sábado, 21 de septiembre de 2013

RAPSODIA DE UN LICÁNTROPO


 
 
 
 
 
 
 
 
Sobre el altar de la noche ya luce la luna llena,
la sangre bulle en mis venas como lava de volcanes
y el cuerpo se me retuerce entre espasmos delirantes.
Momento temido, llegas.
 
Crecen mis extremidades y las uñas se me afilan
sobre dedos encrespados que se van tornando garras.
Los restos de la razón en un grito se sublevan.
Prudencia piden, medrosos.
¡No debo salir de casa!
 
Pero la luna me llama, se introduce por mis ojos
su argénteo influjo y, esclavo,
quedo a merced de unas ansias que voces de sangre apremian.
 
Miro a la luna y aúllo, una, dos, hasta tres veces
y salgo luego de caza.
 
Hombres, mujeres y niños en vano piden clemencia,
gritos de dolor baldíos, en la oscuridad se pierden
mientras mis fauces voraces les devoran las entrañas.
Cuerpos rotos, sed de sangre.
 
La luna sonríe allá arriba, satisfecha en su atalaya. 
Junto a ella, en contradanza, decenas de luminares
en la madrugada hierven.
 
El holocausto concluye cuando al cielo asoma el alba,
un sembrado de cadáveres descubre la tierra yerma,
despojos deslavazados, anatomías exánimes. 
 
Cede la luna su trono y, entre temblores y náuseas,
humano otra vez me torno.
Cabizbajo, marcho a casa, dejando detrás de mí
una plétora de mártires.