martes, 26 de febrero de 2013

EL MUNDO AL REVÉS


           Me asombro al constatar cómo el agua ha dejado de repente de caer, absorbidas las últimas gotas hacia el interior del propio grifo que segundos antes las volcara sobre mí en impetuosa cascada. ¿Un nuevo corte de agua? ¿Se me olvidó tal vez pagar el último recibo? No me da tiempo, sin embargo, a reflexionar sobre estas u otras alternativas, pues justo al instante observo cómo el manto saponáceo que cubre buena parte de mi piel se va deshaciendo segundo a segundo hasta formar de nuevo el denso líquido que lo originara, líquido que de modo incomprensible vuelve a colarse por el minúsculo agujero del frasco de gel. De manera simultánea viene a suceder lo mismo con el champú que envolvía mi cabeza, de la que por arte de magia parece evaporarse para recobrar de nuevo su prístina textura dentro del envase del que previamente lo extrajera para enjabonar mis cabellos.

            ¿Qué diablos está pasando?, me pregunto mientras mis piernas se elevan por encima del borde de la bañera para salir de ésta en inopinada marcha atrás. Para mayor pasmo, compruebo que, pese a acabar de ducharme, estoy completamente seco, aun sin haber pasado siquiera toalla alguna sobre mi epidermis poco antes empapada.

            Ah, claro, caigo de pronto en la cuenta: se trata del mundo, que por alguna ignota razón marcha ahora al revés. ¡Eso lo explica todo!

            Aun así, me resulta chocante observar cómo mis calzoncillos pegan un saltito desde el suelo para introducir cada una de sus perneras por mis pies y acto seguido, transformados en una especie de ascensor de algodón, remontar mis tobillos y muslos hasta ajustárseme en la cintura. ¡Bravo por ellos! También mi camiseta parece de repente haber cobrado vida, como demuestra el brinco de volatinera que la eleva en el aire por encima de mi cabeza para descender luego entre contorneos hasta acomodarse perfectamente sobre mi tronco.

            Cubierta de este modo mi desnudez, doy un giro que me coloca justo enfrente del espejo. Dado que ya sé que estoy en el mundo al revés, no me sorprendo demasiado cuando observo que mi boca se abre para recibir un chorro de agua que entra en ella desde el lavabo y, sin solución de continuidad, cómo el cepillo de dientes, que descansaba hasta entonces dentro de un vaso de cristal, se me desliza entre los dedos para acudir al encuentro de mi dentadura y empezar sobre ella a moverse de abajo arriba y de izquierda a derecha. Tampoco me sorprende demasiado presenciar cómo la efervescencia blanca de la pasta escapa luego de entre mis labios para formar una compacta crema que durante escasos instantes luce en toda su inmaculada albura sobre las cerdas del cepillo, sostenido aún por mi mano, y de ahí, con toda naturalidad, se introduce después por el angosto agujero del dentífrico.

            Doy una extraña media vuelta y me encuentro con el pito fuera del calzón apuntando hacia el interior del inodoro, si bien, en lugar de brotar la orina desde el glande hacia la taza, cual sucedería en un universo encaminado como Dios y las leyes de la física mandan, emerge espumeante de la propia poza y forma un generoso chorro de color amarillo que acaba introduciéndoseme dentro del meato uretral. Concluido el proceso, mi pene vuelve a estar dentro de los calzoncillos y yo, curiosamente, con unas terribles ganas de mear.

            Pero no meo, sino que otra vez me encuentro con el rostro vuelto hacia el espejo, que me devuelve una estampa ciertamente desagradable, el cabello despeinado, los párpados caídos, los ojos a medio abrir y, bajo ellos, unas terribles ojeras dando testimonio de haber cuando menos pasado una mala noche. ¿Otra pesadilla quizá? No recuerdo en todo caso nada, una consecuencia más de este mundo que gira al revés y que, entre otras cosas, impide que en mi cabeza se ordene pensamiento alguno de forma coherente, menos aún los relacionados con lo pretérito, convertido además ahora en futuro. ¡Menudo lío! ¡Para volverse tarumba!

            El bostezo que doy afea todavía más el rostro que refleja el cristal. De buena gana hubiese emitido un respingo, pero no puedo, pues sólo me es posible ir marcha atrás. Y marcha atrás salgo precisamente del cuarto de baño, para una vez llegado de esa guisa al dormitorio, meterme de espaldas en la cama, donde me desperezo durante unos segundos para luego arrebujarme bajo las sábanas formando una especie de número cuatro con mi cuerpo. Noto entonces que tengo un sueño terrible.

            Finalmente me duermo y ya no sé nada más. Desconozco si sueño o si no sueño, y en caso de soñar, ignoro si en el sueño todo continúa desarrollándose al revés o vuelto de nuevo al derecho, o si sigo en todo caso dentro de la misma pesadilla recurrente de cada noche.

4 comentarios:

El Hada de los Cuentos dijo...

Un relato un tanto fantástico, pero...¡quién no ha querido alguna vez dar marcha atrás a algún acto, algún acontecimiento...! ¡ Cuántas veces decimos..." si volviera a nacer haría esto o aquello"! Pero claro,de la manera que sucede aquí no. Así es mas bien una pesadilla.Yo creo que la vida hay que vivirla como viene, con sus aciertos y con sus errores, con ratos buenos y malos. Esa es la sal que la hace atractiva. Un beso

Cavaradossi dijo...

Más que fantástico, yo lo calificaría de alegórico, en cuanto pretende representar en un tono divertido la confusión en la que normalmente vivimos, donde a veces ni sabemos qué nos sucede, como si el mundo, en efecto, marchase al revés y todo fuese una especie de pesadilla burlona.

Y sí, lo que hace la vida atractiva no son sólo los aciertos y los buenos momentos, sino también esos errores que a su manera fraguan lo que llamamos experiencia.

Un beso muy fuerte para ti, Hadita, y gracias de nuevo por pasarte por este rinconcito

María (Irisada) dijo...

CUántas veces no habremos pensado, o nos habrá parecido, que el acontecer de las cosas es contrario a lo natural, que lo que viene después, ha llegado antes, que lo que esperamos al momento, aparece tras sus secuelas. Según sea el suceso, puede resultar hasta divertido.

Cavaradossi dijo...

Así es, María, en cierto modo son momentos de déjà vu. Y sí, a veces resultan divertidos :-)