sábado, 6 de diciembre de 2014

REINVENTANDO A MADAME BOVARY


           Laura acababa de dejar el libro sobre la mesa. Era un ejemplar de bolsillo, de pasta blanda y letra impresa casi en miniatura, como huellas de insectos.

                 —¿Acabaste ya “Madame Bovary”? —le preguntó Carlos, su marido, quien en esos momentos apuraba un vermú cómodamente ancorado sobre su sillón relax.

           Sí, justo ahora.

           Teniendo en cuenta que te lo has terminado en sólo dos mañanas, imagino que te habrá encantado.

           Así es. Me ha parecido fascinante, la mejor novela que he leído en mi vida... Ya la leí hace años, pero esta nueva lectura ha sido especial.

           —¿Y eso por qué?

           Digamos que era para mí casi una necesidad.

           —¿Necesidad? No te entiendo, Laura. Sólo es un libro.

           Da igual… En todo caso, me dejó un regusto amargo el final.

           Sí, convengo en que es un final triste.

           Yo lo habría escrito de otro modo.

           Carlos enarcó sus pobladas cejas en un gesto de sorpresa.

           —¿De otro modo? ¿No me digas que corregirías al propio Flaubert?

           No, no es eso. Literariamente hablando, la novela resulta impecable; lo que he querido en realidad decir es que yo habría actuado de modo distinto a como lo hizo Emma.

           —¿Qué quieres decir con que actuarías de modo distinto?

           Pues que, en lugar de suicidarme, habría optado por matar a todos los que me habían sumido en esa situación de infelicidad y desesperación. 

           —¡Qué radical!

           —¿Acaso quitarse la vida no lo es?

           Visto así, sí, claro que lo es.

           Pues eso, que yo me los habría cargado a todos, comenzando por el lechuguino de Rodolfo, siguiendo por el cobarde de León y añadiendo a la lista al miserable de Lhereux, al petulante de Homais y al baboso del notario Guillaumin

           Carlos silbó sobre su butaca.

           Veo que no dejarías títere con cabeza.

           Laura le miró de soslayo e hizo una mueca de desdén.

           ­—Todos se lo tendrían merecido… Incluso el marido, tu tocayo.

           —¿También él? ¡Pero Charles Bovary era un buen hombre!

           Era un hombre débil y sin ambición, el mayor causante en definitiva de la infelicidad de Emma…  Manso y estúpido como un buey. Su propio apellido así lo identifica: Bovary, que deriva de bovarium, o sea, buey.

           Vaya, desconocía esa etimología… Aun así, yo sigo viendo a Charles Bovary como un buen hombre y a la postre otra pobre víctima. Vale, admito que le faltaba carácter e iniciativa, pero de ahí a merecer la muerte...

           No supo nunca hacer feliz a Emma, no fue capaz de entenderla, en ningún momento de su vida logró

           La acalorada exposición de Laura fue interrumpida por el chirriante sonido del teléfono. Ambos esposos se miraron sin decir nada durante algunos segundos, sorprendidos por la imprevista irrupción sonora.

           Voy a cogerlo —anunció Laura.

           Pero Carlos, como activado por un resorte, se incorporó de su asiento para anticiparse y atajar la determinación de su esposa.

           No, ya lo hago yo —dijo con evidente nerviosismo, como si a su pensamiento hubiese arribado una posibilidad que de súbito lo inquietara.

           Los ojos de Laura brillaron durante un breve intervalo de tiempo, un brillo que denotaba astucia, pero resultó tan fugaz que Carlos ni siquiera lo notó.

           Está bien —cedió ella—. Yo iré preparando la comida.

……..

            Sí, dígame —dejó caer Carlos sobre el auricular el típico introito de las conversaciones telefónicas, una vez se hubo cerciorado de que Laura entraba en la cocina. 

           Hola, Carlos. Soy Emma —se oyó una voz femenina al otro lado de la línea.

           “¡Emma!”, repitió Carlos con el pensamiento mientras a su alrededor proyectaba miradas furtivas, miradas que desembocaron finalmente en el libro cuya lectura tan absorbida tuviera a su esposa hasta hacía apenas unos instantes. Curiosa coincidencia de nombres, pensó al asociar a la protagonista de dicho libro con la mujer que desde el otro lado de la línea telefónica acababa de saludarle.

           Aguarda un par de minutos —dijo en voz tan baja que no pasó de ser un mero susurro, para luego, sin aguardar respuesta y apretando con fuerza las manos sobre el micrófono del aparato, añadir en tono mucho más alto: —¿Cómo? Ah, pues no sé qué decirte, voy ahora mismo a comprobarlo—, dicho lo cual depositó con cuidado el teléfono sobre la mesa auxiliar y se dirigió a la cocina, donde Laura andaba sazonando los filetes de buey que pensaba preparar para la comida.

           —¿Quién ha llamado? —preguntó ésta con aparente indolencia.

           Nada, de mi despacho, interesándose por ciertos datos de unos documentos que traje a casa para estudiarlos más a fondo…. Voy al dormitorio, que los tengo allí. 

            Segundos después volvía a pasar por la cocina, camino otra vez del salón principal, portando consigo una serie de papeles.

           Ignoraba que guardases en casa documentos importantes del trabajo.

           Bueno, no son tan importantes… Además, así puedo trabajar también en casa.

           Con los documentos en la mano, Carlos se encaminó de nuevo hacia el teléfono, no sin antes haber cerrado del todo tanto la puerta de la cocina como la del propio salón.

           —¿Continúas ahí? —preguntó en voz muy baja, aferrando con fuerza el auricular y apretándolo contra su oído derecho.

           Sí, aquí sigo.

           —¿Por qué demonios llamas a casa? Ya te dije que no deberías hacerlo nunca.

           Ah, comprendo, debo interpretar mi papel de “la otra”… Supongo que está contigo tu mujercita.

           Pues claro que Laura está aquí. ¿Dónde iba a estar? Esta es su casa tanto como la mía.

           Me prometiste que ibas a dejarla.

           Pues claro que te lo prometí, y lo haré… Pero necesito más tiempo.

           Me estás dando largas, Carlos. Tu postura es muy cómoda: en casa tienes a tu mujercita y fuera de casa me tienes a mí, a tu amante, la otra.

           Bueno, bueno, no saquemos las cosas de quicio… Ya hablaremos esto con calma en un lugar más apropiado. Aquí sabes que no puedo hablar.

           Lo siento, Carlos, pero yo no puedo más, no puedo seguir con esta situación clandestina… He tomado la decisión de dejarte y no volver a verte. Para eso precisamente te llamaba….

           Pero Emma ­—le interrumpió Carlos

           Ni Emma ni nada. He conocido a otro y deseo tener una vida plena con él, una vida sin mentiras, sin ocultaciones, sin tener que esconderme como si fuese una delincuente.

           Emma, Emma…, no creo que hables en serio, piensa en lo nuestro.

           Lo nuestro se acabó, Carlos. Adiós, que te vaya bien —y colgó el teléfono de un modo súbito.

           Los instantes posteriores a este abrupto colofón fueron de total desconcierto para Carlos, quien no acertaba a entender la, a su juicio, desaforada actitud de su amante. ¿A cuento de qué esa pataleta cuando sólo tres días antes gemía de placer entre sus brazos? Enfocó entonces su pensamiento al pasado para evocar los momentos vividos con Emma, el modo en que se conocieron, sus encuentros furtivos, las húmedas noches de estío en hoteles de la periferia… Tuvo que reconocer que Emma había sido para él algo así como el fuego de Prometeo, en cuanto a que, cuando su corazón se deslucía en los eriales de una existencia anodina, ancladas que quedaran desde hacía tiempo sus ilusiones en el mar de los sueños extinguidos, ella lo había devuelto a la vida. Le costaba aceptar que de la noche a la mañana tal fuego pudiera haberse sofocado. No, definitivamente no era posible, aquello tenía que ser tan solo el fruto de una circunstancial sensación de despecho, una rabieta que se le pasaría pronto, él se encargaría de convencerla para que de nuevo las aguas volvieran a su cauce.

           La distante voz de Laura le sacó de estas divagaciones para traerlo de vuelta a la realidad:

           —¿Todo bien, cariño?

           Sí, todo bien, cielo —respondió mientras lentamente se dirigía a la cocina—. Estos del despacho, ya sabes, que se ahogan en un vaso de agua. ¡Mira que llegan a ser pesados!

           Desde el dintel de la puerta miró lentamente a su esposa, quien en esos momentos maceraba la carne tras haber esparcido sobre ella el contenido de un frasco azul que viniera lacrado con cera amarilla.

           No te preocupes, Carlos, verás como ya no te vuelven a molestar más.

           El marbete que identificaba los polvos blancos del envase lo había tirado, hecho una bola, a la basura. La palabra arsénico venía escrita en francés. 

          

lunes, 10 de noviembre de 2014

DESDE LA BOTELLA


   
        Ninguna novedad era que el viejo despertase con resaca, no en vano así lo viene haciendo casi a diario desde hace mucho tiempo; más aún, dicha resaca es en realidad la continuación de una misma y perenne borrachera, con la que lleva años a cuesta, la que ha convertido su sangre en un compuesto viscoso donde el alcohol constituye el componente más destacado.

           Esta yuxtaposición de borrachera y resaca hace que despierte asimismo desorientado, con un embotamiento tan mayúsculo que a duras penas llega a ser consciente de quién es o dónde se encuentra, y aunque finalmente caiga en la cuenta de que está en su casa, tendido sobre su mugrienta yacija, sigue sin recordar cómo ha llegado hasta allí, si por su propio pie o conducido por algún otro, ni siquiera sabe en realidad si se quedó dormido la noche previa o si, por el contrario, lleva ya varios días seguidos entregado al sueño. Qué más da en cualquier caso.

           Un gruñido seco da paso a una sucesión de toses que se prolongan durante más de medio minuto. Sólo tras este acceso se aplica a la tarea de abrir los ojos, lo que le exige un cierto esfuerzo, pues no en vano las legañas cubren aquéllos como arañas pegajosas. La luz filtrada por una de las ventanas se los hiere, obligándole a presionar sobre ellos las palmas de las manos. Un nuevo golpe de tos seca le asalta entonces hasta provocarle náuseas. A duras penas consigue escabullirse de la lardosa sábana que cubre su enjuto cuerpo para marchar a trompicones hasta el lavabo; el contacto del agua fresca sobre la cara le produce una momentánea sensación de alivio, por más que no elimine el dolor de cabeza ni la sequedad de su boca. Se pasa la lengua por las encías descarnadas y nota un sabor agrio que a punto está de hacerle vomitar, si bien sólo son un par de escupitajos los que al final salen por su boca, una flema viscosa que segundos después flota trémula sobre el líquido del inodoro.

           Por todos los rincones de la casa se apilan botellas, la mayor parte de ellas vacías, estelas de vidrio que dan fe del particular microcosmos del que derivan, testimonio de una vida, la del viejo, enfocada casi en exclusiva a satisfacer un idilio, el suyo con la botella, que se remonta ya a muchos años atrás, tantos que todo recuerdo de sus orígenes aparece caliginoso, apenas definido entre la niebla, imágenes tan difusas que su mente deteriorada ya no es capaz de precisar.

           De todas formas, el hecho de haber olvidado los inicios no le impide atisbar el final, que lo vaticina envuelto en dolor y convulsiones, guiado por un agónico delirio que, a través de desgarradores espasmos, encauzará su cuerpo y su alma hasta los confines donde gobierna la definitiva oscuridad. Lo sabe a ciencia cierta porque ha sido ya testigo de similares ocasos, partidas de cofrades que tuvieron lugar entre horribles estertores y atroces estremecimientos. Es el sino de los que, como él, vendieron su alma al dios de la botella. Sabe además que ese final no tardará ya demasiado, los avisos que le va dando el organismo resultan paladinos, no admiten demasiadas dudas al respecto. Hubo un tiempo en que proyectó anticipar este atroz desenlace, reírse del destino mediante el desbaratamiento de los planes que para él tenía reservados, alcanzando el reino de las sombras a través de un atajo ciertamente más cómodo, un atajo en el que su cuerpo desafiaría durante breves segundos a la ley de la gravedad para luego ser recogido, hecho añicos, por el inclemente asfalto; de ese modo evitaría la horrible agonía del delirium tremens. Se sintió de hecho bastante tentado de acometer tal proyecto, pero a día de hoy la idea del suicidio ya no le seduce, lo único que desea es seguir bebiendo, beber hasta que la cabeza se libere de todo pensamiento, y entonces flotar en la nada, sin espíritu, sin voluntad, como una cáscara vacía.

           Abre la ventana. Un olor a salmuera despierta recuerdos de su infancia, la única época en que sus ojos supieron descubrir inocencias; son sólo rastros de huellas pasadas, acompañados de lamentos que emergen del océano. Ahora es un viejo, un viejo de apenas cuarenta años, pero completamente desgastado y marchito. Nunca la vida y él congeniaron demasiado bien, la tendencia de aquélla a joderle colisionaba con la suya a despreciarla, dando como resultado una sucesión de infortunios y calamidades que le llenaron de profundas cicatrices, indelebles marcas             que resultaban visibles tanto en su piel como en sus ojos, apagados espejos estos últimos de un alma desnuda de emociones. Pronto, no obstante, la vida dejará de ser un peso, quién sabe si entonces lo acogerá algún Dios menor como mascota en el más allá, caso de existir un más allá. Ninguna señal, por otro lado, revela si esa noche es, en efecto, el final o más bien el principio de otro tiempo, de un tiempo de dualidades, de lágrimas en sonrisas convertidas o, al contrario, de sonrisas en congojas transmutadas.

           Por un momento se propone salir a la calle, pero casi al instante lo piensa mejor y se tiende otra vez sobre el colchón; reducidas sus extremidades a piel y hueso, las escasas fuerzas no le dan para sostenerse en pie durante demasiado tiempo. Tiene además aún suficientes reservas en casa, al menos para un día más, de manera que desde la cama extiende el brazo con el que alcanza una de las botellas que hay sobre la cómoda y, tras comprobar que contiene todavía un tercio de su capacidad, la apura de un solo trago. Eso le reanima. Deja luego caer con indolencia el casco, que rueda lentamente sobre la cochambrosa alfombra que cubre el pavimento. Poco después empieza a percibir el cosquilleo del sueño, que no tarda en envolverlo por entero, y en el sueño se ve a sí mismo persiguiendo una luz lejana que le conduce a un curioso universo, un universo que a sus ojos emerge coloreado de risas.

 

domingo, 19 de octubre de 2014

TODAS LAS ESTRELLAS LLEVAN TU NOMBRE


Todas las estrellas llevan tu nombre,

rebautizadas que fueron por el ardoroso afán
que desde mi pecho ardiente,
tornado pincel de fuego,
se elevó hasta atravesar
los astronómicos bordes que enclaustran el firmamento.
Anhelante por llegar a los más lueñes confines,
rasgó mi ansia la capa que viste de azul al cielo
y, dejando atrás las nubes,
rasgó asimismo su negro,
hasta por fin alcanzar el núcleo donde se agrupan 
las estrellas más candentes,
la bóveda celestial donde, cual traviesas brujas,
alegres danzan e invocan
a los caprichosos dioses,
rogándoles les concedan inconfesables deseos.
Hasta allí ascendió mi anhelo, germinal e incandescente,
y una a una, a cada estrella,
les fui poniendo tu nombre; 
conjuré fuego con fuego, derramé mil sortilegios,
y en hechizo omnipotente vertí tu esencia en sus llamas,
sabedor de que al hacerlo
espacio y tiempo alteraba y de ese lugar hacía
un perdurable presente.
Ahora es tu nombre, amor mío,
el que define lo eterno,
y es ahora cada estrella de tu semblante un reflejo,
carrusel de olas azules,
festival de azul belleza,
rostro amado que proyecta
mis más codiciados sueños. 

domingo, 28 de septiembre de 2014

TRISTEZA ESTÁTICA


      
     Todas las tardes, sin excepción, se situaba en su rincón de la rambla, el mismo de siempre, cerca de una fuente que en primavera lucía orlada de vistosos rosales, y allí permanecía durante horas sin moverse, disfrazado de payaso, pintado el rostro con una espesa capa de albayalde que lo cubría casi por entero, tan solo escoriada la penetrante blancura por los trazos negros que representaban los arcos de las cejas, dispuestas de forma asimétrica, un rombo dibujado sobre el ojo derecho y una lágrima resbalando del izquierdo, ambos también en el color de la noche, y más abajo el amaranto intenso que hacía brillar sus finos labios. Llevaba siempre la misma camiseta de algodón, muy deslucida, estampada en franjas horizontales que se sucedían, una en blanco y la siguiente en negro, a lo largo de todo el tejido, y sobre la que descollaban los dos tirantes rojos, a juego con los labios, que sostenían sus anchos pantalones de ese mismo color. Su indumentaria de payaso la completaban un sombrero hongo de color negro y unos gigantescos zapatos que mostraban sendos agujeros en cada una de las punteras.

           Sirviéndome de unos prismáticos, yo acostumbraba a observarle desde casa, sentado en una silla y apoyados los codos sobre el alféizar de la ventana para estar más cómodo, en un escrutinio que a veces prolongaba durante incluso horas, embrujado por aquel extraño personaje que en medio de la calle oficiaba de maniquí. Más allá de la mera curiosidad, ignoraba a qué podía obedecer esta actitud indagadora por mi parte, ya que nunca había sido yo lo que se dice una persona fisgona, pero lo cierto era que el mimo despertaba en mí una poderosa atracción, manteniéndome absorto, pegado a los binoculares como si estos fueran una prolongación natural de mis propios ojos. Reconozco que me asombraba su fortaleza de ánimo, reflejada en el hecho de que pudiera pasarse tantas horas de pie, totalmente inmóvil, como detenido en el espacio y en el tiempo, sin exhibir gesto alguno que revelase molestia o cansancio, desafiando con rigor a las arbitrariedades e inclemencias climáticas, pues ya fuese verano o invierno, hiciese frío o calor, el payaso no dejaba de acudir a su cita en la rambla, manteniéndose en su ubicación sin mover un solo músculo, casi sin pestañear, sosteniendo en una de sus manos, enfundadas éstas bajo guantes blancos, una margarita de plástico; sólo se movía de hecho cuando algún transeúnte depositaba una dádiva en la cajita de nácar que había junto a sus pies, en cuyo caso hacía oscilar cómica y repetidamente sus largas pestañas mientras meneaba de lado a lado la cabeza o se quitaba el sombrero a modo de gentil saludo, para volver acto seguido a su rigidez acostumbrada, en la que volvía a sumergirse como un submarino en el piélago. Definitivamente, tanta constancia me admiraba.

           No obstante, por encima de esa portentosa impavidez, sabía que mi atracción se apoyaba sobre otros cimientos más imprecisos, menos obvios, algo que en principio no acertaba a precisar, pero que era lo que en última instancia me hacía agarrarme casi cada tarde a los prismáticos para, ensimismado, observar al hombre estatua, pues no en vano yo había visto ya a otros mimos y, pese a poder elogiar sus técnicas y perseverancia, ninguno de ellos me había llamado tanto la atención como éste.

           Sólo con el tiempo empecé a vislumbrar ese algo más velado, dándome cuenta que fincaba con la profunda tristeza que emanaba de todo su ser, una tristeza que parecía flotar en derredor suyo, como si de la flor plastificada que con su mano sostenía, convertida de este modo en arma detonante, brotase invisible. Sí, al fin lo comprendía, esa tristeza que rezumaba del payaso, tan absoluta que imponía, era en realidad lo que más me fascinaba de él, por encima incluso de su asombrosa quietud. En realidad, era la mezcla de ambas cosas, tristeza y quietud, lo que más me sobrecogía, consciente de que esta última habría por fuerza de actuar como catalizador de aquélla, pues no en vano, pensaba yo, si la tristeza se vuelve movimiento, o cuando menos palabras, tiene a buen seguro que doler menos.

           Con esta convicción, decidí una tarde bajar para contemplarlo más de cerca, de forma que, superando mi timidez congénita, me situé enfrente suyo, a un escaso par de metros, casi tan inmóvil como él, y durante algunos segundos le estuve examinando fijamente, con descaro podría decirse, como quien observa una escultura, sólo que en este caso la talla, pese a todo su embozo, era en realidad de carne y hueso. Confieso que me avergonzaba un tanto este comportamiento mío, pero no podía sustraerme al impulso que me compelía a inspeccionar de cerca aquella estatua humana que con la ayuda de los prismáticos tantas veces escudriñara de lejos. Ahí estábamos los dos, tan juntos que si alargaba la mano podría incluso tocarle. Me pregunté cuál habría sido su reacción de haberlo hecho. ¿Habría abandonado su inmovilidad y silencio para recriminar mi impertinencia? La verdad era que, más allá de las escasas pantomimas que realizaba en señal de agradecimiento, sólo le había visto moverse al llegar y al marcharse cada día, y, por supuesto, nunca había escuchado su voz, de modo que me costaba imaginármela. ¿Sería una voz grave o, por el contrario, atiplada? ¿Tendría algún tipo de acento? ¿Su dicción sería correcta? ¿Tartamudearía? Nada sabía de él, salvo lo que, ya de lejos, ya de cerca, a la vista se me había ofrecido, esto es, su rostro de escayola, su camiseta desgastada, sus zapatones rotos, su estática tristeza, su enguantada mano sosteniendo la margarita de plástico…

           Fue mientras me hacía estas y otras reflexiones, asomado al balcón de sus ojos tristes, cuando algún ignoto sortilegio vino de pronto a encender una luz dentro de mi cerebro, tan potente que por momentos quedé por ella enceguecido, pero que una vez asentada me permitió ver lo que hasta entonces permaneciera oculto en el neuronal laberinto de sombras, haciéndome al fin percibir de un modo claro y preciso el motivo de aquella extraordinaria atracción que sentía hacia el hombre estatua: ¡era un espejo! ¡Sí, era un espejo en el que yo, aun sin ser consciente de ello, me había visto reflejado durante todo este tiempo! Comprendí aterrado que aquella mirada triste de la que brotaba una apócrifa lágrima no hacía sino irradiar una imagen exacta de mí mismo, una reproducción fiel de lo que era mi alma, tan afligida y llorosa como su rostro de albayalde. Comprendí que yo era también un payaso triste, un alma solitaria, frágil y vulnerable como gota de rocío, un ser desnudo de ilusiones, sin esperanza, tan estático como él, rígido sobre mi propio zócalo de sueños marchitos y estériles anhelos. Comprendí que, al igual que mi sorprendente espejo, yo también estaba detenido en el espacio y en el tiempo, y que, del mismo modo que él, sólo aguardaba a que alguien pasase a mi lado para depositar algunas monedas, un signo de afecto, unas migajas de ternura con las que continuar sobreviviendo. Comprendí en definitiva que, aun con distinto disfraz, yo también era una estatua inerte y mustia, algo que en realidad siempre había sabido, pero que mi pensamiento, extraviado en las brumas de la anestesia voluntaria, se negaba a aceptar.

           Reflejado así en los ojos del payaso, vi en su soledad mi propia soledad, y en su tristeza reconocí mi tristeza, y en su inmovilismo advertí la dejadez en que me tenía sumido mi falta de motivaciones auténticas, y en su resignación distinguí la mansedumbre a que mi nulo coraje me condujera. Como un poderoso relámpago, sentí un escalofrío recorriéndome de arriba abajo, producto del estremecimiento que tan grotesca visión de mí mismo trajera consigo. Quise salir corriendo, gritar que no, que yo no era así, que no estaba solo, que dentro de mí no habitaba un ente vacío y desolado, que yo distaba mucho de ser una estatua inmóvil; pero curiosamente no podía moverme, como si la mirada del payaso, tan lánguida, me sujetara sobre la tierra, y los únicos gritos que era capaz de emitir sólo dentro de mi cabeza hallaban eco, gritos silenciosos que me exhortaban a dejarme de sofismas y reconocer la evidencia de mi exclusivo desierto, aquel en el que transitaba sin metas ni horizontes a lomos de la más absoluta de las melancolías.

           Mi espejo y yo, dos estatuas frente a frente, dos almas desterradas del Edén, dos corazones a los que ligaba un cordón umbilical hecho de soledad y desamparo. De mis ojos escapó una lágrima, no era negra como la del payaso, sino transparente y salada, aunque por encima de todo corrosiva, una lágrima acre que fue dejando invisible, pero profunda, rodera a medida que avanzaba a lo largo de mi mejilla….

           Pugnando por vencer el marasmo que me atenazaba, conseguí a duras penas avanzar un paso, extraer mi cartera y depositar un billete sobre la cajita de nácar. El payaso llevó entonces a cabo su habitual rutina para estos casos: hizo aletear sus pestañas y se quitó con elegancia el hongo a modo de saludo; luego, en un murmullo apenas audible, dijo: “gracias”, para volver acto seguido a su inveterada rigidez. Yo pude finalmente darme la vuelta y regresar cabizbajo a casa. Nunca más volví a observarle desde mi ventana.  

 

domingo, 31 de agosto de 2014

LA CRUDA REALIDAD


      
      Aguardaba ansiosamente su llamada, asida al teléfono móvil como un náufrago se aferraría al madero que constituyera su última esperanza de supervivencia; pero el aparato, ajeno a esta ansiedad, mantenía el angustioso silencio en que había permanecido durante la última hora. Él había prometido llamarla antes de las diez de la noche, a y cuarto lo más tardar, pero ya eran las once y aún nada, silencio absoluto; sólo se oían los aislados rumores de la noche, el silbido apagado del viento, el crepitar de algún insecto entre la broza del jardín, algún que otro maullido distante, poco más.
 
           Se le habría olvidado, pensaba ella, consternada. O quizá estaba demasiado ocupado y no podía. Pero… ¿ocupado con qué? A esas horas no se le ocurría qué pudiera estar haciendo. ¿Le habría sucedido algún percance? No, esa contingencia había que descartarla de inmediato, sólo pensar en la posibilidad de que algo malo pudiera haberle pasado la hacía presa del pánico, de modo que la alejó de su pensamiento sin más contemplaciones, como se echa a un visitante incómodo. Pero entonces, ¿dónde se hallaría? ¿Estaría solo? Ah, seguro que no, se respondía ella misma, carcomida por los celos, a esta última cuestión.

           La incertidumbre hacía que las manos le temblasen como flanes. Las once y cuarto. Se metió en el portal para resguardarse del relente de la noche, y allí, mientras continuaba esperando el polifónico aviso, permitió a la imaginación volar hacia los estimulantes vergeles donde atesoraba sus más gratos recuerdos, aquellos que se correspondían con los miríficos momentos vividos junto a él, y así, de este modo transportada, pudo fugazmente recrearse de nuevo en sus besos, en sus caricias, en el fuego de su piel desnuda pegada a la suya… Pero ¿por qué no la llamaba? ¡Estaría con otra! ¡Seguro! Eso explicaría la razón de su displicencia. ¡Ah, malditos hombres, todos cortados por el mismo patrón!
 
           Las once y media. Incapaz de seguir soportando la espera, se planteó la posibilidad de ser ella quien le llamase, si bien, visto lo tajante que él había sido de ordinario al tratar esta cuestión, desechó casi al instante la idea. Tenía que ajustarse a lo convenido, que no era sino que sería él siempre el encargado de telefonear, sin que bajo ningún pretexto pudieran ser invertidos los papeles a este respecto. Cosas de la clandestinidad.
 
           Lo cierto era que allí sola, en la penumbra del portal, privada de la voz que tanto anhelaba oír, apenas si podía contener las lágrimas que desde sus ojos amenazaban con derramarse. Se sentía impotente y frustrada, perdida en medio de un océano de dudas para las que no hallaba ninguna revelación satisfactoria. Las doce menos cuarto. La ira se mezcló con la frustración y le hizo apretar puños y dientes con furia; tan encrespada se sentía que hasta le vibraban las aletas de la nariz, una furia que oscurecía su pensamiento, disolviendo cualquier tipo de idea racional.

           Pero la realidad se imponía: estaba claro que ya no llamaría esa noche. Tampoco ella podía seguir demorándose más, de modo que desconectó el móvil y subió las escaleras, completamente aturdida, llena la cabeza de preguntas sin respuestas, hasta llegar a casa.

           ¿Cómo es que tardaste tanto, Ana?

           La voz de su esposo, penetrante como un buido estilete, la recondujo de vuelta a la cruda y tediosa realidad.

domingo, 27 de julio de 2014

LA TIERRA QUE CUBRE A LOS MUERTOS

 
        Nunca tuve un especial afecto hacia mi tía abuela Tomasa. Mis recuerdos de ella venían en todo caso a ser muy difusos, grabada sobre todo en mi mente la imagen de una mujer vestida siempre de negro, como una bruma perpetua, que por doquier iba dedicando atrabiliarias réplicas y desdeñosos desplantes a todo bicho viviente. Yo no era más que un niño, claro, pero también conmigo solía mostrarse arisca y mal encarada, regañándome a la menor oportunidad que le ofrecía mi temperamento travieso y díscolo, que solía salir a flote a menudo, todo sea dicho, e incluso de vez en cuando su mano se alargaba sobre mi cabeza para propinarme enérgicos coscorrones. Luego, ya de adulto, dejé prácticamente de verla, alejado de ella tanto en el ámbito espacial como en el afectivo. Ahora, en cambio, después de tantos años, las circunstancias me traían de nuevo a su presencia, comprometido los próximos cinco días a recogerla cada tarde en su casa para llevarla a las sesiones de rehabilitación que le había prescrito su traumatólogo tras la operación de cadera a que la sometiera luego de sufrir una aparatosa caída. Me lo había pedido mi padre, aduciendo que ya que yo trabajaba cerca de su domicilio, no me supondría excesivo esfuerzo hacerle ese favor, pues ella estaba muy débil para ir sola. Yo había aceptado, qué remedio.
 

           Confieso que quedé muy sorprendido cuando la vi. Estaba muy envejecida y delgada, poblado el rostro de enormes surcos, como un pergamino arrugado, y sostenida sobre unas piernas que aparecían reducidas a su mínima expresión. Toda ella era poco más que piel y huesos. Calculé que tendría ya cerca de noventa años, de modo que tampoco podía esperarse que luciera una morfología mucho más lozana, pero aun así, aquel quebradizo aspecto me produjo una notoria sensación de lástima.
 
           Mientras ella preparaba sus cosas, yo me entretuve curioseando un poco por la casa, que olía a cerrado y estaba en su mayor parte a oscuras. Reparé en lo obsoleto de los muebles, genuinos fósiles de madera de los que apenas si ya quedaría únicamente constancia en ajados registros de anticuario. Me fijé asimismo en algunas fotografías que descansaban sobre dicho mobiliario, todas ellas en riguroso blanco y negro, protegidas bajo cristal y sólidamente enmarcadas. En una de ellas pude contemplar a cierta joven de enormes ojos y rostro anguloso cuyos labios parecían volar en una sonrisa radiante. Era bellísima. Parecía una de esas estrellas que en su momento integraran las fúlgidas constelaciones del cine mudo. Espoleado por la curiosidad, me atreví a preguntar a mi tía quién era esa chica de la foto, a lo que respondió que ella misma con dieciocho años. Me quedé completamente atónito. Yo de hecho no la recordaba así, aunque, bien pensado, yo en realidad no la había conocido de joven, ya que durante mi infancia, si mal no calculo, debía ella ya rondar los sesenta, perdida por tanto toda su juvenil lozanía. Me costaba en todo caso horrores relacionar aquel rostro perfecto, de una luminosidad y tersura tales que parecía modelado en jaspe, con el que los ojos del recuerdo me traían a la mente, y mucho menos aún con el que estaba observando en esos precisos instantes, cetrino y rugoso como una pasa. Un ligero escalofrío me recorrió al sospesar los estragos que el tiempo llega a hacer con su paso. Ese antes y después que la fotografía y el actual semblante arrugado de mi tía testimoniaban resultaba a todas luces brutal.
 
           —Era usted realmente guapa—comenté con amabilidad.
 
           Ella no pareció oírme. Durante cierto rato guardó silencio, asaltada al parecer por remembranzas que debían provenir de un pasado ya muy remoto; sus acuosas pupilas parecían cabrillear dentro de las profundas cavernas donde permanecían cautivas, en tanto que su boca, entreabierta en una media sonrisa, mostraba toda una hilera de encías sin dientes. Luego, abandonando ese momentáneo ensimismamiento, comenzó a hablarme de los numerosos rondadores que por aquellos días había tenido.

           —Todos querían cortejarme.
           —No me extraña, tía. Con esa belleza debía usted levantar verdaderas pasiones entre los hombres.
           —Y, sin embargo, terminé eligiendo al peor de ellos.

           Yo había oído que Tomasa estuvo casada, pero nunca llegué a conocer a mi tío Andrés, quien había muerto de cáncer de hígado poco antes de que yo naciera. De niño, en el transcurso de ciertas reuniones familiares, logré captar alguna que otra referencia a su persona, aunque tampoco las presté demasiada atención, pues a mi tierna edad todo aquello me sonaba a fábulas de viejas. Oí, eso sí, que mi tío Andrés había sido siempre muy violento y que maltrataba a menudo a su esposa, si bien he de confesar que cuando escuchaba tales historias, mi mente infantil rechazaba de plano la posibilidad de que hubiese habido en el mundo alguien capaz  de amedrentar a aquella mujer tan gruñona y seca.

           —¿Por qué dice eso, tía?
 
           Por toda respuesta, ella acercó a la fotografía sus manos huesudas y sarmentosas, cruzadas por enormes venas de color cárdeno, para acariciar el cristal con dedos temblorosos; sus ojos, bañados en una transparente película lacrimosa, volvieron a brillar por el empuje de los recuerdos.

           —Me casé por amor, ciega de amor, tan ciega que no supe ver al monstruo que se escondía tras la donosa apariencia del que habría de convertirse en mi marido.
           —Vaya.
           —Sólo me dio palos y una mala vida... Bueno... y también un hijo, mi pequeño Miguel.

           Había también yo de pasada oído mentar a ese niño, al que sin embargo tampoco conocí en vida, ya que murió al parecer víctima de un fatídico y oscuro accidente, y digo oscuro porque su muerte siempre estuvo envuelta en una especie de halo misterioso, sin que a nadie de la familia le gustase hablar directamente del tema, como si fuese tabú, salvo contadísimos comentarios aislados.
 
           —Hábleme de ello, si quiere —insinué movido por la curiosidad.

           Pero a la anciana no le apetecía seguir hablando y, con la excusa de que se hacía tarde, me apremió a que la llevase a rehabilitación, que a fin de cuentas era para lo que yo había ido allí. Así lo hice y, finalizada la correspondiente terapia, la traje otra vez de regreso a casa, sin apenas intercambiar ya más palabra ni en el trayecto de ida ni en el de vuelta. Me dio unas gracias escuetas y nos despedimos hasta el día siguiente.

            Esta brusca cerrazón en sí misma se atemperó, sin embargo, en los días que siguieron, a lo largo de los cuales Tomasa me fue tomando más confianza, lo que a su vez le animó a hablarme de su vida pasada, llegando incluso a revelarme detalles de ésta ciertamente íntimos. Supe así que la misma noche de bodas ya recibió la primera paliza por parte de quien acababa de convertirse en su marido, una tunda de manotazos y patadas a la que habrían de seguir muchas más a lo largo del tiempo, infinidad de ellas, en el seno de una convivencia marcada por constantes maltratos y menosprecios, de la que además no le era posible escapar, obligada a permanecer atada a su verdugo por la ley de Dios y la de los hombres (el divorcio estaba proscrito en esa época), día tras día junto a un hombre que sólo habría de darle dolor y sufrimiento.

           Y, sí, también ese hijo del que me hablara el primer día, engendrado a los pocos meses de contraído el matrimonio, un hijo cuyo nacimiento vino a significar para ella el único haz de luz entre tanta tiniebla, el aporte de felicidad sin el que probablemente habría terminado suicidándose. Tomasa se consagró por entero al pequeño Miguel, volcando sobre él todo el amor que albergaba dentro de sí, ese mismo amor que respecto a su esposo había desaparecido por entero, sustituido por desprecio y odio, de nuevo a flor de piel gracias a ese angelote mofletudo que surgiera de su vientre. Fue de ese amor de donde sacó la fortaleza con la que resistir los golpes, ultrajes e insultos que a diario recibía, vejaciones que se diluían en la niebla del olvido cada vez que entre sus brazos tenía a su pequeño, lo bañaba o le daba el biberón. Aquel bebé, que para su madre siempre olía a lavanda, se convirtió de este modo en el centro de su vida, lo único que en el fondo merecía la pena en ella.

           Con el paso del tiempo fueron atenuándose un tanto los malos tratos de Andrés, aunque ya no como consecuencia del arrepentimiento o la conmiseración, que ni lo uno ni lo otro formaban parte de su caudal humano, sino simple y llanamente porque se pasaba el día en la taberna, bebiendo y jugando a las cartas, y solía llegar a casa tan borracho que sólo le quedaban fuerzas para meterse en la cama y comenzar a roncar como un energúmeno, con lo que la mayoría de las veces dejaba a Tomasa tranquila. No hace falta decir que esta indiferencia por parte de su marido venía a ser para ella toda una bendición. Sólo muy de tarde en tarde le exigía cumplir con sus deberes conyugales, a lo que Tomasa accedía sin ningún tipo de complicidad ni empeño, limitándose a abrirse de piernas hasta que él acababa, que solía ser bastante rápido. Había dejado definitivamente de amarle, hasta el punto que le costaba concebir cómo en su momento pudo haberlo hecho con la desaforada pasión con que lo hizo.

           Pasaron los años y, a medida que iba creciendo, Miguel se convertía en un niño alegre y vivaracho que, como casi todos los niños, gozaba de una curiosidad insaciable y enorme destreza para, dentro del crisol de la imaginación, mezclar realidad y fantasía en aras a hacer de cada momento, de cada juego, de cada vivencia, un acontecimiento único. Tenía apenas nueve años recién cumplidos cuando sucedió la tragedia. Aquella tarde su padre regresó a casa antes de su horario habitual, completamente ebrio y de muy mal talante, consecuencia esto último de haber perdido una importante suma de dinero en una partida de naipes. Tomasa no estaba, había ido un momento a visitar a su hermana, que vivía justo en la casa de al lado. Esta ausencia enfureció aún más al cerril borracho, que optó por descargar contra su hijo todo el reconcomio que por dentro lo carcomía, sobre todo tras comprobar que aquél, en su afán de escudriñarlo todo, había trasegado varias pertenencias suyas. Obviamente, esto último no era en el fondo sino una mera excusa con la que cohonestar su vileza; de haber estado presente su mujer, hubiese sido ella la receptora de los golpes, como de costumbre lo era, pero al no tener a mano más que al pequeño, no dudó en hacer de sus frágiles carnes el destino de su saña. Sin embargo, Miguel, que era un niño con mucho arrojo, en lugar de aceptar dócilmente la tunda o huir para evitarla, lo que hizo fue encararse desafiante ante su agresor para, sin miedo aparente, espetarle en su cara que era de cobardes pegar a alguien más débil y que no podía defenderse. Aquella reacción de su hijo, por lo que de inesperada tenía, dejó en un principio suspendido a Andrés, pero luego, recuperado de la sorpresa, vino a encalabrinarlo todavía más, lo que trajo como consecuencia un incremento en la intensidad de sus golpes, hasta que uno de ellos hizo caer al niño hacia atrás, con tan mala fortuna que se golpeó en la nuca con el filo de una mesa, perdiendo de inmediato el conocimiento. Cuando Tomasa regresó, Miguel yacía muerto sobre el pavimento. Lo único que el médico pudo hacer fue certificar su defunción. Andrés dijo que había sido un accidente, que el niño se cayó jugando. Tomasa sabía que no fue así, pero estaba tan anonadada que no tuvo fuerzas para desmentir dicha versión. Tampoco, de todas formas, la habrían tomado muy en cuenta en caso de acusar a su marido; en aquella época la palabra del varón venía a ser ley en todo lo relativo a la familia, más aún dentro del perímetro de una población pequeña. 

           Luego de la muerte de Miguel, Tomasa se fue paulatinamente encerrando en sí misma, cada vez más taciturna y solitaria, sin que nada ni nadie pudiesen impedir su caída por la pendiente de la más cruel de las desolaciones. Al principio todos los días, sin excepción, acudía al cementerio para poner flores en la tumba del malogrado hijo, generalmente azucenas blancas y, junto a estas, siempre un ramito de lavanda. Luego fue poco a poco espaciando estas visitas, hasta dejar finalmente de hacerlas. No es que el tiempo paliara su dolor, sino que lo que hizo fue voltear su manera de entender las cosas, llevándola al pleno convencimiento de que esa clase de gestos no servían en el fondo para nada, absurdos ceremoniales vacíos de cualquier tipo de fundamento, y que Miguel permanecía vivo en su recuerdo, de donde nunca le podrían sacar, pero ya nada quedaba de él en esa tierra bajo la que le sepultaran, salvo a lo sumo polvo y ceniza. Al propio tiempo que este escepticismo se encumbraba sobre la cúspide de su ideario, cambió también su temperamento, volviéndose una persona hosca y agresiva con todo cuanto la rodeaba. Esa fue la génesis de su mal carácter, de sus extravagancias, de ese despotismo que yo, muchos años después, habría de sufrir en mis propias carnes.

           En cuanto a Andrés, luego de un tiempo donde el miedo y posiblemente los remordimientos lo mantuvieron más o menos a raya, volvió a su senda habitual de malos tratos y continuas borracheras, cada vez más embrutecido. En paralelo a esta degeneración personal fue sufriendo asimismo un progresivo deterioro en su salud, manifestado en multitud de accesos delirantes, fiebres, vómitos y otras singularidades que sugerían un anómalo funcionamiento dentro de su organismo. Se negaba, pese a todo, a ir al médico, aduciendo que lo que no mataba, engordaba, y que tales molestias terminarían sanando por sí solas. Y dado que no engordó, terminó en efecto por palmarla, lo que hizo entre escalofriantes delirios y estertores pavorosos. El doctor que vino a asistirle en su agonía, ese mismo que apenas un año antes certificase la muerte de Miguel, determinó como causa de este otro óbito una avanzada cirrosis provocada por la excesiva ingesta de alcohol.
 
           —Morirse fue lo único bueno que hizo ese cabrón en su vida —subrayó Tomasa tras referirme el episodio.
           

           La sabiduría popular proclama que, una vez enterrados, nunca más se ha de remover la tierra que cubre a los muertos, máxima que mi tía abuela Tomasa tuvo, sin embargo, a bien saltarse el último día de sus sesiones de rehabilitación, justo cuando, tras dejarla de vuelta en casa, yo me disponía ya a marcharme. Lo hizo además sin ningún tipo de ambages, soltándome de golpe aquello de:

           —No fue su enfermedad lo que mató a Andrés. Lo maté yo.

           Ni que decir tiene que aquellas palabras me dejaron boquiabierto y con la sangre helada dentro de mis venas.
 
           —¿Cómo dice, tía?  —conseguí a duras penas preguntar.

           Me explicó entonces cómo durante meses había ido poco a poco envenenando a su esposo mediante minúsculas dosis de matarratas que introducía en sus platos durante las comidas, hasta conseguir primero que enfermara y finalmente mandarlo al más allá. Esa había sido su lenta venganza. Tan impactante confidencia me la hizo la anciana con aparente serenidad, sin inflexiones en la voz que delatasen cualquier tipo de alteración interna; pero una vez soltada, observé que sobre sus ojos transparentes se acentuaba la telilla lacrimosa que los bañaba, hasta llegar a desbordarlos. Nunca había visto llorar a mi tía abuela Tomasa. Siempre de hecho creí que las lágrimas y ella venían a ser algo incompatible. Pero sí, estaba llorando y a través de aquellas lágrimas pude vislumbrar nítidamente un alma devastada y llena de cicatrices. 

           —¿Se encuentra bien, tía?

           Ella asintió en silencio. Supuse que en su cabeza debía en esos instantes flotar a buen seguro todo un carrusel de fugitivos pensamientos, por lo que no quise importunarla más. Me despedí de ella luego de ofrecerme a volver la semana próxima para ver qué tal seguía todo. Ella me dio las gracias y renqueando con el bastón marchó a su dormitorio. A través de la puerta entreabierta me dio tiempo todavía a observar cómo sobre la cama depositaba lo que me pareció ser, aun pese a la penumbra, una ramita de lavanda.
                                                                     

sábado, 12 de julio de 2014

UN VERSO PERDIDO ENTRE LA NIEBLA



La humedad de un despertar acalorado
vino a ser de mis deseos alimento,
deseos que, entre la calina ausentes,
flotando estaban en el mar de la utopía,
como náufragos perdidos en la crisálida del tiempo,
de todos los tiempos,
deseos que, durmientes como osos en letargo,
resbalaron de pronto entre el sudor de mi desnudo cuerpo.
 
Caravanas de hormigas sobre mis piernas treparon,
aladas, de cosquillas y estremecimientos portadoras,
de ansías,
de renovados anhelos y promesas florecientes,
de sueños por cumplir.
 
Agazapado en la penumbra de la noche extendí entonces mis brazos,
buscando el origen,
el centro neurálgico de la mutación, 
buscándote,
buscándote en el rocío que empapa los narcisos,
o tras la calma de un árbol centenario,
o en la fiereza de un océano rugiente,
hasta que supe que sólo era viable tu presencia,
en los confines de mi pecho enamorado, 
donde te hallé desnuda y sin tapujos,
y siendo estéril escribir
lo que nunca antes nadie dijo,
rescaté un verso perdido entre la niebla 
y al instante me propuse hacerlo tuyo.

viernes, 27 de junio de 2014

PEQUEÑA NIÑA TRISTE


           Quisiera hoy con mi cuerpo definir un área que de nido sirva al tuyo, una especie de morada hecha de carne y piel estremecidas donde hallases permanente refugio, un cuerpo para albergar otro cuerpo, tu cuerpo en este caso, para rodearlo, para abarcarlo por entero; un cuerpo que fuese cuerpo y casa, tu casa, con vistas al mar y a las estrellas, y también a la luna, a esa luna que duplicarían tus pechos al danzar frente a mi cara.

           Quisiera verte desnuda en este cuerpo mío convertido ya en tu hogar, mi sangre transmutada en tu alimento, mis venas y arterias en ríos de vida por donde también navegase tu propia sangre, glóbulos rojos y blancos mezclados en perfecta avenencia, unos sobre otros cabalgando como niños que jugaran a atraparse.

           Quisiera deslizar mi mejilla a través de la tuya y con mis labios capturar tus labios en un beso infinito, recrearme en su textura esponjosa mientras mi aliento te envuelve en un cálido aroma que adormezca tu razón dentro de una espiral hipnótica, como una escalera al cielo, justo antes de anegar mi lengua en el mar de tu saliva.

           Quisiera que, luego de ese beso, observaras mis ojos y descubrieses en ellos todo el amor que por ti siento, un amor sin mácula, puro, ajeno a egoísmos e interferencias, y contemplarme yo al mismo tiempo en el verde cristal de los tuyos, que se me antojarían entonces más luminosos que nunca, dos fanales fulgentes de ternura y de deseo, todo un océano espléndido sobre el que, como mariposas, aletearían tus pestañas.  

           Quisiera continuar besándote una y otra vez, sin respiro, besarte a lo largo y ancho de todo tu cuerpo, besos húmedos que buscasen los rincones más secretos de tu anatomía, que recorriesen tu piel forjando autopistas desde las que alcanzar el paraíso de mis sueños.

           Quisiera desafiar a la ley de la gravedad para elevarme sobre ti y disfrutar con la perspectiva que desde lo alto me ofreciera tu orografía, embelesarme contemplando tus valles y collados, tus rectas y meandros, el paisaje imponderable de tu cuerpo desnudo, para aterrizar luego sobre él y confeccionar ríos de saliva que formasen un delta en la oquedad de tu ombligo antes de desembocar en el húmedo estuario donde confluyen tus muslos, temblorosas enredaderas donde adheriría los míos mediante el barniz del deseo.

          Quisiera coronar tus senos, acordonar tu vientre, bucear entre tus piernas…, recorrerte, sí, recorrerte sin cesar, deslizarme por el tobogán de tu espalda y volver a subir por él, ascender, descender, girar, hacer cabriolas y hundirme en tu piel, volar con las alas de tu sonrisa para en paracaídas lanzarme sobre la equidistante doble luna de tu pecho, trazar líneas que unan los lunares de tu piel, nacer en ti, morir en ti, vivir en ti.  

           Quisiera hacerte sentir siempre bella, ser tu espejo y devolverte la imagen que de ti misma albergo en mi interior, esculpir tus rasgos con mi cincel de enamorado y forjar una efigie que rivalice y supere en hermosura a la de cualquier diosa del Olimpo, convertirte precisamente en mi diosa, la diosa para cuyo cuerpo fundar con el mío un templo de adoración.

           Quisiera, además de diosa y por encima de todo, hacerte sentir la mujer más amada y deseada del universo, y que así lo percibas, sin ningún género de duda, cada vez que mis manos recorran el cendal de tus senos y toda tu piel resulte sacudida por turbiones de placer donde la pasión se desborde como fuego líquido.

           Quisiera conducirte a través de parajes nunca antes visitados, mecer tu voluntad como el viento mece las espigas en los campos de trigo, inundar tus sentidos de mágica armonía, volar a tu lado a lomos del crepúsculo sobre horizontes que encubran espumas de mar y olas de entusiasmo.

           Quisiera vivir en ti, en la luz que desprenden tus ojos; vivir en tus labios,  ensamblado a ellos por miles de besos; vivir en tu fuego, quemándome en él para tensar todas las cuerdas del placer; vivir en tu corazón, explorándolo palmo a palmo hasta conocer de memoria el tic-tac de sus latidos. Sí, quisiera entrar en ti y vivir en ti, deshaciéndote por dentro con mi propia ternura, con mi propio fuego, con este torrente de sentimiento y de pasión en el que bullo desde que apareciste en mi vida.

           Quisiera acariciar tu pelo con suavidad mientras el sueño te va venciendo, tu cara apoyada en mi pecho a modo de almohada, anidado tu cuerpo en el mío.

           Quisiera, amor mío, tenerte conmigo y no volver a separarnos nunca, amarte para siempre, hacer de mi carne tu carne, de mi piel tu abrigo, de mis labios tu sonrisa, sin que nunca más la noche oscura devore tu alma, que será también mi alma, pequeña niña triste, little girl blue