sábado, 12 de septiembre de 2015

DOS PALABRAS

           La jornada de trabajo había resultado tan agotadora que, luego de concluida, se sintió completamente exhausta, hasta el punto que fue llegar a casa e irse sin más demora al dormitorio, decidida a meterse en la cama sin siquiera cenar. Había tomado un ligero tentempié a media tarde y su estómago no exigía por el momento ningún otro suministro adicional; todo lo que le pedía el cuerpo era reposo.
 
           Sentada en la cama, comenzó a desprenderse de la ropa. Primero fueron las botas, que proyectó hacia adelante con indolencia, yendo a caer la una sobre la otra en una especie de aspa donde descollaban los ajados tacones, esos que cada día la alzaban por encima del mundo para impedir que la salpicase demasiado la acequia del desengaño, cuyas turbias aguas habían ido formando bajo sus pies charcos glutinosos desde la tarde en que él, asfixiado a su vez por el mar de las dudas, decidiera abandonarla.
 
           Desatado por el recuerdo, el agrio sabor de aquella decepción se mezcló con la saliva del paladar mientras, uno a uno, iba desabrochando los botones de su chaqueta de punto, gris oscura, como dicen es el color de la tristeza, esa tristeza cenicienta que, como los charcos, llevaba también meses instalada en su vida.
 
           El algodón del vestido se deslizó por la seda de sus muslos hasta morir en la moqueta. Estiró entonces las piernas con cierta voluptuosidad, las mismas piernas que, desde los tobillos hasta las ingles, tantas veces acariciaran las manos de él, generando en cada recorrido tal cantidad de sacudidas eléctricas que en más de una ocasión sufrió su sistema nervioso verdaderos cortocircuitos. No pudo dejar de preguntarse si alguna vez volvería a percibir semejantes sensaciones.
 
           Junto a la almohada colocó el sujetador, pensando mientras lo hacía que, además del destinado al pecho, necesitaría también otro para sostenerle el ánimo, caído a lo más hondo tras el inesperado adiós del hombre al que tanto amara, y, finalmente, ubicándolas junto a aquél, se quitó la última y más íntima de sus prendas, la que sirve de custodia al profano santuario de los goces, esas braguitas rosas estampadas con infantiles ositos que tanto le gustaban.
 
           Vestida sólo con las ropas del desencanto decidió darse un baño caliente, a cuyo fin llenó la bañera hasta casi su sumidad y vertió sobre la líquida superficie una ingente cantidad de gel con la que producir grandes cúmulos de espuma. A medida que las caldeadas aguas maceraban su carne, los cálidos vapores que desprendían iban anegando sus poros hasta provocarle un balsámico sopor por el que se dejó acunar con molicie. En su mente emergieron entonces los recuerdos como fantasmas surgidos de ondulantes sepulturas, etéreas estampas que flotaban en el vaho y de las que comenzaron a brotar palabras, tanto las que en su momento irrumpieron de su garganta enardecida como aquellas otras que omitidas fueron por el miedo o la reserva, cercenadas bajo el destral de silencios afincados tras los sellados labios, silencios que, sin embargo, resultaban a menudo más expresivos que toda una encendida soflama. ¡Había quedado tanto por decir!
 
           Salió del baño dispuesta a exfoliarse el corazón de tanta palabra retenida, por lo que, tras cubrir la desnudez corporal con una toalla, tomó papel y lápiz con intención de escribirlas, convencida de que al hacerlo quedaría al fin liberada del peso que sobre su lacerado espíritu continuaban ejerciendo aquellos silencios. El cabello, aún mojado, iba dejando sobre su nuca húmedos regueros. Tras la ventana podía ver cómo la luna llena pintaba de plata las sombras. También ella quiso pintar con palabras el papel, pero a la postre fueron sólo dos las que logró escribir antes de sucumbir al empuje de una legión de impetuosos sueños y quedarse dormida sobre el escritorio, caída la cabeza hasta encontrar apoyo en su brazo derecho; dos palabras que al día siguiente, cuando la aurora extendió una vez más sus dedos hacia la tierra bostezante, se perfilaron nítidas en el folio en blanco: te amo. 
 
 

2 comentarios:

Siara Apsara dijo...

Es lo que pasa cuando una de las partes aún sigue enamorada.

Dejar ir cuesta más trabajo a la parte abandonada. Me ha gustado mucho, como todo lo que escribes.

Cavaradossi dijo...

Es así, Siara, quien es abandonado no suele aceptar la situación, y no lo hace porque el amor sigue encastillado en su corazón durante mucho tiempo aun después de la ruptura.
Gracias por tu comentario. Para mí es un placer que te pases por este rinconcito y dejes en él tu huella.