jueves, 16 de enero de 2014

UNA CASA SIN VENTANAS


  
         Ya no hay ventanas en mi casa. Antaño las hubo y yo me asomaba por ellas para examinar el distante océano y escuchar, embebecido, el eco de las olas al romper contra el malecón. Pero ya no hay ventanas; no sé siquiera si seguirá habiendo mar, quizá se haya vaciado, drenado del mismo modo en que terminan siempre secándose las lágrimas cuando vertidas son sobre una piel encendida. O quizá siga ahí fuera, orgulloso y distante, ajeno a los ojos que en cada momento decidan contemplarlo, indiferente a ese éxtasis que en algunos provoca su mera observancia, estoico y mudo en su altivez de coloso. ¡Ese mar tan bello, tan alevoso, tan cruel!...

           Tampoco hay ya sol en mi vida, aquel sol espléndido cuyos rayos se filtraban por los cristales entreabiertos para entibiecer mi piel y mediante su luz revestirme el alma con rutilantes fulgores, aquel mismo sol que al crepúsculo se hundía bajo la línea del horizonte dejando en el cielo un dosel de púrpura y oro.

           No, ya no hay luz, ni calor, ni ventanas. Tal vez todavía haya mar.

           Tengo, eso sí, un reloj, aunque no tiene manecillas, de modo que su reveladora función sobre el paso del tiempo quedó del todo atrofiada. Es un reloj muerto, tan muerto como mi esperanza, caída asimismo en combate. El reloj sin manecillas me observa siempre con rostro melancólico; no dice nada y su silencio es, sin embargo, todo un grito de nostalgia. El reloj sin manecillas se siente como yo, arrumbado y mustio; somos dos trastos inútiles, de metal él, con el verdín cada vez más enseñoreado de su cuerpo de cobre, yo de piel marchita y carne lacerada. El reloj sin manecillas llora sus penas mediante un tic-tac inaudible; yo lloro las mías con lágrimas de hiel.

           Las auroras de color violeta, tan tibias y sugerentes, desaparecieron también, se esfumaron junto con las ventanas, junto con ese tiempo que voló a lomos de las agujas que lo marcaban. Ya no hay auroras. Ya no hay cielo azul ni sol fulgente. Ya no hay tiempo…, y lo peor es que tampoco hay olvido, los negros recuerdos martillean mi cerebro con la sevicia de un percutor implacable, sin darme tregua ni descanso, ajenos a mi deseo de reposo, a este afán de definitivo extravío en los páramos donde no existen el ayer ni el mañana.

           No hay, ya digo, ventanas en mi casa, aunque, bien pensado, tampoco me servirían de mucho en caso de haberlas, puesto que mis ojos, faltos de luz, dejaron de ver, quedaron ciegos, velados por esa pena que abarca la totalidad de mi existencia, esa pena que se introduce por cada resquicio de mi cuerpo para anegarme por dentro, para llenar de veneno mi boca y hacer que las palabras broten de ella envueltas en ponzoñoso aliento. Son mis palabras envenenadas los heraldos de mi pena y aquello que tocan se descompone, se vuelve naturaleza muerta, como las horas que murieron en mi reloj amputado, como mi esperanza, como las mismas flores que antaño adornaban mi jardín, flores cuyos tallos se alzaban como gloriosos estandartes para al cielo exhibir su corona de vistosos pétalos, pero que hoy agachan sus cabezas hacia el yermo erial que sostiene sus cadáveres. He perdido la batalla de quien espera lo imposible, una batalla que se llevó para siempre mi inocencia, y en esa batalla murieron también las horas de mi reloj, la esperanza, las flores, mi propia visión… Todo lo perdí. Todo me lo arrebataron cuando me arrebataron a ella.

           Tras tanta pérdida, mi patrimonio quedó reducido a un muestrario de congojas para las que no existe remedio, congojas que tapiaron las ventanas de mi casa y, vulpinas ellas, hurtaron para siempre las agujas de mi reloj. Son congojas que conviven conmigo, asentadas sobre las ruinas que conforman mi alma rota en pedazos. Abrumado por una aplastante sensación de soledad, a veces las congrego y, jáquima en mano, las saco a pasear, conduzco así mis penas a través de yermos páramos donde no brotan sueños ni deseos, donde sólo crece el dolor, dolor del que ellas se alimentan para en sus famélicas carnes transformarlo en veneno, ese mismo veneno que luego yo vierto al mundo a través de mi aliento enrarecido. De regreso a casa nos tumbamos, mis penas y yo, sobre la yacija del recuerdo y buscamos en ésta algo de consuelo, pero lo que encontramos es sobre todo más dolor, porque incluso el recuerdo de la felicidad trae a menudo eso, dolor, y el dolor es a veces tan lancinante que nada puede apaciguarlo. Suelo entonces llorar, derramarme en un turbión de lágrimas que humedecen mi piel, hasta que finalmente se secan sobre esa misma piel estragada, como quizá lo haya hecho también el mar, ese mar cruel y fiero, ese mar que, pese a todo, tanto me gustaba contemplar desde las ventanas de mi casa cuando aún las había.

           Me falta valor. Sí, lo admito, no tengo los redaños necesarios para transformar el entorno gris que me rodea y darle siquiera una pizca de color. ¿Para qué si ya no está ella, que era mi luz y mi color? Me he vuelto un conformista, alguien sin sangre en las venas, un ser estéril y vacío cuyas únicas alegrías se remontan a un pasado cada vez más distante, un pasado en el que había ventanas y, sobre todo, había esperanza. Ahora nada de eso existe y yo me siento débil, muy débil, sin fuerzas para encarar al destino por los cuernos y obligarle a desviar de algún modo el rumbo que vino a marcarme; ni siquiera en realidad tengo fuerzas para maldecir mi suerte, apenas me quedan las justas para sacar a pasear mis congojas y regresar a casa para sumirme en llanto, nada más. No, no tengo valor ni fuerzas, sólo tengo, ya digo, una casa sin ventanas, un reloj sin manecillas y un tropel de penas.

           Y, sin embargo, a veces, en medio del silencio, como un chispazo, surge de entre la niebla una reverberación lejana que de repente se hace carne y piel, la carne y la piel de ella que, mediante mágica palingenesia, aparece reconstruida dentro de mi propia carne y de mi propia piel. La veo así brotar en mi universo interno y me apresto a gozar de su sublime presencia, sabedor de que será efímera, como esas flores que sólo germinan durante un brevísimo instante para sucumbir luego en un apresurado marchitar. Pero ¡qué instante! Ella aparece en esos momentos mágicos flotando dentro de mí, sus formas vaporosas oscilando al compás de una empírea melodía de arpas y violines, y durante ese volátil intervalo revive en toda su plenitud, tal y como era antes de la catástrofe, radiante y esplendorosa como una sirena surgida de las aguas, de esas mismas aguas que, traicioneras y brutales, me la arrebataron para siempre una mañana sin nombre.

           No es más que un fugaz suspiro, apenas un minúsculo momento de éxtasis, pero en su transcurso las penas abandonan mi cuerpo y quedo ensimismado por la brumosa belleza que emerge desde dentro mío para envolverme en místico arrebato y encender mi piel como si sobre sus poros prendieran fuegos artificiales. Poco importa que en el fondo se trate sólo de una entelequia, de un golem creado por mi mente a partir de su recuerdo, porque surge a fin de cuentas independiente de mi propia voluntad y resulta tan intensa que los sentidos no perciben discordancia alguna entre lo real y esa ficticia urdimbre que por momentos teje mi imaginación. ¿Acaso no somos en el fondo lo que sentimos?

          Luego la imagen se difumina hasta desaparecer por entero, momento en el que un nuevo poso de melancolía viene a asentarse sobre mi alma destazada, otro más, y las ruinas emergen para volver a servir de albergue a mis penas regresadas. Ese es el ciclo. Ruinas y penas ancoradas en mi alma hasta que, ignoro por qué fantástica composición metafísica, retorna ella de la nada y, durante breves momentos, me deleita con su etérea presencia para hacerme otra vez sentir, ajeno al sufrimiento, a esas penas que se instalaron conmigo cuando las aguas la succionaron cruelmente, cuando el maldito océano me dejó huérfano, perdido en una casa que dejó de tener ventanas y junto a un reloj sin manecillas, detenido para siempre el tiempo en un mundo sin sol, sin auroras violetas, sin cielo azul, en un mundo sin ella… Me pregunto si ese implacable juez y severo verdugo, el cruel, el mayestático, el bello, el portentoso mar, seguirá estando, no obstante, ahí fuera.  

jueves, 2 de enero de 2014

MI INVASORA


 
          Son confusos los recuerdos que tengo de su primera visita. ¡Hace ya tantos años de ello! Yo no era por aquel entonces más que un adolescente ávido de diversión y emociones, alguien ansioso por devorar la vida antes de que la vida hiciese lo propio conmigo, afán con el que me movía al ritmo marcado por el tiempo, que en aquellos días de vino y rosa transcurría a todo gas, obligando al pensamiento y a los deseos a ajustarse de continuo a su meteórico paso. Recuerdo de todas formas que ese primer encuentro tuvo lugar en otoño; de hecho, ella casi siempre ha venido a verme en otoño, la mayoría de las veces sin avisar. Recuerdo también que había sido una tarde lluviosa, de esas que convidan a quedarse en casa; los días de lluvia se encuentran también, por cierto, entre sus preferidos a la hora de acudir a visitarme, parece ser que la enardecen sobremanera. Ella se presentó, no obstante, ya entrada la noche. Yo no podía dormir, supongo que dándole vueltas a problemas de los que a estas alturas ya ni me acuerdo, pero que posiblemente estuviesen relacionados con los exámenes del instituto o, más bien, con los amigos, rolletes y romances propios de la adolescencia. El caso es que ella llegó y de repente sentí su abrazo, al principio ligero como una pluma, tan ligero que apenas me provocó un leve estremecimiento interno, para hacerse luego cada vez más fuerte y opresivo, hasta incluso asfixiante. Su hálito era cálido y su piel rezumaba una extraña humedad, una humedad densa, casi viscosa. Obviamente, me sorprendió que me invadiera con tanto descaro, y dado que no había en principio motivos para tan insolente irrupción, la rechacé y me metí en la cama sin hacerle caso.

            Creí que, de ese modo repudiada, se marcharía sin más por donde había venido, pero al despertar a la mañana siguiente, luego de desperezarme, advertí con sorpresa que seguía conmigo. De nuevo noté su abrazo, tan denso como la víspera, y un extraño dulzor, emanado sin duda de ella, anegó mis sentidos. Su tacto era ríspido y al percibirlo no podía evitar yo sentirme acometido por una peculiar astenia que, curiosamente, me hacía en cierto modo apetecer quedarme allí, tumbado sobre la cama, rendido a su presión; pero no podía permitírmelo, tenía demasiadas cosas que hacer como para perder el tiempo apoltronado en compañía de tan pertinaz acosadora, así que volví a apartarla a un lado con desdén y me vestí.

           Cuando salí a la calle tuvo al menos la decencia de no seguirme. Pero por la noche volvió otra vez a colarse en mi habitación, la muy ladina, para de nuevo atosigarme con sus manoseos. ¿Por qué no me dejaba tranquilo?… ¡Qué poco imaginaba yo entonces que con el tiempo habría de convertirse en asidua compañera mía!

           Pero el caso es que lo hizo; empeñada en instalarse en mi vida, fue poco a poco abatiendo mis defensas hasta alcanzar dicho objetivo, y por más que pretendiera yo decirle que no la quería a mi lado, su mirada profunda y cruel me impedía mentir, por lo que terminé por aceptar su papel de amante ocasional, una amante que me visitaba de vez en cuando para inundarme con su tibieza, una amante a la que seducían las tardes de lluvia, la música suave, los tonos ocres, las puestas de sol, el alma de los versos...

           Continúa a día de hoy presente en mi vida, por más que no sea la nuestra una convivencia al uso; digamos que acude a verme cuando a ella se le antoja, a menudo simplemente porque sí, sin razón aparente alguna, y entonces pasamos juntos un tiempo, a veces sólo unas horas, otras veces largas temporadas, y luego, igual que viene, se marcha y desaparece sin más, sin dar explicación, en busca supongo de otros amantes más propicios. En ocasiones me entrego a su férula sin oponer resistencia alguna, hasta incluso con delectación; otras, en cambio, procuro zafarme y le grito con aspereza que se largue y me deje en paz. Pero ella rara vez me hace caso, ella va por libre, ajena a toda clase de reproches u órdenes; nunca conocí en ese sentido a nadie tan independiente, tan soberana a su modo. Invade mi corazón en cada visita y ocupa al instante el hueco que conforman mis días vacíos. Yo ya estoy más que acostumbrado a su presencia, una presencia generalmente discreta. Diría incluso que con el tiempo se ha ido volviendo más dócil, más suave en su trato, tan sutil a veces que hasta pienso que podría encaramarse sobre una tela de araña sin llegar a romperla. Nos amamos en silencio, ella se acopla a mi cuerpo helado y con su humedad absorbe la escarcha para transformarla en tibio rocío; no suele en ese sentido portarse mal, por más que a veces, la muy cabrona, me haga derramar alguna que otra lágrima sobre la almohada que a ambos acoge.
 
           Y hay noches, como ésta, en que me levanto de la cama y, mientras ella dormita, reflexiono acerca de nuestra relación, que en el fondo no deja de ser puro contraste, como la nieve sobre las alas de un cuervo, o, simplemente, tomo un papel de la cómoda y sobre él dibujo, sesgadas, las letras que conforman su nombre, Melancolía.