martes, 9 de julio de 2013

UN SUEÑO ROTO


            Por más que doliese, resultaba en cierto modo inevitable el colapso, el temido fin que al traste diera con el peculiar universo que, siguiendo los dictados de sus enardecidos corazones, habían entre ambos modelado. Daba igual que dicho universo constituyera en sí mismo el más fascinante, bello e idílico escenario que hubieran podido concebir. Daba igual que en su seno hubiesen sido más dichosos que nunca antes en toda su vida. Daba igual que la felicidad más embriagadora resultase precisamente de la entrega en cuerpo y alma del uno al otro. Daba todo igual. Las afiladas aristas de la realidad, insobornables en su desgarrador empeño, tenían tarde o temprano que rasgar el velo bajo el que refulgía tan espléndido universo, era sólo cuestión de tiempo, y una vez en contacto con dicha realidad acerba, la contaminación que ésta portaba lo inficionaría hasta terminar por consumirlo en el vacío.

            Y así sucedió. Tan pronto la cordura, aviesa ama de llaves donde las haya, asumió las riendas que durante cierto tiempo tomara la más mágica de las locuras, el desplome resultó ya ineludible. Llegaron de este modo las aquiescencias que por raíz tenían a la más pesarosa de las resignaciones. "Sí, admitámoslo, esto ya no puede dar más de sí". Poco importaba que en el fondo desearan convertir ese sumiso asentimiento en una rebelde negación, en un rotundo "no" al que aferrarse para prolongar durante más tiempo aquel sueño compartido. Poco importaba, siendo que el deseo, por fuerte que fuera, no lograba imponerse al falso orgullo que convertido se había en paladín de la cordura, en valedor de sus lógicos razonamientos. Querían decir "no", un no que les permitiera proseguir con aquel vínculo mágico que unidos les había mantenido todo ese tiempo, un vínculo hecho de miel y de fuego, pero decían en cambio "", un sí que derrumbaba los muros que con tales elementos construyeran. Decían "sí, es cierto", y ese sí encerraba una desolación tan brutal que luego, a escondidas consigo mismos, las lágrimas se derramaban desde sus ojos como ríos desbordados tras una lluvia torrencial. "Sí, fue bonito mientras duró, pero ambos sabíamos que no podía mantenerse de manera indefinida". Y el "no" rebelde quedaba detenido en la garganta, impedido su paso por los centinelas de la razón que, ceñudos, interceptaban con lanzas su paso.
         
           Les quedaría para siempre el recuerdo, frente al que ni la cordura, ni la razón ni cualquier tipo de incolora sensatez gozaban de jurisdicción; nada podría ya arrebatarles el recuerdo, ninguna fuerza sería capaz de borrar de su memoria la presencia de tantos y tantos momentos compartidos, bellos momentos, únicos, insuperables, excelsos momentos que forjadores fueran de un sueño a la postre roto. Y junto al recuerdo quedarían los rescoldos de esa pasión que abrasara sus corazones y les compeliera a devorarse el uno al otro en candente holocausto, fuego en cuyas llamas se habían zambullido con irreprimibles ansias, como si en el fondo sospecharan lo efímera que habría de ser su flamígera sustancia, destinada tarde o temprano a ser sofocada y convertida en ceniza. Y, finalmente, como cicatriz les quedaría la nostalgia, esa añoranza cruel que durante mucho tiempo los mantendría sumidos en la más lasa de las melancolías.
      
           Habían decidido conceder a la razón el cetro de mando y entronizarla sobre las emociones, que de este modo quedaron relegadas al papel de súbditas de tan racional soberana, lo que por fuerza suponía el fin de su compartida locura. Habían dicho "" a las voces que exigían renuncia y "no", en cambio, a las que desde dentro clamaban por continuar; "dejémoslo así" habían convenido, y al hacerlo la realidad había fagocitado al sueño.

           No obstante, durante todo el tiempo en que aquel sueño permaneció incólume, mientras fue la locura el norte conductor de sus pasos, se habían sentido más vivos que nunca, ciclópeos, invencibles, dioses elevados por encima del resto de la humanidad y de sus cotidianas menudencias, dioses retozones que jugaban, reían, amaban y gozaban sobre un lecho de pétalos de rosas.

 

4 comentarios:

Anónimo dijo...

En realidad, los recuerdos no acompañan en la soledad, sino que la hace aún más profunda. Vivir por y para ellos, idealizándolos, nos hace anclarnos en el pasado, y por lo tanto no poder disfrutar de una felicidad presente o futura; por ello quizá, se diga que son 'vecinos del remordimiento', porque duelen y paralizan.

Cavaradossi dijo...

Interesante comentario, Anónimo. Me recordaste los versos de Jorge Manrique, aquellos que decían:
"cuan presto se va el placer,
como después de acordado
da dolor"
Gracias por pasarte por este mar

María dijo...

Para nada estoy de acuerdo. Si algo he aprendido, es que los ladrillos de la vida son los recuerdos. Lo que cuenta a la hora del balance final, es precisamente haber disfrutado de una o de cien felicidades. El dolor amargo de haber disfrutado se torna dulce con la perspectiva del tiempo. A mi no me importa pasar el duelo natural del sueño roto, si el sueño lo vale. Es un precio que pago gustosamente, que me llena de orgullo, y que me anima a volver a intentarlo, porque está sobradamente amortizado con la inmensa experiencia de haber podido amar, aunque no fuera para siempre.

Cavaradossi dijo...

Buen apunte, María.

Entiendo que cada uno vive sus recuerdos a su particular manera. Los hay que, como tú (o también yo) se recrearán en ellos y sabrán extraer su esencia para disfrutarla en la evocación de los buenos momentos vividos, incluso aunque la realidad hubiera devorado a la postre el sueño que en su momento representaron... Pero imagino que también los habrá para quienes el dolor de la pérdida resulte tan profundo que no soporten siquiera el recuerdo de los momentos bellos, habida cuenta que incluso estos pueden seguir para ellos avivando el fuego de dicho dolor.

Así es la vida, cada uno la vive y siente a su modo