sábado, 10 de enero de 2015

EL MAR DE LOS SUEÑOS


          
               Quizá no fuesen más que sueños destinados a permanecer para siempre en la placenta de lo quimérico, incompatibles con cualquier realidad en la que pudieran ser alumbrados, pero en el fondo daba igual, pues no en vano éramos felices sumergidos en ellos, en ese océano donde a nadie le había dado por inventar la palabra imposible, donde componíamos olas de entusiasmo y, desnudos, buceábamos bajo ellas, libres y traviesos retozando entre arrecifes de coral, cabalgando sobre delfines de amplias sonrisas, cantando junto a sirenas enamoradas y tirando de las barbas a enfurruñados tritones; felices como dos niños inocentes, dos seres ajenos a todo cuanto escapara de ese preciso universo donde bullían los sueños, ignorantes de las sombras que pudiesen cubrir otros mundos distintos.

           Nuestro mar de los sueños era nuestro paraíso, el refugio al que cada día acudíamos para evadirnos de la mediocridad y perseguirnos el uno al otro sin ningún otro afán que el de, una vez atrapados, unir nuestros cuerpos palpitantes, subir juntos hasta la luna y construir un mirador en uno de sus cuernos, desde el que luego saltar para sumergirnos de nuevo en las cristalinas aguas de nuestro ponto, descender hasta sus profundidades y jugar al escondite en camarotes de galeones hundidos o hacer nudos marineros con los tentáculos de pulpos gruñones.

           Sí, quizá no fuesen, en efecto, más que sueños, quimeras forjadas desde los arriates donde florece la ilusión, pero vivirlos equivalía a Vivir, con mayúsculas, a franquear los muros de lo rutinario para hallar al otro lado un universo donde todo era posible, sin más sujeción ni límites que los de la propia imaginación. Subir a las estrellas resultaba entonces factible, como lo era asimismo jugar con los planetas a los bolos o caminar haciendo el pino sin tocar el suelo con las manos. Bastaba mirarnos a los ojos para componer cualquier fantasía, nada era irrealizable, y en la felicidad de las noches compartidas yo volaba con las alas del delirio mientras con las trenzas de su pelo tejía una red de caricias, componía en el pentagrama de sus labios una melodía hecha de besos y sobre su piel fabricaba un lecho para que yaciese el deseo.

           Sobre columpios hechos con las jarcias de buques naufragados nos mecíamos en silencio, sin que hiciera falta recurrir a la palabra, claudicante su poder frente al de unas miradas que ya lo decían todo, emisarias de esa plétora de sentimiento que desprendían nuestras almas, de ese amor que parecía tan sólido que ni la más poderosa hecatombe podría ser capaz de derribarlo. Y de ese modo, alegres y seguros, coloreábamos la noche con nuestras risas, persiguiendo la luz entre cómplices caricias, guiños de piel que se convertían en danza, en un ballet pleno de armónica sensualidad, sumergidos en ese océano que venía a ser como una infinita burbuja, sin cuestionarnos nada, no fuera a ser que al indagar en la magia pudiera ésta desvanecerse, confiados en que todo estaba ya escrito, héroes de un destino que nos había unido para siempre.

           Nuestro mar de los sueños era un mar de felicidad, una felicidad que nos besaba en los labios para componer junto a nosotros un trío de amantes entregados, y era un mar irisado, un mar sobre el que el azul, el rojo y el violeta se unían al amarillo, el verde y el magenta para interpretar una contradanza de color, y era también un mar de fuego, pero donde el fuego no quemaba, sino que se escurría suavemente a lo largo de la piel, como una cálida caricia de terciopelo y satén, y era un mar al que coronaba un cielo en el que las nubes se deslizaban ejecutando cómicas piruetas. En ese lugar de ensueño conseguimos vivir los momentos más mágicos de nuestras vidas, convertidos nuestros corazones en relojes sobre los que las manecillas giraban unas veces hacia un lado y otras hacia otro, sin sujeción a normas ni a horarios, libres, manecillas de nácar que iban cambiando de color y que a veces despistaban al tiempo para luego rescatarlo de su extravío. Allí no había problemas, no había responsabilidades, no existía el miedo, tan solo aguas cristalinas, lunas con cuernos puntiagudos, estrellas brillantes y nubes acróbatas, y sobre todo sueños, ingentes cantidades de sueños por vivir, sueños embravecidos que se expandían al ritmo marcado por emociones que nos llenaban el estómago de mariposas, unas mariposas que, traviesas, saltaban de mi tripa a la suya y de la suya a la mía, abriendo así caminos de una tripa a otra, del mismo modo que nosotros nos encaramábamos sobre hipocampos para cabalgar en sus lomos de un sueño a otro. Era nuestro mar, el mar al que volvíamos siempre, una y otra vez, para vivir una verdad sin fisuras, nuestra propia verdad, descollante tanto sobre la malva luminosidad de la aurora como sobre los flavos resplandores del crepúsculo.

           Ya nada queda, sin embargo, de tales sueños, desvanecidos en el aire como pompas de jabón. Dejaron de bailar los colores, la luna puso en sus cuernos un cartel de prohibido el paso y las nubes se han quedado exánimes en el cielo, como cansadas de volar. El mar de los sueños se secó; en su lugar existe ahora una profunda hendidura de tierra estragada, tan árida que ni siquiera las malas hierbas consiguen crecer en ella, y sobre la que remolinos de hojas muertas son arrastradas constantemente por un viento pertinaz. De nada sirve indagar los motivos que provocaron tal sequía, no en vano, como las muñecas rusas, siempre habrá una verdad oculta detrás de cada verdad, lo que de por sí hace inútil tratar de desvelarlas. ¡Y qué más da en cualquier caso! Los sueños se esfumaron, eso es lo único que desgraciadamente importa. Quizá sea ese en el fondo el destino de los sueños, de todos los sueños, abocados a un inevitable despertar en el que la realidad franquea la burbuja que los contiene para destazarla en mil pedazos, sin dejar ni rastro, salvo en los meandros por donde zigzaguean los recuerdos, que quedan de ese modo convertidos en el único nexo entre pasado y presente, entre lo que fue y lo que ya no es.

           Despojado de sueños, las heridas de mi alma se abren como balcones para mostrar la soledad que encierran, amarga soledad que me oprime por dentro con su pesadez de plomo, exponente en sí misma de un vacío que estoy seguro nada podrá volver a llenar. Toco esas heridas para sentir el dolor, las abro para que de ellas brote la sangre a raudales, porque son ahora el dolor y la sangre los únicos fedatarios de mi existencia, sin los que dudaría si continúo vivo o sucumbí con las últimas gotas de aquel mar ahora yermo, y voy de este modo transitando entre las esquinas de mi propio sufrimiento, reptando por cada ángulo como una serpiente sin piel, sintiendo el rozar de las llagas contra las aristas frías, y las lágrimas se derraman entonces sobre mi rostro y penetran más allá de la piel, más allá de los huesos, más allá de la propia sangre, hasta anegar mi alma rota, mi alma que sigue presa en ese mar ahora estéril.

           Atrapado en un vértigo de eternidad, me asomo a la ventana y quedo absorto contemplando un cielo que, como yo, va vestido de gris oscuro, como si en cierto modo se solidarizara conmigo, e imagino entonces las batallas que allá arriba sostendrán las corrientes cálidas y frías para prevalecer en su contienda sobre el ceniciento campo de nubes, denso como los flancos de una matrona, y sé que de tan feroz combate acabará chorreando en catarata esa sangre transparente que es la lluvia, ríos de sangre que en vertical serán acogidos por un mar que la reclama para sí, del mismo modo que mi mar de los sueños, ahora seco, reclama para él la sangre que brota de mis ojos en forma de lágrimas.

           Hallo de todas formas un lenitivo en esas lágrimas invasoras, parecen por momentos purificarme, rescatarme de esta pesadilla de soledad y añoranza de la que soy cautivo, aunque sea a base de resignación, de la aceptación de mis propios escombros, de claudicar ante la derrota, si bien, apenas he avanzado un paso cuando ya de nuevo, entre los resquicios de tanta ruina, se cuelan los recuerdos para mostrarme lo que perdí, y yo me aferro a ellos como a los restos de un naufragio, porque no puedo no hacerlo, porque son más poderosos que mi voluntad y, sobre todo, porque sólo en el recuerdo consigo hallar algo de verdadero consuelo, de modo que, igual que antes me zambullía en las aguas de mi onírico mar, ahora me zambullo en las de aquel perdido pasado donde lo disfruté, aguas estas últimas rebosantes de nostalgia y melancolía. Aparece entonces dibujado su rostro en mi mente, el rostro que yo acariciaba con los dedos de mis manos y que ahora tan solo acaricio con los dedos de la imaginación, y en mis oídos vibra otra vez su voz, como un trinar de pájaros, y yo cierro los ojos para que esa imagen y esa voz se potencien aún más dentro de mí, hasta componer, imagen y sonido enlazados, un relámpago que recorre mi espina dorsal de arriba abajo, un relámpago gozoso que cuartea la oscuridad para por un fugaz instante fulminar a las huestes de tan angustiosa soledad… Pero al final tengo que abrir de nuevo los ojos, forzosamente, y al hacerlo descubro que sigo huérfano, errante en los páramos de mi destierro, y la pena me inunda al constatar que ya no existe el mar, aquel mar de nuestros sueños.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Hola de nuevo Cavara, una vez mas me ha encantado, sin palabras me he quedado.
"subir juntos hasta la luna y construir un mirador en uno de sus cuernos...

Un beso. Luz de Luna

Cavaradossi dijo...

Hola Luz de Luna.
Y una vez más a mí me ha encantado tenerte por aquí y gozar de tus comentarios.
Un beso

Anónimo dijo...

Hola Cavara, para mi es un placer bucear en tu mar, que a la vez es el mio porque es mi rinconcito favorito de la red, un besico amigo.
Luz de Luna

Bruja Piruja dijo...

Querido Cavaradossi, ese mar de sueños siempre estará ahí, sólo has de frotar tus ojos, para redescubrirlo.....

Cavaradossi dijo...

Gracias, Luz de Luna y Bruja Piruja, por vuestros comentarios.

Imagino que todos tenemos nuestro particular mar de los sueños en el que nos gusta sumergirnos, libres de cualquier atadura