lunes, 23 de febrero de 2015

MIEDO

     
         Miedo, sobre todo miedo era lo que denotaba el escalofrío que atravesó de parte a parte a Gloria cuando, tras mirar el reloj, comprobó lo tarde que era. ¡Jaime estaba a punto de llegar y ella aún no había puesto la mesa! Con manos temblorosas abrió el cajón para sacar los diferentes cubiertos e ir disponiéndolos sobre el mantel en la simétrica alineación que él exigía, de la que cualquier desvío, por milimétrico que fuera, podía servir de detonante para su cólera, especialmente si había tenido una mala jornada en el despacho. Las prisas hicieron que un plato se le escurriese entre las manos y cayera al suelo, donde se hizo añicos con estrépito. Qué desastre, pensó mientras se apresuraba a coger la escoba para barrer los restos de loza esparcidos por el pavimento. Rezó para que él no lo notase y evitar así el sofión que de lo contrario a buen seguro recibiría. No era momento en cualquier caso para lamentaciones ni vaticinios, el tiempo apremiaba, en menos de cinco minutos él estaría en casa y vendría, como de costumbre, hambriento. Lamentaba haberse abstraído tanto con la lectura de la novela en que llevaba días enfrascada; leer era en realidad su único entretenimiento, pero aun así debía estar más atenta y no permitir que aquellos ratos de evasión la sustrajesen de sus ineludibles tareas. Ahora tenía que darse prisa, muchísima prisa.
 
           Mientras colocaba la mesa, toparon al descuido sus ojos con la cornucopia que colgaba sobre uno de los laterales del salón, devolviéndole ésta la réplica de un rostro cetrino y muy estropeado, invadido además por líneas y surcos que no eran sino huellas de lúgubres rictus que paulatinamente se habían vuelto fijos, reflejo fiel de la tristeza crónica que padecía. Invadida por la nostalgia, su mente la trasladó a aquellos otros momentos donde esa misma faz relampagueara lozana con el brillo que desprendía su propia estrella, los magníficos días de juventud, no demasiado alejados en el tiempo, por más que ahora se antojasen remotos, los días del esplendor en la hierba y de la gloria en las flores que cantara Wordsworth, cuando retozaba precisamente sobre la que crecía en los parterres y jardines del paraninfo en compañía de Miguel, su primer novio. Por aquel entonces era muy bella y atraía a los hombres como el imán atrae al hierro, y su cuerpo, festoneado por curvas que hacían por sí mismas voltear miradas e inclinar voluntades, en nada se parecía al descarnado esqueleto sobre el que ahora se sostenía. Se preguntó qué habría sido de su vida de no haber dejado a Miguel, pregunta cuya respuesta no en vano se volatilizaba al instante en la vaguedad de la entelequia, devoradas ambas, pregunta y respuesta, por los caprichos de ese amor impetuoso que, encarnado en la persona de Jaime, vino a arrasarlo todo a su paso, voluntad, razón, conciencia…, como un huracán demoledor.
 
           Lo más curioso era que Jaime nunca ocultó en realidad ese carácter celoso y posesivo suyo, tan distintivo en él como pudieran serlo sus ojos melosos o su pelo oscuro; era ella la que no lo veía, velada su perspectiva por las orladas cintas del amor, al que no sin razón dicen ciego, o si lo hacía y en un momento dado alcanzaba a detectar señales de tan deletéreos rasgos de personalidad, entraba rápidamente en juego su mente trastocada para al instante metamorfosearlos en encomiables virtudes, llegando en tales casos a justificarlo bajo el sofisma de que si, en efecto, era celoso y posesivo, lo era precisamente porque la amaba.
 
           Se casaron apenas un año después de haberse conocido. Gloria se decía a sí misma que era la mujer más feliz del mundo, embelesada dentro de las fronteras de un mundo idílico donde sólo tenían cabida ellos dos, algo así como una especie de edén resguardado de hostiles acechanzas mediante el malecón de un amor que entendía había de ser eterno. Poco sospechaba en su ingenuidad que el allanado camino de rosas por el que suponía iba a discurrir para siempre su vida no tardaría en convertirse en un descenso a los infiernos. Al principio toda iba bien, la inercia del amor seguía tirando de las riendas y actuando a modo de parapeto y oclusiva venda respecto al comportamiento de macho dominante que el otro exhibía con cada vez menos reparos. Pronto, sin embargo, no fue suficiente, y a medida que los malos modos de él se intensificaban, se resentía igualmente el amor que mantenía ciega a Gloria, cuyos ojos comenzaron a abrirse para contemplar en toda su crudeza el verdadero rostro de la persona con la que había decidido compartir su vida, rostro marcado por un temperamento déspota que se nutría de apremiantes exigencias y violentos rigores de todo punto incompatibles con el amor.
 
           Este progresivo deterioro de su vida conyugal halló cierto contrapeso en la laboral, tras encontrar Gloria un trabajo en el que rápidamente logró sentirse realizada, tanto personal como profesionalmente. Por desgracia para ella, la intemperancia de Jaime no tardó en poner fin a esta vía de escape, toda vez que, por un lado, no toleraba que su esposa mantuviese tratos regulares con nadie que no fuese él mismo, aun limitándose estos a un estricto ámbito facultativo, menos aún con varones, pues sus patológicos celos lo llevaban a pensar que todos pretenderían en última instancia acostarse con ella, y por otro no soportaba tampoco llegar a casa y no encontrar todo dispuesto a su gusto, siendo por todo ello que la conminó a renunciar al empelo. Mediante comedidos razonamientos, Gloria intentó hacerle entender la importancia que para ella tenía este trabajo, pero él, lejos de aceptar tales razones y a falta de mejores argumentos, contraatacó con desaforada violencia verbal, lo que terminó por amilanarla y, absorbida por el miedo cualquier capacidad de réplica, plegarse también a esta nueva exigencia, que se unía así a tantas y tantas otras, dentro de un amplio surtido de caprichos y manías que, elevadas por él a rango de ley, iban menoscabando y anulando día a día su voluntad.
 
           En este orden de cosas, prácticamente todos los actos y movimientos de Gloria pasaron a estar sometidos a una férrea fiscalización por parte de su esposo, quien debía dar el visto bueno a casi todos ellos, incluso a los más triviales, como pudiera ser su forma de vestir, que había de resultar en todo momento lo suficientemente recatada para no despertar con ella ninguna clase de deseo libidinoso en quienes la observasen, nada por tanto de minifaldas ni de blusas escotadas que pudieran en ese sentido llamar en exceso la atención masculina. Ni que decir tiene que los contactos con otros hombres fueron de plano proscritos, incapaz de todo punto Jaime de concebir la posibilidad de que, superando la barrera del deseo, pudiera existir asomo alguno de amistad entre un hombre y una mujer. A regañadientes aceptaba que pudiera de vez en cuando salir con alguna de sus amigas, si bien, ninguna de ellas era del agrado suyo, antipatía de la que además no dudaba en dejar expresa constancia siempre que tenía ocasión, incluso aunque la aludida estuviera presente, por lo que con el tiempo todas fueron alejándose, hasta terminar por desaparecer enteramente de su vida. De este modo los contactos de Gloria quedaron reducidos a su madre y hermanas, quienes tampoco, sin embargo, gozaron nunca del beneplácito del maniático esposo.
 
           Los celos y el machismo de Jaime sólo eran superados si cabe por la enfermiza obsesión que tenía por el orden, obsesión que le llevaba a prescribir que todo estuviera siempre dispuesto de acuerdo a su intransigente albedrío, sin ningún tipo de concesión ni permisividad al respecto. Cada cosa tenía que estar siempre en su lugar tal y como él lo demandaba, las tollas dobladas y alineadas al milímetro, su ropa limpia y planchada cada mañana, los enseres perfectamente dispuestos sobre la mesa cuando él llegaba. Cualquier fallo que implicase no haber seguido al pie de la letra estas y otras instrucciones provocaba su enojo y solía devenir en una bronca monumental.
 
           La situación empeoró todavía más cuando él empezó a beber de forma desmedida, ya que el exceso de alcohol no sólo hizo que se multiplicaran los insultos e increpaciones, sino que también lo tornó muy agresivo, añadiendo a las vejaciones verbales las derivadas de una violencia física que se materializó en palizas continuas, muchas veces sin venir a cuento, tan solo usada como canal a través del que desahogar sus propias frustraciones. Y es que Jaime empezó a culpar a Gloria de todo, le decía que no servía para nada, que era una inútil, que ni siquiera era capaz de darle un hijo; cualquier desencanto venía en ese sentido a ser una excusa válida para descargar todo su arsenal de ira contra ella, animado su ímpetu por esa ingesta de alcohol que lo iba embruteciendo más y más.
 
           Gloria no cesaba de preguntarse cómo había podido llegar a sentir amor por alguien así. Estuvo sin duda ciega, encandilada por el indudable atractivo físico que envolvía a aquel hombre que en mala hora decidiese asaltar su corazón, embaucada por ese carácter extrovertido suyo que tan encantador lo hacía parecer, deslumbrada por un superficial centelleo cuyo fulgor le había impedido ver al monstruo que en realidad encerraba dentro. Aun así, le resultaba ahora increíble no haberse dado cuenta en su momento. En todo caso, aquella etapa de ciego arrobamiento parecía ya tan lejana que a veces Gloria llegaba incluso a dudar sobre su verdadera existencia, tan borrosa e irreal se presentaba en sus recuerdos, como si aquellos días y estos otros no estuviesen conectados en realidad por ningún itinerario espacio temporal, sino que perteneciesen a ámbitos distintos y distintos fuesen asimismo sus protagonistas.
 
           Sin vida social, sin amigos, sin hijos, encerrada de continuo en casa y maltratada hasta la saciedad por el hombre con quien decidiera compartir su vida, Gloria se fue sintiendo cada vez más triste y apática, carente de cualquier género de estímulo o ilusión que espolease su ánimo, en el curso de una devastación interior que tenía su reflejo externo en un rostro asimismo apagado y marchito. Sólo encontraba aliento y desahogo en su madre, a la que acudía con frecuencia para llorar sus penas y de la que, además del buscado consuelo, recibía una y otra vez el consejo de abandonar para siempre a su esposo. Gloria era consciente de que seguir ese consejo era lo mejor que podía hacer, no sólo eso, sino que debería haberlo hecho desde hacía ya mucho tiempo, pero una inexplicable fuerza la mantenía enganchada a su verdugo sin posibilidad de escape, una fuerza de tal calibre que anulaba su personalidad e impedía a su albedrío ser libre para tomar cualquier decisión que implicase la ruptura conyugal. Así se lo explicaba a su madre, quien, pese a no entender la naturaleza última de tal sinrazón, asentía con la cabeza y unía sus lágrimas a las de su desdichada hija.
 
           Pese a todo, sí que hubo una ocasión en que Gloria, superando su marasmo, logró romper estas invisibles cadenas que la atenazaban. Lo hizo tras recibir de Jaime una brutal paliza que, alcanzando límites extremos, la dejó muy maltrecha, sangrando por boca y nariz, con un incisivo roto y fisuras en varias costillas, así como multitud de otras heridas, tanto externas como internas. Aquello colmó el vaso de su aguante. Temió por su vida y, pese a que a esas alturas tampoco era que le importase demasiado perderla, dicho temor logró accionar cierto tipo de interruptor recóndito que de algún modo conectaba voluntad y dignidad, hasta entonces enteramente disociadas la una de la otra dentro de su ser, lo que la llevó a revelarse y razonar que no podía seguir tolerando más humillaciones y palizas como la que acababa de recibir. Sacó de esta forma fuerzas de flaqueza y por una vez su arbitrio, estimulado por ese parvo retoño de amor propio que brotara en su pecho, se aunó con el deseo de abandonar aquel lugar de sufrimiento, por lo que al día siguiente, nada más marcharse Jaime a trabajar, introdujo en una maleta sus escasas pertenencias y huyó a casa de su madre.
 
           La reacción del abandonado esposo no se hizo esperar: esa misma tarde acudió como loco a buscarla y luego de golpear repetidamente sobre la puerta de la vivienda, sin conseguir que le fuese franqueada, comenzó a proferir desaforados gritos mediante los que la increpó, insultó e incluso amenazó de muerte si no volvía inmediatamente con él. Gloria sintió cómo se intensificaban sus miedos hasta alcanzar extremos de verdadero pavor; quiso de hecho ceder al chantaje y regresar a casa, pero su madre y sus hermanas la retuvieron, impidiendo esta nueva claudicación. Sólo ante la advertencia de que llamarían a la policía en caso contrario, consintió Jaime aquella tarde en marcharse, lo que hizo no sin antes emitir un último desafío a través del que anunciaba que aquello no quedaría así.
 
           La madre y las hermanas de Gloria porfiaron para que denunciase a su agresor ante la Justicia y obtener así una orden oficial de alejamiento, pero ella no se atrevió a dar aquel paso, bastante era por el momento con haberse atrevido a huir; su brío, demasiado feble aún, no estaba para adoptar un rol belicoso en sustitución del sumiso hasta entonces mantenido. Temía además que una mayor presión por su parte condujese a Jaime a un punto de locura tal, que hiciese factible el cumplimiento de sus letales amenazas, y no sólo respecto a ella, sino que también pudiese dañar, incluso matar, a sus seres queridos. Por todo ello se mantuvo quieta, encerrada en casa sin hacer nada.
 
           Él no volvió a molestarla durante los días que siguieron y sólo al cabo de una semana hizo otra vez acto de presencia, si bien, curiosamente, no para insultarla ni amenazarla, sino, cosa insólita, para pedirle perdón, asegurando estar sumamente arrepentido de su comportamiento. Aquella compungida contrición vino a ser el punto de partida de un cambio de táctica que hizo aflorar de nuevo al Jaime de antaño, ese Jaime solícito, cariñoso y halagador que supo en su momento embelesarla y que, para su infortunio, habría de evaporarse sin embargo al poco de transponer los umbrales del matrimonio. Como en una metamorfosis portentosa, los agravios se convirtieron de la noche a la mañana en afabilidad, los reproches en desmedida simpatía, la grosería en ternura y, para terminar, los continuos desprecios y malos tratos en un renovado romanticismo que, entre otros detalles, se reflejaba en envíos de flores casi a diario, profusos ramos de rosas rojas que iban acompañados de notas orladas de lisonjas, dentro todo ello de un fecundo inventario permanentemente aderezado con reiteradas peticiones de perdón y promesas de compensarle por todo el mal que le había hecho. El delta donde vino a confluir todo este cálido y efusivo arrastre fue la petición de una nueva oportunidad, asegurándole que si regresaba con él todo tornaría a ser como cuando se conocieron y que, lo juraba, de ahora en adelante no dejaría nunca de ser un marido comprensivo y atento. Inexplicablemente, ella mordió el anzuelo y aceptó volver a su lado. Su madre y hermanas no daban crédito a semejante insania, menos aún cuando Gloria les aseguró que no se había vuelto a enamorar, que no era eso, sino que por alguna razón extraña cuyo fundamento se escondía en sus interioridades más profundas, necesitaba creerle y comenzar de nuevo. De nada sirvieron las súplicas de aquéllas tendentes a que recapacitara y no cometiese tamaño desatino; la decisión de Gloria devino irrevocable.
 
           Durante algún tiempo Jaime se mantuvo fiel a su promesa, sin que ni en actitudes ni en hechos se desviara excesivamente del rol caballeresco con el que había conseguido reconquistar a su esposa, a la que continuó tratando con respeto y deferencia; incluso pareció hacer un esfuerzo adicional al reducir buena parte de su consumo diario de alcohol. Todo resultó a la postre, sin embargo, un mero espejismo, disuelto como tal en las fauces de una realidad cuyo rostro de tarasca tornó de manera implacable a revivir: Jaime volvió poco a poco a las andadas, de nuevo sus exigencias y requerimientos cobraron rango de ley, sancionados sus incumplimientos con insultos y baldones que alcanzaron paulatinamente la intensidad perdida, y de igual modo reaparecieron las borracheras, tras las cuales, como forzosas derivadas, lo hicieron también primero las vejaciones y poco después la expiación física a base de golpes y palizas. En menos de un trimestre el infierno había vuelto a hacer flamear sus llamas sobre la desdichada hembra con idéntico ímpetu al de antes.
 
           El desengaño sufrido trajo además, como añadida consecuencia, el definitivo desplome de la autoestima de Gloria, devastada de forma irreversible tras este nuevo revés, así como la íntegra anulación de lo poco que aún pudiera haberle quedado de voluntad. Sabía que nunca más volvería a disponer de ese arranque de valor que en su momento le llevara a dejarlo, sus reservas de energía habían sido del todo agotadas y ahora, enganchada a él sin remedio, no le quedaba más que ceder y callar, aguantar sus imprecaciones, sus constantes menosprecios, su violencia.
 
           Tras disponer los últimos cubiertos sobre la mesa, las manos de Gloria, trémulas como las pesadillas, golpearon accidentalmente la botella de vino, vertiendo sobre el mantel buena parte de su contenido. Una inmensa mancha escarlata se formó al instante, de la que comenzaron a fluir delgados ríos de sangre, briosos capilares que surcaron el paño en todas direcciones. Ella comenzó a llorar, lágrimas amargas que velaron las glaucas pupilas antes de caer en torrente hacia el vacío. Se maldijo una y otra vez, al tiempo que, asqueada de sí misma ya más incluso que asustada, se decía que su esposo tenía en el fondo razón, que ella era una completa inútil que no servía para nada, ni siquiera para poner una mesa. En ese momento sonó el timbre. Jaime llegaba.

8 comentarios:

María dijo...

Jopé, Cav, los vellicos de punta...

Cavaradossi dijo...

Hola María. Sí, historias como esta del relato, que por desgracia no se limitan al terreno de la ficción, ponen los vellos de punta.

Te mando un fuerte abrazo

Siara Apsara dijo...

Santo cielo. Lo peor de todo es que conozco a varias Glorias y Jaimes que viven eso día con día. Vivir con miedo no es vivir, pero no pueden dejar a su verdugo por "dizque amor".

Me recordó a la película Durmiendo con el enemigo o Te doy mis ojos.

Me ha encantado la historia. Muy bien redactada y pude sentir la angustia de Gloria por derramar el vino en la mesa.


¡Salu2!

Cavaradossi dijo...

Así es, Siara, a una vida sustentada sobre el miedo no se le puede llamar vida; pero por desgracia muchas personas viven así, víctimas que viven a la sombra de sus verdugos, incapaces de escapar de esa prisión de invisibles barrotes donde sufren su diaria condena.
Un abrazo y gracias por pasarte por mi mar y dejar tu impronta en él

Anónimo dijo...

Qué triste que estos casos sean reales, y lo peor, frecuentes.

No concibo el maltrato en ninguna de sus manifestaciones, ni la manipulación, ni la intimidación,ni la agresivdad.

No concibo la vida con miedo. Viva la libertad.

Paulis

Cavaradossi dijo...

Me uno a ese "viva la libertad", Paulis. Ningún bien hay más preciado que ese.
Por desgracia, hay mucha gente que vive sometida a la tiranía de otro u otros, y en el ámbito de las relaciones sentimentales se dan muchos casos de dicho sometimiento.

Helena Della Costa dijo...

Cavaradossi, maravilloso, como siempre. Lo peor es lo que comentas al final, ella cree que merece esto, que es una inútil... Haces una lectura muy cruda, y al mismo tiempo, muy empática de la situación. Una terrible realidad. Felicidades, eres un artista. Te agradezco infinito tus comentarios. Un abrazo enorme!

Cavaradossi dijo...

Muchísimas gracias, Helena. Viniendo de alguien como tú, que has sufrido en carnes propias este tipo de maltratos, tu comentario tiene un valor muy especial para mí.
Siempre he dicho que lo más horrible en este tipo de situaciones es cuando la propia víctima se termina creyendo merecedora de su condición. Cuando eso ocurre, resulta ya muy difícil salir del pozo.
Te mando un fortísimo abrazo, Helena. Es para mí un placer recibirte en este rinconcito