viernes, 21 de noviembre de 2014

LA AGONIA DE LA BRUJA



                A medida que recobraba paulatinamente el conocimiento, la intensidad del dolor se iba asimismo restableciendo, un dolor que no tenía un foco preciso, sino que parecía provenir de todas y cada una de las células que conformaban su organismo, para a lo largo del sistema nervioso extenderse en todas direcciones. Eran ríos de puro dolor los que discurrían por los cauces abiertos a lo largo de aquel lacerado cuerpo de mujer, ríos que generaban un padecimiento atroz, de todo punto insoportable. Dentro de su vientre notaba que le ardían las entrañas, como si sobre ellas hubiesen aplicado un sulfuroso fuego que las destazase con lancinante tormento. Quiso sofocar con un grito parte de ese dolor, pero no fue capaz, algo impedía que de su boca brotase sonido alguno; ese intento subrayó además la fuerte quemazón de su garganta, en la que también percibía un fuego vivo que abrasaba sus cuerdas vocales. Tampoco podía levantarse y escapar de allí, atada como estaba a aquella podrida madera por cuerdas y ganchos que se clavaban en su carne. De todas formas, no hubiese tenido fuerzas para moverse aun habiendo estado libre.

           Parece que la bruja vuelve a recobrar el conocimiento —oyó que decía una voz próxima.

           Era la de uno de sus torturadores, un individuo de rostro aquilino que vestía con túnica escarlata desde los hombros a los tobillos. Junto a él había dos más con idéntico atavío, más un tercero que llevaba el torso desnudo y sostenía un mazo de madera entre sus manos. Al escuchar aquella voz, acudió a la mujer toda la consciencia de lo que le estaba sucediendo. Mediante un ciclópeo esfuerzo logró mover los ojos y recorrer con ellos su cuerpo desnudo, todo él invadido de sangrantes heridas, carne viva que brotaba de una piel desgarrada. Miró hacia sus pies, mas no los vio, no estaban en el lugar que debían ocupar al final de los tobillos, y recordó entonces el momento en que el verdugo se los arrancó de sendos hachazos; el dolor de aquel recuerdo tan inminente se superpuso al que de por sí sentía. Los muñones abotargados, teñidos con la sangre que sobre ellos se había ido coagulando, dejaban vislumbrar fragmentos de hueso, astillas blancas que, como grotescas raíces, sobresalían entre la carne excoriada. Sus extremidades, por lo demás, estaban completamente dislocadas, rotos la mayoría de los huesos, y salpicadas de equimosis.

           Un reguero de lágrimas comenzó a brotar de los ojos de la mujer. Algunas eran provocadas por el inmenso dolor, pero en su mayoría eran lágrimas de impotencia, acerbas lágrimas derivadas de no comprender los motivos por los que estaba siendo sometida a tan atroz tortura cuando nada malo había hecho para merecerlo. ¿Por qué la acusaban de bruja?, se preguntaba una y otra vez. ¿Por qué?

           Recordaba ahora con toda nitidez el proceso sumario en el que fuera encausada. Recordaba la inflexible expresión de sus jueces, ataviados con hábitos negros, sus ojos inyectados en sangre, sostenidos sus cuerpos sobre altos sitiales desde donde la observaban con odio y severidad. Ella se sentía pequeña. Negaba las acusaciones, pero los hombres de negro no la creían y, tras cada negación surgida de sus labios trémulos, replicaban con rotundidad y fiereza que mentía.

           La tortura te hará confesar —declaró el inquisidor que ocupaba el lugar central del estrado, cuyos ojos estaban clavados en ella como dos flechas de fuego prestas a ser disparadas.

           Gritó. Aulló. Imploró clemencia. Aquel dolor no tenía límite, escapaba a toda capacidad de resistencia humana. Su cuerpo fue una y otra vez mancillado por el verdugo, quien, entre otras atrocidades, vertió azufre hirviendo sobre sus pechos desnudos e introdujo en su vagina  un hierro candente, asegurando los inquisidores que de ese modo quedaría su espurio cuerpo de mujer depurado de las infectas relaciones mantenidas con el mismísimo Maligno. Luego fue atada a aquella rueda de madera que a cada vuelta de tuerca iba dislocando y rompiendo sus huesos como si fuesen alas de pajarillo, hasta que, no pudiendo soportar tanto martirio, confesó.

           Confesó todo cuanto le dijeron que confesara. Confesó que era una bruja, que había hecho un pacto con Satanás, que se entregaba cada noche a decenas de diablos con los que satisfacía su incoercible lubricidad. Hubiese confesado lo que fuese con tal de que acabara aquel suplicio. Sus torturadores, sin embargo, no se conformaron con esa confesión, sino que para evitar que, ayudada tal vez por alguno de sus amigos demonios pudiese escapar, ordenaron al verdugo cortarle los pies, y acto seguido, mientras todavía bramaba de dolor, le hicieron beber agua hirviendo para purificar su alma envenenada, lo que vino a abrasar por completo su garganta, y, más aún, entendiendo que, luego de haber confesado, de nada le servía ya la lengua sino para soltar por la boca imprecaciones y blasfemias, dispusieron que le fuese arrancada con unas tenazas. Fue tras esta última mutilación cuando perdió la consciencia.

           Ahora despertaba y, pese a que la sensación de dolor le hacía prácticamente imposible cualquier tipo de razonamiento, pensó en sus hijos, en esas pobres criaturas que, huérfanos, quedarían abocados a la indigencia, a vivir de la mendicidad, de la caridad ajena, y quién sabía si con el tiempo a delinquir y ser, por tanto, carne de presidio u horca; esos mismos hijos a los que habían obligado a presenciar la tortura, el voraz ensañamiento de que había sido objeto su madre a manos de aquellos despiadados hombres. ¡Sus hijos, el mayor de apenas diez años, los otros siete y cuatro! ¿Qué sería de ellos? Condenados quedaban a la miseria, a esa miseria que tiende a perpetuarse bajo el tupido mando que conforman la ignorancia y la superstición.

           De estos pensamientos volvieron a extraerla las manos del sayón, que tras desatarla del potro vinieron a arrojarla sin contemplación alguna sobre la sucia tierra que cubría la mazmorra. Estaba desnuda, mutilada y cubierta de sangre. Sus formas apenas si parecían aún humanas.

           Las palabras del inquisidor llegaron a ella distantes, como ecos lejanos de un mundo ya perdido:

           Habiendo confesado su condición de bruja, se condena a esta mujer a morir quemada en la hoguera, donde el fuego purificará definitivamente su alma y expulsará de ella a los demonios que la poseen, tornándolos a los abismos del infierno.

             ¡La muerte! De haber tenido fuerzas, habría incluso dado las gracias por esta condena, no en vano para ella no era ni mucho menos tal, de ningún modo podía considerar un castigo la muerte, sino más bien todo lo contrario, la entendía como una definitiva manumisión. Anhelaba la muerte. Quería morir, ser pasto de las llamas y que éstas le arrebatasen definitivamente la vida, sumida para siempre en la indolora oscuridad de lo eterno. La muerte era ausencia, sí, pero en aquellos momentos representaba sobre todo ausencia de dolor y, en consecuencia, paz, serenidad, liberación.

           Sintió cómo la alzaban en vilo y era arrastrada fuera, conducida al exterior a través de una enmarañada sucesión de crujías y oscuras antecámaras. Como una marioneta desarticulada, su cuerpo se bamboleaba de un lado a otro al compás de los  vaivenes del esbirro, que caminaba muy acelerado a pesar de su carga, como si tuviese prisa en abandonar aquella lobreguez. Ella sintió náuseas y por un momento pensó que vomitaría. Lo impidió, sin embargo, el chorro de aire fresco que inundó sus pulmones al alcanzar la superficie exterior. Era tanto el tiempo que llevaba confinada en la mazmorra que la luz del sol hirió sus ojos, si bien sólo fue cuestión de segundos, rápidamente se repuso y aquella avalancha de luz natural se le antojó un espectáculo divino. El día estaba algo nublado, pero aún así resultaba maravilloso contemplar el cielo, ese cielo destinado a ser el último que vieran sus ojos, y sentir, también por última vez, la brisa del aire acariciando su rostro.

           La llevaron hasta una plaza atestada de gente, en cuya parte central se alzaba la pira, ya dispuesta para que tuviese lugar la cremación. Un poste de unos tres metros de altura descollaba entre los haces de leña y paja que se apilaban en torno suyo. No sintió miedo. Tampoco experimentó vergüenza alguna ante la pública exhibición de su descarnada desnudez. En realidad, se sentía como ausente, como si de algún modo ella ya no formase parte de todo aquello, como si por alguna suerte de metempsicosis, pese a la envoltura física que revelaba su presencia real, su alma ya hubiese abandonado ésta. Ni siquiera oía a la muchedumbre que, enardecida, vociferaba una y otra vez: “bruja, bruja”.

           Sólo salió de aquella especie de trance cuando vio a sus hijos, a quienes habían colocado en primera fila para que de nuevo fuesen espectadores de excepción del macabro espectáculo; allí estaban los tres, los ojos enrojecidos tras haber por ellos vaciado ríos de lágrimas, trémulos sus inocentes rostros, fiel reflejo del miedo y la incomprensión que los atenazaba. Sintió entonces una conmoción extraordinaria en el pecho, como si el corazón se le helara por dentro, mientras, henchida de pena, volvía a preguntarse qué suerte correrían ahora aquellas tres miserables criaturas.

           Con una camisa impregnada de azufre, que le caía justo hasta debajo de las rodillas, cubrieron su desnudez, y dado que no podía llegar hasta la plataforma por sus propios pies, de los que ya carecía, el verdugo atravesó con ella en brazos las hileras de troncos y haces de leña que bordeaban su base, hasta alcanzar el poste central, al que la ató con una cuerda alrededor del cuello, otra ligando sus tobillos y, finalmente, con una cadena de hierro que acabó de fijar definitivamente su cuerpo al vertical madero. Asió luego un hachón con el que  prendió fuego a la hoguera.

           El humo empezó a subir antes de que las primeras llamas se hicieran visibles, un humo gris que, como flor deletérea, se iba ensanchando para con sus densos pétalos envolver a la víctima. El gentío se había quedado en silencio y contemplaba embebecido la función, sólo se escuchaba el crepitar de la leña y a lo lejos el sordo rumor del viento. La bruja no emitía quejido alguno, había cerrado los ojos y, lejos de retorcerse por el pánico, se mantenía impasible. Notó, eso sí, cómo el humo la asfixiaba, pero ni siquiera eso la alteró, apenas si su organismo parecía reaccionar ante la falta de oxígeno, hasta que de pronto percibió una inmensa oscuridad precipitándose sobre ella, una oscuridad que, lejos de resultar opresiva, se le antojó dulce, muy dulce. Las flamígeras lenguas comenzaron entonces a lamer sus muñones y a ascender acto seguido como una cabellera roja que de repente brotase. Pero ella ya no sentía absolutamente nada. Había dejado de existir.

 

6 comentarios:

kore dijo...

Holaaaaa.....ya se que no tengo perdón de Dios....pero aquí estoy.
Tu entrada no me ha gustado na....que angustia he sentido...y cuando nombras a los niños me entraban ganas de llorar....
Cuanta injusticia se ha cometido y se cometerá....
Cuidate mucho
Un besico enorme.

Cavaradossi dijo...

Hola Kore. Pues sí que echaba de menos tu presencia en este mar de los sueños. Es siempre un placer verte por aquí.
Sobre tu comentario, decir que entiendo tu angustia. Yo mismo la sentí mientras lo iba escribiendo.
Ese deseo de llorar que has tenido da fe de la enorme sensibilidad que tienes. Eres un encanto.
Cuídate tú también mucho.
Besos

María dijo...

Virgensanta, Cav... Eeeeesto se avisa, ufff...

Cavaradossi dijo...

jajajaja. Ya veo que te impactó, María :-)

yolanda dijo...

Al parecer tu imaginación no tiene limite,tremendo el dolor y sufrimiento ,pero por Dios Bendito como permites a esos niños ser testigos de aquella crueldad .

Cavaradossi dijo...

Hola Yolanda.
Lo primero de todo agradecerte tu comentario, ya que siempre es un placer que nuevos buceadores se adentren en este mar de los sueños.
Respecto a las razones por las que he permitido que esos niños contemplasen tan cruel espectáculo, sólo decir que no fui yo el que lo ordené, sino los inquisidores :-)