miércoles, 28 de noviembre de 2012

EN EL EDÉN



           Despertó en un lugar paradisíaco, rodeado de mar, palmeras y cocoteros. El sol del mediodía extraía de la tierra brillantes colores, verdes vivos, azules iridiscentes, púrpuras cegadores, bronces pulidos, así como embriagadores aromas que el olfato absorbía para solaz del espíritu, todo ello dentro de una abrumadora amalgama de esplendor y hermosura. Mientras con indolencia se desperezaba sobre la red de la hamaca, sus sentidos percibieron la plácida brisa que, de la mano de un horizonte azul turquesa, acudía para rendirle pleitesía. Las olas componían un rumor sordo al estrellarse contra la orilla de la playa, rumor que casaba a la perfección con la melodía coral en que se iba traduciendo el convergente canto de diferentes aves exóticas. A su espalda, la altísima vegetación formaba una cúpula verde que apenas si dejaba filtrar la luz. Estaba en el Edén.

            Para empezar un baño. Olas que venían a ser húmedos columpios lo balancearon a través de las transparentes aguas, desde cuyos fondos coralinos, como en un profundo espejo, ascendía el reflejo del majestuoso ejercito calcáreo que custodiaba el arrecife. Algunos delfines, luego de haberse elevado hacia el cielo en saltos imposibles, hendían el agua con sus hocicos romos para zambullirse de nuevo en ella, joviales danzarines que en cada brinco componían por encima del flotante cuerpo estelas que acababan desperdigándose en forma de líquidas perlas. Entre curioso y condescendiente, él observaba sus juegos mientras de espaldas braceaba sobre la ondulante superficie. Agua y sal. Mar y paraíso. Delfines y, también, algún que otro vaporoso pez raya.

            Salió del agua escoltado por esas mismas olas que, solícitas, lo habían estado columpiando. Una vez en la orilla, se dejó caer con pereza sobre la arena blanca, presto a ser complacido por el sol, cuyas cálidas manos se aprestaron a secar su piel mediante delicadas caricias. Una tortuga gigante tuvo que desviar su parsimonioso tránsito para no chocar contra el cuerpo tendido.

            La tentadora mixtura de sol y océano no tardó en estimular su apetito, que a esas horas de la mañana solía ser asaz considerable, por lo que se dispuso a aplacarlo de inmediato, a cuyo fin hizo que le sirvieran un suculento banquete a base de langosta, bogavante y otras culinarias gollerías, que regó asimismo con uno de los excelentes caldos que atestaban sus bodegas, para terminar el festín con un plato de pitahayas frescas.

            Quizá fuera el bogavante, o tal vez las pitayas, pero el caso es que alguno de esos manjares debía contener algún poderoso afrodisíaco entre sus ingredientes, como así lo testimoniaba el sugestivo calambre que de súbito comenzó a subirle por la entrepierna, palmario aviso de una nueva necesidad a satisfacer. Así que, ni corto ni perezoso, entró en su palacio de fachadas azules y escogió a dos bellas indígenas para en sus festoneados cuerpos dar rienda suelta a la pasión que lo sofocaba.

             Luego de fornicar como un verraco, decidió tumbarse de nuevo en su hamaca preferida. Una siesta. Sí, se echaría una siesta. A fin de cuentas, tenía todo el tiempo del mundo para hacer lo que quisiera; de hecho, el concepto tiempo no existía como tal en el Edén.

             El suave vaivén de la hamaca entre los árboles era en sí mismo un reclamo para las huestes de Morfeo, que no tardarían demasiado en presentarse para conducirlo a las fantasmagóricas regiones del universo onírico. No obstante, entretanto el traslado acontecía, quiso cavilar sobre la existencia regalada que mantenía en aquel paradisíaco vergel que gobernaba a voluntad, sobre lo que, en definitiva, venía a ser su propia vida. Y tales cavilaciones desembocaron en la misma tajante y triste conclusión de siempre: no era feliz.

           Con el peso de este pensamiento aplastando su mente, se rindió al sueño, sabedor de que poco después volvería a despertar entre cocoteros y palmeras, agasajado por las más bellas huríes y los más solícitos sirvientes, rodeado de azul y verde, dueño y señor de aquel bello y maldito Edén.
 
 
 

6 comentarios:

CAROL LEDOUX dijo...

Pues sí, de todo se cansa uno cuando siempre es lo mismo, por muy maravilloso que sea el Edén que le rodee. Necesitamos tener obligaciones, horarios, disciplinas, vivir momentos tristes, tener nuevas ilusiones etc para poder valorar los momentos de belleza y tranquilidad, tener un balance, si no, acabamos corrompiéndonos, condenados al sopor...

El hedonismo por el hedonismo es un coñazo también, aunque a priori nos pueda parecer lo contrario jajjaja :))

Un besito..

Cavaradossi dijo...

Hola Carol :-)

La idea es más o menos esa que tú expones, unido al hecho palmario de que hasta los más excelsos paraisos terminan siendo aburridos cuando se convierten en algo rutinario y monótono. Y también que incluso pudiendo en ocasiones tenerlo uno todo, puede que no sea suficiente para ser feliz.

Otro beso para ti

El Hada de los Cuentos dijo...

Justamente, a medida que avanzaba en la lectura iba pensando " pues yo no sería feliz así". Tal vez me gustara esa clase de Edén un ratito, pero poco más. Al poco me hubiera cansado, estoy segura. Esa clase de vida no es para mí.Me gusta más otra clase de actividad.Además, valoro muchísimo lo poco que tengo y vivo con plenitud cada momento ( mientras escribo, pinto, trabajo o estoy en compañía de amigos queridos...) ¡Ese para mí es el auténtico Edén! ¿No crees?
Ha sido un placer leerte. Me encanta tu manera de describir situaciones y sentimientos, además tus relatos tienen un fondo buenísimo..¡pero te dejas ver poco!Así no se hace "rutinario" y disfrutamos más de la publicación. jajajaja

Un abrazo grande

Cavaradossi dijo...

Me pasa igual que a ti, Hadita, que ese tipo de paraísos los disfrutaría durante una temporada, pero luego necesitaría de "algo más" para darle verdadero sentido a la vida.
Me alegra mucho que te guste mi forma de escribir. A mí me encanta que te pases por este rinconcito donde, aunque sea a cuentagotas, dejo fluir parte de mis sueños :)
Un fortísimo abrazo para ti

María (Muriel) dijo...

Qué malo debe ser para el colesterol ese tren de vida... Aparte de los daños por agotamiento que sufrirían las tortugas, una especie a proteger. Quita quita, para un dia está bien, pero...
No obstante, te sientan genial las escapadas a zonas semitropicales, je je...

Cavaradossi dijo...

jajaja, lo de las tortugas me hizo reír. Pobrecillas.

Pues no sé si para el colesterol será bueno, pero una temporadita en un lugar así seguro que el cuerpo lo agradecía :-)

En cualquier caso, cuando hablo del "Edén" tampoco es cuestión de ubicarlo en unas coordenadas espaciales precisas. El "Edén" vendría a ser como un ideal de vida y, como tal, cada cual tendría el suyo particular. Donde quiero ahondar es en la idea de que incluso alcanzado dicho Edén, al final es más que probable que terminásemos ahitos de él, como el protagonista del relato, cansados y aburridos incluso de "gozar" (nótese el entrecomillado) continuamente, al menos quienes adolecemos de esta puñetera e inmisericorde naturaleza inconformista.

Un abrazo, María