domingo, 14 de septiembre de 2014

MI MUSA Y YO

 
          Confieso que desde que era adolescente había soñado con tener una musa. Sí, una musa, como suena. Leía o escuchaba a los poetas hablar de ellas e ideaba, fascinado por la iconografía que mi propia imaginación iba forjando, su etérea naturaleza, su esencia mágica, su dimensión hipostática, para dibujarlas luego a mi modo, con delectación casi mística, dentro de un carrusel de ilustraciones que ante mis ojos embebecidos desfilaba entre hilos de purpurina. Imaginaba yo a las musas parecidas a las hadas, entes luminosos y plenos de belleza, pero con el añadido de que, además de amparo y guía en el universo de los sueños, proporcionaban inspiración, siendo casualmente ese el motivo por el que, a mi juicio, jamás había tenido yo maña alguna en las diferentes disciplinas artísticas, la poesía en particular, porque carecía de una musa que me ayudara con su inspirativo soplo. Era por ello por lo que ansiaba tener una para mí, sólo para mí, dedicada en exclusiva a inspirarme, a sembrar de armonía mi mundo, a elevarme más allá de las miserias del día a día hasta un universo henchido de belleza y poesía; pero no la hallaba, lo cual me entristecía y encalabrinaba al mismo tiempo.
           Y así fue justo hasta que conocí a Raquel, la nueva empleada que en mi empresa acababan de contratar para ocuparse de la sección de perfumería. Desde el primer momento que la vi supe que ella era mi musa, la que siempre había esperado, aquella por cuya presencia había deprecado a los dioses de todas las religiones; de hecho, fue encontrarla y notar que mi alma se desaguaba en toda una cascada de versos. ¡Mi musa! ¡Por fin! Parecía flotar mientras andaba, como si la envolviese un aura angelical que la aislase del entorno, protegida en su interior frente a la trivialidad e impureza externas. Yo no me atrevía a decirle nada y dudaba mucho que ella pudiera llegar a fijarse en mí, un simple mozo de almacén, pero no importaba, me bastaba mirarla para sentirme absorbido por un universo distinto, un fulgente universo donde ella lo abarcaba todo, donde la placidez, la belleza y la armonía orbitaban como disciplinados electrones en torno a un sólido núcleo, y donde sus ojos, del color de la esmeralda, venían a ser fuente y receptores al mismo tiempo, los ejes de un circuito de pura luz que culminaba finalmente en su sonrisa, esa sonrisa que al expandirse lograba por sí sola el prodigio de iluminar el mundo.
           Pese a la falta de todo contacto físico entre nosotros, Raquel se convirtió en mi medicina, y puesto que la tenía a ella como tal, no precisaba ya de las odiosas pastillas que desde que mi memoria recordara los médicos me habían obligado a tomar a diario. Mi tía Mercedes las seguía colocando junto a un vaso de agua en mi mesita de noche, tanto a la hora de levantarme como a la de acostarme, pero yo había decidido prescindir de ellas y dejar por tanto de ingerirlas, de modo que, para burlar la castrense vigilancia de mi ruda pariente, las escondía debajo de la lengua y hacía como que las tragaba, para luego, una vez se había ya marchado, escupirlas y arrojarlas directamente por la ventana. ¿Para qué iba a seguir tomando ese veneno que me dejaba medio aletargado cuando tenía a mi musa, cuya sola presencia me proporcionaba de por sí pura energía e inspiración, libre además de perniciosos efectos secundarios? Ella era todo cuanto necesitaba. Podría habérselo explicado así a mi tía, pero a buen seguro que no lo habría entendido, de modo que para qué gastar palabras.
           Yo vivía con la tía Mercedes desde el día en que perdí a mis padres, ambos abrasados durante un incendio que se originó en nuestra vieja casa. Dijeron que el incendio lo había provocado yo tras prender fuego a las cortinas de mi dormitorio, si bien, dado que sólo contaba nueve años, esta pirómana temeridad resultó obviamente inimputable. En cualquier caso, yo he olvidado todo aquello, no recuerdo nada de ningún incendio, ni siquiera recuerdo en realidad cómo eran mis padres, olvido que achaco al atiborramiento de fármacos a que desde entonces me vi sometido. Sólo sé que tras quedarme huérfano marché a vivir con mi tía y comencé un largo periplo psiquiátrico cuyo definitivo diagnóstico fue que mi cabeza no funcionaba bien, que padecía no sé qué anomalía esquizoide, la cual precisaba de un riguroso tratamiento diario para mantenerme dentro de unos cauces emocionales y mentales mínimamente aceptables. No he dejado desde entonces de tomar las malditas pastillas, día y noche, inflado de ellas para contener esa supuesta psicosis mía y que mi mente pudiese reposar en calma. El resultado de tamaña saturación química fue un aturdimiento continuo, disminuida tanto mi agilidad mental como la física hasta extremos tales que me impedían un normal desenvolvimiento en la vida, convertido a la sazón en un ser solitario, sin amigos, arrumbado por todos, de fracaso en fracaso, sin más entretenimiento que pasarme las horas frente al televisor y, sobre todo, la poesía, en cuyas aguas comencé a bucear desde niño y que terminó convertida en mi principal antídoto frente a la soledad, el fértil venero donde hallé consuelo a mis cuitas, el refugio donde evadirme de un mundo que no estaba hecho a mi medida. Devoraba con fruición cada poema, cada estrofa, cada verso, los cuales cobraban vida dentro de mi cabeza para deslizarse entre meandros zigzagueantes a cuyos márgenes brotaban de repente torres de marfil, enredaderas imposibles, parterres coloridos, barcos pirata, corazones con alas, todo un espectáculo rutilante que servía de fanal a mis tinieblas interiores. El turbión de hormonas propio de la adolescencia me instigó a emular a esos mismos bardos de cuyas fuentes yo bebía a todas horas, quise como ellos ser poeta, escribir versos mediante los que exteriorizar mis sueños infecundos; pero todo intento devino estéril, no podía, no era capaz de crear esa misma belleza de la que yo me embriagaba a través de la pluma de otros, y achaqué esa incapacidad a la ausencia de una musa en mi vida cuyo aliento me transmitiese la necesaria inspiración. Entretanto aparecía esa musa tuve que renunciar a mi idea de convertirme en poeta, como asimismo me fue forzado abandonar el colegio una vez terminada la enseñanza obligatoria, dada mi manifiesta incapacidad para los estudios, en gran parte por el embotamiento que me suponía la ingesta diaria de medicamentos, por lo que terminé convertido en un parásito inútil, sin oficio ni beneficio, hasta que algunos años después los servicios sociales me consiguieron un empleo como mozo en unos grandes almacenes de mi ciudad.
           Y de repente, a mis veintidós años, mi vida daba un inesperado vuelco y abandonaba los grises páramos donde hasta entonces se desenvolviera para enfocar horizontes mucho más promisorios. Me sentía más ágil, más desenvuelto y perspicaz que nunca, con una energía interior que jamás creí pudiese albergar mi feble organismo. Lamenté no haber dejado antes de tomar las malditas pastillas. Lástima de tiempo perdido. Pero no importaba, lo importante era el presente, un presente luminoso en el que no necesitaba pastillas, sólo la necesitaba a ella, a Raquel, mi maravillosa musa de ojos verdes.
          Yo me fijaba en ella a todas horas, aunque a hurtadillas, claro, con sumo cuidado de que mi escudriñadora presencia pasase desapercibida. Me encantaba observarla desde la distancia, recrearme en el arqueado de sus labios al sonreír, en el movimiento de sus manos mientras trasegaba con los perfumes, en la ondulación de su cabello castaño, que emitía brillos iridiscentes cuando al trasluz era enfocado; incluso algunas veces me atrevía a pasar cerca de donde ella estaba para absorber durante breves segundos el exquisito aroma que expelía su piel, más fragante en sí mismo que toda la pléyade de perfumes que la rodeaba…. Lo único que me molestaba era comprobar cómo, además de mis ojos, también los de otros hombres la sometían a constante escrutinio. Ella no parecía darse cuenta, pero tanto clientes como compañeros de trabajo detenían a menudo la mirada en diversas partes de su anatomía, con la salvedad de que, a diferencia de como yo lo hacía, no la contemplaban en calidad de musa delicada e inspiradora, sino que su interés estaba viciado por lo que sin duda era una obscena lujuria, de tal modo que, lejos de examinar como yo sus manos, su cabello, sus ojos o su refulgente sonrisa, venían las suyas a ser unas miradas lascivas, miradas que con total impudicia la desnudaban de arriba abajo para contemplar sus prominentes pechos, sus piernas torneadas, su culo respingón o los arcanos de su sexo, con el lúbrico deseo de poder invadirlo con sus lenguas saburrosas y sus penes erectos. Eran miradas sucias, miradas que me causaban mucha irritación y suscitaban en mí unos incoercibles deseos de arrancarles los ojos a todos.
           Una tarde coincidí con Raquel a la salida del trabajo y me sonrió. El tiempo se detuvo para mí durante ese arrebatador instante, encontrados sus ojos con los míos en unas coordenadas únicas e irrepetibles, un solo segundo que se convirtió en infinito, detenido el tiempo mientras su boca se abría para que sus labios volaran en esa sonrisa de luz que iba dirigida a mí, sólo a mí. Esa sonrisa me hizo feliz. Durante días me sentí en una nube, flotando sobre jardines, serrijones, sotos y salcedas donde ella, mi musa, esparcía su mágica naturaleza para inspirarme los versos más deliciosos.
           Comencé a seguirla a la salida del trabajo para procurar nuevos encuentros, si bien, lejos de producirse éstos, vine a percatarme de que ella tenía una tendencia casi irresistible a sonreír, de modo que eran muchos quienes recibían el regalo de sus labios desplegados en sonrisa, no sólo yo, y eso me causaba cierta congoja, ya que por momentos, en mis utópicos sueños, había empezado a fantasear con la idea de ser único para ella, el único beneficiario de su inspiración divina, el receptor único de todas sus atenciones y dádivas. Pero lo que más me seguían mortificando eran las miradas, esas miradas que le lanzaban cada dos por tres, aquellos repelentes ojos que se volvían a su paso para taladrarla, para indagar con lujuria por debajo de su ropa. Decidí que tenía que ampararla, convertirme en su paladín para protegerla de todo aquel que pretendiera mancillar su empírea naturaleza. Pero ¿cómo?, ¿cómo protegerla de esas miradas asquerosas? Para un simple mortal como yo resultaba muy ardua la tarea de velar por su musa, no sabía cómo actuar, me notaba torpe, obtuso, perdido en un laberinto de indecisión del que no era capaz de salir, bloqueado por una sensación de impotencia que estaba volviéndome loco, llegando incluso a escuchar voces dentro de mi cabeza, voces que me decían cosas extrañas, que se reían de mí, de mi insignificancia, voces que, socarronas, gritaban que ella, mi musa, prefería en el fondo a cualquiera de esos gañanes que la miraban con lujuria antes que a mí, contingencia que, al tiempo que me desesperaba, venía a inundarme de amargura.
           Cierta tarde, mientras andaba aplicado en mi labor de seguimiento, advertí que Raquel se encontraba con un hombre que parecía haber estado aguardando su llegada, un tipo alto enfundado bajo un abrigo azul marino que, para mi sorpresa, la tomó acto seguido entre sus brazos y, sin más preámbulo, vino a depositar un efusivo beso sobre sus labios. Me quedé atónito. ¿Era cierto lo que estaban viendo mis ojos o se trataba de algún tipo de espejismo generado por duendes siniestros? Lo peor era que ella no sólo no rechazaba, colérica, aquel clamoroso ultraje, sino que parecía aceptarlo con fruición, así al menos lo testimoniaba el insólito brillo que de pronto se pusieron a irradiar sus ojos. Como si de un afilado cuchillo se tratase, aquella visión me atravesó de parte a parte y, de esta forma herido, comenzó mi corazón a sangrar a chorros, litros de sangre que a cada latido se derramaban infectados de veneno para emponzoñar todo mi organismo. Aun lacerado por el dolor, pude fijarme más detenidamente en el hombre y comprobar que era también empleado del centro comercial donde Raquel y yo trabajábamos, en concreto en la sección de deportes, curiosamente además uno de los que yo había sorprendido mirándola con sucio deseo. ¿Por qué?, me pregunté. ¿Por qué un ser angelical como ella se entregaba a un depravado como ese? Un absoluto aturdimiento se apoderó de mí, no entendía nada, todo era confuso y descabellado, ajeno a cualquier lógica poética, y en sintonía con este desconcierto me sobrevino asimismo una brutal apatía, una especie de marasmo que parecía pugnar por anclarme a la tierra e impedirme mover un solo músculo del cuerpo; no sé de hecho de donde saqué las fuerzas necesarias para seguirles como lo hice. Iban cogidos de la cintura, riéndose, caminando con indolencia, sin prisa alguna, deteniéndose cada pocos metros para volver a fundir sus labios en nuevos besos que no eran sino envenenados puñales que con sevicia destazaban mi alma. Luego les vi meterse en un cine, del que al cabo de dos horas salieron de nuevo, juntos, sonrientes y abrazados. Mi musa. ¡Mi musa abrazada a aquel repugnante tipejo! Aquella estampa trajo a mi ánimo la triste consciencia de mi propia pequeñez, haciéndome percibir que yo no era en el fondo sino una mera sombra, alguien sin realidad ni sustancia.
           Durante los días siguientes se intensificaron las voces dentro de mi cabeza, cada vez más pugnaces y burlonas; grotescas voces que recalcaban mi nimiedad y las miserias que poblaban mi existencia, voces que se reían de mí, tildándome de iluso, de débil, de necio. Yo no quería oírlas y con ambas manos presionaba con fuerza sobre mis oídos para silenciarlas; pero era inútil, las voces venían de dentro y no había forma humana de hacer que se callasen. Mi carácter se fue agriando a consecuencia de todo ello, me volví más huraño y malhumorado, un solitario montaraz en cuyo interior no dejaban de hervir biliosos fermentos. Mi tía pareció sospechar que algo no andaba bien y con evidente recelo me preguntaba una y otra vez cómo estaba, aduciendo que me notaba muy raro. Yo creo que empezaba a sospechar que no tomaba las pastillas, pues su vigilancia se hizo más estrecha, hasta el punto que luego de cada supuesta ingesta permanecía todavía un rato más en mi dormitorio, como si no acabara de convencerse, y se quedaba mirándome con cara de idiota, o me hacía preguntas absurdas a las que yo respondía con desgana, obstruida en sus movimientos mi lengua por su labor de retención y ocultamiento de las grageas, ansioso de que se marchara cuanto antes para poder escupirlas y quedarme de nuevo a solas conmigo mismo. Confieso que en esos momentos me entraban unas terribles ganas de estrangularla. ¿Por qué no me dejaba en paz?
           Una noche en que el reconcomio me estaba resultando especialmente acerbo, incapaz de dormir ante el acoso de los implacables demonios empeñados en hacer girar las ideas dentro de mi cabeza como delirante tiovivo, percibí de pronto un delgado rayo de luz que se proyectaba a través de las cortinas del dormitorio. Mi mente lo dibujó como una espada de bruñida hoja que la luna me enviaba para que con ella hiciese frente a mis enemigos, imagen convertida al instante en revelación indicativa de lo que debía hacer. Al día siguiente aguardé en el almacén la llegada del compañero de la sección de deportes, sabedor de que cada tarde éste, al finalizar la jornada de trabajo, bajaba a hacer una última comprobación del género antes de marchar para casa. Aquella tarde en concreto no faltó a su rutinaria revista, momento que aproveché yo para, debidamente apostado tras una columna y tras cerciorarme de que no había nadie más en los alrededores, lanzarme sobre él y aplicar sobre sus fosas nasales un pañuelo que previamente había empapado en cloroformo. Quedó al momento inconsciente, desplomado sobre mis brazos como un pelele. Pesaba bastante, pero me esforcé en arrastrar su cuerpo inerte hasta el garaje anexo al almacén, donde lo introduje en una de las furgonetas que habitualmente utilizábamos para transportar material de una sucursal a otra, en cuyo interior le amordacé y até sus extremidades de forma que apenas pudiera moverse en caso de despertar. Esa tarde tenía yo previsto hacer un par de entregas, labor que, en efecto, llevé a cabo, pero luego, en vez de regresar directamente para estacionar de nuevo la furgoneta en el garaje, conduje hasta una casa de campo que mi tía poseía en las afueras, a la que acudíamos en ocasiones para pasar los fines de semana, especialmente en primavera y verano. Cuando llegué allí, mi enemigo seguía aún inconsciente, pero le apliqué pese a ello un poco más de cloroformo, a fin de asegurarme que no despertara hasta que llegado fuera el momento oportuno. Le quité la mordaza de la boca y mediante un grueso correaje le amarré a un poste de madera que servía de contrafuerte en una habitación que usábamos como trastero para, entre otros cachivaches, guardar los aperos de labranza antaño usados por la familia. Una vez bien sujeto, le eché un cubo de agua fría sobre la cara para que recobrase de una vez el conocimiento. Cuando lo hizo, me miró con absoluto aturdimiento, sin por lo visto comprender aún lo que estaba sucediendo; ni siquiera parecía reconocerme, como demostraba el hecho de que no hiciese más que preguntar quién era yo y que por qué lo había secuestrado. ¿Tan insignificante era para él que nunca había advertido mi presencia en la empresa? Me acerqué y puse la cara a apenas un palmo de la suya, para que así pudiese observar con mayor nitidez mis rasgos, pero ni por esas daba muestras de conocerme. Personalmente, juzgué ese desconocimiento como un desaire hacia mi persona, lo que vino a encalabrinarme todavía más, de modo que decidí no responder a sus preguntas. Exasperado por mi silencio, comenzó a proferir vehementes gritos con los que dio rienda suelta a un sinfín de imprecaciones y nuevos interrogantes; pero yo no entendía nada de lo que decía, tan solo veía salir de su boca repugnantes lagartos, cada palabra que vertía se convertía al instante en una tarasca inmunda que proyectaba sobre mí para hacerme daño, asquerosos reptiles cuyas acometidas a duras penas conseguía yo esquivar. Confieso que aquel aluvión de engendros me aterrorizó, pues me di inmediata cuenta de que el ser que había traído a casa no era un hombre, sino un demonio, un atroz demonio que a buen seguro habría segado vidas y almas a lo largo de su nefanda existencia.
           Comprendí entonces que mi vida corría serio peligro y, lo que era aún más grave, también la de Raquel, mi angelical y adorada musa, convertida en punto de mira de aquel avieso leviatán, de modo que, sin pensarlo dos veces, tomé el hacha que, bajo una profusa red de telarañas, descansaba en una esquina de la pieza y la hinqué directamente en su infecta boca, dispuesto a silenciarla para siempre y evitar así que prosiguiese su repulsivo bombardeo. La hoja atravesó encías, dientes y mandíbula, haciendo emerger a chorros la sangre desde la boca sajada. Era roja, como la humana, pero ese detalle no me llevó a confusión alguna, revelada que me había sido ya la verdadera naturaleza demoníaca de aquel ente. Extraje la segur y le asesté con ella un segundo golpe, más poderoso que el anterior, que separó de cuajo cabeza y tronco, cayendo la primera sobre el glutinoso charco escarlata que se iba formando en el pavimento. Sólo entonces suspiré aliviado. Raquel y yo estábamos a salvo. Comprendí que había tenido mucha suerte de poder capturar a la bestia y acabar con ella antes de darle tiempo a usar sus poderes para contrarrestar mi ataque, ¡muchísima suerte!, incluso me asombraba de mi ingenuidad al haberle atado con unas simples cuerdas cuyos nudos, de haberle dado más tiempo luego de consumido el efecto narcótico del cloroformo, a buen seguro habría deshecho con facilidad, en cuyo caso hubiera sido mi cabeza y no la suya la que terminase rodando por el suelo. Empezaba justo ahora a entender muchas cosas que hasta entonces no me habían cuadrado, entre otras la razón por la que Raquel parecía estar a gusto junto a un individuo en principio tan baladí, horro de cualquier aparente encanto, razón que no podía ser otra sino el hechizo que sobre ella debió haber lanzado en uso de sus diabólicas artes. Sí, ahora lo comprendía. Pero se acabó, ya nunca más volvería a hacer daño a nadie, yo había derrotado al demonio, lo había enviado de nuevo al averno de donde jamás debió salir, cumpliendo así con mi función protectora respecto a la musa que me servía de inspiración y estímulo. Este pensamiento se tradujo en una plácida sensación de equilibrio que me llenó de orgullo, ufano de haber cumplido mi parte en aquella fascinante simbiosis que mantenía con Raquel, donde ella me ofrecía su inspiración divina y yo a cambio ejercía de caballero a su servicio, presto a protegerla contra cualquier asechanza maligna mientras las fuerzas me acompañasen.
           No podía de todas formas dormirme en los laureles, se hacía tarde y aún tenía trabajo pendiente, concretamente el de deshacerme de los repugnantes restos de aquel ser inmundo, por lo que me puse a trocear su cadáver en abundantes pedazos que introduje luego dentro de una holgada bolsa de plástico. Lo metí todo en la furgoneta y conduje hasta un embalse cercano, en cuyas aguas más profundas arrojé el fardo, no sin antes depositar dentro un buen surtido de pesadas piedras que habilitaran su definitivo hundimiento hasta el fondo. Sólo entonces di por cumplida mi misión y pude respirar satisfecho. Había liberado a mi musa de las garras de aquel ente perverso, ahora volvería a ser otra vez todo como antes y las voces dejarían de zumbar dentro de mi cabeza.
           Eso era al menos lo que yo creía. Pero no fue así, y no lo fue porque a las pocas semanas volví a sorprender a Raquel en compañía de otro hombre, con el que de nuevo pude observar que mantenía una actitud en exceso cariñosa y coqueta, para nada acorde con la seráfica condición que se le supone a una musa. Y por si no fuera suficiente con este segundo galán, días más tardes hizo aparición también un tercero. ¿Qué estaba pasando? ¿Acaso toda una legión de demonios conspiraba contra mí para arrebatarme a mi musa? Estos últimos no formaban parte de la plantilla de la empresa, al menos yo no los había visto antes, de modo que eran enteramente desconocidos para mí. Pero eso daba en el fondo igual, lo que de verdad importaba era que pretendían arrebatarme a mi musa y eso yo no podía consentirlo, tenía que protegerla como fuese contra las asechanzas de esos seres infernales. Pero ¿cómo? No podía matarlos a todos. Aquella situación parecía sobrepasar el límite de mis fuerzas, lo que me resultaba angustioso al máximo, emponzoñado además que estaba por el clamor constante de las voces dentro de mi cabeza, más atronadoras que nunca, burlonas y crueles.
           Me di cuenta que la única solución era proteger a Raquel de sí misma, ya que vi claro que con su actitud ingenua e indulgente iba a estar todo el tiempo atrayendo nuevos demonios alrededor suyo, sin darse cuenta del enorme peligro que corría. Este convencimiento fue el que me llevó a planear y ejecutar en esta ocasión su propio secuestro, empleando para ello un método similar al llevado a cabo con el engendro que escupía reptiles por la boca, y así, al igual que a éste, la conduje hasta la casa de campo, donde estaría a salvo. En lugar del poste que me sirviera para inmovilizar al demonio, para Raquel elegí el lecho más confortable de la casa, sobre el que dispuse con sumo cuidado su adorable cuerpo, atándole acto seguido las manos a la cabecera y los tobillos a las barras que guarnecían el pie de cama, si bien, receloso de que su naturaleza extraordinaria le confiriera poderes paranormales capaces de deshacer los nudos, no lo hice con cuerdas, sino que me serví de unos argollas de hierro que se guardaban en las cuadras, una especie de cepos usados al parecer por mis antepasados para la caza furtiva, los cuales me permitieron asegurar sus extremidades a la yacija, brazos y piernas bien sujetos y separados, sin temor de que pudiera escapar. No era esa una postura muy digna para una musa, de acuerdo, pero yo lo hacía por su propio bien, para protegerla, loable fin que por sí mismo excusaba los medios empleados, de manera que en el fondo debía estarme agradecida.
           Y, sin embargo, no parecía estarlo, como testimoniaban los chillidos e insultos que no cesó de dirigirme en cuanto despertó, feas imprecaciones que, por el hecho de provenir de ella, se me clavaban en el alma como dolorosas saetas. A fin de tranquilizarla, le suministré unos cuantos comprimidos de los que yo solía tomar, confiando en que su efecto sedante detuviese esa avalancha de improperios que brotaba vehemente de su boca. Quizá, no obstante, le di más de lo debido, pues lo que terminó fue cayendo en un sopor tan profundo que tuve que abofetearla varias veces para que recobrara la consciencia. Cuando lo hizo, sin embargo, lejos de mostrarse apaciguada, volvió a iniciar la retahíla de insultos y descalificaciones hacia mi persona. Pero ¿por qué? ¿Por qué me decía esas cosas tan horribles? Y entonces, mientras desesperado me hacía dicha pregunta, caí en la cuenta de que en realidad no era ella la que hablaba, sino que algún espíritu demoníaco se había introducido dentro de su cuerpo para poseerla y obligarla a decir toda esa sarta de desatinos.
           Tenía que hacer algo para evitar que el ente poseedor continuara sirviéndose de ella para proferir semejantes barbaridades. Y no lo dudé. Dado que el demonio estaba actuando por medio de su lengua, agarré un cuchillo de la cocina y se la arranqué de cuajo. No me tembló la mano, ya que yo sabía que los seres empíreos como ella gozan del privilegio de no sufrir dolor, de manera que, por más que la abundante sangre que manaba de su boca pudiera hacer pensar que sufría, yo estaba convencido de que no era cierto, que mi musa no estaba sintiendo padecimiento físico de ninguna clase.
           Una vez cesó la hemorragia volvió a quedar inconsciente. Mis labios dibujaron una sonrisa de complacencia al comprobar cómo dormía, libre ya de la diabólica posesión que tanto la atormentara. Yo me sentía ufano y feliz de haber cumplido con mi labor de protegerla en nuestro tácito contrato, del mismo modo que ella cumplía con creces la suya al obsequiarme con su portentosa inspiración. Ahora descansaba. ¡Se la veía tan mirífica, tan adorable!
           Durmió durante varias horas seguidas, tanto que al final tuve que despertarla, ya que se me hacía tarde y debía regresar al almacén para dejar allí la furgoneta antes de retirarme a casa. Comprobé que, una vez recobrada la consciencia, Raquel ya no decía nada, lo que me acabó de convencer respecto al logro de mi objetivo de haber eliminado o cuando menos ahuyentado al malévolo ser que la tuvo dominada a través de la lengua. Este convencimiento me alivió bastante. Eso sí, su silencio iba acompañado de un abandono preocupante, sumida que había quedado en una especie de incuria que daba la impresión de tenerla alejada de allí, perdida quizá en algún lugar remoto, como parecía atestiguar esa mirada ausente que ahora exhibía, una mirada sin fijación alguna, velada por los nebulosos jirones de un vacío insondable, una mirada de ojos vacuos, sin brillo, acerba y distante como la que Neruda describe en los versos de su poema quince, con la salvedad de que, al contrario que al poeta, a mí no me agradaba esa mirada desierta, sino que me provocaba angustia y pesar, no en vano a través de ella percibía la presencia de ignotas fuerzas empecinadas en arrebatármela, en robarme a mi adorada musa. Pero ¿qué más podía hacer yo? De momento no se me ocurría nada nuevo, por lo que me limité a curar con sumo cuidado las heridas de su boca y darle algunas pastillas más para que estuviese tranquila y pudiera dormir bien por la noche. Luego me marché, portando conmigo encontrados sentimientos, feliz por una parte, entristecido por otra.
           Cuando regresé al día siguiente la encontré forcejeando con intención de desprenderse de los grilletes. Eso me asustó. Para una persona normal resultaría de todo punto imposible zafarse de sujeciones tan férreas, eso lo tenía yo claro, pero ella no era una persona normal, ni siquiera podía en sentido estricto considerarse una persona, sino que era un ser sobrenatural y, por tanto, plenamente capaz de muchas proezas que a los humanos nos estaban vedadas, más aún si se hallaba poseída por demonios, como daba la impresión de seguir estándolo. Era obvio que yo había sido un inconsciente al dejarla sola. Pensé que estaría a salvo, pero me equivocaba, no había duda, y ahora tenía que actuar con rapidez para solucionar mi evidente torpeza. Más asustado que nunca, tomé el hacha y, sin pensármelo dos veces, le corté ambos pies. Me dio mucha pena tener que hacerlo, ya que sus pies eran muy bonitos, unos pies pequeños y delicados, acordes con su idílica naturaleza; pero me había visto obligado a ello, las circunstancias eran apremiantes y exigían drásticos remedios. Al menos me consolaba pensando que no sufría dolor alguno, dada su inmunidad en ese sentido.
            Esta vez me costó muchísimo cortar la hemorragia. Tuve de hecho que practicar varios torniquetes y aplicar numerosas gasas hemostáticas sobre la herida para conseguir que dejase de manar la sangre a borbotones. Yo acabé exhausto y ella de nuevo se desmayó. Viendo su estado, decidí que ese día no le suministraría ningún comprimido tranquilizante, de modo que, sin más, me marché a casa, muy consternado por lo acaecido, aunque con la satisfacción que suscita el deber cumplido.
           El tercer día la noté terriblemente demacrada, ensombrecido el rostro por unas profundas ojeras que le conferían un aspecto lúgubre, como sacado de oscuras estampas góticas. Quise darle de comer, pero rechazaba los alimentos que yo le ofrecía, apretando sus labios con una fuerza tal, que resultaba muy complicado introducir a través de ellos la cuchara. Preferí no forzarla, a fin de cuentas las necesidades orgánicas de una musa no tienen por qué coincidir con las de los simples mortales. Le quité, eso sí, las vendas y observé que sus muñones estaban muy tumefactos; parecían infectados. Pobrecilla. Me daba mucha lástima. Me miraba desde el fondo de unos ojos opacos que me hacían sentir muy mal, tan mal que apenas si podía yo por mucho tiempo sostener esa mirada ausente, vacía, desposeída de cualquier tipo de chispa vital; nada parecía de hecho quedar en aquellos ojos de su prístina dulzura, esa dulzura angelical que tanto me cautivara... No, no me gustaba esa mirada. ¿Cómo podían sus ojos enfocar de ese modo tan tétrico? Ni siquiera parecían ser ya sus propios ojos…. Quizá, pensé, no lo fueran en realidad, quizá los demonios se valían ahora de sus ojos como antes se habían servido de su lengua.
           Muy a mi pesar, me dirigí de nuevo a por el cuchillo. Tenía que hacer algo con esos ojos. Tenía que seguir protegiendo a mi musa.

10 comentarios:

El Hada de los Cuentos dijo...

¡Escalofriante el relato de hoy! Pero maravillosamente escrito. Una vez más he disfrutado muchísimo con su lectura. ¿sabes? Cuando yo era una niña también imaginaba a las musas como una especie de hadas que visitaban a los humanos para que éstos pudieran hacer sus obras de arte, de manera que si la musa no aparecía no había obra artística.¡Qué lejos estaba yo entonces de saber que la auténtica musa de la creación es el trabajo, el esfuerzo ilusionado y febril...Todo se aprende y nada se consigue sin esfuerzo. ¡Enhorabuena por tu trabajo! Un abrazo grande.

Cavaradossi dijo...

Hola Hada. Creo que es la primera vez que abordo de un modo tan directo el llamado género de "terror", por lo que celebro mucho saber que te gustó.
Estoy asimismo de acuerdo contigo en que, más allá de la inspiración puntual, la creación va estrechamente relacionado con el esfuerzo.
Un fuerte abrazo para ti

Orgi Oidos dijo...

No tengo palabras para poder expresar lo que me hace sentir al leerte. Es un placer sumergirme en tus relatos. Por cierto, pobre musa, la has dejado cao jajaaja Es broma. Un beso.

Cavaradossi dijo...

Hola orgi. Me alegra mucho saber que mis relatos te hacen sentir. Para mí resulta un privilegio que sea así.
Y sí, tienes razón, la pobre musa acabó hecha polvo, jeje.
Besos

Anónimo dijo...

Hola Cavara, una vez más te tengo que felicitar, es un gran y escalofriante relato, un beso

Luz de Luna

Cavaradossi dijo...

Me alegro mucho volver a verte por aquí, Luz de Luna, y saber que mi relato fue de tu agrado. Sobre todo me encanta que te haya parecido "escalofriante", porque fue justo eso lo que pretendí que fuera al escribirlo.

Un beso enorme para ti

Helena Della Costa dijo...

Una historia que pone los pelos de punta, un relato de terror muy bien estructurado, magnífico! Me estoy volviendo adicta a tu blog, sigue así, felicidades!
Redswan

Cavaradossi dijo...

Muchísimas gracias, Cisne Rojo. Celebro que te gustase. Y que sepas que esa adicción tuya a mi blog, de producirse, me resultaría de lo más estimulante.

Un beso

Anónimo dijo...

Terrible el sufrimiento para los protagonistas, yo no sé quién más sufre ,si ella por todo el dolor físico ocasionado o por contrario es él que debido a la enfermedad que padece tiene un sufrimiento terrible que le hace ser "indiferente " .
Lo cierto que es una historia muy buena me ha gustado .
Un beso cavara .

Azulmarina:

Cavaradossi dijo...

Hola Azulmarina.
Muy interesante tu comentario, no en vano eres la primera persona que de algún modo empatiza también con el psicópata, en cuanto a que hasta cierto punto también él sería una víctima, víctima de su enfermedad en este caso. Alguien dijo una vez que en esta vida todos éramos en cierto modo víctimas y verdugos al propio tiempo.
Celebro que te gustase el relato
Un beso