domingo, 28 de septiembre de 2014

TRISTEZA ESTÁTICA


      
     Todas las tardes, sin excepción, se situaba en su rincón de la rambla, el mismo de siempre, cerca de una fuente que en primavera lucía orlada de vistosos rosales, y allí permanecía durante horas sin moverse, disfrazado de payaso, pintado el rostro con una espesa capa de albayalde que lo cubría casi por entero, tan solo escoriada la penetrante blancura por los trazos negros que representaban los arcos de las cejas, dispuestas de forma asimétrica, un rombo dibujado sobre el ojo derecho y una lágrima resbalando del izquierdo, ambos también en el color de la noche, y más abajo el amaranto intenso que hacía brillar sus finos labios. Llevaba siempre la misma camiseta de algodón, muy deslucida, estampada en franjas horizontales que se sucedían, una en blanco y la siguiente en negro, a lo largo de todo el tejido, y sobre la que descollaban los dos tirantes rojos, a juego con los labios, que sostenían sus anchos pantalones de ese mismo color. Su indumentaria de payaso la completaban un sombrero hongo de color negro y unos gigantescos zapatos que mostraban sendos agujeros en cada una de las punteras.

           Sirviéndome de unos prismáticos, yo acostumbraba a observarle desde casa, sentado en una silla y apoyados los codos sobre el alféizar de la ventana para estar más cómodo, en un escrutinio que a veces prolongaba durante incluso horas, embrujado por aquel extraño personaje que en medio de la calle oficiaba de maniquí. Más allá de la mera curiosidad, ignoraba a qué podía obedecer esta actitud indagadora por mi parte, ya que nunca había sido yo lo que se dice una persona fisgona, pero lo cierto era que el mimo despertaba en mí una poderosa atracción, manteniéndome absorto, pegado a los binoculares como si estos fueran una prolongación natural de mis propios ojos. Reconozco que me asombraba su fortaleza de ánimo, reflejada en el hecho de que pudiera pasarse tantas horas de pie, totalmente inmóvil, como detenido en el espacio y en el tiempo, sin exhibir gesto alguno que revelase molestia o cansancio, desafiando con rigor a las arbitrariedades e inclemencias climáticas, pues ya fuese verano o invierno, hiciese frío o calor, el payaso no dejaba de acudir a su cita en la rambla, manteniéndose en su ubicación sin mover un solo músculo, casi sin pestañear, sosteniendo en una de sus manos, enfundadas éstas bajo guantes blancos, una margarita de plástico; sólo se movía de hecho cuando algún transeúnte depositaba una dádiva en la cajita de nácar que había junto a sus pies, en cuyo caso hacía oscilar cómica y repetidamente sus largas pestañas mientras meneaba de lado a lado la cabeza o se quitaba el sombrero a modo de gentil saludo, para volver acto seguido a su rigidez acostumbrada, en la que volvía a sumergirse como un submarino en el piélago. Definitivamente, tanta constancia me admiraba.

           No obstante, por encima de esa portentosa impavidez, sabía que mi atracción se apoyaba sobre otros cimientos más imprecisos, menos obvios, algo que en principio no acertaba a precisar, pero que era lo que en última instancia me hacía agarrarme casi cada tarde a los prismáticos para, ensimismado, observar al hombre estatua, pues no en vano yo había visto ya a otros mimos y, pese a poder elogiar sus técnicas y perseverancia, ninguno de ellos me había llamado tanto la atención como éste.

           Sólo con el tiempo empecé a vislumbrar ese algo más velado, dándome cuenta que fincaba con la profunda tristeza que emanaba de todo su ser, una tristeza que parecía flotar en derredor suyo, como si de la flor plastificada que con su mano sostenía, convertida de este modo en arma detonante, brotase invisible. Sí, al fin lo comprendía, esa tristeza que rezumaba del payaso, tan absoluta que imponía, era en realidad lo que más me fascinaba de él, por encima incluso de su asombrosa quietud. En realidad, era la mezcla de ambas cosas, tristeza y quietud, lo que más me sobrecogía, consciente de que esta última habría por fuerza de actuar como catalizador de aquélla, pues no en vano, pensaba yo, si la tristeza se vuelve movimiento, o cuando menos palabras, tiene a buen seguro que doler menos.

           Con esta convicción, decidí una tarde bajar para contemplarlo más de cerca, de forma que, superando mi timidez congénita, me situé enfrente suyo, a un escaso par de metros, casi tan inmóvil como él, y durante algunos segundos le estuve examinando fijamente, con descaro podría decirse, como quien observa una escultura, sólo que en este caso la talla, pese a todo su embozo, era en realidad de carne y hueso. Confieso que me avergonzaba un tanto este comportamiento mío, pero no podía sustraerme al impulso que me compelía a inspeccionar de cerca aquella estatua humana que con la ayuda de los prismáticos tantas veces escudriñara de lejos. Ahí estábamos los dos, tan juntos que si alargaba la mano podría incluso tocarle. Me pregunté cuál habría sido su reacción de haberlo hecho. ¿Habría abandonado su inmovilidad y silencio para recriminar mi impertinencia? La verdad era que, más allá de las escasas pantomimas que realizaba en señal de agradecimiento, sólo le había visto moverse al llegar y al marcharse cada día, y, por supuesto, nunca había escuchado su voz, de modo que me costaba imaginármela. ¿Sería una voz grave o, por el contrario, atiplada? ¿Tendría algún tipo de acento? ¿Su dicción sería correcta? ¿Tartamudearía? Nada sabía de él, salvo lo que, ya de lejos, ya de cerca, a la vista se me había ofrecido, esto es, su rostro de escayola, su camiseta desgastada, sus zapatones rotos, su estática tristeza, su enguantada mano sosteniendo la margarita de plástico…

           Fue mientras me hacía estas y otras reflexiones, asomado al balcón de sus ojos tristes, cuando algún ignoto sortilegio vino de pronto a encender una luz dentro de mi cerebro, tan potente que por momentos quedé por ella enceguecido, pero que una vez asentada me permitió ver lo que hasta entonces permaneciera oculto en el neuronal laberinto de sombras, haciéndome al fin percibir de un modo claro y preciso el motivo de aquella extraordinaria atracción que sentía hacia el hombre estatua: ¡era un espejo! ¡Sí, era un espejo en el que yo, aun sin ser consciente de ello, me había visto reflejado durante todo este tiempo! Comprendí aterrado que aquella mirada triste de la que brotaba una apócrifa lágrima no hacía sino irradiar una imagen exacta de mí mismo, una reproducción fiel de lo que era mi alma, tan afligida y llorosa como su rostro de albayalde. Comprendí que yo era también un payaso triste, un alma solitaria, frágil y vulnerable como gota de rocío, un ser desnudo de ilusiones, sin esperanza, tan estático como él, rígido sobre mi propio zócalo de sueños marchitos y estériles anhelos. Comprendí que, al igual que mi sorprendente espejo, yo también estaba detenido en el espacio y en el tiempo, y que, del mismo modo que él, sólo aguardaba a que alguien pasase a mi lado para depositar algunas monedas, un signo de afecto, unas migajas de ternura con las que continuar sobreviviendo. Comprendí en definitiva que, aun con distinto disfraz, yo también era una estatua inerte y mustia, algo que en realidad siempre había sabido, pero que mi pensamiento, extraviado en las brumas de la anestesia voluntaria, se negaba a aceptar.

           Reflejado así en los ojos del payaso, vi en su soledad mi propia soledad, y en su tristeza reconocí mi tristeza, y en su inmovilismo advertí la dejadez en que me tenía sumido mi falta de motivaciones auténticas, y en su resignación distinguí la mansedumbre a que mi nulo coraje me condujera. Como un poderoso relámpago, sentí un escalofrío recorriéndome de arriba abajo, producto del estremecimiento que tan grotesca visión de mí mismo trajera consigo. Quise salir corriendo, gritar que no, que yo no era así, que no estaba solo, que dentro de mí no habitaba un ente vacío y desolado, que yo distaba mucho de ser una estatua inmóvil; pero curiosamente no podía moverme, como si la mirada del payaso, tan lánguida, me sujetara sobre la tierra, y los únicos gritos que era capaz de emitir sólo dentro de mi cabeza hallaban eco, gritos silenciosos que me exhortaban a dejarme de sofismas y reconocer la evidencia de mi exclusivo desierto, aquel en el que transitaba sin metas ni horizontes a lomos de la más absoluta de las melancolías.

           Mi espejo y yo, dos estatuas frente a frente, dos almas desterradas del Edén, dos corazones a los que ligaba un cordón umbilical hecho de soledad y desamparo. De mis ojos escapó una lágrima, no era negra como la del payaso, sino transparente y salada, aunque por encima de todo corrosiva, una lágrima acre que fue dejando invisible, pero profunda, rodera a medida que avanzaba a lo largo de mi mejilla….

           Pugnando por vencer el marasmo que me atenazaba, conseguí a duras penas avanzar un paso, extraer mi cartera y depositar un billete sobre la cajita de nácar. El payaso llevó entonces a cabo su habitual rutina para estos casos: hizo aletear sus pestañas y se quitó con elegancia el hongo a modo de saludo; luego, en un murmullo apenas audible, dijo: “gracias”, para volver acto seguido a su inveterada rigidez. Yo pude finalmente darme la vuelta y regresar cabizbajo a casa. Nunca más volví a observarle desde mi ventana.  

 

11 comentarios:

Anónimo dijo...

SOY latochos;
genial,esperando la siguiente historia,has pensado publicarlas ,no sé cuantos cortos o algo así....un beso!!

Cavaradossi dijo...

Hola "Tochos" ;-)

Me encanta que te pases por aquí y que te gusten las historias que escribo.

No, nunca he pensado en publicar. Soy demasiado tímido, jajaja.

Un beso

Anónimo dijo...

"la tochos" pues vete pensándolo .
Me paso a menudo a leer,aunque no deje nada.
besos.

Orgi Oidos dijo...

Confieso que a mi también se me ha derramado una lágrima al leerte. Me ha encantado tu relato.

Cavaradossi dijo...

Lo celebro muchísimo, Orgi. A veces nos identificamos tanto con algunos personajes que los ojos se nos humedecen para dejar escurrir sus lágrimas. Eso demuestra que tienes una gran sensibilidad
Un abrazo

Anónimo dijo...

Uffff no se que decir, una buena de llorar me he tirado jejejee , besos Cavara

Luz de Luna

Cavaradossi dijo...

Hola, Luz de Luna. Esas lágrimas dan fe de que eres una persona emotiva.
Te mando un beso y un pañuelo con el que enjugarlas :-)

María dijo...

Qué sensibilidad, y qué manera de describir la inmensa soledad del payaso.
Otro abrazo. ¡¡Es que los mereces!!

Cavaradossi dijo...

Gracias, María. Ya sabes lo mucho que me agrada tenerte por aquí.
Un abrazo muy fuerte para ti

Anónimo dijo...

Se ha de tener una especial forma de sentir, para persibir emosiones y transmitirlas como lo haces .un besito .

Yolanda.

Cavaradossi dijo...

Agradezco de corazón tus palabras, Yolanda.
un beso