sábado, 9 de enero de 2016

INFIERNO GRIS


     
      La noche había sido larga y colonizada por toda clase de extrañas pesadillas, de ahí que despertar me produjese sobre todo una nítida sensación de desahogo, el alivio asociado al término de las tribulaciones generadas en mi ánimo por esos aviesos habitantes del universo onírico que no dejaran de acosarme desde que horas atrás quedase profundamente dormido. Una blanda lasitud pugnaba pese a todo por arrastrarme otra vez a los páramos del sueño, lo que me obligó a esforzarme para, derrotando a la alianza de pereza y sopor, abrir los ojos al nuevo día.  

           Los párpados fueron separándose lentamente, con parsimonia, como ajadas cortinas que una mano trémula descorriese tras largo tiempo de oclusión, prestos mis ojos a recibir la luz que identificara un día más la realidad circundante, poblada esta de objetos ya de sobra conocidos, el viejo armario de palisandro, la cómoda con el vaso de agua a medio tomar de la víspera, el lampadario de plata, las sábanas de algodón blanco… Era una sensación de flacidez, de agradable molicie, el paso entre dos mundos conectados por un puente de duermevela.

           La conocida realidad apareció, en efecto, ante mí, si bien, cosa extraña, no lo hizo con la nitidez esperada, sino deslucida bajo un barniz opaco, apagados los colores hasta desaparecer absorbidos por un gris mate que lo cubría todo con su uniforme tonalidad, como si un tropel de nubes negras se hubiera filtrado en la habitación a través de las ventanas mal ceñidas para luego desventrarse en un diluvio de cenizas que hubiese espolvoreado todas y cada una de las formas que componían el entorno. Convencido de que aquello sólo podía obedecer a un efecto óptico consecuencia de no haber abandonado del todo las profundidades del sueño, pestañeé varias veces con intención de emerger definitivamente a la superficie; pero no obtuve el resultado apetecido, todo lo seguía viendo de un homogéneo gris oscuro, como si una película cenicienta hubiese velado mis pupilas impidiéndome apreciar los colores. Aquello resultaba tan insólito como desagradable, no había lógica capaz de explicar semejante metamorfosis cromática, lo que me hizo padecer de pronto un aguijonazo de angustia que, clavado dentro de mi pecho, evaporó los últimos restos de modorra para compelerme a saltar de la cama.

           Sin embargo, no conseguí incorporarme, ni siquiera fui capaz de desplazar mi organismo un solo palmo de distancia. Quise hacerlo, pero no pude. Noté que estaba paralizado y que sólo conseguía agitar a duras penas los párpados; a ese efímero pestañeo se limitaba de hecho mi entera capacidad de movimiento. El cuerpo de mi pareja, tibio y mórbido, estaba acurrucado junto al mío, percibía incluso su respiración plácida, pero yo no podía avanzar un solo dedo para tocarla. ¿Qué me estaba sucediendo? Presa de un espanto atroz, comprobé entonces que tampoco me era posible articular palabra alguna, como así pude constatar cuando en vano intenté llamarla por su nombre. Ni despegar los labios podía. Los sonidos quedaban obstruidos dentro de mi garganta, como si una pared los taponase impidiendo su salida, y a cada intento desesperado lo único que conseguía era que dentro de mi paladar se formase una bola pastosa, hecha de saliva y miedo, que me costaba horrores deglutir. Gritar quedaba, por tanto, descartado. No podía en realidad hacer nada, estaba completamente impedido dentro de aquel cuadro irreal envuelto en gris.

           Además de pánico, empecé a experimentar de pronto una dramática sensación de aislamiento, como si yo ya no formase parte del mundo y todo cuanto me rodeara fuese ajeno a mí, parte de otra dimensión a la que, por razones que escapaban a mi entendimiento, yo había dejado de pertenecer; aquella cama que me sostenía, el dormitorio entero, mi propia compañera de tálamo, todo se me antojaba remoto, totalmente fuera de mi alcance, entes de otro mundo al que se me había vedado el acceso. Ni siquiera parecía en realidad pertenecerme mi propio cuerpo, al que estaba empezando también a percibir como algo extraño, un componente más de aquel cuadro surrealista, pero que ya no era en realidad yo, o a lo sumo era otro yo distinto, un yo con el que había dejado de mantener contacto físico. Me veía allí, tumbado en el lecho junto a mi pareja, pero quien observaba, o más bien el observado, era otro, un extraño, una anatomía ausente e inerte sobre la que carecía de cualquier capacidad volitiva. Todo aquello resultaba tan inverosímil que el pensamiento giraba enloquecido dentro de mi cabeza, sin poder concretar ningún punto de referencia al que aferrarse para no perder la cordura.  

           Aquel escenario se me antojaba una prolongación de las pesadillas que me habían asaltado a lo largo de toda la noche, sólo que ahora estaba despierto y lo que me sucedía era, por tanto, real. ¿O no lo era? ¿Podía darse el caso de que siguiera durmiendo? Quería creer en esa posibilidad y habría deseado poder pellizcarme para comprobarlo, pero esto último estaba fuera de mi alcance, habida cuenta el marasmo que me impedía mover un solo músculo de mi organismo. En todo caso, a pesar de agarrarme a aquella contingencia, lo cierto era que percibía mi estado de consciencia a través de mi propia respiración y del engranaje de mis pensamientos, los cuales, aun pese a la enloquecida situación que estaba viviendo, se enlazaban con coherencia los unos con los otros, nada que ver con el descabellado gatuperio que suele nutrir a los sueños. Así que no debía engañarme con falsas esperanzas, puesto que, aunque enteramente absurdo e irracional, aquello era real y por alguna razón ineluctable me estaba sucediendo. Aun así, cerré los ojos, con la ingenua esperanza de que si los mantenía sellados durante algunos minutos todo volviera después a la normalidad. Nulo intento: cuando los volví a abrir, el panorama no había variado en absoluto y todo continuaba, para mi desgracia, igual. 

           Mi desamparo era brutal, tanto que, de haber podido verterlas, sin duda se habría materializado en un mar de lágrimas huérfanas con el que a buen seguro hubiese anegado la almohada. Pero lo cierto era que ni llorar siquiera me permitía mi nuevo estado de absoluta postración; las lágrimas permanecían de este modo retenidas dentro de los globos oculares, a mayor profundidad en realidad, mucho más profundo, invisibles fetos confinados dentro de una invisible placenta, salobres embriones destinados a morir antes de haber tenido la posibilidad de derramarse al mundo.

           Mi compañera seguía durmiendo a mi lado, tranquila, sin inmutarse. Me pregunté si ella al despertar sufriría una metamorfosis sensorial semejante, si habría perdido, como yo, la capacidad de disposición sobre su propio cuerpo y si observaría lo mismo que yo estaba observando, aquel microcosmos de sombras grises donde todas las cosas, ventanas, paredes, lecho, aparecían oscurecidos por aquella densa capa de ceniza, o si, por el contrario, despertaría como siempre, con plena libertad de movimientos y en la dimensión donde los colores y las formas continuaban con su natural prestancia… No pude en cualquier caso continuar especulando sobre estas y otras eventualidades, pues ante mis atónitos ojos comenzó de repente a emerger un nuevo perfil, al principio amorfo, una especie de masa oscura que giraba en espiral mientras extendía ramificaciones de sí misma en todas direcciones, una sombra en movimiento que despuntaba sobre todas las demás sombras, más densa, más fosca, más tenebrosa, hasta concluir, luego de esta dinámica génesis, conformando una imagen tan inverosímil que su sola contemplación me heló la sangre: se trataba de un ente de aspecto antropomórfico, una mancha tupida en la que podía distinguirse una cabeza, un tronco, dos brazos y dos piernas, más o menos el bosquejo de un hombre, pero todo compactado en una lúgubre uniformidad, sin facciones definidas, un espectro hecho de humo negro. 

           La angustia se me hizo insoportable, nunca antes en toda mi vida había experimentado semejante desasosiego, y el hecho de no poder moverme ni emitir grito alguno la acentuaba todavía muchísimo más; pensaba que los nervios me iban a estallar de un momento a otro, hechos añicos por la insoportable tensión a que estaban siendo sometidos. La sensación de horror era asimismo insufrible, un horror que, fundado en lo sobrenatural, anegaba mis venas con su gélida esencia y me impedía cualquier tipo de razonamiento lógico. Quería cerrar los ojos, pero una fuerza, tan extraordinaria como la propia visión que se cernía sobre ellos, me violentaba a mantenerlos abiertos.

           Fue por ello que pude ver cómo del disforme brazo de aquel espantajo surgía algo así como una nueva extremidad, una extensión anómala que segundos después mis alucinados ojos identificaban como un cuchillo… En efecto, la silueta negra sostenía en sus fuliginosas manos una especie de daga que blandía amenazante, aunque tampoco podía decirse que en sentido estricto fuera tal, ya que no había ninguna solidez aparente en dicha arma, sino que estaba trenzada con idéntico material oscuro al resto de la espantosa sombra, como una buida prolongación de sí misma. Toda la figura venía en definitiva a conformar una indivisa armazón, el cuchillo, las manos, el tronco, sin ningún género de distinción estructural entre los diversos tramos, una impenetrable mancha de hollín negro, una mancha con forma humana que avanzaba lentamente hacia mí.

           Apenas se encontraba ya a un par de metros de la cama, cuando el espectro detuvo la marcha. Pude comprobar entonces que, a modo de ojos, en lo que se suponía era su rostro descollaban dos puntos de un negro más resplandeciente que el resto, como dos lóbregos focos, y que asimismo una hendidura profunda y bruna, semejante a una cuchillada, se extendía en el espacio que geométricamente debía corresponder a la boca, una boca imprecisa, sin labios ni dientes que la perfilaran. Precisamente en ese mismo momento la hendidura empezó a dilatarse en una curva cerrada que adquirió forma de elipse, un agujero ovalado del que acto seguido surgió un sonido agudo, como un silbido, que poco a poco fue ganando en volumen hasta convertirse en un puñal sonoro cuyo penetrante filo perforó mis tímpanos. Aquel grito atiplado era insoportable, un aullido grotesco que se me colaba hasta el núcleo mismo del alma para destrozármela. Sentí que me derretía de miedo. No podía entender que mi compañera siguiese durmiendo tan tranquila, ajena por completo a esa salvaje cacofonía que a mí me laceraba hasta más allá de lo tolerable. Su imperturbabilidad parecía confirmar la hipótesis de que ambos habíamos pasado definitivamente a estar en dimensiones separadas y que ella era ahora sólo para mí una visión del pasado anclada en mis retinas, más espectro si cabe que el que chillaba frente a mí. No me resultaba factible otra explicación.

           Mi grado de desesperación llegó hasta tal punto que lo único que ya deseaba era morir, afán que me llevaba a ansiar que aquel ente demoníaco terminase cuanto antes con mi vida -a esas alturas no concebía que pudiera ser otro su propósito- y me otorgase así la libertad de la muerte. Eso siempre y cuando yo no estuviera en realidad ya muerto y aquello fuese precisamente el infierno al que algún dios cruel me hubiese condenado, posibilidad que resultaba todavía más aterradora, dado que implicaría una eternidad de locura y terror sin tregua…. Pero no, no estaba muerto, no podía estarlo, la respiración delataba la existencia de vida dentro de mí, así como los latidos de mi corazón, acelerados como un bólido de carreras.

           En todo caso, el espectro, ajeno a mis deseos, se mantuvo inmóvil, como si por el momento hubiera desistido de proseguir su avance hacia mí; cesó incluso de gritar; sólo me observaba fijamente desde sus implacables ojos sin fondo, unos ojos a los que asomarse provocaba un vértigo inconmensurable. 

           Inútil calcular la duración de este severo escrutinio a que fui sometido, quizá sólo fueran segundos, o tal vez siglos, el tiempo había dejado en cualquier caso de cobrar sentido y resultaba ya de todo punto imposible medirlo en términos de reloj. Sólo sé que aquel demonio de humo terminó por darse la vuelta y alejarse de nuevo hasta su punto de partida, donde permaneció otra vez anclado, fija su silueta en mi campo de visión. La terrible ansiedad que su presencia me provocaba seguía, no obstante, inalterable, en su punto máximo, así como mi deseo de morir y liberarme de una vez por todas de aquel psíquico suplicio.  

           El espectro tornó luego otra vez a acercarse, de nuevo con exasperante lentitud, aunque con ligeras variaciones en sus movimientos, como podía ser el hecho de ponerse de vez en cuando a girar sobre sí mismo, lo que le llevaba a perder momentáneamente su forma humana para convertirse en una especie de tornado, o a crecer y menguar de tamaño sin sujeción a criterio alguno, como una demente goma elástica. A intervalos más o menos regulares reanudaba la emisión de sus penetrantes gritos, ese agudo bramido que me desgarraba el alma y que, de haber tenido la más mínima capacidad de movimiento, habría provocado que todo mi ser temblara de terror. Luego callaba y volvía otra vez a mirarme, fijando sus ojos vacíos a escasos metros de los míos, al tiempo que ante ellos blandía de nuevo la amenazante daga, aunque sin decidirse en ningún momento a hendirla en mi corazón, que era lo que yo suplicaba en mi forzado silencio. Después volvía a alejarse. Aquello se había convertido en un bucle que se repetía de forma continua, constituyendo cada ciclo una eternidad y a la vez un suspiro, no en vano la angustia y el terror estiraban el tiempo hasta hacerlo infinito, mientras que la expectación derivada de la incertidumbre actuaba en sentido contrario, contrayéndolo hasta lo infinitesimal. 

           Quise aislarme ordenando a mi cerebro que pensara en cualquier otra cosa, incluso traté de revivir mentalmente la película entera de mi vida, en un desesperado intento de agarrarme a los buenos recuerdos y conseguir con ellos escapar de aquella locura; pero también este intento devino inútil, pues me era de todo punto imposible atender a nada que no fuese la presencia de aquella silueta oscura moviéndose en torno mío, lo que de algún modo también llevaba a que poco a poco los recuerdos de lo que fuera mi vida anterior fuesen desapareciendo, perdiéndose paulatinamente las imágenes del pasado en las penumbras del olvido.

           Pienso que es imposible soportar eternamente este castigo, de modo que mi particular infierno gris tiene forzosamente que finalizar de una forma u otra…. Pero de momento aquí sigo, inmóvil, asustado, sin saber dónde estoy ni en qué me he convertido, clamando ardorosamente porque algo o alguien termine con mi sufrimiento… 

 

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