sábado, 6 de diciembre de 2014

REINVENTANDO A MADAME BOVARY


           Laura acababa de dejar el libro sobre la mesa. Era un ejemplar de bolsillo, de pasta blanda y letra impresa casi en miniatura, como huellas de insectos.

                 —¿Acabaste ya “Madame Bovary”? —le preguntó Carlos, su marido, quien en esos momentos apuraba un vermú cómodamente ancorado sobre su sillón relax.

           Sí, justo ahora.

           Teniendo en cuenta que te lo has terminado en sólo dos mañanas, imagino que te habrá encantado.

           Así es. Me ha parecido fascinante, la mejor novela que he leído en mi vida... Ya la leí hace años, pero esta nueva lectura ha sido especial.

           —¿Y eso por qué?

           Digamos que era para mí casi una necesidad.

           —¿Necesidad? No te entiendo, Laura. Sólo es un libro.

           Da igual… En todo caso, me dejó un regusto amargo el final.

           Sí, convengo en que es un final triste.

           Yo lo habría escrito de otro modo.

           Carlos enarcó sus pobladas cejas en un gesto de sorpresa.

           —¿De otro modo? ¿No me digas que corregirías al propio Flaubert?

           No, no es eso. Literariamente hablando, la novela resulta impecable; lo que he querido en realidad decir es que yo habría actuado de modo distinto a como lo hizo Emma.

           —¿Qué quieres decir con que actuarías de modo distinto?

           Pues que, en lugar de suicidarme, habría optado por matar a todos los que me habían sumido en esa situación de infelicidad y desesperación. 

           —¡Qué radical!

           —¿Acaso quitarse la vida no lo es?

           Visto así, sí, claro que lo es.

           Pues eso, que yo me los habría cargado a todos, comenzando por el lechuguino de Rodolfo, siguiendo por el cobarde de León y añadiendo a la lista al miserable de Lhereux, al petulante de Homais y al baboso del notario Guillaumin

           Carlos silbó sobre su butaca.

           Veo que no dejarías títere con cabeza.

           Laura le miró de soslayo e hizo una mueca de desdén.

           ­—Todos se lo tendrían merecido… Incluso el marido, tu tocayo.

           —¿También él? ¡Pero Charles Bovary era un buen hombre!

           Era un hombre débil y sin ambición, el mayor causante en definitiva de la infelicidad de Emma…  Manso y estúpido como un buey. Su propio apellido así lo identifica: Bovary, que deriva de bovarium, o sea, buey.

           Vaya, desconocía esa etimología… Aun así, yo sigo viendo a Charles Bovary como un buen hombre y a la postre otra pobre víctima. Vale, admito que le faltaba carácter e iniciativa, pero de ahí a merecer la muerte...

           No supo nunca hacer feliz a Emma, no fue capaz de entenderla, en ningún momento de su vida logró

           La acalorada exposición de Laura fue interrumpida por el chirriante sonido del teléfono. Ambos esposos se miraron sin decir nada durante algunos segundos, sorprendidos por la imprevista irrupción sonora.

           Voy a cogerlo —anunció Laura.

           Pero Carlos, como activado por un resorte, se incorporó de su asiento para anticiparse y atajar la determinación de su esposa.

           No, ya lo hago yo —dijo con evidente nerviosismo, como si a su pensamiento hubiese arribado una posibilidad que de súbito lo inquietara.

           Los ojos de Laura brillaron durante un breve intervalo de tiempo, un brillo que denotaba astucia, pero resultó tan fugaz que Carlos ni siquiera lo notó.

           Está bien —cedió ella—. Yo iré preparando la comida.

……..

            Sí, dígame —dejó caer Carlos sobre el auricular el típico introito de las conversaciones telefónicas, una vez se hubo cerciorado de que Laura entraba en la cocina. 

           Hola, Carlos. Soy Emma —se oyó una voz femenina al otro lado de la línea.

           “¡Emma!”, repitió Carlos con el pensamiento mientras a su alrededor proyectaba miradas furtivas, miradas que desembocaron finalmente en el libro cuya lectura tan absorbida tuviera a su esposa hasta hacía apenas unos instantes. Curiosa coincidencia de nombres, pensó al asociar a la protagonista de dicho libro con la mujer que desde el otro lado de la línea telefónica acababa de saludarle.

           Aguarda un par de minutos —dijo en voz tan baja que no pasó de ser un mero susurro, para luego, sin aguardar respuesta y apretando con fuerza las manos sobre el micrófono del aparato, añadir en tono mucho más alto: —¿Cómo? Ah, pues no sé qué decirte, voy ahora mismo a comprobarlo—, dicho lo cual depositó con cuidado el teléfono sobre la mesa auxiliar y se dirigió a la cocina, donde Laura andaba sazonando los filetes de buey que pensaba preparar para la comida.

           —¿Quién ha llamado? —preguntó ésta con aparente indolencia.

           Nada, de mi despacho, interesándose por ciertos datos de unos documentos que traje a casa para estudiarlos más a fondo…. Voy al dormitorio, que los tengo allí. 

            Segundos después volvía a pasar por la cocina, camino otra vez del salón principal, portando consigo una serie de papeles.

           Ignoraba que guardases en casa documentos importantes del trabajo.

           Bueno, no son tan importantes… Además, así puedo trabajar también en casa.

           Con los documentos en la mano, Carlos se encaminó de nuevo hacia el teléfono, no sin antes haber cerrado del todo tanto la puerta de la cocina como la del propio salón.

           —¿Continúas ahí? —preguntó en voz muy baja, aferrando con fuerza el auricular y apretándolo contra su oído derecho.

           Sí, aquí sigo.

           —¿Por qué demonios llamas a casa? Ya te dije que no deberías hacerlo nunca.

           Ah, comprendo, debo interpretar mi papel de “la otra”… Supongo que está contigo tu mujercita.

           Pues claro que Laura está aquí. ¿Dónde iba a estar? Esta es su casa tanto como la mía.

           Me prometiste que ibas a dejarla.

           Pues claro que te lo prometí, y lo haré… Pero necesito más tiempo.

           Me estás dando largas, Carlos. Tu postura es muy cómoda: en casa tienes a tu mujercita y fuera de casa me tienes a mí, a tu amante, la otra.

           Bueno, bueno, no saquemos las cosas de quicio… Ya hablaremos esto con calma en un lugar más apropiado. Aquí sabes que no puedo hablar.

           Lo siento, Carlos, pero yo no puedo más, no puedo seguir con esta situación clandestina… He tomado la decisión de dejarte y no volver a verte. Para eso precisamente te llamaba….

           Pero Emma ­—le interrumpió Carlos

           Ni Emma ni nada. He conocido a otro y deseo tener una vida plena con él, una vida sin mentiras, sin ocultaciones, sin tener que esconderme como si fuese una delincuente.

           Emma, Emma…, no creo que hables en serio, piensa en lo nuestro.

           Lo nuestro se acabó, Carlos. Adiós, que te vaya bien —y colgó el teléfono de un modo súbito.

           Los instantes posteriores a este abrupto colofón fueron de total desconcierto para Carlos, quien no acertaba a entender la, a su juicio, desaforada actitud de su amante. ¿A cuento de qué esa pataleta cuando sólo tres días antes gemía de placer entre sus brazos? Enfocó entonces su pensamiento al pasado para evocar los momentos vividos con Emma, el modo en que se conocieron, sus encuentros furtivos, las húmedas noches de estío en hoteles de la periferia… Tuvo que reconocer que Emma había sido para él algo así como el fuego de Prometeo, en cuanto a que, cuando su corazón se deslucía en los eriales de una existencia anodina, ancladas que quedaran desde hacía tiempo sus ilusiones en el mar de los sueños extinguidos, ella lo había devuelto a la vida. Le costaba aceptar que de la noche a la mañana tal fuego pudiera haberse sofocado. No, definitivamente no era posible, aquello tenía que ser tan solo el fruto de una circunstancial sensación de despecho, una rabieta que se le pasaría pronto, él se encargaría de convencerla para que de nuevo las aguas volvieran a su cauce.

           La distante voz de Laura le sacó de estas divagaciones para traerlo de vuelta a la realidad:

           —¿Todo bien, cariño?

           Sí, todo bien, cielo —respondió mientras lentamente se dirigía a la cocina—. Estos del despacho, ya sabes, que se ahogan en un vaso de agua. ¡Mira que llegan a ser pesados!

           Desde el dintel de la puerta miró lentamente a su esposa, quien en esos momentos maceraba la carne tras haber esparcido sobre ella el contenido de un frasco azul que viniera lacrado con cera amarilla.

           No te preocupes, Carlos, verás como ya no te vuelven a molestar más.

           El marbete que identificaba los polvos blancos del envase lo había tirado, hecho una bola, a la basura. La palabra arsénico venía escrita en francés. 

          

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Uyuyuyuyyyyy con los infieles .... aunque hoy por hoy todavía ellos tienen inmunidad para esto .
Las mujeres vamos despacio y pisando firme dirigiendo nuestros
pasos a un claro objetivo ,como bien lo enfocas .cuidadín,cuidadín jjjjjjjjjjj .
Azulmarina.

Cavaradossi dijo...

jajaja, supongo que sí, que hay armas y objetivos de todo tipo.
Gracias por tu simpático comentario, Azulmarina :-)

Anónimo dijo...

Eso pide continuación, ¡jajaja!!

Yo creo que, además de "en este momento está reunido", la frase "Me prometiste que ibas a dejarla." es la más pronunciada del mundo mundial.

María / Tay dijo...

El comentario anterior es mio, saldrá como anónimo porque no me he dado cuenta de indicar el nombre. Soy María.

Cavaradossi dijo...

Bueno, Maria, la continuación en este caso sería más que obvia, habida cuenta la novela en que está inspirado el relato. Sólo quise hacer un pequeño juego a través de los personajes de Flaubert y el famoso frasco azul donde se guardaba el deletéreo arsénico