sábado, 18 de abril de 2015

CORAZONES HAMBRIENTOS


          
           Era invierno y en el centro de acogida difícilmente conseguíamos dar abasto a tanta cantidad de desahuciados, menesterosos e indigentes que nos llegaba todos los días en auténtica avalancha, por lo que en principio a aquella muchacha flaca y desvalida que trajeron a última hora de la tarde no la vi sino como a otra integrante más de la legión de desdichados cuyo dolor procurábamos aliviar con un techo y algo de ropa y alimento.

           Ella llegó, como tantos otros, sucia y desgreñada, camuflada bajo una capa de mugre tan espesa que apenas si permitía descifrar cómo eran los rasgos de su cara. La habían encontrado tirada en una esquina, aterida de frío, con la mirada vacía, sin más fuerzas que las que le permitían mantener los ojos abiertos y no sucumbir definitivamente al abrazo de la noche eterna. Los recuerdos estaban embotados dentro de su mente, hasta el extremo de haber incluso olvidado quién era y dónde vivía o cuando menos no conseguir articular respuesta alguna para las preguntas que le formulábamos en tal sentido; lo único que repetía una y otra vez era que tenía hambre.

           La aseamos y le dimos de comer, pero ni con toda el agua y jabón del mundo y ni aun saciado el estómago fue posible eliminar la profunda tristeza que emanaba de su mirada ausente. Era una tristeza tan densa que por momentos daba la impresión de adquirir forma material, como si un vapor negro y viscoso fluyese desde sus ojos opacos para introducirse por los poros de la piel de quienes la observábamos y contagiarnos el alma de su siniestra esencia. No debía tener más de dieciocho años, apenas una cría, pero esa tristeza manifestaba un pesar tan hondo que probablemente no bastarían mil vidas ordinarias para alcanzar sus límites externos.

           Sólo al día siguiente, una vez sometida a la cura que sólo el sueño sobre una cama blanda y bajo cálidas frazadas consigue proporcionar, pudo hablarnos de sí misma. Supimos así que provenía de una familia desarraigada en la que había sido desde niña sometida a continuas palizas y vejaciones, tanto por sus padres como por sus hermanos mayores, quienes no habían escatimado medios ni formas a la hora de dar rienda suelta a su sevicia, hasta que, harta de seguir soportando tantos vejámenes, decidiera finalmente fugarse de casa. De eso hacía ya varios meses, durante los cuales no había hecho otra cosa que deambular por las calles, sin rumbo, durmiendo en portales y mendigando para sobrevivir, hasta que el agotamiento y el hambre, intensificados bajo el rigor de un invierno especialmente crudo, la llevaron a capitular frente a la desesperación, resignada a un albur donde sólo podía hallar consuelo en la perspectiva que le ofrecía la muerte, a cuyo abrazo habría sin duda sucumbido si a tiempo no hubiese sido liberada en aquella solitaria esquina que eligiera como tumba.

           No sólo le dimos acogida y sustento físico, sino que procuramos también alimentar su corazón mediante raciones de sincero afecto. Yo nunca había visto de hecho un corazón tan hambriento como el suyo, tan necesitado de ternura, de caricias, de luciérnagas brillantes que vinieran a iluminar el oscuro revestimiento, forjado a base de decepciones y reveses, que lo envolvía, motivo por el cual decidí volcarme cuanto pude en ella e intentar que en la medida de lo posible se sintiese reconfortada y pudiera de algún modo constatar que el mundo no tenía por qué ser necesariamente un lugar hostil, sino que también podía encontrar en derredor manos amigas tendidas con generosidad hacia ella. Supongo que esta dedicación fue un atisbo de luz dentro de la oscura cueva donde estaba confinado su menesteroso corazón, puesto que, mientras proyectos de lágrimas flotaban en sus pupilas, vino a confesarme que era la primera vez que alguien hacía algo bueno por ella.

           Dado que no tenía donde ir, permitimos que residiera en el centro de forma permanente, a cambio de lo cual brindó su colaboración en las tareas ordinarias de éste, en especial las relacionadas con limpieza y cocina, cuyo desempeño llevó a cabo con una diligencia y constancia ciertamente encomiables, convirtiéndose así a todos los efectos en otra voluntaria más del equipo.

           Pese a todo, su estado anímico no lograba mejorar demasiado. Era activa y resuelta en la faena, y se mostraba afable y cordial en el trato, eso era cierto, pero no lo era menos que su asequibilidad real continuaba infectada del virus de la desconfianza, lo que, por un lado, le impedía abrirse a los demás y, por otro, hacía que, pese a cualquier esfuerzo por disimularla, la tristeza de su rostro continuara siendo muy visible. Yo seguí ocupándome de ella, cada vez con mayor implicación personal, procurando extirpar esa tristeza con el bisturí de la ilusión, una ilusión que quise insuflar en su espíritu mediante mi propio aliento, que derramé sobre ella sin ningún tipo de contención, anhelante de devolverle la confianza perdida para, a través de ésta, vencer sus miedos y derribar las barreras que conformaban su inseguridad. Quería en definitiva maquillar de algún modo las cicatrices de ese corazón hambriento, pintar con colores sus aurículas y sus ventrículos, sacarlo a pasear y llevarlo de fiesta, para que de ese modo del corazón naciesen sonrisas que luego ella pudiera dibujar con su boca.

           Puede decirse que en gran medida lo logré; al tesón que puse en mi empeño se unió la labor terapéutica que el propio tiempo acostumbra a realizar con su paso, lo que se tradujo en un mayor acercamiento entre nosotros que me permitió ir derribando sus muros hasta convertirnos en verdaderas almas gemelas, inseparables cómplices vinculados por filamentos de camaradería y afecto. Confieso que la primera sonrisa que me dedicó, me refiero a la primera sonrisa veraz, no a las esbozadas por compromiso y agradecimiento, se me antojó una especie de cielo abriéndose paso entre un mar de nubes, tan luminoso en sí mismo como el sol de las tardes de verano.

           Paralelamente a esta catarsis del ánimo, también su cuerpo fue experimentando una positiva metamorfosis, como si de algún modo aquél hubiese tirado de éste para asimismo reflotarlo, de tal modo que la delgadez casi extrema que demacraba su figura se fue atenuando a medida que ésta se cubría de una materia carnal que, bien asentada, comenzó a dibujar curvas y formas sugerentes sobre lo que antes sólo fuera deslucida piel, al propio tiempo que su rostro macilento adquiría igualmente un color mucho más saludable y atractivo. Para entonces yo ya había empezado a mirarla con otros ojos.  Me encantaba cada vez más estar con ella, charlar sobre cualquier tema, pasear en silencio, descubrir juntos nuevos lugares…. Sin apenas percatarme del proceso, la motivación meramente compasiva que impulsara mi inicial acercamiento se había transformado en una amistad robusta que, casi sin solución de continuidad, comenzaba a exhibir tonalidades más refulgentes, designios más íntimos, ideales más enaltecidos, hasta el punto de que su compañía se convirtió para mí en una auténtica necesidad, una necesidad a la que no me fue difícil poner su verdadero nombre: amor.

           Me di cuenta, en efecto, que me había enamorado de ella; cuando no estaba a su lado, la respiración se me agitaba, como si a través de mis pulmones transitase un tornado detrás de otro, y la sangre se me volvía de espuma ante la violenta necesidad de estar con ella, al tiempo que todo mi sistema nervioso quedaba crispado, sacudido por esa ansiedad irreprimible de volver a verla cuanto antes; en su compañía, por el contrario, el mundo venía a antojárseme una especie de colorida burbuja en cuyo seno no había cabida para nadie más que nosotros dos. Estaba claro que eso sólo lo podía provocar una fuerza tan mágica y poderosa como la del amor.

           Silencié durante un tiempo estos nuevos sentimientos, por más que, supongo, mis gestos y miradas los delataran a cada instante, hasta que, incapaz de contenerlos más, se los expuse en todo su detalle, sin ambages, sin escatimar palabra alguna a la hora de expresarlos. Ella se azoró ante mi declaración, confundida en un principio, conmocionada después, tornándose sus ojos dos límpidas fuentes de las que comenzó a brotar todo un reguero de lágrimas; no tardé en comprobar, sin embargo, que aquellas no eran lágrimas de felicidad, sino de pena y tristeza, la misma pena y la misma tristeza que a mí me invadieron cuando me percaté que declararle mi amor sólo me había servido para descubrir que ella jamás podría entregarme el suyo a cambio.

           Con voz entrecortada e interrumpida a cada instante por lastimeros sollozos, me hizo entonces partícipe de su secreto más íntimo, aquel cuyas llamas le abrasaban las entrañas desde hacía años y que por primera vez revelaba a otra persona. Yo conocía, porque ella misma así lo había confesado tras ser rescatada de las fauces de la muerte, el repetido carrusel de escarnios que había sufrido a manos de quienes, en lugar de semejante trato, debieron haberle proporcionado afecto, y era consciente asimismo de los poderosos traumas que padecía a consecuencia de ello; pero lo que no supe hasta ese preciso instante fue que, aparte de las palizas, insultos y menosprecios, también había sido repetidamente violada por su progenitor desde apenas alcanzada la puericia, una y otra vez, dejándola incluso preñada a los dieciséis años de edad, un embarazó que se tornó en aborto cuatro meses después a consecuencia de una terrible somanta. Esta revelación me dejó anonadado, pasmo que se tiñó de indignación y profunda amargura cuando acto seguido, con los ojos anegados en lágrimas, vino a decirme que a resultas de aquello su capacidad de amar había quedado tan dañada que le resultaba de todo punto imposible mantener una relación de índole sentimental; sólo pensar en unos labios que la besasen con deseo o en unas manos que, presas de un apetito incoercible, recorriesen su piel desnuda, le hacía estremecer de puro pavor. Se había convertido en un ser asexual para el que quedaba vedado el amor, al menos ese tipo de amor que yo le ofrecía y que en reciprocidad de ella demandaba. No, ella nunca podría entregarse a los reclamos del amor, ni mucho menos tener voluntariamente contacto sexual con otro ser humano, incluso aunque a su manera pudiera quererlo, como a mí de hecho aseguraba quererme. Así me lo comunicaron sus labios trémulos y me lo confirmaron sus ojos bañados en esas lágrimas de infinita tristeza, y fui entonces mi corazón, al comprender esa terrible ablación que lastraba al suyo, el que se tornó vacío y presa de una hambre infinita, necesitado de un alimento que jamás podría obtener de la fuente donde con tanta avidez pretendiera.

           El candente hierro de aquella confesión abrasó las ascuas de mi sangre, haciendo que un sentimiento de derrota, percudido de impotencia y de rabia, se apoderase de mí; impotencia ante la imposibilidad de abrirme paso entre los escombros de aquel corazón en ruinas, rabia frente a quien de modo tan vil lo había destazado, y desde entonces una niebla invisible, configurada por jirones de pena, satura mi alma, siendo mis ojos los que ahora lloran, lágrimas que se enquistan en esa alma saturada para provocarme un dolor contra el que no existe analgésico alguno.

           Pienso en ella y no puedo evitar derramarme en ríos de amor estéril, ríos cuyas aguas grises, tras discurrir entre retorcidos meandros, se precipitan en las cataratas que conducen a los abismos de la desesperanza, rugiendo con atormentado estrépito hasta desembocar en el mar muerto de la soledad. Quisiera poder revestir mi corazón de una armadura compacta que silenciara tanto alarido mendicante, o encerrarlo bajo llave en una hermética torre donde quedasen sofocados sus latidos, confinado para siempre el manantial del que brotan las yermas corrientes; pero lo cierto es que no puedo, mi corazón está hambriento y eleva su voz una y otra vez hacia el limbo donde aguardan mis necios anhelos en tránsito hacia la locura.

 

jueves, 2 de abril de 2015

UNA VEZ MÁS


           Quiso que marchase con él hasta más allá de los confines que hasta entonces trazara el compás de sus propios miedos e inseguridades, los dos juntos caminando hasta alcanzar el fin del mundo, de todos los mundos, sin más propósito que el de disfrutar de cada paso, de cada curva, de cada intervalo; pero ella objetó que no se sentía con fuerzas para emprender un viaje que pudiera conducirla de nuevo a ninguna parte, siendo por ello que, ante su mano tendida, le dijo que prefería caminar sola.

           Le pidió que cerrara los ojos y se dejase llevar por la luz que desde dentro proyectaba el fanal de su instinto, desnuda de todo lastre que le impidiera avanzar en pos de sus sueños; pero ella replicó que le asustaba la ceguera y que temía desprenderse de la protección que le brindaban sus armaduras, por pesadas que estas resultasen.

           Le dijo entonces que nada debía temer, que él cuidaría de ella para siempre, sin titubeos de ningún género, sacerdote consagrado a la felicidad de su única diosa, viviendo por y para ella, afanado en el sacro propósito de hacer de cada instante compartido una plétora de dicha; pero ella respondió que el mayor de sus miedos era precisamente el de perder la libertad, que se consideraba a sí misma un pájaro que, pese a su fragilidad, querría siempre volar libre, sin nadie que la protegiera más allá de sus propias panoplias.

           Quiso él ofrecerle el mundo, su mundo, un mundo donde germinaban toda clase de sueños y esperanzas; pero ella no quería más mundo que el que latía dentro de ella misma, un mundo exclusivo que poblaba su mente de coloridos escenarios y su alma de extravagantes fantasías, y en ese mundo no había cabida para nadie más, pues era un mundo hecho para ser descubierto cada día con los ojos de una niña y disfrutado con el corazón de una mujer.

           Y fue así como el hola que de los labios de él brotase, henchido de esperanzados anhelos, terminó tristemente despachado con un adiós por los de ella, un adiós que, gélido como el invierno, le llevó a alejarse de su vida, con la mirada perdida en el vacío y la pena como único abrigo para su alma entumecida.  

           Pasó, sin embargo, el invierno y no fue sino sentir la tibieza de una nueva primavera para que el espíritu se le remozase con flamantes brotes de esperanza que le llevaron a volar otra vez a su encuentro, sin más equipaje que el ánimo renovado y el corazón enardecido, palpitante de entusiasmo, consciente de que sin ella la vida se le escurría entre los dedos, que el resquicio por donde en su momento se le colara dentro, lejos de haberse cerrado, estaba más abierto que nunca, porque ella era en realidad su luz, desprovisto de la cual era él el verdaderamente ciego, porque sin ella no habría más sonrisas en sus labios ni ilusiones en su alma, porque sin ella se veía incapaz de seguir siendo él, y hasta su propio nombre se convertía en poco más que un sonido hueco si no lo escuchaba en boca de ella, porque ansiaba estar en ella para siempre, dentro de ella, en lo más profundo de ella, porque era en el fondo él quien tenía miedo de estar lejos y su propia sangre la que se derramaba en copiosas hemorragias cuando la sentía ausente.

           Llamó por tanto a su timbre y una vez más le dijo hola, y una vez más alargó su mano tendida hacia ella, y una vez más le exhortó a que caminasen juntos, y una vez más le pidió que cerrase los ojos, y una vez más le explicó que no debía tener miedo, y una vez más le ofreció el mundo, su mundo.