sábado, 17 de octubre de 2015

ESQUELAS

          Sobre la página del periódico que estoy ojeando, perfectamente recuadrado, aparece un nombre escrito en grandes caracteres negros. Se trata de un nombre que no me dice nada, un nombre anónimo para mí. En la parte superior del recuadro hay dibujada una cruz, también negra, que lo reviste de un paladino barniz religioso, y por debajo del nombre, escritos con letra más reducida y en tono menos acentuado, los de otros muchos que, según parece, son amigos y familiares del primero que expresan lamento y pesar por su pérdida.
 
           Bajo este recuadro observo otros de contenido análogo, toda la página es en realidad una sucesión de fúnebres esquelas donde muerte y condolencia se aúnan en luctuosa cofradía. Este vistazo, aun en el fondo fugaz, tiene como efecto inmediato el de entristecerme. Siempre he sido una persona ávida de emociones, un entusiasta de la vida que, como tal, ha buscado en todo momento las aguas donde aquélla bullese con mayor efervescencia, anhelante de anegarme en ellas hasta empapar todas y cada una de mis células, tanto las del cuerpo como las del alma; de ahí que aborrezca tanto la muerte, no en vano esta última se le contrapone, más aún: la arrebata para sumergir a su víctima en otro tipo de aguas oscuras y viscosas, aguas sin luz, eternas aguas que conducen al más absoluto de los vacíos. La muerte es en definitiva eso, vacío, ausencia, exilio, sus labios marchitos nunca se dejan curvar en sonrisas, del mismo modo que sus manos huesudas no acarician ni son capaces de proporcionar placer alguno, algo que sí hace la vida, al menos cuando está de buenas.
 
           Dejo el periódico y decido salir a la calle, ansioso de sentir palpitar esa vida que burbujea más allá de las cuatro paredes de mi dormitorio y quitarme así el resabio de muerte que me dejaron en el alma las esquelas. Fuera hace calor, tanto calor que la ciudad parece flotar en el aire, como un espejismo del desierto. Las calles están de hecho desiertas, sin un alma paseando por ellas; tan solo algunos perros errabundos testimonian la presencia de esa vida que yo saliese a buscar. Un vapor denso, producto de ese sofocante calor, envuelve la atmósfera. Aun así, respiro con avidez y siento cómo mis pulmones se llenan del aire tórrido, oxígeno con ligero tufo a jazmines.
 
           Camino con parsimonia, sin ninguna prisa, observando al detalle todo cuanto se va ofreciendo a la fiscalización de mis ojos, fachadas enlucidas con lechoso jalbegue, balcones cerúleos que exhiben un primoroso desfile de petunias, dalias y alhelíes, verandas con vidrieras de colores, campanarios perfilados contra un cielo de calcedonia, aceras con baldosas cuarteadas por la presión del jaramago y otras malas hierbas… Pero, pese a tal labor de escrutinio, no consigo quitarme de la cabeza la idea de la muerte, esa fugacidad de la existencia que hace en el fondo de ella un visto y no visto. Podría incluso ser mañana mismo el mío uno de los nombres que figurara en la sesión de esquelas del periódico, no en vano tétricos albures pueden en todo momento acechar tras cualquier esquina: un accidente imprevisto, un ataque al corazón, un atracador desesperado…, multitud de posibilidades con la muerte como siniestro denominador común.
 
           Agotado por estos pensamientos sombríos, decido volver a mi madriguera, al triste tabuco que cobija mi no menos triste soledad, consciente de que no soy más que un infinitesimal corpúsculo dentro de la infinita maraña de partículas que convergen y divergen en el inabarcable universo, apenas nada, un grano de sal diluido en medio del océano, un cometa errante, un silencio enquistado en el ojo del huracán que todo lo engulle; pero consciente asimismo de que quiero seguir participando a mi manera de este éxtasis colectivo que conforma la vida, disfrutando de sus luces y combatiendo la asechanza de sus sombras, tendiendo puentes y estrechando manos, sufriendo de amores imposibles y regocijándome ante cualquier caricia no esperada, lidiando entre orgullos indomables, temblando de frío o, como ahora, achicharrándome de calor, sobreponiéndome siempre a los fracasos y saboreando cada éxito como si no hubiese ya posibilidad de repetirlo.
 
           Sé que algún día moriré y quizá a alguien le dé por colocar entonces una esquela en mi memoria, pero hasta que ese día llegue son muchas las cosas que aún me quedan por hacer, y quiero hacerlas, quiero vivir pese a todo, pese a los amores perdidos y a los miedos invencibles, pese a los fracasos y a las sombras, pese incluso al hastío y el cansancio producto de tantos viajes de ida y vuelta.