sábado, 20 de abril de 2013

EL ENCARGO


   

           La muerte de mi tío, tan repentina e inesperada como un aguacero en el desierto, me produjo una fuerte conmoción, no ya sólo por haberle sorprendido a una edad relativamente temprana, como eran sus cincuenta años recién cumplidos, sino sobre todo porque se trataba de un hombre que siempre había llevado una vida sana, sin vicios aparentes y deportista acérrimo. Resultaba desde luego sorprendente que de la noche a la mañana, partido en dos su corazón por un infarto, hubiese marchado a engrosar las huestes del Hades.

           Pero más chocante aún si cabe me resultó que su único hijo, mi primo Manu, luego de la ceremonia de cremación, viniera a entregarme las cenizas con el encargo de esparcirlas a orillas del mar, en ese Mediterráneo que, si no morir, viera a su padre nacer y crecer. Esa había sido al parecer la última voluntad del difunto.

           Tú eres el único de la familia que continúa viviendo en la costa —me dijo Manu con aire compungido—, y dado el gran aprecio que mi padre te tenía, me consta que lo harás de buen grado.

           Me dije para mis adentros que ya le valía a mi tío el caprichito de querer que sus cenizas reposaran en el mar, cuando ni había sido marinero ni le había en realidad gustado nunca bañarse en sus aguas, y que seguro que había sacado la idea de la famosa canción de Serrat, al que también le valía inducir con sus letras semejantes fijaciones póstumas. Pero difícilmente puede uno negarse a cumplir con este tipo de decretos de ultratumba, so pena de suscitar escatológicas iras, de forma que cogí el tarro con las cenizas, lo introduje en el maletero de mi automóvil y, tras fundirme en un nuevo condoliente abrazo con mi primo, le prometí que lo haría con mucho gusto.

           Meses después volví a ver a Manu. Sucedió que, muy aficionado él a todo lo relacionado con el más allá, había organizado una sesión de espiritismo con una renombrada médium y, aprovechando que yo había ido a la capital para cerrar algunos negocios, quiso que estuviera también presente, imagino que más que nada para hacer bulto y aportar mi energía, o mi aura, o lo que diablos sea lo que haya que aportar, que yo desconozco toda la parafernalia relativa a estos temas, para que se produjese el perseguido contacto entre el mundo de los vivos y el de los muertos.

           La médium, una mujer de mediana edad entrada en carnes y peinada con una aparatosa permanente, debía conocer bastante bien los entresijos de su trabajo, pues rápidamente pareció entrar en trance y, poniendo cara de estreñida, comenzó a hacer aspavientos y hablar con voces raras que se suponía eran las que sus cuerdas vocales producían cada vez que poseída era por alguno de los espíritus que, como si fuese una fonda, se le colaban por dentro, voces cuyo denominador común venía a ser el poderoso timbre gutural que a todas caracterizaba. Uno tras otro, los asistentes inquirían por sus seres queridos, ofreciendo la mujer-fonda a cada uno de ellos las pertinentes respuestas que sus circunstanciales inquilinos le iban revelando. Mi primo también tomó la palabra en un momento dado, como no podía ser menos, siendo además el anfitrión, y quiso saber cómo le iba a su viejo por los dominios de Hades. Rápidamente, la médium aceleró sus aspavientos y puso la voz gangosa que al parecer usaba mi tío en el reino de los fiambres, voz con la que, a la pregunta de Manu queriendo saber cómo se encontraba, anunció que seguía en tránsito.

           No dijo más, sólo eso, que estaba en tránsito, lo suficiente para que a mí se me helase la sangre dentro de las venas al recordar justo en ese instante que no había cumplido el encargo que se me hiciera de aventar sus cenizas allá en la mar. ¡Lo había olvidado por completo! Cómo se me pudo haber pasado una cosa así, con lo responsable y formal que yo acostumbro a ser a la hora de cumplir con mis obligaciones! ¡No había desde luego excusa que justificase mi negligencia! El caso fue que mi mente asoció de inmediato aquel descuido con la revelación que, por boca de la médium, acababa de hacer el difunto, lo que me provocó una sensación de pánico que se tradujo en temblores incontrolables de mis extremidades y en un sudor frío que de repente bañó toda mi piel. La posibilidad de que aquel "tránsito" en el que al parecer aún se hallaba mi pariente fuera consecuencia de mi imperdonable desidia me acoquinó realmente. ¿Y si le daba por volver del inframundo a pedirme cuentas?

           De regreso a mi ciudad, sin poder desprenderme de la sensación pegajosa que me había dejado la sesión de espiritismo, fui de inmediato hasta donde tenía aparcado el coche y, una vez abierto el maletero, pude comprobar que, en efecto, seguía allí estando el tarro con las cenizas, justo al lado de varias toallas de playa, una sombrilla arco iris y los manguitos para nadar de mi hijo pequeño, todo aglutinado entre undosos regueros de arena que se habían ido en el interior depositando. Por un instante me pregunté si cuando la médium pronunció aquello de "en tránsito" no se estaría en realidad refiriendo a los paseos que, sin darme cuenta, había estado yo dando a las cenizas del difunto de acá para allá durante todo este tiempo que permanecieron dentro del coche.

           Presa de un fuerte sentimiento de culpabilidad, esa misma tarde me acerqué a la playa, saqué el tarro del maletero, lo abrí y, con pomposa solemnidad, me dispuse a cumplir la última voluntad del difunto, con la esperanza de lograr así que concluyese su tránsito de una vez por todas y pudiese al fin alcanzar un merecido reposo en el más allá. En esta esparcidora tarea andaba yo, introducido en el agua hasta las rodillas, cuando un fuerte golpe de viento hizo que el puñado de cenizas que justo acababa de arrojar se volviese hacia mí y me azotara en pleno rostro, llenándoseme la boca y las fosas nasales de una buena ración de mortuorios vestigios. Aquello me produjo una enorme sensación de asco, hasta el punto que apenas si pude contener las ganas de vomitar que me entraron, acometido de golpe y porrazo por un repulsivo aluvión de náuseas. Medio mareado, perdí la noción de todo, enfrascado únicamente en la tarea de sofocar esa turbulenta sucesión de arcadas que se me había venido encima; tanto fue así que no me apercibí de la poderosa ola que llegaba en esos momentos y que en un abrir y cerrar de ojos me pasó por encima, calándome de arriba abajo. Un postrer acto reflejo me hizo elevar el brazo por encima de la cabeza, lo que impidió en última instancia que se inundara el envase con los restos del difunto, pero no evitó, en cambio, que ingiriese un buen trago de agua salada, que dentro del paladar vino a mezclarse con el acerbo sabor de las cenizas del muerto.

           Salí del agua entre toses y espasmos, preguntándome si todo aquello no sería alguna suerte de sórdida venganza de mi tío por haberle tenido tanto tiempo encerrado dentro del maletero. En cualquier caso, una vez en la orilla, me apresuré a arrojar sobre las aguas lo que quedaba de él, aunque ya sin ningún ceremonial ni apenas respeto, cagándome de hecho varias veces en mi primo, en mi tío, en la médium de la permanente y hasta en el mismísimo Joan Manuel Serrat.

lunes, 1 de abril de 2013

EN SU NOMBRE MI NOMBRE


En su nombre mi nombre
sonaba a música,
son de violines preñando la noche,
noche blanca y tibia,
de cadencias brujas.
 
Chispas en mis labios
formaban los suyos,
húmedas magnolias de matiz rosado
de cuyos capullos
mi boca bebía.
 
De amor fue mi sueño,
níveo como el alba,
carrusel de espigas agitando al viento
el lúcido jalde
de sus leves tallas.
 
Cómplices de versos,
náufrago en su isla
de doradas playas y límpido cielo,
fuimos sal y aire
fuimos voz y risas.
 
Y era en su humedad,
voraz fiebre líquida,
donde cada noche, donde cada día,
ávido de goces
bañaba la mía.
 
De besos fue fuente
su boca de niña.
Y de su sonrisa, flor en vuelo tenue
que no se marchita,
nació mi sonrisa.