viernes, 11 de marzo de 2016

EL AMANTE PERFECTO



           Carla nunca había tenido demasiada suerte con los hombres, los pocos con los que había intimado a lo largo de sus más de cuarenta años de existencia terminaron tarde o temprano por abandonarla, muchas veces tras hacerle concebir vanas ilusiones que, una vez desmigajadas, dejaron indelebles cicatrices en su corazón, más marchito éste tras cada nuevo desengaño. Su nivel de confianza en el género masculino había por esa razón descendido a niveles de abismo, hasta el punto que ya no se fiaba de ningún hombre, por muy obsequiosas que resultaran sus actitudes hacia ella y por muy fascinantes y hechiceras que pudiesen llegar a ser las palabras que a sus oídos pudieran ofrecerle. Esa coraza que voluntariamente adoptara como revestimiento había servido para protegerla frente a encandiladores gavilanes, y aunque al propio tiempo pudiera haber impedido la aproximación de algún que otro mirlo descarriado, estaba satisfecha de su servicio, consciente de que a estas alturas de su vida pocos de estos últimos, por no decir ninguno, iba ya a presentársele. Vencida de este modo por la resignación, y pese a lo duro que en el fondo resultaba, Carla había aprendido a conciliar el anhelo de vivir emociones intensas con la casi certeza de no volver a sentirlas.

           Sin embargo, cuando asomada al cristal de aquella curiosa tienda, lo vio allí, con su planta varonil y desafiante, erguido como un mástil de navío, no pudo evitar sentir en sus entrañas el aguijón de los instintos más primarios. Aquella resultó sin duda una visión impactante, un flechazo en toda regla. Puede decirse que Carla se enamoró de él al instante, por entero obnubilada ante su hechicera presencia, comenzando de inmediato a rondar en su cabeza la idea de hacerlo suyo a toda costa.

           La puesta en práctica de tal idea no resultaba, sin embargo, tarea fácil para ella, frenados sus ímpetus por el pudor extremo que le causaba el mero hecho de aproximarse para observarlo más de cerca, cuanto más entrar en la tienda decidida a hacer valer frente a él sus veladas intenciones. Sólo imaginarlo hacía que sus mejillas se tiñesen del color de las violetas en primavera, presa de un rubor que la sofocaba y de una indecisión que hacía temblar sus extremidades como si estuviesen hechas de gelatina.

           Se sucedieron de este modo una serie de días en los que Carla no dejaba de pensar en él, enardecida ante la posibilidad de gozar de aquella viril presencia en sus noches solitarias y llenar con ella su hasta entonces vacía intimidad, sin que ni uno solo de tales días, cada vez que pasaba por la calle donde lo descubriera, dejara de detenerse para contemplar a aquel monopolizador de sus anhelos, por más que siempre lo hiciera a hurtadillas, con el disimulo preciso para no delatar su interés.

           Y así fue hasta que por fin una tarde, venciendo todas sus vergüenzas, se decidió a entrar y, sin pensarlo dos veces, marchó directamente a saco a por él.

           Funcionó. Desde aquel día pasó a formar parte de su vida, convirtiéndose en su amante entregado, presto a satisfacer cualquier exigencia que Carla demandase, a complacer sus avideces más íntimas, a aplacar los ardores de su sangre siempre que ella así lo deseara. Intuyó desde un principio que él jamás la abandonaría, que estaría siempre a su disposición para llenarla de gozosas sensaciones, y todo ello sin exigencias ni contrapartidas de ninguna clase, una devota entrega que no reivindicaba nada a cambio, sólo el premio implícito de hacerla feliz, de conducirla a una cascada de luces y colores donde poder precipitarse sin más timón que el otorgado por los sentidos. Era además un amante que nunca se cansaba, que siempre estaba dispuesto a vibrar de entusiasmo para ella, un amante cuyo sólo roce ya provocaba que todos los músculos de Carla se tensasen y temblara de puro placer. Era en definitiva el amante perfecto.

           Cierta noche, no obstante, Clara percibió claros síntomas de debilidad en su amante, como si se le apagasen los bríos y ya no latiera con la misma fuerza dentro de ella. Carecía desde luego de la energía y el empuje de otras ocasiones. Aquello la alarmó. ¿Qué pasaba? ¿Por qué su amante perdía intensidad de ese modo? ¿Podía haber sido una ingenua al suponer que el suyo sería un amor eterno? ¿También él la abandonaría?.... Pero no, por fortuna para ella tales miedos resultaron ser de todo punto infundados. Se trataba tan solo de un percance técnico: las pilas, que se estaban agotando. Al día siguiente compraría en la tienda otras nuevas, las mejores pilas alcalinas del mercado, y de nuevo podría gozar en plenitud de él, de su pequeño gran amante de silicona.