jueves, 2 de enero de 2014

MI INVASORA


 
          Son confusos los recuerdos que tengo de su primera visita. ¡Hace ya tantos años de ello! Yo no era por aquel entonces más que un adolescente ávido de diversión y emociones, alguien ansioso por devorar la vida antes de que la vida hiciese lo propio conmigo, afán con el que me movía al ritmo marcado por el tiempo, que en aquellos días de vino y rosa transcurría a todo gas, obligando al pensamiento y a los deseos a ajustarse de continuo a su meteórico paso. Recuerdo de todas formas que ese primer encuentro tuvo lugar en otoño; de hecho, ella casi siempre ha venido a verme en otoño, la mayoría de las veces sin avisar. Recuerdo también que había sido una tarde lluviosa, de esas que convidan a quedarse en casa; los días de lluvia se encuentran también, por cierto, entre sus preferidos a la hora de acudir a visitarme, parece ser que la enardecen sobremanera. Ella se presentó, no obstante, ya entrada la noche. Yo no podía dormir, supongo que dándole vueltas a problemas de los que a estas alturas ya ni me acuerdo, pero que posiblemente estuviesen relacionados con los exámenes del instituto o, más bien, con los amigos, rolletes y romances propios de la adolescencia. El caso es que ella llegó y de repente sentí su abrazo, al principio ligero como una pluma, tan ligero que apenas me provocó un leve estremecimiento interno, para hacerse luego cada vez más fuerte y opresivo, hasta incluso asfixiante. Su hálito era cálido y su piel rezumaba una extraña humedad, una humedad densa, casi viscosa. Obviamente, me sorprendió que me invadiera con tanto descaro, y dado que no había en principio motivos para tan insolente irrupción, la rechacé y me metí en la cama sin hacerle caso.

            Creí que, de ese modo repudiada, se marcharía sin más por donde había venido, pero al despertar a la mañana siguiente, luego de desperezarme, advertí con sorpresa que seguía conmigo. De nuevo noté su abrazo, tan denso como la víspera, y un extraño dulzor, emanado sin duda de ella, anegó mis sentidos. Su tacto era ríspido y al percibirlo no podía evitar yo sentirme acometido por una peculiar astenia que, curiosamente, me hacía en cierto modo apetecer quedarme allí, tumbado sobre la cama, rendido a su presión; pero no podía permitírmelo, tenía demasiadas cosas que hacer como para perder el tiempo apoltronado en compañía de tan pertinaz acosadora, así que volví a apartarla a un lado con desdén y me vestí.

           Cuando salí a la calle tuvo al menos la decencia de no seguirme. Pero por la noche volvió otra vez a colarse en mi habitación, la muy ladina, para de nuevo atosigarme con sus manoseos. ¿Por qué no me dejaba tranquilo?… ¡Qué poco imaginaba yo entonces que con el tiempo habría de convertirse en asidua compañera mía!

           Pero el caso es que lo hizo; empeñada en instalarse en mi vida, fue poco a poco abatiendo mis defensas hasta alcanzar dicho objetivo, y por más que pretendiera yo decirle que no la quería a mi lado, su mirada profunda y cruel me impedía mentir, por lo que terminé por aceptar su papel de amante ocasional, una amante que me visitaba de vez en cuando para inundarme con su tibieza, una amante a la que seducían las tardes de lluvia, la música suave, los tonos ocres, las puestas de sol, el alma de los versos...

           Continúa a día de hoy presente en mi vida, por más que no sea la nuestra una convivencia al uso; digamos que acude a verme cuando a ella se le antoja, a menudo simplemente porque sí, sin razón aparente alguna, y entonces pasamos juntos un tiempo, a veces sólo unas horas, otras veces largas temporadas, y luego, igual que viene, se marcha y desaparece sin más, sin dar explicación, en busca supongo de otros amantes más propicios. En ocasiones me entrego a su férula sin oponer resistencia alguna, hasta incluso con delectación; otras, en cambio, procuro zafarme y le grito con aspereza que se largue y me deje en paz. Pero ella rara vez me hace caso, ella va por libre, ajena a toda clase de reproches u órdenes; nunca conocí en ese sentido a nadie tan independiente, tan soberana a su modo. Invade mi corazón en cada visita y ocupa al instante el hueco que conforman mis días vacíos. Yo ya estoy más que acostumbrado a su presencia, una presencia generalmente discreta. Diría incluso que con el tiempo se ha ido volviendo más dócil, más suave en su trato, tan sutil a veces que hasta pienso que podría encaramarse sobre una tela de araña sin llegar a romperla. Nos amamos en silencio, ella se acopla a mi cuerpo helado y con su humedad absorbe la escarcha para transformarla en tibio rocío; no suele en ese sentido portarse mal, por más que a veces, la muy cabrona, me haga derramar alguna que otra lágrima sobre la almohada que a ambos acoge.
 
           Y hay noches, como ésta, en que me levanto de la cama y, mientras ella dormita, reflexiono acerca de nuestra relación, que en el fondo no deja de ser puro contraste, como la nieve sobre las alas de un cuervo, o, simplemente, tomo un papel de la cómoda y sobre él dibujo, sesgadas, las letras que conforman su nombre, Melancolía.
 

8 comentarios:

El Hada de los Cuentos dijo...

Querido Cava, el relato de hoy ha sido perfecto, como tantos otros. Una manera muy acertada de hablar sobre la " melancolía", que se apodera de nosotros y cuando nos queremos dar cuenta ya estamos impregnados hasta las cejas.Así es ese sentimiento y tú lo has descrito maravillosamente.
Gracias por estar aquí, una vez más, publicando y deleitándonos con tu lectura. Que tengas un Feliz Año, y que en él se olvide de visitarnos la " melancolía", y sea la " ilusión" la dueña y señora de todos nuestros actos, que no nos falte nunca para seguir creando y escribiendo. Un abrazo muy fuerte.

Cavaradossi dijo...

Muchas gracias, Hadita. Feliz año también para ti.
Recojo esos buenos deseos tuyo respecto a la ilusión, cuya bandera ha de ondear siempre en el horizonte.
Un fortísimo abrazo

CAROL LEDOUX dijo...

A mí también me visita a menudo... Se ve que la jodía es bisexual e insaciable xD

Besito, Feliz Año Nuevo. :)

Cavaradossi dijo...

Pues sí, le debe ir tanto la carne como el pescao :-)

Feliz año, Carol. Me gusta mucho encontrarte por aquí. Un besazo

Juan Betancor dijo...

Amigo Cava, no se/si repito el comentario pues me he hecho un lío con ello. He leído el primer Post en tu blog, me ha gustado como combinas el manejo genial del lenguaje con la amenidad en la lectura. Volveré, pues lo he dejado en vista en la tablet. Poskito

Cavaradossi dijo...

Hola Juan. Celebro que te haya gustado y agradezco tu comentario.
Bienvenido a este lugar, en el que siempre serás bien recibido.

María dijo...

¿¿Melancolía?? Menos mal; por ese modo de asaltarte, ¡¡más bien me parecía una gripe!!

Aunque no te recomendaría yo que le dejaras instalarse por mucho tiempo; puede terminar abduciéndote y eso no es bueno.

Muy curioso y original, Cav, ¡¡me ha gustado!!!

Cavaradossi dijo...

Gracias, María.
La melancolía es una vieja amiga, ya nos conocemos desde hace muchos años.
Me alegra que te gustase. Un beso