que las alumbraran, sufriendo estos últimos una quemazón cada vez mayor en sus entrañas, furiosos al no poder ver cumplido su objetivo de lastimar a los destinatarios de su animadversión, a quienes por encima de todo no podían perdonar que hubiesen optado por disfrutar en lugar de por sufrir.    

          Sin embargo, lo que no consiguieron los vecinos con su malquerencia, se hizo posible a la postre por intermediación de un azar adverso que de golpe y porrazo se precipitó sobre los tres amantes para truncar de cuajo su felicidad. Solamente al destino, tan caprichoso a menudo en sus determinaciones, se puede responsabilizar de una tragedia como la que sobrevino, tan imprevista como fulgurante, violenta en la acción y al propio tiempo de una simplicidad tan pasmosa que la hacía aún más brutal. Resultaba desde luego sorprendente, por no decir inexplicable, que alguien tan ducho en el manejo de las armas pudiera haber cometido semejante desliz, propio en todo caso de gente inexperta y descuidada, no de un consumado cazador como lo era él; pero así fue, la tarde en que decidió salir a cazar al monte, como tantas otras veces lo había hecho, ignoraba que la fatalidad le estaba aguardando para cernirse sobre él en el momento menos esperado, justo cuando acodado sobre unas peñas limpiaba la escopeta, tranquilo y seguro de sí mismo, sin poder prever que un involuntario vaivén le haría accionar el percutor y detonar el cartucho asesino que, rompiendo el silencio, habría de volarle la cabeza.

           En un principio se barajó la posibilidad de que se hubiera tratado de un suicidio y sobre dicha hipótesis se abrieron las oportunas diligencias en el juzgado de guardia, si bien, tras realizarse la autopsia al cadáver, el forense dictaminó que fue un accidente, con lo que tales diligencias se archivaron sin más. Las dos hermanas no habían albergado, sin embargo, duda alguna al respecto, conscientes de que él jamás se habría quitado de manera voluntaria la vida; nadie en el vórtice de una felicidad tan intensa como la que él disfrutaba hubiera podido cometer semejante desatino. En todo caso, aquel disparo accidental no sólo puso fin a la vida del hombre al que habían amado por encima de todo, sino que con su muerte expiró también el bienestar de ellas, sustituido por una amargura que se aferró a su alma como un parásito. Las risas se tornaron lágrimas; la luz, oscuridad; los sueños, pesadillas, y toda su existencia en general se transformó en una yerma planicie azotada por los vientos de la desolación y el hastío, a lomos de los cuales avanzaban ya únicamente por inercia.   

           Esa inercia, que no las ganas, es la que les permite continuar dando un paso detrás de otro, sin alicientes ni estímulos de ninguna clase, sólo porque hay que darlos, porque hay en definitiva que seguir respirando. La propia visita de los domingos al cementerio se ha convertido también en un acto mecánico. De hecho, aunque nunca lo hayan hablado entre ellas, ninguna cree que esos restos enterrados representen ya nada, sólo son materia putrefacta, alimento de gusanos; el hombre al que amaron no está allí, ni siquiera su espíritu, de modo que para comunicarse con él no necesitan en el fondo arrodillarse frente a ninguna lápida, les basta cerrar los ojos y abrir el alma para que la conversación fluya de una dimensión a otra, conducidas las palabras por el dolor, los reproches y la añoranza. Pese a ello, la inercia que conduce ahora sus vidas hace que continúen yendo cada domingo, sin faltar ninguno. Van juntas y regresan juntas, aunque en silencio, sin decirse nada la una a la otra, soportando por separado el martirio de sus propios pensamientos. El pueblo las observa de cerca, escondido tras puertas y ventanas, desde donde sigue proyectando un aluvión de murmuraciones desdeñosas, sin que ni siquiera el zarpazo de la muerte haya servido para que al menos unas gotas de conmiseración suavizasen su ojeriza. A ellas les resulta indiferente en cualquier caso este resentimiento masivo: no necesitan para nada la adhesión de sus paisanos, prefieren incluso seguir siendo aborrecidas para de este modo continuar sufriendo en soledad, confinadas dentro de su universo de nostalgias. 

           Caminando bajo un sol abrasador, un sol cuyos rayos alancean sin tregua cuanto hallan a su paso, cavila la pequeña de las hermanas sobre si lo sucedido no obedecerá en el fondo a un castigo de Dios, una forma de expiación con la que purgar el pecado cometido al haberse los tres amancebado de la forma en que lo habían hecho; pero, por otro lado, no le cuadra que si Dios es, como dicen, puro amor, haya sancionado de forma tan dura una entrega que en última instancia tenía por base al amor, un amor puro y sincero, por más que no fuese el amor convencional comúnmente aceptado. Concluye que un castigo divino no tendría en este caso razón de ser, pero que si Dios lo hizo, si castigó de manera tan encarnizada algo tan bello como era el fruto de aquella entrega generosa, no puede entonces ser en modo alguno un Dios de amor, sino un Dios cruel y bárbaro.

           La hermana mayor es ajena a ese tipo de reflexiones. Ella no busca respuestas en ámbitos místicos, teológicos o metafísicos, ninguna de las que pudiera hallar dentro de tales perímetros le satisfaría además; ni siquiera necesita respuestas, ella es la Loba y, como tal, se mueve en el terreno de los instintos, de lo animal, de lo atávico, sin preguntarse por tanto el porqué de sus sensaciones, sólo las goza o las sufre en función de lo que le transmitan. Ahora toca sufrir y es lo que hace: masticar el reconcomio que padece, el odio infinito que siente, el dolor del alma, nada más; alma congelada por un frío glacial que contrasta con las bocanadas de aire inflamado que azotan su rostro mientras camina.

           La pequeña llora y las lágrimas resaltan su palidez de lirio. De los ojos de la mayor no brota ninguna lágrima, por más que éstas aneguen su corazón, un corazón, como el de la hermana, desmigajado por la pena. Ambas necesitarían una esponja con la que borrar todos los recuerdos para comenzar de cero.