domingo, 6 de octubre de 2013

LÁGRIMAS ÁCIDAS


          
           Llovía mucho la tarde en que ella cerró para siempre la puerta que vinculaba nuestras vidas. ¡Vaya si llovía! El martilleo de las gotas al morir sobre el asfalto provocaba un rumor incesante y sordo que se superponía, ahogándolo, sobre cualquier otro sonido. Aún tengo ese estruendo grabado dentro de mi cerebro. De hecho, el recuerdo de ella y la lluvia han estado desde entonces plenamente sindicados en mi mente, hasta el punto que cuando veo o escucho llover, lo asocio a ella, a su marcha, y su recuerdo aparece de este modo enmarcando un paisaje lluvioso.

           Esa es asimismo la causa de que la lluvia me entristezca sobremanera. Resulta inevitable. La lluvia ha sido, desde que se marchó ella, un reclamo para la melancolía, un transmisor que me oprime el alma con su humedad rebosante de añoranzas. Poco importa que fuese consciente de que, tarde o temprano, ella tendría que marcharse, que nuestra relación no era viable y estaba abocada a un final traumático, a la ruptura definitiva, al adiós sin posibilidad alguna de redención ni marcha atrás. Eso daba en el fondo igual. Dolió de igual forma. ¡Y cómo dolió! ¡Y cómo sigue doliendo! Su marcha me dejó agrietado el corazón, como si sobre él hubiese pasado un arado de penetrantes púas. Sentí que me lo arrancaban. Y así sucedió en cierto modo, porque mi corazón se fue en realidad con ella, dejando en mi interior un vacío que seguramente nadie podrá volver a llenar.

           Ella se fue sin mirar atrás. ¿Para qué iba a hacerlo? ¿Para sufrir más? ¿Para que ambos sufriésemos más? Era mejor así, abrir la puerta e irse sin adioses, sabedores de que habíamos vivido algo mágico e imperecedero, una experiencia única, apoteósica, sublime, pero que la aventura tocaba a su fin, irremediablemente, y no merecía la pena enturbiarla con duelos y llantos, por más que no hubiese forma humana de evitar que estos se desparramaran por dentro.

           Lágrimas internas, ácidas como el vitriolo; de esas derramé muchas, sí, interminables veneros que anegaron mis entrañas e inocularon en ellas el sañudo virus del que se alimenta la nostalgia. Pero por fuera no lloré, ninguna lágrima bañó mis mejillas cuando ella se dio la vuelta para definitivamente alejarse de mi lado; tan solo la lluvia, inmutable, persistente, fría, empapó mi piel. Por eso, ya digo, me resultan tristes desde entonces los días de lluvia, no en vano me hacen revivir el sombrío momento de su marcha… Aunque al propio tiempo también me agradan, porque en cierto modo me traen su propio recuerdo, el recuerdo de su olor a celindas, del sabor salado de su piel, de la humedad de su boca.

           Y así, cada vez que llueve me quedo embebecido mirando el agua caer y escuchando su amortiguado sonido al morir sobre la tierra, y entonces se me desboca la nostalgia y cientos de recuerdos se vuelcan sobre mí, recuerdos que hieren, incluso los recuerdos alegres hieren, porque al fin y al cabo evocan momentos que ya no volveré a repetir, por eso duelen… Recuerdo el brillo verde de sus ojos, su piel blanca como la luna, su risa de terciopelo. ¡La recuerdo tanto! Y su recuerdo me hace llorar, llorar por dentro, lágrimas ácidas, las que más afligen…, lágrimas ácidas como el vitriolo.
 

4 comentarios:

El Hada de los Cuentos dijo...

¡Qué tendrá el amor que se nos mete por todos los resquicios del cuerpo y del alma sin dejarnos parar!La ruptura amorosa, cuando todavía el amor está vivo, es uno de los tragos más amargos que se beben en la vida...pero ¡ahí está!, y alguna vez, hay que tomar un poco. Un relato magistral, Cava. Como sólo tú sabes hacerlo y describir los sentimientos. Una vez más te felicito. Que tengas feliz semana. Besos.

Cavaradossi dijo...

Tienes razón, Hada, pocos tragos son más amargos que ese.
Celebro que te gustase el relato. Muchas gracias por tus alentadoras palabras. Eres un encanto.
Que tengas también tú una excelente semana.
Besos

María dijo...

Cierto es que los dias tristes son más proclives para las decisiones tristes. Y cierto es que, ni siempre inevitablemente, uno goza de dejarse llevar por el recuerdo de la escena final. El tiempo me ha enseñado que compensa mucho más recordar los dias de sol que iluminaron la relación; prefiero sonreír acordándome de lo que fue, que lamentando lo que no pudo ser.
Un abrazo, Cav.

Cavaradossi dijo...

Comparto plenamente esa filosofía tuya, María, mucho mejor que la nostalgia se nutra de buenos recuerdos que no de despedidas y momentos tristes. No obstante, la mente y el ánimo no acostumbran a ser siempre dóciles a los dictados de la voluntad, de tal forma que a veces se independizan para teñir de gris los ribetes de dicha nostalgia, envolviéndola de este modo de melancolía.
Un fortísimo abrazo para ti, María