domingo, 27 de septiembre de 2015

AHORA LO SABE

        
         Enredado entre las sábanas, turquesas como el mar donde aún flotaban los restos del sueño, despertó con una sensación de bienestar que se tradujo en el deseo de comerse el mundo a bocados. Salió de la cama y, tras descorrer las cortinas con la intención de que la luz del día inundase la pieza, apoyó la frente en la ventana para observar a través del cristal. Fuera debía hacer mucho frío, las nubes grises, la niebla espesa, el viento aullador, la grama escarchada, heraldos eran que proclamaban el poder del invierno, y aunque dentro de la casa la temperatura era cálida, el mero hecho de pensar en el frío externo le provocó un ligero estremecimiento que tuvo como última consecuencia transformar su euforia precedente en una sensación de perezosa molicie, una pereza grata en cualquier caso, voluptuosa incluso, que le llevó a estirar los brazos hacia arriba y sonreír para sus adentros.
 
           Se sentía satisfecho de sí mismo. Apenas si quedaban rastros de aquella congoja que hasta no demasiado tiempo atrás le llevase a creer que jamás volverían sus labios a forjar sonrisas, ni su pecho a albergar alegrías, ni sus ojos a brillar con la luz de la esperanza. Sonrisas, alegría y esperanza jugaban de nuevo en su equipo, sustituido que habían a la angustia, la desazón y la incertidumbre, aquellas que fueran torvas inquilinas de su alma durante el tiempo en que su existencia estuvo monopolizada por la mujer a la que un buen día decidió tomar por compañera de viaje en esa complicada travesía que es la vida.
 
           Bien pensado, no obstante, ella nunca formó por entero parte de su vida, ya que un vínculo integral exige compartir no sólo espacio y tiempo, sino por encima de todo corazones, siendo que ahora sabe que jamás él estuvo en el suyo ni ella en el de él. Se quisieron, sí, pero fue un amor más de refugio que de otra cosa, un simulacro de amor con el que escapar del vórtice de soledad donde ambos se estaban ahogando cuando los albures del destino propiciaron su encuentro. Cada uno creyó encontrar en el otro un oasis en el que apaciguar los rigores de su particular desierto, y con tal creencia en mente se entregaron juntos a los delirios de la carne, pensando que al hacerlo derrotarían a esos feroces engendros que en su sangre había inoculado el virus que les infectara de la más inclemente y sañuda de las tristezas.
 
           No funcionó. No podía funcionar, ya que aquel intento de redención derivaba de una falacia, la resultante de haber creído vislumbrar oasis donde en realidad sólo había espejismos, lo que de por sí viciaba desde un primer momento aquel viaje en común, condenándolo de antemano a desembocar en idéntica nada a aquella de la que partiera. Lamentablemente, eso no lo supo hasta mucho después de consumado el naufragio, cuando luego del inevitable duelo pudo al fin la luz ir abriéndose poco a poco paso entre las tinieblas que le mantenían oscurecidas mente y alma. Lo sabe, sin embargo, ahora, como sabe asimismo que soledad y tristeza no se miden en función la una de la otra, o al menos que no tiene por qué la primera ser el origen de las tristezas más profundas, ya que más triste aún que estar solo es tener a alguien al lado y saber que en el fondo nada compartes con ese alguien, que aunque sus manos toquen las tuyas será un contacto estéril, el mero roce de dos pieles entre las que no hay química absorbente de ningún género.
 
           Sí, ahora sabe todo eso. Sabe que lo que les unió no fueron más que entelequias,  retales de utopías que dieron lugar a protocolos de opereta, a labios que, sin darse cuenta, marcados iban quedando por besos equivocados, a un amor en definitiva que sólo se prodigaba superficialmente, pero que en el fondo era tan falso como las esperanzas de los réprobos. Nunca en verdad estuvieron más alejados que cuando permanecían juntos en el lecho luego de las explosiones de la carne, tan engarzados los cuerpos como distantes los corazones, separados por la inmensidad de un universo que se esparcía henchido de incomprensiones, desapegos y frialdades. Lo único que les unía era paradójicamente su mutuo distanciamiento, tan inconmensurable éste que por fuerza terminó generando un nítido sentimiento de culpabilidad, tanto mayor cuanto más iba en sus corazones separados anidando la rabia y los resentimientos, para los que cada vez había menos disculpas posibles.
 
           Aun así, quiso él todavía hacer un último esfuerzo para buscarse en ella, reconocerse en el reflejo de sus ojos, horadar a la desesperada en cualquier esquina de su alma para intentar como fuera acceder a su interior; pero no pudo, apenas consiguió arañar levemente la superficie cuando ya se dio cuenta de la inutilidad del empeño, derritiéndose al cabo toda esperanza del mismo modo que la nieve se derrite con el sol de primavera. Continuaron de esta forma unidos tan solo por la inercia, erráticos espectros en tránsito hacia ninguna parte, y también en cierto modo por el deseo que aún se les despertaba ante los hormonales reclamos de la piel del otro, ese olor a almizcle que todavía conseguía de vez en cuando penetrar en la sangre para hacerla arder y conducirlos al vehemente abrazo que exigía la deflagración propiciada por las llamas, si bien, una vez sofocadas estas, de nuevo el vacío, bestial, glutinoso, asfixiante, se encastillaba en sus almas para dar mudo testimonio de aquella absurda situación, un vacío en el que ya no tenía cabida más aroma que el acre tufo que expelía la propia ausencia y frustraciones compartidas.
 
           El fin se antojaba inevitable y ambos eran conscientes de ello, se hacía de todo punto absurdo continuar estirando aquel tiempo detenido, aquella travesía hacia ninguna parte, aquel insoportable marasmo de almas caídas. Y, sin embargo, pese a esa imperiosa necesidad de amputar el gangrenado vínculo, la decisión de hacerlo no resultaba ni mucho menos fácil de tomar, no en vano, por muy desnaturalizada que fuese su unión, por nulo que fuera el amor que los ligaba, por muchas que fuesen sus desavenencias y por acerbos que resultasen los rencores, se habían acostumbrado de tal modo a la presencia cercana del otro que, aun reconociendo lo adulterada de esa mutua compañía, una dependencia muy difícil de romper había terminado por instalarse entre ellos. Venían en ese sentido a ser una especie de sistema binario, dos estrellas que, aun privadas ya de todo fuego, seguían orbitando la una en torno de la otra, atrapadas dentro de un mismo campo gravitatorio.
 
           Pero él, sobre todo él, sabía que era imprescindible quebrar esa inercia tóxica, tenía que reencontrarse a sí mismo y estaba claro que nunca lo haría dentro de ella, ni tampoco junto a ella. Contemplaba las viejas fotografías, esas en las que aparecía sonriendo, y le entraba un pánico atroz al asumir como muy probable la contingencia de no volver jamás a sonreír, no al menos mientras siguiera exánime en aquella muerte dentro de la vida, el corazón apagado, sin latidos, un corazón errante en la penumbra gris de las noches eternas.
 
           Y espoleado tal vez más por ese miedo que por verdadero arrojo, se negó finalmente a seguir interpretando aquella farsa que ambos representaran en el teatro de la vida, de sus propias vidas, decidido a enfrentarse a los demonios que le retenían y liberarse así de su férula, presto a escapar de aquellas pútridas fauces que le oprimían el alma para mantenerla cautiva en el muladar de sus propios vómitos. Y fue así que gritó “basta”, un grito que brotó en principio feble, apenas audible entre los estentóreos gruñidos de sus carceleros, pero que sirvió para aflojar las ataduras de su pecho encadenado y permitir que el siguiente grito surgiese ya más nítido y enérgico, hasta prorrumpir en un último y definitivo “basta” que vino a ser una sacudida sísmica del alma esclavizada, un alarido liberador que derribó muros y barrotes, que asoló torreones y allanó fosos, que acalló para siempre las voces de sus demonios y le permitió al fin la anhelada huida. 
 
           Cerró la puerta sin mirar atrás, pero no por ello dejó de sufrir. Aquella liberación resultaba asaz dolorosa, hasta el punto que no fueron pocos los momentos de flaqueza en los que, amilanado y quejumbroso, tuvo la tentación de volver, de regresar a aquel apócrifo escenario que, pese a todo, le brindaba seguridad. Tuvo que hacer un supremo esfuerzo para resistir tales tentaciones y no sucumbir a las impetraciones de aquellos leviatanes que, aun derrotados, pugnaban aún por atraparlo de nuevo, no dudando con tal empeño en exhibir frente a él los espejismos de la nostalgia, esos que tienden a eliminar los malos recuerdos y a magnificar los buenos. Apretó no obstante los dientes y soportó con entereza todas estas embestidas, temoso en la esperanza de hallar un nuevo horizonte donde poder descargar al fin la maleta que llevaba arrastras, una maleta llena del vacío de la soledad.
 
           No hubo milagros que facultaran la consecución de este objetivo, ni tampoco puntuales conmociones que desbloquearan su ánimo apolillado y eliminasen el continuo reconcomio de avispas que desde su huida sintiera en las tripas; fue sólo, como casi siempre, cuestión de tiempo, ese inefable doctor cuya labor terapéutica acostumbra a ser más eficaz que la de todos los bálsamos habidos y por haber, un tiempo que con su paso le dio la vuelta como a un calcetín para hacerle comprender que aún tenía mil sueños por brindar, mil historias por vivir, de modo que únicamente tras asimilar esta certeza pudo empezar a estrenar de nuevo sonrisas, a ilusionarse, a mirar a través de la ventana sin aprensiones ni angustias.
 
           Hoy es de nuevo el hombre que nunca fue niño y que, paradójicamente, nunca dejó de serlo, dos identidades en una, como dos mitades de una misma llave que sólo al juntarlas pudiese abrir el cerrojo para el que fuera forjada. Ya sólo le resta componer la difícil cuadratura de los debes y haberes del corazón, asignatura complicada donde las haya, pero al menos ya es libre y, en tanto la supera, sabe que puede estar solo y sentirse satisfecho, incluso alegre, incluso despertar con ganas de comerse el mundo y sonreír mientras absorto contempla a través del cristal el paisaje  helado del exterior.
 

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