jueves, 28 de enero de 2016

INSOLACIÓN


           Después de varios años sin poder disfrutar de unas vacaciones junto al mar, Cristóbal estaba decidido a aprovechar al máximo esa semana en la costa que le había proporcionado su empresa, de manera que apenas dado por la aurora el pistoletazo de salida al nuevo día, primero de su semana de asueto, ya estaba él camino de la playa, sin más aditamento que el bañador, la toalla y unas chanclas de goma.

           La playa estaba casi vacía a esas horas tan tempranas, por lo que Cristóbal no tuvo problema alguno para elegir una ubicación cercana a la orilla, sin nadie a su alrededor en muchos metros a la redonda que pudiera alterar su sosiego. El sol tampoco exhibía aún la agresividad propia de esas fechas estivales, no en vano acababa de ocupar su trono en la atalaya de occidente y se mostraba todavía tímido a la hora de arrojar sus rayos, muy tenues y suaves aún estos. El momento no podía ser más ideal. La calidez de la mañana, atemperada por la brisa que se esparcía a través del aire tibio, invitaba a relajar el cuerpo y dejar que la mente fuese transportada más allá de los umbrales del espacio y del tiempo. Con tal intención acomodó Cristóbal la toalla sobre la arena, una arena limpia, dorada, fina, sólo mancillada por las roderas que poco antes dejaran los vehículos encargados de acondicionarla; se tumbó sobre ella, respiró profundamente y se dedicó a extasiarse en la contemplación de ese mar del que tantos años llevaba alejado. Había un silencio casi absoluto, tan solo roto por el chillido de las gaviotas y el bramido de las olas al morir sobre la orilla.

           Relajado el espíritu, se imponía darse el primer chapuzón, de modo que Cristóbal recorrió los escasos metros que le separaban del líquido elemento y se introdujo en él sin mayores preámbulos. El agua estaba algo fría, pero bastaron unas cuantas zambullidas para que su cuerpo se aclimatase y entrara en calor. Comenzó a nadar despacio, deslizándose con suavidad sobre la ondulante superficie, tan serena y transparente que semejaba un enorme espejo de calcedonia, en un progreso estable que conduciéndole iba hacia la volátil línea que marcaba el horizonte. Finalmente, cuando ya estaba a bastante distancia de la costa, cesó de nadar y, extendiendo los brazos en horizontal, hizo de la mar un líquido colchón sobre el que permanecer suspendido, dejando que sus pensamientos remoloneasen al compás que marcaba el propio balanceo de las aguas.

           Se mantuvo flotando durante un buen rato antes de decidirse a volver, regreso que llevó a cabo nadando mucho más rápido que a la ida, mediante enérgicas brazadas que le hacían avanzar deprisa sobre las aguas, lo que hizo que saliera de estas fatigado y acezante, ansioso por tumbarse sobre la toalla y descansar con delectación tras el ejercicio físico. Se apercibió, no obstante, que el panorama había experimentado un sutil cambio desde su marítima incursión, pues ya no estaba la playa tan solitaria como cuando él llegara, sino que un batiburrillo compuesto por niños, parejas, abuelos, mascotas, aparatos de música, neveras portátiles, cubos de plástico y demás parafernalia playera, había colonizado buena parte de la arenosa superficie, conformando en su conjunto una multitud bulliciosa y agitada, más densa cuanto menor era la distancia desde la orilla, cuya barahúnda venía a romper la hasta entonces imperante armonía. Aquel revoltoso gentío se apilaba en torno a una cosecha de parasoles que asimismo había brotado, aquí y allá, sobre la arena, sombrillas cuyo abigarrado colorido constituía en sí mismo un chafarrinón que deslucía el natural azul de mar y cielo.

           Cristóbal observó con enojo cómo cerca suyo se ubicaban varios de estos grupos, lo que dibujó en su cara un mohín de fastidio. Extrañó la sensación de paz que encontrara al llegar apenas una hora antes, cuando prácticamente nada se interponía entre su vista, la arena y el mar, si bien, por otro lado, no cabía en realidad esperar otra cosa, habida cuenta las fechas que eran, por lo que tampoco podía decirse que le pillara de sorpresa; lo raro habría sido lo contrario, que la playa permaneciese poco concurrida a lo largo de toda la mañana. Resignado, pues, a compartir espacio con aquel tropel alborotador, se tumbó de espaldas sobre la toalla presto a tomar el sol durante un rato antes del segundo chapuzón.

           No le supuso esfuerzo alguno vaciar su cerebro de todo pensamiento perturbador, incluido el derivado del incremento de aforo playero, lo que le permitió relajarse para gozar al máximo de la sensación de bienestar que iba invadiendo su espíritu. Este relax, unido a la delicadeza con que los rayos de sol acariciaban su piel, hizo que paulatinamente se sintiera poseído por un gozoso sopor, tan placentero que, a pesar de la circundante algarabía, no tardó en quedarse dormido

           Sin embargo, ese mismo sol que tan primorosamente le agasajara, fue poco a poco dejando notar la ígnea materia de la que estaba forjado, de manera que la carga de fuego de sus rayos se hizo cada vez más poderosa e intensa, sin que Cristóbal, circunstancialmente sumido en el universo onírico, se percatase de este furioso incremento, y dado que no había tenido la precaución de proteger su piel con ninguna crema antisolar, nada pudo evitar que ésta fuese adquiriendo un tono primero bermejo y más adelante carmesí como la misma sangre, sin que él, plácidamente dormido y acunado por sueños que lo transportaban a una playa similar a la que se encontraba en esos momentos, pero sin ningún otro ser humano alrededor, se diese cuenta de tan singular metamorfosis epidérmica.  

           Despertó con un tremendo dolor de cabeza y completamente desorientado, hasta el punto de necesitar varios segundos antes de que su memoria precisase el lugar dónde se hallaba; cuando al fin lo hizo, pestañeó de forma repetida para reconciliarse con el entorno. Le costaba en todo caso enfocar bien, las imágenes fluctuaban imprecisas frente a sus ojos, flotando en el aire con un movimiento undoso, como si formasen parte de una alucinación. A duras penas consiguió mirar el reloj, cuyas agujas también parecían vacilar en un absurdo movimiento oscilante, presas por lo visto del mismo mal que afectaba al resto de las cosas. Con gran esfuerzo su vista nublada precisó, no obstante, que ya había pasado el mediodía, con lo que dedujo que había permanecido durmiendo más de tres horas. Sobre su cabeza el sol ardía implacable. Se dio entonces cuenta de que tenía el cuerpo abrasado, del color de los tomates maduros, aunque no percibía dolor, ya que el mareo que lo abrumaba era tan fuerte que en cierto modo anestesiaba su sistema nervioso, aboliendo por el momento cualquier percepción sensitiva. No obstante, al tocarse los hombros, que los tenía ardiendo, sí que notó al fin un dolor agudo, como si le hubiesen de repente picado una docena de avispas. Cristóbal comprendió que había sido un insensato al quedarse de ese modo dormido al sol, así lo testimoniaba la índole de las quemaduras sufridas en su epidermis, donde no tardarían en brotar ampollas. ¡Buena manera de dar comienzo a las ansiadas vacaciones! Por lo pronto, en los días sucesivos debería abstenerse de cualquier exposición solar.

           De momento, sin embargo, lo que más necesitaba era apaciguar como fuera la insufrible ardentía que estaba mortificándolo, por lo que se incorporó decidido a que el agua del mar le sirviera como paliativo con el que refrescarse y calmar el abrasamiento que padecía. La sensación de mareo se multiplicó al ponerse en pie. Todo lo veía borroso, como si la realidad hubiese pasado a estar conformada por una serie de espejismos superpuestos que aparecían y desaparecían sin sujeción a regla alguna. Ebrio de sol, avanzó tambaleándose hacia el agua, cuyo frescor, al mojarle pies y tobillos, le produjo un momentáneo alivio, si bien rehusó adentrarse más, no fuera a ser que las penosas condiciones en que se hallaba le hicieran sufrir un percance serio. Se limitó por tanto a tomar agua con las manos y salpicarse con ella sobre el torso, hombros, espalda y rostro. Este contacto del agua salada le produjo un fuerte escozor en los ojos, secos y enrojecidos tras la larga dormitada, así como en los labios, que los tenía agrietados por el calor y la sed. Tomó entonces la decisión de regresar al hotel, donde se hidrataría convenientemente y pasaría el resto de la tarde sin hacer nada, luego de comprar en la farmacia alguna pomada que fuera eficaz contra las quemaduras solares.

           Recogía ya con tal intención la toalla, a duras penas sobrellevando la náusea que revolvía sus tripas, cuando una sorprendente visión hizo que se sobrecogiera de espanto. Fijar la mirada le resultaba aún difícil, toda vez que el mundo no había cesado de flotar a su alrededor desde que despertase, pero aun así pudo apreciar cómo a escasos metros de donde se encontraba tenía lugar algo dantesco, una escena que de inmediato hizo que la piel de Cristóbal se erizase de puro terror: dentro del agua, aunque muy próximo a la orilla, un niño estaba siendo atacado por un enorme pez de lomo plateado que, si su nublosa vista no le engañaba, tenía toda la apariencia de ser un tiburón. Cristóbal abrió los ojos todo cuanto le fue posible para enfocar bien la escena. Sí, no había duda, se trataba de un tiburón empecinado en devorar a un pobre chiquillo. Este último hacía aspavientos con las manos, como queriendo liberarse del escualo que de él pretendía hacer su pitanza, pero no lo conseguía, y ambos, bestia y niño, ejecutaban sobre el agua la terrible danza de la supervivencia. Lo más curioso era que nadie a su alrededor movía un dedo por ayudarle, pese a ser varios los bañistas que nadaban o chapaleaban en las inmediaciones. ¿Cómo era posible que aquella gente permaneciese impertérrita ante semejante horror? Cristóbal no entendía nada, era como si todos menos él hubiesen sido de repente atacados por una extraña ceguera que les impidiera percatarse de la tragedia que estaba a punto de suceder.

           El tiempo, sin embargo, apremiaba, y Cristóbal decidió que no podía continuar perdiéndolo en busca de explicaciones imposibles; la inminencia de un desenlace fatal imponía actuar con suma rapidez, de modo que, pese a la enorme debilidad que sentía, se precipitó desesperado hacia el lugar donde el niño y el voraz depredador debatían a vida o muerte. Notó que la decisión tomada vigorizaba de algún modo sus músculos, pues de repente pareció haber desaparecido la sensación de fatiga que hasta entonces los atenazara, y confió en que ese mismo vigor recuperado le sirviese para liberar al muchacho del hostigamiento de la fiera e impedir así que acabara entre sus fauces.

           Con ese propósito en mientes y espoleado por un arrojo inexorable consiguió vencer los metros que lo separaban de su destino, llegado al cual notó, sin embargo, una poderosa náusea que, producto del esfuerzo realizado, pugnaba por hacerle vomitar. De nuevo la sensación de mareo se hizo insoportable y las pupilas se le llenaron de espesas brumas que impedían un ajuste nítido de la visión. Sentía que no podía más, el cuerpo le gritaba basta y la mente no era capaz de extraer de la voluntad la energía necesaria para volver a reactivarlo. La voz del alma le gritaba, empero, lo contrario, gritos que le compelían a no rendirse aún, no ahora que ya estaba el objetivo tan al alcance de su mano, y seguir hasta el final para con su último aliento socorrer a aquella pobre criatura indefensa. De estos gritos vehementes que provenían de lo más recóndito de su ser extrajo Cristóbal los últimos átomos de fuerza para arremeter contra el pez asesino, lo que hizo con todo el ímpetu de que fue capaz, sin detenerse siquiera un segundo a sopesar los riesgos que aquella actitud temeraria podía acarrear para su propia integridad física. El tiburón tenía una piel suave, deslizante, como de plástico. Este contacto produjo una sensación muy desagradable en Cristóbal, mezcla de aprensión y asco, que le hizo caer hacia atrás. Cada vez más aturdido y debilitado, tuvo que hacer un supremo esfuerzo para incorporarse de nuevo. Mientras lo hacía contempló al niño, quien a su vez tenía fijos en él unos ojos atónitos. Debía estar muerto de miedo, pensó Cristóbal. El pez, sin embargo, parecía curiosamente sonreír….

           Pero Cristóbal ya no tuvo tiempo para más análisis. Los últimos restos de energía acababa de gastarlos en el acto de golpear al escualo y en el subsiguiente esfuerzo para levantarse luego de la caída, tras lo cual ya no le quedaba en la reserva ni una mísera gota de combustible. Un vértigo atroz se apoderó entonces de él, las piernas se negaron a continuar sosteniéndole y acabó desplomándose de bruces sobre el agua. Todavía consciente, sintió unas poderosas manos que lo aferraban por las axilas y lo arrastraban fuera. Quería gritar que se desatendieran de él y ayudasen al niño, que era quien de verdad requería su auxilio; pero su debilidad resultaba tan extrema que no conseguía proferir palabra alguna. A su alrededor todas las imágenes desaparecían dentro de una boira espesa que devoraba sin piedad las formas y los colores, lo que hacía que no pudiese ver nada. Notó en cualquier caso cómo su cuerpo era depositado sobre una superficie húmeda, aunque sólida, que no podía ser otra que la propia orilla de la playa.

           Cristóbal no podía mover un solo músculo de su cuerpo. Tendido sobre la arena mojada, el único sentido que parecía mantenérsele aún operativo era el del oído, por más que tampoco pareciese funcionar en plenitud. Sólo le llegaban voces inconexas dentro de un ronroneo continuado que chocaba inmisericorde contra sus tímpanos, voces que venían a decir que si “pobre hombre”, que si “debe de estar chiflado”, que si “estaría borracho”, que si “debió sufrir una fuerte insolación”… Cristóbal no entendía nada, como tampoco entendía que ninguna de esas voces hiciese mención alguna al ataque del tiburón. Se preguntó qué habría sido del muchacho y temió que a esas alturas anduviesen ya sus pedazos transitando por el aparato digestivo del depredador.

           Las voces fueron de forma gradual perdiendo empuje, hasta que Cristóbal ya apenas pudo captar nada de su contenido; sólo escuchaba murmullos que se perdían en la nada, esa misma nada que a él lo iba atrapando cada vez más como una espiral magnética. El llanto de un niño parecía emerger de tanto en tanto entre los desordenados ecos. Cristóbal habría querido abrir los ojos para ver a toda esa gente que sentía zumbar en torno suyo, pero le era imposible, tenía los párpados pegados y la oscuridad le calaba hasta las entrañas. No pudo por ello ver a ese niño cuyos sollozos le llegaban como una reverberación distante, ese niño que lloraba aferrado a su flotador con forma de tiburón sonriente.

           Lo último que Cristóbal oyó, antes de definitivamente sucumbir y desvanecerse en la nada voraz, fueron las sirenas de una ambulancia.
 

sábado, 9 de enero de 2016

INFIERNO GRIS


     
      La noche había sido larga y colonizada por toda clase de extrañas pesadillas, de ahí que despertar me produjese sobre todo una nítida sensación de desahogo, el alivio asociado al término de las tribulaciones generadas en mi ánimo por esos aviesos habitantes del universo onírico que no dejaran de acosarme desde que horas atrás quedase profundamente dormido. Una blanda lasitud pugnaba pese a todo por arrastrarme otra vez a los páramos del sueño, lo que me obligó a esforzarme para, derrotando a la alianza de pereza y sopor, abrir los ojos al nuevo día.  

           Los párpados fueron separándose lentamente, con parsimonia, como ajadas cortinas que una mano trémula descorriese tras largo tiempo de oclusión, prestos mis ojos a recibir la luz que identificara un día más la realidad circundante, poblada esta de objetos ya de sobra conocidos, el viejo armario de palisandro, la cómoda con el vaso de agua a medio tomar de la víspera, el lampadario de plata, las sábanas de algodón blanco… Era una sensación de flacidez, de agradable molicie, el paso entre dos mundos conectados por un puente de duermevela.

           La conocida realidad apareció, en efecto, ante mí, si bien, cosa extraña, no lo hizo con la nitidez esperada, sino deslucida bajo un barniz opaco, apagados los colores hasta desaparecer absorbidos por un gris mate que lo cubría todo con su uniforme tonalidad, como si un tropel de nubes negras se hubiera filtrado en la habitación a través de las ventanas mal ceñidas para luego desventrarse en un diluvio de cenizas que hubiese espolvoreado todas y cada una de las formas que componían el entorno. Convencido de que aquello sólo podía obedecer a un efecto óptico consecuencia de no haber abandonado del todo las profundidades del sueño, pestañeé varias veces con intención de emerger definitivamente a la superficie; pero no obtuve el resultado apetecido, todo lo seguía viendo de un homogéneo gris oscuro, como si una película cenicienta hubiese velado mis pupilas impidiéndome apreciar los colores. Aquello resultaba tan insólito como desagradable, no había lógica capaz de explicar semejante metamorfosis cromática, lo que me hizo padecer de pronto un aguijonazo de angustia que, clavado dentro de mi pecho, evaporó los últimos restos de modorra para compelerme a saltar de la cama.

           Sin embargo, no conseguí incorporarme, ni siquiera fui capaz de desplazar mi organismo un solo palmo de distancia. Quise hacerlo, pero no pude. Noté que estaba paralizado y que sólo conseguía agitar a duras penas los párpados; a ese efímero pestañeo se limitaba de hecho mi entera capacidad de movimiento. El cuerpo de mi pareja, tibio y mórbido, estaba acurrucado junto al mío, percibía incluso su respiración plácida, pero yo no podía avanzar un solo dedo para tocarla. ¿Qué me estaba sucediendo? Presa de un espanto atroz, comprobé entonces que tampoco me era posible articular palabra alguna, como así pude constatar cuando en vano intenté llamarla por su nombre. Ni despegar los labios podía. Los sonidos quedaban obstruidos dentro de mi garganta, como si una pared los taponase impidiendo su salida, y a cada intento desesperado lo único que conseguía era que dentro de mi paladar se formase una bola pastosa, hecha de saliva y miedo, que me costaba horrores deglutir. Gritar quedaba, por tanto, descartado. No podía en realidad hacer nada, estaba completamente impedido dentro de aquel cuadro irreal envuelto en gris.

           Además de pánico, empecé a experimentar de pronto una dramática sensación de aislamiento, como si yo ya no formase parte del mundo y todo cuanto me rodeara fuese ajeno a mí, parte de otra dimensión a la que, por razones que escapaban a mi entendimiento, yo había dejado de pertenecer; aquella cama que me sostenía, el dormitorio entero, mi propia compañera de tálamo, todo se me antojaba remoto, totalmente fuera de mi alcance, entes de otro mundo al que se me había vedado el acceso. Ni siquiera parecía en realidad pertenecerme mi propio cuerpo, al que estaba empezando también a percibir como algo extraño, un componente más de aquel cuadro surrealista, pero que ya no era en realidad yo, o a lo sumo era otro yo distinto, un yo con el que había dejado de mantener contacto físico. Me veía allí, tumbado en el lecho junto a mi pareja, pero quien observaba, o más bien el observado, era otro, un extraño, una anatomía ausente e inerte sobre la que carecía de cualquier capacidad volitiva. Todo aquello resultaba tan inverosímil que el pensamiento giraba enloquecido dentro de mi cabeza, sin poder concretar ningún punto de referencia al que aferrarse para no perder la cordura.  

           Aquel escenario se me antojaba una prolongación de las pesadillas que me habían asaltado a lo largo de toda la noche, sólo que ahora estaba despierto y lo que me sucedía era, por tanto, real. ¿O no lo era? ¿Podía darse el caso de que siguiera durmiendo? Quería creer en esa posibilidad y habría deseado poder pellizcarme para comprobarlo, pero esto último estaba fuera de mi alcance, habida cuenta el marasmo que me impedía mover un solo músculo de mi organismo. En todo caso, a pesar de agarrarme a aquella contingencia, lo cierto era que percibía mi estado de consciencia a través de mi propia respiración y del engranaje de mis pensamientos, los cuales, aun pese a la enloquecida situación que estaba viviendo, se enlazaban con coherencia los unos con los otros, nada que ver con el descabellado gatuperio que suele nutrir a los sueños. Así que no debía engañarme con falsas esperanzas, puesto que, aunque enteramente absurdo e irracional, aquello era real y por alguna razón ineluctable me estaba sucediendo. Aun así, cerré los ojos, con la ingenua esperanza de que si los mantenía sellados durante algunos minutos todo volviera después a la normalidad. Nulo intento: cuando los volví a abrir, el panorama no había variado en absoluto y todo continuaba, para mi desgracia, igual. 

           Mi desamparo era brutal, tanto que, de haber podido verterlas, sin duda se habría materializado en un mar de lágrimas huérfanas con el que a buen seguro hubiese anegado la almohada. Pero lo cierto era que ni llorar siquiera me permitía mi nuevo estado de absoluta postración; las lágrimas permanecían de este modo retenidas dentro de los globos oculares, a mayor profundidad en realidad, mucho más profundo, invisibles fetos confinados dentro de una invisible placenta, salobres embriones destinados a morir antes de haber tenido la posibilidad de derramarse al mundo.

           Mi compañera seguía durmiendo a mi lado, tranquila, sin inmutarse. Me pregunté si ella al despertar sufriría una metamorfosis sensorial semejante, si habría perdido, como yo, la capacidad de disposición sobre su propio cuerpo y si observaría lo mismo que yo estaba observando, aquel microcosmos de sombras grises donde todas las cosas, ventanas, paredes, lecho, aparecían oscurecidos por aquella densa capa de ceniza, o si, por el contrario, despertaría como siempre, con plena libertad de movimientos y en la dimensión donde los colores y las formas continuaban con su natural prestancia… No pude en cualquier caso continuar especulando sobre estas y otras eventualidades, pues ante mis atónitos ojos comenzó de repente a emerger un nuevo perfil, al principio amorfo, una especie de masa oscura que giraba en espiral mientras extendía ramificaciones de sí misma en todas direcciones, una sombra en movimiento que despuntaba sobre todas las demás sombras, más densa, más fosca, más tenebrosa, hasta concluir, luego de esta dinámica génesis, conformando una imagen tan inverosímil que su sola contemplación me heló la sangre: se trataba de un ente de aspecto antropomórfico, una mancha tupida en la que podía distinguirse una cabeza, un tronco, dos brazos y dos piernas, más o menos el bosquejo de un hombre, pero todo compactado en una lúgubre uniformidad, sin facciones definidas, un espectro hecho de humo negro. 

           La angustia se me hizo insoportable, nunca antes en toda mi vida había experimentado semejante desasosiego, y el hecho de no poder moverme ni emitir grito alguno la acentuaba todavía muchísimo más; pensaba que los nervios me iban a estallar de un momento a otro, hechos añicos por la insoportable tensión a que estaban siendo sometidos. La sensación de horror era asimismo insufrible, un horror que, fundado en lo sobrenatural, anegaba mis venas con su gélida esencia y me impedía cualquier tipo de razonamiento lógico. Quería cerrar los ojos, pero una fuerza, tan extraordinaria como la propia visión que se cernía sobre ellos, me violentaba a mantenerlos abiertos.

           Fue por ello que pude ver cómo del disforme brazo de aquel espantajo surgía algo así como una nueva extremidad, una extensión anómala que segundos después mis alucinados ojos identificaban como un cuchillo… En efecto, la silueta negra sostenía en sus fuliginosas manos una especie de daga que blandía amenazante, aunque tampoco podía decirse que en sentido estricto fuera tal, ya que no había ninguna solidez aparente en dicha arma, sino que estaba trenzada con idéntico material oscuro al resto de la espantosa sombra, como una buida prolongación de sí misma. Toda la figura venía en definitiva a conformar una indivisa armazón, el cuchillo, las manos, el tronco, sin ningún género de distinción estructural entre los diversos tramos, una impenetrable mancha de hollín negro, una mancha con forma humana que avanzaba lentamente hacia mí.

           Apenas se encontraba ya a un par de metros de la cama, cuando el espectro detuvo la marcha. Pude comprobar entonces que, a modo de ojos, en lo que se suponía era su rostro descollaban dos puntos de un negro más resplandeciente que el resto, como dos lóbregos focos, y que asimismo una hendidura profunda y bruna, semejante a una cuchillada, se extendía en el espacio que geométricamente debía corresponder a la boca, una boca imprecisa, sin labios ni dientes que la perfilaran. Precisamente en ese mismo momento la hendidura empezó a dilatarse en una curva cerrada que adquirió forma de elipse, un agujero ovalado del que acto seguido surgió un sonido agudo, como un silbido, que poco a poco fue ganando en volumen hasta convertirse en un puñal sonoro cuyo penetrante filo perforó mis tímpanos. Aquel grito atiplado era insoportable, un aullido grotesco que se me colaba hasta el núcleo mismo del alma para destrozármela. Sentí que me derretía de miedo. No podía entender que mi compañera siguiese durmiendo tan tranquila, ajena por completo a esa salvaje cacofonía que a mí me laceraba hasta más allá de lo tolerable. Su imperturbabilidad parecía confirmar la hipótesis de que ambos habíamos pasado definitivamente a estar en dimensiones separadas y que ella era ahora sólo para mí una visión del pasado anclada en mis retinas, más espectro si cabe que el que chillaba frente a mí. No me resultaba factible otra explicación.

           Mi grado de desesperación llegó hasta tal punto que lo único que ya deseaba era morir, afán que me llevaba a ansiar que aquel ente demoníaco terminase cuanto antes con mi vida -a esas alturas no concebía que pudiera ser otro su propósito- y me otorgase así la libertad de la muerte. Eso siempre y cuando yo no estuviera en realidad ya muerto y aquello fuese precisamente el infierno al que algún dios cruel me hubiese condenado, posibilidad que resultaba todavía más aterradora, dado que implicaría una eternidad de locura y terror sin tregua…. Pero no, no estaba muerto, no podía estarlo, la respiración delataba la existencia de vida dentro de mí, así como los latidos de mi corazón, acelerados como un bólido de carreras.

           En todo caso, el espectro, ajeno a mis deseos, se mantuvo inmóvil, como si por el momento hubiera desistido de proseguir su avance hacia mí; cesó incluso de gritar; sólo me observaba fijamente desde sus implacables ojos sin fondo, unos ojos a los que asomarse provocaba un vértigo inconmensurable. 

           Inútil calcular la duración de este severo escrutinio a que fui sometido, quizá sólo fueran segundos, o tal vez siglos, el tiempo había dejado en cualquier caso de cobrar sentido y resultaba ya de todo punto imposible medirlo en términos de reloj. Sólo sé que aquel demonio de humo terminó por darse la vuelta y alejarse de nuevo hasta su punto de partida, donde permaneció otra vez anclado, fija su silueta en mi campo de visión. La terrible ansiedad que su presencia me provocaba seguía, no obstante, inalterable, en su punto máximo, así como mi deseo de morir y liberarme de una vez por todas de aquel psíquico suplicio.  

           El espectro tornó luego otra vez a acercarse, de nuevo con exasperante lentitud, aunque con ligeras variaciones en sus movimientos, como podía ser el hecho de ponerse de vez en cuando a girar sobre sí mismo, lo que le llevaba a perder momentáneamente su forma humana para convertirse en una especie de tornado, o a crecer y menguar de tamaño sin sujeción a criterio alguno, como una demente goma elástica. A intervalos más o menos regulares reanudaba la emisión de sus penetrantes gritos, ese agudo bramido que me desgarraba el alma y que, de haber tenido la más mínima capacidad de movimiento, habría provocado que todo mi ser temblara de terror. Luego callaba y volvía otra vez a mirarme, fijando sus ojos vacíos a escasos metros de los míos, al tiempo que ante ellos blandía de nuevo la amenazante daga, aunque sin decidirse en ningún momento a hendirla en mi corazón, que era lo que yo suplicaba en mi forzado silencio. Después volvía a alejarse. Aquello se había convertido en un bucle que se repetía de forma continua, constituyendo cada ciclo una eternidad y a la vez un suspiro, no en vano la angustia y el terror estiraban el tiempo hasta hacerlo infinito, mientras que la expectación derivada de la incertidumbre actuaba en sentido contrario, contrayéndolo hasta lo infinitesimal. 

           Quise aislarme ordenando a mi cerebro que pensara en cualquier otra cosa, incluso traté de revivir mentalmente la película entera de mi vida, en un desesperado intento de agarrarme a los buenos recuerdos y conseguir con ellos escapar de aquella locura; pero también este intento devino inútil, pues me era de todo punto imposible atender a nada que no fuese la presencia de aquella silueta oscura moviéndose en torno mío, lo que de algún modo también llevaba a que poco a poco los recuerdos de lo que fuera mi vida anterior fuesen desapareciendo, perdiéndose paulatinamente las imágenes del pasado en las penumbras del olvido.

           Pienso que es imposible soportar eternamente este castigo, de modo que mi particular infierno gris tiene forzosamente que finalizar de una forma u otra…. Pero de momento aquí sigo, inmóvil, asustado, sin saber dónde estoy ni en qué me he convertido, clamando ardorosamente porque algo o alguien termine con mi sufrimiento…