viernes, 20 de noviembre de 2015

TIEMPO DETENIDO

          
           Pese a que son sólo apenas unos meses los transcurridos desde que su vida y la de ella dejaron de estar ligadas, no pareciera sino que el tiempo se hubiese eternizado desde entonces para conformar en su estatismo eones de soledad y abandono, un único minuto que da la impresión de no concluir jamás, o quizá más bien de repetirse una y otra vez, sin alteración aparente, minuto entronizado en un círculo infinito sobre el que gira sin principio ni fin, perpetuado por el nervio de una firmeza despótica bajo cuyo yugo todo deviene inmutable.
            Como un organismo escatófilo que devorase sus propios excrementos, este tiempo suspendido se retroalimenta con la propia soledad que genera, de la que es a su vez causa y consecuencia, lo que lo convierte en celador insobornable, en carcelero insensible al sufrimiento de su rehén, siendo así que su reclusión lo agiganta, sus congojas lo nutren y con su extravío se vuelve más denso y opresivo. Es una quietud asfixiante, demoledora, tiránica quietud que le envuelve con su hálito enrarecido y perfora los poros de su piel para penetrar en lo más hondo de su existencia, que le invade con la torva intención de convertir en infierno su condena y aniquilar así toda esperanza.
            Cautivo de este minuto eterno, sólo puede moverse a través de recuerdos y sueños, recuerdos en los que, atacado de nostalgia, evoca cuando, apoyada su mejilla en la de ella, confluían sus ojos en la luna mientras en común forjaban todo tipo de proyectos; y sueños donde la imaginación se reviste de esperanza para dispararse hacia un futuro en el que escuchar de nuevo su voz, en el que volver a contemplarse en sus pupilas claras como el día, en el que sentir una vez más la suavidad de su piel de luna mientras la tiene entre sus brazos y con ternura despliega sobre ella todo un arsenal de caricias. Esa es la esperanza a la que se aferra su soledad, la misma que el tiempo detenido, procurando socavar sus defensas, se empeña en cuartear con sevicia, sabedor que sólo con esperanza podrá derrotarlo, del mismo modo que sabedor es que sólo cuando esos sueños que alimentan su esperanza entronquen, si llegan a hacerlo, con la realidad, podrá renacer de nuevo.
           Maldice entretanto la torpe impulsividad que le llevó a decir lo que no sentía, a renegar precisamente de sus sentimientos para amordazarlos y permitir que palabras hirientes cruzasen el umbral de sus labios convertidas en devastadores misiles. Maldice ese daño que le hizo y que la alejó de él, como maldice su soberbia, su altivez, su orgullo y su obstinación, elementos todos que se aunaron para generar el arrollador tornado que se la arrebató y no dejó en derredor suyo sino un revoltijo de escombros. Maldice todo ello, aun cuando a menudo piense que no pudo a fin de cuentas actuar de otro modo, que un torvo destino gobernaba su voluntad y le compelía a afrontarlo de manera ineluctable, como la mariposa que bate sus alas sobre las llamas pese a saber que tarde o temprano arderá en ellas. Así ardieron también sus ilusiones, consumidas en aquel hervidero de palabras que en su furor alumbró, palabras que no fue capaz de abortar a tiempo y que se volvieron luego contra él para devorarle las entrañas.
           Se pregunta por qué el destino le fue tan adverso, por qué ese rigor a la hora de ordenar los acontecimientos que habrían de amputarle el amor luego de haber previamente dispuesto los albures que propiciaron que lo hallase, por qué quitarle lo que antes le otorgó sin él habérselo pedido. Le cuesta entender esa volubilidad, ese capricho de titiritero empeñado en desvencijar a sus marionetas hasta convertirlas en dolientes e infelices guiñapos. Aunque, por otro lado, culpabilizar al destino y hacer de él una fuerza incoercible no sea sino un sofisma del que se sirve no sólo como eximente de su responsabilidad, sino también como medio de aminorar el tormento, justificando a su socaire lo que no fue sino un imperdonable error, algo tan humano como la propia piel que cubre sus huesos.
           Embriagado ahora por los vapores que ascienden desde el erial que acoge su destierro, mira al cielo, un cielo encapotado que emite una luz grisácea, lóbrega como las pesadillas, y ese cielo se le antoja una especie de espejo reflejando su propio universo interno, también gris oscuro, lo que le lleva a preguntarse por enésima vez cuándo saldrá el sol para él, cuando resurgirá de sus propias cenizas para volar de nuevo, volar junto a ella, porque sabe que sólo así volverá el tiempo a correr y se deshará al fin el insufrible inmovilismo provocado por su ausencia.
                                                       

2 comentarios:

kore dijo...

Saldra el sol cuando luche por ella....si es amor por ambas partes.
Que débiles somos los humanos, débiles y tontos....
Cuidate....un besico enorme

Cavaradossi dijo...

Tienes toda la razón, Kore, los humanos somos débiles y tontos... Aunque, por otro lado, quizá sea esa debilidad y simpleza las que a veces nos haga tan entrañables.

Cuídate tú también. Un besazo