sábado, 14 de marzo de 2015

QUIZÁ ALGÚN DÍA


   
         Un tránsito perezoso recorre la glorieta a esa hora de la tarde, próxima ya la llegada del crepúsculo. El verano da sus últimos coletazos y un sol tibio, resignado a sufrir una vez más su diario sacrificio en los altares de occidente, emite flavos destellos sobre los edificios y los rostros de los paseantes, así como de quienes, ancianos en su mayoría, descansan en los bancos ubicados bajo los almendros. Sobre los alfeizares de buena parte de los balcones se alinean cohortes de macetas que confieren a la plaza un toque colorido; lirios, gladiolos y begonias predominan en ellas, cuyos perfumes se van esparciendo en vaharadas a lo largo y ancho de todo el perímetro. 
           Parapetada tras la taquilla del teatro, apenas si logra Paula percibir esa fragancia floral; le llega muy difuminada, tan solo ligeros efluvios que sucumben frente al vapor denso de la soledad que habita en su cabina. Tampoco está en cualquier caso muy atenta a los estímulos provenientes del olfato, pues en esos precisos momentos ella es, por encima de todo, ojos, unos inmensos ojos azules que, unas veces de forma directa, otras a hurtadillas, se posan sobre la robusta figura que allá fuera, en la calle, bajo el tupido disfraz de Bestia, declama y hace cabriolas con las que llamar la atención de los transeúntes para persuadirles de que asistan a la función nocturna.
           Paula sueña con él a todas horas, no con el ser de rostro temible, mitad lobo, mitad león, que interpreta a través del camuflaje, sino con el muchacho que se mueve por debajo, ese muchacho de mirada enérgica y piel morena cuyos ojos pestañean vivaces cada vez que se desprende de la careta para tomarse un respiro y aliviarse del sofocante calor. Ella sufre verdaderas sacudidas al sentir sobre el alma la luz que emiten aquellos ojos, verdaderos relámpagos que la atraviesan y envuelven en una espiral hipnótica, tan intensa que llega a perder todo control sobre los latidos de su corazón y los designios de su mente, incapaz ya esta última de centrarse en la venta de tickets, al quedar por entero absorbida en la recreación de su rostro pegado al suyo, mejilla contra mejilla, piel contra piel. 
           A veces no sólo es la máscara lo que se quita, sino todo el disfraz, que durante algunos minutos guarda en el interior del teatro, en un departamento contiguo a la propia taquilla, para desentumecer los músculos o tomar algún refrigerio antes de proseguir en el exterior con su pantomima, y es entonces cuando Paula, aun de modo furtivo, puede admirar su torso atlético, emancipada la piel desnuda de esa otra artificial y áspera que habitualmente lo aprisiona, e imagina el goce de posar sus manos sobre ese pecho dilatado, acariciarlo, enredarse con los rizos del vello, deslizar los dedos por la elástica curvatura hasta alcanzar los remolinos del vientre, navegar en definitiva, libre y voluptuosamente, por todo ese océano de piel; e imagina también, en lo que vendría a ser la apoteosis del deseo, cómo sería sentirlo dentro, enteramente dentro de ella, formando ambos un solo cuerpo donde las células se mezclasen como los elementos lo harían dentro del crisol de un alquimista.
           Desde aquel mágico día en que lo vio por primera vez, cuando sintió que se le desbarataba el estómago y que una mano invisible aprehendía su corazón como si fuese una pelota de tenis, Paula experimentó una brutal metamorfosis en lo que percepción y nociones concernía, redefinidas bajo un prisma nuevo donde la razón se le disfrazó de arlequín para ejecutar pintorescas maromas que por sí solas tenían el poder de transformar el entorno, el aire se inflamó de aromas hasta entonces desconocidos para ella, los colores se sublevaron y difundieron nuevos matices ante sus ojos extraviados por el delirio, y hasta dejó de ser redonda la Tierra para adquirir formas estrafalarias que se expandían y contraían a la manera de un acordeón. El sentido de las cosas cobró rumbos desconocidos bajo la férula de una imaginación que, sin necesidad de salir de los reducidos límites de su taquilla, vino a trastocarlo todo, hasta el punto que una sola mirada era más que suficiente para que aquélla se le disparase y de inmediato concibiera todo tipo de escenas con ellos dos como únicos protagonistas, escenas en las que cada beso se convertía por sí solo en un acto perfecto, sin que quedasen las sensaciones entibiecidas por el hecho de derivar únicamente de entelequias, puesto que al fin y al cabo sentir viene a ser en sí mismo algo real, por más que el sentimiento emane de sueños imaginarios.
           Sin embargo, también está allí, presta a desbaratar tales sueños, la otra realidad, la que se nutre de física y materia, de hechos concretos y circunstancias establecidas, de tiempo que fluye y espacio que permanece inmóvil, una realidad que le recuerda que jamás han intercambiado una sola frase más allá de protocolarios saludos y despedidas, que le subraya que desconoce todo lo relativo al muchacho, incluido su nombre, y que, insidiosa, le advierte que él pertenece a una compañía de actores que dentro de poco dará probablemente su última representación y marchará a otra ciudad distante, en tanto que ella permanecerá allí, atendiendo la taquilla del teatro para nuevos espectáculos. A menudo, procurando afanosamente confrontar ambas realidades, la que se alimenta de sensaciones y la que lo hace de razonamientos, Paula habla consigo misma, formula preguntas y aventura respuestas, hasta que la conversación se traba porque su voz ya no encuentra palabras o porque simplemente tropieza con ellas, incapaz de dar expresión a tanta idea alborotada.
           Hace ya más de dos meses que la compañía arribó a la ciudad; desde entonces representan tres veces por semana, viernes, sábado y domingo, “La bella y la bestia”, obra que esa noche escenificarán por trigésima ocasión. Paula descubrió hace tiempo que la persona que monopoliza sus sueños no es en realidad uno de los actores, o al menos no participa como tal en la función, sino que se limita tan solo a hacer su papel de reclamo para atraer clientela, luciendo con tal fin en la calle el asfixiante disfraz que le convierte en “Bestia”, bajo el que pronuncia soflamas encendidas, recita versos apenados, zigzaguea en trenzados movimientos o se contornea en bailes entusiastas junto a su inseparable “Bella”, la muchacha que le sirve de contrapunto y que, haciendo honor a su personaje, es realmente bella, una cara de ángel embutida dentro de un rozagante vestido de muselina, sonrisa etérea, ojos de esmeralda y cintura ahogada como un suspiro, tan bella es que Paula no puede evitar odiarla, odia su cara de muñeca, odia sus formas vaporosas, odia sus dientes de nieve y, por encima de todo, atormentada por los celos, odia que se deje caer entre los masculinos brazos para entre ambos elaborar una composición sublime; en esos momentos, atravesados los celos en sus entrañas, debe por fuerza apartar los ojos y mirar hacia otro lado, so pena de morirse.
           La venta de entradas continúa siendo buena, por lo que parece probable que la estancia de la compañía en la ciudad se prolongue todavía durante algunas semanas más. Así al menos lo espera Paula, quien no deja de temblar ante la incertidumbre del futuro, aterrada por la contingencia de que se eche definitivamente el telón y desaparezca para siempre de su vida aquel que, aun desde las landas donde sólo florece la indiferencia, la ha vuelto a dar un sentido. Quisiera por eso que el tiempo se detuviera y poder observarle siempre, sin interrupción, día tras día, siglo tras siglo, desde su pequeño trono de cristal, en el que echaría raíces tan profundas que traspasarían la tierra hasta llegar a alcanzar las antípodas, en una eterna vida sedentaria cuyo fundamento y exclusivo objeto sería tenerle allí, cerca, al alcance de sus cerúleos ojos de enamorada. Sabe, sin embargo, que no será así, que llegará el fatídico día en que él ocupará su puesto en la caravana y marchará con la troupe a otros lugares, sin haberse apenas percatado de su existencia, mucho menos conocido la recóndita huella que habría dejado en la insignificante y solitaria muchacha que vendía las entradas para la función de cada noche.
           Solitaria. Ese es sin duda el adjetivo que mejor podría definir a Paula. Nació con el estigma de la soledad estampado en el alma, como un tatuaje, y allí ha permanecido desde entonces de manera indeleble. Su infancia transcurrió casi toda entre los muros de un internado regido por normas inflexibles, sometida a la tiranía de unos educadores que ponderaban por encima de todo la disciplina como método docente, severo entorno en el que su apariencia frágil y su extrema introversión le hicieron ser objeto de toda clase de burlas y desaires. Más adelante, la adolescencia, lejos de conseguir que abriese sus pétalos al mundo, vino a incrementar todavía más su retraimiento de flor huidiza, hasta terminar convertida en el ser más solitario y esquivo sobre la faz de la tierra, alguien que, voluntariamente aislado de todo aquello que respire y sienta, no tiene más contacto que el derivado de los rostros anónimos que cada día puedan acercarse a comprar entradas para la función. Fuera de esa gente, con la que a lo sumo llega a intercambiar un par de frases, nadie acude a su taquilla a visitarla, a no ser alguna de esas moscas grandes y peludas que, pegadas al cristal de la ventanilla, desprenden reflejos verdes iridiscentes mientras se rascan sus patas antes de levantar de nuevo el vuelo para zumbar con pesadez.
           Nunca había Paula contado con alguien cercano a quien poder llamar amigo, menos aún conocido las delicias del amor, ese gusano loco que se cuela en las tripas y tira de ellas hasta hacer de la agonía un delicioso delirio; pero todo cambió cuando por primera vez vio el rostro de él desembarazado del disfraz que lo embozaba, momento en que el mundo se detuvo en seco para ella y los focos que hasta entonces le mostraran de manera harto displicente la miscelánea de formas y colores que poblaban su escenario giraron al unísono para concentrarse de repente en una única parte del mismo, la ocupada por él, por aquella presencia hipostática que congregaba y desprendía a su vez toda la luz del universo, tan prodigiosa que ya no hubo para Paula más color que el de la miel, porque ese era el color de sus pupilas y el de su cabello, ni otras formas que las que dibujaban su cuerpo adorado, ni más sonido que el concebido en su garganta para dar a luz su voz. Un turbión de sentimiento anegó desde entonces el pecho de Paula, que dejó de sentirse sola para empezar a gozar de la deliciosa compañía de sus propios sueños, esos donde, desbordándose la magia, todo venía a ser posible, burbujas de felicidad en cuyo interior bailaban sus almas entrelazadas. Es consciente de que, fuera de los sueños desplegados en el interior de tales burbujas, jamás podrá haber nada entre ellos, su propia timidez patológica, demasiado fuerte para ser derribada por el solo empuje de la voluntad y el deseo, lo imposibilitaría sin duda, ni siquiera sería en realidad capaz de mantener con él una charla mínimamente precisa, el aturdimiento haría en tal caso que sólo balbuceos e incoherencias desatinadas saliesen por su boca, lo que a buen seguro terminaría por avergonzarla hasta más allá de lo humanamente soportable; pero no importa, puede perfectamente reprimir tales ilusiones imposibles, pues le basta con poder verlo, con sentir su presencia aledaña, con observar la armonía de sus movimientos, con oír de vez en cuando su voz, aunque vaya dirigida a otras personas, para que los sueños se desplieguen y la envuelvan en esa tibia felicidad que acaricia y nutre su espíritu.
           La tarde languidece y se va poblando de espectros que al pasar dejan una estela gaseosa y un olor a almendras garrapiñadas que en aromático batiburrillo se mezcla con el de los lirios, gladiolos y begonias. Paula puede verlos porque, al igual que sus sueños, se mueven dentro de los confines de lo quimérico, y desde el silencio les manda un entusiasta saludo, sin ningún género de pudor, pues ante ellos se siente segura y libre de temores y apocamientos, y les grita que está enamorada, que es feliz, que nada le importa con tal de que el objeto de su amor esté cerca. Los espectros no dicen nada, sólo se desplazan de un lado a otro con parsimonia, sin ningún objetivo concreto, ánimas errantes a las que parece aburrir la eternidad ultraterrena. Paula les compadece y hasta sufre cierto remordimiento por haber sido tan efusiva a la hora de revelarles su propia felicidad, si bien, al comparar ésta con el tedio de las incorpóreas criaturas, se le despiertan de nuevo las congojas, consciente de que su felicidad, al contrario que dicho aburrimiento, no puede ser eterna, con lo que otra vez le asalta la terrible pregunta de qué sucederá cuando él se vaya. Tiene claro que la soledad de su taquilla será entonces tan opresiva que acabará sofocándola hasta hacer de ella un ser invisible, más aún de lo que ya lo es de por sí, y, peor aún, sabe que no podrá soportar el peso de la existencia sin esa esa válvula de escape que supone su presencia limítrofe; pero ¿cómo evitarlo?, ¿cómo impedir que el mundo continúe girando y nuevos días sobrevengan a nuevas noches en tan alocada y arrolladora rotación? Tarde o temprano se hará real su pesadilla, no puede ser de otro modo, y la caravana de cómicos emigrará a nuevos parajes, llevándose consigo su peculiar universo hecho de telones que suben y bajan, de bambalinas y bastidores, de decorados de cartón piedra, de salones elegantes, columnas de mármol e inacabables escaleras de caracol, de príncipes audaces y princesas cautivas, de vestidos suntuosos, pelucas festoneadas y disfraces alegóricos, de canciones y bailes a ritmo de vals, y en esa caravana marchará también él, una parte más del espectáculo, ese que siempre debe continuar, y con él volarán para siempre sus sueños de sirena solitaria y dejarán de brillarle en el estómago las luciérnagas de la ilusión.
           Tanto le aterra la idea de no volver a verle que la esperanza acude en su auxilio para decirle que tampoco tiene por qué ser así, que quizá, quién sabe, el destino decrete un nuevo cruce de caminos más adelante y que tal vez en algún microcosmos habitado por duendes, silfos y nereidas vuelvan a encontrarse. Quizá hasta puede que para entonces su timidez se haya esfumado y se atreva a abrirle los pasadizos que conducen a lo más profundo de su corazón, revelándole al hacerlo la índole de sus secretos, esos que parecen destinados a no traspasar jamás las fronteras de lo oculto. ¿No dicen acaso que los milagros sí existen? Quizá se produzca ese milagro y él desee entonces echar raíces junto a ella, raíces de esas que su mente fantasiosa gusta de extender hasta las antípodas, y construir juntos una cabaña hecha de sueños y jadeos compartidos, con una chimenea cuyas llamas fueran una prolongación de las desprendidas de sus propios cuerpos imbricados y un lecho adornado con sábanas de amor y ternura…. Quizá, sí, ¿por qué no? Quizá algún día.