lunes, 10 de noviembre de 2014

DESDE LA BOTELLA


   
        Ninguna novedad era que el viejo despertase con resaca, no en vano así lo viene haciendo casi a diario desde hace mucho tiempo; más aún, dicha resaca es en realidad la continuación de una misma y perenne borrachera, con la que lleva años a cuesta, la que ha convertido su sangre en un compuesto viscoso donde el alcohol constituye el componente más destacado.

           Esta yuxtaposición de borrachera y resaca hace que despierte asimismo desorientado, con un embotamiento tan mayúsculo que a duras penas llega a ser consciente de quién es o dónde se encuentra, y aunque finalmente caiga en la cuenta de que está en su casa, tendido sobre su mugrienta yacija, sigue sin recordar cómo ha llegado hasta allí, si por su propio pie o conducido por algún otro, ni siquiera sabe en realidad si se quedó dormido la noche previa o si, por el contrario, lleva ya varios días seguidos entregado al sueño. Qué más da en cualquier caso.

           Un gruñido seco da paso a una sucesión de toses que se prolongan durante más de medio minuto. Sólo tras este acceso se aplica a la tarea de abrir los ojos, lo que le exige un cierto esfuerzo, pues no en vano las legañas cubren aquéllos como arañas pegajosas. La luz filtrada por una de las ventanas se los hiere, obligándole a presionar sobre ellos las palmas de las manos. Un nuevo golpe de tos seca le asalta entonces hasta provocarle náuseas. A duras penas consigue escabullirse de la lardosa sábana que cubre su enjuto cuerpo para marchar a trompicones hasta el lavabo; el contacto del agua fresca sobre la cara le produce una momentánea sensación de alivio, por más que no elimine el dolor de cabeza ni la sequedad de su boca. Se pasa la lengua por las encías descarnadas y nota un sabor agrio que a punto está de hacerle vomitar, si bien sólo son un par de escupitajos los que al final salen por su boca, una flema viscosa que segundos después flota trémula sobre el líquido del inodoro.

           Por todos los rincones de la casa se apilan botellas, la mayor parte de ellas vacías, estelas de vidrio que dan fe del particular microcosmos del que derivan, testimonio de una vida, la del viejo, enfocada casi en exclusiva a satisfacer un idilio, el suyo con la botella, que se remonta ya a muchos años atrás, tantos que todo recuerdo de sus orígenes aparece caliginoso, apenas definido entre la niebla, imágenes tan difusas que su mente deteriorada ya no es capaz de precisar.

           De todas formas, el hecho de haber olvidado los inicios no le impide atisbar el final, que lo vaticina envuelto en dolor y convulsiones, guiado por un agónico delirio que, a través de desgarradores espasmos, encauzará su cuerpo y su alma hasta los confines donde gobierna la definitiva oscuridad. Lo sabe a ciencia cierta porque ha sido ya testigo de similares ocasos, partidas de cofrades que tuvieron lugar entre horribles estertores y atroces estremecimientos. Es el sino de los que, como él, vendieron su alma al dios de la botella. Sabe además que ese final no tardará ya demasiado, los avisos que le va dando el organismo resultan paladinos, no admiten demasiadas dudas al respecto. Hubo un tiempo en que proyectó anticipar este atroz desenlace, reírse del destino mediante el desbaratamiento de los planes que para él tenía reservados, alcanzando el reino de las sombras a través de un atajo ciertamente más cómodo, un atajo en el que su cuerpo desafiaría durante breves segundos a la ley de la gravedad para luego ser recogido, hecho añicos, por el inclemente asfalto; de ese modo evitaría la horrible agonía del delirium tremens. Se sintió de hecho bastante tentado de acometer tal proyecto, pero a día de hoy la idea del suicidio ya no le seduce, lo único que desea es seguir bebiendo, beber hasta que la cabeza se libere de todo pensamiento, y entonces flotar en la nada, sin espíritu, sin voluntad, como una cáscara vacía.

           Abre la ventana. Un olor a salmuera despierta recuerdos de su infancia, la única época en que sus ojos supieron descubrir inocencias; son sólo rastros de huellas pasadas, acompañados de lamentos que emergen del océano. Ahora es un viejo, un viejo de apenas cuarenta años, pero completamente desgastado y marchito. Nunca la vida y él congeniaron demasiado bien, la tendencia de aquélla a joderle colisionaba con la suya a despreciarla, dando como resultado una sucesión de infortunios y calamidades que le llenaron de profundas cicatrices, indelebles marcas             que resultaban visibles tanto en su piel como en sus ojos, apagados espejos estos últimos de un alma desnuda de emociones. Pronto, no obstante, la vida dejará de ser un peso, quién sabe si entonces lo acogerá algún Dios menor como mascota en el más allá, caso de existir un más allá. Ninguna señal, por otro lado, revela si esa noche es, en efecto, el final o más bien el principio de otro tiempo, de un tiempo de dualidades, de lágrimas en sonrisas convertidas o, al contrario, de sonrisas en congojas transmutadas.

           Por un momento se propone salir a la calle, pero casi al instante lo piensa mejor y se tiende otra vez sobre el colchón; reducidas sus extremidades a piel y hueso, las escasas fuerzas no le dan para sostenerse en pie durante demasiado tiempo. Tiene además aún suficientes reservas en casa, al menos para un día más, de manera que desde la cama extiende el brazo con el que alcanza una de las botellas que hay sobre la cómoda y, tras comprobar que contiene todavía un tercio de su capacidad, la apura de un solo trago. Eso le reanima. Deja luego caer con indolencia el casco, que rueda lentamente sobre la cochambrosa alfombra que cubre el pavimento. Poco después empieza a percibir el cosquilleo del sueño, que no tarda en envolverlo por entero, y en el sueño se ve a sí mismo persiguiendo una luz lejana que le conduce a un curioso universo, un universo que a sus ojos emerge coloreado de risas.