sábado, 21 de septiembre de 2013

RAPSODIA DE UN LICÁNTROPO


 
 
 
 
 
 
 
 
Sobre el altar de la noche ya luce la luna llena,
la sangre bulle en mis venas como lava de volcanes
y el cuerpo se me retuerce entre espasmos delirantes.
Momento temido, llegas.
 
Crecen mis extremidades y las uñas se me afilan
sobre dedos encrespados que se van tornando garras.
Los restos de la razón en un grito se sublevan.
Prudencia piden, medrosos.
¡No debo salir de casa!
 
Pero la luna me llama, se introduce por mis ojos
su argénteo influjo y, esclavo,
quedo a merced de unas ansias que voces de sangre apremian.
 
Miro a la luna y aúllo, una, dos, hasta tres veces
y salgo luego de caza.
 
Hombres, mujeres y niños en vano piden clemencia,
gritos de dolor baldíos, en la oscuridad se pierden
mientras mis fauces voraces les devoran las entrañas.
Cuerpos rotos, sed de sangre.
 
La luna sonríe allá arriba, satisfecha en su atalaya. 
Junto a ella, en contradanza, decenas de luminares
en la madrugada hierven.
 
El holocausto concluye cuando al cielo asoma el alba,
un sembrado de cadáveres descubre la tierra yerma,
despojos deslavazados, anatomías exánimes. 
 
Cede la luna su trono y, entre temblores y náuseas,
humano otra vez me torno.
Cabizbajo, marcho a casa, dejando detrás de mí
una plétora de mártires.
 

sábado, 7 de septiembre de 2013

ES VERANO


           Es verano. Yo estoy tumbado sobre un diván, perezoso, sin más deseo que dejar fluir mis pensamientos al ritmo de los versos de un poema que retoza dentro de mi cabeza. El mar canta ahí fuera, al otro lado de la ventana entreabierta, basta aguzar un poco el oído para escuchar todos los matices de su canto, el ronroneo de las olas mientras festonean en su danza líquida, el estridente chasquido de su ocaso, los afinados suspiros de las aguas al ser besadas por el viento. Es la balada del mar, de ese mar vivo, excelso, fragante, que se extiende orgulloso hasta más allá, mucho más allá, del horizonte.

           Otro sonido viene de súbito a añadirse a esa melodía, el sonido de una sirena, a buen seguro proveniente de un gran barco, a tenor del grave registro de su diapasón. Me levanto entonces y, tras ajustarme las gafas, miro a través de la ventana. El ángulo de visión que se me ofrece es bastante exiguo y no me permite divisar barco alguno, pero sé que está ahí, sobre la mar rapsoda, y, suplantando a mis ojos, la imaginación me lo acerca, me trae sus sollados, los distintos camarotes, la cubierta atestada de gente que saluda bulliciosa a quienes aguardan en la dársena; una mujer robusta acuna en sus brazos un bebé que parece dormido, un señor de bigote fuma un cigarrillo apoyado en la amura, dos jóvenes se besan apasionadamente cerca de proa, una muchacha pelirroja mira al cielo, embebecida, y sueña con príncipes azules. Todo eso y mucho más puedo ver nítidamente. Como puedo ver asimismo los bloques de cemento y hormigón que atestan el muelle, y los grandes contenedores, y el rompeolas, y la arboladura de las naves refugiadas en el puerto, y el largo paseo marítimo que se extiende de sur a norte.

           Vuelve a sonar la sirena, seca y rotunda, y a su tronar se acopla segundos después el repique de las campanas de la iglesia. Misa de doce. Me visto y salgo hacia allá, no para asistir a la misa, que a fin de cuentas soy agnóstico, sino para palpar sus muros de piedra y dejar que durante breves segundos se transmita a mis dedos su secular historia, memoria de auges y esplendores, de añagazas e intrigas, de infidencias, de autos de fe, de quiebras y conspiraciones, y luego de embriagarme con la piedra desnuda, vuelvo de nuevo mis ojos al mar, inmutable y omnipresente, para ya sin trabas de visión abarcarlo en toda su magnificencia. Y mis ojos se centran en ese gran barco que se acerca desde el horizonte doblemente azul, cargado de sueños también azules, de besos ardientes, de bebés que duermen, mujeres robustas y hombres con bigote.

           Un mendigo comido por la mugre pide limosna bajo el dintel de la fachada principal. Deposito un par de monedas sobre el rugoso pañuelo que exhibe y regreso a casa, a mi diván, a mis versos danzarines, a mi pereza inmarcesible.

           Es verano.