sábado, 18 de julio de 2015

EL OTOÑO DE LA DIVA

           Resguardada en la soledad del camerino, contempla la diva el reflejo que de su propio rostro le devuelve el espejo en forma de corazón que, cual arrogante fiscal, emerge de la pared. La imagen que le ofrece de sí misma es una imagen ajada y deslucida, lo que provoca que del cristal brote asimismo una profusa lluvia de tristeza que en un instante anega el valle donde se deposita la sal de los sollozos, ese que se ubica en lo más profundo de cada alma; y frente a esa lluvia, como mecánica defensa, esboza ella una sonrisa que, no consiguiendo contrarrestar el amargo aluvión, termina convertida en mueca. El resto de la pared aparece engalanada por multitud de afiches, carteles y recortes de prensa que se empeñan en desplegar un fulgor de rutilante estrella, batallando mediante esta actitud reverenciadora contra el acusador espejo, cuyos ojos, los del espejo, parecen contemplarla desde las profundidades de un estanque sombrío, al mismo tiempo que le transmiten recuerdos difusos, la estampa borrosa de lo que fue pero ya no es. 

           Ella no quiere, sin embargo, dejarse arrastrar por los recuerdos, consciente de la enorme carga de melancolía que estos conllevan, por lo que se afana en alejar de su pensamiento todo lo que no vaya relacionado con el inminente concierto que ha de acometer esa noche, del que no espera otra cosa que volver a ser tras el mismo coronada por los laureles del éxito. El reloj le anuncia que le quedan pocos minutos antes de salir a escena. Respira profundamente. Será una nueva actuación, otra más a engrosar las miles que lleva ofrecidas desde hace años, presta de nuevo a complacer a su público, a ese público que, expectante e incondicional, aguarda la aparición de su diosa bajo los focos ambarinos.

           Pese a este empeño de concentración, la tentación le vence y no puede evitar volver a mirarse en el espejo, escrutinio que le acarrea un nuevo brote de frustración y desánimo. Los cosméticos han difuminado buena parte de las arrugas en frente, ojos y cuello, pero ella sabe que están ahí, cada vez más acusadas, debajo del ilusorio barniz que su equipo de maquilladores y estilistas compuso sobre su epidermis, y sabe igualmente que cada vez precisará de mayores dosis de artificio para borrar las huellas que el tiempo, las congojas y los excesos le han ido dejando en el cuerpo. La idea de estar marchitándose a fuego lento le provoca un estremecimiento que termina, no obstante, expulsando mediante un suspiro estoico, consciente de que, por más que se empeñe, poco más a fin de cuentas es lo que puede hacer frente al inexorable avance del tiempo.

           La decadencia física le lleva, no obstante, a pensar asimismo en la profesional, tan ligadas ambas en el pomposo universo donde orbita el espectáculo, y a preguntarse cuándo comenzará esta última también a producirse. Lleva años cosechando éxitos, años de continuas giras, de ventas multimillonarias, de recintos llenos de un público entusiasta, pero sabe que tarde o temprano habrán de languidecer tales éxitos, terminar las giras, disminuir las ventas y albergar los recintos un auditorio cada vez más reducido. Tiene miedo de que todo eso suceda, aunque, paradójicamente, lo anhela al propio tiempo, deseosa de verse al fin libre de tanta imposición, de tantas multitudes entre las que la soledad llega a ser tan agobiante e insufrible. Teme a la soledad derivada del fracaso, del mismo modo que aborrece la soledad asociada al éxito.

          Rehúsa de todas formas hacerse preguntas, sabedora de que no hallará respuestas válidas o, peor aún, que éstas le abofetearán el alma sin conmiseración alguna, de modo que prefiere no pensar, abstraerse del complejo entramado que conforman sus pensamientos tejidos con la madeja de embarazosas cuestiones, aunque eso suponga permanecer encerrada en el calabozo de las dudas, por lo que hace un esfuerzo para dejar la mente en blanco y de un modo automático comienza a cepillarse el cabello, cuyo color natural se halla escondido bajo una plétora de tintes, prendiendo a continuación una flor sobre uno de los bandós, concretamente el derecho, una flor tan falsa como las largas pestañas que se comban por encima de sus ojos, esos ojos que desde el espejo la contemplan sin dejarse engañar por el oropel de la fama.
         
           El rasgado de guitarras eléctricas y embates de percusión que, aun amortiguados, se filtran hasta el camerino por las rendijas de la puerta deja constancia de que sobre el escenario hizo ya su aparición la banda que la acompaña en cada concierto. Sabe que debe darse prisa. Emite un suspiro y hace ascender por la avenida de sus piernas las medias opacas, a rayas negras y azules, que lucirá en la actuación de esa noche, dejándolas ancladas a mitad de los muslos, justo antes de donde termina el vestido escotado que se ciñe a su cuerpo como una segunda piel de terciopelo rojo. Sin duda, un atuendo demasiado juvenil para su edad, pero es el estilo que marcó como propio desde el inicio de su carrera y se resiste a cambiarlo, desoyendo a tal efecto las voces que desde los oráculos de la madurez le gritan que desentona; a fin de cuentas, a sus años ya nadie cambia como no sea para morir. Por otro lado, no se trata en el fondo sino de un disfraz con el que enmascarar mediante falsas primaveras no sólo los años, sino también la profunda tristeza que le corroe por dentro desde que el otoño llegara a su vida para uniformar de gris su corazón.
          
            Hace una última prueba y ensaya frente al espejo su habitual repertorio de sonrisas y gestos, ese inventario semiológico con el que busca simular frente al público la imagen de una mujer radiante y segura de sí misma; pero, pese a todo su esmero, la expresión de su rostro desdice a ese carrusel de gestos y sonrisas, tan falso como un programa electoral, y una lágrima rebelde termina por brotar de sus ojos para ir a estrellarse contra una de las cajitas de maquillaje que descansan sobre la tarima.

           Se endosa finalmente unas botas negras que le llegan hasta casi las rodillas y, caminando sobre sus altos tacones, toma con decisión el camino de la escena. En el largo pasillo que conduce a ésta le aguarda un cordón de allegados, cuyas voces de aliento la acompañan durante todo el recorrido, por más que ella no las escuche, centrada ya por entero en el inminente momento de la aparición ante su público. Son apenas unos metros los que la separan del círculo albo que sobre el proscenio crea la convergencia de varios focos simétricos, pero a ella se le antoja una autopista interminable. Siente cansancio, mucho cansancio, y al propio tiempo una ansiedad apenas reprimible. Se detiene justo al final del pasaje y respira hondo. Una voz enlatada anuncia con estridencia su nombre. Los redobles de la batería se intensifican. Un último movimiento para desentumecer el cuerpo tenso y como una pantera salta a continuación sobre el rutilante perímetro. El clamor de la muchedumbre se torna ensordecedor, recibiéndola con un grito que viene a ser la suma de mil gargantas aunadas bajo un mismo anhelo. La diva alza los brazos y sonríe con efusión.