sábado, 14 de diciembre de 2013

EL ALQUIMISTA FRACASADO

           Aduladores, palmeros, amantes, servidores, consejeros…, desde que tenía uso de razón, Jaime siempre había contado con alguien a su lado presto a satisfacer cualquier exigencia que se le antojara, del tipo que fuese; la mayoría de las veces sólo necesitaba pedirlo. Había llevado en ese aspecto una vida muy cómoda, sin privaciones de ningún género, rodeado en todo momento de multitud de personas encargadas de atender las necesidades, antojos o extravagancias que pudieran sobrevenirle en cualquier momento dado. Quizá por ello resultase cuando menos curioso que la soledad hubiese sido de ordinario su más asidua compañera.

           Pero así era, Jaime casi siempre se había sentido solo, como una isla perdida en medio de un piélago infinito, sin nadie en realidad con quien compartir sus temores y anhelos más íntimos, nadie en quien buscar auténtico consuelo, nadie en definitiva a quien poder llamar en verdad compañero o, simplemente, amigo. Muchos eran quienes en su presencia se postulaban como tales, pero él sabía que en el fondo no era cierto, que no tenía ni tuvo nunca amigos, que nadie le quería en realidad, tan solo era un núcleo potente sobre el que orbitaba una continua pléyade de electrones, pero sin más afinidad entre ellos que la que producía la material atracción que representaba una posición social y económica ventajosa.

           Decían de él que lo tenía todo y, sin embargo, él a menudo barruntaba que nunca tuvo realmente nada; al menos nada de cuanto poseía o había poseído le provocó jamás una continuada complacencia. Pocas cosas estimulaban realmente su interés, menos aún su entusiasmo. Se cansaba rápidamente de todo, ya se tratara de posesiones materiales o de personas, sin que nada ni nadie lograra satisfacerle durante mucho tiempo seguido, lo que le generaba un hastío que invariablemente se traducía en ansia, el ansia de algo nuevo, nuevas emociones, nuevas experiencias, nuevos deseos a satisfacer.

           No había en ese sentido dejado nunca de ser un antojadizo inconformista. Saboreaba, sí, aquello que obtenía, incluso a menudo con voracidad, por más que no fuesen la mayoría de las veces sino fútiles caprichos, pero la posible delectación no se prolongaba más allá de un efímero lapso de tiempo, transcurrido el cual sobrevenía otra vez el hastío y el irrefrenable ansia de novedades. Más, siempre quería más, automóviles más potentes, amantes más exóticas, mayores descargas de adrenalina… Había vivido siempre a expensas de sus deseos, dominado por ellos, cautivo en el fondo de esa necesidad de poseer cuanto se le antojara, jugando en cierto modo a ser amo, pero consciente en última instancia de su condición de esclavo, esclavo de aquellos mismos deseos que anhelaba satisfacer con enfermiza premura.

           Y así, a medida que un tupido poso de frustraciones cubría su alma, Jaime se iba sintiendo cada vez más desazonado y vacío, adormecidos sus sentidos por ese afán incombustible que no le permitía respiro alguno. La gente le tenía por un hombre feliz, pero bien sabía él que no era así, que la felicidad siempre había estado un paso más allá de su alcance. Tenía hambre de vida y quería saciarla, pero no sabía cómo. Fijaba en el horizonte los ojos, anhelante de un futuro donde aún esperaba hallar el mirífico nirvana que para el resto de sus días calmase su ansiedad y aliviara sus desazones, pero de momento lo único que sentía era el peso sobre sus espaldas de un pasado que se había ido amontonando sobre ellas de manera estéril y sin sentido.

           Pese a que no quería perder la esperanza, tampoco podía, sin embargo, evitar que le embargase un profundo pesimismo respecto a ese horizonte incierto que se desplegaba más allá de los muros del tiempo, receloso de que lo que allí encontrase fuese en el fondo más de lo mismo, una continua sucesión de insulsas metas que, una vez conseguidas, apenas si le proporcionasen solaz alguno. De meta en meta hasta llegar a la nada absoluta. ¿Era posible? ¿Eso sería todo? Tal contingencia le helaba la sangre y narcotizaba sus sentidos. ¡Toda una vida desperdiciada! ¡Mero humo disuelto en la niebla! Una existencia, en fin, que no vendría a ser sino un ostentoso espejismo que ocultaba la realidad de un desierto inmenso y yermo.

           Un alquimista fracasado. Así se sentía Jaime. Así se había sentido siempre. Un alquimista que buscaba con avidez una piedra filosofal que hasta entonces no había sabido hallar y que probablemente jamás hallaría. Se aferraba a la esperanza, ¿qué otra cosa podía hacer? Pero por momentos se sentía desfallecer. Solo, sin amigos, sin nadie en quien poder desahogar sus angustias y aliviar sus miedos, no podía evitar pensar que todo era inútil.

           Y la noche se le hacía entonces eterna y absurda.

 
 

miércoles, 27 de noviembre de 2013

DENTRO Y FUERA


  
         Sumida en el silencio está la casa, ese silencio que precede a las largas tardes de verano, silencio cálido y espeso, de cuerpos derrengados sobre el sofá y párpados caídos, silencio de sopor, de cierta melancolía, de cortinas echadas y penumbras violadas por un sol audaz que se filtra a través de las pocas fisuras y huecos que encuentra a su paso; silencio de café con hielo y pacharán, de rajas de sandía cuyos jugos rebosan hasta llenar el mantel de lamparones rosáceos; silencio de televisor apagado y vasos a medio beber. Silencio. Quizá el zumbido de alguna mosca, mientras liba las dulces gotas de zumo sobre la mesa derramadas, lo rasgue durante un fugaz instante, pero no turba apenas su encastillamiento tras las paredes blancas.

           Fuera el silencio no es tan acusado, aquí y allá suenan trinos y aleteos, más o menos distantes, más o menos atiplados, y un continuo rumor de insectos vibra en la atmósfera, un rumor que parece venir de todas partes, como un ejército de sitiadores. El aire, en cambio, está quieto, como en espera; sólo de vez en cuando alguna brisa, perezosa, se despierta para acariciar suavemente el dosel verde que forman las hojas de los árboles, a las que hace oscilar entonces como si fueran abanicos. Sobre esos mismos árboles el sol se derrama en sangre, sangre que, pocos metros más abajo, acrecienta el suave brillo de los lirios y trinitarias que lucen en los parterres. El jardín se muestra exuberante, tomado por limoneros pródigos e higueras de hojas anchas y arrugadas. También hay ciruelos, membrillos y abedules, y un buen surtido de chumberas, cuyas espinas semejan aviesos estiletes. Sobre las fachadas de granito de la casa, las enredaderas se despliegan como reptiles acezantes. La hierba luce fresca y de un verde muy vivo, color de arrayán; los aspersores la riegan dos veces cada día, a primera hora de la mañana y al morir la tarde. Es como una alfombra verde. A lo lejos, recortando el horizonte, se divisa un serrijón, sobre cuyas laderas se desliza asimismo la luz para resaltar sus tonos ocres.

           Es a este jardín al que ellas, huyendo del silencio de la casa, han decidido asomarse. Risas cómplices brotan de sus labios entreabiertos cuando se sientan bajo la techumbre verde que atempera los rayos del sol y forma sobre la grama un generoso círculo de sombra. Ríen despacio, como no queriendo delatar su presencia o, quizá más bien, no queriendo despertar a los que dentro tal vez duerman la siesta. Arriba, en el cielo azul, algunas nubes, muy tenues, se forman y disuelven lentamente, a capricho del viento, cuyos esporádicos soplidos para nada alteran en cualquier caso la perezosa quietud que impregna el aire. Ellas se abrazan. Sus risas previas se han atenuado hasta convertirse en sonrisas llenas de matices, labios que se comban para prolongar a través de su vuelo el brillo de los ojos, picardía y ternura combinadas en sonrisas que aúnan dos voluntades, en un resplandor compartido que viene a ser nuncio del deseo. Un beso apaga las sonrisas, lenguas que bucean más allá de la natural barrera de labios y dientes; manos que buscan asimismo el contacto sin restricciones, que apresan los cuerpos dentro de un lazo tan intrincado que no parece sino que se volvieran uno solo. Las pieles arden, arden por el sol y arden por el deseo expandido, y las manos se deslizan a través de esas pieles ardientes, pieles de bronce, aterciopeladas, de color canela; pieles que huelen a lima y limón, y a mandarina, y a fresa ácida.   

             Detenido queda así el tiempo en un único instante que se dilata y enrosca sobre sí mismo como tupida espiral, un instante que nace y muere entre besos y caricias, entre respiraciones sofocadas, alientos fusionados y sudores compartidos. Un instante infinito y dos cuerpos enredados en medio de un oasis verde y ambarino. Dos cuerpos que se complementan el uno al otro y que, por encima de todo, anhelan elevar sus sentidos al máximo exponente posible, más allá de la techumbre verde, más allá del cielo azul, más allá incluso de las estrellas. Dos cuerpos que se encaraman para abrirse y cerrarse entre estremecimientos de gozo, que trepidan e hierven en fiebre, que se arañan y muerden, ávidos de saciar un hambre que los espolea y transforma en fieras indomables. Las briznas de hierba se les clavan en la piel, alfileres verdes que horas más tarde, ya de noche, se convertirán en alfileres de plata bajo el reflejo de la luna. Pero ellas no sienten esos aguijonazos, ni siquiera ven ya el césped del que provienen, sus ojos están cerrados, han cedido el protagonismo a los otros sentidos, al olfato, al oído, al tacto, sobre todo al tacto, manos que suben por muslos desnudos, que se mueven entre fisuras y pliegues, entre ángulos y curvas, manos que escalan laderas y se hunden en grietas, que se humedecen con cálidos jugos, arrastradas por un remolino incoercible.

            El círculo de sombra se inunda de calor, del calor propagado por los cuerpos ceñidos, por la fricción de los vientres, por la miscelánea de íntimos vapores y férvida ambrosía que burbujea entre las piernas, en los sexos transmutados en volcanes. Tensos los dorados músculos, la carne encuentra en la carne su aliciente y su razón de ser, se acoplan con alborozo las caderas y las dos amantes vuelan, vuelan más allá de la techumbre verde, más allá del cielo azul, más allá incluso de las estrellas, vuelan y luego caen, despacio, como sutiles vedijas, hasta que, palpitantes sus corazones, abrazadas quedan sobre el suelo en la resurrección que sucede a la muerte.

             El viento emite un silbido y baten palmas las hojas de los árboles, espectadores de excepción que expresan de este modo su beneplácito. En el horizonte comienza la luz a tornarse bermeja, anticipo de los arreboles que anunciarán más tarde el rojo derrumbe del sol tras de las colinas. Dentro de la casa todo sigue en silencio.
 
 

       

sábado, 9 de noviembre de 2013

SALAMANCA




Salamanca, Salamanca,
si entre sus calles me pierdo,
no me busquéis con premura,
dejad que decline el tiempo.
 
Fundirme en sus rancios muros,
de docto saber cubiertos,
detenerme en los rincones
a contemplar sus misterios.
 
Dejad que goce del alba,
que me embriague su cielo,
zarco en la prístina aurora,
fuego en su arrebol postrero.
 
Que me sumerja en sus noches
de tuna, zambra y bureo.
Que despierte entre los brazos
de la mujer que yo quiero.
 
Salamanca, Salamanca,
si entre sus calles me pierdo,
no me busquéis con premura
dejad que decline el tiempo.
 

domingo, 27 de octubre de 2013

NOCHE AMARGA

 

  
        Es una noche silenciosa, una noche triste, de esas en que a la luna le da por verter lágrimas de plata. También lloran las cuerdas de mi violín, lágrimas sonoras en su caso, lágrimas que rompen el silencio nocturno para acompasarse a la propia melancolía de la luna. Las acacias recortan sus sombras contra el cielo oscuro, del que como lentejuelas penden racimos de estrellas, y las notas de mi violín, como esas mismas estrellas, se esparcen en la noche amarga.
 
            No hace frío, si acaso un suave viento sopla de poniente para acariciarme el rostro; pero es un viento cálido, envolvente, cobijador. Mis manos actúan también como el viento, cobijando, envolviendo, acariciando las cuerdas del violín para extraer de ellas los más ácidos lamentos. Sólo me queda ella, mi música, esa música tantas veces desdeñada por una crítica ignorante, esa música asfixiada bajo una muralla de tópicos, incomprensiones e hipocresías; mi música, mi razón de ser, mi cadenciosa amante. Se dice que la gloria en el arte va aliada con la adversidad en la vida. Quizá sea así, pero lo cierto es que yo malvivo en la adversidad y sé, ahora más que nunca lo sé, que jamás alcanzaré la gloria, no al menos mientras siga vivo. Me siento hundido y fracasado, sin espacio ya en mis alforjas para la esperanza, vacío de ilusiones y de sueños. El violín llora mientras lo acaricio; también de mis ojos brota una lágrima díscola.
 
           Algo brilla en la noche. Son gatos, gatos callejeros cuyos ojos relucen como espíritus en medio de la penumbra. Me pregunto si me estarán escuchando, si sus oídos captarán la música que emana de mi violín o si, por el contrario, las notas se filtrarán por el desagüe del silencio hasta perderse en la inmensidad oscura. Quizá me escuche la luna, esa luna cuyas lágrimas, al caer al mar, proyectan reflejos huidizos. Porque también la luna llora, hasta es posible que sea precisamente mi música la que provoque su llanto, mi música preñada de melancolía.
     
           Dejo de tocar y comienzo a caminar de un lado a otro, recortada mi silueta, como la de las acacias, contra la oscuridad lechosa, inseguros mis pasos, tambaleándome de un lado a otro, en las fronteras mismas del delirio. Mis piernas se mueven por impulsos que en última instancia nacen de la saciedad y el tedio. Soy un perdedor, un don nadie que transita sin dejar huella ni despertar curiosidad alguna a su paso. Es este un pensamiento recurrente, asentado en mi cerebro por una legión de pugnaces e indestructibles demonios, un pensamiento que hace que de mis ojos rezume tristeza y desesperación.
 
           Me siento en todo caso mejor por la noche que de día. Noto que en cierto modo la noche me ampara, que con su lóbrego manto me protege contra mí mismo, contra mis demonios, contra mis miedos. Por eso no quiero que termine nunca. Quiero que esta noche sea eterna. Porque ¿qué haré cuando llegue el nuevo día, ese nuevo día que descubra mi presencia y revele de nuevo al mundo mi mediocridad? No, no quiero que la noche termine.
 
           Sé, sin embargo, que el plateado reguero que en el cielo forma la luna comenzará a difuminarse tras las primeras claridades del alba, retrocederá la negrura y un nuevo día, cruel, teñirá de oro el asfalto. Pero ¿y yo? ¿Qué será de mí entonces? Algo me dice, no obstante, que ésta será la última luna que mis ojos vean, mi última noche, esta noche amarga y melancólica. Quizá luego llegue la gloria. Quién puede saberlo.

domingo, 6 de octubre de 2013

LÁGRIMAS ÁCIDAS


          
           Llovía mucho la tarde en que ella cerró para siempre la puerta que vinculaba nuestras vidas. ¡Vaya si llovía! El martilleo de las gotas al morir sobre el asfalto provocaba un rumor incesante y sordo que se superponía, ahogándolo, sobre cualquier otro sonido. Aún tengo ese estruendo grabado dentro de mi cerebro. De hecho, el recuerdo de ella y la lluvia han estado desde entonces plenamente sindicados en mi mente, hasta el punto que cuando veo o escucho llover, lo asocio a ella, a su marcha, y su recuerdo aparece de este modo enmarcando un paisaje lluvioso.

           Esa es asimismo la causa de que la lluvia me entristezca sobremanera. Resulta inevitable. La lluvia ha sido, desde que se marchó ella, un reclamo para la melancolía, un transmisor que me oprime el alma con su humedad rebosante de añoranzas. Poco importa que fuese consciente de que, tarde o temprano, ella tendría que marcharse, que nuestra relación no era viable y estaba abocada a un final traumático, a la ruptura definitiva, al adiós sin posibilidad alguna de redención ni marcha atrás. Eso daba en el fondo igual. Dolió de igual forma. ¡Y cómo dolió! ¡Y cómo sigue doliendo! Su marcha me dejó agrietado el corazón, como si sobre él hubiese pasado un arado de penetrantes púas. Sentí que me lo arrancaban. Y así sucedió en cierto modo, porque mi corazón se fue en realidad con ella, dejando en mi interior un vacío que seguramente nadie podrá volver a llenar.

           Ella se fue sin mirar atrás. ¿Para qué iba a hacerlo? ¿Para sufrir más? ¿Para que ambos sufriésemos más? Era mejor así, abrir la puerta e irse sin adioses, sabedores de que habíamos vivido algo mágico e imperecedero, una experiencia única, apoteósica, sublime, pero que la aventura tocaba a su fin, irremediablemente, y no merecía la pena enturbiarla con duelos y llantos, por más que no hubiese forma humana de evitar que estos se desparramaran por dentro.

           Lágrimas internas, ácidas como el vitriolo; de esas derramé muchas, sí, interminables veneros que anegaron mis entrañas e inocularon en ellas el sañudo virus del que se alimenta la nostalgia. Pero por fuera no lloré, ninguna lágrima bañó mis mejillas cuando ella se dio la vuelta para definitivamente alejarse de mi lado; tan solo la lluvia, inmutable, persistente, fría, empapó mi piel. Por eso, ya digo, me resultan tristes desde entonces los días de lluvia, no en vano me hacen revivir el sombrío momento de su marcha… Aunque al propio tiempo también me agradan, porque en cierto modo me traen su propio recuerdo, el recuerdo de su olor a celindas, del sabor salado de su piel, de la humedad de su boca.

           Y así, cada vez que llueve me quedo embebecido mirando el agua caer y escuchando su amortiguado sonido al morir sobre la tierra, y entonces se me desboca la nostalgia y cientos de recuerdos se vuelcan sobre mí, recuerdos que hieren, incluso los recuerdos alegres hieren, porque al fin y al cabo evocan momentos que ya no volveré a repetir, por eso duelen… Recuerdo el brillo verde de sus ojos, su piel blanca como la luna, su risa de terciopelo. ¡La recuerdo tanto! Y su recuerdo me hace llorar, llorar por dentro, lágrimas ácidas, las que más afligen…, lágrimas ácidas como el vitriolo.
 

sábado, 21 de septiembre de 2013

RAPSODIA DE UN LICÁNTROPO


 
 
 
 
 
 
 
 
Sobre el altar de la noche ya luce la luna llena,
la sangre bulle en mis venas como lava de volcanes
y el cuerpo se me retuerce entre espasmos delirantes.
Momento temido, llegas.
 
Crecen mis extremidades y las uñas se me afilan
sobre dedos encrespados que se van tornando garras.
Los restos de la razón en un grito se sublevan.
Prudencia piden, medrosos.
¡No debo salir de casa!
 
Pero la luna me llama, se introduce por mis ojos
su argénteo influjo y, esclavo,
quedo a merced de unas ansias que voces de sangre apremian.
 
Miro a la luna y aúllo, una, dos, hasta tres veces
y salgo luego de caza.
 
Hombres, mujeres y niños en vano piden clemencia,
gritos de dolor baldíos, en la oscuridad se pierden
mientras mis fauces voraces les devoran las entrañas.
Cuerpos rotos, sed de sangre.
 
La luna sonríe allá arriba, satisfecha en su atalaya. 
Junto a ella, en contradanza, decenas de luminares
en la madrugada hierven.
 
El holocausto concluye cuando al cielo asoma el alba,
un sembrado de cadáveres descubre la tierra yerma,
despojos deslavazados, anatomías exánimes. 
 
Cede la luna su trono y, entre temblores y náuseas,
humano otra vez me torno.
Cabizbajo, marcho a casa, dejando detrás de mí
una plétora de mártires.
 

sábado, 7 de septiembre de 2013

ES VERANO


           Es verano. Yo estoy tumbado sobre un diván, perezoso, sin más deseo que dejar fluir mis pensamientos al ritmo de los versos de un poema que retoza dentro de mi cabeza. El mar canta ahí fuera, al otro lado de la ventana entreabierta, basta aguzar un poco el oído para escuchar todos los matices de su canto, el ronroneo de las olas mientras festonean en su danza líquida, el estridente chasquido de su ocaso, los afinados suspiros de las aguas al ser besadas por el viento. Es la balada del mar, de ese mar vivo, excelso, fragante, que se extiende orgulloso hasta más allá, mucho más allá, del horizonte.

           Otro sonido viene de súbito a añadirse a esa melodía, el sonido de una sirena, a buen seguro proveniente de un gran barco, a tenor del grave registro de su diapasón. Me levanto entonces y, tras ajustarme las gafas, miro a través de la ventana. El ángulo de visión que se me ofrece es bastante exiguo y no me permite divisar barco alguno, pero sé que está ahí, sobre la mar rapsoda, y, suplantando a mis ojos, la imaginación me lo acerca, me trae sus sollados, los distintos camarotes, la cubierta atestada de gente que saluda bulliciosa a quienes aguardan en la dársena; una mujer robusta acuna en sus brazos un bebé que parece dormido, un señor de bigote fuma un cigarrillo apoyado en la amura, dos jóvenes se besan apasionadamente cerca de proa, una muchacha pelirroja mira al cielo, embebecida, y sueña con príncipes azules. Todo eso y mucho más puedo ver nítidamente. Como puedo ver asimismo los bloques de cemento y hormigón que atestan el muelle, y los grandes contenedores, y el rompeolas, y la arboladura de las naves refugiadas en el puerto, y el largo paseo marítimo que se extiende de sur a norte.

           Vuelve a sonar la sirena, seca y rotunda, y a su tronar se acopla segundos después el repique de las campanas de la iglesia. Misa de doce. Me visto y salgo hacia allá, no para asistir a la misa, que a fin de cuentas soy agnóstico, sino para palpar sus muros de piedra y dejar que durante breves segundos se transmita a mis dedos su secular historia, memoria de auges y esplendores, de añagazas e intrigas, de infidencias, de autos de fe, de quiebras y conspiraciones, y luego de embriagarme con la piedra desnuda, vuelvo de nuevo mis ojos al mar, inmutable y omnipresente, para ya sin trabas de visión abarcarlo en toda su magnificencia. Y mis ojos se centran en ese gran barco que se acerca desde el horizonte doblemente azul, cargado de sueños también azules, de besos ardientes, de bebés que duermen, mujeres robustas y hombres con bigote.

           Un mendigo comido por la mugre pide limosna bajo el dintel de la fachada principal. Deposito un par de monedas sobre el rugoso pañuelo que exhibe y regreso a casa, a mi diván, a mis versos danzarines, a mi pereza inmarcesible.

           Es verano.      

 

domingo, 11 de agosto de 2013

LA RISA DE LA SIRENA

  
         Florecía el verano y, como todos los años por idénticas fechas, la playa se encontraba atestada de turistas, cientos de almas ávidas de sol que, frente a un mar sereno cuyas aguas lamían suavemente la tierra al acoger sus últimos embates, se arremolinaban dentro de una estrecha franja de dorada arena. Apenas había huecos libres, por lo que la tarea de buscar un sitio donde colocar la toalla se convertía en una proeza que exigía sortear todo aquel ejército de cuerpos tendidos en veneración de su rey Sol.

           Pude pese a todo ubicarme cerca de la orilla, tan cerca que cuando alguna ola se encrespaba más de la cuenta, racimos de gotas saladas venían a salpicar mis pies, lo que, dado el sofocante calor, se agradecía de veras.
 
           Una vez acomodado, extraje un libro del interior de mi bolsa playera y me puse a leerlo, aunque apenas si había avanzado dos o tres páginas cuando, no demasiado absorbido por la trama, me tomé un descanso para con cierta lasitud echar un vistazo alrededor. Había gente de todo tipo, jóvenes, viejos, rubios, morenos, delgados, gordos…, muchos de ellos extranjeros, como atestiguaban tanto sus voces foráneas como el matiz mórbido de sus pieles, que al contacto con el sol parecían casi de inmediato adquirir tonos rosáceos o carmesíes. Entre los adultos predominaba la inactividad, cuerpos tendidos al sol o flotando perezosos sobre la rizada superficie marina; los niños, en cambio, se mostraban mucho más afanosos, algunos corrían y chapoteaban sobre el agua, otros construían pacientemente castillos de arena. Yo los observaba a todos escondido bajo mis oscuras gafas de sol, lo que hacía propicia esa labor fisgona sin sentirme incómodo.
 
           Cerca de donde yo me encontraba, una muchacha recogía conchas. Las olas besaban sus tobillos al batir junto a la orilla, generando una cenefa espumosa que al instante sucumbía bajo la arena húmeda, y de su cabello el sol extraía destellos áureos. Era muy joven, apenas debía rozar la primera adolescencia, y se movía con tanta flexibilidad que en cierto modo daba la impresión de que estuviera bailando, o que flotase sobre el suelo, como si una invisible capa la mantuviera por momentos suspendida en el aire, de tal modo sincronizada con el resto del paisaje que parecía un elemento más del natural entorno, tan inherente a él como la suave brisa que soplaba, el océano, la arena o las propias conchas de las que hacía acopio. Me llamaron también la atención sus profundos ojos zarcos, en perfecta sintonía asimismo con el color y la hondura de cielo y mar. Era tan bella y parecía tan inocente, tan pura, tan mágica…
 
           En un momento dado vi cómo levantaba la cabeza y quedaban de improviso sus ojos azules pegados a los míos, traspasado el cristal de mis gafas por el coruscante brillo que emergía de aquella mirada de terciopelo. Supongo que su movimiento obedeció a que se había dado cuenta de que yo la estaba observando. En todo caso, lejos de sentirse azorada e incómoda, vino a brindarme una espléndida sonrisa, dibujada por su labios con la espontaneidad de quien nada teme y aún no sufre la carga de severos prejuicios; tan luminosa era esa sonrisa que por sí misma obraba el prodigio de volver su rostro todavía más resplandeciente, como si de una guirnalda de luz se tratase. A su sonrisa respondí con un ligero torcimiento de labios; la verdad es que no estoy demasiado acostumbrado a sonreír, no ya porque sea una persona en exceso seria, sino más bien por la timidez congénita que me caracteriza; pero ante aquella sonrisa tan generosa parece ser que conseguí componer cuando menos una mueca simpática. Luego volví a enfrascarme en la lectura de mi libro, uno de esos típicos best seller cuyas páginas se absorben con facilidad, literatura sencilla que no exige demasiado esfuerzo de concentración, pese a que el argumento seguía sin engancharme. A mi derecha una pareja de enamorados se prodigaba un sinfín de carantoñas. A mi izquierda dos señoras tomaban el sol en top-less mientras conversaban en un idioma que, a tenor de su aspereza, deduje que debía de ser alemán.
 
           Aplicado en la lectura, sólo me percaté de la presencia que lentamente avanzaba hacia mí cuando una mano se posó con suavidad sobre mi hombro; levanté entonces la cabeza, sobresaltado. Era la muchacha de los ojos azules que, de pie justo donde yo me encontraba, me ofrecía de nuevo su sonrisa luminosa, más luminosa que el cielo y que el mar azul. Parecía en verdad una sirena que acabara de surgir de las aguas, esplendorosa, bella, radiante, la piel morena aún humedecida. “Toma, para ti”, dijo la sirena al tiempo que hacia mí extendía su mano, esa misma mano que segundos antes tocara mi piel. Yo no dije nada, abrí la mía y dejé que deslizara dentro de ella lo que fuera que traía. “Gracias”, me limité a responder al cabo de unos segundos, sin mirar siquiera el objeto que acababa de depositar en mi mano; no podía ciertamente dejar de contemplarla a ella, extasiado que estaba en la admiración de su grácil figura, como si delante mío no se hallara en realidad un ser de carne y hueso, sino una especie de prodigioso ente surgido de algún ignoto universo paralelo. La sirena comenzó entonces a reír, una risa franca y envolvente, risa de niña, balsámica vibración que se introducía en el cuerpo a través de los tímpanos para acunar el alma; me sentí de hecho muy confortado por esa risa, que saboreé con el ávido entusiasmo de un chiquillo; nunca hasta entonces había escuchado una risa tan plena de armonía. Luego, sin pronunciar más palabra, dio media vuelta y se marchó corriendo por la orilla, de nuevo etérea y sutil como una nereida. Mientras la veía alejarse, abrí la mano y observé sobre la palma la caracola que me había dejado, de un color tan blanco que parecía un trozo de luna.
 
           Siempre se ha dicho que cuando se aproxima al oído el hueco de una caracola se oye el rumor del mar. Allí, sin embargo, en aquella playa bulliciosa, resultaba imposible apreciarlo, de modo que me vestí, recogí mis cosas y marché con la caracola firmemente agarrada.
 
           Ya en casa me asomé a la terraza, desde donde una brisa cálida ciñó mi piel a modo de sedosa caricia. En el horizonte el sol asomaba por detrás de los edificios para iluminar la ciudad con un tono dorado casi sobrenatural. Respiré profundamente y, esperando deleitarme con el murmullo del mar, acerqué la caracola a mi oído, en cuyo interior, sin embargo, como una envolvente nota musical continuada, lo que escuché fue de nuevo la portentosa risa de la sirena.
 

martes, 23 de julio de 2013

ME FALTAS TÚ

 
La hiel de la ausencia,
un oscuro abismo de almas perdidas,
gritos que recoge el viento,
tu ausencia,
mis gritos,
desiertos sin vida,
un futuro horrendo
 
Árboles sin hojas,
mares infecundos cuyas aguas rojas
no albergan ya aliento,
tus hojas,
mis venas,
el fuego de un hierro
marca mi memoria.
 
Tu hierro.
Te pienso entre brumas que lo cubren todo,
la desesperanza,
vacíos profundos que no tienen fondo,
mas aún te pienso,
te busco en la nada
y tiemblo… y no quiero.
 
Voy solo,
a tientas camino por breñas y zarzas,
sin ninguna luz,
ojos ciegos cuyas niñas sangran,
negro sobre negro,
pues me faltas tú
y sufro… y me muero

martes, 9 de julio de 2013

UN SUEÑO ROTO


            Por más que doliese, resultaba en cierto modo inevitable el colapso, el temido fin que al traste diera con el peculiar universo que, siguiendo los dictados de sus enardecidos corazones, habían entre ambos modelado. Daba igual que dicho universo constituyera en sí mismo el más fascinante, bello e idílico escenario que hubieran podido concebir. Daba igual que en su seno hubiesen sido más dichosos que nunca antes en toda su vida. Daba igual que la felicidad más embriagadora resultase precisamente de la entrega en cuerpo y alma del uno al otro. Daba todo igual. Las afiladas aristas de la realidad, insobornables en su desgarrador empeño, tenían tarde o temprano que rasgar el velo bajo el que refulgía tan espléndido universo, era sólo cuestión de tiempo, y una vez en contacto con dicha realidad acerba, la contaminación que ésta portaba lo inficionaría hasta terminar por consumirlo en el vacío.

            Y así sucedió. Tan pronto la cordura, aviesa ama de llaves donde las haya, asumió las riendas que durante cierto tiempo tomara la más mágica de las locuras, el desplome resultó ya ineludible. Llegaron de este modo las aquiescencias que por raíz tenían a la más pesarosa de las resignaciones. "Sí, admitámoslo, esto ya no puede dar más de sí". Poco importaba que en el fondo desearan convertir ese sumiso asentimiento en una rebelde negación, en un rotundo "no" al que aferrarse para prolongar durante más tiempo aquel sueño compartido. Poco importaba, siendo que el deseo, por fuerte que fuera, no lograba imponerse al falso orgullo que convertido se había en paladín de la cordura, en valedor de sus lógicos razonamientos. Querían decir "no", un no que les permitiera proseguir con aquel vínculo mágico que unidos les había mantenido todo ese tiempo, un vínculo hecho de miel y de fuego, pero decían en cambio "", un sí que derrumbaba los muros que con tales elementos construyeran. Decían "sí, es cierto", y ese sí encerraba una desolación tan brutal que luego, a escondidas consigo mismos, las lágrimas se derramaban desde sus ojos como ríos desbordados tras una lluvia torrencial. "Sí, fue bonito mientras duró, pero ambos sabíamos que no podía mantenerse de manera indefinida". Y el "no" rebelde quedaba detenido en la garganta, impedido su paso por los centinelas de la razón que, ceñudos, interceptaban con lanzas su paso.
         
           Les quedaría para siempre el recuerdo, frente al que ni la cordura, ni la razón ni cualquier tipo de incolora sensatez gozaban de jurisdicción; nada podría ya arrebatarles el recuerdo, ninguna fuerza sería capaz de borrar de su memoria la presencia de tantos y tantos momentos compartidos, bellos momentos, únicos, insuperables, excelsos momentos que forjadores fueran de un sueño a la postre roto. Y junto al recuerdo quedarían los rescoldos de esa pasión que abrasara sus corazones y les compeliera a devorarse el uno al otro en candente holocausto, fuego en cuyas llamas se habían zambullido con irreprimibles ansias, como si en el fondo sospecharan lo efímera que habría de ser su flamígera sustancia, destinada tarde o temprano a ser sofocada y convertida en ceniza. Y, finalmente, como cicatriz les quedaría la nostalgia, esa añoranza cruel que durante mucho tiempo los mantendría sumidos en la más lasa de las melancolías.
      
           Habían decidido conceder a la razón el cetro de mando y entronizarla sobre las emociones, que de este modo quedaron relegadas al papel de súbditas de tan racional soberana, lo que por fuerza suponía el fin de su compartida locura. Habían dicho "" a las voces que exigían renuncia y "no", en cambio, a las que desde dentro clamaban por continuar; "dejémoslo así" habían convenido, y al hacerlo la realidad había fagocitado al sueño.

           No obstante, durante todo el tiempo en que aquel sueño permaneció incólume, mientras fue la locura el norte conductor de sus pasos, se habían sentido más vivos que nunca, ciclópeos, invencibles, dioses elevados por encima del resto de la humanidad y de sus cotidianas menudencias, dioses retozones que jugaban, reían, amaban y gozaban sobre un lecho de pétalos de rosas.

 

martes, 18 de junio de 2013

LA AGENTE JUDICIAL


            Generalmente mi actividad en los tribunales va asociada a la de la acusación particular en los procedimientos penales, siendo raras las veces que ejerzo en el lado de la defensa. No obstante, aquella mañana me tocaba precisamente actuar de abogado defensor de un imputado por estafa, algo a lo que no estaba muy acostumbrado, pero que venía impuesto por la importancia del cliente en cuestión, quien había llenado mi cuenta bancaria de suculentas cantidades que multiplicaría aún más en caso de salir absuelto. A mi lado se sentaba el procurador, un tipo entrado en años, de pelo cano y nariz colorada. Éramos por lo demás los dos únicos hombres en aquella sala, además del imputado, pues el resto del elenco lo componían mujeres. Mujer era la abogada y la procuradora del querellante, mujer la jueza, mujer la secretaria judicial, mujer la fiscal y mujer asimismo la agente judicial.

           En la Sala el calor era sofocante, lo que me hacía sentirme incómodo bajo la toga. En esos momentos me habría gustado estar en la playa, sin nada de ropa y cómodamente tumbado sobre una hamaca, tomándome un mojito helado; pero como no era el caso, mi imaginación buscó remedio en lo que más a mano tenía, que no era sino el equipo de mujeres allí reunido, las cuales, como suele sucederme en casos similares, despertaron mi interés más concupiscente, de modo que comencé a estudiarlas con disimulada frivolidad. El juicio andaba todavía en sus prolegómenos, por lo que podía permitirme esa ligera distracción.

           Lo cierto era que todas estaban bastante bien, al menos en lo que al plano físico respectaba. La abogada contraria tenía cara afilada y unos ojos vulpinos que parecían equipados con el poder de traspasar y leer las mentes ajenas, así como un par de piernas largas como avenidas, apenas ocultas bajo su falta de tafetán azul. La procuradora también estaba muy apetecible, rubia y bronceada, luciendo bajo la toga una blusa celeste que estratégicamente desabotonada en su parte de arriba, permitía apreciar el encaje blanco de su sujetador. La jueza, la secretaria judicial y la fiscal insinuaban asimismo unas más que interesantes formas bajo sus respectivas togas, por más que los tres rostros me resultasen bastante herméticos y, por consiguiente, poco atractivos.

           Fue, pese a todo, la agente judicial quien llamó más poderosamente mi atención. Era bastante más joven que las otras, poco más de veinte años aparentaba tener a lo sumo, y se movía dentro de unos ajustados vaqueros que subrayaban las turgencias de un culo hechicero a más no poder, ¡ay, ese culo!, así como de una camiseta corta color amaranto que al descubierto dejaba una minúscula parte de su vientre, indumentaria que, al igual que sus uñas pintadas de un color verde vivo y el pearcing dorado que llevaba incrustado en la nariz, contrastaba de forma llamativa con el adusto protocolo de togas, chaquetas y faldas imperante en la Sala. Sin embargo, estos no eran sino matices de índole tangible, chocantes en su cariz divergente, pero poco más; por encima de ellos existían otros que, aun no siendo sensorialmente perceptibles, resultaban de algún modo mucho más turbadores, sutiles efluvios que a través de algún invisible conducto químico yo conseguía captar, feromonas tal vez, sí, un salvaje turbión de feromonas que, provenientes de la muchacha, bombardeaban mi libido con la fuerza de mil legiones, lo que hacía que me costase un esfuerzo ímprobo apartar mis ojos de ella y concentrar la atención en el interrogatorio al que la fiscal y la abogada contraria sometían en esos mismos momentos a mi cliente. Yo procuraba tomar notas, pero mis dedos se movían más por automatismo que por genuino afán profesional, mi verdadero interés estaba puesto en la preciosa criatura de la camiseta roja, hacia la que de soslayo dirigía una y otra vez la mirada, concentrado en transmitirle váyase a saber qué tipo de radiación etérea que consiguiese magnetizarla de modo análogo a como ella lo estaba haciendo conmigo.

           La indiferencia de ella era, sin embargo, total. No sólo no parecía darse cuenta de la poderosa atracción que en mí suscitaba, sino que, aparentemente ajena a todo cuanto allí se debatía, su mirada vagaba de un lado a otro de la estancia, deteniéndose ora en el techo, ora en el retrato del Rey, ora en las blancas paredes, pero siempre de un modo distante, como aburrida de toda aquella jurídica parafernalia, esperando tan solo que le llegase el momento de intervenir para avisar a algún testigo o exhibir determinados documentos. Más allá de eso, era tan indiferente al escrutinio que hacía yo de su persona como las galaxias puedan serlo a los cálculos que sobre ellas realizan los astrónomos.

           No me enteré cuando la jueza me dio por primera vez la palabra, de modo que ésta, no sin cierto enojo, tuvo que alzar la voz para repetir su llamada, que tampoco hubiera advertido de no ser por el codazo que me propinó el viejo procurador que me asistía, sin el que a buen seguro habría continuado dentro de mi abstracción. Pedí disculpas a sus señorías, carraspeé un par de veces y, completamente perdido, di inicio a un confuso batiburrillo de artículos y citas jurisprudenciales que traía anotadas de antemano. El procurador me miró sorprendido y, con evidente enfado, la adusta jueza interrumpió mi alegato para decirme que aún no era el momento de informe, que me había dado la palabra para que hiciera valer mi turno de preguntas al acusado, no para formular alegaciones. Su voz era aguda, más aún por el efecto del enojo, que la hacía chirriar como los goznes mal engrasados de una puerta. Inundado de rubor, me disculpé otra vez y comencé un interrogatorio que devino breve y poco incisivo. La verdad es que me sentía extraño, presa de una embarazosa sensación de abandono. Quería ser brillante, como casi siempre lo era en similares lances, pero yo mismo me oía apocado y sin convicción alguna.

           Terminado mi turno, como si anómalos fusibles estuviesen operando sobre las luces de mi razón, desatendí de nuevo el curso de la vista para centrarme otra vez en los encantos que a mi universo sensorial ofrecía la joven agente. Su belleza animal me fascinaba, una belleza que quizá tuviera su máximo exponente en los felinos ojos que adornaban su rostro, ojos que lucían como dos brillantes fanales verdes anunciadores de un prodigioso fondeadero, así como también me fascinaba su displicencia hacia todo aquel escenario, rayana en lo ofensivo, como si de una aburrida reina se tratase. Yo quería concentrarme en el juicio, razón primera y última que justificaba mi presencia allí, por la que cobraba además unos elevadísimos honorarios, pero lo cierto era que no podía, mi atención, huidiza y esquiva como un potro salvaje, volvía una y otra vez a la muchacha.

           Por otro lado, me sentía cada vez más incómodo. La toga parecía hecha de plomo, ¡tan pesante me resultaba bajo ese calor infernal!, y de buena gana me la habría quitado, como me habría desprendido también de la corbata y la chaqueta, asimismo pesadas y opresivas. En realidad, no quería estar ni un segundo más allí, no al menos en calidad de abogado. Miraba las caras adustas de la juez y la secretaria judicial y no me transmitían nada. Miraba la cara encendida de la fiscal y no me transmitía nada. Miraba el rostro buido de la letrado y nada me transmitía asimismo. Ni lo hacía tampoco el bronceado semblante de la procuradora contraria. Vacías máscaras de oficiante todos ellos, apenas chispa bajo la quincalla que encubría la liturgia de opereta de aquel femenino cónclave. Miraba, en cambio, a la agente y, ah, notaba entonces el deseo abriendo surcos de fuego bajo mi piel, enloquecidos mis sentidos por el impacto que sobre ellos ejercía el chorro de feromonas que prorrumpía de su cuerpo, en especial de ese culo redondo que abultaba el pantalón vaquero y que yo me morías de ganas por profanar, ¡ay, ese culo!, y casi sin darme cuenta me encontré clamando en mi interior porque el tiempo se detuviese y el mundo entero quedara reducido a un limitado espacio donde a solas pudiera hallarme con aquella efeba de mirada ausente y perturbadora anatomía.

 
 

 

lunes, 3 de junio de 2013

QUE TE QUIERO



Que te quiero por la noche y por el día,
que te quiero de ambarino y de azul claro,
que te quiero ya desnuda, ya vestida,
que te quiero cuando grito y cuando callo.

Que te quiero cuando al alba el sol despierta,
que te quiero en cada fase de la luna,
que te quiero en la distancia y a mi vera,
que te quiero con furor y con locura.

Que te quiero porque así me da la gana,
que te quiero de vainilla y chocolate,
que te quiero por simpática y por guapa,
que te quiero revestida de azahares.

Que te quiero, niña, que te quiero y punto.
Que te quiero, niña, que te quiero y basta.

Que te quiero entre trigales amarillos,
que te quiero perezosa y soñolienta,
que te quiero mientras este verso escribo,
que te quiero si retoza mi alma inquieta.

Que te quiero por el brillo que desprendes,
que te quiero cuando tus manos me rozan,
que te quiero de casualidad y adrede,
que te quiero cuando tus ojos me enfocan.

Que te quiero recostada sobre un muro,
que te quiero provocadora y traviesa,
que te quiero porque me vistes de embrujo,
que te quiero cuando tus labios me besan.

Que te quiero, niña, que te quiero y basta.
Que te quiero, niña, que te quiero y punto.

miércoles, 8 de mayo de 2013

LA BALADA DE ELENA Y ALEJANDRO


      
     Desde muy pequeña, prácticamente desde que tuvo uso de razón, la vida de Elena había venido marcada por las aprensiones derivadas de una enfermiza falta de autoestima, lacra que, al tiempo que imprimía en su carácter una timidez extraordinaria, iba ensombreciendo su personalidad con todo tipo de complejos; complejos y timidez que, lejos de disminuir, se fueron acrecentando con el paso de los años.

           Este retraimiento llevó a que, sobre todo durante la adolescencia, sufriera en sus carnes la crueldad de un entorno hostil, lo que hizo de ella una especie de patito feo desventurado y perseguido, con la diferencia de que en su caso quedó omitida la última parte del cuento, justo la de la transformación en cisne, con lo que, acosada y objeto de burla por buena parte de sus compañeros de colegio y arrumbada por el resto, se fue aislando cada vez más, acostumbrándose a vivir entre las sombras, lo más alejada posible de todo aquello que pudiera implicar cualquier género de contacto.

           Hastiada de este apocamiento que la mantenía confinada dentro de las fronteras que marcaba su propia piel, hizo propósito de enmienda tras iniciar el periplo universitario que siguió a su época de adolescente, decidida a integrarse de algún modo con el resto de estudiantes, al menos un poco, lo necesario para mitigar los efectos de ese veneno llamado misantropía que contaminaba su sangre. Tenía claro que nunca llegaría a ser una chica popular en ninguno de los ambientes donde pudiera destaparse, pero pretendía al menos no seguir siendo ese patito feo del que todos se burlaban. Y lo cierto es que sí se produjo un sutil cambio en su personalidad, por más que el rumbo en que éste se tradujera resultase asaz sinuoso y postizo. Fue la suya una evolución sustentada sobre todo en el autoengaño, en cuyas fuentes descubrió Elena que podía hallar las aguas donde filtrar parte sus complejos, paliar al menos sus perniciosos efectos, de tal modo que si a los que en su fuero interno contemplaba como defectos los revestía mediante un ejercicio de facundia con un manto de jactancia, bien podían entonces estos pasar por virtudes cara a su auditorio. Así lo hizo, engalanándose bajo una capa de vanidad, tan falsa como el oropel, que le permitía asumir poses con las que en un momento dado podía engañar a los demás, aunque no tanto a sí misma.

           Se trataba, no cabía duda, de un camino peligroso, y no ya sólo por el desagradable engreimiento que ese fingido narcisismo confería al carácter de Elena, sino en especial porque la compelía a tener que desenvolverse en dos mundos paralelos, uno interior, ubicado dentro de sí misma, allí donde nada más que ella tenía acceso, y el que conformaba todo lo de fuera, en particular los miembros de su círculo social, su mundo exterior. Dos mundos con un frágil nexo entre ambos, quebradizo al menor contratiempo, pero a través del cual, eso era cierto, consiguió superar parte de su timidez congénita e introducirse en ámbitos donde comenzar a tantear amistades y afectos, con lo que su aislamiento dejo de ser tan feroz.

           El caso fue que este embozo bajo un velo de fatuidad llevó a Elena a enfocar de forma diferente, al menos de cara al exterior, cuestiones que hasta ese momento la habían atormentado sobremanera. Así por ejemplo, en lo concerniente al plano físico, su ligera obesidad, que durante muchos años la había llevado a despreciar y aborrecer su propia imagen, hasta el punto de apenas ser capaz de contemplarse en un espejo, la sorteaba con el argumento de que la auténtica belleza residía precisamente en las curvas, en esas sinuosidades que dibujaba la carne cuando sobresalían con cierto descaro más allá del armazón óseo, en tanto que la delgadez no era sino sinónimo de enfermedad. De cuando menos reflexivo y sensato habría sin duda que tildar este razonamiento, si no fuera porque al caer la noche, cuando ya no había público al que catequizar, su propia defensora, sola y desnuda en el dormitorio, contemplaba sus abultados michelines y todos sus argumentos se hacían entonces añicos contra una realidad devastadora, la que venía a gritarle que mentía, que lo que en realidad sentía era un profundo asco por su cuerpo y un incoercible odio hacia sí misma. Despojada de la máscara, se sentía entonces más vulnerable que nunca. Años más tarde, cuando tras someterse a una rigurosa dieta de adelgazamiento, consiguió eliminar buena parte de sus calorías sobrantes, no dudó en desertar del bando de las curvas para engrosar las huestes de quienes abierta guerra mantenían contra aquéllas, bajo cuya bandera combatió con idéntico ahínco, aunque al menos esta vez con mayor convencimiento de causa, pasando a reemplazar la versión pública de sí misma, hasta entonces empolvada de hipocresía, por otra donde habría de despuntar sobre todo un desagradable narcisismo.

            Un proceso semejante vino a traducirse también dentro de lo que era el campo de las relaciones sentimentales. Tras unos primeros escarceos amorosos, fugaces como fuegos fatuos, Elena se enamoró de un compañero de clase al que desde el primer momento no dudo en catalogar como el hombre de su vida, la persona con la que habría de compartir décadas de una felicidad ilimitada a la que únicamente podría poner fin el negro abrazo de la muerte. Amor y amado fueron así en su mente idealizados como la arcana piedra filosofal capaz de transmutar el plomo en oro, el ocaso en aurora, la tristeza en alegría, siendo que ella, alquimista entusiasta, había sabido descubrirla para siempre jamás. Por desgracia, ese siempre jamás apenas si traspasó el temporal límite de un año, tras el cual una nueva persona vino a ocupar el puesto de Elena en el afecto de este primer novio suyo, quien no dudó a la sazón en abandonarla y dar por concluido su romance. Lloros y lamentos compusieron durante algún tiempo la banda sonora del corazón de Elena, si bien, fiel a su costumbre de adecuar la realidad a su propia conveniencia o interés, optó por combatir el daño mediante el sofisma de tildar al amor como algo nocivo y contraproducente, de tal modo que su pérdida venía a ser en el fondo lo mejor que podía haberle sucedido. Por supuesto, esto no era más que una falacia con la que, engañándose a sí misma, aliviar su mal de amores, algo que en efecto consiguió, no en vano a esas alturas ya dominaba con bastante soltura la técnica del autoengaño, técnica de la que con el tiempo llegaría a ser depurada maestra. Ahora bien, enamoradiza por antonomasia, no podía evitar caer una y otra vez en las redes de Cupido, y en tales ocasiones, cuando se veía correspondida, poco tardaba en hacer defección de su embauco previo y convertirse de la noche a la mañana en la más fervorosa sacerdotisa del pícaro hijo de Venus, desde cuyos púlpitos no dudaba en loar las excelencias del amor y su propia condición de mejor amante posible.

           Porque, eso sí, ella siempre debía destacar en cualquier faceta como la mejor. La mejor amante, la más guapa, la más simpática, la más lista, la más responsable, la más aplicada, la más de lo más. ¿Exceso de autoestima? Por supuesto que no. Era en realidad más de lo mismo: la aberrante fórmula que empleaba para combatir a sus endemoniados complejos, fórmula que sin embargo sólo funcionaba a lo sumo de puertas afuera, pues cuando de nuevo quedaba a solas consigo misma de nada le servían los engaños y subterfugios, ahí volvían a salir a flote los complejos e inseguridades, que se erguían frente a ella como arrogantes monstruos, desafiantes y burlones.

           Concluido el periplo universitario, Elena se vio obligada a enfrentarse a un nuevo tipo de rechazo, en este caso el que provenía del cada vez más abrupto mercado laboral, rechazo éste compartido con buena parte de los jóvenes de su generación, aunque no por ello menos doloroso. El listón de sus demandas vino a toparse con ofertas para nada acordes con los estudios realizados, lo que a la postre le obligó a bajarlo y aceptar empleos de menor enjundia, desde teleoperadora a cajera en un supermercado, pasando por cuidadora de ancianos, recepcionista o vendedora de cosméticos, entre otros, todos ellos temporales y mal retribuidos, sujetos a contratos de corta duración que nunca era renovados a su término.

           Este ciclo que, atravesando yermos periodos de desempleo, la conducía de un trabajo precario a otro, previo multitudinario envío de currículos y sometimiento a iterativas entrevistas, se sucedió durante casi cuatro años, hasta que consiguió un puesto como tramitadora de siniestros en una acreditada compañía de seguros, firmando un contrato que, aun también eventual, parecía ofrecer mejores perspectivas de futuro.  

           Al contrario que en la mayoría de las anteriores, en esta nueva empresa Elena se sintió muy a gusto desde un principio, no ya por la labor encomendada, que en el fondo no dejaba de ser burocrática y repetitiva, sino en especial por los compañeros con que allí se topó, quienes desde el primer día se volcaron a su favor, ayudándola con solicitud y colmándola de todo tipo de atenciones. Esta calidez, que provenía sobre todo del componente masculino de la oficina, espoleó la imaginación soñadora de Elena, quien se veía dentro de una especie de mágico reino donde ella era la princesa, trasladada en solio de un lado a otro del mismo por su séquito de adoradores. Era como flotar sobre una nube. Como no podía ser de otro modo, su reforzado egocentrismo aderezaba esta fantasía con un acusado componente subjetivo que le llevaba a interpretar la prodigalidad recibida en términos de sus propias virtudes y cualidades, de tal modo que tanta gentileza vendría a ser una especie de tributo a la revolución que su presencia había supuesto en aquella oficina, hasta entonces copada por agrios rostros femeninos pertenecientes a mujeres maduras en su mayoría, serias, desabridas, poco atractivas, puro contraste en todo caso con la espléndida juventud suya, con su contagiosa simpatía, con su belleza deslumbrante. Así era, cuando los vientos le resultaban propicios, la Elena surgida de la metamorfosis que sus perturbadores complejos habían propiciado, una Elena única en el mundo, siempre la mejor, la más bella, la más exuberante y sensual, la más luminosa. Ella, ella, ella. El centro del Universo hecho carne. Y propicios fueron desde luego los vientos que la impulsaron durante esos primeros pasos en el nuevo trabajo, rodeada de colegas afanados en ayudarla y donde sus oídos no cesaban de escuchar cumplidos casi a diario.

           Fue en esta empresa donde conoció a Alejandro. Era un hombre maduro, de algo más de cuarenta años, de rasgos anodinos y movimientos tímidos. Había encontrado trabajo en la agencia luego de perder el que con anterioridad desempeñara durante lustros en una oficina bancaria y casi agotar posteriormente el subsidio de desempleo. Tenía mujer y dos hijos, por lo que su desesperación había ido creciendo a medida que pasaba el tiempo y no hallaba labor remunerada con la que poder contribuir a su sustento, de manera que la obtenida en la agencia de seguros, aunque mal remunerada, había venido a ser su tabla de salvación.

           Al principio, y pese a haber sido ambos seleccionados al mismo tiempo, Elena y Alejandro no congeniaron demasiado bien. Ella lo veía como una persona insípida y poco simpática, muy introvertido, dotado en suma de un temperamento apocado y, por añadidura, nada atractivo a primera vista. Tampoco le gustaba su aspecto físico, en especial los acusados pliegues de su boca, que tiraban de esta hacia abajo confiriendo a su rostro una expresión desdeñosa. Pero con el tiempo, a medida que el roce derivado de sus comunes quehaceres propiciaba una mayor cercanía personal, fue descubriendo en él cualidades que a sus ojos lo hicieron más interesante. Para empezar, superada la primera fase de acoplamiento a la empresa, él dejó de exhibir la imagen seria y retraída enarbolada durante las primeras semanas, lo que le hizo más accesible a sus compañeros de oficina, quienes aceptaron de buen grado esa mayor cercanía, y en lo que tocaba a Elena en particular, valga decir que con ella comenzó a mostrarse especialmente atento y complaciente, con un interés que sobresalía del ostentado ante los demás, lo cual, teniendo en cuenta la obsesión de ésta por pretender ser siempre y en todo momento centro de atención, la halagaba sobremanera. Lo cierto era que Elena se notaba cada vez más a gusto en compañía de este colega que tan solícito se mostraba con ella, y como una cosa lleva siempre a otra, comenzaron a intimar más entre ambos. Así, el perímetro de sus conversaciones y correos internos se extendió para abarcar ya no sólo lo que venían a ser precisos temas laborales, sino también otros concernientes al ámbito estrictamente privado. Alejandro le hablaba de sus aficiones, de sus gustos y apetencias, de sus afanes, de sus objetivos a corto y medio plazo, incluso le habló de su familia, lo que permitió a Elena conocer que estaba casado y tenía dos hijos de corta edad, mujer e hijos con quienes convivía en un pequeño piso ubicado dentro de un barrio periférico. En justa reciprocidad, Elena le fue haciendo partícipe también de sus apegos e inquietudes, en especial de los sueños y anhelos que se cocían dentro de su cabeza, los cuales, considerando lo presta que estaba de ordinario ésta a dejarse atrapar por todo tipo de ilusiones y quimeras, traspasaban a menudo las fronteras de lo inverosímil.  

           A Alejandro, sin embargo, no parecían incomodarle estas entelequias de su nueva amiga, como tampoco la fatuidad y prepotencia que distinguían su carácter, sino que, por el contrario, ajeno a éstas, se sentía cómodo a su lado, del mismo modo que ella también se notaba cada vez más a gusto junto a él, mutua complacencia que propició que empezaran a quedar de vez en cuando a la salida del trabajo para, antes de regresar a sus respectivas casas, tomar algo en cualquier local idóneo donde, más distendidos, seguir dando pábulo a sus recíprocas confidencias. Con el paso del tiempo estos encuentros fueron ganando en frecuencia, así como en duración, por más que esta última quedase de ordinario limitada por sus respectivos compromisos. El caso era que cualquier pretexto resultaba válido para estas citas, llegó incluso el momento en que ni siquiera se hicieron necesarios pretextos de ninguna clase, bastaba con que la oportunidad se ofreciera propicia para que ellos, dispuestos y exultantes, no dudaran en tomarla. El lazo entre ambos se fue de ese modo haciendo cada vez más férreo, tan férreo como acostumbran a ser los forjados en el yunque del afecto.

           Y ocurrió que a medida que este afecto ganaba en consistencia, Elena iba a su vez redefiniendo en su imaginación al propio Alejandro y todo cuanto a éste concernía, incluidas sus posesiones materiales, como por ejemplo el modesto Volkswagen Polo con que solía acudir al trabajo, que a ojos de ella se trocaba por arte de birlibirloque en un flamante descapotable azul, o el reducido apartamento en que habitaba, que su fantasiosa imaginación convertía de golpe y porrazo en una excelsa mansión de cuatro plantas. Más sorprendente y no menos radical resultaba la metamorfosis que su mente operaba respecto al aspecto físico de él, que la llevaba a incrementar su reducida estatura hasta convertirla en la de un apuesto galán de más de metro noventa, transmutar sus ojos achinados en dos resplandecientes fanales de color indefinible, mezcla de verde y miel, convertir sus labios apagados en crisoles forjadores de brillantes sonrisas, o hacer de su voz una brisa serena y de su aroma un arrebatador perfume. Incluso su personalidad era matizada mediante la figuración de que bajo la aparente cortedad que lo caracterizaba se escondía en realidad una inteligencia y capacidad abrumadoras, tan abrumadoras que le permitían los fines de semana ejercer como alto directivo de una rutilante multinacional, siendo así que en el fondo era un hombre rico y su trabajo en la agencia de seguros con un salario de menos de novecientos euros mensuales tan solo una tapadera. Estas y otras fantasías se sucedían en la imaginación de Elena al compás que iba marcando su relación con Alejandro, creyendo en ellas como si de una realidad incuestionable se tratase. De hecho, las fronteras entre fantasía y realidad se confundían cada vez más dentro de lo que era su cerebro amotinado.

           Obligado era buscar la raíz última de estas delirantes maniobras de alquimista en el amor que Elena había comenzado a sentir por su compañero de oficina, amor que ganaba en intensidad a cada día que pasaba y que al interactuar con su orgullo y engreimiento componían una especie de pócima capaz de trastocar hasta ese punto la realidad dentro de su mente. En sus orgullosos dominios no podía tener cabida la posibilidad de haberse enamorado de un hombre vulgar y corriente, uno más dentro de los miles de individuos anónimos que pueblan las urbes, prosaicos entes que cada día se levantan y acuestan sin haber dejado apenas huella de su cotidiano paso. No, eso era inasumible para ella, no podía aceptarlo. El objeto de su amor tenía que ser diferente a ese prototipo ordinario, tenía que corresponderse por el contrario con el mejor y más apuesto de los hombres, con el más desenvuelto, con el más inteligente, con el más guapo, con el más elegante, con el más divino.

           Divino, sí, ese era el adjetivo que mejor lo definía, porque Alejandro había comenzado a adquirir para ella las connotaciones de una especie de Dios, alguien cuyas extraordinarias cualidades lo ubicaban en todo caso muy por encima de los simples mortales. ¡Y resultaba que ella, Elena, se había convertido en el principal foco de las atenciones y miradas de este hipostático ser! Así lo entendía al menos ella, gozosa certeza que la hacía sentirse radiante. Nunca hasta entonces la quimérica nube que de refugio sirviera a sus sueños le había resultado tan confortable. Era feliz.

           Pero esta felicidad contaba también con ramificaciones negativas, de inmediato advertidas por la adulterada percepción de Elena, quien intuía que al ser ella, de todas quienes componían la nómina de la agencia, la elegida por tan fascinante galán como destinataria de su afectuosa fijación, tenía por fuerza que estar granjeándose la antipatía del resto de sus femeninas colegas, quienes, locas de envidia y celos, no podían evitar mirarla con acentuada ojeriza. Esto también era para Elena una certeza incuestionable, convicción que le llevaba a interpretar cualquier gesto más o menos desacostumbrado de sus compañeras, cualquier mirada más o menos huidiza, cualquier cuchicheo a espaldas suyas o cualquier elevación de voz, como desaires hacia su persona motivados precisamente por la insana envidia de que era objeto por parte de aquéllas. De la noche a la mañana se había convertido en la empleada más aborrecible para el sector femenino de la empresa, integrado por harpías que, además de criticarla por la espalda, no dudaban en hacerle el vacío siempre que podían. Pero, la verdad sea dicha, tampoco era esa una cuestión que quitase demasiado el sueño a la cada vez más entusiasmada Elena, porque a fin de cuentas ella tenía lo que las otras deseaban: tenía a Alejandro.

           Elena se relamía de gusto cuando llegaba él y en lugar de sentarse al lado de las otras, como pretendían las muy brujas, se acomodaba cerca de ella, tan cerca que podía percibir su varonil aroma desplegándose por la atmósfera hasta anegar sus sentidos y embriagarlos. Había veces que, generalmente con la excusa de explicarle cualquier cosa, se situaba por detrás de ella, frente a la pantalla del ordenador, y con disimulo rozaba sus brazos o sus manos, roces que se traducían en estremecimientos de puro goce para Elena, en cuya piel, impregnada entonces de su esencia, los vellos se erizaban como escarpias. Esos momentos eran pedazos de cielo para ella. 

           En una de las habituales citas que concertaban a la salida de la oficina, Alejandro le reveló que, pese a contar aún con poca antigüedad dentro de la empresa, había sido postulado para un ascenso y que, con el fin de que su candidatura prosperase y pudiera acceder a ese puesto superior, era posible incluso que los jefes amañaran cierto concurso interno. La noticia sorprendió mucho a Elena, ya que ese tipo de martingalas parecían en principio ajenas a la política de la empresa, cuyos estatutos, por lo que había leído, hacían bastante hincapié en los principios de igualdad y transparencia a la hora de convenir las promociones del personal. Pensó en todo caso que las normas estaban para saltárselas cuando una buena causa así lo justificaba, como sucedía en este caso, donde las más que demostradas cualidades y capacidad de trabajo de Alejandro disculpaban, a su juicio, esta ligera infracción normativa. Él se lo merecía, era justo que su entrega tuviese una recompensa especial, y Elena se alegró mucho de saberlo.

           Ese día hubo también otras confidencias, como si mediante un tácito acuerdo hubiesen decidido abrirse mutuamente el arcón donde cada uno guardaba sus secretos más íntimos. No obstante, de todas estas confesiones, la que con más fijeza cuajó en la mente de Elena fue la referida a que desde hacía tiempo Alejandro y su mujer no se llevaban bien, discutían continuamente y apenas si quedaban ya restos de cariño entre ellos, y si permanecían todavía juntos era tan solo por los hijos, por preservarles del trauma que para ellos pudiera representar la separación de sus padres. Esta revelación penetró en el corazón de Elena como un rayo candente, un ramalazo eléctrico que inflamó su pecho con un fuego cuyas llamas avivaron de súbito la esperanza: conocer por boca del propio Alejandro que no amaba a su esposa abría para ella una puerta franca por la que deslizar su incipiente amor. En su fuero interno estaba ahora prácticamente convencida de que tarde o temprano flotaría entre los brazos de ese hombre. Es más, en ese mismo momento, mientras sin dejar de mirarla a los ojos estaba él confesándole su desapego conyugal, creyó percibir Elena que reprimía un poderoso deseo de besarla. Así al menos lo proclamaban sus labios trémulos, sus pupilas vidriosas, la vehemencia de su voz, detalles que ella no podía sino interpretar como signos de ese deseo, un deseo que por otra parte coincidía exactamente con el suyo propio, igualmente refrenado.

           El caso fue que el vínculo que los unía se fortaleció todavía más a raíz de aquel encuentro de confidencias destapadas, lo que se tradujo, entre otras cosas, en un mayor intercambio de correspondencia entre ambos, de tal modo que las llamadas por teléfono, los correos electrónicos y los mensajes a través del móvil se sucedían de uno a otro destinatario como delirante lluvia de electrones, sin que ninguna dificultad les causara, cuando no estaban juntos, encontrar cualquier excusa que avalara el uso de tales medios de comunicación.

           Elena también mantenía por aquel entonces una relación sentimental con un muchacho que había conocido un par de años antes y con quien convivía en su piso desde hacía algunos meses. También a este novio lo había idealizado en su momento, como hacía con todos aquellos que entraban dentro de su círculo afectivo, pero lo cierto era que últimamente las cosas entre ellos iban de mal en peor. Mientras Elena había vivido con su madre, la afección hacia su novio no dejó nunca de ir viento en popa, convertido éste a sus ojos, como no podía ser de otra forma, en el paradigma de la perfección, el más atento, el más apasionado, el más dulce, el más simpático, en fin, el mejor de los hombres; pero desde que tras una fuerte disputa familiar se había visto obligada a abandonar el hogar materno y hospedado en el apartamento de él, la convivencia, como si de un devastador carcinoma se tratara, había ido minando la relación entre ambos. Las peleas y discusiones entre ellos se hicieron cada vez más frecuentes, constatando una realidad ante cuyo empuje hubo de ceder, hecha añicos, la idealización que previamente elaborara la soñadora mente de Elena, quien no tuvo otro remedio que abrir los ojos para contemplarla en toda su crudeza, ríspida, amarga, descorazonadora, una realidad que le mostraba cómo él la trataba cada vez con mayor desapego e indiferencia, que apenas si ya rozaba su cuerpo con esporádicas y leves caricias, dispensadas de tarde en tarde más por compromiso que por verdadero afecto, que las escasas veces que todavía se daban a los juegos del amor lo hacían de un modo maquinal, huero de toda pasión. Era una realidad tan palmaria que no podía pasar desapercibida ni siquiera para una mente acostumbrada a confeccionar su propio orbe con los retazos que de ella mejor se ajustaban a sus particulares ensueños, amoldando para conseguirlo los unos a los otros como si fuesen teselas de un mismo mosaico. Pero esa realidad cruda y sin fisuras no permitía seguir manteniendo tal ajuste, lo destazaba por el contrario a base de golpes imposibles de encajar, los golpes del tedio, de la discordia, del desamor. En realidad, sólo seguía con él por el visceral pánico que tenía a quedarse sola.

           La súbita aparición de Alejandro en su vida había acentuado todavía más este distanciamiento afectivo de Elena con su novio, hasta el punto que los fines de semana se le hacían cada vez más odiosos, en cuanto que le tocaba pasarlos en compañía de este último, lejos de aquél. Eran para ella fines de semana eternos y fríos, sin alicientes, fines de semana tristes; triste de hecho marchaba para casa cada viernes al salir de su puesto de trabajo, oprimida por el peso de una insatisfacción profunda, tristeza que sólo iba paliando a medida que pasaba el tiempo y reemplazada era por la ilusión de saber que cada hora transcurrida suponía una menos para que llegase un nuevo lunes en el que volver a ver a la persona que se había adueñado del hemisferio afectivo de su corazón.

           Así estaban las cosas, cuando en la oficina se proyectó hacer una salida festiva para un sábado por la noche. Elena no lo dudó y fue de las primeras en apuntarse, alentada por la óptima excusa que se le ofrecía para al menos durante unas horas escabullirse de la enojosa rutina que para ella suponían los fines de semana en compañía de su novio. Más importante aún que esa evasión era la perspectiva de que también Alejandro acudiese al evento, lo que, si las cartas del destino eran venturosamente barajadas, podía favorecer una atmósfera propicia para que por fin pudieran ambos dar rienda suelta a las emociones que, en relación el uno con el otro, sus respectivos pechos albergaban. Esta posibilidad provocaba verdaderos espasmos en el vientre de Elena, como si un océano fuese allí dentro sacudido por impetuosos maremotos.

           La organización de esta escapada corría a cargo de una joven supervisora llamada Montse, persona muy extrovertida y desenvuelta que gozaba de las simpatías de la mayor parte del personal, pero sobre la que también se rumoreaban extrañas historias, como que había intentado suicidarse en un arrebato febril tras ser abandonada por un antiguo amante. El caso era que esta Montse llegó un día desilusionada a la oficina y comentó lo complicado que le estaba resultando coordinarlo todo, porque nadie se ponía al parecer de acuerdo ni con las fechas ni con el lugar, unos querían un día, otros uno distinto, algunos abogaban por ir a determinado sitio, otros a otro, y ella no tenía ni el tiempo ni la paciencia necesarias para mediar entre tanta divergencia y tratar de conciliar acuerdos, por lo que le venían ganas de desistir y mandarlo todo al carajo. Temiendo entonces Elena que la salida se pospusiese sine die y quedasen con ello frustrados sus planes de sabatino escape, se ofreció voluntaria para ayudar a Montse con los preparativos, lo que aceptó ésta de buen grado, renovando así los bríos necesarios para llevar a cabo su propósito. Este ofrecimiento coadyuvó además al fortalecimiento de los lazos entre las dos muchachas, cuya confraternización se tornó desde entonces mucho más acusada.

           Como era previsible, su nuevo papel como organizadora adjunta lo estrenó Elena con Alejandro, asegurándose de que éste asistiría a la festiva cita, algo que, por lo demás, ya le había confirmado con anterioridad. La perspectiva de pasar, más allá de sus ocasionales encuentros fuera del trabajo, toda una noche en compañía suya, coadyuvó a inflamar todavía más los vehementes sueños de amor de Elena. No podía dejar de especular una y otra vez con las contingencias que entre ellos podrían acaecer esa noche, configurando a tal efecto un amplio y heterogéneo abanico de alternativas, aunque todas ellas asociadas en un único colofón común, que no era otro que su abandono en los brazos de él, a sus besos y caricias sometida. Estaba en ese sentido completamente obnubilada, hasta el punto que el mero hecho de imaginar cómo sería el roce de sus labios sobre los suyos la hacía temblar de puro placer.

           Fijada definitivamente la fecha de la velada, ésta avanzó por el calendario sin nuevas incidencias ni retrasos. Hasta aquella noche Elena y Alejandro, pese a las numerosas confidencias compartidas, habían sabido ceñir su relación dentro de un ámbito que no sobrepasaba lo que venían a ser los sólidos límites de la amistad, si acaso salpimentada ésta con algunas que otra veladas insinuaciones que en el fondo no eran sino coqueteos intrascendentes, como un juego, el juego en definitiva de la seducción, pero jugado todavía con la calma del que se limita a tantear únicamente el terreno ajeno en busca de los flancos más asequibles, aquellos por donde si acaso iniciar más adelante el asedio y ulterior invasión. En la sempiterna lucha de los sexos, cada uno buscaba a su manera excitar el deseo del otro, pero sin prisas, sabedores de que en el propio camino podía haber tanto goce como en la meta en sí. Ambos disfrutaban además con ese tipo de juego. En cierta ocasión Elena, sirviéndose de la jerga estilada en el gremio, vino a decirle que compartían una póliza cuyas coberturas iba ya siendo hora de perfilar, para lo cual el perito tendría que ir pensando en emitir su tasación; él, mirándola con cierto descaro, respondió que la tasación estaba ya hecha y que la cobertura no podía ser sino total. Así discurría el juego entre ellos, acumulando de manera paulatina grados de audacia en su avance. Sin embargo, los movimientos de esa noche podían conducirlo de golpe a niveles mucho más altos, niveles donde los límites de la amistad quedaran ya definitivamente barridos y traspasados. Elena era consciente de ello. Y lo deseaba además. Lo deseaba con toda su alma. Ansiaba dar un volantazo que encauzara su periplo con Alejandro por derroteros más estrechos, más íntimos.

           De todos cuantos habían garantizado su asistencia al lúdico encuentro, no acudió finalmente ni siquiera un tercio, sucediéndose a última hora todo un desfile de pretextos con los que, a modo de eximentes, unos y otros iban justificando su deserción, que si el tiempo estaba muy desapacible, que si la suegra se había puesto repentinamente enferma, que si no había con quien dejar al niño, que si patatín y que si patatán, excusas la mayoría con las que embozar lo que en el fondo no era sino una verdadera falta de ganas. Sólo acudieron de hecho seis personas, entre ellas el novio de Montse, que también trabajaba para la compañía, aunque en diferente sede. Este escaso quórum no perturbó sin embargo a Elena, para quien el éxito o fracaso del proyecto dependía tan sólo de la presencia a la postre de una única persona, una persona que, tal y como prometiera, llegó puntualmente a la cita. Portando unos vaqueros algo desgastados por el uso y una camisa color añil bajo una cazadora de cuero negra, Alejandro se presentó en efecto apenas unos minutos después de haberlo hecho ella; acostumbrada a verlo siempre en la oficina ataviado con traje y corbata, aquel atuendo informal llamó poderosamente su atención, pero de un modo positivo, ya que le hacía parecer más joven y sexy, como si fuera una rutilante estrella de cine.

           El reducido grupo, luego de convencerse que nadie más lo engrosaría, se lanzó a un recorrido gastronómico por las tascas y tabernas que colmaban el casco histórico de la ciudad, donde a base de diferentes tapas y pinchos aplacaron los requerimientos del estómago; tras ello, convinieron ir a tomar unas copas a algún local cercano, terminando a la sazón en uno que propuso Montse, un pub oscuro y poco concurrido sobre cuyos asientos de felpa tomaron los seis acomodo. Allí, el novio de Montse se trabó con Alejandro en una conversación sobre coches antiguos, afición que descubrieron tenían en común, en tanto que Elena se vio impelida a sufrir la cargante verborrea de otro de los concurrentes, compañero de un departamento contiguo al suyo con quien hasta entonces no había tenido demasiado trato. Iba de este modo transcurriendo el tiempo y, para desesperación de Elena, se escapaba la anhelada oportunidad de intimar con Alejandro. Desde luego, no era esa la trama que ella había previsto para la película de esa noche. En sus planes estaba haber ido a alguna disco a bailar o a algún otro sitio propicio para escabullirse ambos sin llamar demasiado la atención y disponer así de una mayor intimidad mutua; pero en ese oscuro antro no había manera, menos aún cuando los dos estaban siendo monopolizados por la inoportuna cháchara de sendos interlocutores latosos. O se presentaba en su ayuda un golpe de suerte o, temía Elena, la fiesta languidecería por los prosaicos derroteros que hasta entonces habían venido delimitando su transcurso, derroteros para nada en sintonía con sus fines.

           Pero lejos de ese golpe de suerte, lo que llegó fue el anuncio de retirada de Alejandro, quien se excusó alegando que era ya muy tarde y debía madrugar al día siguiente. Elena sintió que se le paraba el corazón. No podía creer que él se marchara así por así, con un simple adiós dado en general, y que la noche mágica que con tanto anhelo había aguardado se viniese de este modo abajo como un castillo de naipes, sin que en su transcurso hubiese sucedido nada que realmente mereciera la pena, nada en todo caso de lo que en sus sueños imaginara con tanto frenesí.

           Pasado sin embargo este momento de absoluto desconcierto, tuvo una reacción instintiva, fruto de la cual se levantó para comunicar que también ella se iba. Un aviso de su sexto sentido vino a decirle que la intención de Alejandro era precisamente esa, que ella lo siguiera para poder escapar juntos de allí y conseguir de esta forma estar por fin a solas. Elena quería pensar que así era, que la coyuntura podía volverse todavía favorable y enderezarse acorde a sus deseos más íntimos.

           Un nuevo obstáculo, no obstante, se interpuso frente a éstos, ya que los otros cuatro, en lugar de quedarse en el pub como Elena había esperado que sucedería, se sumaron igualmente a la fuga, con lo que todos lo abandonaron al mismo tiempo, frustrándose de este modo una vez más su intención de quedarse a solas con Alejandro.

           Fuera estaba lloviendo, el típico sirimiri empecinado que tan incómodo suele resultar. Montse y su novio decidieron que esa noche la pasarían en casa de este último, ya que estaba relativamente cerca y podían ir andando, por lo que sin más se despidieron del resto y marcharon allí. Los demás se dispusieron a coger un taxi. El primero que pararon se suponía que iba a ser para Alejandro, habida cuenta su anuncio de que llevaba algo de prisa. Pero entonces, sin que los otros se dieran cuenta, Elena se agarró de su brazo y le susurró al oído que se quedara, que por favor no se fuese todavía. Accediendo a tal petición, Alejandro cedió el taxi a sus otros dos compañeros, quienes, dado que vivían cerca el uno del otro, decidieron compartirlo, y asimismo ofrecieron a Elena ir con ellos, puesto que también ésta vivía por la misma zona. Ni que decir tiene que Elena rehusó el ofrecimiento, aduciendo que le apetecía pasear un rato antes de irse. Era desde luego una excusa tonta, pues ni la climatología, lloviendo como estaba, ni las horas, ya más de las dos de la madrugada, eran las más propicias para el paseo; pero a Elena le traían sin cuidado los recelos que en ese sentido pudiera provocar, lo único que quería era quedarse a solas con Alejandro, aferrándose para ello a esa última oportunidad que se le presentaba. Los otros dos, luego de intercambiar una ladina sonrisa, semiótico gesto que dejaba constancia de haber comprendido la verdadera intención de su joven colega, se subieron sin más al taxi y se alejaron de allí. 

           Solos al fin, Elena y Alejandro se pusieron a caminar sin rumbo fijo, muy pegados el uno al otro, aferrada ella al brazo con que él sostenía el paraguas por ambos compartido. Sobre el suelo húmedo y resbaladizo, la luz de la luna formaba tonalidades azules, rojas y violáceas. Con ánimo claramente seductor, Elena comenzó a dejar caer frases sugerentes y atrevidas, cantos de sirena con los que atraer a su presa hacia los malecones del deseo, al tiempo que se arrimaba todavía más a él, apretando su cuerpo todo lo posible contra el suyo, sin apenas recato; pero Alejandro no parecía demasiado receptivo y esquivaba sus insinuaciones con facilidad. Este hieratismo produjo un doble efecto en Elena, quien por un lado se sentía avergonzada del papel de gata en celo que estaba desempeñando, pero por otro notaba que sus ardores femeninos se iban incrementando en geométrica proporción a lo que lo hacían las dificultades de su empresa, lo que la compelía a lanzarse a ésta con todavía más afán. Activada por estas dos sensaciones de signo contrario, adoptó un aire tímido, en parte fingido, para disculparse por su atrevimiento, alegando a modo de coartada que había bebido en exceso esa noche. Alejandro se ofreció entonces a acompañarla hasta su casa, ofrecimiento que ella aceptó sin pensárselo dos veces.

           Una vez en el interior del taxi que con tal fin ocuparon, Elena volvió a arrimarse todo lo posible a su acompañante, incluso se tomó la licencia de cogerle una mano y comenzar a acariciársela con suavidad. No llegó a más sin embargo su audacia, ni tampoco él adoptó al respecto iniciativa alguna, limitándose a dejarse hacer. Llegados a su destino, Elena le pidió que se bajara con ella y la acompañase hasta el portal de su vivienda. Alejandro así lo hizo y, ya bajo el umbral de éste, otra vez volvió ella a rogarle que se quedase un rato más, que no se despidieran todavía y, por el contrario, fuesen juntos a cualquier parte. El tono apremiante y febril con que fue pronunciado ese cualquier parte venía a ser una indirecta que no admitía ya lugar a dudas, toda una declaración de intenciones que superaba los límites que para sus propias pautas de comportamiento el orgullo de Elena tenía impuestos. Pero Alejandro insistió en que tenía que irse, que al día siguiente había planeado llevar a su familia de acampada y debía para ello levantarse bastante temprano. Llena de deseo insatisfecho, derribó entonces Elena los últimos reductos de su orgullo para decirle que le gustaría pasar el resto de la noche a su lado. La propuesta tuvo como efecto inmediato que Alejandro se ruborizase como un adolescente y que por momentos su habitual compostura cediese ante el empuje de una ansiedad cuya presión le resultaba difícil contener. Sus labios se combaron en una tímida sonrisa. Tras una profunda bocanada de aire con la que atemperar el creciente hormigueo de su sistema nervioso, respondió pidiéndole que no siguiera por ese camino, que ambos habían bebido demasiado y que en ese estado podían cometer cualquier locura de la que al día siguiente, ya con la mente más lúcida, arrepentirse. Se sucedió luego entre ellos un silencioso tira y afloja donde, sin mediar palabra alguna, fueron las miradas y sus mudos mensajes las que cobraron todo el protagonismo, una especie de tiempo detenido que avivó de nuevo Elena cuando, sin poder seguir conteniendo el empuje de sus más básicos instintos, de unos instintos que en el interior de sus entrañas se traducían en alfanas desbocadas, se abalanzó sobre él y besó su boca con inusitada vehemencia.

           Consecuencia de ese arrebato ardiente, se vio Elena poseída por la tibieza de los labios más suaves y dulces con que jamás antes se imbricaran los suyos, unos labios cuyo cálido hechizo la introdujo en una deliciosa espiral donde los elementos quedaban privados de su física disposición para adquirir las formas más delirantes y enrevesadas, como figuras de cera por el fuego derretidas, en tanto que el tiempo era absorbido por una especie de nueva dimensión donde partículas cargadas de una desconocida energía lo hacían girar en círculos concéntricos. Los segundos durante los que se prolongó la magia de ese primer beso fueron para ella de dicha infinita. Cuando se separaron, tanto sus labios como sus ojos sonreían. Ambos permanecieron luego callados, comunicándose tan sólo a través de sus miradas, hasta que él, bajando la cabeza, rompió el silencio con palabras confusas, apenas unos murmullos ininteligibles, pero que Elena, atrapada de nuevo en la irrealidad de sus fantasías, interpretó a su manera, entendiendo en ellos que Alejandro, teñidas sus mejillas por el rojo de un rubor incontrolable, se confesaba sorprendido porque alguien como ella, tan especial, tan dulce, tan preciosa, se hubiese fijado en él, que se sentía muy halagado y, al propio tiempo, indigno de semejante privilegio, porque, la verdad, aunque desde un primer momento se sintiera sumamente atraído por ella, nunca concibió esperanza alguna de llegar a ser correspondido, no en vano la veía como una especie de ángel situado en un pedestal que entendía inalcanzable. Todo esto fue lo que escuchó Elena brotar de labios de Alejandro, por más que ciertamente resultara de todo punto imposible que de tan parvos bisbiseos hubiese podido florecer semejante contenido, pero tan embebecida estaba que su mente los tradujo de esa manera y realmente hubiese puesto la mano en el fuego para jugar que eso fue en efecto lo que oyó.

           Lo cierto era que aquellos labios, tanto por los besos que de ellos acababa de probar su boca como por las palabras que a su través captaron sus oídos, habían dejado extasiada a Elena, hasta el punto que, al igual que aquéllas, también el paisaje en derredor sufrió una metamorfosis que lo hizo cobrar una nueva dimensión a sus ojos. La lluvia la conformaban ahora perlas líquidas. La noche ya no era oscura, sino iluminada por fatuos fuegos que danzaban sobre sus cabezas como duendes traviesos. La electricidad que impregnaba la atmósfera, anuncio de inminente tormenta, la generaban en realidad rutilantes chispas que formaban orlas alrededor de sus cuerpos. Las ráfagas de viento eran caricias satinadas. El negro no era negro. Y ellos dos eran en realidad un príncipe intrépido y una cautiva princesa al que éste había acudido a rescatar de las fauces de un enorme dragón de dos cabezas llamadas rutina y hastío.

           Continuaron besándose como dos adolescentes, de manera impetuosa, salvaje, casi desesperada, al tiempo que las manos se desenvolvían en roces y caricias que mezclaban voluptuosidad y ternura a un mismo tiempo. Nada parecía en esos momentos importarles más allá de esa delirante exteriorización de sus ardores más íntimos, y si la cosa no pasó de ahí no fue por falta de ganas, sino porque evidentemente ella no podía subirle a su casa, en la segunda planta de ese mismo edificio en cuyo portal se estaban dejando electrizar por los calambres del deseo, ya que allí esperaba Carlos, su novio, y porque tampoco había ya tiempo de acudir a cualquier otro sitio, pues Alejandro no podía demorar por más tiempo su partida, habida cuenta que, como ya anunciara, tenía que levantarse pronto al día siguiente para llevar a su familia de acampada. Ahora bien, esta última realidad no era del agrado de Elena, por lo que, siguiendo su inveterado hábito, la modificó igualmente a su conveniencia, de tal modo que donde debía en verdad ir él era a desempeñar su importante trabajo de fines de semana, ese en el que ejercía como ejecutivo de una renombrada multinacional. Tenía que estar allí a las seis de la mañana, lo cual daba un valor añadido extra al hecho de que hubiese estado con ella hasta pasadas las cuatro.

           Elena subió esa noche a su casa con el sabor de los besos de Alejandro inundando todo su paladar. Las fuertes emociones que acababa de vivir hacían que le temblasen las piernas y que el corazón brincase dentro de su pecho como un saltimbanqui enloquecido. Carlos estaba dormido sobre el sofá, con la tele encendida de fondo. Algunas latas de cerveza vacías y un bol de palomitas a medio consumir descansaban sobre la mesa contigua. Verlo allí, arqueado su cuerpo entre los cojines del diván, le hizo sentirse mal, aunque no se trataba de remordimientos, sino de una sensación extraña cuya esencia no acababa bien de definir. En todo caso, él venía en cierto modo a encarnar ese dragón bicéfalo por el que desde hacía tiempo se sentía acosada. Dudó entre dejarlo allí o despertarle para que fuese a dormir a la cama, donde sin duda estaría más cómodo. Decidida al fin por esto último, zarandeó su cuerpo repetidas veces hasta conseguir extraerlo del sueño, para luego acompañarle hasta el compartido tálamo.

           Carlos se durmió otra vez casi de inmediato. Elena, en cambio, no podía pegar ojo. No hacía más que darle vueltas y más vueltas a lo sucedido, presa de una exaltación que le impedía conciliar el sueño. Se estremecía reviviendo los besos de Alejandro, esos besos que la habían quemado como el fuego y endulzado al propio tiempo como la miel, y luego, al contemplar en la penumbra del dormitorio el cuerpo que yacía junto al suyo, cuerpo que venía a ser la imagen humana de su infausto dragón, un profundo sentimiento de tristeza la invadía. Pero esa tristeza no llevaba adosado arrepentimiento alguno, no. De hecho, en ese mismo momento lo habría dado todo porque allí, en aquella cama y bajo esas sábanas, quien estuviese fuese Alejandro y no su novio.

           Al día siguiente ella y Carlos fueron por la tarde al cine y luego cenaron juntos en un restaurante italiano. En los comienzos de su relación, cuando aún se sentía plenamente enamorada y dichosa al lado de su novio, este tipo de planes sencillos resultaban pura delicia para Elena, una manera ideal de pasar un domingo; pero a esas alturas, cuando ya apenas si existía química entre ellos, se le antojaban de lo más tedioso, y más aún ese domingo en concreto, ensombrecido por la luz que sobre el espíritu de ella aún emitía el centelleante carrusel de emociones gozado la víspera junto a su nuevo amor. Lo único memorable de ese día fueron los continuos mensajes de texto recibidos en su móvil, todos ellos precisamente de Alejandro. Elena los iba leyendo casi a hurtadillas, temerosa de que el continuo zumbido del teléfono pudiera levantar sospechas en Carlos. Pero éste, absorbido por sus propios pensamientos, centrados a esas horas en lo que estarían haciendo el Madrid y el Barça, no parecía prestar demasiada atención a estos detalles. En uno de tales mensajes Alejandro le preguntaba sin rodeos si se arrepentía de lo sucedido la pasada noche. Elena se escabulló al servicio para desde allí contestarle que no sólo no se arrepentía de nada, sino que se moría de ganas por besar de nuevo su boca, una, cien, mil veces, las que hicieran falta hasta quedar saciada del elixir que manaba de ella. Miró su reloj. Ay, si pudiera mover las manecillas y que con éstas el tiempo avanzase hasta el lunes. Estaba ansiosa por volver a verlo.

           Pero al llegar a la oficina ese lunes, la prudencia y el recato pudieron más que el empuje del deseo, de forma que, conteniendo sus impulsos primarios, se abstuvo Elena de llevar a cabo acción alguna que pudiera delatar sus emociones. De hecho, tanto ella como Alejandro se mostraron esa mañana más discretos que de costumbre, por pudor posiblemente, un poco quizá avergonzados, como si les pareciese que llevaran escrito en sus rostros el nuevo nexo que los ligaba y ya fuese éste conocido con pelos y señales por el resto de la oficina. A veces daba la impresión incluso de que se evitaban. Con disimulo convinieron no obstante verse a la salida del trabajo en un bar situado a varias manzanas, donde estarían a salvo de miradas indiscretas. Acudieron al lugar de encuentro cada uno por su lado, adoptando todas las precauciones necesarias para no levantar sospechas entre sus compañeros. Estas cautelas no dejaban en cierto modo de resultar curiosas, pues hasta entonces no habían tenido escrúpulo alguno en que, por ejemplo, los viesen salir juntos de la oficina en vivaz camaradería. Era como si los ardientes besos prodigados el sábado por la noche se cobrasen ahora su peaje, exigiendo clandestinidad donde antes imperaba la apertura.

           Eso sí, una vez reunidos de nuevo en el lugar concertado, ya sí que perdieron todo recato y, antes de pronunciar palabra alguna, sus labios se fusionaron en un apasionado beso. Convinieron pasar la tarde juntos. Elena llamó a su novio para decirle que llegaría tarde a casa, que iba a salir con sus compañeras y que posiblemente irían luego a cenar y tomar algo. Carlos se mostró extrañado con esta nueva escapada festiva, insólita a tenor de los antecedentes, toda vez que en los meses previos, desde que se incorporara a la plantilla de su nuevo empleo, no había tenido ninguna y ahora de repente se sucedían dos prácticamente seguidas. En todo caso, era algo que también él hacía a menudo, por lo que, más allá de comentar esta extrañeza, se abstuvo de hacer reproche alguno.

           Fue curioso, pero luego del ardoroso beso que apuntalara esta primera cita clandestina, Alejandro y Elena se sintieron víctimas de un insospechado retraimiento, como si de repente las formas del mundo, previamente volatilizadas dentro de su perímetro sensorial, se hubieran vuelto a ajustar en un fogonazo súbito y ante sus ojos recompuesto de nuevo la envolvente realidad, lo que por un momento les hizo sentirse perdidos, contenidas sus ansias en un marasmo nervioso, sin saber bien qué hacer o cómo actuar. No se trataba de remordimientos, sino más bien de una cierta turbación mutua. Uno al otro se sonreían tímidamente y hablaban entre balbuceos. Risas nerviosas escoltaban cada frase. Alejandro propuso entonces salir a dar un paseo.

           La marea humana atiborraba las calles a esas horas previas al crepúsculo, idas y venidas de cuerpos diligentes que componían una especie de bullicioso hormiguero. El tiempo era apacible e invitaba a dejarse llevar. Los bocinazos del tráfico hendían el aire. De la mano de un hombre casado y con dos hijos, Elena se sentía algo confundida, si bien, era el suyo un aturdimiento ambiguo, provocado más por la anomalía de la situación que por una verdadera inquietud. Fueron subiendo por una avenida a lo largo de la cual se alineaban setos recortados. Al llegar a una plaza se toparon con un chino empeñado en venderles una rosa. "Amor, amor, vosotros mucho amor", les azuzaba. Ellos rieron y a través de esa risa liberaron los últimos restos de tensión que aún pudiera atenazarles. En ese momento, eximida de dudas y embarazos, Elena se sintió segura de si misma, más segura que nunca antes lo estuviera. Imaginaba el futuro como un camino abierto hacia el horizonte y ella transitando por dicho camino junto al hombre al que amaba, el hombre de su vida. Profundas bocanadas de aire inflaron sus pulmones para escapar luego en forma de suspiros por su boca entreabierta. Un ligero viento agitaba su pelo lacio y marcaba sobre la blusa los pezones de sus pechos. Era feliz. Observaba los rostros de la gente y se preguntaba qué se ocultaría tras ellos, qué curiosas historias encerrarían las vidas de esos transeúntes anónimos con los que a cada momento iba cruzándose; las habría, seguro, semejantes a la suya, apasionados amoríos compelidos al secreto entre bambalinas; otras, en cambio, se deslizarían a través de derroteros más pacíficos, vidas normales y corrientes transcurriendo sin excesivos sobresaltos, un devenir sereno, satisfactorio a veces, aburrido en ocasiones, aunque también las habría, por supuesto, más enrevesadas aún que la suya, verdaderos laberintos de pasiones, ¡quién podía saberlo!, cada vida era al fin y al cabo un mundo, una ecuación con sus propias incógnitas, a cual más compleja. Pero qué más daba, para ella su historia era única, un universo en sí misma, un infinito poblado de encendidos luminares en cuya luz quería verse de continuo reflejada y en cuyo fuego arder hasta alcanzar el éxtasis de la inmolación de los sentidos, una historia que ansiaba vivir con toda la pasión del mundo. Poco importaba a la sazón que el hombre con quien la protagonizaba estuviera casado y tuviese hijos.

           Luego del paseo, cuando ya los peces de sombra comenzaban a devorar en el cielo a los de luz, entraron en un bar cubano donde se anunciaban todo tipo de cócteles caribeños. Ellos pidieron, no obstante, sendos refrescos. De fondo una música romántica invitaba a la ternura y el sentimentalismo, si bien no precisaban ellos de complemento alguno que los estimulara en ese aspecto, la revolución hormonal que se cocía en su interior bastaba para sacar a flote toneladas de ambos elementos. Entre beso y beso y caricia y caricia, volvió Alejandro a referirle la historia de sus desavenencias conyugales, haciendo en esta ocasión mayor hincapié en los detalles, sobre todo para que ella entendiese que ningún vínculo de amor le unía ya a su esposa, que su relación estaba muerta sin posibilidad alguna de resurrección, hasta el punto que desde hacía tiempo dormían incluso en habitaciones separadas. Sólo sus hijos mantenía todavía en pie ese matrimonio. Alejandro le pintó la imagen de una mujer amargada, una mujer a la que el tiempo había ido menoscabando hasta hacer de ella un ser gris y retorcido, una sombra por cuyas venas fluía hiel en vez de sangre; usó asimismo otras pinceladas para dibujarla también como perversa y egoísta, alguien que no pensaba más que en sí misma, en su propia satisfacción personal, lo que como consecuencia venía también en ocasiones a hacer de ella una mala madre, capaz de anteponer en un momento dado sus propios deseos y apetencias a los intereses de sus hijos, cuestión esta última que le llevaba a temer por la suerte de estos en caso de que tras un hipotético divorcio quedasen bajo la guardia y custodia de ella. A su juicio, eran demasiado pequeños aún para enfrentarlos a semejante trauma. Su sueño era que su mujer le abandonase por otro y se marchara de casa, dejando a los pequeños a su cuidado. Era la posibilidad que más le satisfacía, por más que supiera que en el fondo se trataba más bien de una utopía. A medida que le iba escuchando, Elena percibía su fragilidad, como si fuese un niño encerrado dentro de un enmarañado dédalo, lo que inducía en ella una nueva emoción que dentro de su pecho espoleaba el afán por, como a tal niño desamparado, rescatarlo y protegerlo. Era su niño. Su hombre y su niño al propio tiempo. Y ella lo notaba desesperado, como si fuese a romper llorar de un momento a otro, viéndose por ello impulsada a consolarle, a cubrirle la cabeza con sus manos y arroparlo con maternales maneras. Lo quería con locura. No podía dejar de besarlo, de acariciar su piel, de mirar su rostro, como queriendo tatuárselo en su cerebro y guardarlo para siempre dentro suyo.

           Del local caribeño fueron a un restaurante cercano donde, mientras daban cuenta de una cena frugal, continuaron destapando la caja de las confidencias. Elena quiso saber si Alejandro había tenido otras aventuras extraconyugales. Él negó en principio con la cabeza, pero la acerba sonrisa que se dibujó en su boca lo delató, viéndose compelido a admitir que, en efecto, mantuvo tiempo atrás un devaneo amoroso que se prolongó durante casi dos años. Alicia era el nombre de aquella amante. Elena se interesó por los pormenores de ese romance y él, reflejada en sus ojos la tristeza que deriva de los recuerdos amargos, le explicó que la quiso mucho, pero que ella terminó abandonándolo por otro hombre, un hombre que le podía ofrecer aquello que él no pudo o no tuvo el coraje de brindarle a tiempo, un hombre sin cargas familiares, joven, atento, atractivo, el candidato perfecto. A la desesperada, tras comunicarle Alicia su intención de ruptura, él buscó todavía el modo de recuperarla a base de súplicas y ofrendas; abatido, le rogó con lágrimas en los ojos que permaneciera a su lado, deprecó una nueva oportunidad, le suplicó que no se marchara, llegó incluso a prometerle que dejaría a su mujer para irse con ella, que comenzarían una nueva vida juntos; pero ya era tarde, Alicia se había enamorado del otro e hizo caso omiso a tales postulaciones, casándose finalmente con aquel otro hombre, sin que desde entonces Alejandro volviera a saber nada más de ella.

           Elena notó que las heridas derivadas de aquel desamor no estaban aún cerradas del todo, al menos no en el recuerdo, siendo que la evocación de lo sucedido parecía lastimar a Alejandro, por lo que prefirió no insistir en su afán por conocer más detalles. Ella a su vez le refirió también muchas intimidades de su vida, algunas reales y otras que no eran sino fantasías que su mente, afectada por esa paramnesia que le hacía recordar sucesos e incluso personas que realmente sólo habían existido en el ámbito de su imaginación, forjaba con tanta solidez que llegaba realmente a creer en ellas como verdaderas.

           Salieron del restaurante tomados por la cintura, como una pareja de adolescentes enamorados, y como tales no dejaban sus labios de buscarse a cada instante. Se besaban en cada vuelta de esquina, entre las sombras de cualquier portal, ante la luz roja de los semáforos que frenaban su marcha ya de por sí pausada, frente a los reclamos de cualquier escaparate, espoleados en todo momento por un deseo que no parecía encontrar límite. Él la llamaba su niña, su dulce y preciosa niña, mientras acariciaba su cintura por debajo de la blusa, y ella, invadida por una miscelánea de ternura y frenesí, no podía pensar en otra cosa que no fuera besarle, acariciarle, abrazar su cuerpo, mirar sus ojos, mesar sus cabellos, fundirse con él y que el tiempo se detuviera hasta quedar ambos ahítos de satisfacción. Eran puro ímpetu exaltado, dos ollas a presión a punto de estallar. Alejandro propuso ir a un hotel. Durante un fugaz instante, la cautela vino a eclipsar la sensación de arrobamiento que envolvía a Elena, quien objetó que quizá fuera ese un paso demasiado prematuro, puesto que se hallaban aún en su primera cita como amantes. Él la besó, un beso húmedo y profundo donde sus lenguas se imbricaron como dos festoneadas hélices, y en ese beso supo ella que el tiempo había llegado, que necesitaba sentir cuanto antes el fuego líquido de él derramándose dentro de sus entrañas.

           En el primer hotel que encontraron disponible alquilaron una habitación para esa noche. Era una habitación pequeña, con vistas no demasiado buenas y un cuarto de baño algo deslucido, detalles en los que, sin embargo, apenas si se fijaron, insignificantes minucias para quienes ardiendo estaban entre las llamas de una pasión incandescente. Hicieron el amor de manera delirante, un vendaval de goce sacudió sus cuerpos, pieles estremecidas bajo las que el placer se materializaba en un turbión de exquisitas sensaciones que alcanzaba todos y cada uno de los rincones de su organismo, como una girándula enloquecida que desplegara su fogosa carga en todas direcciones; dos posesos acoplados en una simbiosis perfecta, fuego en el fuego, humedad compartida, ansia infinita de fusionarse más allá de las leyes de la física, como queriendo formar una sola carne, como si aquella fuese la última noche de sus vidas, dos condenados para los que ya no hubiese posibilidad de un nuevo amanecer, y quisieran poner el punto final componiendo un único individuo, una única piel, unas mismas entrañas, un corazón simultáneo que latiese al compás de unos mismos embates.... Concluida la contienda amatoria, la ternura se apoderó de Alejandro, quien acariciando con extremada delicadeza, apenas livianos roces de las yemas de sus dedos, la alabastrina piel del rostro de su amante, repitió varias veces lo mucho que la quería. Entrecerrados los ojos, Elena se dejaba envolver por su voz y soñaba despierta. Le dijo él también, aunque ensombrecida en esta ocasión su mirada por una súbita tristeza, que daría cualquier cosa porque el tiempo volviese atrás y fuese libre, desnudo de las cadenas que le impedían dedicarle todo su tiempo.

           Como apuntalando de algún modo el alcance de estas últimas palabras, justo después de que las hubiera pronunciado sonó el móvil de Alejandro. Era su esposa. Tras una conversación cuya frialdad constataron los ásperos interrogantes y las rígidas respuestas que con mecánica presteza fueron sucediéndose, Alejandro anunció que debía irse, su hijo pequeño tenía al parecer algo de fiebre, nada grave, un típico episodio de anginas, pero lloraba y preguntaba por su padre. Elena lo entendió. Además, también ella debía regresar ya a su casa, so pena que su novio comenzara a intranquilizarse por la tardanza. Hacía quince minutos que el reloj anunciara la medianoche. Ya era otro día.

           Tomaron un taxi juntos. Por el camino hablaron de cómo afrontarían a partir de ese momento su día a día en la oficina. Era obvio que no podían hacer pública su relación amorosa, habida cuenta que sus compañeros tenían sobrado conocimiento de sus respectivos compromisos sentimentales. Se imponía, pues, ser discretos y mantener en secreto el idilio comenzado, por más que resultara duro compartir función dentro de un reducido escenario que exigía cercanía y, al propio tiempo, alejamiento, que les compelía a pasar juntos muchas horas, pero a la vez a mantener las distancias, sin poder tocarse ni besarse, obligados a esconder sus miradas y velar bajo un manto de frialdad su incandescente deseo. Era en todo caso el precio que exigía la clandestinidad, un precio con creces compensado por la ventura de acceder al Nirvana cada vez que de aquélla les fuera dado evadirse.

           Mientras debatían sobre esta y otras cuestiones, llegaron al barrio de Elena, quien pidió ser dejada en un lugar próximo a su piso, no a las puertas misma de éste. No quería arriesgarse a que su novio pudiera asomarse por la ventana y verla salir del taxi en compañía de otro hombre. La otra noche fue diferente, pues tenía claro que, dadas las altas horas de la madrugada en que aterrizó en casa, Carlos andaría ya sumido en un profundo sueño, como así efectivamente resultó; pero en esta ocasión todavía era relativamente pronto y había bastante probabilidad de que aún estuviera levantado. Quería además despedirse efusivamente de Alejandro, beber de su boca por ultima vez esa noche sin ningún tipo de reserva ni circunspección. Fue de todas formas una despedida agridulce. Ninguno de los dos quería irse, deseaban prolongar al máximo el hechizo de aquella jornada en que mediante la fusión de sus cuerpos habían dado inicio a su aventura como amantes, exprimir sus jugos hasta la última gota; pero las circunstancias obligaban a ambos, diferentes condicionantes en uno y otro caso, pero ineludibles al fin y al cabo. Elena se notaba sumamente laxa. Pensar que su novio, de estar todavía despierto, la recibiría quizá con un beso, un beso que se superpondría sobre el dulce sabor que los de Alejandro habían dejado en su boca, la llenaba de malestar y flojera a un mismo tiempo. Sus piernas se resistían a partir. Habría dado cualquier cosa por poder teletransportarse directamente desde allí hasta su dormitorio, eludiendo así la posibilidad de toparse con nadie y que fuera la imagen de su amante la última que quedase grabada en su retina antes de dormirse. Se despidieron finalmente con un último beso, tan febril que era como si ambos pretendiesen a su través dejar estampada la impronta de sus respectivos labios en la boca del otro. Luego el taxi arrancó. Elena lo vio alejarse, y sólo cuando el vehículo se perdió de vista al girar a la derecha algunas calles más adelante, encaminó ella los pasos hacia su casa, con molicie, como si anduviese sonámbula, como si en realidad estuviese saliendo de un sueño cuyos restos aún la envolvieran, sin saber distinguir bien todavía lo que era real de lo que no. Hubiese vendido en esos momentos su alma al diablo por rebobinar toda la secuencia de ese memorable día, para que éste y el sueño incorporado a él comenzaran de nuevo, una y otra vez, repitiéndose hasta el infinito. Miró arriba y emitió un largo suspiro. En medio del cielo negro, la luna sonreía.

           Cuando Elena accedió por fin a su vivienda, Carlos miraba la televisión. Con el ceño fruncido y la mandíbula apretada, daba la impresión de estar enojado. Sobre la mesa del comedor había desparramados algunos platos sucios con restos de comida y un par de latas de cerveza vacías. Lejos del inapetecido beso con que sospechara ser recibida, lo que obtuvo de boca de su novio fue una agria recriminación, acorde con la sequedad que exhibía su semblante, si bien, más que a la tardanza en sí, aquel malhumor obedecía a que, por lo visto, la había llamado varias veces al móvil y todo el tiempo salía como desconectado. Elena miró su bolso y comprobó que así era. Pidió disculpas. Acentuando el tono desabrido, Carlos agregó que la había estado esperando para cenar, pero que finalmente se había visto obligado a hacerlo solo. No le gustaba cenar solo. Elena le recordó que ya le había advertido de que ella cenaría fuera con sus compañeras. Pero él, sin abandonar en ningún momento la hosquedad, objetó que había dicho que tal vez lo haría, no que lo haría, y que por eso la había estado llamando, para saber a qué atenerse. Elena reiteró sus disculpas y dijo que estaba cansada, que se iba a la cama. No se sentía con ganas de iniciar una discusión bizantina con su novio, no después de haber pasado una de las jornadas más felices de su vida, quizá la que más. Carlos refunfuñó todavía un poco, pero finalmente calló y siguió mirando la tele. Elena recogió la mesa y se fue luego a dormir. La oscuridad y los sueños no tardaron en engullirla. En el fondo, sólo ansiaba que llegase pronto el día siguiente para de nuevo estar con él, con su Alejandro.

           Ese día siguiente, martes, no fue él, sin embargo, la primera persona que encontró Elena al llegar a la oficina, sino Montse, la joven supervisora, con la que se topó a la entrada del edificio, mientras esperaba al ascensor, y quien le propuso tomar juntas un café antes de empezar la faena diaria. Elena aceptó. A fin de cuentas, estaba ante una de las jefas. Dicharachera como de costumbre, Montse bromeó sobre chismes y habladurías relacionados con el personal de la empresa, que si fulano daba la impresión de estar interesado en mengana, que si zutano era un pelotillero de lo más cansino, que si perengana iba siempre más tapada que una monja, que si patatín y que si patatán, cotilleos en general de morondanga que ningún estupor provocaron en Elena. Sí que lo hizo, en cambio, que de súbito le preguntase por Alejandro, interesada en, textualmente, saber qué tal le iba con él. Elena no pudo contener la oleada de rubor que subió hasta sus mejillas para teñirlas de escarlata. Le costó mantener la compostura, pero aun así procuró dar a su respuesta un tono displicente cuando, dejando caer las palabras como de pasada, dijo que bien, que como siempre. Un brillo especial refulgió en los ojos de Montse, quien añadió acto seguido que la veía muy bien en compañía de él, que hacían muy buena pareja. Junto a ese brillo pícaro, Elena percibió también cierta ironía en las palabras de su jefa y, aunque se suponía que se estaba refiriendo a ellos dos como pareja profesional, intuía que en el fondo había querido dar a entender pareja sentimental. Se preguntó si sospecharía algo. Desde luego, había astucia tanto en el brillo de sus ojos, como en la cínica sonrisa elaborada por su boca tras dejar caer el comentario, como en general en el timbre de sus palabras, una astucia que venía a significar que, en efecto, existía la posibilidad de que algo extraño barruntase. En colación con dicha posibilidad, el rubor de Elena se hizo más acentuado. No supo qué decir, por lo que se limitó a exhibir una sonrisa de circunstancias. De todas formas, tampoco es que se sintiera demasiado incómoda. En el fondo le importaba un bledo que Montse o cualquiera otra persona de la oficina sospechase que entre ella y Alejandro había algo más que una mera ligazón profesional. ¡Que pensaran lo que les diese la gana! Lo único que le importaba era amar y ser amada por el hombre al que había decidido entregarse en cuerpo y alma, el hombre que en esos momentos colmaba la parte más intensa de su vida afectiva y cuya presencia bastaba para centrifugar su estómago y desparramar por sus ojos cientos de chispas saltarinas, el hombre al que, pese a los impedimentos derivados de su condición de casado y padre, amaba con locura y al que tenía la suerte de poder ver prácticamente a diario, aunque fuese la mayor parte del tiempo dentro de un escenario compartido con otros actores secundarios, intrusos en el fondo. Eso era en el fondo lo único importante, lo que le hacía sentirse inmensamente feliz.

           Concluido el cafetero asueto, Elena subió por fin a la oficina, donde, sentado como de costumbre frente a su ordenador, encontró a Alejandro, el único alimento con que podía aplacar el hambre de vida que ella tenía. Nada más verlo, una fuerte corriente eléctrica atravesó de parte a parte su espina dorsal, al tiempo que de nuevo su estómago daba inicio al ciclo de centrifugado y las chispas comenzaban a bailotear, revoltosas, sobre sus pupilas. Era de largo el hombre más guapo del mundo, el de mayor personalidad, el más encantador. A lo largo de toda la mañana, aprovechó cualquier pretexto para acercarse a él, una consulta, determinada gestión, cierta duda a aclarar, lo que fuera con tal de estar a su lado y deleitarse con el sonido de su voz, percibir la brisa cálida que componía su aliento o palpar disimuladamente su piel mediante un roce furtivo. Aparte de estos ocasionales encuentros, no cesaron ambos de intercambiar expresivas miradas, algunas directas, sin ningún tipo de disimulo ni pudor, otras más de soslayo, oblicuas, sugerentes, pícaras, aderezadas en muchos casos con cómplices sonrisas que de unos labios a otros se cruzaban para activar un exclusivo campo magnético, una especie de circuito cerrado que, cubriendo la distancia que los separaba desde sus respectivas ubicaciones, hacía de heraldo en ambos sentidos. Curiosamente, en el curso de esta semiótica mensajería sorprendió Elena más de una vez a Montse persiguiéndolos con la vista, como si los estuviera vigilando. En tales casos, luego de saberse descubierta en su labor de espionaje, tendía la supervisora a desviar rápidamente la mirada con disimulo, por más que ya fuese demasiado tarde. Estaba claro que algo se olía la muy artera. En su calidad de directiva, disponía ésta de un despacho acristalado desde el que podía observar cuanto se cocía en la sala donde los operadores desarrollaban su cotidiana actividad. Esta privilegiada ubicación hacía posible que alguna que otra vez pudiera haber pillado a los acaramelados tortolitos en actitud asaz imprudente, lo que unido a que ya le habrían llegado a buen seguro rumores o informes referidos a que ambos se quedaron finalmente a solas cuando todos los demás se despidieron tras la salida nocturna del pasado sábado, habría avivado su natural curiosidad, llevándole a andar ojo avizor respecto a ellos, cotilla como era por antonomasia. En el fondo, sin embargo, a Elena le daba igual que sospechasen o no. Si por ella fuera, gritaría a los cuatro vientos su asunto con Alejandro. Ella era feliz. Su cara reflejaba esa felicidad y su corazón latía al compás de los embates de ésta. De hecho, en toda esa mañana apenas si hubo momentos donde la sonrisa dejase de estar prendida a su rostro, sin alterarla ni siquiera las insolencias que de vez en cuando recibía de algún cliente airado cuando se veía obligada a informarle que su póliza no cubría la cobertura que reclamaba. Sí, era feliz y lo único que quería era que llegase cuanto antes la hora de la comida, para salir con Alejandro y estar con él a solas.

           Dentro del incesante rotar del calendario, fueron sucediéndose los días, las semanas y los meses, a lo largo de los cuales la balada de Elena y Alejandro fue alcanzando su más señeros registros, más rica con el tiempo en equilibro y consistencia, pero sin perder por ello un ápice de esa pasión inicial que la engendrara. Elena se sentía plenamente enamorada, sin que las restricciones que la furtividad de su enlace entrañaban la desazonasen en exceso; es más, dicha situación de clandestinidad que se veía forzada a mantener hacía que se sintiera más viva que nunca, como si un torrente continuo de energía vital bañara y renovara su espíritu. Podía decirse que gozaba con el morbo que encierra lo prohibido: vivir un idilio con un hombre casado, quince años mayor que ella y, además, compañeros de trabajo, era lo más emocionante que había experimentado jamás, toda una aventura sembrada de acechanzas y peligros cuya elusión hacía bullir la sangre como si en las venas no cesaran de inyectarle potentes dosis de adrenalina. Todo aquello era enormemente excitante y en cierto modo confería un valor añadido extra a su relación: el valor de lo socialmente proscrito. Se veía a sí misma como una de esas heroínas de la novela romántica a las que un amor imposible aboca a situaciones límite, impelidas a luchar contra gigantes y molinos para preservar el único fuego que las mantiene vivas, el fuego de la pasión, un fuego que, aderezado con tales dosis de riesgo, enervaba los sentidos hasta elevarlos a las más extraordinarias cumbres, el éxtasis de los sentidos y también del alma. El asombroso arsenal imaginativo de Elena contribuía a hacer todavía más intensas estas percepciones, habida cuenta que dentro de su cabeza realidad y fantasía no cesaban de solaparse en delirante miscelánea.

           En lo relativo al plano real propiamente dicho, decir que su voluntad estaba sobre todo puesta al servicio de un objetivo cardinal, cual era el de permanecer juntos el máximo tiempo posible, propósito para cuyo logro esgrimían ante sus respectivas parejas cualquier excusa que les permitiera verse y poder, una vez liberados de su cotidiano compromiso laboral, pasar juntos casi todas las tardes. Espoleados por las aguijadas de la carne, solían la mayoría de las veces terminar en algún hotel donde, libres de cualquier género de atadura o sentimiento de pudor, sofocaban sus ardores amándose hasta quedar físicamente extenuados. Lo que peor llevaban eran las despedidas, sombrías en su propia naturaleza, que de manera forzosa venían a poner fin a cada una de estas citas, si bien, la ilusión de un nuevo reencuentro al día siguiente se sobreponía a la momentánea tristeza por el ineludible adiós. Ya queda un minuto menos para volver a vernos, era el pensamiento que monopolizaba el magín de Elena tan solo un minuto después de haberse separado de Alejandro. Los fines de semana se convertían por todo ello en los periodos más odiosos, obligados a estar separados el uno del otro, forzados a actuar en el deslucido escenario donde sus respectivas circunstancias les habían otorgado un papel que cada vez les costaba más esfuerzo representar, tan falso y deprimente se les hacía. Pese a todo, los fines de semana seguían componiéndolos tan sólo dos días y, por muy largos que éstos se hicieran, más allá de ellos sentían que el tiempo, como en la famosa canción de los Stones, jugaba de su parte.

           Este ciclo de apasionados encuentros y transitorias separaciones prosiguió sin apenas alteración significativa durante varios meses, lapso durante el cual Elena y Alejandro continuaron siendo el uno para el otro principio y fin de su particular firmamento. Tan diáfano y rutilante era éste que nada hacía imaginar la presencia de oscuros nubarrones que pudieran empañarlo. Tales nubes, sin embargo, terminaron por hacer acto de presencia, primero de un modo casi imperceptible, ligeros lunares que apenas deslucían el azul inmaculado que venían a enturbiar. Sucedió así que una mañana de comienzos del verano, Alejandro anunció que no podrían verse a la salida del trabajo, ya que tenía que regresar pronto a casa para supervisar unas reformas que le iban a hacer en la terraza. Más allá del fastidio que para Elena suponía tener que posponer su habitual encuentro amoroso, nada anómalo atisbó en aquel contratiempo de última hora, aceptándolo como algo normal, un lance propio de lo que era el devenir diario de cualquier persona. Obviamente, ninguna nube amenazadora parecía esconder aquella puntual interrupción de sus acostumbrados hábitos.

           Algunos días después, sin embargo, Alejandro volvió a excusarse ante ella alegando un nuevo impedimento para su cita de todas las tardes, cual era en esta ocasión el relacionado con la imprevista visita de ciertos familiares. Otro puñetero lunar, pensó Elena, todavía sin vislumbrar nube alguna capaz de eclipsar su fulgurante cielo. Pero tras esta nueva evasiva vinieron otras, cada vez más seguidas y abundantes, así como heterogéneos venían a ser los pretextos que las avalaban. Una vez era que al niño lo tenían que llevar al dentista, otra que había prometido a su esposa acompañarla para ir a comprar un sofá, otra que debía sin falta llevar el coche al taller, las más que se sentía indispuesto, ya fuera por una inoportuna migraña, ya por una insoportable acidez de estómago, ya por cualquier otra dolencia. Rara era de hecho la semana donde por lo menos una tarde no se servía él de alguna impeditiva excusa para no verse. Algo estaba sucediendo. Y no era ya sólo por esta continua disminución en el número de momentos compartidos, sino que la merma en su conexión venía dada asimismo en cuanto a calidad atañía, de manera que incluso cuando estaban juntos notaba Elena en su amante una complicidad mucho menor que la de los meses previos, así como una respuesta en la cama mucho menos vehemente; lo percibía cada vez más distante, como si junto a ella sólo yaciese un cuerpo frío y desapegado, un cuerpo que parecía actuar mecánicamente, casi por compromiso, sin apenas chispa, con una inquietante falta de iniciativa y de fogosidad.

           Este paulatino empeoramiento de su relación preocupaba cada vez más a Elena. Las constantes ausencias de Alejandro y su creciente pérdida de apasionamiento y complicidad no podían ya considerarse meros lunares sin importancia. Las nubes eran, por el contrario, tan negras y evidentes, que ni siquiera una mente alborotada como la suya podía ser capaz de obviarlas mediante peregrinas fantasías. Estaba claro que grietas manifiestas amenazaban con derrumbar lo que no ha mucho pareciera ser una construcción indestructible.

           Llegó el verano y con éste el acostumbrado mes de vacaciones. Tanto Alejandro como Elena se decantaron por el de agosto para disfrute de las suyas. Elena tenía la esperanza de poder apartar algunos días para escaparse los dos juntos a algún sitio, ideando al respecto cualquier artimaña más o menos convincente. El lugar era lo de menos, playa, montaña, ¡qué más daba!, lo importante era poder estar unos días a solas, unos días que fuesen exclusivamente para ellos dos. Lo habían hablado algunas veces y, pese a no terminar de perfilar los detalles sobre los que sustentar el correspondiente plan, ambos parecían estar de acuerdo. Tan grande era el anhelo que tenía, que se llevó una enorme desilusión cuando, apenas una semana antes de su inicio, Alejandro anunció que habían surgido complicaciones adicionales y que no tenía más remedio que pasar todo el mes de vacaciones en compañía de su familia. Decepcionada, Elena le apremió para que hiciera un esfuerzo y buscase todavía algún modo de escabullirse, aunque fuese sólo un par de días. Se resistía a ver frustrado su proyecto de convivencia de una forma tan rotunda, sin siquiera una mínima posibilidad de perpetrarlo. ¡No podía creerlo! Pero sus requerimientos se toparon una y otra vez con la negativa de Alejandro, quien insistía en que no era posible y que ya se verían a la vuelta.

           Alejada del hombre al que amaba, ese mes de agosto se hizo interminable para Elena. Ni siquiera conseguía comunicar por teléfono con él, ya que Alejandro tenía el móvil casi siempre desconectado o, si no era así, directamente no lo cogía; a lo sumo, recibía de vez en cuando algún que otro mail suyo, aunque todos ellos muy cortos y con la impresión de haber sido escritos a vuela pluma, más por compromiso que por verdadero afecto. Así las cosas, fueron las suyas unas vacaciones largas y tediosas: una semana en la playa con su novio y el resto del tiempo en casa, aburrida y desganada. No era de extrañar que toda su ilusión a corto plazo estuviera puesta en el retorno al trabajo y, con él, la vuelta a su rutina de encuentros furtivos con el amante ahora ausente.

           Y, en efecto, tales hábitos se restablecieron de nuevo en septiembre, una vez reincorporados ambos a su puesto de trabajo en la compañía de seguros. Las tardes de lunes a viernes volvieron a ser mágicas, andenes que conducían a paraísos donde el hastío quedaba proscrito por normas tajantes, normas cuyo articulado obedecía a un único anhelo, el de ser felices, normas, en fin, impuestas por unos sentidos ávidos de expansión. Durante esos primeras días de septiembre, Elena volvió a sentirse radiante, plena de entusiasmo e ilusión, más enamorada que nunca. Por desgracia para ella, este contexto idílico, lejos de afianzarse con el tiempo, no tardó en devenir nuevamente inestable, de manera que pocas semanas después de reanudados sus tórridos encuentros, aparecieron de nuevo los fantasmas que antes de las vacaciones ya se manifestaran en forma de reticencias y desapego por parte de Alejandro, quien de nuevo comenzó a obliterar buena parte de sus citas mediante variopintas excusas, las cuales fueron ganando en frecuencia con el transcurso de los días. Elena notaba que él se mostraba cada vez más frío y menos cariñoso con ella, incluso rehuyéndola a menudo. En lo que sin lugar a dudas venía a ser un deterioro creciente de su relación, no tardaron las tardes que no se veían a superar en número a aquellas otras en que sí seguían haciéndolo. El otoño había llegado, sus pinceladas de gris y ocre se imponían en el paisaje sobre los precedentes azules; ese mismo otoño que con toda su crudeza se precipitaba también sobre Elena y su sueño de amor.

           Esta sucesión de desencuentros terminó por repercutir en el humor de Elena, cuyo carácter se fue paulatinamente agriando, hasta convertirse en una mujer en extremo hosca. La que no ha mucho fuese prototipo de chica dulce y soñadora se había vuelto un ser arisco que revelaba sus garras a la menor oportunidad que se le presentaba, incluso aunque no hubiera de por medio provocación alguna. Y dado que no siempre era fácil encontrar víctimas sobre quien descargar la ira acumulada, acostumbraba a ser Carlos, su novio, el principal destinatario de ésta, no en vano era él con quien convivía y, por consiguiente, el más cercano para aligerar en forma de reproches y amonestaciones todo ese reconcomio que por dentro la consumía. Las discusiones entre ambos ganaron así tanto en frecuencia como en intensidad, convirtiéndose en algo casi cotidiano. Elena cada vez lo soportaba menos. Dentro de su singular metamorfosis había descubierto no ya sólo que no lo amaba, algo de lo que estuvo convencida al poco de comenzar su flirteo con Alejandro, sino que sentía incluso una real aversión hacia su persona. No es de extrañar, por tanto, que ante cualquier desavenencia o contratiempo que se presentara en la pareja, saltase ella como un resorte para recriminarle. En realidad, le recriminaba por todo: por su falta de iniciativa, por su flojera, por su desorden, por su dejadez, por sus ronquidos en la cama, por su manera de vestir..., por lo que fuera. Había veces en que por la mañana censuraba una determinada conducta suya y por la noche le echaba en cara justo la contraria. Y cuando no había motivos reales, se los inventaba. El caso era acometer contra él e iniciar una disputa a cuyo socaire poder desahogar su verdadera frustración, la que tenía su causa en el abandono al que el otro la tenía sometida. Ahora bien, Carlos, persona de fuerte temperamento, lejos de achantarse ante estas embestidas, las acometía a su vez con idéntico ímpetu, respondiendo a sus recriminaciones y reproches no sólo desde el lado defensivo, sino dirigiendo también hacia ella ataques no menos incisivos e hirientes, entre los que cobraban singular realce los que incidían en sus numerosas contradicciones y en el hecho de pasarse casi todo el tiempo fuera de casa, reconvenciones además que, teniendo en cuenta su evidencia, no admitían apenas réplica.

           Todo este cúmulo de discusiones, reproches y brusquedades vino de este modo a convertirse en el pan nuestro de cada día dentro del seno de la pareja, cuyo común singladura parecía definitivamente abocada al naufragio. A Elena le aterrorizaba, no obstante, la idea de romper con Carlos y verse otra vez sin pareja estable, ya que sentía verdadero pavor hacia los demonios de la soledad, esos que desde siempre la habían estado acosando para boicotear su autoestima y hacerle sentir como un guiñapo; pero por otro lado era consciente de lo azaroso de ese doble juego en el que se debatía, cada vez más difícil de sostener, con una hostilidad creciente que se traducía además, al menos en lo que a la percepción de Elena respectaba, en el paulatino desarrollo de un sentimiento de repulsión y aborrecimiento hacia su novio. No soportaba ya de hecho sus, por otro lado cada vez más escasas, aproximaciones con ánimo afectuoso, hasta el punto de resultarle incluso molestos sus besos y caricias, por no hablar ya de hacer el amor, ejercicio que, lejos de placer, le provocaba náuseas; últimamente ni siquiera toleraba estar demasiado cerca de él, como si su mera presencia le provocase picores y sarpullidos.

           Tamaño deterioro en su relación no podía sino desembocar en un derrumbe definitivo, como así en efecto sucedió cuando Elena, incapaz de seguir disimulando, terminó por confesarle toda la verdad, al tiempo que le comunicaba su propósito de abandonarlo. Le dijo que ya no le quería, que amaba a otro y que, por lo tanto, ya no podía permanecer por más tiempo junto a él. Carlos escuchó esta confesión con aparente serenidad. Parecía bastante receptivo y daba la impresión de asumir con entereza los hechos expuestos, sin palabras ni gestos que delatasen contrariedad o enojo de cualquier clase. En un principio se limitó a asentir y decir que comprendía, censurándole únicamente que le hubiese tenido tanto tiempo engañado, sin haberle hecho partícipe antes de su infidelidad. Elena comprendía que era esa una reconvención justa y, sin poder disimular su bochorno, así lo admitió, si bien, como disculpa para esta demora, alegó que antes de tomar una decisión definitiva había preferido tener las cosas completamente claras, ya que al principio estaba muy confusa y no sabía en realidad lo que quería, por lo que decidió esperar y ver cómo se desarrollaban los acontecimientos, dejarse llevar por estos hasta saber a ciencia cierta si efectivamente amaba al otro o si, por el contrario, lo suyo no era más que un encoñamiento pasajero. Obviamente, todo esto no era más que un sofisma con el que justificar frente a Carlos su incorrecto modo de proceder, pues lo cierto era que Elena lo había tenido completamente claro desde el instante mismo en que, tras aquel beso robado bajo el portal de su propia casa, aquel en que sus labios se unieran por primera vez a los de Alejandro, se le alborotaron las emociones dentro del pecho como una manada de caballos salvajes; incluso mucho antes de eso, al poco de descubrir la indomable atracción que sentía hacia su compañero de oficina, ya sabía ella que no había marcha atrás en el derrotero marcado por sus sentimientos. Pero prefirió no revelar a Carlos estas verdades, diciéndole que sólo ahora era cuando estaba plenamente segura de que a quien amaba era al otro, no a él. En todo caso, más allá de los detalles, ninguna sorpresa causó a Carlos que su novia lo dejara; tan descalabrada estaba su relación de pareja, que sólo a un necio podría haber pillado de improviso dicho desenlace. De hecho, él mismo venía planteándose desde hacía tiempo dar semejante paso. En ese sentido, la circunstancia de que ella se le adelantase le resultó más hiriente que el hecho en sí de la ruptura, herida que impactó de lleno en su orgullo masculino, resentido por lo que entendía era una humillación en toda regla, lo que vino a revolver la aparente calma que hasta ese momento había sabido mantener, transformándola en un súbito estallido de rabia, como si por dentro una legión de demonios le estrujase las entrañas y el dolor hubiera hecho que a su boca asomasen biliosos humores, postemas purulentos que finalmente estallaron en todo un aluvión de dicterios e imprecaciones. La llamó de todo, sinvergüenza, zorra, niñata, egoísta, arpía..., y una vez descargada parte su rabia mediante tales insultos, sin dejar de gritar, le exigió que se fuese de casa, y que lo hiciera de inmediato, dándole al efecto tan solo un cuarto de hora para que recogiese sus cosas y se largara. Fue así, de esta manera tan ruda, como Carlos y Elena pusieron el definitivo punto final a su singladura como pareja.

           Elena volvió con su madre. No tenía en realidad otro sitio donde ir, habida cuenta que su salario como operadora no le permitía la posibilidad de arrendar por su cuenta una vivienda en condiciones. Además, en esos momentos lo que menos le apetecía era vivir sola; la mera idea le causaba pavor. Se sentía desamparada y necesitaba la presencia continua a su lado de alguien que le brindara un amor desinteresado, y si bien las desavenencias con su madre siempre habían estado a la orden del día, nadie mejor que ella para proporcionárselo.

           De todas formas, más allá del acre resabio que le dejara la ruptura con su novio, Elena se sentía muy satisfecha de la decisión tomada, redimida con ella de unas cadenas que hasta entonces la habían estado aprisionando hasta casi la asfixia. Ahora, exenta de todo compromiso,  gozaría de una total independencia y, por tanto, de más tiempo libre para poder compartirlo con Alejandro. Así se lo dijo a éste, quien le respondió, sin embargo, que no olvidara que a él si le ataban compromisos, y ya no sólo en su calidad de hombre casado, sino también como padre. Eso era cierto, Elena lo sabía y, aun con resignación, lo tenía asumido, pero no por ello dejó de molestarle la respuesta recibida, no ya tanto por su contenido, sino especialmente por el tono brusco que percibió en la voz de Alejandro al dársela. Aquella aspereza la dejó abatida, arruinada de golpe toda esa ilusión con la que ella había acudido a darle la noticia.

           Lejos de mejorar, a partir de ese momento las cosas entre Elena y Alejandro fueron de mal en peor. Sus encuentros se redujeron de forma drástica, una vez por semana a lo sumo, y adoleciendo éstos de una cada vez más alarmante falta de pasión. De hecho, él se excusaba a menudo afirmando no tener ganas de sexo, con lo que en lugar de pasar la tarde en el hotel de turno, se limitaban a pasear, lo cual tampoco habría importado en exceso a Elena de no ser porque su acompañante imponía de ordinario un ritmo apresurado a tales paseos, como de impaciencia, sin dejar de mirar cada dos por tres el reloj, hasta que finalmente anunciaba que tenía que irse y la dejaba sola. A la cuantitativa merma en sus relaciones sexuales se unía también el enfriamiento de éstas, acometidas por parte de él de una manera cada vez más mecánica, sin efervescencia alguna y apenas entrega, como quien se marca una rutina que está obligado a desempeñar y desea concluya cuanto antes. Todo esto lo notaba Elena y, como un invisible cáncer, iba minando su ánimo, invadido por las bien pertrechadas legiones del desaliento y la melancolía. Procuraba a lo largo del día disimular su tristeza a base de disfraces que confeccionaba con retales de sonrisas, tal falsas estas que a duras penas conseguían devolver a su rostro un mínimo del brillo perdido, llegando incluso a interpretar lo que estaba sucediendo como una mala racha pasajera que pronto concluiría y tras la que retornarían los fogosos tiempos de su balada; pero al llegar la noche, cuando, caído el telón, quedaba a solas consigo misma, la posibilidad de seguir engañándose devenía estéril, tal y como desde niña le sucediera, y entonces se derrumbaba sobre la cama para romper en afligidos sollozos; lloraba y lloraba con absoluto desconsuelo, ríos de lágrimas que se desbordaban durante horas para ir a morir en el océano de la pena, sorprendiéndole a menudo el alba con los ojos enrojecidos por el prolongado llanto y sin haber dormido ni siquiera un minuto.   

           Esta tristeza no tardó en derivar en apatía, lo que, trasladado al terreno laboral, vino a traducirse en una constante disminución de su rendimiento en el trabajo. La astenia que la embargaba hacía que no prestase atención y se desconcentrase de su tarea a cada instante, lo que le llevaba a cometer numerosos errores. Atendía las llamadas con desgana, confundía datos, extraviaba expedientes, se demoraba en las tramitaciones. Obviamente, este comportamiento no pasaba desapercibido ni para sus compañeros de oficina ni, sobre todo, para sus jefes, quienes a menudo se veían obligados a amonestarla por sus continuos deslices e inadmisible falta de interés. Elena bajaba la cabeza y recibía tales reprimendas con sumisa aceptación, no ya porque entendiese que eran justas y proporcionadas, por más que en efecto sí pudieran serlo, sino más bien porque la mayoría de las veces ni siquiera tenía fuerzas para ofrecer réplica alguna. Cada día estaba más ausente. Por lo demás, notaba fijas en ella las miradas inquisitivas de todo el personal, en particular la de Montse, que la sostenía insidiosa y ceñuda sobre ella, como si, convertida en una moderna Medusa, pretendiera petrificarla. La supervisora, a raíz de estos episodios, había pasado de mantener con Elena una actitud de amigable complicidad a tratarla con acusado desdén; no dejaba de perseguirla y hostigarla, estudiando cada uno de sus movimientos como si anduviera a la caza del más mínimo gazapo, y cuando al fin lo cometía, en lugar de reconvenirla en privado como solían hacer sus otros superiores, se lo enrostraba a la vista de todos y a grandes voces, sin escatimar el empleo de palabras hirientes que la ridiculizaran e hicieran sentir como una inútil delante del resto de sus compañeros.

           Lo peor, pese a todo, no eran las broncas, sino los informes negativos  en que algunas de ellas se traducían, informes que, fluyendo a través del organigrama de la compañía, terminaban por llegar al cuadro directivo, del que finalmente partió un ultimátum hacia Elena con la amenaza del despido en caso de que no cesaran de inmediato sus despistes y fallos.

           La posibilidad de perder su empleo la aterraba, no ya sólo porque constituía su única fuente de ingresos, sino porque, según estaban las cosas, la oficina era el lugar donde últimamente más tiempo pasaba con Alejandro. Allí al menos podía verlo a diario. Asustada, puso a éste en antecedentes sobre la advertencia recibida por parte de sus superiores, buscando en brazos del amante el consuelo necesario para apaciguar esa angustia que la devoraba por dentro; pero en lugar de ello, lo que de él obtuvo fue una nueva y severa amonestación. En efecto, lejos de confortarla, Alejandro recriminó su comportamiento, diciéndole que los jefes tenían toda la razón del mundo y que tenía que ir pensando en ponerse las pilas, centrarse más en el trabajo y no equivocarse tanto, puesto que si continuaba por ese camino, el despido lo tendría más que merecido. Aquella reprimenda le dolió mucho más que cualquier otra, no en vano provenía del hombre al que seguía amando con toda su alma y del que había esperado comprensión y consuelo, no censuras ni adicionales reprimendas.

           A todo esto, en claro contraste con lo que le sucedía a ella, a Alejandro le iba cada vez mejor en la empresa. Consumada su primera promoción, había vuelto a ser postulado para un ascenso, a resultas del cual fue convertido en supervisor. El desempeño de las funciones relativas a este nuevo cargo lo llevaron a trabajar codo a codo con Montse, con quien formó un equipo que desde un principio se reveló perfectamente acoplado. Elena los observaba y se daba cuenta de la buena armonía existente entre ambos, y no ya sólo en lo que concernía al desempeño de sus labores profesionales, sino que más allá del plano puramente técnico, también se advertía una excelente avenencia entre ellos en lo que venía a ser la esfera personal, siempre bromeando, muy compenetrados, muy cómplices. Esta camaradería hizo que Elena sintiese envidia de Montse, frente a la que entendía perdido el protagonismo que no ha mucho tuviera ella en lo que a complicidad en el trabajo concernía, viéndose de la noche a la mañana reemplazada en tal papel por la supervisora. Ahora Alejandro ya no se acercaba a ella como un compañero solícito, sino que era otro jefe más y en calidad de tal se comportaba con ella, sin familiaridad alguna en el trato, ajeno a la condición de amante que, aunque cada vez menos, seguía desempeñando en la clandestinidad. Una infinita nostalgia embargaba a Elena cuando evocaba los viejos tiempos, aquellos en los que su romance aún daba los primeros pasos y todo era alegría y color.

           Como era presumible, todo este cúmulo de contrariedades, lejos de ayudar a que Elena se aplicase en las tareas y obligaciones derivadas de su contrato de trabajo, la descentraba todavía más, con lo que sus equivocaciones fueron aumentando tanto en cantidad como en gravedad. La consecuencia última no pudo ser otra sino la tan temida del despido, que acaeció finalmente el último día del mes de abril: paradójicamente la víspera del día del trabajo.

           A partir de aquí la caída cuesta abajo de Elena se precipitó como si de una funesta avalancha se tratara. Sin trabajo y abocada a vivir con una madre que la asfixiaba con constantes preguntas y un control rígido de sus movimientos, se sentía perdida dentro de un laberinto inextricable, caminando a ciegas, sin rumbo, más extraviada que nunca en su vida. La única tabla de salvación capaz de impedir su definitivo naufragio era Alejandro, pero su otrora entregado amante se mostraba con ella cada vez más hosco y distante. Si ya eran esporádicas sus citas íntimas antes del despido, luego de éste se hicieron prácticamente nulas. Alejandro rara vez atendía a sus llamadas, y cuando lo hacía, casi siempre de un modo impaciente y acelerado, eludía encontrarse con ella esgrimiendo al efecto cualquier excusa, por peregrina que fuese. Incluso a veces no se molestaba siquiera en poner excusa alguna, limitándose a argüir que no le apetecía quedar y punto. Por si eso fuera poco, le prohibió tajantemente acudir a la puerta del trabajo para esperarle a la salida del mismo, luego que ella se hubiese aventurado a hacerlo por su cuenta en un par de ocasiones. Formalmente no habían roto, pero en la práctica era imposible seguir hallando en su relación vínculo sentimental alguno.

           Cierta tarde, mientras a solas deambulaba por las calles de un céntrico distrito, vio a Montse y Alejandro paseando juntos. Aquello le sorprendió sobremanera, no ya tanto por el hecho en sí, sino porque esa misma mañana Alejandro le había comentado por teléfono que no podía quedar con ella por impedírselo un compromiso familiar ineludible, concretamente la asistencia a una función que se representaba en el colegio donde estudiaba su hijo y en la que éste intervenía. Obviamente, era mentira. Intrigada y al propio tiempo muy recelosa de ver a su amante caminando al lado de su otrora enconada jefa, Elena se escondió en un portal para no delatar ante ellos su presencia, siguiéndolos luego a prudencial distancia. Parecían marchar muy animados. A medida que avanzaba tras sus pasos, siempre con la cautela necesaria para no ser descubierta, notaba cada vez más acelerados los latidos de su corazón, un corazón que a punto estuvo de salírsele del pecho cuando en un momento dado observó cómo Alejandro cogía de la mano a su acompañante. Elena se sintió desfallecer. Las piernas le temblaban como flanes, hasta el extremo que tuvo que apoyarse sobre la fachada de un edificio para no derrumbarse allí mismo, en medio de la calle. Intentó controlar la respiración, pero a duras penas podía conseguirlo: sentía que se asfixiaba. Su rostro había adquirido de súbito una palidez marmórea. Entretanto, ajenos a este padecimiento, los otros dos proseguían su paseo, entrelazadas ahora sus manos como si de dos enamorados se tratase. ¡Dos enamorados! Elena no podía dar crédito a lo que sus ojos le transmitían. Sacando fuerzas de flaqueza, prosiguió en su labor de seguimiento, cada vez más fustigada por el aguijón de los celos. Pese a todo, se aferraba a la esperanza de que, más allá de lo que marcaba la evidencia, hubiera aún para estos hechos una explicación inocua. Se negaba a creer que Alejandro le fuera infiel. La circunstancia de que en su matrimonio lo fuese no contaba a estos efectos, toda vez que a su esposa hacía mucho tiempo que no la amaba, pero a ella..., a ella no. ¡No podía ser! Esta débil esperanza, sin embargo, se esfumó definitivamente cuando, algunas calles más adelante, vio a la sonriente pareja entrar en un hotel. Si antes el ritmo cardiaco se le había activado hasta casi estallarle el corazón, en ese preciso instante lo que sintió fue una acerba punzada, un invisible pero certero sablazo que penetró en su dúctil andamiaje para atravesarlo de parte a parte, luego del cual, como si frente al exceso de dolor el organismo hubiera reaccionado administrándose una brutal dosis de anestesia, dejó de sentir nada, salvo vacío, un inmenso vacío bajo cuya férula todo movimiento interno dio la impresión de quedar detenido. Era como si el mundo, su mundo, todo aquello en lo que creía, se hubiera de repente plegado sobre sí mismo y desvanecido en una nada cruel, una nada dentro de la cual también ella, como parte integrante de ese universo, había sido asimismo engullida. Ningún resquicio quedaba ya para la duda: Alejandro y Montse eran amantes.

            Anulada y sin capacidad de reacción alguna, Elena permaneció detenida en el lugar desde donde acababa de contemplar la fatídica escena, sin saber qué hacer ni hacia dónde dirigirse, petrificada como si fuese una estatua. Decidió aguardar allí a que los traidores abandonasen su ignominioso nido de amor. Tampoco, no obstante, resultaba apropiado emplear en este caso el verbo decidir, al menos no en el sentido exacto del mismo, puesto que ella no era en el fondo consciente de lo que hacía, mucho menos de por qué lo hacía; simplemente se dejaba llevar por fuerzas muy superiores a su propia voluntad, fuerzas que la compelían precisamente a eso, a esperar enfrente de aquel hotel, atarantada y enteramente ajena a todo lo que no fuese su propia sensación de vacío.

           La espera se prolongó algo más de dos horas, tiempo durante el cual Elena apenas si se movió de su puesto de vigilancia. Finalmente, vio cómo la pareja emergía a través de la puerta giratoria del hotel y salía de nuevo a la calle, abrazados y más sonrientes si cabe de como habían entrado. Se notaba que estaban satisfechos. Elena no hizo amago alguno por ocultarse; se mantuvo por el contrario en el mismo lugar donde hasta entonces había estado aguardando, un lugar donde era fácilmente visible para los otros. Pero no la vieron, pasaron a su lado sin darse cuenta de su presencia, tan embebecidos estaban de sí mismos. Elena sintió entonces que la sangre volvía a sus venas y que allí dentro se encendía hasta convertirse en puro fuego, fuego avivado por unos celos que la devoraban por dentro e inficionaba todo su organismo de rabia e ira desmedida. Por un momento estuvo tentada de ir hacia ellos para en sus caras escupir a través de los más alevosos insultos todo el despecho que la inundaba; pero apenas dio el primer paso con dicho propósito cuando de nuevo se sintió desfallecer. La lasitud más absoluta había vuelto a hacer mella en su organismo, dejándola otra vez vacía de fuerzas. En tales condiciones, lo único que pudo hacer es contemplar cómo se alejaban y recibir un nuevo puñetazo en el alma cuando al final de la calle los vio darse a modo de despedida un interminable beso en la boca.

           Estuvo encerrada en casa durante varios días, sin hablar con ningún otro ser humano que no fuese su propia madre, quien, preocupada por este brutal desánimo, no hacía más que preguntarle qué le sucedía, preguntas que Elena eludía una y otra vez, negándose en rotundo a hablar. Apenas si comía y unas ojeras cada vez más pronunciadas teñían de color cárdeno la piel bajo sus ojos. Ningún brillo lucía ya en su rostro. Esta postración se mantuvo durante más de una semana, para luego ser paulatinamente sustituida por un irreprimible sentimiento de rencor que fue el que a la postre la llevó a abordar a Alejandro a la salida del trabajo, pese a la prohibición que éste le hiciera al respecto, y escupirle en la cara todo cuanto había presenciado aquella aciaga tarde. La brusca aparición e impetuosos reproches desconcertaron por un momento a Alejandro, quien en principio negó todas las imputaciones, tildándolas de desvaríos de una mente carcomida por los celos; pero, acorralado por la evidencia, no tuvo finalmente más remedio que claudicar ante su empuje y admitir que, en efecto, tenía un lío con Montse que se prolongaba desde hacía ya algún tiempo.

           Una vez desenmascarado, no supuso para Alejandro mayor esfuerzo destapar los restantes pormenores que cimentaban su secreto contubernio. Le contó a la sazón que fue precisamente Montse quien, en su calidad de supervisora, había movido los hilos para promover su ascenso, incitada por la irresistible atracción que hacia él sentía, no dudando con tal fin en saltarse las normas y servirse de solapados amaños las veces que fueran necesarias. Semanas después del referido ascenso, ciertos detalles despertaron, no obstante, la suspicacia de su benefactora, quien percibía en el trato que dispensaba a Elena claros indicios de que su relación pudiera estar derivando hacia círculos más íntimos de los meramente profesionales, lo que avivó sus celos e hizo que, sin más ambages, le preguntara directamente cuánto había de cierto en tales barruntos. Alejandro no tuvo al parecer valor para admitir la verdad y negó que tuviese algo que ver con Elena más allá de su condición de compañeros de trabajo, negativa que la otra interpretó en el sentido de tener vía libre para acercarse a él, con lo que dio inicio a un flirteo que a la larga habría de conducirle a su cama. Antes de eso, el inesperado interés de su jefa llevó a Alejandro a adoptar una actitud más distante con Elena dentro de la oficina, distancia que con el paso del tiempo se iría extendiendo también a su vínculo fuera de ella. Así las cosas, cuanto más se alejaba de esta última, más se acercaba a Montse, quien, encaprichada de él, no dejaba de revolotear en torno suyo, cada vez más insinuante y descarada. Como quedó dicho, Alejandro no tardaría en sucumbir a este asedio e iniciar con ella una aventura de análoga índole a la que mantenía con Elena, respecto a la que, sin embargo, no suprimió los encuentros amorosos, sino que tan solo los redujo, compatibilizando así entre ambas mujeres sus quehaceres de efusivo galán. Montse, por su parte, siguió intrigando para fomentar la carrera profesional de su ahora amante, maquinaciones que dieron su fruto cuando consiguió que lo nombraran supervisor. Estaba claro que entre ambos se daba una simbiosis perfecta. Los acontecimientos siguieron a partir de aquí un curso ya más natural, como el río que luego de atravesar meandros y brincar sobre impetuosas cascadas, termina dócilmente arribando a su natural desembocadura, y así, el río sobre el que navegaba Alejandro vino poco a poco a confluir con el que conducía a Montse, en tanto que el de Elena discurría cada vez por cauces más alejados.

           Como penúltima confidencia, Elena quiso saber si estaba Montse al corriente de la relación por ellos mantenida, si conocía en definitiva que el tálamo de su amante recibía también el calor de otro cuerpo que no era el suyo. Teñido por el rubor su semblante de rojo, Alejandro admitió que quizá sospechase algo, pero que a ciencia cierta debía ignorarlo. 

           Y ya la última cuestión se centró de lleno en el terreno de los sentimientos: deseaba conocer por boca de él si realmente amaba a la supervisora o, por el contrario, no era más que un eslabón del que se había servido para medrar dentro de la empresa. No obtuvo Elena, sin embargo, respuesta a este postrer interrogante, al menos no una respuesta oral. En silencio, Alejandro se limitó a bajar la cabeza, incapaz de seguir sosteniendo la incisiva mirada que taladraba sus ojos.   

            Sintió entonces Elena un hondo desprecio hacia el hombre al que hasta entonces hiciera depositario de sus más excelsas emociones, invadida por una sensación de asco que revolvió sus tripas y a punto estuvo de provocarle la náusea; es posible que hubiese de hecho vomitado si no llega a escapar de allí. Marchó corriendo, sin despedirse, sin atender a la voz que a sus espaldas todavía la llamaba. Sólo quería correr, obliterar el pensamiento mediante la fatiga, reventar en la carrera y perderse para siempre en el limbo de la inconsciencia. Sin embargo, el cerebro se negaba a acatar estos designios de la voluntad y no hacía otra cosa que, cual girándula frenética, esparcir abstracciones a través de sus neuronales circuitos, agudos proyectiles que desgarraban cada célula que encontraban en su dañino tránsito. Las imágenes se sucedían en su cabeza formando destellos, fogonazos que circulaban por su interior a idéntico ritmo con que las piernas lo hacían por el asfalto en su alocada carrera. Se sentía sola, más sola que nunca antes en su vida, sola y desencantada. No podía creer lo que había pasado. ¡Cuántas veces él le había dicho que la amaba, que estaba loco por ella! Y se lo había dicho además mirándola fijamente a los ojos, incluso jurándoselo. Qué falsas se le antojaban ahora todas sus palabras. Qué falso se le antojaba él. ¡Qué enorme decepción la suya! ¡Y pensar que habría hecho cualquier cosa que él le hubiera pedido, que gustosamente habría sido su esclava!

           Llegó a casa jadeante y sudorosa. Apenas si podía respirar. Deseaba gritar, atajar el sufrimiento mediante los alaridos que pugnaban por emerger desde lo más hondo de su pecho; pero estos quedaron atrapados en la garganta, silenciados por el empuje del aire que a duras penas se abría camino dentro de ella. Con el corazón roto en mil pedazos y los pulmones a punto de estallarle por la falta de oxígeno, las últimas fuerzas las empleó en acceder a su dormitorio y dejarse caer sobre la cama como un cuerpo inerte y laso. Lloró durante varias horas seguidas. Lloró hasta que ya no le quedaron lágrimas que derramar. Luego se levantó y, una a una, fue desprendiéndose de todas las prendas que cubrían su cuerpo, hasta que no le quedó más abrigo que el proveído por la propia piel; de buena gana se habría despojado también de ésta. Completamente desnuda, se miró entonces en el espejo. Al principio sólo vio un reflejo borroso de sí misma, líneas delicuescentes que aparecían y desaparecían como si fuesen el contorno de un espejismo; segundos después, no obstante, la imagen reflejada fue cobrando forma dentro de sus retinas e inopinadamente, al mismo compás, una sonrisa a perfilarse en sus labios, puro contraste con la aflicción que los ojos inflamados aún revelaban. Mientras con delectación creciente iba observando el dibujo de su cuerpo sobre el cristal, se interrogaba por la razón última de su llanto, concluyendo que en realidad no la había. Ella era la más guapa, la que gozaba de unas formas más sugerentes, la que poseía unas tetas más grandes y firmes, la más simpática, la más inteligente, la mejor en definitiva. No, no debía llorar. ¿Por qué hacerlo si a fin de cuentas era la estrella más brillante del firmamento y todo giraba en torno suyo? No, no derramaría más lágrimas. Un último vistazo al espejo y la sonrisa terminó de florecer sobre su boca.