martes, 18 de junio de 2013

LA AGENTE JUDICIAL


            Generalmente mi actividad en los tribunales va asociada a la de la acusación particular en los procedimientos penales, siendo raras las veces que ejerzo en el lado de la defensa. No obstante, aquella mañana me tocaba precisamente actuar de abogado defensor de un imputado por estafa, algo a lo que no estaba muy acostumbrado, pero que venía impuesto por la importancia del cliente en cuestión, quien había llenado mi cuenta bancaria de suculentas cantidades que multiplicaría aún más en caso de salir absuelto. A mi lado se sentaba el procurador, un tipo entrado en años, de pelo cano y nariz colorada. Éramos por lo demás los dos únicos hombres en aquella sala, además del imputado, pues el resto del elenco lo componían mujeres. Mujer era la abogada y la procuradora del querellante, mujer la jueza, mujer la secretaria judicial, mujer la fiscal y mujer asimismo la agente judicial.

           En la Sala el calor era sofocante, lo que me hacía sentirme incómodo bajo la toga. En esos momentos me habría gustado estar en la playa, sin nada de ropa y cómodamente tumbado sobre una hamaca, tomándome un mojito helado; pero como no era el caso, mi imaginación buscó remedio en lo que más a mano tenía, que no era sino el equipo de mujeres allí reunido, las cuales, como suele sucederme en casos similares, despertaron mi interés más concupiscente, de modo que comencé a estudiarlas con disimulada frivolidad. El juicio andaba todavía en sus prolegómenos, por lo que podía permitirme esa ligera distracción.

           Lo cierto era que todas estaban bastante bien, al menos en lo que al plano físico respectaba. La abogada contraria tenía cara afilada y unos ojos vulpinos que parecían equipados con el poder de traspasar y leer las mentes ajenas, así como un par de piernas largas como avenidas, apenas ocultas bajo su falta de tafetán azul. La procuradora también estaba muy apetecible, rubia y bronceada, luciendo bajo la toga una blusa celeste que estratégicamente desabotonada en su parte de arriba, permitía apreciar el encaje blanco de su sujetador. La jueza, la secretaria judicial y la fiscal insinuaban asimismo unas más que interesantes formas bajo sus respectivas togas, por más que los tres rostros me resultasen bastante herméticos y, por consiguiente, poco atractivos.

           Fue, pese a todo, la agente judicial quien llamó más poderosamente mi atención. Era bastante más joven que las otras, poco más de veinte años aparentaba tener a lo sumo, y se movía dentro de unos ajustados vaqueros que subrayaban las turgencias de un culo hechicero a más no poder, ¡ay, ese culo!, así como de una camiseta corta color amaranto que al descubierto dejaba una minúscula parte de su vientre, indumentaria que, al igual que sus uñas pintadas de un color verde vivo y el pearcing dorado que llevaba incrustado en la nariz, contrastaba de forma llamativa con el adusto protocolo de togas, chaquetas y faldas imperante en la Sala. Sin embargo, estos no eran sino matices de índole tangible, chocantes en su cariz divergente, pero poco más; por encima de ellos existían otros que, aun no siendo sensorialmente perceptibles, resultaban de algún modo mucho más turbadores, sutiles efluvios que a través de algún invisible conducto químico yo conseguía captar, feromonas tal vez, sí, un salvaje turbión de feromonas que, provenientes de la muchacha, bombardeaban mi libido con la fuerza de mil legiones, lo que hacía que me costase un esfuerzo ímprobo apartar mis ojos de ella y concentrar la atención en el interrogatorio al que la fiscal y la abogada contraria sometían en esos mismos momentos a mi cliente. Yo procuraba tomar notas, pero mis dedos se movían más por automatismo que por genuino afán profesional, mi verdadero interés estaba puesto en la preciosa criatura de la camiseta roja, hacia la que de soslayo dirigía una y otra vez la mirada, concentrado en transmitirle váyase a saber qué tipo de radiación etérea que consiguiese magnetizarla de modo análogo a como ella lo estaba haciendo conmigo.

           La indiferencia de ella era, sin embargo, total. No sólo no parecía darse cuenta de la poderosa atracción que en mí suscitaba, sino que, aparentemente ajena a todo cuanto allí se debatía, su mirada vagaba de un lado a otro de la estancia, deteniéndose ora en el techo, ora en el retrato del Rey, ora en las blancas paredes, pero siempre de un modo distante, como aburrida de toda aquella jurídica parafernalia, esperando tan solo que le llegase el momento de intervenir para avisar a algún testigo o exhibir determinados documentos. Más allá de eso, era tan indiferente al escrutinio que hacía yo de su persona como las galaxias puedan serlo a los cálculos que sobre ellas realizan los astrónomos.

           No me enteré cuando la jueza me dio por primera vez la palabra, de modo que ésta, no sin cierto enojo, tuvo que alzar la voz para repetir su llamada, que tampoco hubiera advertido de no ser por el codazo que me propinó el viejo procurador que me asistía, sin el que a buen seguro habría continuado dentro de mi abstracción. Pedí disculpas a sus señorías, carraspeé un par de veces y, completamente perdido, di inicio a un confuso batiburrillo de artículos y citas jurisprudenciales que traía anotadas de antemano. El procurador me miró sorprendido y, con evidente enfado, la adusta jueza interrumpió mi alegato para decirme que aún no era el momento de informe, que me había dado la palabra para que hiciera valer mi turno de preguntas al acusado, no para formular alegaciones. Su voz era aguda, más aún por el efecto del enojo, que la hacía chirriar como los goznes mal engrasados de una puerta. Inundado de rubor, me disculpé otra vez y comencé un interrogatorio que devino breve y poco incisivo. La verdad es que me sentía extraño, presa de una embarazosa sensación de abandono. Quería ser brillante, como casi siempre lo era en similares lances, pero yo mismo me oía apocado y sin convicción alguna.

           Terminado mi turno, como si anómalos fusibles estuviesen operando sobre las luces de mi razón, desatendí de nuevo el curso de la vista para centrarme otra vez en los encantos que a mi universo sensorial ofrecía la joven agente. Su belleza animal me fascinaba, una belleza que quizá tuviera su máximo exponente en los felinos ojos que adornaban su rostro, ojos que lucían como dos brillantes fanales verdes anunciadores de un prodigioso fondeadero, así como también me fascinaba su displicencia hacia todo aquel escenario, rayana en lo ofensivo, como si de una aburrida reina se tratase. Yo quería concentrarme en el juicio, razón primera y última que justificaba mi presencia allí, por la que cobraba además unos elevadísimos honorarios, pero lo cierto era que no podía, mi atención, huidiza y esquiva como un potro salvaje, volvía una y otra vez a la muchacha.

           Por otro lado, me sentía cada vez más incómodo. La toga parecía hecha de plomo, ¡tan pesante me resultaba bajo ese calor infernal!, y de buena gana me la habría quitado, como me habría desprendido también de la corbata y la chaqueta, asimismo pesadas y opresivas. En realidad, no quería estar ni un segundo más allí, no al menos en calidad de abogado. Miraba las caras adustas de la juez y la secretaria judicial y no me transmitían nada. Miraba la cara encendida de la fiscal y no me transmitía nada. Miraba el rostro buido de la letrado y nada me transmitía asimismo. Ni lo hacía tampoco el bronceado semblante de la procuradora contraria. Vacías máscaras de oficiante todos ellos, apenas chispa bajo la quincalla que encubría la liturgia de opereta de aquel femenino cónclave. Miraba, en cambio, a la agente y, ah, notaba entonces el deseo abriendo surcos de fuego bajo mi piel, enloquecidos mis sentidos por el impacto que sobre ellos ejercía el chorro de feromonas que prorrumpía de su cuerpo, en especial de ese culo redondo que abultaba el pantalón vaquero y que yo me morías de ganas por profanar, ¡ay, ese culo!, y casi sin darme cuenta me encontré clamando en mi interior porque el tiempo se detuviese y el mundo entero quedara reducido a un limitado espacio donde a solas pudiera hallarme con aquella efeba de mirada ausente y perturbadora anatomía.

 
 

 

lunes, 3 de junio de 2013

QUE TE QUIERO



Que te quiero por la noche y por el día,
que te quiero de ambarino y de azul claro,
que te quiero ya desnuda, ya vestida,
que te quiero cuando grito y cuando callo.

Que te quiero cuando al alba el sol despierta,
que te quiero en cada fase de la luna,
que te quiero en la distancia y a mi vera,
que te quiero con furor y con locura.

Que te quiero porque así me da la gana,
que te quiero de vainilla y chocolate,
que te quiero por simpática y por guapa,
que te quiero revestida de azahares.

Que te quiero, niña, que te quiero y punto.
Que te quiero, niña, que te quiero y basta.

Que te quiero entre trigales amarillos,
que te quiero perezosa y soñolienta,
que te quiero mientras este verso escribo,
que te quiero si retoza mi alma inquieta.

Que te quiero por el brillo que desprendes,
que te quiero cuando tus manos me rozan,
que te quiero de casualidad y adrede,
que te quiero cuando tus ojos me enfocan.

Que te quiero recostada sobre un muro,
que te quiero provocadora y traviesa,
que te quiero porque me vistes de embrujo,
que te quiero cuando tus labios me besan.

Que te quiero, niña, que te quiero y basta.
Que te quiero, niña, que te quiero y punto.