lunes, 7 de diciembre de 2015

TIRANÍA DE UNOS BESOS

 
A la sutil tiranía de unos besos sometido,
esclavo soy de los labios donde estos se originan,
labios rojos, alfaguara de entusiasmos encendidos.
 
Agitadas inmersiones en los mares de saliva
que bullen tras la frontera de esos labios hechiceros,
son el sueño de mis noches, son el afán de mis días.
 
Pletóricas aguas que de mi delirio hacen reflejo,
humedales que atemperan la ardentía de la sangre,
que principio y fin otorgan a mis tórridos deseos.
 
Más allá de tales labios ningún puerto o baluarte
amparo ofrecer podría a este indómito arrebato,
crisol ígneo donde hierven los reclamos de la carne.
 
Al imperio de esos besos mi albedrío está aferrado,
prisionero en las galeras de su hechizo portentoso,
férvido encierro tras cuyas llamas deliro y ardo.
 
En átomos de esperanza cada beso descompongo
y luego los guardo todos en ese rincón del alma
donde brotan los anhelos como miríficos hongos.
 
Es en mi propia condena donde está mi salvaguarda,
paradoja que origina que en mis desvaríos pueda
reír a lágrima viva y llorar a carcajadas.

viernes, 20 de noviembre de 2015

TIEMPO DETENIDO

          
           Pese a que son sólo apenas unos meses los transcurridos desde que su vida y la de ella dejaron de estar ligadas, no pareciera sino que el tiempo se hubiese eternizado desde entonces para conformar en su estatismo eones de soledad y abandono, un único minuto que da la impresión de no concluir jamás, o quizá más bien de repetirse una y otra vez, sin alteración aparente, minuto entronizado en un círculo infinito sobre el que gira sin principio ni fin, perpetuado por el nervio de una firmeza despótica bajo cuyo yugo todo deviene inmutable.
            Como un organismo escatófilo que devorase sus propios excrementos, este tiempo suspendido se retroalimenta con la propia soledad que genera, de la que es a su vez causa y consecuencia, lo que lo convierte en celador insobornable, en carcelero insensible al sufrimiento de su rehén, siendo así que su reclusión lo agiganta, sus congojas lo nutren y con su extravío se vuelve más denso y opresivo. Es una quietud asfixiante, demoledora, tiránica quietud que le envuelve con su hálito enrarecido y perfora los poros de su piel para penetrar en lo más hondo de su existencia, que le invade con la torva intención de convertir en infierno su condena y aniquilar así toda esperanza.
            Cautivo de este minuto eterno, sólo puede moverse a través de recuerdos y sueños, recuerdos en los que, atacado de nostalgia, evoca cuando, apoyada su mejilla en la de ella, confluían sus ojos en la luna mientras en común forjaban todo tipo de proyectos; y sueños donde la imaginación se reviste de esperanza para dispararse hacia un futuro en el que escuchar de nuevo su voz, en el que volver a contemplarse en sus pupilas claras como el día, en el que sentir una vez más la suavidad de su piel de luna mientras la tiene entre sus brazos y con ternura despliega sobre ella todo un arsenal de caricias. Esa es la esperanza a la que se aferra su soledad, la misma que el tiempo detenido, procurando socavar sus defensas, se empeña en cuartear con sevicia, sabedor que sólo con esperanza podrá derrotarlo, del mismo modo que sabedor es que sólo cuando esos sueños que alimentan su esperanza entronquen, si llegan a hacerlo, con la realidad, podrá renacer de nuevo.
           Maldice entretanto la torpe impulsividad que le llevó a decir lo que no sentía, a renegar precisamente de sus sentimientos para amordazarlos y permitir que palabras hirientes cruzasen el umbral de sus labios convertidas en devastadores misiles. Maldice ese daño que le hizo y que la alejó de él, como maldice su soberbia, su altivez, su orgullo y su obstinación, elementos todos que se aunaron para generar el arrollador tornado que se la arrebató y no dejó en derredor suyo sino un revoltijo de escombros. Maldice todo ello, aun cuando a menudo piense que no pudo a fin de cuentas actuar de otro modo, que un torvo destino gobernaba su voluntad y le compelía a afrontarlo de manera ineluctable, como la mariposa que bate sus alas sobre las llamas pese a saber que tarde o temprano arderá en ellas. Así ardieron también sus ilusiones, consumidas en aquel hervidero de palabras que en su furor alumbró, palabras que no fue capaz de abortar a tiempo y que se volvieron luego contra él para devorarle las entrañas.
           Se pregunta por qué el destino le fue tan adverso, por qué ese rigor a la hora de ordenar los acontecimientos que habrían de amputarle el amor luego de haber previamente dispuesto los albures que propiciaron que lo hallase, por qué quitarle lo que antes le otorgó sin él habérselo pedido. Le cuesta entender esa volubilidad, ese capricho de titiritero empeñado en desvencijar a sus marionetas hasta convertirlas en dolientes e infelices guiñapos. Aunque, por otro lado, culpabilizar al destino y hacer de él una fuerza incoercible no sea sino un sofisma del que se sirve no sólo como eximente de su responsabilidad, sino también como medio de aminorar el tormento, justificando a su socaire lo que no fue sino un imperdonable error, algo tan humano como la propia piel que cubre sus huesos.
           Embriagado ahora por los vapores que ascienden desde el erial que acoge su destierro, mira al cielo, un cielo encapotado que emite una luz grisácea, lóbrega como las pesadillas, y ese cielo se le antoja una especie de espejo reflejando su propio universo interno, también gris oscuro, lo que le lleva a preguntarse por enésima vez cuándo saldrá el sol para él, cuando resurgirá de sus propias cenizas para volar de nuevo, volar junto a ella, porque sabe que sólo así volverá el tiempo a correr y se deshará al fin el insufrible inmovilismo provocado por su ausencia.
                                                       

sábado, 17 de octubre de 2015

ESQUELAS

          Sobre la página del periódico que estoy ojeando, perfectamente recuadrado, aparece un nombre escrito en grandes caracteres negros. Se trata de un nombre que no me dice nada, un nombre anónimo para mí. En la parte superior del recuadro hay dibujada una cruz, también negra, que lo reviste de un paladino barniz religioso, y por debajo del nombre, escritos con letra más reducida y en tono menos acentuado, los de otros muchos que, según parece, son amigos y familiares del primero que expresan lamento y pesar por su pérdida.
 
           Bajo este recuadro observo otros de contenido análogo, toda la página es en realidad una sucesión de fúnebres esquelas donde muerte y condolencia se aúnan en luctuosa cofradía. Este vistazo, aun en el fondo fugaz, tiene como efecto inmediato el de entristecerme. Siempre he sido una persona ávida de emociones, un entusiasta de la vida que, como tal, ha buscado en todo momento las aguas donde aquélla bullese con mayor efervescencia, anhelante de anegarme en ellas hasta empapar todas y cada una de mis células, tanto las del cuerpo como las del alma; de ahí que aborrezca tanto la muerte, no en vano esta última se le contrapone, más aún: la arrebata para sumergir a su víctima en otro tipo de aguas oscuras y viscosas, aguas sin luz, eternas aguas que conducen al más absoluto de los vacíos. La muerte es en definitiva eso, vacío, ausencia, exilio, sus labios marchitos nunca se dejan curvar en sonrisas, del mismo modo que sus manos huesudas no acarician ni son capaces de proporcionar placer alguno, algo que sí hace la vida, al menos cuando está de buenas.
 
           Dejo el periódico y decido salir a la calle, ansioso de sentir palpitar esa vida que burbujea más allá de las cuatro paredes de mi dormitorio y quitarme así el resabio de muerte que me dejaron en el alma las esquelas. Fuera hace calor, tanto calor que la ciudad parece flotar en el aire, como un espejismo del desierto. Las calles están de hecho desiertas, sin un alma paseando por ellas; tan solo algunos perros errabundos testimonian la presencia de esa vida que yo saliese a buscar. Un vapor denso, producto de ese sofocante calor, envuelve la atmósfera. Aun así, respiro con avidez y siento cómo mis pulmones se llenan del aire tórrido, oxígeno con ligero tufo a jazmines.
 
           Camino con parsimonia, sin ninguna prisa, observando al detalle todo cuanto se va ofreciendo a la fiscalización de mis ojos, fachadas enlucidas con lechoso jalbegue, balcones cerúleos que exhiben un primoroso desfile de petunias, dalias y alhelíes, verandas con vidrieras de colores, campanarios perfilados contra un cielo de calcedonia, aceras con baldosas cuarteadas por la presión del jaramago y otras malas hierbas… Pero, pese a tal labor de escrutinio, no consigo quitarme de la cabeza la idea de la muerte, esa fugacidad de la existencia que hace en el fondo de ella un visto y no visto. Podría incluso ser mañana mismo el mío uno de los nombres que figurara en la sesión de esquelas del periódico, no en vano tétricos albures pueden en todo momento acechar tras cualquier esquina: un accidente imprevisto, un ataque al corazón, un atracador desesperado…, multitud de posibilidades con la muerte como siniestro denominador común.
 
           Agotado por estos pensamientos sombríos, decido volver a mi madriguera, al triste tabuco que cobija mi no menos triste soledad, consciente de que no soy más que un infinitesimal corpúsculo dentro de la infinita maraña de partículas que convergen y divergen en el inabarcable universo, apenas nada, un grano de sal diluido en medio del océano, un cometa errante, un silencio enquistado en el ojo del huracán que todo lo engulle; pero consciente asimismo de que quiero seguir participando a mi manera de este éxtasis colectivo que conforma la vida, disfrutando de sus luces y combatiendo la asechanza de sus sombras, tendiendo puentes y estrechando manos, sufriendo de amores imposibles y regocijándome ante cualquier caricia no esperada, lidiando entre orgullos indomables, temblando de frío o, como ahora, achicharrándome de calor, sobreponiéndome siempre a los fracasos y saboreando cada éxito como si no hubiese ya posibilidad de repetirlo.
 
           Sé que algún día moriré y quizá a alguien le dé por colocar entonces una esquela en mi memoria, pero hasta que ese día llegue son muchas las cosas que aún me quedan por hacer, y quiero hacerlas, quiero vivir pese a todo, pese a los amores perdidos y a los miedos invencibles, pese a los fracasos y a las sombras, pese incluso al hastío y el cansancio producto de tantos viajes de ida y vuelta.
 

domingo, 27 de septiembre de 2015

AHORA LO SABE

        
         Enredado entre las sábanas, turquesas como el mar donde aún flotaban los restos del sueño, despertó con una sensación de bienestar que se tradujo en el deseo de comerse el mundo a bocados. Salió de la cama y, tras descorrer las cortinas con la intención de que la luz del día inundase la pieza, apoyó la frente en la ventana para observar a través del cristal. Fuera debía hacer mucho frío, las nubes grises, la niebla espesa, el viento aullador, la grama escarchada, heraldos eran que proclamaban el poder del invierno, y aunque dentro de la casa la temperatura era cálida, el mero hecho de pensar en el frío externo le provocó un ligero estremecimiento que tuvo como última consecuencia transformar su euforia precedente en una sensación de perezosa molicie, una pereza grata en cualquier caso, voluptuosa incluso, que le llevó a estirar los brazos hacia arriba y sonreír para sus adentros.
 
           Se sentía satisfecho de sí mismo. Apenas si quedaban rastros de aquella congoja que hasta no demasiado tiempo atrás le llevase a creer que jamás volverían sus labios a forjar sonrisas, ni su pecho a albergar alegrías, ni sus ojos a brillar con la luz de la esperanza. Sonrisas, alegría y esperanza jugaban de nuevo en su equipo, sustituido que habían a la angustia, la desazón y la incertidumbre, aquellas que fueran torvas inquilinas de su alma durante el tiempo en que su existencia estuvo monopolizada por la mujer a la que un buen día decidió tomar por compañera de viaje en esa complicada travesía que es la vida.
 
           Bien pensado, no obstante, ella nunca formó por entero parte de su vida, ya que un vínculo integral exige compartir no sólo espacio y tiempo, sino por encima de todo corazones, siendo que ahora sabe que jamás él estuvo en el suyo ni ella en el de él. Se quisieron, sí, pero fue un amor más de refugio que de otra cosa, un simulacro de amor con el que escapar del vórtice de soledad donde ambos se estaban ahogando cuando los albures del destino propiciaron su encuentro. Cada uno creyó encontrar en el otro un oasis en el que apaciguar los rigores de su particular desierto, y con tal creencia en mente se entregaron juntos a los delirios de la carne, pensando que al hacerlo derrotarían a esos feroces engendros que en su sangre había inoculado el virus que les infectara de la más inclemente y sañuda de las tristezas.
 
           No funcionó. No podía funcionar, ya que aquel intento de redención derivaba de una falacia, la resultante de haber creído vislumbrar oasis donde en realidad sólo había espejismos, lo que de por sí viciaba desde un primer momento aquel viaje en común, condenándolo de antemano a desembocar en idéntica nada a aquella de la que partiera. Lamentablemente, eso no lo supo hasta mucho después de consumado el naufragio, cuando luego del inevitable duelo pudo al fin la luz ir abriéndose poco a poco paso entre las tinieblas que le mantenían oscurecidas mente y alma. Lo sabe, sin embargo, ahora, como sabe asimismo que soledad y tristeza no se miden en función la una de la otra, o al menos que no tiene por qué la primera ser el origen de las tristezas más profundas, ya que más triste aún que estar solo es tener a alguien al lado y saber que en el fondo nada compartes con ese alguien, que aunque sus manos toquen las tuyas será un contacto estéril, el mero roce de dos pieles entre las que no hay química absorbente de ningún género.
 
           Sí, ahora sabe todo eso. Sabe que lo que les unió no fueron más que entelequias,  retales de utopías que dieron lugar a protocolos de opereta, a labios que, sin darse cuenta, marcados iban quedando por besos equivocados, a un amor en definitiva que sólo se prodigaba superficialmente, pero que en el fondo era tan falso como las esperanzas de los réprobos. Nunca en verdad estuvieron más alejados que cuando permanecían juntos en el lecho luego de las explosiones de la carne, tan engarzados los cuerpos como distantes los corazones, separados por la inmensidad de un universo que se esparcía henchido de incomprensiones, desapegos y frialdades. Lo único que les unía era paradójicamente su mutuo distanciamiento, tan inconmensurable éste que por fuerza terminó generando un nítido sentimiento de culpabilidad, tanto mayor cuanto más iba en sus corazones separados anidando la rabia y los resentimientos, para los que cada vez había menos disculpas posibles.
 
           Aun así, quiso él todavía hacer un último esfuerzo para buscarse en ella, reconocerse en el reflejo de sus ojos, horadar a la desesperada en cualquier esquina de su alma para intentar como fuera acceder a su interior; pero no pudo, apenas consiguió arañar levemente la superficie cuando ya se dio cuenta de la inutilidad del empeño, derritiéndose al cabo toda esperanza del mismo modo que la nieve se derrite con el sol de primavera. Continuaron de esta forma unidos tan solo por la inercia, erráticos espectros en tránsito hacia ninguna parte, y también en cierto modo por el deseo que aún se les despertaba ante los hormonales reclamos de la piel del otro, ese olor a almizcle que todavía conseguía de vez en cuando penetrar en la sangre para hacerla arder y conducirlos al vehemente abrazo que exigía la deflagración propiciada por las llamas, si bien, una vez sofocadas estas, de nuevo el vacío, bestial, glutinoso, asfixiante, se encastillaba en sus almas para dar mudo testimonio de aquella absurda situación, un vacío en el que ya no tenía cabida más aroma que el acre tufo que expelía la propia ausencia y frustraciones compartidas.
 
           El fin se antojaba inevitable y ambos eran conscientes de ello, se hacía de todo punto absurdo continuar estirando aquel tiempo detenido, aquella travesía hacia ninguna parte, aquel insoportable marasmo de almas caídas. Y, sin embargo, pese a esa imperiosa necesidad de amputar el gangrenado vínculo, la decisión de hacerlo no resultaba ni mucho menos fácil de tomar, no en vano, por muy desnaturalizada que fuese su unión, por nulo que fuera el amor que los ligaba, por muchas que fuesen sus desavenencias y por acerbos que resultasen los rencores, se habían acostumbrado de tal modo a la presencia cercana del otro que, aun reconociendo lo adulterada de esa mutua compañía, una dependencia muy difícil de romper había terminado por instalarse entre ellos. Venían en ese sentido a ser una especie de sistema binario, dos estrellas que, aun privadas ya de todo fuego, seguían orbitando la una en torno de la otra, atrapadas dentro de un mismo campo gravitatorio.
 
           Pero él, sobre todo él, sabía que era imprescindible quebrar esa inercia tóxica, tenía que reencontrarse a sí mismo y estaba claro que nunca lo haría dentro de ella, ni tampoco junto a ella. Contemplaba las viejas fotografías, esas en las que aparecía sonriendo, y le entraba un pánico atroz al asumir como muy probable la contingencia de no volver jamás a sonreír, no al menos mientras siguiera exánime en aquella muerte dentro de la vida, el corazón apagado, sin latidos, un corazón errante en la penumbra gris de las noches eternas.
 
           Y espoleado tal vez más por ese miedo que por verdadero arrojo, se negó finalmente a seguir interpretando aquella farsa que ambos representaran en el teatro de la vida, de sus propias vidas, decidido a enfrentarse a los demonios que le retenían y liberarse así de su férula, presto a escapar de aquellas pútridas fauces que le oprimían el alma para mantenerla cautiva en el muladar de sus propios vómitos. Y fue así que gritó “basta”, un grito que brotó en principio feble, apenas audible entre los estentóreos gruñidos de sus carceleros, pero que sirvió para aflojar las ataduras de su pecho encadenado y permitir que el siguiente grito surgiese ya más nítido y enérgico, hasta prorrumpir en un último y definitivo “basta” que vino a ser una sacudida sísmica del alma esclavizada, un alarido liberador que derribó muros y barrotes, que asoló torreones y allanó fosos, que acalló para siempre las voces de sus demonios y le permitió al fin la anhelada huida. 
 
           Cerró la puerta sin mirar atrás, pero no por ello dejó de sufrir. Aquella liberación resultaba asaz dolorosa, hasta el punto que no fueron pocos los momentos de flaqueza en los que, amilanado y quejumbroso, tuvo la tentación de volver, de regresar a aquel apócrifo escenario que, pese a todo, le brindaba seguridad. Tuvo que hacer un supremo esfuerzo para resistir tales tentaciones y no sucumbir a las impetraciones de aquellos leviatanes que, aun derrotados, pugnaban aún por atraparlo de nuevo, no dudando con tal empeño en exhibir frente a él los espejismos de la nostalgia, esos que tienden a eliminar los malos recuerdos y a magnificar los buenos. Apretó no obstante los dientes y soportó con entereza todas estas embestidas, temoso en la esperanza de hallar un nuevo horizonte donde poder descargar al fin la maleta que llevaba arrastras, una maleta llena del vacío de la soledad.
 
           No hubo milagros que facultaran la consecución de este objetivo, ni tampoco puntuales conmociones que desbloquearan su ánimo apolillado y eliminasen el continuo reconcomio de avispas que desde su huida sintiera en las tripas; fue sólo, como casi siempre, cuestión de tiempo, ese inefable doctor cuya labor terapéutica acostumbra a ser más eficaz que la de todos los bálsamos habidos y por haber, un tiempo que con su paso le dio la vuelta como a un calcetín para hacerle comprender que aún tenía mil sueños por brindar, mil historias por vivir, de modo que únicamente tras asimilar esta certeza pudo empezar a estrenar de nuevo sonrisas, a ilusionarse, a mirar a través de la ventana sin aprensiones ni angustias.
 
           Hoy es de nuevo el hombre que nunca fue niño y que, paradójicamente, nunca dejó de serlo, dos identidades en una, como dos mitades de una misma llave que sólo al juntarlas pudiese abrir el cerrojo para el que fuera forjada. Ya sólo le resta componer la difícil cuadratura de los debes y haberes del corazón, asignatura complicada donde las haya, pero al menos ya es libre y, en tanto la supera, sabe que puede estar solo y sentirse satisfecho, incluso alegre, incluso despertar con ganas de comerse el mundo y sonreír mientras absorto contempla a través del cristal el paisaje  helado del exterior.
 

sábado, 12 de septiembre de 2015

DOS PALABRAS

           La jornada de trabajo había resultado tan agotadora que, luego de concluida, se sintió completamente exhausta, hasta el punto que fue llegar a casa e irse sin más demora al dormitorio, decidida a meterse en la cama sin siquiera cenar. Había tomado un ligero tentempié a media tarde y su estómago no exigía por el momento ningún otro suministro adicional; todo lo que le pedía el cuerpo era reposo.
 
           Sentada en la cama, comenzó a desprenderse de la ropa. Primero fueron las botas, que proyectó hacia adelante con indolencia, yendo a caer la una sobre la otra en una especie de aspa donde descollaban los ajados tacones, esos que cada día la alzaban por encima del mundo para impedir que la salpicase demasiado la acequia del desengaño, cuyas turbias aguas habían ido formando bajo sus pies charcos glutinosos desde la tarde en que él, asfixiado a su vez por el mar de las dudas, decidiera abandonarla.
 
           Desatado por el recuerdo, el agrio sabor de aquella decepción se mezcló con la saliva del paladar mientras, uno a uno, iba desabrochando los botones de su chaqueta de punto, gris oscura, como dicen es el color de la tristeza, esa tristeza cenicienta que, como los charcos, llevaba también meses instalada en su vida.
 
           El algodón del vestido se deslizó por la seda de sus muslos hasta morir en la moqueta. Estiró entonces las piernas con cierta voluptuosidad, las mismas piernas que, desde los tobillos hasta las ingles, tantas veces acariciaran las manos de él, generando en cada recorrido tal cantidad de sacudidas eléctricas que en más de una ocasión sufrió su sistema nervioso verdaderos cortocircuitos. No pudo dejar de preguntarse si alguna vez volvería a percibir semejantes sensaciones.
 
           Junto a la almohada colocó el sujetador, pensando mientras lo hacía que, además del destinado al pecho, necesitaría también otro para sostenerle el ánimo, caído a lo más hondo tras el inesperado adiós del hombre al que tanto amara, y, finalmente, ubicándolas junto a aquél, se quitó la última y más íntima de sus prendas, la que sirve de custodia al profano santuario de los goces, esas braguitas rosas estampadas con infantiles ositos que tanto le gustaban.
 
           Vestida sólo con las ropas del desencanto decidió darse un baño caliente, a cuyo fin llenó la bañera hasta casi su sumidad y vertió sobre la líquida superficie una ingente cantidad de gel con la que producir grandes cúmulos de espuma. A medida que las caldeadas aguas maceraban su carne, los cálidos vapores que desprendían iban anegando sus poros hasta provocarle un balsámico sopor por el que se dejó acunar con molicie. En su mente emergieron entonces los recuerdos como fantasmas surgidos de ondulantes sepulturas, etéreas estampas que flotaban en el vaho y de las que comenzaron a brotar palabras, tanto las que en su momento irrumpieron de su garganta enardecida como aquellas otras que omitidas fueron por el miedo o la reserva, cercenadas bajo el destral de silencios afincados tras los sellados labios, silencios que, sin embargo, resultaban a menudo más expresivos que toda una encendida soflama. ¡Había quedado tanto por decir!
 
           Salió del baño dispuesta a exfoliarse el corazón de tanta palabra retenida, por lo que, tras cubrir la desnudez corporal con una toalla, tomó papel y lápiz con intención de escribirlas, convencida de que al hacerlo quedaría al fin liberada del peso que sobre su lacerado espíritu continuaban ejerciendo aquellos silencios. El cabello, aún mojado, iba dejando sobre su nuca húmedos regueros. Tras la ventana podía ver cómo la luna llena pintaba de plata las sombras. También ella quiso pintar con palabras el papel, pero a la postre fueron sólo dos las que logró escribir antes de sucumbir al empuje de una legión de impetuosos sueños y quedarse dormida sobre el escritorio, caída la cabeza hasta encontrar apoyo en su brazo derecho; dos palabras que al día siguiente, cuando la aurora extendió una vez más sus dedos hacia la tierra bostezante, se perfilaron nítidas en el folio en blanco: te amo. 
 
 

lunes, 10 de agosto de 2015

ASFIXIA

 
Así como el aire falta y sofoca su ausencia los pulmones,
 
así la tuya conduciendo está mi alma hasta la asfixia,
 
opresiva ausencia, expoliadora de ilusiones y de anhelos,
 
tormento de manos extendidas sin tocarse,
 
de besos que murieron antes de hallar esos labios
 
que marcaban su destino.
 
Con el afán de buscarte, la mirada elevo al cielo
 
y respiro con fuerza,
 
con deseo incoercible, con ansia embriagadora,
 
con afanes de fiera encarnizada;
 
pero no estás, sólo oscuras nubes se reflejan en mis ávidas pupilas,
 
ávidas de ti, de tu imagen, de tu adorada presencia,
 
pero tú no, tú no estás,
 
y yo me muero.
 
Privados de su oxígeno vital, secos quedan los alveolos de mi alma,
 
un alma mecida entre atronadores silencios,
 
entre gritos que enmudecen junto a tumbas marginadas,
 
quietudes de espanto que forman un nudo dulzón que oprime mi pecho,
 
y así como la ira de Dios dicen se despliega sobre quien más ama,
 
así mi furia se derrama sobre ti, sobre ti a quien amo con toda el alma,
 
furioso por tu ausencia, por esa lejanía que me quiebra en pedazos
 
y hace de mis ojos brotar un llanto acerbo,
 
un llanto de impotencia y de rabia incontenidas,
 
de dolor, de saña,
 
lágrimas de azufre que caen sobre el vacío de tu ausencia
 
para formar sulfúricos arroyos,
 
regatos por los que discurren esperanzas que nacieron ya marchitas,
 
sin brillo, esperanzas hueras de esperanza,
 
esperanzas muertas,
 
víctimas de esa contienda estéril en la que batallo inerme,
 
perdida de antemano toda lid,
 
porque me faltas tú, porque me falta tu aliento,
 
porque sin ti agonizo y muero, anudado al cuello el dogal de la añoranza.
 
La necesidad me hiere con sevicia,
 
crueles puñales que me horadan por dentro,
 
sin que ni siquiera el tiempo pueda cicatrices dejar en las heridas,
 
abiertas que están como postemas supurantes,
 
como las grietas de mi propio pecho, abierto y estragado,
 
y hasta mi saliva se hace amarga sin el almíbar de la tuya con ella compartida.
 
Mil vidas viviría por ti, para ti, contigo,
 
Pero ni una sola merece la pena si en ella no estás tú

sábado, 18 de julio de 2015

EL OTOÑO DE LA DIVA

           Resguardada en la soledad del camerino, contempla la diva el reflejo que de su propio rostro le devuelve el espejo en forma de corazón que, cual arrogante fiscal, emerge de la pared. La imagen que le ofrece de sí misma es una imagen ajada y deslucida, lo que provoca que del cristal brote asimismo una profusa lluvia de tristeza que en un instante anega el valle donde se deposita la sal de los sollozos, ese que se ubica en lo más profundo de cada alma; y frente a esa lluvia, como mecánica defensa, esboza ella una sonrisa que, no consiguiendo contrarrestar el amargo aluvión, termina convertida en mueca. El resto de la pared aparece engalanada por multitud de afiches, carteles y recortes de prensa que se empeñan en desplegar un fulgor de rutilante estrella, batallando mediante esta actitud reverenciadora contra el acusador espejo, cuyos ojos, los del espejo, parecen contemplarla desde las profundidades de un estanque sombrío, al mismo tiempo que le transmiten recuerdos difusos, la estampa borrosa de lo que fue pero ya no es. 

           Ella no quiere, sin embargo, dejarse arrastrar por los recuerdos, consciente de la enorme carga de melancolía que estos conllevan, por lo que se afana en alejar de su pensamiento todo lo que no vaya relacionado con el inminente concierto que ha de acometer esa noche, del que no espera otra cosa que volver a ser tras el mismo coronada por los laureles del éxito. El reloj le anuncia que le quedan pocos minutos antes de salir a escena. Respira profundamente. Será una nueva actuación, otra más a engrosar las miles que lleva ofrecidas desde hace años, presta de nuevo a complacer a su público, a ese público que, expectante e incondicional, aguarda la aparición de su diosa bajo los focos ambarinos.

           Pese a este empeño de concentración, la tentación le vence y no puede evitar volver a mirarse en el espejo, escrutinio que le acarrea un nuevo brote de frustración y desánimo. Los cosméticos han difuminado buena parte de las arrugas en frente, ojos y cuello, pero ella sabe que están ahí, cada vez más acusadas, debajo del ilusorio barniz que su equipo de maquilladores y estilistas compuso sobre su epidermis, y sabe igualmente que cada vez precisará de mayores dosis de artificio para borrar las huellas que el tiempo, las congojas y los excesos le han ido dejando en el cuerpo. La idea de estar marchitándose a fuego lento le provoca un estremecimiento que termina, no obstante, expulsando mediante un suspiro estoico, consciente de que, por más que se empeñe, poco más a fin de cuentas es lo que puede hacer frente al inexorable avance del tiempo.

           La decadencia física le lleva, no obstante, a pensar asimismo en la profesional, tan ligadas ambas en el pomposo universo donde orbita el espectáculo, y a preguntarse cuándo comenzará esta última también a producirse. Lleva años cosechando éxitos, años de continuas giras, de ventas multimillonarias, de recintos llenos de un público entusiasta, pero sabe que tarde o temprano habrán de languidecer tales éxitos, terminar las giras, disminuir las ventas y albergar los recintos un auditorio cada vez más reducido. Tiene miedo de que todo eso suceda, aunque, paradójicamente, lo anhela al propio tiempo, deseosa de verse al fin libre de tanta imposición, de tantas multitudes entre las que la soledad llega a ser tan agobiante e insufrible. Teme a la soledad derivada del fracaso, del mismo modo que aborrece la soledad asociada al éxito.

          Rehúsa de todas formas hacerse preguntas, sabedora de que no hallará respuestas válidas o, peor aún, que éstas le abofetearán el alma sin conmiseración alguna, de modo que prefiere no pensar, abstraerse del complejo entramado que conforman sus pensamientos tejidos con la madeja de embarazosas cuestiones, aunque eso suponga permanecer encerrada en el calabozo de las dudas, por lo que hace un esfuerzo para dejar la mente en blanco y de un modo automático comienza a cepillarse el cabello, cuyo color natural se halla escondido bajo una plétora de tintes, prendiendo a continuación una flor sobre uno de los bandós, concretamente el derecho, una flor tan falsa como las largas pestañas que se comban por encima de sus ojos, esos ojos que desde el espejo la contemplan sin dejarse engañar por el oropel de la fama.
         
           El rasgado de guitarras eléctricas y embates de percusión que, aun amortiguados, se filtran hasta el camerino por las rendijas de la puerta deja constancia de que sobre el escenario hizo ya su aparición la banda que la acompaña en cada concierto. Sabe que debe darse prisa. Emite un suspiro y hace ascender por la avenida de sus piernas las medias opacas, a rayas negras y azules, que lucirá en la actuación de esa noche, dejándolas ancladas a mitad de los muslos, justo antes de donde termina el vestido escotado que se ciñe a su cuerpo como una segunda piel de terciopelo rojo. Sin duda, un atuendo demasiado juvenil para su edad, pero es el estilo que marcó como propio desde el inicio de su carrera y se resiste a cambiarlo, desoyendo a tal efecto las voces que desde los oráculos de la madurez le gritan que desentona; a fin de cuentas, a sus años ya nadie cambia como no sea para morir. Por otro lado, no se trata en el fondo sino de un disfraz con el que enmascarar mediante falsas primaveras no sólo los años, sino también la profunda tristeza que le corroe por dentro desde que el otoño llegara a su vida para uniformar de gris su corazón.
          
            Hace una última prueba y ensaya frente al espejo su habitual repertorio de sonrisas y gestos, ese inventario semiológico con el que busca simular frente al público la imagen de una mujer radiante y segura de sí misma; pero, pese a todo su esmero, la expresión de su rostro desdice a ese carrusel de gestos y sonrisas, tan falso como un programa electoral, y una lágrima rebelde termina por brotar de sus ojos para ir a estrellarse contra una de las cajitas de maquillaje que descansan sobre la tarima.

           Se endosa finalmente unas botas negras que le llegan hasta casi las rodillas y, caminando sobre sus altos tacones, toma con decisión el camino de la escena. En el largo pasillo que conduce a ésta le aguarda un cordón de allegados, cuyas voces de aliento la acompañan durante todo el recorrido, por más que ella no las escuche, centrada ya por entero en el inminente momento de la aparición ante su público. Son apenas unos metros los que la separan del círculo albo que sobre el proscenio crea la convergencia de varios focos simétricos, pero a ella se le antoja una autopista interminable. Siente cansancio, mucho cansancio, y al propio tiempo una ansiedad apenas reprimible. Se detiene justo al final del pasaje y respira hondo. Una voz enlatada anuncia con estridencia su nombre. Los redobles de la batería se intensifican. Un último movimiento para desentumecer el cuerpo tenso y como una pantera salta a continuación sobre el rutilante perímetro. El clamor de la muchedumbre se torna ensordecedor, recibiéndola con un grito que viene a ser la suma de mil gargantas aunadas bajo un mismo anhelo. La diva alza los brazos y sonríe con efusión.
                                              

sábado, 20 de junio de 2015

SOLEDAD DE HIELO

         
           Sobre la alfombra de hojas secas que cubría el parque bullía un hervidero de niños que jugaban a atraparse; parejas que, tomadas de la mano o por la cintura, caminaban sin rumbo definido; madres paseando a bebés en carritos; abuelos que vigilaban los agitados retozos de sus nietos; bicis que dejaban roderas sobre la hojarasca; ancianos a los que el tiempo columpiaba mientras, sentados en un banco, permanecían con la mirada fija en un horizonte muy lejano; lectores de periódicos…, todos gozando de los tibios rayos de un sol otoñal que se deslizaba suavemente entre las invisibles moléculas del aire.
 
           Más allá de este ajetreo, que le resulta del todo ajeno, una mujer vestida de negro traza círculos sobre la arena con la delgada rama de un árbol. Es un elemento disonante del paisaje, una intrusa que transita en otra dimensión paralela, aislada de aquella algarabía de insectos por el espeso manto de una soledad infranqueable que hace que todo a su alrededor aparezca teñido con los barnices de lo irreal. Su mundo es otro, un mundo ubicado dentro de las coordenadas establecidas por el laberinto en el que se mueve a trompicones, ese laberinto gris que fabricaran sus inclementes demonios para de ellos mantenerla cautiva, sin más horizonte que el marcado por los muros de ese mismo enclaustramiento.
 
           El sol de otoño empuja al rocío para que se escurra a través de las hojas de los limoneros y caiga al suelo en forma de lágrimas. Observa esas lágrimas de rocío la mujer de negro y las compara con las vertidas por sus propios ojos, océanos de lágrimas a través de los que ha ido percibiendo el dolor de la vida, de su vida marcada por besos equivocados y sueños de cartón, porque, piensa, morir no duele, lo que duele es vivir, levantarse cada mañana y sentir los golpes de la vida con la única esperanza de que el próximo no resulte demasiado fuerte. Cierra los ojos y, con el filo de este último pensamiento hincándosele por dentro, se deja conducir por la nostalgia hacia otros tiempos donde la esperanza aún no había sido herida de muerte por los embates de una realidad sañuda, tiempos en los que aún era capaz de sonreír y soñar. Ha aprendido, no obstante, a moverse entre el desquiciado gatuperio de sus nostalgias, sin tropezar en exceso con recuerdos punzantes, como un murciélago desplazándose en las tinieblas, consciente de que tales tiempos pretéritos ya no volverán, enterrados que fueron los sueños que los alimentaron en el cementerio de lo imposible, allí donde se secaron también aquellos labios que, de tanto besarlos, llegó a creer que eran suyos, donde enmudeció la voz que de música colmaba sus oídos, donde las manos que hacían temblar su piel con caricias de fuego se desintegraron como átomos inconsistentes, donde dejó de sentir en el rostro las sofocantes vaharadas de aquel aliento de semental insaciable y aquella mirada capaz de penetrar en lo más hondo de sus pensamientos, donde en definitiva dejó para siempre el cuerpo venerado de yacer junto al suyo en tálamos chorreantes de sudores y deseos compartidos.
 
          Desgraciadamente, aquellos son vientos del ayer que nada tienen ya que ver con su actual existencia, marcada ésta por la inmensidad de un desierto en el que vaga sin esperanzas, con la soledad sedimentada en su sangre tan monopolísticamente que no queda hueco para nada más, ni siquiera para que pueda madurar en ella la simiente de los resentimientos. ¿Para qué? El rencor no le devolvería en ningún caso lo perdido, no haría que se tornaran veraces los cientos de promesas incumplidas, ni que se colmaran con remozadas ilusiones los vacíos que sólo con nuevos desencantos se habían ido llenando a lo largo de los años. De nada habría de servir el rencor en un mundo que se hizo de cristal para terminar desmenuzado en un millón de fragmentos rotos, venido abajo paradójicamente en silencio, sin estrépito alguno, como lo haría un castillo hecho de ceniza.
 
           Ninguna palabra brotó, en efecto, de entre sus labios montaraces cuando se fue, no hubo despedidas, ningún adiós en el que encajar cualquier excusa que, por espuria que fuese, pudiera servir de lenitivo al alma abandonada. No, él se marchó envuelto en el mismo silencio con el que tiempo atrás había llegado a su vida, sin decir nada, viento que viene y va en función de albures insondables, y tras de él, envuelto en aquel silencio devastador, quedaron sólo el vacío y la soledad, vestigios de unos sueños que en vano buscaron cobijo en los límites de lo real. 
 
           Los meandros del tiempo fueron luego convirtiendo en sombra el poderoso rastro de lobo que dejara tras cada movimiento suyo, esa esencia animal mediante la que, ciñéndola bajo los febriles efluvios de la pasión más vehemente, había logrado devorarla una y otra vez como a un cordero. Esos fueron en el fondo sus papeles en aquella tragicomedia representada durante casi año y medio, el de lobo y el de cordero. Tampoco es algo, no obstante, que le reproche ni por lo que sienta encono alguno, en parte porque reprochar o estar resentida exige de una emoción donde poder asentarse el reproche o el resentimiento, siendo que ella carece de fuerzas incluso para sentir emociones, y en parte también porque es consciente de que en el fondo él, y los que son como él, no serían en realidad lobos si en derredor suyo no balasen los corderos.
 
           La mujer de negro borra los círculos que ha dibujado en la arena y vuelve a trazar otros nuevos sobre la tierra removida, como si quisiera con ese gesto instar al sol para que haga lo mismo con los círculos helados que se han ido cerrando en torno a su alma; pero el astro se limita a acariciarle el rostro, sin que sus rayos vayan más allá de la piel alba, incapaces de penetrar bajo ésta y hendir la coraza que conduce a los páramos gélidos, allí donde el alma yace atrapada, como un fósil prehistórico, bajo los espesos hielos de la soledad, inmovilizada en una ciénaga donde, a modo de nenúfares podridos, flotan dudas, miedos y desencantos.
 
           Desearía romper en mil pedazos su prisión, y, a poder ser, hacerlo por sí misma, sin necesidad de impetrar ayuda de ninguna clase, ni siquiera de los dioses, esos entes caprichosos y crueles que siempre la trataron como a una marioneta; pero el escaso bagaje de sus fuerzas apenas si ya le da únicamente para seguir abasteciendo el surtido de lágrimas que de manera tan profusa han vertido sus ojos, las únicas que, por otro lado, si no derretir, sí consiguen al menos ablandar de algún modo el hielo que cubre su alma. Por eso continúa llorando, y por eso también, pese a todo, sigue deprecando al sol y a esos dioses inicuos para que la ayuden, por más que en el fondo sepa y tenga asumido que nadie escuchará sus gritos emitidos en silencio.
 
           Las ramas de los fresnos dibujan sombras cada vez más acusadas sobre el suelo. La mujer de negro se pone la mano delante de los ojos para mirar a lo lejos. Busca los indicios de otras sombras, las del crepúsculo, aterradoras en su avance, pues sabe que cuando extiendan definitivamente su manto umbroso y a la luna le dé por perfilar su argéntea figura en el firmamento, los demonios voraces acudirán en tropel para lacerarla dentro de la prisión de hielo, no en vano es ese el momento en que con más saña lo hacen, y ella, indefensa, agachará entonces la cerviz para someterse a su brutalidad de verdugos mientras en torno suyo percibe la secreta respiración de los helechos.
 

domingo, 24 de mayo de 2015

EN BUSCA DE LA ILUSION PERDIDA

   
        El momento de la hecatombe me resultó sobre todo desconcertante, no estaba yo preparado para semejante desconexión de lo que hasta entonces considerara armonía y orden inmutables, ¡quién en realidad podría estarlo!, de modo que al principio lo que sentí fue una confusión brutal, el mundo se desmoronaba a mis pies y yo lo advertía con ojos despavoridos, contemplando las grietas que de manera sucesiva se iban abriendo para provocar derrumbamientos inverosímiles, hasta completar todo un cataclismo que habría de dejarme sumido en medio de la anarquía y la más absoluta de las desolaciones.
 
           Sí, se hundió mi mundo, un mundo que, abandonado de la esperanza, perdió toda su solidez para sucumbir al poder del caos, sin que ninguna fuerza humana o divina fuera capaz de evitar su total desplome. Lo primero que se rompieron fueron los espejos de la ilusión y a partir de ahí, una tras otra, se fueron resquebrajando todas las demás cosas, como en una reacción nuclear en cadena; daba en realidad la impresión de que, rota aquélla, nada quedase con la suficiente fuerza para sostener una construcción tan frágil como era el mundo, mi mundo, de modo que, sin apenas darme cuenta, éste se derrumbó y me encontré esparcidos por el suelo los trozos cuarteados, los restos de amor, de sueños, de anhelo, todo destazado, hecho pedazos, apocalíptica ruina de la que no podía surgir más que desolación y vacío.
 
           Parece que hubieran pasado mil años desde entonces. Quizá en realidad así sea; tan relativo es a fin de cuentas el tiempo, que su medición tal vez no sea más que una entelequia propia de ilusos. Lo cierto es que me alejé de todo en busca de nuevas ilusiones con las que intentar reconstruir mi mundo desmoronado y yermo, atravesé desiertos, crucé océanos, escalé cordilleras enteras, hasta indagué en los confines de la muerte, enfilando de continuo derroteros que me condujeran a las coordenadas precisas desde las que poder empezar de nuevo. Bogué con desesperación a través del mar donde hierven los sentimientos, desnudo de todo lo que no fuese mi propia piel plagada de cicatrices, y cuando me sentía extraviado seguía el rumbo que en su vuelo indicaban vencejos y gaviotas, esperanzado en hallar mi destino más allá de la difusa línea que marcaba el horizonte; pero, por más que lo intentaba, al final venía a encallar una y otra vez en los oscuros arrecifes del desencanto, desde donde, cansado y abatido, contemplaba la soledad de mi propia existencia y me dejaba hundir en las aguas como un tonel de plomo, lentamente, sin oponer resistencia alguna, hasta que el légamo del fondo lamía mi vientre con su áspera lengua de reptil.
 
           Cientos de veces naufragué en mi frenético viaje, sumergido en los sumideros de la desesperación, pero siempre lograba recomponerme para, escapando del abismo, reiniciar una vez más el camino, sin dirección ni destino conocidos, un éxodo en busca de la ilusión perdida. Mis piernas estragadas apenas si podían sostenerme, pero yo no cesaba en el empeño de continuar caminando, por más que una y otra vez acabase enredado en mi propia telaraña de confusiones. De día invocaba a los dioses del Sol para que sus rayos me mostrasen el trayecto a seguir; de noche aullaba a la Luna y dejaba que su argéntea luz me anegase de melancolía. Ninguna respuesta hallaba, empero, en los astros, sólo los ecos de mi propia voz angustiada, la opaca reverberación de mis lamentos no atendidos.
 
           Cegado por los espejismos de la nostalgia, no conseguía vislumbrar en derredor nada que mereciera la pena, sólo ceniza y escombros, los despojos resultantes de la ruina, abrasantes, lardosos, mefíticos, y era tanta a veces mi desesperación que terminaba restregándome en ellos, como los puercos lo hacen en su zahúrda, encenagándome así cada vez más. Anhelaba belleza, pero la belleza se ocultaba a mis ojos, o aparecía disfrazada de engañifas, de sospechas, de miedos viscerales, así como de la certidumbre insana de que todo era falso y que detrás de cada rosa, por hermosa que pudiera parecer a primera vista, se escondía invariablemente un cuchillo, creencia esta que me llevaba a desconfiar de todo, tanto de lo sensorial como de lo etéreo, sin ser consciente del lastre que eso suponía, ajeno a la obviedad de que, si no conseguía liberarme de todos esos reconcomios, jamás podría llegar a ninguna parte, así pusiese en mi desplazamiento el empeño de un titán. Era algo obvio, sí, pero yo no me daba cuenta de ello, no lo veía, pegada que estaba la niebla a mis ojos como se pega a la piel una amante ávida.
 
             Y así, día tras día y noche tras noche, seguí navegando a la deriva, atrapado en un piélago de incertidumbre, hasta que, dibujada en una mirada lánguida, hallé la solución al misterio. Tantas calamidades padecidas en su busca, tantas singladuras delirantes, tanto tropiezo absurdo, tanta angustia soportada, cuando resulta que había estado siempre allí mismo, rodeándome por todas partes, tan cercana y evidente que me parecía de todo punto asombroso que hubiese tardado tanto tiempo en descubrirla. La terrible vacuidad que hallé en aquellos ojos tristes, cansados, deslucidos, que el azar, pues sólo al azar puedo atribuir su encuentro, puso enfrente de los míos, me hizo comprender que debía haber muchos otros náufragos como yo, que sin duda existirían más mundos derrumbados, más vagabundos perdidos, otros congéneres que, al igual que me sucedía a mí, tenían miedo y buscaban un escape.
 
           Aquella mirada fue como una espontánea aurora que surgiese para iluminar con su luz rosada el lado oculto de la verdad, ampliando mi visión con nuevas certezas hasta entonces preteridas en la umbría del desconocimiento, certezas que una vez comenzaron a bullir dentro de mi cerebro me permitieron abrir los ojos para mirar de otra manera distinta, comprobando al hacerlo que, en efecto, allí estaban, por doquier, perdidos en su propio laberinto de frustraciones y desencantos, en busca asimismo de las ilusiones que también a ellos les fueron sustraídas. Mi ceguera se tornó así en una clarividencia que me llevó a constatar la existencia de numerosas vidas paralelas que podían llegar a encontrarse con sólo un ligero desvío, que la luz no tenía por qué provenir sólo del sol, sino quizá también de una sonrisa, o del roce de una mano, o de unos labios que ambicionasen un beso que los revivieran.
 
           Y entonces sonreí, y de mi sonrisa florecieron ostentosos crisantemos de pétalos fulgentes.
 
           Y alargué mi mano y sentí que a ella se agarraban seres que portaban el corazón en la suya.
 
           Y extendí mis labios y noté la avidez que muchos tenían por besarlos.
 
           Liberado mi pensamiento de los cilicios de la duda, lo había al fin comprendido todo; comprendido que no se puede llegar a ninguna parte si uno no escapa previamente de su encierro dentro de sí mismo; comprendido que no hay nada más triste que un corazón que, desecado, se empecina en no beber; comprendido que quizá la vida no sea en el fondo más que una sucesión de sueños que se van empujando los unos a los otros para abrirse paso.
 

sábado, 9 de mayo de 2015

LAS ESPADAS DEL TIEMPO

           El contraste de temperaturas hace que un escalofrío erice su piel en el momento de salir de la ducha. Se frota bien con la toalla, buscando en los rizos de algodón recuperar parte del calor perdido, y la enrosca luego alrededor del tronco para con ella cubrir su desnudez. Con los dedos dibuja un círculo sobre el vaho que emborrona el espejo del baño, hasta que en la bruñida superficie aparece el reflejo de su rostro, que contempla absorta, como si fuese el de alguien extraño, alguien ajeno a ella. Da un paso hacia atrás y deja que la toalla se desprenda sobre el enlosado, lo que hace que en el espejo surja su cuerpo desnudo y todavía húmedo.

           Observa sus pechos, ni grandes ni pequeños, quizá algo caídos, aunque todavía lejos de sucumbir por entero al irresistible acoso de la gravedad, y en un gesto automático coloca ambas manos bajo ellos para elevarlos. El contacto le provoca una tibia concupiscencia. Los mira complacida de su condición de legatarios de placer y de deseo, recreándose en su forma torneada, en las dos fresas que coronan sus cimas, armas de seducción frente a amantes que los colmaron de sensuales caricias, de besos encendidos, de mordiscos voluptuosos, durante noches que dejaron penetrantes huellas en el recuerdo. Profundiza aún más y siente el corazón que, todavía pletórico de emociones, late bajo ellos, ígnea pasión en cada sístole, efusivo entusiasmo en las diástoles, y por un fugaz instante flotan frente al espejo los rostros de aquellos que lograron enardecerlo.
 
             Mira también su vientre, surcado en horizontal por ligeras estrías, pero aún terso en líneas generales, bastante nivelado pese a los tres abultamientos de los que por tres veces surgiera el milagro de la vida, y lo acaricia también con las manos, muy suavemente, percibiendo su calidez, su delicada curvatura, su elasticidad de gladiador en mil batallas, mientras piensa en esas vidas que albergó, convertidas desde su génesis en los principales luminares de su particular firmamento, y asimismo piensa en las mágicas mariposas que, unas veces por más tiempo, otras por menos, allí hallaron hospedaje, dentro de ese vientre palpitante y cálido, provocándole pletóricos estremecimientos y contribuyendo con su aleteo a  elevarla más allá de las nubes.
 
            Desde el vientre baja la mirada para dirigirla hacia esas dos avenidas que convergen justo donde el placer dispone de su mayor santuario, recreándose en el sinuoso trayecto que va desde los tobillos hasta los muslos, sin dejar de percibir al hacerlo las huellas que, todavía no muy pronunciadas, también en estos últimos ha ido dejando el tiempo con su paso, en forma esta vez de celulitis y piel de naranja, estampas de otra batalla que sabe terminará asimismo perdiendo, por más que aún luche por conseguir que la capitulación se demore el mayor tiempo posible.
 
           Contempla igualmente otros vestigios de esa misma guerra, como el ensanchamiento de sus caderas o las arrugas que ojos y comisuras de los labios exhiben. Es la guerra contra el tiempo, implacable adversario que jamás se compadece de sus víctimas, acosándolas hasta el instante último en que son conducidas al hemisferio de los silencios.
 
           Sonríe y el espejo le devuelve una sonrisa multiplicada, brillante como todo un carrusel de luciérnagas. Se siente satisfecha consigo misma, satisfecha de todo cuanto la conforma, tanto de lo visible como de lo etéreo, y no guarda en ese sentido temor ni resentimiento alguno, pues sabe que por mucho que el esplendor en la hierba se siga atenuando hasta incluso desaparecer, lo vivido siempre quedará dentro, muy dentro de ella, allí donde las espadas del tiempo jamás podrán herirla.
 
           Y así se lo comunica al espejo, al que hace un guiño de complicidad que éste le devuelve al instante, porque el espejo siempre ofrece lo mismo que recibe, y aunque ella se sienta a veces perdida y le cueste reconocerse en la imagen reflejada en el cristal, sabe que no deja de estar allí, en el reflejo y más profundamente aún, en los recónditos parajes que se esconden más allá de la propia anatomía, por debajo de la piel y de la carne, en ese invisible rincón donde florecen los sueños. 
 

sábado, 18 de abril de 2015

CORAZONES HAMBRIENTOS


          
           Era invierno y en el centro de acogida difícilmente conseguíamos dar abasto a tanta cantidad de desahuciados, menesterosos e indigentes que nos llegaba todos los días en auténtica avalancha, por lo que en principio a aquella muchacha flaca y desvalida que trajeron a última hora de la tarde no la vi sino como a otra integrante más de la legión de desdichados cuyo dolor procurábamos aliviar con un techo y algo de ropa y alimento.

           Ella llegó, como tantos otros, sucia y desgreñada, camuflada bajo una capa de mugre tan espesa que apenas si permitía descifrar cómo eran los rasgos de su cara. La habían encontrado tirada en una esquina, aterida de frío, con la mirada vacía, sin más fuerzas que las que le permitían mantener los ojos abiertos y no sucumbir definitivamente al abrazo de la noche eterna. Los recuerdos estaban embotados dentro de su mente, hasta el extremo de haber incluso olvidado quién era y dónde vivía o cuando menos no conseguir articular respuesta alguna para las preguntas que le formulábamos en tal sentido; lo único que repetía una y otra vez era que tenía hambre.

           La aseamos y le dimos de comer, pero ni con toda el agua y jabón del mundo y ni aun saciado el estómago fue posible eliminar la profunda tristeza que emanaba de su mirada ausente. Era una tristeza tan densa que por momentos daba la impresión de adquirir forma material, como si un vapor negro y viscoso fluyese desde sus ojos opacos para introducirse por los poros de la piel de quienes la observábamos y contagiarnos el alma de su siniestra esencia. No debía tener más de dieciocho años, apenas una cría, pero esa tristeza manifestaba un pesar tan hondo que probablemente no bastarían mil vidas ordinarias para alcanzar sus límites externos.

           Sólo al día siguiente, una vez sometida a la cura que sólo el sueño sobre una cama blanda y bajo cálidas frazadas consigue proporcionar, pudo hablarnos de sí misma. Supimos así que provenía de una familia desarraigada en la que había sido desde niña sometida a continuas palizas y vejaciones, tanto por sus padres como por sus hermanos mayores, quienes no habían escatimado medios ni formas a la hora de dar rienda suelta a su sevicia, hasta que, harta de seguir soportando tantos vejámenes, decidiera finalmente fugarse de casa. De eso hacía ya varios meses, durante los cuales no había hecho otra cosa que deambular por las calles, sin rumbo, durmiendo en portales y mendigando para sobrevivir, hasta que el agotamiento y el hambre, intensificados bajo el rigor de un invierno especialmente crudo, la llevaron a capitular frente a la desesperación, resignada a un albur donde sólo podía hallar consuelo en la perspectiva que le ofrecía la muerte, a cuyo abrazo habría sin duda sucumbido si a tiempo no hubiese sido liberada en aquella solitaria esquina que eligiera como tumba.

           No sólo le dimos acogida y sustento físico, sino que procuramos también alimentar su corazón mediante raciones de sincero afecto. Yo nunca había visto de hecho un corazón tan hambriento como el suyo, tan necesitado de ternura, de caricias, de luciérnagas brillantes que vinieran a iluminar el oscuro revestimiento, forjado a base de decepciones y reveses, que lo envolvía, motivo por el cual decidí volcarme cuanto pude en ella e intentar que en la medida de lo posible se sintiese reconfortada y pudiera de algún modo constatar que el mundo no tenía por qué ser necesariamente un lugar hostil, sino que también podía encontrar en derredor manos amigas tendidas con generosidad hacia ella. Supongo que esta dedicación fue un atisbo de luz dentro de la oscura cueva donde estaba confinado su menesteroso corazón, puesto que, mientras proyectos de lágrimas flotaban en sus pupilas, vino a confesarme que era la primera vez que alguien hacía algo bueno por ella.

           Dado que no tenía donde ir, permitimos que residiera en el centro de forma permanente, a cambio de lo cual brindó su colaboración en las tareas ordinarias de éste, en especial las relacionadas con limpieza y cocina, cuyo desempeño llevó a cabo con una diligencia y constancia ciertamente encomiables, convirtiéndose así a todos los efectos en otra voluntaria más del equipo.

           Pese a todo, su estado anímico no lograba mejorar demasiado. Era activa y resuelta en la faena, y se mostraba afable y cordial en el trato, eso era cierto, pero no lo era menos que su asequibilidad real continuaba infectada del virus de la desconfianza, lo que, por un lado, le impedía abrirse a los demás y, por otro, hacía que, pese a cualquier esfuerzo por disimularla, la tristeza de su rostro continuara siendo muy visible. Yo seguí ocupándome de ella, cada vez con mayor implicación personal, procurando extirpar esa tristeza con el bisturí de la ilusión, una ilusión que quise insuflar en su espíritu mediante mi propio aliento, que derramé sobre ella sin ningún tipo de contención, anhelante de devolverle la confianza perdida para, a través de ésta, vencer sus miedos y derribar las barreras que conformaban su inseguridad. Quería en definitiva maquillar de algún modo las cicatrices de ese corazón hambriento, pintar con colores sus aurículas y sus ventrículos, sacarlo a pasear y llevarlo de fiesta, para que de ese modo del corazón naciesen sonrisas que luego ella pudiera dibujar con su boca.

           Puede decirse que en gran medida lo logré; al tesón que puse en mi empeño se unió la labor terapéutica que el propio tiempo acostumbra a realizar con su paso, lo que se tradujo en un mayor acercamiento entre nosotros que me permitió ir derribando sus muros hasta convertirnos en verdaderas almas gemelas, inseparables cómplices vinculados por filamentos de camaradería y afecto. Confieso que la primera sonrisa que me dedicó, me refiero a la primera sonrisa veraz, no a las esbozadas por compromiso y agradecimiento, se me antojó una especie de cielo abriéndose paso entre un mar de nubes, tan luminoso en sí mismo como el sol de las tardes de verano.

           Paralelamente a esta catarsis del ánimo, también su cuerpo fue experimentando una positiva metamorfosis, como si de algún modo aquél hubiese tirado de éste para asimismo reflotarlo, de tal modo que la delgadez casi extrema que demacraba su figura se fue atenuando a medida que ésta se cubría de una materia carnal que, bien asentada, comenzó a dibujar curvas y formas sugerentes sobre lo que antes sólo fuera deslucida piel, al propio tiempo que su rostro macilento adquiría igualmente un color mucho más saludable y atractivo. Para entonces yo ya había empezado a mirarla con otros ojos.  Me encantaba cada vez más estar con ella, charlar sobre cualquier tema, pasear en silencio, descubrir juntos nuevos lugares…. Sin apenas percatarme del proceso, la motivación meramente compasiva que impulsara mi inicial acercamiento se había transformado en una amistad robusta que, casi sin solución de continuidad, comenzaba a exhibir tonalidades más refulgentes, designios más íntimos, ideales más enaltecidos, hasta el punto de que su compañía se convirtió para mí en una auténtica necesidad, una necesidad a la que no me fue difícil poner su verdadero nombre: amor.

           Me di cuenta, en efecto, que me había enamorado de ella; cuando no estaba a su lado, la respiración se me agitaba, como si a través de mis pulmones transitase un tornado detrás de otro, y la sangre se me volvía de espuma ante la violenta necesidad de estar con ella, al tiempo que todo mi sistema nervioso quedaba crispado, sacudido por esa ansiedad irreprimible de volver a verla cuanto antes; en su compañía, por el contrario, el mundo venía a antojárseme una especie de colorida burbuja en cuyo seno no había cabida para nadie más que nosotros dos. Estaba claro que eso sólo lo podía provocar una fuerza tan mágica y poderosa como la del amor.

           Silencié durante un tiempo estos nuevos sentimientos, por más que, supongo, mis gestos y miradas los delataran a cada instante, hasta que, incapaz de contenerlos más, se los expuse en todo su detalle, sin ambages, sin escatimar palabra alguna a la hora de expresarlos. Ella se azoró ante mi declaración, confundida en un principio, conmocionada después, tornándose sus ojos dos límpidas fuentes de las que comenzó a brotar todo un reguero de lágrimas; no tardé en comprobar, sin embargo, que aquellas no eran lágrimas de felicidad, sino de pena y tristeza, la misma pena y la misma tristeza que a mí me invadieron cuando me percaté que declararle mi amor sólo me había servido para descubrir que ella jamás podría entregarme el suyo a cambio.

           Con voz entrecortada e interrumpida a cada instante por lastimeros sollozos, me hizo entonces partícipe de su secreto más íntimo, aquel cuyas llamas le abrasaban las entrañas desde hacía años y que por primera vez revelaba a otra persona. Yo conocía, porque ella misma así lo había confesado tras ser rescatada de las fauces de la muerte, el repetido carrusel de escarnios que había sufrido a manos de quienes, en lugar de semejante trato, debieron haberle proporcionado afecto, y era consciente asimismo de los poderosos traumas que padecía a consecuencia de ello; pero lo que no supe hasta ese preciso instante fue que, aparte de las palizas, insultos y menosprecios, también había sido repetidamente violada por su progenitor desde apenas alcanzada la puericia, una y otra vez, dejándola incluso preñada a los dieciséis años de edad, un embarazó que se tornó en aborto cuatro meses después a consecuencia de una terrible somanta. Esta revelación me dejó anonadado, pasmo que se tiñó de indignación y profunda amargura cuando acto seguido, con los ojos anegados en lágrimas, vino a decirme que a resultas de aquello su capacidad de amar había quedado tan dañada que le resultaba de todo punto imposible mantener una relación de índole sentimental; sólo pensar en unos labios que la besasen con deseo o en unas manos que, presas de un apetito incoercible, recorriesen su piel desnuda, le hacía estremecer de puro pavor. Se había convertido en un ser asexual para el que quedaba vedado el amor, al menos ese tipo de amor que yo le ofrecía y que en reciprocidad de ella demandaba. No, ella nunca podría entregarse a los reclamos del amor, ni mucho menos tener voluntariamente contacto sexual con otro ser humano, incluso aunque a su manera pudiera quererlo, como a mí de hecho aseguraba quererme. Así me lo comunicaron sus labios trémulos y me lo confirmaron sus ojos bañados en esas lágrimas de infinita tristeza, y fui entonces mi corazón, al comprender esa terrible ablación que lastraba al suyo, el que se tornó vacío y presa de una hambre infinita, necesitado de un alimento que jamás podría obtener de la fuente donde con tanta avidez pretendiera.

           El candente hierro de aquella confesión abrasó las ascuas de mi sangre, haciendo que un sentimiento de derrota, percudido de impotencia y de rabia, se apoderase de mí; impotencia ante la imposibilidad de abrirme paso entre los escombros de aquel corazón en ruinas, rabia frente a quien de modo tan vil lo había destazado, y desde entonces una niebla invisible, configurada por jirones de pena, satura mi alma, siendo mis ojos los que ahora lloran, lágrimas que se enquistan en esa alma saturada para provocarme un dolor contra el que no existe analgésico alguno.

           Pienso en ella y no puedo evitar derramarme en ríos de amor estéril, ríos cuyas aguas grises, tras discurrir entre retorcidos meandros, se precipitan en las cataratas que conducen a los abismos de la desesperanza, rugiendo con atormentado estrépito hasta desembocar en el mar muerto de la soledad. Quisiera poder revestir mi corazón de una armadura compacta que silenciara tanto alarido mendicante, o encerrarlo bajo llave en una hermética torre donde quedasen sofocados sus latidos, confinado para siempre el manantial del que brotan las yermas corrientes; pero lo cierto es que no puedo, mi corazón está hambriento y eleva su voz una y otra vez hacia el limbo donde aguardan mis necios anhelos en tránsito hacia la locura.

 

jueves, 2 de abril de 2015

UNA VEZ MÁS


           Quiso que marchase con él hasta más allá de los confines que hasta entonces trazara el compás de sus propios miedos e inseguridades, los dos juntos caminando hasta alcanzar el fin del mundo, de todos los mundos, sin más propósito que el de disfrutar de cada paso, de cada curva, de cada intervalo; pero ella objetó que no se sentía con fuerzas para emprender un viaje que pudiera conducirla de nuevo a ninguna parte, siendo por ello que, ante su mano tendida, le dijo que prefería caminar sola.

           Le pidió que cerrara los ojos y se dejase llevar por la luz que desde dentro proyectaba el fanal de su instinto, desnuda de todo lastre que le impidiera avanzar en pos de sus sueños; pero ella replicó que le asustaba la ceguera y que temía desprenderse de la protección que le brindaban sus armaduras, por pesadas que estas resultasen.

           Le dijo entonces que nada debía temer, que él cuidaría de ella para siempre, sin titubeos de ningún género, sacerdote consagrado a la felicidad de su única diosa, viviendo por y para ella, afanado en el sacro propósito de hacer de cada instante compartido una plétora de dicha; pero ella respondió que el mayor de sus miedos era precisamente el de perder la libertad, que se consideraba a sí misma un pájaro que, pese a su fragilidad, querría siempre volar libre, sin nadie que la protegiera más allá de sus propias panoplias.

           Quiso él ofrecerle el mundo, su mundo, un mundo donde germinaban toda clase de sueños y esperanzas; pero ella no quería más mundo que el que latía dentro de ella misma, un mundo exclusivo que poblaba su mente de coloridos escenarios y su alma de extravagantes fantasías, y en ese mundo no había cabida para nadie más, pues era un mundo hecho para ser descubierto cada día con los ojos de una niña y disfrutado con el corazón de una mujer.

           Y fue así como el hola que de los labios de él brotase, henchido de esperanzados anhelos, terminó tristemente despachado con un adiós por los de ella, un adiós que, gélido como el invierno, le llevó a alejarse de su vida, con la mirada perdida en el vacío y la pena como único abrigo para su alma entumecida.  

           Pasó, sin embargo, el invierno y no fue sino sentir la tibieza de una nueva primavera para que el espíritu se le remozase con flamantes brotes de esperanza que le llevaron a volar otra vez a su encuentro, sin más equipaje que el ánimo renovado y el corazón enardecido, palpitante de entusiasmo, consciente de que sin ella la vida se le escurría entre los dedos, que el resquicio por donde en su momento se le colara dentro, lejos de haberse cerrado, estaba más abierto que nunca, porque ella era en realidad su luz, desprovisto de la cual era él el verdaderamente ciego, porque sin ella no habría más sonrisas en sus labios ni ilusiones en su alma, porque sin ella se veía incapaz de seguir siendo él, y hasta su propio nombre se convertía en poco más que un sonido hueco si no lo escuchaba en boca de ella, porque ansiaba estar en ella para siempre, dentro de ella, en lo más profundo de ella, porque era en el fondo él quien tenía miedo de estar lejos y su propia sangre la que se derramaba en copiosas hemorragias cuando la sentía ausente.

           Llamó por tanto a su timbre y una vez más le dijo hola, y una vez más alargó su mano tendida hacia ella, y una vez más le exhortó a que caminasen juntos, y una vez más le pidió que cerrase los ojos, y una vez más le explicó que no debía tener miedo, y una vez más le ofreció el mundo, su mundo.
 

sábado, 14 de marzo de 2015

QUIZÁ ALGÚN DÍA


   
         Un tránsito perezoso recorre la glorieta a esa hora de la tarde, próxima ya la llegada del crepúsculo. El verano da sus últimos coletazos y un sol tibio, resignado a sufrir una vez más su diario sacrificio en los altares de occidente, emite flavos destellos sobre los edificios y los rostros de los paseantes, así como de quienes, ancianos en su mayoría, descansan en los bancos ubicados bajo los almendros. Sobre los alfeizares de buena parte de los balcones se alinean cohortes de macetas que confieren a la plaza un toque colorido; lirios, gladiolos y begonias predominan en ellas, cuyos perfumes se van esparciendo en vaharadas a lo largo y ancho de todo el perímetro. 
           Parapetada tras la taquilla del teatro, apenas si logra Paula percibir esa fragancia floral; le llega muy difuminada, tan solo ligeros efluvios que sucumben frente al vapor denso de la soledad que habita en su cabina. Tampoco está en cualquier caso muy atenta a los estímulos provenientes del olfato, pues en esos precisos momentos ella es, por encima de todo, ojos, unos inmensos ojos azules que, unas veces de forma directa, otras a hurtadillas, se posan sobre la robusta figura que allá fuera, en la calle, bajo el tupido disfraz de Bestia, declama y hace cabriolas con las que llamar la atención de los transeúntes para persuadirles de que asistan a la función nocturna.
           Paula sueña con él a todas horas, no con el ser de rostro temible, mitad lobo, mitad león, que interpreta a través del camuflaje, sino con el muchacho que se mueve por debajo, ese muchacho de mirada enérgica y piel morena cuyos ojos pestañean vivaces cada vez que se desprende de la careta para tomarse un respiro y aliviarse del sofocante calor. Ella sufre verdaderas sacudidas al sentir sobre el alma la luz que emiten aquellos ojos, verdaderos relámpagos que la atraviesan y envuelven en una espiral hipnótica, tan intensa que llega a perder todo control sobre los latidos de su corazón y los designios de su mente, incapaz ya esta última de centrarse en la venta de tickets, al quedar por entero absorbida en la recreación de su rostro pegado al suyo, mejilla contra mejilla, piel contra piel. 
           A veces no sólo es la máscara lo que se quita, sino todo el disfraz, que durante algunos minutos guarda en el interior del teatro, en un departamento contiguo a la propia taquilla, para desentumecer los músculos o tomar algún refrigerio antes de proseguir en el exterior con su pantomima, y es entonces cuando Paula, aun de modo furtivo, puede admirar su torso atlético, emancipada la piel desnuda de esa otra artificial y áspera que habitualmente lo aprisiona, e imagina el goce de posar sus manos sobre ese pecho dilatado, acariciarlo, enredarse con los rizos del vello, deslizar los dedos por la elástica curvatura hasta alcanzar los remolinos del vientre, navegar en definitiva, libre y voluptuosamente, por todo ese océano de piel; e imagina también, en lo que vendría a ser la apoteosis del deseo, cómo sería sentirlo dentro, enteramente dentro de ella, formando ambos un solo cuerpo donde las células se mezclasen como los elementos lo harían dentro del crisol de un alquimista.
           Desde aquel mágico día en que lo vio por primera vez, cuando sintió que se le desbarataba el estómago y que una mano invisible aprehendía su corazón como si fuese una pelota de tenis, Paula experimentó una brutal metamorfosis en lo que percepción y nociones concernía, redefinidas bajo un prisma nuevo donde la razón se le disfrazó de arlequín para ejecutar pintorescas maromas que por sí solas tenían el poder de transformar el entorno, el aire se inflamó de aromas hasta entonces desconocidos para ella, los colores se sublevaron y difundieron nuevos matices ante sus ojos extraviados por el delirio, y hasta dejó de ser redonda la Tierra para adquirir formas estrafalarias que se expandían y contraían a la manera de un acordeón. El sentido de las cosas cobró rumbos desconocidos bajo la férula de una imaginación que, sin necesidad de salir de los reducidos límites de su taquilla, vino a trastocarlo todo, hasta el punto que una sola mirada era más que suficiente para que aquélla se le disparase y de inmediato concibiera todo tipo de escenas con ellos dos como únicos protagonistas, escenas en las que cada beso se convertía por sí solo en un acto perfecto, sin que quedasen las sensaciones entibiecidas por el hecho de derivar únicamente de entelequias, puesto que al fin y al cabo sentir viene a ser en sí mismo algo real, por más que el sentimiento emane de sueños imaginarios.
           Sin embargo, también está allí, presta a desbaratar tales sueños, la otra realidad, la que se nutre de física y materia, de hechos concretos y circunstancias establecidas, de tiempo que fluye y espacio que permanece inmóvil, una realidad que le recuerda que jamás han intercambiado una sola frase más allá de protocolarios saludos y despedidas, que le subraya que desconoce todo lo relativo al muchacho, incluido su nombre, y que, insidiosa, le advierte que él pertenece a una compañía de actores que dentro de poco dará probablemente su última representación y marchará a otra ciudad distante, en tanto que ella permanecerá allí, atendiendo la taquilla del teatro para nuevos espectáculos. A menudo, procurando afanosamente confrontar ambas realidades, la que se alimenta de sensaciones y la que lo hace de razonamientos, Paula habla consigo misma, formula preguntas y aventura respuestas, hasta que la conversación se traba porque su voz ya no encuentra palabras o porque simplemente tropieza con ellas, incapaz de dar expresión a tanta idea alborotada.
           Hace ya más de dos meses que la compañía arribó a la ciudad; desde entonces representan tres veces por semana, viernes, sábado y domingo, “La bella y la bestia”, obra que esa noche escenificarán por trigésima ocasión. Paula descubrió hace tiempo que la persona que monopoliza sus sueños no es en realidad uno de los actores, o al menos no participa como tal en la función, sino que se limita tan solo a hacer su papel de reclamo para atraer clientela, luciendo con tal fin en la calle el asfixiante disfraz que le convierte en “Bestia”, bajo el que pronuncia soflamas encendidas, recita versos apenados, zigzaguea en trenzados movimientos o se contornea en bailes entusiastas junto a su inseparable “Bella”, la muchacha que le sirve de contrapunto y que, haciendo honor a su personaje, es realmente bella, una cara de ángel embutida dentro de un rozagante vestido de muselina, sonrisa etérea, ojos de esmeralda y cintura ahogada como un suspiro, tan bella es que Paula no puede evitar odiarla, odia su cara de muñeca, odia sus formas vaporosas, odia sus dientes de nieve y, por encima de todo, atormentada por los celos, odia que se deje caer entre los masculinos brazos para entre ambos elaborar una composición sublime; en esos momentos, atravesados los celos en sus entrañas, debe por fuerza apartar los ojos y mirar hacia otro lado, so pena de morirse.
           La venta de entradas continúa siendo buena, por lo que parece probable que la estancia de la compañía en la ciudad se prolongue todavía durante algunas semanas más. Así al menos lo espera Paula, quien no deja de temblar ante la incertidumbre del futuro, aterrada por la contingencia de que se eche definitivamente el telón y desaparezca para siempre de su vida aquel que, aun desde las landas donde sólo florece la indiferencia, la ha vuelto a dar un sentido. Quisiera por eso que el tiempo se detuviera y poder observarle siempre, sin interrupción, día tras día, siglo tras siglo, desde su pequeño trono de cristal, en el que echaría raíces tan profundas que traspasarían la tierra hasta llegar a alcanzar las antípodas, en una eterna vida sedentaria cuyo fundamento y exclusivo objeto sería tenerle allí, cerca, al alcance de sus cerúleos ojos de enamorada. Sabe, sin embargo, que no será así, que llegará el fatídico día en que él ocupará su puesto en la caravana y marchará con la troupe a otros lugares, sin haberse apenas percatado de su existencia, mucho menos conocido la recóndita huella que habría dejado en la insignificante y solitaria muchacha que vendía las entradas para la función de cada noche.
           Solitaria. Ese es sin duda el adjetivo que mejor podría definir a Paula. Nació con el estigma de la soledad estampado en el alma, como un tatuaje, y allí ha permanecido desde entonces de manera indeleble. Su infancia transcurrió casi toda entre los muros de un internado regido por normas inflexibles, sometida a la tiranía de unos educadores que ponderaban por encima de todo la disciplina como método docente, severo entorno en el que su apariencia frágil y su extrema introversión le hicieron ser objeto de toda clase de burlas y desaires. Más adelante, la adolescencia, lejos de conseguir que abriese sus pétalos al mundo, vino a incrementar todavía más su retraimiento de flor huidiza, hasta terminar convertida en el ser más solitario y esquivo sobre la faz de la tierra, alguien que, voluntariamente aislado de todo aquello que respire y sienta, no tiene más contacto que el derivado de los rostros anónimos que cada día puedan acercarse a comprar entradas para la función. Fuera de esa gente, con la que a lo sumo llega a intercambiar un par de frases, nadie acude a su taquilla a visitarla, a no ser alguna de esas moscas grandes y peludas que, pegadas al cristal de la ventanilla, desprenden reflejos verdes iridiscentes mientras se rascan sus patas antes de levantar de nuevo el vuelo para zumbar con pesadez.
           Nunca había Paula contado con alguien cercano a quien poder llamar amigo, menos aún conocido las delicias del amor, ese gusano loco que se cuela en las tripas y tira de ellas hasta hacer de la agonía un delicioso delirio; pero todo cambió cuando por primera vez vio el rostro de él desembarazado del disfraz que lo embozaba, momento en que el mundo se detuvo en seco para ella y los focos que hasta entonces le mostraran de manera harto displicente la miscelánea de formas y colores que poblaban su escenario giraron al unísono para concentrarse de repente en una única parte del mismo, la ocupada por él, por aquella presencia hipostática que congregaba y desprendía a su vez toda la luz del universo, tan prodigiosa que ya no hubo para Paula más color que el de la miel, porque ese era el color de sus pupilas y el de su cabello, ni otras formas que las que dibujaban su cuerpo adorado, ni más sonido que el concebido en su garganta para dar a luz su voz. Un turbión de sentimiento anegó desde entonces el pecho de Paula, que dejó de sentirse sola para empezar a gozar de la deliciosa compañía de sus propios sueños, esos donde, desbordándose la magia, todo venía a ser posible, burbujas de felicidad en cuyo interior bailaban sus almas entrelazadas. Es consciente de que, fuera de los sueños desplegados en el interior de tales burbujas, jamás podrá haber nada entre ellos, su propia timidez patológica, demasiado fuerte para ser derribada por el solo empuje de la voluntad y el deseo, lo imposibilitaría sin duda, ni siquiera sería en realidad capaz de mantener con él una charla mínimamente precisa, el aturdimiento haría en tal caso que sólo balbuceos e incoherencias desatinadas saliesen por su boca, lo que a buen seguro terminaría por avergonzarla hasta más allá de lo humanamente soportable; pero no importa, puede perfectamente reprimir tales ilusiones imposibles, pues le basta con poder verlo, con sentir su presencia aledaña, con observar la armonía de sus movimientos, con oír de vez en cuando su voz, aunque vaya dirigida a otras personas, para que los sueños se desplieguen y la envuelvan en esa tibia felicidad que acaricia y nutre su espíritu.
           La tarde languidece y se va poblando de espectros que al pasar dejan una estela gaseosa y un olor a almendras garrapiñadas que en aromático batiburrillo se mezcla con el de los lirios, gladiolos y begonias. Paula puede verlos porque, al igual que sus sueños, se mueven dentro de los confines de lo quimérico, y desde el silencio les manda un entusiasta saludo, sin ningún género de pudor, pues ante ellos se siente segura y libre de temores y apocamientos, y les grita que está enamorada, que es feliz, que nada le importa con tal de que el objeto de su amor esté cerca. Los espectros no dicen nada, sólo se desplazan de un lado a otro con parsimonia, sin ningún objetivo concreto, ánimas errantes a las que parece aburrir la eternidad ultraterrena. Paula les compadece y hasta sufre cierto remordimiento por haber sido tan efusiva a la hora de revelarles su propia felicidad, si bien, al comparar ésta con el tedio de las incorpóreas criaturas, se le despiertan de nuevo las congojas, consciente de que su felicidad, al contrario que dicho aburrimiento, no puede ser eterna, con lo que otra vez le asalta la terrible pregunta de qué sucederá cuando él se vaya. Tiene claro que la soledad de su taquilla será entonces tan opresiva que acabará sofocándola hasta hacer de ella un ser invisible, más aún de lo que ya lo es de por sí, y, peor aún, sabe que no podrá soportar el peso de la existencia sin esa esa válvula de escape que supone su presencia limítrofe; pero ¿cómo evitarlo?, ¿cómo impedir que el mundo continúe girando y nuevos días sobrevengan a nuevas noches en tan alocada y arrolladora rotación? Tarde o temprano se hará real su pesadilla, no puede ser de otro modo, y la caravana de cómicos emigrará a nuevos parajes, llevándose consigo su peculiar universo hecho de telones que suben y bajan, de bambalinas y bastidores, de decorados de cartón piedra, de salones elegantes, columnas de mármol e inacabables escaleras de caracol, de príncipes audaces y princesas cautivas, de vestidos suntuosos, pelucas festoneadas y disfraces alegóricos, de canciones y bailes a ritmo de vals, y en esa caravana marchará también él, una parte más del espectáculo, ese que siempre debe continuar, y con él volarán para siempre sus sueños de sirena solitaria y dejarán de brillarle en el estómago las luciérnagas de la ilusión.
           Tanto le aterra la idea de no volver a verle que la esperanza acude en su auxilio para decirle que tampoco tiene por qué ser así, que quizá, quién sabe, el destino decrete un nuevo cruce de caminos más adelante y que tal vez en algún microcosmos habitado por duendes, silfos y nereidas vuelvan a encontrarse. Quizá hasta puede que para entonces su timidez se haya esfumado y se atreva a abrirle los pasadizos que conducen a lo más profundo de su corazón, revelándole al hacerlo la índole de sus secretos, esos que parecen destinados a no traspasar jamás las fronteras de lo oculto. ¿No dicen acaso que los milagros sí existen? Quizá se produzca ese milagro y él desee entonces echar raíces junto a ella, raíces de esas que su mente fantasiosa gusta de extender hasta las antípodas, y construir juntos una cabaña hecha de sueños y jadeos compartidos, con una chimenea cuyas llamas fueran una prolongación de las desprendidas de sus propios cuerpos imbricados y un lecho adornado con sábanas de amor y ternura…. Quizá, sí, ¿por qué no? Quizá algún día.