sábado, 6 de diciembre de 2014

REINVENTANDO A MADAME BOVARY


           Laura acababa de dejar el libro sobre la mesa. Era un ejemplar de bolsillo, de pasta blanda y letra impresa casi en miniatura, como huellas de insectos.

                 —¿Acabaste ya “Madame Bovary”? —le preguntó Carlos, su marido, quien en esos momentos apuraba un vermú cómodamente ancorado sobre su sillón relax.

           Sí, justo ahora.

           Teniendo en cuenta que te lo has terminado en sólo dos mañanas, imagino que te habrá encantado.

           Así es. Me ha parecido fascinante, la mejor novela que he leído en mi vida... Ya la leí hace años, pero esta nueva lectura ha sido especial.

           —¿Y eso por qué?

           Digamos que era para mí casi una necesidad.

           —¿Necesidad? No te entiendo, Laura. Sólo es un libro.

           Da igual… En todo caso, me dejó un regusto amargo el final.

           Sí, convengo en que es un final triste.

           Yo lo habría escrito de otro modo.

           Carlos enarcó sus pobladas cejas en un gesto de sorpresa.

           —¿De otro modo? ¿No me digas que corregirías al propio Flaubert?

           No, no es eso. Literariamente hablando, la novela resulta impecable; lo que he querido en realidad decir es que yo habría actuado de modo distinto a como lo hizo Emma.

           —¿Qué quieres decir con que actuarías de modo distinto?

           Pues que, en lugar de suicidarme, habría optado por matar a todos los que me habían sumido en esa situación de infelicidad y desesperación. 

           —¡Qué radical!

           —¿Acaso quitarse la vida no lo es?

           Visto así, sí, claro que lo es.

           Pues eso, que yo me los habría cargado a todos, comenzando por el lechuguino de Rodolfo, siguiendo por el cobarde de León y añadiendo a la lista al miserable de Lhereux, al petulante de Homais y al baboso del notario Guillaumin

           Carlos silbó sobre su butaca.

           Veo que no dejarías títere con cabeza.

           Laura le miró de soslayo e hizo una mueca de desdén.

           ­—Todos se lo tendrían merecido… Incluso el marido, tu tocayo.

           —¿También él? ¡Pero Charles Bovary era un buen hombre!

           Era un hombre débil y sin ambición, el mayor causante en definitiva de la infelicidad de Emma…  Manso y estúpido como un buey. Su propio apellido así lo identifica: Bovary, que deriva de bovarium, o sea, buey.

           Vaya, desconocía esa etimología… Aun así, yo sigo viendo a Charles Bovary como un buen hombre y a la postre otra pobre víctima. Vale, admito que le faltaba carácter e iniciativa, pero de ahí a merecer la muerte...

           No supo nunca hacer feliz a Emma, no fue capaz de entenderla, en ningún momento de su vida logró

           La acalorada exposición de Laura fue interrumpida por el chirriante sonido del teléfono. Ambos esposos se miraron sin decir nada durante algunos segundos, sorprendidos por la imprevista irrupción sonora.

           Voy a cogerlo —anunció Laura.

           Pero Carlos, como activado por un resorte, se incorporó de su asiento para anticiparse y atajar la determinación de su esposa.

           No, ya lo hago yo —dijo con evidente nerviosismo, como si a su pensamiento hubiese arribado una posibilidad que de súbito lo inquietara.

           Los ojos de Laura brillaron durante un breve intervalo de tiempo, un brillo que denotaba astucia, pero resultó tan fugaz que Carlos ni siquiera lo notó.

           Está bien —cedió ella—. Yo iré preparando la comida.

……..

            Sí, dígame —dejó caer Carlos sobre el auricular el típico introito de las conversaciones telefónicas, una vez se hubo cerciorado de que Laura entraba en la cocina. 

           Hola, Carlos. Soy Emma —se oyó una voz femenina al otro lado de la línea.

           “¡Emma!”, repitió Carlos con el pensamiento mientras a su alrededor proyectaba miradas furtivas, miradas que desembocaron finalmente en el libro cuya lectura tan absorbida tuviera a su esposa hasta hacía apenas unos instantes. Curiosa coincidencia de nombres, pensó al asociar a la protagonista de dicho libro con la mujer que desde el otro lado de la línea telefónica acababa de saludarle.

           Aguarda un par de minutos —dijo en voz tan baja que no pasó de ser un mero susurro, para luego, sin aguardar respuesta y apretando con fuerza las manos sobre el micrófono del aparato, añadir en tono mucho más alto: —¿Cómo? Ah, pues no sé qué decirte, voy ahora mismo a comprobarlo—, dicho lo cual depositó con cuidado el teléfono sobre la mesa auxiliar y se dirigió a la cocina, donde Laura andaba sazonando los filetes de buey que pensaba preparar para la comida.

           —¿Quién ha llamado? —preguntó ésta con aparente indolencia.

           Nada, de mi despacho, interesándose por ciertos datos de unos documentos que traje a casa para estudiarlos más a fondo…. Voy al dormitorio, que los tengo allí. 

            Segundos después volvía a pasar por la cocina, camino otra vez del salón principal, portando consigo una serie de papeles.

           Ignoraba que guardases en casa documentos importantes del trabajo.

           Bueno, no son tan importantes… Además, así puedo trabajar también en casa.

           Con los documentos en la mano, Carlos se encaminó de nuevo hacia el teléfono, no sin antes haber cerrado del todo tanto la puerta de la cocina como la del propio salón.

           —¿Continúas ahí? —preguntó en voz muy baja, aferrando con fuerza el auricular y apretándolo contra su oído derecho.

           Sí, aquí sigo.

           —¿Por qué demonios llamas a casa? Ya te dije que no deberías hacerlo nunca.

           Ah, comprendo, debo interpretar mi papel de “la otra”… Supongo que está contigo tu mujercita.

           Pues claro que Laura está aquí. ¿Dónde iba a estar? Esta es su casa tanto como la mía.

           Me prometiste que ibas a dejarla.

           Pues claro que te lo prometí, y lo haré… Pero necesito más tiempo.

           Me estás dando largas, Carlos. Tu postura es muy cómoda: en casa tienes a tu mujercita y fuera de casa me tienes a mí, a tu amante, la otra.

           Bueno, bueno, no saquemos las cosas de quicio… Ya hablaremos esto con calma en un lugar más apropiado. Aquí sabes que no puedo hablar.

           Lo siento, Carlos, pero yo no puedo más, no puedo seguir con esta situación clandestina… He tomado la decisión de dejarte y no volver a verte. Para eso precisamente te llamaba….

           Pero Emma ­—le interrumpió Carlos

           Ni Emma ni nada. He conocido a otro y deseo tener una vida plena con él, una vida sin mentiras, sin ocultaciones, sin tener que esconderme como si fuese una delincuente.

           Emma, Emma…, no creo que hables en serio, piensa en lo nuestro.

           Lo nuestro se acabó, Carlos. Adiós, que te vaya bien —y colgó el teléfono de un modo súbito.

           Los instantes posteriores a este abrupto colofón fueron de total desconcierto para Carlos, quien no acertaba a entender la, a su juicio, desaforada actitud de su amante. ¿A cuento de qué esa pataleta cuando sólo tres días antes gemía de placer entre sus brazos? Enfocó entonces su pensamiento al pasado para evocar los momentos vividos con Emma, el modo en que se conocieron, sus encuentros furtivos, las húmedas noches de estío en hoteles de la periferia… Tuvo que reconocer que Emma había sido para él algo así como el fuego de Prometeo, en cuanto a que, cuando su corazón se deslucía en los eriales de una existencia anodina, ancladas que quedaran desde hacía tiempo sus ilusiones en el mar de los sueños extinguidos, ella lo había devuelto a la vida. Le costaba aceptar que de la noche a la mañana tal fuego pudiera haberse sofocado. No, definitivamente no era posible, aquello tenía que ser tan solo el fruto de una circunstancial sensación de despecho, una rabieta que se le pasaría pronto, él se encargaría de convencerla para que de nuevo las aguas volvieran a su cauce.

           La distante voz de Laura le sacó de estas divagaciones para traerlo de vuelta a la realidad:

           —¿Todo bien, cariño?

           Sí, todo bien, cielo —respondió mientras lentamente se dirigía a la cocina—. Estos del despacho, ya sabes, que se ahogan en un vaso de agua. ¡Mira que llegan a ser pesados!

           Desde el dintel de la puerta miró lentamente a su esposa, quien en esos momentos maceraba la carne tras haber esparcido sobre ella el contenido de un frasco azul que viniera lacrado con cera amarilla.

           No te preocupes, Carlos, verás como ya no te vuelven a molestar más.

           El marbete que identificaba los polvos blancos del envase lo había tirado, hecho una bola, a la basura. La palabra arsénico venía escrita en francés. 

          

viernes, 21 de noviembre de 2014

LA AGONIA DE LA BRUJA



                A medida que recobraba paulatinamente el conocimiento, la intensidad del dolor se iba asimismo restableciendo, un dolor que no tenía un foco preciso, sino que parecía provenir de todas y cada una de las células que conformaban su organismo, para a lo largo del sistema nervioso extenderse en todas direcciones. Eran ríos de puro dolor los que discurrían por los cauces abiertos a lo largo de aquel lacerado cuerpo de mujer, ríos que generaban un padecimiento atroz, de todo punto insoportable. Dentro de su vientre notaba que le ardían las entrañas, como si sobre ellas hubiesen aplicado un sulfuroso fuego que las destazase con lancinante tormento. Quiso sofocar con un grito parte de ese dolor, pero no fue capaz, algo impedía que de su boca brotase sonido alguno; ese intento subrayó además la fuerte quemazón de su garganta, en la que también percibía un fuego vivo que abrasaba sus cuerdas vocales. Tampoco podía levantarse y escapar de allí, atada como estaba a aquella podrida madera por cuerdas y ganchos que se clavaban en su carne. De todas formas, no hubiese tenido fuerzas para moverse aun habiendo estado libre.

           Parece que la bruja vuelve a recobrar el conocimiento —oyó que decía una voz próxima.

           Era la de uno de sus torturadores, un individuo de rostro aquilino que vestía con túnica escarlata desde los hombros a los tobillos. Junto a él había dos más con idéntico atavío, más un tercero que llevaba el torso desnudo y sostenía un mazo de madera entre sus manos. Al escuchar aquella voz, acudió a la mujer toda la consciencia de lo que le estaba sucediendo. Mediante un ciclópeo esfuerzo logró mover los ojos y recorrer con ellos su cuerpo desnudo, todo él invadido de sangrantes heridas, carne viva que brotaba de una piel desgarrada. Miró hacia sus pies, mas no los vio, no estaban en el lugar que debían ocupar al final de los tobillos, y recordó entonces el momento en que el verdugo se los arrancó de sendos hachazos; el dolor de aquel recuerdo tan inminente se superpuso al que de por sí sentía. Los muñones abotargados, teñidos con la sangre que sobre ellos se había ido coagulando, dejaban vislumbrar fragmentos de hueso, astillas blancas que, como grotescas raíces, sobresalían entre la carne excoriada. Sus extremidades, por lo demás, estaban completamente dislocadas, rotos la mayoría de los huesos, y salpicadas de equimosis.

           Un reguero de lágrimas comenzó a brotar de los ojos de la mujer. Algunas eran provocadas por el inmenso dolor, pero en su mayoría eran lágrimas de impotencia, acerbas lágrimas derivadas de no comprender los motivos por los que estaba siendo sometida a tan atroz tortura cuando nada malo había hecho para merecerlo. ¿Por qué la acusaban de bruja?, se preguntaba una y otra vez. ¿Por qué?

           Recordaba ahora con toda nitidez el proceso sumario en el que fuera encausada. Recordaba la inflexible expresión de sus jueces, ataviados con hábitos negros, sus ojos inyectados en sangre, sostenidos sus cuerpos sobre altos sitiales desde donde la observaban con odio y severidad. Ella se sentía pequeña. Negaba las acusaciones, pero los hombres de negro no la creían y, tras cada negación surgida de sus labios trémulos, replicaban con rotundidad y fiereza que mentía.

           La tortura te hará confesar —declaró el inquisidor que ocupaba el lugar central del estrado, cuyos ojos estaban clavados en ella como dos flechas de fuego prestas a ser disparadas.

           Gritó. Aulló. Imploró clemencia. Aquel dolor no tenía límite, escapaba a toda capacidad de resistencia humana. Su cuerpo fue una y otra vez mancillado por el verdugo, quien, entre otras atrocidades, vertió azufre hirviendo sobre sus pechos desnudos e introdujo en su vagina  un hierro candente, asegurando los inquisidores que de ese modo quedaría su espurio cuerpo de mujer depurado de las infectas relaciones mantenidas con el mismísimo Maligno. Luego fue atada a aquella rueda de madera que a cada vuelta de tuerca iba dislocando y rompiendo sus huesos como si fuesen alas de pajarillo, hasta que, no pudiendo soportar tanto martirio, confesó.

           Confesó todo cuanto le dijeron que confesara. Confesó que era una bruja, que había hecho un pacto con Satanás, que se entregaba cada noche a decenas de diablos con los que satisfacía su incoercible lubricidad. Hubiese confesado lo que fuese con tal de que acabara aquel suplicio. Sus torturadores, sin embargo, no se conformaron con esa confesión, sino que para evitar que, ayudada tal vez por alguno de sus amigos demonios pudiese escapar, ordenaron al verdugo cortarle los pies, y acto seguido, mientras todavía bramaba de dolor, le hicieron beber agua hirviendo para purificar su alma envenenada, lo que vino a abrasar por completo su garganta, y, más aún, entendiendo que, luego de haber confesado, de nada le servía ya la lengua sino para soltar por la boca imprecaciones y blasfemias, dispusieron que le fuese arrancada con unas tenazas. Fue tras esta última mutilación cuando perdió la consciencia.

           Ahora despertaba y, pese a que la sensación de dolor le hacía prácticamente imposible cualquier tipo de razonamiento, pensó en sus hijos, en esas pobres criaturas que, huérfanos, quedarían abocados a la indigencia, a vivir de la mendicidad, de la caridad ajena, y quién sabía si con el tiempo a delinquir y ser, por tanto, carne de presidio u horca; esos mismos hijos a los que habían obligado a presenciar la tortura, el voraz ensañamiento de que había sido objeto su madre a manos de aquellos despiadados hombres. ¡Sus hijos, el mayor de apenas diez años, los otros siete y cuatro! ¿Qué sería de ellos? Condenados quedaban a la miseria, a esa miseria que tiende a perpetuarse bajo el tupido mando que conforman la ignorancia y la superstición.

           De estos pensamientos volvieron a extraerla las manos del sayón, que tras desatarla del potro vinieron a arrojarla sin contemplación alguna sobre la sucia tierra que cubría la mazmorra. Estaba desnuda, mutilada y cubierta de sangre. Sus formas apenas si parecían aún humanas.

           Las palabras del inquisidor llegaron a ella distantes, como ecos lejanos de un mundo ya perdido:

           Habiendo confesado su condición de bruja, se condena a esta mujer a morir quemada en la hoguera, donde el fuego purificará definitivamente su alma y expulsará de ella a los demonios que la poseen, tornándolos a los abismos del infierno.

             ¡La muerte! De haber tenido fuerzas, habría incluso dado las gracias por esta condena, no en vano para ella no era ni mucho menos tal, de ningún modo podía considerar un castigo la muerte, sino más bien todo lo contrario, la entendía como una definitiva manumisión. Anhelaba la muerte. Quería morir, ser pasto de las llamas y que éstas le arrebatasen definitivamente la vida, sumida para siempre en la indolora oscuridad de lo eterno. La muerte era ausencia, sí, pero en aquellos momentos representaba sobre todo ausencia de dolor y, en consecuencia, paz, serenidad, liberación.

           Sintió cómo la alzaban en vilo y era arrastrada fuera, conducida al exterior a través de una enmarañada sucesión de crujías y oscuras antecámaras. Como una marioneta desarticulada, su cuerpo se bamboleaba de un lado a otro al compás de los  vaivenes del esbirro, que caminaba muy acelerado a pesar de su carga, como si tuviese prisa en abandonar aquella lobreguez. Ella sintió náuseas y por un momento pensó que vomitaría. Lo impidió, sin embargo, el chorro de aire fresco que inundó sus pulmones al alcanzar la superficie exterior. Era tanto el tiempo que llevaba confinada en la mazmorra que la luz del sol hirió sus ojos, si bien sólo fue cuestión de segundos, rápidamente se repuso y aquella avalancha de luz natural se le antojó un espectáculo divino. El día estaba algo nublado, pero aún así resultaba maravilloso contemplar el cielo, ese cielo destinado a ser el último que vieran sus ojos, y sentir, también por última vez, la brisa del aire acariciando su rostro.

           La llevaron hasta una plaza atestada de gente, en cuya parte central se alzaba la pira, ya dispuesta para que tuviese lugar la cremación. Un poste de unos tres metros de altura descollaba entre los haces de leña y paja que se apilaban en torno suyo. No sintió miedo. Tampoco experimentó vergüenza alguna ante la pública exhibición de su descarnada desnudez. En realidad, se sentía como ausente, como si de algún modo ella ya no formase parte de todo aquello, como si por alguna suerte de metempsicosis, pese a la envoltura física que revelaba su presencia real, su alma ya hubiese abandonado ésta. Ni siquiera oía a la muchedumbre que, enardecida, vociferaba una y otra vez: “bruja, bruja”.

           Sólo salió de aquella especie de trance cuando vio a sus hijos, a quienes habían colocado en primera fila para que de nuevo fuesen espectadores de excepción del macabro espectáculo; allí estaban los tres, los ojos enrojecidos tras haber por ellos vaciado ríos de lágrimas, trémulos sus inocentes rostros, fiel reflejo del miedo y la incomprensión que los atenazaba. Sintió entonces una conmoción extraordinaria en el pecho, como si el corazón se le helara por dentro, mientras, henchida de pena, volvía a preguntarse qué suerte correrían ahora aquellas tres miserables criaturas.

           Con una camisa impregnada de azufre, que le caía justo hasta debajo de las rodillas, cubrieron su desnudez, y dado que no podía llegar hasta la plataforma por sus propios pies, de los que ya carecía, el verdugo atravesó con ella en brazos las hileras de troncos y haces de leña que bordeaban su base, hasta alcanzar el poste central, al que la ató con una cuerda alrededor del cuello, otra ligando sus tobillos y, finalmente, con una cadena de hierro que acabó de fijar definitivamente su cuerpo al vertical madero. Asió luego un hachón con el que  prendió fuego a la hoguera.

           El humo empezó a subir antes de que las primeras llamas se hicieran visibles, un humo gris que, como flor deletérea, se iba ensanchando para con sus densos pétalos envolver a la víctima. El gentío se había quedado en silencio y contemplaba embebecido la función, sólo se escuchaba el crepitar de la leña y a lo lejos el sordo rumor del viento. La bruja no emitía quejido alguno, había cerrado los ojos y, lejos de retorcerse por el pánico, se mantenía impasible. Notó, eso sí, cómo el humo la asfixiaba, pero ni siquiera eso la alteró, apenas si su organismo parecía reaccionar ante la falta de oxígeno, hasta que de pronto percibió una inmensa oscuridad precipitándose sobre ella, una oscuridad que, lejos de resultar opresiva, se le antojó dulce, muy dulce. Las flamígeras lenguas comenzaron entonces a lamer sus muñones y a ascender acto seguido como una cabellera roja que de repente brotase. Pero ella ya no sentía absolutamente nada. Había dejado de existir.

 

lunes, 10 de noviembre de 2014

DESDE LA BOTELLA


   
        Ninguna novedad era que el viejo despertase con resaca, no en vano así lo viene haciendo casi a diario desde hace mucho tiempo; más aún, dicha resaca es en realidad la continuación de una misma y perenne borrachera, con la que lleva años a cuesta, la que ha convertido su sangre en un compuesto viscoso donde el alcohol constituye el componente más destacado.

           Esta yuxtaposición de borrachera y resaca hace que despierte asimismo desorientado, con un embotamiento tan mayúsculo que a duras penas llega a ser consciente de quién es o dónde se encuentra, y aunque finalmente caiga en la cuenta de que está en su casa, tendido sobre su mugrienta yacija, sigue sin recordar cómo ha llegado hasta allí, si por su propio pie o conducido por algún otro, ni siquiera sabe en realidad si se quedó dormido la noche previa o si, por el contrario, lleva ya varios días seguidos entregado al sueño. Qué más da en cualquier caso.

           Un gruñido seco da paso a una sucesión de toses que se prolongan durante más de medio minuto. Sólo tras este acceso se aplica a la tarea de abrir los ojos, lo que le exige un cierto esfuerzo, pues no en vano las legañas cubren aquéllos como arañas pegajosas. La luz filtrada por una de las ventanas se los hiere, obligándole a presionar sobre ellos las palmas de las manos. Un nuevo golpe de tos seca le asalta entonces hasta provocarle náuseas. A duras penas consigue escabullirse de la lardosa sábana que cubre su enjuto cuerpo para marchar a trompicones hasta el lavabo; el contacto del agua fresca sobre la cara le produce una momentánea sensación de alivio, por más que no elimine el dolor de cabeza ni la sequedad de su boca. Se pasa la lengua por las encías descarnadas y nota un sabor agrio que a punto está de hacerle vomitar, si bien sólo son un par de escupitajos los que al final salen por su boca, una flema viscosa que segundos después flota trémula sobre el líquido del inodoro.

           Por todos los rincones de la casa se apilan botellas, la mayor parte de ellas vacías, estelas de vidrio que dan fe del particular microcosmos del que derivan, testimonio de una vida, la del viejo, enfocada casi en exclusiva a satisfacer un idilio, el suyo con la botella, que se remonta ya a muchos años atrás, tantos que todo recuerdo de sus orígenes aparece caliginoso, apenas definido entre la niebla, imágenes tan difusas que su mente deteriorada ya no es capaz de precisar.

           De todas formas, el hecho de haber olvidado los inicios no le impide atisbar el final, que lo vaticina envuelto en dolor y convulsiones, guiado por un agónico delirio que, a través de desgarradores espasmos, encauzará su cuerpo y su alma hasta los confines donde gobierna la definitiva oscuridad. Lo sabe a ciencia cierta porque ha sido ya testigo de similares ocasos, partidas de cofrades que tuvieron lugar entre horribles estertores y atroces estremecimientos. Es el sino de los que, como él, vendieron su alma al dios de la botella. Sabe además que ese final no tardará ya demasiado, los avisos que le va dando el organismo resultan paladinos, no admiten demasiadas dudas al respecto. Hubo un tiempo en que proyectó anticipar este atroz desenlace, reírse del destino mediante el desbaratamiento de los planes que para él tenía reservados, alcanzando el reino de las sombras a través de un atajo ciertamente más cómodo, un atajo en el que su cuerpo desafiaría durante breves segundos a la ley de la gravedad para luego ser recogido, hecho añicos, por el inclemente asfalto; de ese modo evitaría la horrible agonía del delirium tremens. Se sintió de hecho bastante tentado de acometer tal proyecto, pero a día de hoy la idea del suicidio ya no le seduce, lo único que desea es seguir bebiendo, beber hasta que la cabeza se libere de todo pensamiento, y entonces flotar en la nada, sin espíritu, sin voluntad, como una cáscara vacía.

           Abre la ventana. Un olor a salmuera despierta recuerdos de su infancia, la única época en que sus ojos supieron descubrir inocencias; son sólo rastros de huellas pasadas, acompañados de lamentos que emergen del océano. Ahora es un viejo, un viejo de apenas cuarenta años, pero completamente desgastado y marchito. Nunca la vida y él congeniaron demasiado bien, la tendencia de aquélla a joderle colisionaba con la suya a despreciarla, dando como resultado una sucesión de infortunios y calamidades que le llenaron de profundas cicatrices, indelebles marcas             que resultaban visibles tanto en su piel como en sus ojos, apagados espejos estos últimos de un alma desnuda de emociones. Pronto, no obstante, la vida dejará de ser un peso, quién sabe si entonces lo acogerá algún Dios menor como mascota en el más allá, caso de existir un más allá. Ninguna señal, por otro lado, revela si esa noche es, en efecto, el final o más bien el principio de otro tiempo, de un tiempo de dualidades, de lágrimas en sonrisas convertidas o, al contrario, de sonrisas en congojas transmutadas.

           Por un momento se propone salir a la calle, pero casi al instante lo piensa mejor y se tiende otra vez sobre el colchón; reducidas sus extremidades a piel y hueso, las escasas fuerzas no le dan para sostenerse en pie durante demasiado tiempo. Tiene además aún suficientes reservas en casa, al menos para un día más, de manera que desde la cama extiende el brazo con el que alcanza una de las botellas que hay sobre la cómoda y, tras comprobar que contiene todavía un tercio de su capacidad, la apura de un solo trago. Eso le reanima. Deja luego caer con indolencia el casco, que rueda lentamente sobre la cochambrosa alfombra que cubre el pavimento. Poco después empieza a percibir el cosquilleo del sueño, que no tarda en envolverlo por entero, y en el sueño se ve a sí mismo persiguiendo una luz lejana que le conduce a un curioso universo, un universo que a sus ojos emerge coloreado de risas.

 

domingo, 19 de octubre de 2014

TODAS LAS ESTRELLAS LLEVAN TU NOMBRE


Todas las estrellas llevan tu nombre,

rebautizadas que fueron por el ardoroso afán
que desde mi pecho ardiente,
tornado pincel de fuego,
se elevó hasta atravesar
los astronómicos bordes que enclaustran el firmamento.
Anhelante por llegar a los más lueñes confines,
rasgó mi ansia la capa que viste de azul al cielo
y, dejando atrás las nubes,
rasgó asimismo su negro,
hasta por fin alcanzar el núcleo donde se agrupan 
las estrellas más candentes,
la bóveda celestial donde, cual traviesas brujas,
alegres danzan e invocan
a los caprichosos dioses,
rogándoles les concedan inconfesables deseos.
Hasta allí ascendió mi anhelo, germinal e incandescente,
y una a una, a cada estrella,
les fui poniendo tu nombre; 
conjuré fuego con fuego, derramé mil sortilegios,
y en hechizo omnipotente vertí tu esencia en sus llamas,
sabedor de que al hacerlo
espacio y tiempo alteraba y de ese lugar hacía
un perdurable presente.
Ahora es tu nombre, amor mío,
el que define lo eterno,
y es ahora cada estrella de tu semblante un reflejo,
carrusel de olas azules,
festival de azul belleza,
rostro amado que proyecta
mis más codiciados sueños. 

domingo, 28 de septiembre de 2014

TRISTEZA ESTÁTICA


      
     Todas las tardes, sin excepción, se situaba en su rincón de la rambla, el mismo de siempre, cerca de una fuente que en primavera lucía orlada de vistosos rosales, y allí permanecía durante horas sin moverse, disfrazado de payaso, pintado el rostro con una espesa capa de albayalde que lo cubría casi por entero, tan solo escoriada la penetrante blancura por los trazos negros que representaban los arcos de las cejas, dispuestas de forma asimétrica, un rombo dibujado sobre el ojo derecho y una lágrima resbalando del izquierdo, ambos también en el color de la noche, y más abajo el amaranto intenso que hacía brillar sus finos labios. Llevaba siempre la misma camiseta de algodón, muy deslucida, estampada en franjas horizontales que se sucedían, una en blanco y la siguiente en negro, a lo largo de todo el tejido, y sobre la que descollaban los dos tirantes rojos, a juego con los labios, que sostenían sus anchos pantalones de ese mismo color. Su indumentaria de payaso la completaban un sombrero hongo de color negro y unos gigantescos zapatos que mostraban sendos agujeros en cada una de las punteras.

           Sirviéndome de unos prismáticos, yo acostumbraba a observarle desde casa, sentado en una silla y apoyados los codos sobre el alféizar de la ventana para estar más cómodo, en un escrutinio que a veces prolongaba durante incluso horas, embrujado por aquel extraño personaje que en medio de la calle oficiaba de maniquí. Más allá de la mera curiosidad, ignoraba a qué podía obedecer esta actitud indagadora por mi parte, ya que nunca había sido yo lo que se dice una persona fisgona, pero lo cierto era que el mimo despertaba en mí una poderosa atracción, manteniéndome absorto, pegado a los binoculares como si estos fueran una prolongación natural de mis propios ojos. Reconozco que me asombraba su fortaleza de ánimo, reflejada en el hecho de que pudiera pasarse tantas horas de pie, totalmente inmóvil, como detenido en el espacio y en el tiempo, sin exhibir gesto alguno que revelase molestia o cansancio, desafiando con rigor a las arbitrariedades e inclemencias climáticas, pues ya fuese verano o invierno, hiciese frío o calor, el payaso no dejaba de acudir a su cita en la rambla, manteniéndose en su ubicación sin mover un solo músculo, casi sin pestañear, sosteniendo en una de sus manos, enfundadas éstas bajo guantes blancos, una margarita de plástico; sólo se movía de hecho cuando algún transeúnte depositaba una dádiva en la cajita de nácar que había junto a sus pies, en cuyo caso hacía oscilar cómica y repetidamente sus largas pestañas mientras meneaba de lado a lado la cabeza o se quitaba el sombrero a modo de gentil saludo, para volver acto seguido a su rigidez acostumbrada, en la que volvía a sumergirse como un submarino en el piélago. Definitivamente, tanta constancia me admiraba.

           No obstante, por encima de esa portentosa impavidez, sabía que mi atracción se apoyaba sobre otros cimientos más imprecisos, menos obvios, algo que en principio no acertaba a precisar, pero que era lo que en última instancia me hacía agarrarme casi cada tarde a los prismáticos para, ensimismado, observar al hombre estatua, pues no en vano yo había visto ya a otros mimos y, pese a poder elogiar sus técnicas y perseverancia, ninguno de ellos me había llamado tanto la atención como éste.

           Sólo con el tiempo empecé a vislumbrar ese algo más velado, dándome cuenta que fincaba con la profunda tristeza que emanaba de todo su ser, una tristeza que parecía flotar en derredor suyo, como si de la flor plastificada que con su mano sostenía, convertida de este modo en arma detonante, brotase invisible. Sí, al fin lo comprendía, esa tristeza que rezumaba del payaso, tan absoluta que imponía, era en realidad lo que más me fascinaba de él, por encima incluso de su asombrosa quietud. En realidad, era la mezcla de ambas cosas, tristeza y quietud, lo que más me sobrecogía, consciente de que esta última habría por fuerza de actuar como catalizador de aquélla, pues no en vano, pensaba yo, si la tristeza se vuelve movimiento, o cuando menos palabras, tiene a buen seguro que doler menos.

           Con esta convicción, decidí una tarde bajar para contemplarlo más de cerca, de forma que, superando mi timidez congénita, me situé enfrente suyo, a un escaso par de metros, casi tan inmóvil como él, y durante algunos segundos le estuve examinando fijamente, con descaro podría decirse, como quien observa una escultura, sólo que en este caso la talla, pese a todo su embozo, era en realidad de carne y hueso. Confieso que me avergonzaba un tanto este comportamiento mío, pero no podía sustraerme al impulso que me compelía a inspeccionar de cerca aquella estatua humana que con la ayuda de los prismáticos tantas veces escudriñara de lejos. Ahí estábamos los dos, tan juntos que si alargaba la mano podría incluso tocarle. Me pregunté cuál habría sido su reacción de haberlo hecho. ¿Habría abandonado su inmovilidad y silencio para recriminar mi impertinencia? La verdad era que, más allá de las escasas pantomimas que realizaba en señal de agradecimiento, sólo le había visto moverse al llegar y al marcharse cada día, y, por supuesto, nunca había escuchado su voz, de modo que me costaba imaginármela. ¿Sería una voz grave o, por el contrario, atiplada? ¿Tendría algún tipo de acento? ¿Su dicción sería correcta? ¿Tartamudearía? Nada sabía de él, salvo lo que, ya de lejos, ya de cerca, a la vista se me había ofrecido, esto es, su rostro de escayola, su camiseta desgastada, sus zapatones rotos, su estática tristeza, su enguantada mano sosteniendo la margarita de plástico…

           Fue mientras me hacía estas y otras reflexiones, asomado al balcón de sus ojos tristes, cuando algún ignoto sortilegio vino de pronto a encender una luz dentro de mi cerebro, tan potente que por momentos quedé por ella enceguecido, pero que una vez asentada me permitió ver lo que hasta entonces permaneciera oculto en el neuronal laberinto de sombras, haciéndome al fin percibir de un modo claro y preciso el motivo de aquella extraordinaria atracción que sentía hacia el hombre estatua: ¡era un espejo! ¡Sí, era un espejo en el que yo, aun sin ser consciente de ello, me había visto reflejado durante todo este tiempo! Comprendí aterrado que aquella mirada triste de la que brotaba una apócrifa lágrima no hacía sino irradiar una imagen exacta de mí mismo, una reproducción fiel de lo que era mi alma, tan afligida y llorosa como su rostro de albayalde. Comprendí que yo era también un payaso triste, un alma solitaria, frágil y vulnerable como gota de rocío, un ser desnudo de ilusiones, sin esperanza, tan estático como él, rígido sobre mi propio zócalo de sueños marchitos y estériles anhelos. Comprendí que, al igual que mi sorprendente espejo, yo también estaba detenido en el espacio y en el tiempo, y que, del mismo modo que él, sólo aguardaba a que alguien pasase a mi lado para depositar algunas monedas, un signo de afecto, unas migajas de ternura con las que continuar sobreviviendo. Comprendí en definitiva que, aun con distinto disfraz, yo también era una estatua inerte y mustia, algo que en realidad siempre había sabido, pero que mi pensamiento, extraviado en las brumas de la anestesia voluntaria, se negaba a aceptar.

           Reflejado así en los ojos del payaso, vi en su soledad mi propia soledad, y en su tristeza reconocí mi tristeza, y en su inmovilismo advertí la dejadez en que me tenía sumido mi falta de motivaciones auténticas, y en su resignación distinguí la mansedumbre a que mi nulo coraje me condujera. Como un poderoso relámpago, sentí un escalofrío recorriéndome de arriba abajo, producto del estremecimiento que tan grotesca visión de mí mismo trajera consigo. Quise salir corriendo, gritar que no, que yo no era así, que no estaba solo, que dentro de mí no habitaba un ente vacío y desolado, que yo distaba mucho de ser una estatua inmóvil; pero curiosamente no podía moverme, como si la mirada del payaso, tan lánguida, me sujetara sobre la tierra, y los únicos gritos que era capaz de emitir sólo dentro de mi cabeza hallaban eco, gritos silenciosos que me exhortaban a dejarme de sofismas y reconocer la evidencia de mi exclusivo desierto, aquel en el que transitaba sin metas ni horizontes a lomos de la más absoluta de las melancolías.

           Mi espejo y yo, dos estatuas frente a frente, dos almas desterradas del Edén, dos corazones a los que ligaba un cordón umbilical hecho de soledad y desamparo. De mis ojos escapó una lágrima, no era negra como la del payaso, sino transparente y salada, aunque por encima de todo corrosiva, una lágrima acre que fue dejando invisible, pero profunda, rodera a medida que avanzaba a lo largo de mi mejilla….

           Pugnando por vencer el marasmo que me atenazaba, conseguí a duras penas avanzar un paso, extraer mi cartera y depositar un billete sobre la cajita de nácar. El payaso llevó entonces a cabo su habitual rutina para estos casos: hizo aletear sus pestañas y se quitó con elegancia el hongo a modo de saludo; luego, en un murmullo apenas audible, dijo: “gracias”, para volver acto seguido a su inveterada rigidez. Yo pude finalmente darme la vuelta y regresar cabizbajo a casa. Nunca más volví a observarle desde mi ventana.  

 

domingo, 14 de septiembre de 2014

MI MUSA Y YO

 
          Confieso que desde que era adolescente había soñado con tener una musa. Sí, una musa, como suena. Leía o escuchaba a los poetas hablar de ellas e ideaba, fascinado por la iconografía que mi propia imaginación iba forjando, su etérea naturaleza, su esencia mágica, su dimensión hipostática, para dibujarlas luego a mi modo, con delectación casi mística, dentro de un carrusel de ilustraciones que ante mis ojos embebecidos desfilaba entre hilos de purpurina. Imaginaba yo a las musas parecidas a las hadas, entes luminosos y plenos de belleza, pero con el añadido de que, además de amparo y guía en el universo de los sueños, proporcionaban inspiración, siendo casualmente ese el motivo por el que, a mi juicio, jamás había tenido yo maña alguna en las diferentes disciplinas artísticas, la poesía en particular, porque carecía de una musa que me ayudara con su inspirativo soplo. Era por ello por lo que ansiaba tener una para mí, sólo para mí, dedicada en exclusiva a inspirarme, a sembrar de armonía mi mundo, a elevarme más allá de las miserias del día a día hasta un universo henchido de belleza y poesía; pero no la hallaba, lo cual me entristecía y encalabrinaba al mismo tiempo.
           Y así fue justo hasta que conocí a Raquel, la nueva empleada que en mi empresa acababan de contratar para ocuparse de la sección de perfumería. Desde el primer momento que la vi supe que ella era mi musa, la que siempre había esperado, aquella por cuya presencia había deprecado a los dioses de todas las religiones; de hecho, fue encontrarla y notar que mi alma se desaguaba en toda una cascada de versos. ¡Mi musa! ¡Por fin! Parecía flotar mientras andaba, como si la envolviese un aura angelical que la aislase del entorno, protegida en su interior frente a la trivialidad e impureza externas. Yo no me atrevía a decirle nada y dudaba mucho que ella pudiera llegar a fijarse en mí, un simple mozo de almacén, pero no importaba, me bastaba mirarla para sentirme absorbido por un universo distinto, un fulgente universo donde ella lo abarcaba todo, donde la placidez, la belleza y la armonía orbitaban como disciplinados electrones en torno a un sólido núcleo, y donde sus ojos, del color de la esmeralda, venían a ser fuente y receptores al mismo tiempo, los ejes de un circuito de pura luz que culminaba finalmente en su sonrisa, esa sonrisa que al expandirse lograba por sí sola el prodigio de iluminar el mundo.
           Pese a la falta de todo contacto físico entre nosotros, Raquel se convirtió en mi medicina, y puesto que la tenía a ella como tal, no precisaba ya de las odiosas pastillas que desde que mi memoria recordara los médicos me habían obligado a tomar a diario. Mi tía Mercedes las seguía colocando junto a un vaso de agua en mi mesita de noche, tanto a la hora de levantarme como a la de acostarme, pero yo había decidido prescindir de ellas y dejar por tanto de ingerirlas, de modo que, para burlar la castrense vigilancia de mi ruda pariente, las escondía debajo de la lengua y hacía como que las tragaba, para luego, una vez se había ya marchado, escupirlas y arrojarlas directamente por la ventana. ¿Para qué iba a seguir tomando ese veneno que me dejaba medio aletargado cuando tenía a mi musa, cuya sola presencia me proporcionaba de por sí pura energía e inspiración, libre además de perniciosos efectos secundarios? Ella era todo cuanto necesitaba. Podría habérselo explicado así a mi tía, pero a buen seguro que no lo habría entendido, de modo que para qué gastar palabras.
           Yo vivía con la tía Mercedes desde el día en que perdí a mis padres, ambos abrasados durante un incendio que se originó en nuestra vieja casa. Dijeron que el incendio lo había provocado yo tras prender fuego a las cortinas de mi dormitorio, si bien, dado que sólo contaba nueve años, esta pirómana temeridad resultó obviamente inimputable. En cualquier caso, yo he olvidado todo aquello, no recuerdo nada de ningún incendio, ni siquiera recuerdo en realidad cómo eran mis padres, olvido que achaco al atiborramiento de fármacos a que desde entonces me vi sometido. Sólo sé que tras quedarme huérfano marché a vivir con mi tía y comencé un largo periplo psiquiátrico cuyo definitivo diagnóstico fue que mi cabeza no funcionaba bien, que padecía no sé qué anomalía esquizoide, la cual precisaba de un riguroso tratamiento diario para mantenerme dentro de unos cauces emocionales y mentales mínimamente aceptables. No he dejado desde entonces de tomar las malditas pastillas, día y noche, inflado de ellas para contener esa supuesta psicosis mía y que mi mente pudiese reposar en calma. El resultado de tamaña saturación química fue un aturdimiento continuo, disminuida tanto mi agilidad mental como la física hasta extremos tales que me impedían un normal desenvolvimiento en la vida, convertido a la sazón en un ser solitario, sin amigos, arrumbado por todos, de fracaso en fracaso, sin más entretenimiento que pasarme las horas frente al televisor y, sobre todo, la poesía, en cuyas aguas comencé a bucear desde niño y que terminó convertida en mi principal antídoto frente a la soledad, el fértil venero donde hallé consuelo a mis cuitas, el refugio donde evadirme de un mundo que no estaba hecho a mi medida. Devoraba con fruición cada poema, cada estrofa, cada verso, los cuales cobraban vida dentro de mi cabeza para deslizarse entre meandros zigzagueantes a cuyos márgenes brotaban de repente torres de marfil, enredaderas imposibles, parterres coloridos, barcos pirata, corazones con alas, todo un espectáculo rutilante que servía de fanal a mis tinieblas interiores. El turbión de hormonas propio de la adolescencia me instigó a emular a esos mismos bardos de cuyas fuentes yo bebía a todas horas, quise como ellos ser poeta, escribir versos mediante los que exteriorizar mis sueños infecundos; pero todo intento devino estéril, no podía, no era capaz de crear esa misma belleza de la que yo me embriagaba a través de la pluma de otros, y achaqué esa incapacidad a la ausencia de una musa en mi vida cuyo aliento me transmitiese la necesaria inspiración. Entretanto aparecía esa musa tuve que renunciar a mi idea de convertirme en poeta, como asimismo me fue forzado abandonar el colegio una vez terminada la enseñanza obligatoria, dada mi manifiesta incapacidad para los estudios, en gran parte por el embotamiento que me suponía la ingesta diaria de medicamentos, por lo que terminé convertido en un parásito inútil, sin oficio ni beneficio, hasta que algunos años después los servicios sociales me consiguieron un empleo como mozo en unos grandes almacenes de mi ciudad.
           Y de repente, a mis veintidós años, mi vida daba un inesperado vuelco y abandonaba los grises páramos donde hasta entonces se desenvolviera para enfocar horizontes mucho más promisorios. Me sentía más ágil, más desenvuelto y perspicaz que nunca, con una energía interior que jamás creí pudiese albergar mi feble organismo. Lamenté no haber dejado antes de tomar las malditas pastillas. Lástima de tiempo perdido. Pero no importaba, lo importante era el presente, un presente luminoso en el que no necesitaba pastillas, sólo la necesitaba a ella, a Raquel, mi maravillosa musa de ojos verdes.
          Yo me fijaba en ella a todas horas, aunque a hurtadillas, claro, con sumo cuidado de que mi escudriñadora presencia pasase desapercibida. Me encantaba observarla desde la distancia, recrearme en el arqueado de sus labios al sonreír, en el movimiento de sus manos mientras trasegaba con los perfumes, en la ondulación de su cabello castaño, que emitía brillos iridiscentes cuando al trasluz era enfocado; incluso algunas veces me atrevía a pasar cerca de donde ella estaba para absorber durante breves segundos el exquisito aroma que expelía su piel, más fragante en sí mismo que toda la pléyade de perfumes que la rodeaba…. Lo único que me molestaba era comprobar cómo, además de mis ojos, también los de otros hombres la sometían a constante escrutinio. Ella no parecía darse cuenta, pero tanto clientes como compañeros de trabajo detenían a menudo la mirada en diversas partes de su anatomía, con la salvedad de que, a diferencia de como yo lo hacía, no la contemplaban en calidad de musa delicada e inspiradora, sino que su interés estaba viciado por lo que sin duda era una obscena lujuria, de tal modo que, lejos de examinar como yo sus manos, su cabello, sus ojos o su refulgente sonrisa, venían las suyas a ser unas miradas lascivas, miradas que con total impudicia la desnudaban de arriba abajo para contemplar sus prominentes pechos, sus piernas torneadas, su culo respingón o los arcanos de su sexo, con el lúbrico deseo de poder invadirlo con sus lenguas saburrosas y sus penes erectos. Eran miradas sucias, miradas que me causaban mucha irritación y suscitaban en mí unos incoercibles deseos de arrancarles los ojos a todos.
           Una tarde coincidí con Raquel a la salida del trabajo y me sonrió. El tiempo se detuvo para mí durante ese arrebatador instante, encontrados sus ojos con los míos en unas coordenadas únicas e irrepetibles, un solo segundo que se convirtió en infinito, detenido el tiempo mientras su boca se abría para que sus labios volaran en esa sonrisa de luz que iba dirigida a mí, sólo a mí. Esa sonrisa me hizo feliz. Durante días me sentí en una nube, flotando sobre jardines, serrijones, sotos y salcedas donde ella, mi musa, esparcía su mágica naturaleza para inspirarme los versos más deliciosos.
           Comencé a seguirla a la salida del trabajo para procurar nuevos encuentros, si bien, lejos de producirse éstos, vine a percatarme de que ella tenía una tendencia casi irresistible a sonreír, de modo que eran muchos quienes recibían el regalo de sus labios desplegados en sonrisa, no sólo yo, y eso me causaba cierta congoja, ya que por momentos, en mis utópicos sueños, había empezado a fantasear con la idea de ser único para ella, el único beneficiario de su inspiración divina, el receptor único de todas sus atenciones y dádivas. Pero lo que más me seguían mortificando eran las miradas, esas miradas que le lanzaban cada dos por tres, aquellos repelentes ojos que se volvían a su paso para taladrarla, para indagar con lujuria por debajo de su ropa. Decidí que tenía que ampararla, convertirme en su paladín para protegerla de todo aquel que pretendiera mancillar su empírea naturaleza. Pero ¿cómo?, ¿cómo protegerla de esas miradas asquerosas? Para un simple mortal como yo resultaba muy ardua la tarea de velar por su musa, no sabía cómo actuar, me notaba torpe, obtuso, perdido en un laberinto de indecisión del que no era capaz de salir, bloqueado por una sensación de impotencia que estaba volviéndome loco, llegando incluso a escuchar voces dentro de mi cabeza, voces que me decían cosas extrañas, que se reían de mí, de mi insignificancia, voces que, socarronas, gritaban que ella, mi musa, prefería en el fondo a cualquiera de esos gañanes que la miraban con lujuria antes que a mí, contingencia que, al tiempo que me desesperaba, venía a inundarme de amargura.
           Cierta tarde, mientras andaba aplicado en mi labor de seguimiento, advertí que Raquel se encontraba con un hombre que parecía haber estado aguardando su llegada, un tipo alto enfundado bajo un abrigo azul marino que, para mi sorpresa, la tomó acto seguido entre sus brazos y, sin más preámbulo, vino a depositar un efusivo beso sobre sus labios. Me quedé atónito. ¿Era cierto lo que estaban viendo mis ojos o se trataba de algún tipo de espejismo generado por duendes siniestros? Lo peor era que ella no sólo no rechazaba, colérica, aquel clamoroso ultraje, sino que parecía aceptarlo con fruición, así al menos lo testimoniaba el insólito brillo que de pronto se pusieron a irradiar sus ojos. Como si de un afilado cuchillo se tratase, aquella visión me atravesó de parte a parte y, de esta forma herido, comenzó mi corazón a sangrar a chorros, litros de sangre que a cada latido se derramaban infectados de veneno para emponzoñar todo mi organismo. Aun lacerado por el dolor, pude fijarme más detenidamente en el hombre y comprobar que era también empleado del centro comercial donde Raquel y yo trabajábamos, en concreto en la sección de deportes, curiosamente además uno de los que yo había sorprendido mirándola con sucio deseo. ¿Por qué?, me pregunté. ¿Por qué un ser angelical como ella se entregaba a un depravado como ese? Un absoluto aturdimiento se apoderó de mí, no entendía nada, todo era confuso y descabellado, ajeno a cualquier lógica poética, y en sintonía con este desconcierto me sobrevino asimismo una brutal apatía, una especie de marasmo que parecía pugnar por anclarme a la tierra e impedirme mover un solo músculo del cuerpo; no sé de hecho de donde saqué las fuerzas necesarias para seguirles como lo hice. Iban cogidos de la cintura, riéndose, caminando con indolencia, sin prisa alguna, deteniéndose cada pocos metros para volver a fundir sus labios en nuevos besos que no eran sino envenenados puñales que con sevicia destazaban mi alma. Luego les vi meterse en un cine, del que al cabo de dos horas salieron de nuevo, juntos, sonrientes y abrazados. Mi musa. ¡Mi musa abrazada a aquel repugnante tipejo! Aquella estampa trajo a mi ánimo la triste consciencia de mi propia pequeñez, haciéndome percibir que yo no era en el fondo sino una mera sombra, alguien sin realidad ni sustancia.
           Durante los días siguientes se intensificaron las voces dentro de mi cabeza, cada vez más pugnaces y burlonas; grotescas voces que recalcaban mi nimiedad y las miserias que poblaban mi existencia, voces que se reían de mí, tildándome de iluso, de débil, de necio. Yo no quería oírlas y con ambas manos presionaba con fuerza sobre mis oídos para silenciarlas; pero era inútil, las voces venían de dentro y no había forma humana de hacer que se callasen. Mi carácter se fue agriando a consecuencia de todo ello, me volví más huraño y malhumorado, un solitario montaraz en cuyo interior no dejaban de hervir biliosos fermentos. Mi tía pareció sospechar que algo no andaba bien y con evidente recelo me preguntaba una y otra vez cómo estaba, aduciendo que me notaba muy raro. Yo creo que empezaba a sospechar que no tomaba las pastillas, pues su vigilancia se hizo más estrecha, hasta el punto que luego de cada supuesta ingesta permanecía todavía un rato más en mi dormitorio, como si no acabara de convencerse, y se quedaba mirándome con cara de idiota, o me hacía preguntas absurdas a las que yo respondía con desgana, obstruida en sus movimientos mi lengua por su labor de retención y ocultamiento de las grageas, ansioso de que se marchara cuanto antes para poder escupirlas y quedarme de nuevo a solas conmigo mismo. Confieso que en esos momentos me entraban unas terribles ganas de estrangularla. ¿Por qué no me dejaba en paz?
           Una noche en que el reconcomio me estaba resultando especialmente acerbo, incapaz de dormir ante el acoso de los implacables demonios empeñados en hacer girar las ideas dentro de mi cabeza como delirante tiovivo, percibí de pronto un delgado rayo de luz que se proyectaba a través de las cortinas del dormitorio. Mi mente lo dibujó como una espada de bruñida hoja que la luna me enviaba para que con ella hiciese frente a mis enemigos, imagen convertida al instante en revelación indicativa de lo que debía hacer. Al día siguiente aguardé en el almacén la llegada del compañero de la sección de deportes, sabedor de que cada tarde éste, al finalizar la jornada de trabajo, bajaba a hacer una última comprobación del género antes de marchar para casa. Aquella tarde en concreto no faltó a su rutinaria revista, momento que aproveché yo para, debidamente apostado tras una columna y tras cerciorarme de que no había nadie más en los alrededores, lanzarme sobre él y aplicar sobre sus fosas nasales un pañuelo que previamente había empapado en cloroformo. Quedó al momento inconsciente, desplomado sobre mis brazos como un pelele. Pesaba bastante, pero me esforcé en arrastrar su cuerpo inerte hasta el garaje anexo al almacén, donde lo introduje en una de las furgonetas que habitualmente utilizábamos para transportar material de una sucursal a otra, en cuyo interior le amordacé y até sus extremidades de forma que apenas pudiera moverse en caso de despertar. Esa tarde tenía yo previsto hacer un par de entregas, labor que, en efecto, llevé a cabo, pero luego, en vez de regresar directamente para estacionar de nuevo la furgoneta en el garaje, conduje hasta una casa de campo que mi tía poseía en las afueras, a la que acudíamos en ocasiones para pasar los fines de semana, especialmente en primavera y verano. Cuando llegué allí, mi enemigo seguía aún inconsciente, pero le apliqué pese a ello un poco más de cloroformo, a fin de asegurarme que no despertara hasta que llegado fuera el momento oportuno. Le quité la mordaza de la boca y mediante un grueso correaje le amarré a un poste de madera que servía de contrafuerte en una habitación que usábamos como trastero para, entre otros cachivaches, guardar los aperos de labranza antaño usados por la familia. Una vez bien sujeto, le eché un cubo de agua fría sobre la cara para que recobrase de una vez el conocimiento. Cuando lo hizo, me miró con absoluto aturdimiento, sin por lo visto comprender aún lo que estaba sucediendo; ni siquiera parecía reconocerme, como demostraba el hecho de que no hiciese más que preguntar quién era yo y que por qué lo había secuestrado. ¿Tan insignificante era para él que nunca había advertido mi presencia en la empresa? Me acerqué y puse la cara a apenas un palmo de la suya, para que así pudiese observar con mayor nitidez mis rasgos, pero ni por esas daba muestras de conocerme. Personalmente, juzgué ese desconocimiento como un desaire hacia mi persona, lo que vino a encalabrinarme todavía más, de modo que decidí no responder a sus preguntas. Exasperado por mi silencio, comenzó a proferir vehementes gritos con los que dio rienda suelta a un sinfín de imprecaciones y nuevos interrogantes; pero yo no entendía nada de lo que decía, tan solo veía salir de su boca repugnantes lagartos, cada palabra que vertía se convertía al instante en una tarasca inmunda que proyectaba sobre mí para hacerme daño, asquerosos reptiles cuyas acometidas a duras penas conseguía yo esquivar. Confieso que aquel aluvión de engendros me aterrorizó, pues me di inmediata cuenta de que el ser que había traído a casa no era un hombre, sino un demonio, un atroz demonio que a buen seguro habría segado vidas y almas a lo largo de su nefanda existencia.
           Comprendí entonces que mi vida corría serio peligro y, lo que era aún más grave, también la de Raquel, mi angelical y adorada musa, convertida en punto de mira de aquel avieso leviatán, de modo que, sin pensarlo dos veces, tomé el hacha que, bajo una profusa red de telarañas, descansaba en una esquina de la pieza y la hinqué directamente en su infecta boca, dispuesto a silenciarla para siempre y evitar así que prosiguiese su repulsivo bombardeo. La hoja atravesó encías, dientes y mandíbula, haciendo emerger a chorros la sangre desde la boca sajada. Era roja, como la humana, pero ese detalle no me llevó a confusión alguna, revelada que me había sido ya la verdadera naturaleza demoníaca de aquel ente. Extraje la segur y le asesté con ella un segundo golpe, más poderoso que el anterior, que separó de cuajo cabeza y tronco, cayendo la primera sobre el glutinoso charco escarlata que se iba formando en el pavimento. Sólo entonces suspiré aliviado. Raquel y yo estábamos a salvo. Comprendí que había tenido mucha suerte de poder capturar a la bestia y acabar con ella antes de darle tiempo a usar sus poderes para contrarrestar mi ataque, ¡muchísima suerte!, incluso me asombraba de mi ingenuidad al haberle atado con unas simples cuerdas cuyos nudos, de haberle dado más tiempo luego de consumido el efecto narcótico del cloroformo, a buen seguro habría deshecho con facilidad, en cuyo caso hubiera sido mi cabeza y no la suya la que terminase rodando por el suelo. Empezaba justo ahora a entender muchas cosas que hasta entonces no me habían cuadrado, entre otras la razón por la que Raquel parecía estar a gusto junto a un individuo en principio tan baladí, horro de cualquier aparente encanto, razón que no podía ser otra sino el hechizo que sobre ella debió haber lanzado en uso de sus diabólicas artes. Sí, ahora lo comprendía. Pero se acabó, ya nunca más volvería a hacer daño a nadie, yo había derrotado al demonio, lo había enviado de nuevo al averno de donde jamás debió salir, cumpliendo así con mi función protectora respecto a la musa que me servía de inspiración y estímulo. Este pensamiento se tradujo en una plácida sensación de equilibrio que me llenó de orgullo, ufano de haber cumplido mi parte en aquella fascinante simbiosis que mantenía con Raquel, donde ella me ofrecía su inspiración divina y yo a cambio ejercía de caballero a su servicio, presto a protegerla contra cualquier asechanza maligna mientras las fuerzas me acompañasen.
           No podía de todas formas dormirme en los laureles, se hacía tarde y aún tenía trabajo pendiente, concretamente el de deshacerme de los repugnantes restos de aquel ser inmundo, por lo que me puse a trocear su cadáver en abundantes pedazos que introduje luego dentro de una holgada bolsa de plástico. Lo metí todo en la furgoneta y conduje hasta un embalse cercano, en cuyas aguas más profundas arrojé el fardo, no sin antes depositar dentro un buen surtido de pesadas piedras que habilitaran su definitivo hundimiento hasta el fondo. Sólo entonces di por cumplida mi misión y pude respirar satisfecho. Había liberado a mi musa de las garras de aquel ente perverso, ahora volvería a ser otra vez todo como antes y las voces dejarían de zumbar dentro de mi cabeza.
           Eso era al menos lo que yo creía. Pero no fue así, y no lo fue porque a las pocas semanas volví a sorprender a Raquel en compañía de otro hombre, con el que de nuevo pude observar que mantenía una actitud en exceso cariñosa y coqueta, para nada acorde con la seráfica condición que se le supone a una musa. Y por si no fuera suficiente con este segundo galán, días más tardes hizo aparición también un tercero. ¿Qué estaba pasando? ¿Acaso toda una legión de demonios conspiraba contra mí para arrebatarme a mi musa? Estos últimos no formaban parte de la plantilla de la empresa, al menos yo no los había visto antes, de modo que eran enteramente desconocidos para mí. Pero eso daba en el fondo igual, lo que de verdad importaba era que pretendían arrebatarme a mi musa y eso yo no podía consentirlo, tenía que protegerla como fuese contra las asechanzas de esos seres infernales. Pero ¿cómo? No podía matarlos a todos. Aquella situación parecía sobrepasar el límite de mis fuerzas, lo que me resultaba angustioso al máximo, emponzoñado además que estaba por el clamor constante de las voces dentro de mi cabeza, más atronadoras que nunca, burlonas y crueles.
           Me di cuenta que la única solución era proteger a Raquel de sí misma, ya que vi claro que con su actitud ingenua e indulgente iba a estar todo el tiempo atrayendo nuevos demonios alrededor suyo, sin darse cuenta del enorme peligro que corría. Este convencimiento fue el que me llevó a planear y ejecutar en esta ocasión su propio secuestro, empleando para ello un método similar al llevado a cabo con el engendro que escupía reptiles por la boca, y así, al igual que a éste, la conduje hasta la casa de campo, donde estaría a salvo. En lugar del poste que me sirviera para inmovilizar al demonio, para Raquel elegí el lecho más confortable de la casa, sobre el que dispuse con sumo cuidado su adorable cuerpo, atándole acto seguido las manos a la cabecera y los tobillos a las barras que guarnecían el pie de cama, si bien, receloso de que su naturaleza extraordinaria le confiriera poderes paranormales capaces de deshacer los nudos, no lo hice con cuerdas, sino que me serví de unos argollas de hierro que se guardaban en las cuadras, una especie de cepos usados al parecer por mis antepasados para la caza furtiva, los cuales me permitieron asegurar sus extremidades a la yacija, brazos y piernas bien sujetos y separados, sin temor de que pudiera escapar. No era esa una postura muy digna para una musa, de acuerdo, pero yo lo hacía por su propio bien, para protegerla, loable fin que por sí mismo excusaba los medios empleados, de manera que en el fondo debía estarme agradecida.
           Y, sin embargo, no parecía estarlo, como testimoniaban los chillidos e insultos que no cesó de dirigirme en cuanto despertó, feas imprecaciones que, por el hecho de provenir de ella, se me clavaban en el alma como dolorosas saetas. A fin de tranquilizarla, le suministré unos cuantos comprimidos de los que yo solía tomar, confiando en que su efecto sedante detuviese esa avalancha de improperios que brotaba vehemente de su boca. Quizá, no obstante, le di más de lo debido, pues lo que terminó fue cayendo en un sopor tan profundo que tuve que abofetearla varias veces para que recobrara la consciencia. Cuando lo hizo, sin embargo, lejos de mostrarse apaciguada, volvió a iniciar la retahíla de insultos y descalificaciones hacia mi persona. Pero ¿por qué? ¿Por qué me decía esas cosas tan horribles? Y entonces, mientras desesperado me hacía dicha pregunta, caí en la cuenta de que en realidad no era ella la que hablaba, sino que algún espíritu demoníaco se había introducido dentro de su cuerpo para poseerla y obligarla a decir toda esa sarta de desatinos.
           Tenía que hacer algo para evitar que el ente poseedor continuara sirviéndose de ella para proferir semejantes barbaridades. Y no lo dudé. Dado que el demonio estaba actuando por medio de su lengua, agarré un cuchillo de la cocina y se la arranqué de cuajo. No me tembló la mano, ya que yo sabía que los seres empíreos como ella gozan del privilegio de no sufrir dolor, de manera que, por más que la abundante sangre que manaba de su boca pudiera hacer pensar que sufría, yo estaba convencido de que no era cierto, que mi musa no estaba sintiendo padecimiento físico de ninguna clase.
           Una vez cesó la hemorragia volvió a quedar inconsciente. Mis labios dibujaron una sonrisa de complacencia al comprobar cómo dormía, libre ya de la diabólica posesión que tanto la atormentara. Yo me sentía ufano y feliz de haber cumplido con mi labor de protegerla en nuestro tácito contrato, del mismo modo que ella cumplía con creces la suya al obsequiarme con su portentosa inspiración. Ahora descansaba. ¡Se la veía tan mirífica, tan adorable!
           Durmió durante varias horas seguidas, tanto que al final tuve que despertarla, ya que se me hacía tarde y debía regresar al almacén para dejar allí la furgoneta antes de retirarme a casa. Comprobé que, una vez recobrada la consciencia, Raquel ya no decía nada, lo que me acabó de convencer respecto al logro de mi objetivo de haber eliminado o cuando menos ahuyentado al malévolo ser que la tuvo dominada a través de la lengua. Este convencimiento me alivió bastante. Eso sí, su silencio iba acompañado de un abandono preocupante, sumida que había quedado en una especie de incuria que daba la impresión de tenerla alejada de allí, perdida quizá en algún lugar remoto, como parecía atestiguar esa mirada ausente que ahora exhibía, una mirada sin fijación alguna, velada por los nebulosos jirones de un vacío insondable, una mirada de ojos vacuos, sin brillo, acerba y distante como la que Neruda describe en los versos de su poema quince, con la salvedad de que, al contrario que al poeta, a mí no me agradaba esa mirada desierta, sino que me provocaba angustia y pesar, no en vano a través de ella percibía la presencia de ignotas fuerzas empecinadas en arrebatármela, en robarme a mi adorada musa. Pero ¿qué más podía hacer yo? De momento no se me ocurría nada nuevo, por lo que me limité a curar con sumo cuidado las heridas de su boca y darle algunas pastillas más para que estuviese tranquila y pudiera dormir bien por la noche. Luego me marché, portando conmigo encontrados sentimientos, feliz por una parte, entristecido por otra.
           Cuando regresé al día siguiente la encontré forcejeando con intención de desprenderse de los grilletes. Eso me asustó. Para una persona normal resultaría de todo punto imposible zafarse de sujeciones tan férreas, eso lo tenía yo claro, pero ella no era una persona normal, ni siquiera podía en sentido estricto considerarse una persona, sino que era un ser sobrenatural y, por tanto, plenamente capaz de muchas proezas que a los humanos nos estaban vedadas, más aún si se hallaba poseída por demonios, como daba la impresión de seguir estándolo. Era obvio que yo había sido un inconsciente al dejarla sola. Pensé que estaría a salvo, pero me equivocaba, no había duda, y ahora tenía que actuar con rapidez para solucionar mi evidente torpeza. Más asustado que nunca, tomé el hacha y, sin pensármelo dos veces, le corté ambos pies. Me dio mucha pena tener que hacerlo, ya que sus pies eran muy bonitos, unos pies pequeños y delicados, acordes con su idílica naturaleza; pero me había visto obligado a ello, las circunstancias eran apremiantes y exigían drásticos remedios. Al menos me consolaba pensando que no sufría dolor alguno, dada su inmunidad en ese sentido.
            Esta vez me costó muchísimo cortar la hemorragia. Tuve de hecho que practicar varios torniquetes y aplicar numerosas gasas hemostáticas sobre la herida para conseguir que dejase de manar la sangre a borbotones. Yo acabé exhausto y ella de nuevo se desmayó. Viendo su estado, decidí que ese día no le suministraría ningún comprimido tranquilizante, de modo que, sin más, me marché a casa, muy consternado por lo acaecido, aunque con la satisfacción que suscita el deber cumplido.
           El tercer día la noté terriblemente demacrada, ensombrecido el rostro por unas profundas ojeras que le conferían un aspecto lúgubre, como sacado de oscuras estampas góticas. Quise darle de comer, pero rechazaba los alimentos que yo le ofrecía, apretando sus labios con una fuerza tal, que resultaba muy complicado introducir a través de ellos la cuchara. Preferí no forzarla, a fin de cuentas las necesidades orgánicas de una musa no tienen por qué coincidir con las de los simples mortales. Le quité, eso sí, las vendas y observé que sus muñones estaban muy tumefactos; parecían infectados. Pobrecilla. Me daba mucha lástima. Me miraba desde el fondo de unos ojos opacos que me hacían sentir muy mal, tan mal que apenas si podía yo por mucho tiempo sostener esa mirada ausente, vacía, desposeída de cualquier tipo de chispa vital; nada parecía de hecho quedar en aquellos ojos de su prístina dulzura, esa dulzura angelical que tanto me cautivara... No, no me gustaba esa mirada. ¿Cómo podían sus ojos enfocar de ese modo tan tétrico? Ni siquiera parecían ser ya sus propios ojos…. Quizá, pensé, no lo fueran en realidad, quizá los demonios se valían ahora de sus ojos como antes se habían servido de su lengua.
           Muy a mi pesar, me dirigí de nuevo a por el cuchillo. Tenía que hacer algo con esos ojos. Tenía que seguir protegiendo a mi musa.