sábado, 20 de junio de 2015

SOLEDAD DE HIELO

         
           Sobre la alfombra de hojas secas que cubría el parque bullía un hervidero de niños que jugaban a atraparse; parejas que, tomadas de la mano o por la cintura, caminaban sin rumbo definido; madres paseando a bebés en carritos; abuelos que vigilaban los agitados retozos de sus nietos; bicis que dejaban roderas sobre la hojarasca; ancianos a los que el tiempo columpiaba mientras, sentados en un banco, permanecían con la mirada fija en un horizonte muy lejano; lectores de periódicos…, todos gozando de los tibios rayos de un sol otoñal que se deslizaba suavemente entre las invisibles moléculas del aire.
 
           Más allá de este ajetreo, que le resulta del todo ajeno, una mujer vestida de negro traza círculos sobre la arena con la delgada rama de un árbol. Es un elemento disonante del paisaje, una intrusa que transita en otra dimensión paralela, aislada de aquella algarabía de insectos por el espeso manto de una soledad infranqueable que hace que todo a su alrededor aparezca teñido con los barnices de lo irreal. Su mundo es otro, un mundo ubicado dentro de las coordenadas establecidas por el laberinto en el que se mueve a trompicones, ese laberinto gris que fabricaran sus inclementes demonios para de ellos mantenerla cautiva, sin más horizonte que el marcado por los muros de ese mismo enclaustramiento.
 
           El sol de otoño empuja al rocío para que se escurra a través de las hojas de los limoneros y caiga al suelo en forma de lágrimas. Observa esas lágrimas de rocío la mujer de negro y las compara con las vertidas por sus propios ojos, océanos de lágrimas a través de los que ha ido percibiendo el dolor de la vida, de su vida marcada por besos equivocados y sueños de cartón, porque, piensa, morir no duele, lo que duele es vivir, levantarse cada mañana y sentir los golpes de la vida con la única esperanza de que el próximo no resulte demasiado fuerte. Cierra los ojos y, con el filo de este último pensamiento hincándosele por dentro, se deja conducir por la nostalgia hacia otros tiempos donde la esperanza aún no había sido herida de muerte por los embates de una realidad sañuda, tiempos en los que aún era capaz de sonreír y soñar. Ha aprendido, no obstante, a moverse entre el desquiciado gatuperio de sus nostalgias, sin tropezar en exceso con recuerdos punzantes, como un murciélago desplazándose en las tinieblas, consciente de que tales tiempos pretéritos ya no volverán, enterrados que fueron los sueños que los alimentaron en el cementerio de lo imposible, allí donde se secaron también aquellos labios que, de tanto besarlos, llegó a creer que eran suyos, donde enmudeció la voz que de música colmaba sus oídos, donde las manos que hacían temblar su piel con caricias de fuego se desintegraron como átomos inconsistentes, donde dejó de sentir en el rostro las sofocantes vaharadas de aquel aliento de semental insaciable y aquella mirada capaz de penetrar en lo más hondo de sus pensamientos, donde en definitiva dejó para siempre el cuerpo venerado de yacer junto al suyo en tálamos chorreantes de sudores y deseos compartidos.
 
          Desgraciadamente, aquellos son vientos del ayer que nada tienen ya que ver con su actual existencia, marcada ésta por la inmensidad de un desierto en el que vaga sin esperanzas, con la soledad sedimentada en su sangre tan monopolísticamente que no queda hueco para nada más, ni siquiera para que pueda madurar en ella la simiente de los resentimientos. ¿Para qué? El rencor no le devolvería en ningún caso lo perdido, no haría que se tornaran veraces los cientos de promesas incumplidas, ni que se colmaran con remozadas ilusiones los vacíos que sólo con nuevos desencantos se habían ido llenando a lo largo de los años. De nada habría de servir el rencor en un mundo que se hizo de cristal para terminar desmenuzado en un millón de fragmentos rotos, venido abajo paradójicamente en silencio, sin estrépito alguno, como lo haría un castillo hecho de ceniza.
 
           Ninguna palabra brotó, en efecto, de entre sus labios montaraces cuando se fue, no hubo despedidas, ningún adiós en el que encajar cualquier excusa que, por espuria que fuese, pudiera servir de lenitivo al alma abandonada. No, él se marchó envuelto en el mismo silencio con el que tiempo atrás había llegado a su vida, sin decir nada, viento que viene y va en función de albures insondables, y tras de él, envuelto en aquel silencio devastador, quedaron sólo el vacío y la soledad, vestigios de unos sueños que en vano buscaron cobijo en los límites de lo real. 
 
           Los meandros del tiempo fueron luego convirtiendo en sombra el poderoso rastro de lobo que dejara tras cada movimiento suyo, esa esencia animal mediante la que, ciñéndola bajo los febriles efluvios de la pasión más vehemente, había logrado devorarla una y otra vez como a un cordero. Esos fueron en el fondo sus papeles en aquella tragicomedia representada durante casi año y medio, el de lobo y el de cordero. Tampoco es algo, no obstante, que le reproche ni por lo que sienta encono alguno, en parte porque reprochar o estar resentida exige de una emoción donde poder asentarse el reproche o el resentimiento, siendo que ella carece de fuerzas incluso para sentir emociones, y en parte también porque es consciente de que en el fondo él, y los que son como él, no serían en realidad lobos si en derredor suyo no balasen los corderos.
 
           La mujer de negro borra los círculos que ha dibujado en la arena y vuelve a trazar otros nuevos sobre la tierra removida, como si quisiera con ese gesto instar al sol para que haga lo mismo con los círculos helados que se han ido cerrando en torno a su alma; pero el astro se limita a acariciarle el rostro, sin que sus rayos vayan más allá de la piel alba, incapaces de penetrar bajo ésta y hendir la coraza que conduce a los páramos gélidos, allí donde el alma yace atrapada, como un fósil prehistórico, bajo los espesos hielos de la soledad, inmovilizada en una ciénaga donde, a modo de nenúfares podridos, flotan dudas, miedos y desencantos.
 
           Desearía romper en mil pedazos su prisión, y, a poder ser, hacerlo por sí misma, sin necesidad de impetrar ayuda de ninguna clase, ni siquiera de los dioses, esos entes caprichosos y crueles que siempre la trataron como a una marioneta; pero el escaso bagaje de sus fuerzas apenas si ya le da únicamente para seguir abasteciendo el surtido de lágrimas que de manera tan profusa han vertido sus ojos, las únicas que, por otro lado, si no derretir, sí consiguen al menos ablandar de algún modo el hielo que cubre su alma. Por eso continúa llorando, y por eso también, pese a todo, sigue deprecando al sol y a esos dioses inicuos para que la ayuden, por más que en el fondo sepa y tenga asumido que nadie escuchará sus gritos emitidos en silencio.
 
           Las ramas de los fresnos dibujan sombras cada vez más acusadas sobre el suelo. La mujer de negro se pone la mano delante de los ojos para mirar a lo lejos. Busca los indicios de otras sombras, las del crepúsculo, aterradoras en su avance, pues sabe que cuando extiendan definitivamente su manto umbroso y a la luna le dé por perfilar su argéntea figura en el firmamento, los demonios voraces acudirán en tropel para lacerarla dentro de la prisión de hielo, no en vano es ese el momento en que con más saña lo hacen, y ella, indefensa, agachará entonces la cerviz para someterse a su brutalidad de verdugos mientras en torno suyo percibe la secreta respiración de los helechos.
 

7 comentarios:

Bruja Piruja dijo...

Increíble descripción de sensaciones, como siempre, Cavaradossi. Has construido una historia llena de cromatismo y sentimiento. ¿Dónde se encuentra la esperanza, para dejar de ser una isla de soledad y frío en un entorno grato, lleno de poesía? Hay que buscarla, hay que ponerse en movimiento y buscarla...

Un beso

Cavaradossi dijo...

Así es, Bruja, no hay que dejar en ningún momento de buscar la esperanza, pues ella es el motor que nos mueve, sin el cual quedaríamos estancados en un mundo de hielo como el que acoge el alma de la protagonista de este relato.

Un beso para ti y gracias por sumergirte de nuevo en este mar de los sueños

Siara Apsara dijo...

Es bello leer tus escritos y sumergirse en ellos.



¡Salu2!

Cavaradossi dijo...

Tus palabras me halagan, Siara.
Es asimismo bello que alguien como tú lea mis escritos y se sumerja en ellos.
Un beso

Anónimo dijo...

Un escalofrío recorre mi cuerpo cuando visito tu blog, qué recuerdos Cavaradossi. Saludos

Luz de Luna

Cavaradossi dijo...

Suele suceder con relativa frecuencia que determinadas lecturas actúen como estimuladores del recuerdo. A veces tales recuerdos nos trasladan a momentos maravillosos de nuestras vidas; otras no tanto; pero yo opino que recordar siempre es en el fondo positivo, no en vano es el nexo de unión con lo vivido, y lo vivido en el pasado, ya sea bueno o malo, es lo que marcó nuestro presente.

Confío en que la lectura de mi blog, además de traerte recuerdos, te agrade en sí misma, Luz de Luna

Anónimo dijo...

Algunas amistades son eternas
Algunas veces encuentras en la vida
una amistad especial:
ese alguien que al entrar en tu vida
la cambia por completo.
Ese alguien que te hace reir sin cesar;
ese alguien que te hace creer que en el mundo
existen realmente cosas buenas.
Ese alguien que te convence
de que hay una puerta lista
para que tú la abras.
Esa es una amistad eterna...

Tu siempre amiga

Luz de Luna