martes, 26 de febrero de 2013

EL MUNDO AL REVÉS


           Me asombro al constatar cómo el agua ha dejado de repente de caer, absorbidas las últimas gotas hacia el interior del propio grifo que segundos antes las volcara sobre mí en impetuosa cascada. ¿Un nuevo corte de agua? ¿Se me olvidó tal vez pagar el último recibo? No me da tiempo, sin embargo, a reflexionar sobre estas u otras alternativas, pues justo al instante observo cómo el manto saponáceo que cubre buena parte de mi piel se va deshaciendo segundo a segundo hasta formar de nuevo el denso líquido que lo originara, líquido que de modo incomprensible vuelve a colarse por el minúsculo agujero del frasco de gel. De manera simultánea viene a suceder lo mismo con el champú que envolvía mi cabeza, de la que por arte de magia parece evaporarse para recobrar de nuevo su prístina textura dentro del envase del que previamente lo extrajera para enjabonar mis cabellos.

            ¿Qué diablos está pasando?, me pregunto mientras mis piernas se elevan por encima del borde de la bañera para salir de ésta en inopinada marcha atrás. Para mayor pasmo, compruebo que, pese a acabar de ducharme, estoy completamente seco, aun sin haber pasado siquiera toalla alguna sobre mi epidermis poco antes empapada.

            Ah, claro, caigo de pronto en la cuenta: se trata del mundo, que por alguna ignota razón marcha ahora al revés. ¡Eso lo explica todo!

            Aun así, me resulta chocante observar cómo mis calzoncillos pegan un saltito desde el suelo para introducir cada una de sus perneras por mis pies y acto seguido, transformados en una especie de ascensor de algodón, remontar mis tobillos y muslos hasta ajustárseme en la cintura. ¡Bravo por ellos! También mi camiseta parece de repente haber cobrado vida, como demuestra el brinco de volatinera que la eleva en el aire por encima de mi cabeza para descender luego entre contorneos hasta acomodarse perfectamente sobre mi tronco.

            Cubierta de este modo mi desnudez, doy un giro que me coloca justo enfrente del espejo. Dado que ya sé que estoy en el mundo al revés, no me sorprendo demasiado cuando observo que mi boca se abre para recibir un chorro de agua que entra en ella desde el lavabo y, sin solución de continuidad, cómo el cepillo de dientes, que descansaba hasta entonces dentro de un vaso de cristal, se me desliza entre los dedos para acudir al encuentro de mi dentadura y empezar sobre ella a moverse de abajo arriba y de izquierda a derecha. Tampoco me sorprende demasiado presenciar cómo la efervescencia blanca de la pasta escapa luego de entre mis labios para formar una compacta crema que durante escasos instantes luce en toda su inmaculada albura sobre las cerdas del cepillo, sostenido aún por mi mano, y de ahí, con toda naturalidad, se introduce después por el angosto agujero del dentífrico.

            Doy una extraña media vuelta y me encuentro con el pito fuera del calzón apuntando hacia el interior del inodoro, si bien, en lugar de brotar la orina desde el glande hacia la taza, cual sucedería en un universo encaminado como Dios y las leyes de la física mandan, emerge espumeante de la propia poza y forma un generoso chorro de color amarillo que acaba introduciéndoseme dentro del meato uretral. Concluido el proceso, mi pene vuelve a estar dentro de los calzoncillos y yo, curiosamente, con unas terribles ganas de mear.

            Pero no meo, sino que otra vez me encuentro con el rostro vuelto hacia el espejo, que me devuelve una estampa ciertamente desagradable, el cabello despeinado, los párpados caídos, los ojos a medio abrir y, bajo ellos, unas terribles ojeras dando testimonio de haber cuando menos pasado una mala noche. ¿Otra pesadilla quizá? No recuerdo en todo caso nada, una consecuencia más de este mundo que gira al revés y que, entre otras cosas, impide que en mi cabeza se ordene pensamiento alguno de forma coherente, menos aún los relacionados con lo pretérito, convertido además ahora en futuro. ¡Menudo lío! ¡Para volverse tarumba!

            El bostezo que doy afea todavía más el rostro que refleja el cristal. De buena gana hubiese emitido un respingo, pero no puedo, pues sólo me es posible ir marcha atrás. Y marcha atrás salgo precisamente del cuarto de baño, para una vez llegado de esa guisa al dormitorio, meterme de espaldas en la cama, donde me desperezo durante unos segundos para luego arrebujarme bajo las sábanas formando una especie de número cuatro con mi cuerpo. Noto entonces que tengo un sueño terrible.

            Finalmente me duermo y ya no sé nada más. Desconozco si sueño o si no sueño, y en caso de soñar, ignoro si en el sueño todo continúa desarrollándose al revés o vuelto de nuevo al derecho, o si sigo en todo caso dentro de la misma pesadilla recurrente de cada noche.

sábado, 9 de febrero de 2013

LA PÉRDIDA

     

           Tenaces como el fuego, los recuerdos conducían una y otra vez a Emilio hasta aquel lejano día en que decidió instalarse en Sidi Bou Said, la localidad tunecina donde esperaba hallar la tranquilidad e inspiración necesarias para terminar su última novela, esa en la que llevaba ya más de un año enfrascado y que, pese a los cada vez más pertinaces requerimientos de su editor, no conseguía rematar. Si más allá del Parnaso, tenían las musas lugares predilectos para residir, aquel pequeño pueblo costero debía ser sin duda uno de ellos; a buen seguro que allí podría encontrarlas, revoloteando traviesas entre sus casas de enjalbegadas paredes y puertas y balcones de un azul radiante, tan azul como el propio Mediterráneo sobre el que se asomaban. Desde un primer momento quedó cautivado por aquella ciudad blanca y azul que parecía flotar entre el cielo y el mar, y decidió trasladarse allí durante una larga temporada, el tiempo necesario al menos para acabar su novela.          
  
           Se instaló en una villa situada a las afueras de la ciudad, sobre la ladera de un ribazo cuya pendiente descendía hasta las mismas arenas que conformaban la playa. Las vistas desde la terraza eran espectaculares, con el Mediterráneo dominando el horizonte como un solemne y orgulloso jerarca vestido de terciopelo azul. Fiel a su costumbre, Emilio escribía sobre todo de noche, abalanzadas sus manos sobre el teclado justo a la hora en que brujas y duendes tomaban posesión de un mundo que con el alba les sería de nuevo vedado, y aunque no era tampoco demasiado metódico en el trabajo, entre otras cosas porque éste dependía más de la inspiración que de la voluntad, solía de ordinario enfrascarse en la tarea hasta que el sueño lo vencía en su cotidiano pulso de cada madrugada. Por lo demás, los días los pasaba con relativa placidez, sin marcarse pautas ni establecer rutinas en exceso definidas. A menudo salía a pasear por los abiertos espacios que se extendían a lo largo de la costa, sin otro propósito que el de gozar de las silenciosas caricias que la soledad le brindaba mientras descubriendo iba recónditos parajes, lugares llenos de magia donde la belleza, esplendorosa, se desplegaba para solaz de sus sentidos ávidos. Otras veces, por el contrario, dedicaba la mañana o la tarde a recorrer las empinadas callejuelas de la ciudad y perderse entre los tenderetes que conformaban su bulliciosa medina, o simplemente a tomar té en alguno de sus acogedores cafetines. También gustaba de pasar largas horas en la terraza de su residencia, tumbado sobre una confortable hamaca, sin otro quehacer que el de fumar una pipa y dejar la mente vagar en pos de las fantasías y quimeras que precisaba su alma de poeta, siempre en busca de ese soplo divino que los artistas llaman inspiración.

           Lo que nunca pudo sospechar es que en aquel remanso azul encontraría algo mucho más importante que esa inspiración que buscaba, algo que habría de marcar un antes y un después en su existencia. Aisha era la mayor de cinco hermanos y, junto a estos y sus padres, de origen turco, residía en una pequeña casa próxima a la medina, en cuya planta baja había un restaurante especializado en comida turca que la propia familia regentaba. Fue precisamente en dicho establecimiento donde la conoció Emilio cierta noche en que los hados quisieron que entrase a cenar allí. Aisha se encargaba de recoger los pedidos y servir las mesas en el restaurante. Esa noche en concreto vestía una chilaba celeste con bordados en oro y llevaba el cabello recogido bajo un velo de seda, si bien, no fue dicho atavío, característico además de aquellos lares, lo que llamó la atención de Emilio, sino el brillo que desprendían sus infinitos ojos negros. Se vio reflejado en aquellos ojos, auténticos abismos fulgentes, y supo desde entonces que había quedado atrapado bajo un poderoso hechizo.

           A partir de ese momento, Emilio se hizo asiduo del restaurante y no perdía ocasión de tratar con la muchacha, por más que sus esfuerzos chocasen a menudo contra el muro que el habitual retraimiento de aquélla elevara a modo de baluarte, lo que de por sí hacía complicado cualquier intento de aproximación. Tuvo él que porfiar mucho para abatir esa sólida muralla, aplicando en tal menester certeras andanadas de simpatía, ingenio y gentileza con las que minar la resistencia de Aisha y obtener de forma paulatina dosis cada vez mayores de intimidad: conversaciones más flexibles, aumento de las confidencias, pequeños paseos... Lo cierto fue que a medida que el trato entre ambos y el subsiguiente conocimiento mutuo se intensificaba, Emilio iba quedando cada vez más prendado de la recatada muchacha. Le fascinaba todo en ella, su sencillez, su mirada huidiza, su sonrisa tímida, su afabilidad, su piel canela, su manera de entender la vida; le gustaban, en definitiva, tanto los aspectos externos de su fisonomía como los internos que perfilaban su alma. Ella también daba indicios de sentirse atraída por el novelista, si bien, de carácter mucho más reservado, no terminaba de claudicar a esa fuerza que tiraba de ambos en una misma dirección. Eran además muchos los factores que los separaban, culturas diferentes, religiones diferentes, edades diferentes, lo que venían a ser otros tantos obstáculos a la hora de consolidar el incipiente vínculo que entre los dos iba naciendo, sobre todo en lo que a ella respectaba, mucho más enraizada en sus tradiciones y, por tanto, menos proclive a intimar con quien, como su nuevo amigo, fuese ajeno a éstas. Pese a todo, la pertinacia de Emilio terminó dando sus frutos, avalada no obstante que estaba por esa poderosa fuerza que es el amor y que por sí sola capaz resulta de derribar cualquier obstáculo que se alce en su contra.

           Y es que Emilio supo casi desde un principio que lo que sentía por Aisha era amor. Ella tardó algo más en comprenderlo, entre otras cosas porque era la primera vez que experimentaba la incisión de tan buidas saetas en su pecho. Fuera como fuese, ese amor se impuso a la postre a la espuria alianza que contra él forjaran sus sañudos adversarios, quienes uno tras otro fueron capitulando ante la arrolladora pujanza de aquél. La cuestión más peliaguda fue la derivada de las diferentes religiones. Emilio, pese a estar bautizado como cristiano, no practicaba en realidad credo alguno, de manera que podía catalogársele como ateo, algo que para quienes, como Aisha, profesaban la fe musulmana, constituía la más deplorable de las alternativas al respecto. Pese a todo, las objeciones más enérgicas en ese sentido no habrían de partir de la joven otomana, para quien a fin de cuentas el nuevo sentimiento que germinaba en su interior servía de antídoto frente a cualquier tipo de cisma amenazante, sino de sus padres, quienes, fuertemente arraigados en la tradición islámica, no veían con buenos ojos la relación de su primogénita con el impío. Coadyuvaba además a reforzar esta inquietud paterna el hecho de que Emilio fuese divorciado, circunstancia que tampoco gustaba a los recelosos progenitores, por más que el divorcio estuviese admitido en el derecho coránico. Así las cosas, la única solución factible para que Emilio pudiese tener a Aisha sin al propio tiempo enemistarse con su familia pasaba por abrazar la fe de ésta, convertirse en definitiva al Islam y apostatar de su ateísmo, pasos que él dio sin mayor dilema de conciencia, habida cuenta su descreimiento absoluto en este tipo de cuestiones, lo que hacía en el fondo de su supuesta catequesis un mero compromiso protocolario, sin ninguna trascendencia interna para él. En el fondo todo aquello le importaba un comino, pues su único afán era el de estar con su amada y convertirla en su esposa, para lo cual estaba dispuesto a hacer lo que hiciese falta. Finalmente, persuadidos por esta conversión, los padres de la joven consintieron el romance de ésta con Emilio, pudiendo ellos contraer matrimonio con su beneplácito.

           Durante un año fueron los seres más felices del planeta. Residían de ordinario en Sidi, en la villa que él alquilase en busca de paz e inspiración, reconvertida tras la boda en fogoso nido de amor, pero viajaban a menudo por todo el orbe, ya por mero motivo de placer, ya compelidos por la profesión de Emilio, quien se veía obligado a promocionar su obra en multitud de países, a los que ahora acudía acompañado siempre de su adorada esposa. Fue desde luego el mejor año de sus vidas, siempre juntos, entregados a noches enteras de pasión e infinitos momentos de ternura, un año de risas compartidas, de luces y gozos, de complicidad absoluta. Emilio se sentía ciertamente el hombre más feliz sobre la faz de la Tierra, tanto era así que a veces tenía la sensación de flotar ingrávido sobre una nube cargada de magia, como si en realidad fuese en otro universo donde se desenvolviera, en un universo libre de acechanzas, o al menos que permanecía envuelto por una especie de burbuja a resguardo de las asperezas y contratiempos que en el mundo exterior proliferaban. Tenía en ese sentido que pellizcarse a menudo para comprobar que todo aquello era real, no un sueño, que el copioso aluvión de dicha del que estaba siendo objeto no era ninguna quimera, sino que en verdad estaba acaeciendo y él era su destinatario.

           Tanto entusiasmo, pese a todo, tenía un contrapunto oscuro, cual era el presentimiento que a veces asaltaba a Emilio de que en cualquier momento futuro se viera obligado a pagar un precio que de algún modo sufragase los parabienes que en el presente estaba recibiendo, pues no en vano siempre había sostenido la idea de que todo a largo plazo tendía a nivelarse, frío y calor, alegría y tristeza, satisfacción e infortunio, caos y orden, en una especie de contrapeso a través del cual los extremos convergían en un equilibrio sostenido. Esa hipótesis, que siempre le pareció coherente y  certera, era la que sustentaba su temor de que algún día le pasasen la factura cuyo pago compensara esa inmensa felicidad que estaba disfrutando desde que conoció a Aisha.

           Por desgracia para ambos, tales negros barruntos terminaron por confirmarse, de manera que el dios del equilibrio llamó a su puerta para presentar la temida factura, cuyo precio resultó, como Emilio sospechara, altísimo, tan alto, en efecto, como la propia felicidad a la que vino a contrarrestar.

           El comienzo del drama tuvo lugar cierta mañana en que Aisha anunció que se sentía mal. En un principio no fue más que una tenue sensación de mareo y algo de náuseas, un ligero malestar que no parecía tener demasiada importancia, si acaso poco más que una indisposición pasajera. Pero lejos de remitir, en los días sucesivos la situación fue empeorando, sumándose al cuadro inicial lo que parecía ser una pertinaz gastritis que se acentuaba por días. Luego vinieron los dolores punzantes en el abdomen, la sensación generalizada de astenia y los vómitos continuados. Para entonces ya habían acudido al médico y comenzado una serie de reconocimientos y pruebas que habrían de prolongarse durante varias semanas, reconocimientos y pruebas de los que terminaría derivando el terrible diagnóstico final: cáncer de páncreas.

           Aquella noticia supuso el más terrible mazazo que la pareja pudiera haber imaginado, un horrible golpe cuya primera consecuencia fue la de doblegar el ánimo de ambos hasta tirarlo por los suelos, sumiéndolos en una especie de marasmo que aprovechó la depresión para, cual orgullosa soberana, encastillarse sobre su alma. Ninguno de los oncólogos a los que en principio acudieron les dio además esperanza alguna, todos coincidían en que aquel era uno de los cánceres más voraces que se podía padecer, siendo prácticamente nulas las posibilidades de curación. Esta repetida confirmación por boca de cada galeno no hizo sino hundir todavía más a la pareja, conscientes de enfrentarse a un enemigo cuyas fuerzas se les antojaban muy superiores a las suyas, casi inabarcables.

           Aisha fue la primera en aceptar su suerte, no ya sólo por la astenia que venía asociada a su enfermedad, sino también por una cuestión de carácter, de esa docilidad que desde niña la llevara a no revelarse jamás contra el destino y, por el contrario, someterse con mansedumbre a sus designios, tanto los buenos como los malos, en consonancia además con la humildad pregonada por la religión de la que era devota. Emilio, en cambio, que pese a su apócrifa conversión, seguía siendo un ateo convencido, no se resignaba tan fácilmente, de modo que, sacando fuerzas de flaqueza, tiró de su esposa para que tampoco ésta arrojase todavía la toalla. ¡Había que seguir luchando, por más que las esperanzas de victoria resultaran escasas! ¡No podían permitir que la enfermedad les arrebatase todo cuanto tenían sin oponer a su acometida la más empecinada de las resistencias! El propio nombre Aisha significaba vida, energía, prosperidad, y él se aferraba a tal significación para insuflar ánimos a su esposa y hacerle ver que juntos superarían tan acerbo trance. De ese modo, sobreponiéndose a la depresión que en un principio los dejara paralizados, decidieron batirse contra el cáncer con todas sus fuerzas, combatir frente a él hasta derrotarlo o, en su caso, hasta que el último aliento brotase de sus pechos exhaustos. Visitaron con ese propósito a doctores de medio mundo, alemanes, estadounidenses, asiáticos, en un afanoso periplo que abarcaba a los más eximios oncólogos y los más reputados hospitales, buscando en cada uno de ellos el milagro que pudiera detener esa voraz invasión que las enloquecidas células de Aisha seguían llevando a cabo dentro de su vientre.

           En pos de este quimérico horizonte, la desdichada enferma se sometió a interminables sesiones de quimioterapia que la fueron dejando cada vez más debilitada, así como también a otros tratamientos más innovadores, aunque asimismo duros y enojosos, que terminaron por convertir su morfología en poco más que un conglomerado de piel y huesos, sin que a cambio encendieran luz alguna que sirviera de faro a la ansiada curación. Todo ese sacrificio resultó de hecho inútil, de tal forma que, lejos de experimentar mejoría alguna, Aisha se iba apagando poco a poco y con ella los últimos rayos de esperanza a los que la pareja aún se aferrara, hasta que finalmente, cansados de deambular y sufrir, optaron por claudicar y rendirse ante la evidencia, sabedores  de que el desenlace de tan dura briega estaba decantado y nada podían ya hacer por evitarlo. Lo único que a esas alturas deseaban era pasar juntos los últimos momentos, ellos dos solos, sin más química que la que desde que se conocieran había sin interrupción fluido del uno al otro, lejos en todo caso de hospitales, médicos e inservibles máquinas, aguardando la inevitable llegada de la muerte con dignidad, sin llantos ni aspavientos.

              Tales últimos momentos fueron pese a todo realmente horribles. El cerebro de Aisha comenzó a perder el control de sus propias percepciones sensoriales, lo que trajo como consecuencia toda una sucesión de delirios y alucinaciones, aberrantes desvaríos que desembocaban en espantosas crisis nerviosas. Decía ver sombras que se cernían sobre ella, sombras que no eran sino aviesos espectros que se movían a su alrededor para absorber la luz que aún desprendía su aura y abocarla así a una especie de laberinto de tinieblas, y oía voces, las voces, decía, de la Muerte, que la llamaban con salvaje insistencia. Y entonces Aisha emitía lastimeros aullidos y se llevaba las manos a los oídos con frenético arrebato, al tiempo que gritaba deprecando que silenciasen dichas voces, que hicieran callar a la Muerte. Emilio procuraba aplacar su miedo y calmarla como se calma a un niño asustado, para lo cual encendía todas las luces de la casa y abría puertas y armarios, despejando sombras y haciéndole ver que allí no había nadie más que ellos dos, que todo aquello eran figuraciones suyas, perversos espejismos producidos por su mente intoxicada por la enfermedad; pero ella insistía, casi siempre con verdadero paroxismo, totalmente fuera de sí, aunque a veces también de manera más sosegada, tratando incluso de razonar con su marido, sorprendida de que éste no viese y oyese algo que para sus sentidos resultaba tan nítido.

           Incapaz de hacer nada que aliviase el sufrimiento de la mujer que amaba, Emilio sufría a su vez un dolor sordo que destrozándole iba cada vez más el alma, testigo impotente que era de la brutal metamorfosis que en tan poco tiempo se había operado en aquella. Nada subsistía ya de la Aisha alegre y luminosa que fuera para él como un oasis en medio del desierto, nada; seco había quedado el copioso venero donde saciase su sed de vida, perdida también con ella la suave brisa que tan balsámica resultara para su atezada piel de peregrino. No, aquella Aisha se había marchado ya, devorada su carne y su alma por esa fatídica enfermedad que tanto empeño parecía poner en ofrendarlas como holocausto, y ahora sólo quedaba un ser delirante y tétrico que veía visiones y escuchaba voces de ultratumba.

           Voces que continuaron llamándola, cada vez más apremiantes, tenaces en el lúgubre edicto de que eran portadoras, sin un átomo de piedad en su acoso, ajenas en su sevicia a la extrema debilidad con que terminó por recibirlas su destinataria, quien, extenuada y marchita al máximo, ni siquiera tenía ya fuerzas para protestar. Perdidas, pues, la cabeza y las fuerzas, Aisha apenas si ofrecía resistencia a esas voces que la atormentaban sin conmiseración alguna; su réplica se limitaba a un "no quiero ir" pronunciado con un hilillo de voz apagado, tan apagado como ya lo estaba su espíritu y lo estaban asimismo sus ojos, esos profundos ojos negros que, desencajados por el terror y la angustia, convertido se habían en dos yermos eriales, sin brillo alguno, secos, perdida su capacidad de generar lágrimas con los que humedecer su esterilidad.

           Llegó un momento en que la debilidad de Aisha se hizo tan extrema que no fue ya capaz de pronunciar palabra alguna, siendo tan solo jadeos los que escapaban de entre sus labios marchitos, resuellos derivados del agónico estertor que producían sus pulmones conectados a la bomba de oxígeno que los médicos incorporaran a su lecho de muerte. Contemplarla movía a la compasión, no en vano aquel cuerpo abatido apenas si era ya un bosquejo de ser humano, poco más que una sombra, el triste escobajo de lo que otro fuese un espléndido racimo, y ni siquiera, salvo por esa respiración agónica que con regularidad aún dejaba oír, parecía pertenecer ya al reino de los vivos, sumida en un sueño tan profundo que rivalizaba en rigor con el eterno.

           De esa exánime postración despertó en medio de una noche sin luna. Junto al lecho de la enferma, sobre una cómoda de nogal, resplandecía un blandón que envolvía la estancia con su luz mortecina, casi fantasmagórica, al tiempo que la impregnaba de un acre olor a cera derretida; fuera de la casa, en cambio, la oscuridad era plena y el viento tan fuerte que hacía vibrar los cristales de las ventanas, como si pugnase por penetrar en aquel enclave devastado por el dolor. Los ojos de la moribunda se abrieron de súbito, desorbitados, con una expresión de terror que en sí misma bastaba para erizar la piel del más intrépido de los hombres, dejando al instante escapar de su garganta un aullido tan profundo que el propio viento exterior pareció enmudecer ante su pujanza. "¡Ya está aquí!", clamó con verdadero espanto mientras como un resorte la mitad de su tronco se incorporaba sobre el respaldo de la cama. "¡Ya está aquí!", repitió, algo más apagado su tono en esta segunda ocasión, aunque no menos pavoroso, para acto seguido, haciendo acopio de unas fuerzas que sólo de los abismos del delirio resultaba posible extraer, emitir un nuevo aullido, agudo, largo, bestial, como de lobo. Emilio, a su lado, se sintió desfallecer; un escalofrío recorrió su cuerpo de arriba abajo, haciéndolo tiritar entre maquinales convulsiones; se sobrepuso, no obstante, y abrazó con fuerza a la mujer que amaba, a lo poco que quedaba de ella para ser precisos, al tiempo que con voz melosa susurraba sobre sus oídos palabras tranquilizadoras; con ternura besó su frente, perlada que estaba de agrias gotas de sudor. Abrazados permanecieron durante varios minutos. Luego, apartándose apenas unos centímetros, posó él sus ojos sobre los de ella para comprobar que de estos había desaparecido el pánico, sustituida su presencia por otra menos impetuosa, pero más amarga sin duda, cual era la tristeza, una tristeza infinita que traslucía de sus pupilas opacas. Sin apenas un átomo de energía, Aisha entreabrió los labios y de ellos escapó un diminuto "me voy, amor mío", al que siguió lo que parecía ser un amago de sonrisa, tan forzada empero que, más que cualquier otra cosa, se antojaba una amarga mueca, tan henchida de tristeza como esa misma mirada que reflejaban los brunos ojos. En esos mismos ojos pudo Emilio leer que ella, aunque sólo fuese durante ese fugaz intervalo, había recobrado la razón perdida. Y Emilio lloró entonces, lloró como nunca antes llorara en toda su vida, lloró lágrimas de rabia e impotencia, lágrimas de dolor y desesperanza, lágrimas ácidas como el vitriolo y amargas como la hiel; lloró mientras de nuevo la abrazaba y, a modo de interminable letanía, repetía una y otra vez: "te amo", "te amo", "te amo".

           Poco después Aisha moría en sus brazos. Fuera, en la oscura noche sin luna, comenzaba a llover con estrépito, como si también el cielo, movido por prodigioso afán solidario, hubiese roto a llorar con desconsuelo. Emilio se mantuvo toda la noche aferrado al cuerpo sin vida, sabedor de que una parte de la suya se iba también con ella, pero sabedor asimismo de que bajo los campos donde crece el recuerdo hallaría, no obstante, el refugio que de lenitivo sirviera a su dolor, a su socaire consolado hasta que llegara el momento en que, en algún ignoto lugar, más allá de los confines del espacio y del tiempo, más allá de la muerte, ambos volvieran a encontrarse.