domingo, 11 de agosto de 2013

LA RISA DE LA SIRENA

  
         Florecía el verano y, como todos los años por idénticas fechas, la playa se encontraba atestada de turistas, cientos de almas ávidas de sol que, frente a un mar sereno cuyas aguas lamían suavemente la tierra al acoger sus últimos embates, se arremolinaban dentro de una estrecha franja de dorada arena. Apenas había huecos libres, por lo que la tarea de buscar un sitio donde colocar la toalla se convertía en una proeza que exigía sortear todo aquel ejército de cuerpos tendidos en veneración de su rey Sol.

           Pude pese a todo ubicarme cerca de la orilla, tan cerca que cuando alguna ola se encrespaba más de la cuenta, racimos de gotas saladas venían a salpicar mis pies, lo que, dado el sofocante calor, se agradecía de veras.
 
           Una vez acomodado, extraje un libro del interior de mi bolsa playera y me puse a leerlo, aunque apenas si había avanzado dos o tres páginas cuando, no demasiado absorbido por la trama, me tomé un descanso para con cierta lasitud echar un vistazo alrededor. Había gente de todo tipo, jóvenes, viejos, rubios, morenos, delgados, gordos…, muchos de ellos extranjeros, como atestiguaban tanto sus voces foráneas como el matiz mórbido de sus pieles, que al contacto con el sol parecían casi de inmediato adquirir tonos rosáceos o carmesíes. Entre los adultos predominaba la inactividad, cuerpos tendidos al sol o flotando perezosos sobre la rizada superficie marina; los niños, en cambio, se mostraban mucho más afanosos, algunos corrían y chapoteaban sobre el agua, otros construían pacientemente castillos de arena. Yo los observaba a todos escondido bajo mis oscuras gafas de sol, lo que hacía propicia esa labor fisgona sin sentirme incómodo.
 
           Cerca de donde yo me encontraba, una muchacha recogía conchas. Las olas besaban sus tobillos al batir junto a la orilla, generando una cenefa espumosa que al instante sucumbía bajo la arena húmeda, y de su cabello el sol extraía destellos áureos. Era muy joven, apenas debía rozar la primera adolescencia, y se movía con tanta flexibilidad que en cierto modo daba la impresión de que estuviera bailando, o que flotase sobre el suelo, como si una invisible capa la mantuviera por momentos suspendida en el aire, de tal modo sincronizada con el resto del paisaje que parecía un elemento más del natural entorno, tan inherente a él como la suave brisa que soplaba, el océano, la arena o las propias conchas de las que hacía acopio. Me llamaron también la atención sus profundos ojos zarcos, en perfecta sintonía asimismo con el color y la hondura de cielo y mar. Era tan bella y parecía tan inocente, tan pura, tan mágica…
 
           En un momento dado vi cómo levantaba la cabeza y quedaban de improviso sus ojos azules pegados a los míos, traspasado el cristal de mis gafas por el coruscante brillo que emergía de aquella mirada de terciopelo. Supongo que su movimiento obedeció a que se había dado cuenta de que yo la estaba observando. En todo caso, lejos de sentirse azorada e incómoda, vino a brindarme una espléndida sonrisa, dibujada por su labios con la espontaneidad de quien nada teme y aún no sufre la carga de severos prejuicios; tan luminosa era esa sonrisa que por sí misma obraba el prodigio de volver su rostro todavía más resplandeciente, como si de una guirnalda de luz se tratase. A su sonrisa respondí con un ligero torcimiento de labios; la verdad es que no estoy demasiado acostumbrado a sonreír, no ya porque sea una persona en exceso seria, sino más bien por la timidez congénita que me caracteriza; pero ante aquella sonrisa tan generosa parece ser que conseguí componer cuando menos una mueca simpática. Luego volví a enfrascarme en la lectura de mi libro, uno de esos típicos best seller cuyas páginas se absorben con facilidad, literatura sencilla que no exige demasiado esfuerzo de concentración, pese a que el argumento seguía sin engancharme. A mi derecha una pareja de enamorados se prodigaba un sinfín de carantoñas. A mi izquierda dos señoras tomaban el sol en top-less mientras conversaban en un idioma que, a tenor de su aspereza, deduje que debía de ser alemán.
 
           Aplicado en la lectura, sólo me percaté de la presencia que lentamente avanzaba hacia mí cuando una mano se posó con suavidad sobre mi hombro; levanté entonces la cabeza, sobresaltado. Era la muchacha de los ojos azules que, de pie justo donde yo me encontraba, me ofrecía de nuevo su sonrisa luminosa, más luminosa que el cielo y que el mar azul. Parecía en verdad una sirena que acabara de surgir de las aguas, esplendorosa, bella, radiante, la piel morena aún humedecida. “Toma, para ti”, dijo la sirena al tiempo que hacia mí extendía su mano, esa misma mano que segundos antes tocara mi piel. Yo no dije nada, abrí la mía y dejé que deslizara dentro de ella lo que fuera que traía. “Gracias”, me limité a responder al cabo de unos segundos, sin mirar siquiera el objeto que acababa de depositar en mi mano; no podía ciertamente dejar de contemplarla a ella, extasiado que estaba en la admiración de su grácil figura, como si delante mío no se hallara en realidad un ser de carne y hueso, sino una especie de prodigioso ente surgido de algún ignoto universo paralelo. La sirena comenzó entonces a reír, una risa franca y envolvente, risa de niña, balsámica vibración que se introducía en el cuerpo a través de los tímpanos para acunar el alma; me sentí de hecho muy confortado por esa risa, que saboreé con el ávido entusiasmo de un chiquillo; nunca hasta entonces había escuchado una risa tan plena de armonía. Luego, sin pronunciar más palabra, dio media vuelta y se marchó corriendo por la orilla, de nuevo etérea y sutil como una nereida. Mientras la veía alejarse, abrí la mano y observé sobre la palma la caracola que me había dejado, de un color tan blanco que parecía un trozo de luna.
 
           Siempre se ha dicho que cuando se aproxima al oído el hueco de una caracola se oye el rumor del mar. Allí, sin embargo, en aquella playa bulliciosa, resultaba imposible apreciarlo, de modo que me vestí, recogí mis cosas y marché con la caracola firmemente agarrada.
 
           Ya en casa me asomé a la terraza, desde donde una brisa cálida ciñó mi piel a modo de sedosa caricia. En el horizonte el sol asomaba por detrás de los edificios para iluminar la ciudad con un tono dorado casi sobrenatural. Respiré profundamente y, esperando deleitarme con el murmullo del mar, acerqué la caracola a mi oído, en cuyo interior, sin embargo, como una envolvente nota musical continuada, lo que escuché fue de nuevo la portentosa risa de la sirena.
 

2 comentarios:

María dijo...

¡¡Ayyyy... nuestro romántico Cav, ¡¡que cree hasta en sirenitas riendo a través de las caracolas!!
Bueno, mientras no canten... jejeje...

Muy lindo pellizquito de verano, éste que nos traes. ¡¡Un abrazo!!

Cavaradossi dijo...

Gracias María.
Pues sí, supuse que con estos calores estivales venía bien este relato en el que, como bien dices, dejo aflorar mi vena romántica.
Un besazo