domingo, 24 de mayo de 2015

EN BUSCA DE LA ILUSION PERDIDA

   
        El momento de la hecatombe me resultó sobre todo desconcertante, no estaba yo preparado para semejante desconexión de lo que hasta entonces considerara armonía y orden inmutables, ¡quién en realidad podría estarlo!, de modo que al principio lo que sentí fue una confusión brutal, el mundo se desmoronaba a mis pies y yo lo advertía con ojos despavoridos, contemplando las grietas que de manera sucesiva se iban abriendo para provocar derrumbamientos inverosímiles, hasta completar todo un cataclismo que habría de dejarme sumido en medio de la anarquía y la más absoluta de las desolaciones.
 
           Sí, se hundió mi mundo, un mundo que, abandonado de la esperanza, perdió toda su solidez para sucumbir al poder del caos, sin que ninguna fuerza humana o divina fuera capaz de evitar su total desplome. Lo primero que se rompieron fueron los espejos de la ilusión y a partir de ahí, una tras otra, se fueron resquebrajando todas las demás cosas, como en una reacción nuclear en cadena; daba en realidad la impresión de que, rota aquélla, nada quedase con la suficiente fuerza para sostener una construcción tan frágil como era el mundo, mi mundo, de modo que, sin apenas darme cuenta, éste se derrumbó y me encontré esparcidos por el suelo los trozos cuarteados, los restos de amor, de sueños, de anhelo, todo destazado, hecho pedazos, apocalíptica ruina de la que no podía surgir más que desolación y vacío.
 
           Parece que hubieran pasado mil años desde entonces. Quizá en realidad así sea; tan relativo es a fin de cuentas el tiempo, que su medición tal vez no sea más que una entelequia propia de ilusos. Lo cierto es que me alejé de todo en busca de nuevas ilusiones con las que intentar reconstruir mi mundo desmoronado y yermo, atravesé desiertos, crucé océanos, escalé cordilleras enteras, hasta indagué en los confines de la muerte, enfilando de continuo derroteros que me condujeran a las coordenadas precisas desde las que poder empezar de nuevo. Bogué con desesperación a través del mar donde hierven los sentimientos, desnudo de todo lo que no fuese mi propia piel plagada de cicatrices, y cuando me sentía extraviado seguía el rumbo que en su vuelo indicaban vencejos y gaviotas, esperanzado en hallar mi destino más allá de la difusa línea que marcaba el horizonte; pero, por más que lo intentaba, al final venía a encallar una y otra vez en los oscuros arrecifes del desencanto, desde donde, cansado y abatido, contemplaba la soledad de mi propia existencia y me dejaba hundir en las aguas como un tonel de plomo, lentamente, sin oponer resistencia alguna, hasta que el légamo del fondo lamía mi vientre con su áspera lengua de reptil.
 
           Cientos de veces naufragué en mi frenético viaje, sumergido en los sumideros de la desesperación, pero siempre lograba recomponerme para, escapando del abismo, reiniciar una vez más el camino, sin dirección ni destino conocidos, un éxodo en busca de la ilusión perdida. Mis piernas estragadas apenas si podían sostenerme, pero yo no cesaba en el empeño de continuar caminando, por más que una y otra vez acabase enredado en mi propia telaraña de confusiones. De día invocaba a los dioses del Sol para que sus rayos me mostrasen el trayecto a seguir; de noche aullaba a la Luna y dejaba que su argéntea luz me anegase de melancolía. Ninguna respuesta hallaba, empero, en los astros, sólo los ecos de mi propia voz angustiada, la opaca reverberación de mis lamentos no atendidos.
 
           Cegado por los espejismos de la nostalgia, no conseguía vislumbrar en derredor nada que mereciera la pena, sólo ceniza y escombros, los despojos resultantes de la ruina, abrasantes, lardosos, mefíticos, y era tanta a veces mi desesperación que terminaba restregándome en ellos, como los puercos lo hacen en su zahúrda, encenagándome así cada vez más. Anhelaba belleza, pero la belleza se ocultaba a mis ojos, o aparecía disfrazada de engañifas, de sospechas, de miedos viscerales, así como de la certidumbre insana de que todo era falso y que detrás de cada rosa, por hermosa que pudiera parecer a primera vista, se escondía invariablemente un cuchillo, creencia esta que me llevaba a desconfiar de todo, tanto de lo sensorial como de lo etéreo, sin ser consciente del lastre que eso suponía, ajeno a la obviedad de que, si no conseguía liberarme de todos esos reconcomios, jamás podría llegar a ninguna parte, así pusiese en mi desplazamiento el empeño de un titán. Era algo obvio, sí, pero yo no me daba cuenta de ello, no lo veía, pegada que estaba la niebla a mis ojos como se pega a la piel una amante ávida.
 
             Y así, día tras día y noche tras noche, seguí navegando a la deriva, atrapado en un piélago de incertidumbre, hasta que, dibujada en una mirada lánguida, hallé la solución al misterio. Tantas calamidades padecidas en su busca, tantas singladuras delirantes, tanto tropiezo absurdo, tanta angustia soportada, cuando resulta que había estado siempre allí mismo, rodeándome por todas partes, tan cercana y evidente que me parecía de todo punto asombroso que hubiese tardado tanto tiempo en descubrirla. La terrible vacuidad que hallé en aquellos ojos tristes, cansados, deslucidos, que el azar, pues sólo al azar puedo atribuir su encuentro, puso enfrente de los míos, me hizo comprender que debía haber muchos otros náufragos como yo, que sin duda existirían más mundos derrumbados, más vagabundos perdidos, otros congéneres que, al igual que me sucedía a mí, tenían miedo y buscaban un escape.
 
           Aquella mirada fue como una espontánea aurora que surgiese para iluminar con su luz rosada el lado oculto de la verdad, ampliando mi visión con nuevas certezas hasta entonces preteridas en la umbría del desconocimiento, certezas que una vez comenzaron a bullir dentro de mi cerebro me permitieron abrir los ojos para mirar de otra manera distinta, comprobando al hacerlo que, en efecto, allí estaban, por doquier, perdidos en su propio laberinto de frustraciones y desencantos, en busca asimismo de las ilusiones que también a ellos les fueron sustraídas. Mi ceguera se tornó así en una clarividencia que me llevó a constatar la existencia de numerosas vidas paralelas que podían llegar a encontrarse con sólo un ligero desvío, que la luz no tenía por qué provenir sólo del sol, sino quizá también de una sonrisa, o del roce de una mano, o de unos labios que ambicionasen un beso que los revivieran.
 
           Y entonces sonreí, y de mi sonrisa florecieron ostentosos crisantemos de pétalos fulgentes.
 
           Y alargué mi mano y sentí que a ella se agarraban seres que portaban el corazón en la suya.
 
           Y extendí mis labios y noté la avidez que muchos tenían por besarlos.
 
           Liberado mi pensamiento de los cilicios de la duda, lo había al fin comprendido todo; comprendido que no se puede llegar a ninguna parte si uno no escapa previamente de su encierro dentro de sí mismo; comprendido que no hay nada más triste que un corazón que, desecado, se empecina en no beber; comprendido que quizá la vida no sea en el fondo más que una sucesión de sueños que se van empujando los unos a los otros para abrirse paso.
 

sábado, 9 de mayo de 2015

LAS ESPADAS DEL TIEMPO

           El contraste de temperaturas hace que un escalofrío erice su piel en el momento de salir de la ducha. Se frota bien con la toalla, buscando en los rizos de algodón recuperar parte del calor perdido, y la enrosca luego alrededor del tronco para con ella cubrir su desnudez. Con los dedos dibuja un círculo sobre el vaho que emborrona el espejo del baño, hasta que en la bruñida superficie aparece el reflejo de su rostro, que contempla absorta, como si fuese el de alguien extraño, alguien ajeno a ella. Da un paso hacia atrás y deja que la toalla se desprenda sobre el enlosado, lo que hace que en el espejo surja su cuerpo desnudo y todavía húmedo.

           Observa sus pechos, ni grandes ni pequeños, quizá algo caídos, aunque todavía lejos de sucumbir por entero al irresistible acoso de la gravedad, y en un gesto automático coloca ambas manos bajo ellos para elevarlos. El contacto le provoca una tibia concupiscencia. Los mira complacida de su condición de legatarios de placer y de deseo, recreándose en su forma torneada, en las dos fresas que coronan sus cimas, armas de seducción frente a amantes que los colmaron de sensuales caricias, de besos encendidos, de mordiscos voluptuosos, durante noches que dejaron penetrantes huellas en el recuerdo. Profundiza aún más y siente el corazón que, todavía pletórico de emociones, late bajo ellos, ígnea pasión en cada sístole, efusivo entusiasmo en las diástoles, y por un fugaz instante flotan frente al espejo los rostros de aquellos que lograron enardecerlo.
 
             Mira también su vientre, surcado en horizontal por ligeras estrías, pero aún terso en líneas generales, bastante nivelado pese a los tres abultamientos de los que por tres veces surgiera el milagro de la vida, y lo acaricia también con las manos, muy suavemente, percibiendo su calidez, su delicada curvatura, su elasticidad de gladiador en mil batallas, mientras piensa en esas vidas que albergó, convertidas desde su génesis en los principales luminares de su particular firmamento, y asimismo piensa en las mágicas mariposas que, unas veces por más tiempo, otras por menos, allí hallaron hospedaje, dentro de ese vientre palpitante y cálido, provocándole pletóricos estremecimientos y contribuyendo con su aleteo a  elevarla más allá de las nubes.
 
            Desde el vientre baja la mirada para dirigirla hacia esas dos avenidas que convergen justo donde el placer dispone de su mayor santuario, recreándose en el sinuoso trayecto que va desde los tobillos hasta los muslos, sin dejar de percibir al hacerlo las huellas que, todavía no muy pronunciadas, también en estos últimos ha ido dejando el tiempo con su paso, en forma esta vez de celulitis y piel de naranja, estampas de otra batalla que sabe terminará asimismo perdiendo, por más que aún luche por conseguir que la capitulación se demore el mayor tiempo posible.
 
           Contempla igualmente otros vestigios de esa misma guerra, como el ensanchamiento de sus caderas o las arrugas que ojos y comisuras de los labios exhiben. Es la guerra contra el tiempo, implacable adversario que jamás se compadece de sus víctimas, acosándolas hasta el instante último en que son conducidas al hemisferio de los silencios.
 
           Sonríe y el espejo le devuelve una sonrisa multiplicada, brillante como todo un carrusel de luciérnagas. Se siente satisfecha consigo misma, satisfecha de todo cuanto la conforma, tanto de lo visible como de lo etéreo, y no guarda en ese sentido temor ni resentimiento alguno, pues sabe que por mucho que el esplendor en la hierba se siga atenuando hasta incluso desaparecer, lo vivido siempre quedará dentro, muy dentro de ella, allí donde las espadas del tiempo jamás podrán herirla.
 
           Y así se lo comunica al espejo, al que hace un guiño de complicidad que éste le devuelve al instante, porque el espejo siempre ofrece lo mismo que recibe, y aunque ella se sienta a veces perdida y le cueste reconocerse en la imagen reflejada en el cristal, sabe que no deja de estar allí, en el reflejo y más profundamente aún, en los recónditos parajes que se esconden más allá de la propia anatomía, por debajo de la piel y de la carne, en ese invisible rincón donde florecen los sueños.