sábado, 20 de febrero de 2016

SOLEDAD EN LAS TRINCHERAS

          No eran muchos los metros que separaban las trincheras de uno y otro lado de la línea de combate, tan pocos en realidad que las huestes de ambos ejércitos, con poco que aguzaran la vista, podían distinguir fácilmente los rasgos faciales de los apostados al otro flanco. La espera, tensa como sólo pueden serlo los anticipos de la muerte, se prolongaba ya durante varias horas. Todos sabían, sin embargo, que tarde o temprano las órdenes de ataque volverían a inflamar el aire con el fuego que por enésima vez teñiría de rojo las subterráneas aguas del Aqueronte.
           Dos jóvenes, alerta cada uno dentro de sus respectivas posiciones más allá de la invisible frontera que separaba a los dos bandos enfrentados, cruzaron una mirada fugaz. Ambos percibieron el miedo en los ojos del otro, espejos que devolvían una imagen que, por lo demás, se extendía en todas direcciones, reflejada en el propio aire que la llevaba de un sitio a otro, erigido el miedo en amo y señor de las sensaciones que embargaban a aquella multitud de desahuciados.
           Aparte del miedo, eran abundantes las similitudes compartidas por aquellos dos soldados cuyas miradas acababan de encontrarse, así como en general por la mayoría de los allí congregados, aun cuando ese mismo miedo, que lo abarcaba todo, les impidiese detectarlas: idénticas pieles atezadas por la escoria, bastos uniformes de similares hechuras, cabezas forradas con idénticos cascos de metal, manos trémulas que sostenían deletéreas armas, incluso el mismo pucho de cigarrillo, rugoso y humeante, parecía repetirse una y otra vez en las comisuras de todos aquellos labios…. Pero por encima de todo compartían soledad, esa soledad glutinosa que se hace más densa cuando precisamente la viene a sazonar el miedo.
           Centenares de hombres solos en medio de la barahúnda bélica, todos ellos encerrados dentro de su particular carapacho donde en silencio iban rumiando la incertidumbre y angustia que emponzoñaba su alma, sin más horizonte que el que a escasos metros ofrecía la trinchera más cercana. En el fondo no dejaba de resultar paradójico que seres tan similares se tuviesen los unos a los otros por enemigos acérrimos, percudidos sus corazones por la semilla de un odio que crecía al tiempo que vertida era la sangre precisa para regarla. La guerra los había separado en bandos y, aunque en el fondo ninguno tuviese en particular deuda alguna cuyo saldo exigir al vecino de la trinchera de enfrente, se odiaban por el mero hecho de haber recibido órdenes que así lo exigían, órdenes que prescribían matar al enemigo y ocupar el puesto que se extendía varios metros al otro lado. Un trozo de tierra. Ese era simplemente el objetivo, un trozo de tierra entintada del rojo de la sangre, defensores de unos objetivos que ellos mismos no alcanzaban a penetrar, simples peones en una partida de ajedrez inextricable a sus mentes.
        El día era caluroso. El sol extendía sus rayos para dibujar en el cielo una mañana de topacio. También silbaba un viento inquieto, un viento que jugaba a pelearse con las hojas de los árboles, soplaba sobre ellas, las zarandeaba, las agitaba como si fuesen gallardetes y, finalmente, las hacía caer sobre el suelo para que sirvieran de ocre alfombra a la vida, a esa vida disfrazada de cuerpos animados y también de cuerpos exánimes, de cadáveres, de corazones rotos por una bala asesina.
         No tardaría mucho en iniciarse otra sucesión de ataques y contraataques que de nuevo ensordeciera la atmósfera con bramidos de fuego. Sonriente, la Parca afilaba su guadaña para recoger la excelente cosecha que ya otra vez anticipaba. Los dos jóvenes de antes volvieron a cruzar unas miradas henchidas de miedo. Quizá uno matase al otro, quizá ambos muriesen en el fuego cruzado. Tal vez habrían deseado pedirse de antemano perdón el uno al otro, pero no había forma ni oportunidad de hacerlo. El único sonido sería el sordo de los fusiles al ser disparados, el crepitante de las metralletas y el brutal de las granadas al estallar. Luego tal vez el silencio definitivo velando a los muertos.