sábado, 7 de febrero de 2015

A FUEGO LENTO


           Desde la encimera, sobre la que con molicie apoya su cuerpo, él lleva un rato observándola en silencio.
            Ajena a este escrutinio, ella tararea una canción pegadiza mientras sus manos se afanan sobre la olla donde prepara el estofado que cenarán esa noche; cuando se da la vuelta, sus ojos se topan con una sonrisa ladeada, pícara sonrisa que revela licenciosas ambiciones.          
            
            —¿Qué miras? –le pregunta, curvando también ella los labios en una sonrisa insinuante.
            —A ti.
            Con fingida displicencia se gira ella de nuevo y con las caderas ejecuta un provocativo contorneo, como si fuese el sinuoso preludio de una danza ritual que emplazara a revoltosos íncubos.
           Convocado por la insinuante oscilación pélvica, pone él fin a su quietud y, acercándose por detrás, la abraza contra sí, convertidas sus extremidades superiores en dos poderosas cadenas que con delicadeza, pero al propio tiempo con férrea solidez, aprisionan el resbaladizo torso.  
           Avivada por el contacto, ella acentúa los movimientos de serpiente tentadora, aunque sin dejar de atender al propio tiempo la cocción que burbujea sobre el fuego, removiéndola una y otra vez, mediante similar culebreo al de sus caderas, con el cucharón de palo que su diestra sostiene.
            Él besa el remolino de cabello que nace de la delicada nuca, beso que, como la cabellera roja que brota de una cerilla al prenderla, levanta y enciende el deseo de ella, impetuoso y vehemente, corriente eléctrica que se extiende y ramifica a lo largo de todo el cuello, sobre cuya nívea superficie forcejean los dientes de él en un suave mordisqueo.
             Los ramalazos de estremecimiento tensan el cuerpo de ella como si fuese un arco a punto de ser disparado, evadiéndose de su mente toda facultad no circunscrita a la captura de sensaciones.
           Las manos de él comienzan acto seguido a moverse; lo hacen muy despacio, acariciando cada músculo, cada rincón, cada trozo de carne que se bosqueja bajo la tela del vestido.
            Ella percibe las primeras embestidas del placer y aprieta sus muslos mientras un suspiro ahogado escapa por entre sus labios entreabiertos.
             Y él continúa su viaje, un viaje de avances y retrocesos, de paradas y arranques, de sutiles deslizamientos, de pellizcos y apretones, un viaje de querer y no querer llegar hasta el dúctil humedal donde burbujean los deseos, esos que, al igual que el estofado, van hirviendo a fuego lento.

4 comentarios:

kore dijo...

Y entonces llegan los niños:
-mamá.... Que hay para cenar?
Jajaja.....y cortan todo el rollo.....benditos angelitos a los que se les perdona todo.....
Genial....como siempre....y perdona esta pequeña broma pero es algo q suele pasar
Un besico enorme y cuidate mucho

Cavaradossi dijo...

Hola Kore
Pues tienes razón, no se me había ocurrido lo de los niños, jajajaja. Me encanta tu buen humor
Cuídate también tú. Un besazo

Anónimo dijo...

A fuego lento se cocinan los mejores sabores, así no se queman y se concentran los jugos que se beberán con placer.
Paulis

Cavaradossi dijo...

Tienes toda la razón, Paulis. Todo sabe mucho mejor a fuego lento :-)

Gracias por tu comentario