viernes, 18 de enero de 2013

SILENCIO


No, no soy capaz de atravesar esa mirada,
por sí sola me detiene,
como un semáforo en rojo,
contundente y tenaz,
e inerte quedo frente a su brillo de acuarela.
En mis labios flota una sonrisa necia,
de indecisión preñada,
inútil me siento, un bobo
esperando estólido esa puesta en verde
que nunca llega.
Inútil frente al silencio,
inútil frente a esos ojos que mentir no saben,
inútil, inútil sobre todo,
un átomo de arena en medio del desierto. 
Algo digo, algún sonido emerge de mis labios trémulos,
palabras vanas en el fondo,
palabras que apenas rasgan el brutal silencio.
Me mira, la miro.
Y en su mirada....
En su mirada me detengo.
 
Tantos son los propósitos que, a modo de imanes,
arrastran mi ánimo.
¡Tantos!
Pero me siento torpe y desmañado,
incapaz de soltar este lastre que tulle mi aliento. 
Vivir. A su lado. Vivir. Eso anhelo.
Envolverme en su halo amaranto y jalde
mientras le cuento un sinfín de historias,
todas con final feliz,
y un susurro de versos sobre su oído despliego
cual profuso ramo de jóvenes rosas
o, tal vez, quién sabe, zinnias de vistosos pétalos.
Vistosos y coloridos como ella misma.
Sí, eso haría.
¡Eso y mucho más si el paso me franqueara!
Los veinte poemas de amor le cantaría
como ahora entono esta canción desesperada.
Pero, ah, su mirada me retiene, Medusa rediviva,
y de piedra inerte me vuelvo.
 
No hay gravedad posible, todo flota
en el núcleo de una fantasía vaga,
quimeras viajando a lomo de nubes
que lucen sus caras negras y blancas.
El aire sopla allá fuera.
El fuego quema por dentro.
Piel y vísceras sacudidas
en un eterno fluir sin rumbo, al albur de lo que dicte
ese semáforo en rojo que es ahora su mirada.
Y por encima de todo el silencio,
frío, distante, infecundo,
impasible, eterno.
 

viernes, 4 de enero de 2013

NIEBLA Y NOCHE


 Niebla y noche, gris y negro confundidos en una amalgama espesa de la que emerge un nuevo color allende los límites del visible espectro, un color inescrutable, fosco, hermético como el corazón de una tarasca. Niebla y noche, quimeras y sombras, frío y miedos, abismo azabache, secreta envoltura donde se abren invisibles puertas que conducen a otras dimensiones, más allá de todo, más allá incluso del recuerdo, a un universo ignoto donde las formas pierden su otrora significado para no delimitar sino lémures, almas huecas, absurdos contenidos sin continente, ectoplasmas carentes de principio ni fin. Niebla y noche, cobertor impenetrable bajo el que no es posible distinguir perfiles ni fijar direcciones.

           La atmósfera se humedece por momentos, flotantes en ella miríadas de minúsculas gotas de agua, todo un ejército de hidrógeno y oxígeno concentrado en la oscuridad reinante, tupido manto de rocío que dificulta la respiración al caminante, pero que al propio tiempo acaricia su piel, como un bálsamo reparador de su aridez abrasadora. Agua de niebla, noche oscura y húmeda, pasos vacilantes que la cruzan, que traspasan la acuosa barrera contenida dentro de la otra barrera, la de la noche cerrada, pasos que avanzan y retroceden sin saber dónde, que conducen un cuerpo y un alma, un cuerpo al que cala la humedad, rebosante hasta por los ojos, un alma a la que cala la noche, incrustada en el aliento.

           La niebla se espesa entre jirones que se entrecruzan a modo de hilos que compusieran una inextricable tela de araña, como brunos tirabuzones enredados los unos en los otros; apenas se puede ver nada, pero el peregrino intuye no obstante otras presencias, otras almas que se mueven tan solas y perdidas como la suya, o quizá tan solo aliviadas por un anhelado y a la postre conseguido afán de pasar desapercibidas. Almas errantes en un mundo sin principio ni fin.

           Tampoco el oído logra descollar en ese mundo oscuro, no en vano apenas si existen sonidos que escuchar, y los pocos que hay engañan, componen imprecisos ecos al rebotar contra las paredes que la cortina de niebla configura, esa que todo lo envuelve, esa que todo lo devora.

           Noche y niebla. Noche lóbrega y niebla salpicada de rocío. Los pasos del caminante se pierden en el laberinto oscuro, perdido el sentido de la orientación entre una maraña caótica de inesperados desvíos y pensamientos vanos; pasos que en el fondo lo que anhelan es avanzar no hacia fuera, sino hacia adentro, afanosos de hallar el camino interno que conduzca a la verdad, a la verdad del alma, a un asomo de certeza al menos, algo que dé sustancia al vacío, un nuevo enfoque desde el que comenzar a perfilar formas, a construir peldaños sobre los que avanzar sin temor a caerse una y otra vez, nuevos rumbos hacia el descalabrado subconsciente.

           Al fondo, siempre al fondo, más allá de todo, en un infinito inabarcable, brillan algunas luces, candelas prendidas que chispean y, como bailarines chiflados, dan vueltas y giros acrobáticos en medio de la oscuridad; tan intensa y honda ésta, tan cósmica e irreal, que semejan estrellas abatidas, expulsadas de su lugar en el firmamento por algún cruel querubín que cumplía órdenes de una divinidad aún más nefaria, desterradas así a la prisión de la noche, entre cuyos muros de niebla se mecen confusas y zigzagueantes como borrachos.

           Intuye el caminante que sólo un abismo es lo que puede haber al final de sus pasos, un talud definitivo desde el que deberá caer y despeñarse para si acaso resurgir, luego del golpe, convertido en un hombre nuevo, aniquilado todo cuanto en él habitaba, lo bueno y lo malo, sus ángeles y sus demonios, sus vicios y virtudes. Caer como las estrellas, caer en la noche, en la noche poblada de niebla. ¡Caer! Caer y despertar tal vez en otro sueño... Pero ¿es posible? Sabe que no, sabe que esa palingenesia no es realizable, no para alguien que ya comió del Árbol del Conocimiento y suscitó de ese modo la ira de los dioses de barba blanca; ahora está perdido en la noche, condenado a vagar por ella, buscando, buscándose, alimentando quimeras, alimentándose de deseos, de anhelos que en el fondo no son sino producto de sus propios miedos. Así que respira profundamente y absorbe la humedad, filtrada a través de los pelillos de la nariz, y con esa humedad absorbe también la noche, absorbe la niebla, que entra en él, en ese interior suyo donde busca esa verdad que se le escapa, pero cuya existencia percibe de algún modo en términos de contracciones de estómago y sudores fríos.

           Las pequeñas luces continúan danzando a lo lejos. ¿Serán estrellas o serán más bien almas?, se pregunta, para acto seguido cavilar que quizá no haya diferencia, que tal vez toda estrella sea un alma errante y toda alma contenga a su vez una estrella en su interior, de tal modo que almas y estrellas anden mezclando continuamente sus esencias para descubrir que comparten un mismo núcleo y posiblemente también análogos electrones. Se pregunta si no será él también una luz para otras almas que se muevan perdidas entre la espesa niebla, una luz que las otras contemplen extrañadas, comparándola asimismo con una estrella abatida o con un borracho tambaleante. Ni lo sabe ni le importa. Sólo le atañe la noche y la niebla espesa que la habita, noche y niebla que le sirven de vehículo para acercarse a los recovecos de su propio corazón, a esas espirales que se enroscan sobre sí mismas y que sólo entre la húmeda oscuridad pueden, paradójicamente, llegar a revelar cuando menos parte de su significado.

           Cansado de vagar sin rumbo, sufriendo en silencio un dolor que en pedazos le está rompiendo, llora entonces el caminante, llora y sus lágrimas se confunden con el sudor y con esas miles de gotas que impregnan la atmósfera, formando un nuevo compuesto que, curiosamente, actúa a modo de depurativo, como si luego de vertido al exterior, el llanto volviese a entrarle a través de los poros de la piel, ya mezclado, para limpiarlo por dentro, para ludir la capa de horrura allí incrustada hasta, sino desaparecer, hacerla si acaso menos densa. Y siente entonces que se deshace la crisálida y su ego emerge de ella con renovados bríos, no como mariposa, pues no percibe en sus costados el florecimiento de alas de ningún género, pero sí más animoso, elucubrando sobre la posibilidad de que, por qué no, al otro lado de la niebla, si es que hay algún otro lado, pueda existir para él un hermoso cielo salpicado de luminares, y que luego de que la noche muera, si es que llega a morir, el día le traiga también un nuevo sol.