sábado, 22 de marzo de 2014

LOS CUATRO JINETES


         


       Ya sólo me resta seguir corriendo y derramar hasta la última gota de sudor en esta infernal huida, aun consciente como soy de la imposibilidad de burlar a mis perseguidores, frente a los que habré de derramar en breve también la última de sangre. Mi suerte está echada. En realidad lo ha estado desde aquel infausto día en que decidí desafiar a la cúpula de la familia. ¡Qué ingenuo fui! ¡Pensar que yo, un insignificante soldado, podía enfrentarme a aquellos eximios generales del hampa! Ya no importa en cualquier caso, jugué fuerte y perdí, eso es todo. Ahora sólo queda correr; correr pese a todo, correr pese a saber que no lograré escapar, que sólo es cuestión de tiempo, de muy poco tiempo ya, que me den alcance.
  
           Sobre el asfalto resuena, sordo e implacable, un golpeteo de zapatos que mi cerebro, sabedor de su procedencia, lo asocia a clamores de muerte, como los retumbes de esos tambores que hacen sonar los nativos de ciertas tribus antes de una ejecución, o los que durante la revolución francesa convocaban a la guillotina. Son ellos, mis acosadores, que se apresuran y están cada vez más cerca. Yo soy la presa y ellos la jauría que, rabiosa, pugna por darme caza y destazarme.

           Sigo en cualquier caso corriendo, convertido ya todo mi cuerpo en un glutinoso charco de sudor que de arriba abajo empapa mi ropa, un sudor que hiede a miedo y a desesperanza. Corro por calles que a estas horas de la madrugada se muestran completamente desiertas, calles cuyo vacío viene a ser en cierto modo una cruda metáfora de la aridez que asola a mi propia alma. Podría gritar, derramar mi voz en una desesperada petición de auxilio, pero ¿quién acudiría a mi llamada? Nadie, mis gritos acabarían perdidos, estériles, en el silencio de la noche. Rebelarme y combatir hubiese sido otra opción, si no fuese por el hecho de haber dejado olvidada la pistola en una gaveta de mi apartamento, ¡otro grave error!, lo que de por sí convierte en inútil cualquier enfrentamiento frente a hombres que vienen armados hasta los dientes. Tampoco creo de todas formas que el revolver me hubiese servido de mucho, habida cuenta que mis perseguidores son expertos pistoleros, los mejores que he conocido; trabajé con ellos en numerosas ocasiones, de ahí que pueda afirmar con rotundidad que son implacables y no fallan nunca; pero, qué demonios, al menos podría haberme llevado por delante a alguno antes de sucumbir… No, no gritaré ni me rebelaré; aunque tampoco pediré clemencia, no soy un cobarde, los cobardes siempre mueren varias veces, y yo no estoy dispuesto a ello, sabré enfrentarme con dignidad a la muerte cuando ésta se presente.

           El silencio es opresivo, brutal, tan solo maculado por mi respiración agitada y las pisadas de la jauría que me acosa. Yo continúo corriendo, sin volver la vista atrás, horadando la noche en mi loca carrera, esa noche que, siniestra como mi propio destino, parece querer engullirme en lo más hondo de sus negras entrañas... Hasta que de repente me topo frente a un muro gris que se eleva más de seis metros por encima de mi cabeza. ¡Un callejón sin salida! Estoy perdido. Imposible salvar ese muro. Sólo entonces, sabedor de que ya no tengo tiempo para retroceder y girar por otra calle, me vuelvo, agotado, sin apenas aliento, la sangre ardiendo en mis mejillas, presto a afrontar de cara mi postrera suerte. Pese al sofoco que me embarga, una mueca que pretendía ser sonrisa se dibuja en mis labios al recordar cómo en más de una ocasión presentí que mi muerte sería precisamente en un callejón como este, desperdigada mi vida entre cubos de basura.

           Cuatro sombras se detienen al inicio del callejón, cuatro sombras que se agigantan en medio de la noche, espectros recortados que parecieran llegar cabalgando a lomos del destino, un destino que en mi caso se presenta con guadaña y manto oscuro. Muchos han sido a lo largo de mi vida los coqueteos que tuve con la muerte, casi siempre de hecho he vivido cerca de la frontera donde comienza su lóbrego reino, pero éste será ya el último, ninguna duda tengo de ello, y en mi particular Apocalipsis serán esas cuatro sombras sus cuatro jinetes. 

2 comentarios:

María dijo...

Cav, ¿¿qué te ha pasao?? ¡¡vaya pesadillaaa!!!

Cavaradossi dijo...

Hola, María. Pues sí, es en cierto modo una pesadilla. En realidad, el llamado genero "negro" tiene algo de eso, de irreal, de pesadilla. No suelo prodigarme mucho en esta clase de relatos, pero, bueno, hay que tocar todos los palos... Espero que te gustase

Un besazo :-)