domingo, 27 de octubre de 2013

NOCHE AMARGA

 

  
        Es una noche silenciosa, una noche triste, de esas en que a la luna le da por verter lágrimas de plata. También lloran las cuerdas de mi violín, lágrimas sonoras en su caso, lágrimas que rompen el silencio nocturno para acompasarse a la propia melancolía de la luna. Las acacias recortan sus sombras contra el cielo oscuro, del que como lentejuelas penden racimos de estrellas, y las notas de mi violín, como esas mismas estrellas, se esparcen en la noche amarga.
 
            No hace frío, si acaso un suave viento sopla de poniente para acariciarme el rostro; pero es un viento cálido, envolvente, cobijador. Mis manos actúan también como el viento, cobijando, envolviendo, acariciando las cuerdas del violín para extraer de ellas los más ácidos lamentos. Sólo me queda ella, mi música, esa música tantas veces desdeñada por una crítica ignorante, esa música asfixiada bajo una muralla de tópicos, incomprensiones e hipocresías; mi música, mi razón de ser, mi cadenciosa amante. Se dice que la gloria en el arte va aliada con la adversidad en la vida. Quizá sea así, pero lo cierto es que yo malvivo en la adversidad y sé, ahora más que nunca lo sé, que jamás alcanzaré la gloria, no al menos mientras siga vivo. Me siento hundido y fracasado, sin espacio ya en mis alforjas para la esperanza, vacío de ilusiones y de sueños. El violín llora mientras lo acaricio; también de mis ojos brota una lágrima díscola.
 
           Algo brilla en la noche. Son gatos, gatos callejeros cuyos ojos relucen como espíritus en medio de la penumbra. Me pregunto si me estarán escuchando, si sus oídos captarán la música que emana de mi violín o si, por el contrario, las notas se filtrarán por el desagüe del silencio hasta perderse en la inmensidad oscura. Quizá me escuche la luna, esa luna cuyas lágrimas, al caer al mar, proyectan reflejos huidizos. Porque también la luna llora, hasta es posible que sea precisamente mi música la que provoque su llanto, mi música preñada de melancolía.
     
           Dejo de tocar y comienzo a caminar de un lado a otro, recortada mi silueta, como la de las acacias, contra la oscuridad lechosa, inseguros mis pasos, tambaleándome de un lado a otro, en las fronteras mismas del delirio. Mis piernas se mueven por impulsos que en última instancia nacen de la saciedad y el tedio. Soy un perdedor, un don nadie que transita sin dejar huella ni despertar curiosidad alguna a su paso. Es este un pensamiento recurrente, asentado en mi cerebro por una legión de pugnaces e indestructibles demonios, un pensamiento que hace que de mis ojos rezume tristeza y desesperación.
 
           Me siento en todo caso mejor por la noche que de día. Noto que en cierto modo la noche me ampara, que con su lóbrego manto me protege contra mí mismo, contra mis demonios, contra mis miedos. Por eso no quiero que termine nunca. Quiero que esta noche sea eterna. Porque ¿qué haré cuando llegue el nuevo día, ese nuevo día que descubra mi presencia y revele de nuevo al mundo mi mediocridad? No, no quiero que la noche termine.
 
           Sé, sin embargo, que el plateado reguero que en el cielo forma la luna comenzará a difuminarse tras las primeras claridades del alba, retrocederá la negrura y un nuevo día, cruel, teñirá de oro el asfalto. Pero ¿y yo? ¿Qué será de mí entonces? Algo me dice, no obstante, que ésta será la última luna que mis ojos vean, mi última noche, esta noche amarga y melancólica. Quizá luego llegue la gloria. Quién puede saberlo.

domingo, 6 de octubre de 2013

LÁGRIMAS ÁCIDAS


          
           Llovía mucho la tarde en que ella cerró para siempre la puerta que vinculaba nuestras vidas. ¡Vaya si llovía! El martilleo de las gotas al morir sobre el asfalto provocaba un rumor incesante y sordo que se superponía, ahogándolo, sobre cualquier otro sonido. Aún tengo ese estruendo grabado dentro de mi cerebro. De hecho, el recuerdo de ella y la lluvia han estado desde entonces plenamente sindicados en mi mente, hasta el punto que cuando veo o escucho llover, lo asocio a ella, a su marcha, y su recuerdo aparece de este modo enmarcando un paisaje lluvioso.

           Esa es asimismo la causa de que la lluvia me entristezca sobremanera. Resulta inevitable. La lluvia ha sido, desde que se marchó ella, un reclamo para la melancolía, un transmisor que me oprime el alma con su humedad rebosante de añoranzas. Poco importa que fuese consciente de que, tarde o temprano, ella tendría que marcharse, que nuestra relación no era viable y estaba abocada a un final traumático, a la ruptura definitiva, al adiós sin posibilidad alguna de redención ni marcha atrás. Eso daba en el fondo igual. Dolió de igual forma. ¡Y cómo dolió! ¡Y cómo sigue doliendo! Su marcha me dejó agrietado el corazón, como si sobre él hubiese pasado un arado de penetrantes púas. Sentí que me lo arrancaban. Y así sucedió en cierto modo, porque mi corazón se fue en realidad con ella, dejando en mi interior un vacío que seguramente nadie podrá volver a llenar.

           Ella se fue sin mirar atrás. ¿Para qué iba a hacerlo? ¿Para sufrir más? ¿Para que ambos sufriésemos más? Era mejor así, abrir la puerta e irse sin adioses, sabedores de que habíamos vivido algo mágico e imperecedero, una experiencia única, apoteósica, sublime, pero que la aventura tocaba a su fin, irremediablemente, y no merecía la pena enturbiarla con duelos y llantos, por más que no hubiese forma humana de evitar que estos se desparramaran por dentro.

           Lágrimas internas, ácidas como el vitriolo; de esas derramé muchas, sí, interminables veneros que anegaron mis entrañas e inocularon en ellas el sañudo virus del que se alimenta la nostalgia. Pero por fuera no lloré, ninguna lágrima bañó mis mejillas cuando ella se dio la vuelta para definitivamente alejarse de mi lado; tan solo la lluvia, inmutable, persistente, fría, empapó mi piel. Por eso, ya digo, me resultan tristes desde entonces los días de lluvia, no en vano me hacen revivir el sombrío momento de su marcha… Aunque al propio tiempo también me agradan, porque en cierto modo me traen su propio recuerdo, el recuerdo de su olor a celindas, del sabor salado de su piel, de la humedad de su boca.

           Y así, cada vez que llueve me quedo embebecido mirando el agua caer y escuchando su amortiguado sonido al morir sobre la tierra, y entonces se me desboca la nostalgia y cientos de recuerdos se vuelcan sobre mí, recuerdos que hieren, incluso los recuerdos alegres hieren, porque al fin y al cabo evocan momentos que ya no volveré a repetir, por eso duelen… Recuerdo el brillo verde de sus ojos, su piel blanca como la luna, su risa de terciopelo. ¡La recuerdo tanto! Y su recuerdo me hace llorar, llorar por dentro, lágrimas ácidas, las que más afligen…, lágrimas ácidas como el vitriolo.