sábado, 14 de diciembre de 2013

EL ALQUIMISTA FRACASADO

           Aduladores, palmeros, amantes, servidores, consejeros…, desde que tenía uso de razón, Jaime siempre había contado con alguien a su lado presto a satisfacer cualquier exigencia que se le antojara, del tipo que fuese; la mayoría de las veces sólo necesitaba pedirlo. Había llevado en ese aspecto una vida muy cómoda, sin privaciones de ningún género, rodeado en todo momento de multitud de personas encargadas de atender las necesidades, antojos o extravagancias que pudieran sobrevenirle en cualquier momento dado. Quizá por ello resultase cuando menos curioso que la soledad hubiese sido de ordinario su más asidua compañera.

           Pero así era, Jaime casi siempre se había sentido solo, como una isla perdida en medio de un piélago infinito, sin nadie en realidad con quien compartir sus temores y anhelos más íntimos, nadie en quien buscar auténtico consuelo, nadie en definitiva a quien poder llamar en verdad compañero o, simplemente, amigo. Muchos eran quienes en su presencia se postulaban como tales, pero él sabía que en el fondo no era cierto, que no tenía ni tuvo nunca amigos, que nadie le quería en realidad, tan solo era un núcleo potente sobre el que orbitaba una continua pléyade de electrones, pero sin más afinidad entre ellos que la que producía la material atracción que representaba una posición social y económica ventajosa.

           Decían de él que lo tenía todo y, sin embargo, él a menudo barruntaba que nunca tuvo realmente nada; al menos nada de cuanto poseía o había poseído le provocó jamás una continuada complacencia. Pocas cosas estimulaban realmente su interés, menos aún su entusiasmo. Se cansaba rápidamente de todo, ya se tratara de posesiones materiales o de personas, sin que nada ni nadie lograra satisfacerle durante mucho tiempo seguido, lo que le generaba un hastío que invariablemente se traducía en ansia, el ansia de algo nuevo, nuevas emociones, nuevas experiencias, nuevos deseos a satisfacer.

           No había en ese sentido dejado nunca de ser un antojadizo inconformista. Saboreaba, sí, aquello que obtenía, incluso a menudo con voracidad, por más que no fuesen la mayoría de las veces sino fútiles caprichos, pero la posible delectación no se prolongaba más allá de un efímero lapso de tiempo, transcurrido el cual sobrevenía otra vez el hastío y el irrefrenable ansia de novedades. Más, siempre quería más, automóviles más potentes, amantes más exóticas, mayores descargas de adrenalina… Había vivido siempre a expensas de sus deseos, dominado por ellos, cautivo en el fondo de esa necesidad de poseer cuanto se le antojara, jugando en cierto modo a ser amo, pero consciente en última instancia de su condición de esclavo, esclavo de aquellos mismos deseos que anhelaba satisfacer con enfermiza premura.

           Y así, a medida que un tupido poso de frustraciones cubría su alma, Jaime se iba sintiendo cada vez más desazonado y vacío, adormecidos sus sentidos por ese afán incombustible que no le permitía respiro alguno. La gente le tenía por un hombre feliz, pero bien sabía él que no era así, que la felicidad siempre había estado un paso más allá de su alcance. Tenía hambre de vida y quería saciarla, pero no sabía cómo. Fijaba en el horizonte los ojos, anhelante de un futuro donde aún esperaba hallar el mirífico nirvana que para el resto de sus días calmase su ansiedad y aliviara sus desazones, pero de momento lo único que sentía era el peso sobre sus espaldas de un pasado que se había ido amontonando sobre ellas de manera estéril y sin sentido.

           Pese a que no quería perder la esperanza, tampoco podía, sin embargo, evitar que le embargase un profundo pesimismo respecto a ese horizonte incierto que se desplegaba más allá de los muros del tiempo, receloso de que lo que allí encontrase fuese en el fondo más de lo mismo, una continua sucesión de insulsas metas que, una vez conseguidas, apenas si le proporcionasen solaz alguno. De meta en meta hasta llegar a la nada absoluta. ¿Era posible? ¿Eso sería todo? Tal contingencia le helaba la sangre y narcotizaba sus sentidos. ¡Toda una vida desperdiciada! ¡Mero humo disuelto en la niebla! Una existencia, en fin, que no vendría a ser sino un ostentoso espejismo que ocultaba la realidad de un desierto inmenso y yermo.

           Un alquimista fracasado. Así se sentía Jaime. Así se había sentido siempre. Un alquimista que buscaba con avidez una piedra filosofal que hasta entonces no había sabido hallar y que probablemente jamás hallaría. Se aferraba a la esperanza, ¿qué otra cosa podía hacer? Pero por momentos se sentía desfallecer. Solo, sin amigos, sin nadie en quien poder desahogar sus angustias y aliviar sus miedos, no podía evitar pensar que todo era inútil.

           Y la noche se le hacía entonces eterna y absurda.