sábado, 9 de mayo de 2015

LAS ESPADAS DEL TIEMPO

           El contraste de temperaturas hace que un escalofrío erice su piel en el momento de salir de la ducha. Se frota bien con la toalla, buscando en los rizos de algodón recuperar parte del calor perdido, y la enrosca luego alrededor del tronco para con ella cubrir su desnudez. Con los dedos dibuja un círculo sobre el vaho que emborrona el espejo del baño, hasta que en la bruñida superficie aparece el reflejo de su rostro, que contempla absorta, como si fuese el de alguien extraño, alguien ajeno a ella. Da un paso hacia atrás y deja que la toalla se desprenda sobre el enlosado, lo que hace que en el espejo surja su cuerpo desnudo y todavía húmedo.

           Observa sus pechos, ni grandes ni pequeños, quizá algo caídos, aunque todavía lejos de sucumbir por entero al irresistible acoso de la gravedad, y en un gesto automático coloca ambas manos bajo ellos para elevarlos. El contacto le provoca una tibia concupiscencia. Los mira complacida de su condición de legatarios de placer y de deseo, recreándose en su forma torneada, en las dos fresas que coronan sus cimas, armas de seducción frente a amantes que los colmaron de sensuales caricias, de besos encendidos, de mordiscos voluptuosos, durante noches que dejaron penetrantes huellas en el recuerdo. Profundiza aún más y siente el corazón que, todavía pletórico de emociones, late bajo ellos, ígnea pasión en cada sístole, efusivo entusiasmo en las diástoles, y por un fugaz instante flotan frente al espejo los rostros de aquellos que lograron enardecerlo.
 
             Mira también su vientre, surcado en horizontal por ligeras estrías, pero aún terso en líneas generales, bastante nivelado pese a los tres abultamientos de los que por tres veces surgiera el milagro de la vida, y lo acaricia también con las manos, muy suavemente, percibiendo su calidez, su delicada curvatura, su elasticidad de gladiador en mil batallas, mientras piensa en esas vidas que albergó, convertidas desde su génesis en los principales luminares de su particular firmamento, y asimismo piensa en las mágicas mariposas que, unas veces por más tiempo, otras por menos, allí hallaron hospedaje, dentro de ese vientre palpitante y cálido, provocándole pletóricos estremecimientos y contribuyendo con su aleteo a  elevarla más allá de las nubes.
 
            Desde el vientre baja la mirada para dirigirla hacia esas dos avenidas que convergen justo donde el placer dispone de su mayor santuario, recreándose en el sinuoso trayecto que va desde los tobillos hasta los muslos, sin dejar de percibir al hacerlo las huellas que, todavía no muy pronunciadas, también en estos últimos ha ido dejando el tiempo con su paso, en forma esta vez de celulitis y piel de naranja, estampas de otra batalla que sabe terminará asimismo perdiendo, por más que aún luche por conseguir que la capitulación se demore el mayor tiempo posible.
 
           Contempla igualmente otros vestigios de esa misma guerra, como el ensanchamiento de sus caderas o las arrugas que ojos y comisuras de los labios exhiben. Es la guerra contra el tiempo, implacable adversario que jamás se compadece de sus víctimas, acosándolas hasta el instante último en que son conducidas al hemisferio de los silencios.
 
           Sonríe y el espejo le devuelve una sonrisa multiplicada, brillante como todo un carrusel de luciérnagas. Se siente satisfecha consigo misma, satisfecha de todo cuanto la conforma, tanto de lo visible como de lo etéreo, y no guarda en ese sentido temor ni resentimiento alguno, pues sabe que por mucho que el esplendor en la hierba se siga atenuando hasta incluso desaparecer, lo vivido siempre quedará dentro, muy dentro de ella, allí donde las espadas del tiempo jamás podrán herirla.
 
           Y así se lo comunica al espejo, al que hace un guiño de complicidad que éste le devuelve al instante, porque el espejo siempre ofrece lo mismo que recibe, y aunque ella se sienta a veces perdida y le cueste reconocerse en la imagen reflejada en el cristal, sabe que no deja de estar allí, en el reflejo y más profundamente aún, en los recónditos parajes que se esconden más allá de la propia anatomía, por debajo de la piel y de la carne, en ese invisible rincón donde florecen los sueños. 
 

2 comentarios:

Bruja Piruja dijo...

Buena reflexión sobre el paso del tiempo, la implacable mella que deja en el cuerpo, y las experiencias maravillosas que aporta. No puede existir un enriquecimiento interior, en este caso, si no se produce el deterioro físico. Es el paso del tiempo, en definitiva, el que provoca ambos sucesos, que irán siempre de la mano...

Cavaradossi dijo...

Sí, convengo en que tiende a haber cierta compensación entre el desgaste externo y el enriquecimiento interno que se produce a medida que avanzan los años... Aunque no siempre es así. Los hay quienes, por más que avancen en el tiempo, siguen empobreciéndose por dentro. Es una pena, pero es así